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martes, 25 de mayo de 2021

Escribir sobre el Atleti

 

Uno deja de escribir sobre el Atleti con el escaso convencimiento con el que deja de fumar o de andar con buenísimas malas compañías. Sé de lo que les hablo: he dejado de fumar infinidad de veces. Casi una cada día. Una vez alejado de la nicotina, tu vida discurre en una constante búsqueda de la excusa precisa para volver. Puede ser en la boda de un primo lejano, ante la certeza de que llegados a este punto deberíamos divorciarnos o tras un gol del Osasuna en su primera llegada a puerta. El caso es que vuelves. Con más o menos remordimientos, pero vuelves. Tal vez prefieras engañar al mono con un puro, como hizo Savic, sabiendo que eso ya es volver.

Uno deja de escribir sobre el Atleti y se siente falsamente libre. Aparca la esclavitud semanal de sacarle punta a un partido que en ocasiones nace desmochado. Sobreviene, además, la pereza de saltar a la arena para debatir con los que creen que Diego Pablo es culpable de casi todo, incluso del hambre en el mundo. Anda uno mayor para batirse en duelo al amanecer en twitter y aguantar que algunos (uno quiere pensar que son bots de esos que se encuentran a un taxista marroquí o catalán que te invitan a la carrera) sentencien que a Simeone se le ha acabado el ciclo. Padre, perdónalos porque no saben quiénes son Ibagaza y Álvaro Novo.

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque es torpe y le cuesta encontrar las palabras adecuadas para describir la presión que hemos tenido entre el pecho y el estómago los dos últimos meses. Porque no es capaz de explicar lo que se siente cuando el balón se estrelló en el palo en Elche ni la razón por la que el mismo desmarque de Llorente repetido hasta la saciedad se haya convertido en un arma de destrucción masiva contra centrales izquierdos. Las musas te esquivan sabiéndote desesperado y te falta el cuajo que tuvo Carrasco para detener el tiempo y levantar la mirada para ver a Luis Suárez con ganas de entrar en la historia.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque la vida le atropella. Siente que todo va deprisa, incluso en este año de mierda que nos ha obligado a parar para seguir corriendo. Aun así, no entiende que las prisas justifiquen que haya quienes piensen que Saúl y Koke están ya muy vistos o que Angelito debería dejar de intentar lo imposible en cada control orientado. Se nos está quedando el patio lleno de consumidores de comida basura. De Chiringuitos y cortijos. De tertulianos y participantes de Mastechef con plaza de aparcamiento reservada. De seres, en suma, que no conocen lo que es marearse por el calor cuando el sol del Calderón rompía la línea de presión del marcador del fondo sur.

Llegados a este punto tras mencionar el sol del Calderón, el artículo bien merece una pausa para la hidratación. Si van a quejarse de que jugamos con ventaja, que sea con razón.


Uno deja de escribir sobre el Atleti y, por encima de todo, nota que algo se ha dejado por el camino. Ya no podrá rescatar al primer Joao de la temporada, un Joao que ojalá pueda volver tras dejar atrás los trotes desganados. No podrá maldecir la sanción de Trippier. No debatirá sobre la bonanza del sistema de tres centrales ni sobre si lo de Herrera es parsimonia o templanza. Es tarde para decidir si Kondogbia y Torreira sirven o no. Pasó el tiempo de repasar las notas del Extraño caso del Dr. Lemar y Mr. Hyde. No procede ahora hablar de la espantada de Diego Costa, del que uno esperaba más y quizás mucho menos. Queda demasiado en el tintero.

Uno deja de escribir sobre el Atleti sospechando que no habrá casi nadie al otro lado con ganas de oír lo sobradamente repetido. Que antes de Simeone éramos mucho pero éramos menos. Que hemos acortado los tiempos entre un campeonato de liga y el siguiente de forma increíble. Antes, de uno a otro pasábamos del biberón a una litrona de Mahou con la que pretendíamos olvidar el nombre de a la que prometimos amor eterno. Que luchar con Goliath y Goliath y sus aparatos de propaganda es un milagro recurrente al que nos hemos acostumbrado, quizás injustamente. Que suceda lo que suceda, en la banda está el hombre de negro para hacernos sentir orgullosos cada día de lo que vemos sobre el campo, primeras partes tiradas incluidas.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti creyendo, quizás equivocadamente que el equipo campeón de este año no es tan bueno gramo por gramo como el del 96 o el del 14, lo que tiene muchísimo más mérito. Hace tiempo que descubrimos que la lógica y la razón, al igual que los árbitros dialogantes, no existen. Finaliza el plantel la temporada con un saco de goles perpetrados por el delantero gordo, viejo y acabado, por el mediocentro reconvertido ahora en estilete ofensivo que no servía en la orilla turbia de la vida, y por el belga al que China se le quedó grandísima. Mención aparte merece está lo de Correa, un tipo que siempre escapa a la razón. En el otro lado del campo están Jan y su guardaespaldas Stefan. La presencia de ambos probablemente explique todo lo ocurrido sin olvidarnos de los demás, pero lo de ellos bien merece llenarse los pulmones de humo.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti sabiéndose en deuda con lo ocurrido en un año que siempre recordaremos. Viejos, pero nunca derrotados, aburriremos a nuestros nietos recordando el Panda de Filomena, los contactos no tan estrechos, el mucho VAR y poco bar de este año de locura. Contaremos que hubo una primera vuelta de ensueño y una segunda que se hizo larga. Hablaremos sobre la presión brutal que los nuestros tuvieron que soportar. Sobre el mal perder de los de siempre. Sobre los estadios vacíos y los terceros anfiteatros llenos antes de tiempo. Sobre una camiseta rojiblanca bajo un equipo de protección en la UCI. Sobre Suárez llorando sobre el césped y cómo las rayas de los colchones nos permitieron viajar estando confinados. Sobre la vida y el Atleti, que es lo mismo y sobre el puntín de Correa, que fue todo saliendo de la nada.

Uno deja de escribir sobre el Atleti durante cuatro años pero siempre vuelve, aunque sea solo una vez más. Y lo hace después de que el equipo escriba una nueva página para guardar en la memoria. Sepan en todo caso que uno, escriba o no, es del Atleti aunque gane.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Se buscan valientes

“Se buscan valientes”, es el tema de moda que canta uno que es muy del Atleti, El Langui, para sensibilizar sobre el acoso escolar. Sobre el abuso del matón poderoso hacia el débil y anima a no callarse, a hacer frente, a no rendirse. Valentía requería ayer el partido y el Atleti regó con ella el terreno de juego del Camp Nou. Los primeros treinta minutos del choque se convirtieron en un canto a la osadía del que normalmente no alza la voz. No le quedaba otra al adversario que acularse y capear el temporal, privado del oxígeno que el balón supone para ellos. Gozaron los nuestros de varias oportunidades claras que no llegaron a dinamitar la eliminatoria por el nimio detalle de la falta de gol rojiblanco. Tal vez hubiera que encontrar valientes entre los medios para no dejar de poner el foco en el palco y preguntarse dónde está el gol que pidió Simeone en verano. Se cuenta que anda por la zona oeste de Londres, añorando la ribera del Manzanares.

Se buscaban valientes y el árbitro no fue uno de ellos. Gil Manzano, trencilla que aúna en sus apellidos aromas de oscuridad para la causa rojiblanca, se anunció cobarde mirando para otro lado ante un penalti tonto, pero penalti al fin y al cabo, a Torres en el primer acto. Su actuación medrosa se coronó con un gol legal anulado a Griezmann y un par de expulsiones al equipo local que deberían haberse producido un buen puñado de minutos antes. Como es costumbre en ciertos escenarios, el encargado de impartir justicia guardó silencio connivente. Perdemos horas a lo largo de la temporada en debatir sobre estilos, sobre alineaciones y sobre variantes aun a sabiendas de que hay algo que no varía nunca: el estilo de los que se siempre se alinean al lado del fuerte. El Cholo habló claro finalizado el partido. Anduvo valiente al señalar cómo funcionan las cosas en las competiciones locales e hizo un guiño a la Champions, que anda suelta todavía.


Se buscaban mediocentros de guardia ante lesiones y sanciones y Koke y Saúl despacharon un partido memorable. Se buscaba contundencia y la defensa la tuvo pese a correr más riesgos. Se buscaba un plus en la vanguardia y los de arriba lo intentaron hasta la extenuación. Se buscaban valientes que encajaran los golpes sin parecer acusarlos. Se buscaba osadía para no tirar nunca la toalla. Se buscaba audacia para empequeñecer a uno de los rivales más serios que puede uno encontrarse en el camino. Se buscaba arrojo para creer y seguir haciéndonos creer. Se buscaba decisión para mantener nuestros corazones en un puño hasta el pitido final. Se buscaba templanza para calcular las posibilidades de una empresa casi imposible. Se buscaba valor y al Atleti le sobró. Cuando los acontecimientos suceden así, no queda otra que enorgullecerse y olvidarse de los resultados como se olvidan las traiciones de los amores de una noche.

Se buscan valientes y los hemos encontrado. Visten todos de rojo y blanco.

martes, 7 de febrero de 2017

Elegí volver a creer

Sí, es cierto que será difícil. Podría decirse que casi imposible…

La desventaja en el resultado. La carga de partidos. La entidad del rival. Las dudas sobre el estilo. La supuesta crisis. Lo de Vitoria o lo de la primera parte en el partido de ida. La facilidad con la que últimamente nos llegan. La nostalgia por la intensidad perdida. La ausencia de Gabi, líder espiritual sobre el campo de este grupo. La abulia de Carrasco en los últimos choques. El poco crédito que le queda a Gameiro. Las lesiones de Tiago y Augusto. El peso en las piernas de Koke y Saúl. Las inacostumbradas salidas en falso de Godín. La inseguridad a la hora de lanzar los penaltis de Antoine. La falta de Oblak. El dolor por lo de Lucas. Lo esquivo que se muestra el gol de un tiempo a esta parte. La dificultad de convertir situaciones esquivas en calcetines a los que darles la vuelta.

…pero decirlo sería una muestra de desconfianza imperdonable hacia este grupo que tanto nos ha dado…


La ilusión por despedir al Calderón con un título. La fuerza para sobreponerse. La historia que narra que el Atleti nunca se rindió. Los episodios de buen juego ante el Leganés y la esperanzadora segunda parte del partido de ida. La intensidad a encontrar. El vaticinio de Gabi, seguro de no perderse la final por algo tan nimio como una acumulación de tarjetas. Aquella jugada de Carrasco contra el mismo rival en la que desarboló a la retaguardia enemiga. La solvencia sin estridencias de Moyá. El aroma de cantera de Koke y Saúl. La ratonería de Correa. El mágico compromiso de Griezmann. La tradición de manejarse bien al contragolpe. El recuerdo del cabezazo de Godín que incendió nuestras vidas. Por encima de todo, el estado de forma de Fernando. Su capacidad para quitarnos varios años de encima con solo verle saltar al campo. Sus goles frente a este rival. Su experiencia en partidos grandes. La presencia de Simeone en el banquillo.

…elijan ustedes bando. Yo ya lo hice. Elegí volver a creer…

viernes, 13 de enero de 2017

De enlaces, amores y balones parados

Hubo en tiempo en que cada córner a favor del Atleti se celebraba con la intensidad de la boda de tu último amigo soltero. Cuando un rival acosado se veía obligado a ceder un saque de esquina, uno lamentaba no haber pedido hora en la peluquería con la suficiente antelación. Daban ganas de abrazarse al vecino de localidad de antemano, pese a que sistemáticamente te dejara los zapatos llenos de cáscaras de pipas en cada partido. Entretanto, Koke o Gabi se acercaban al banderín con una sonrisa de oreja a oreja, vestidos de rigurosa etiqueta, a la vez que a los centrales el resto de compañeros les iban dando palmadas de felicitación en la espalda mientras recorrían el camino alfombrado hacia el área contraria. “¡Están radiantes!”, añadían algunas señoras que asistían al evento por parte del equipo lanzador del córner. Cuenta la leyenda que existe una foto que retrata a Raúl García sacudiéndose los granos de arroz que se le habían quedado atrapados entre el pelo tras rematar inapelablemente un servicio desde el flanco izquierdo. A medida que los jugadores se dirigían a campo propio para retomar sus posiciones, señores con traje oscuro emergían de los vomitorios repartiendo puros entre el público y brindando con sidra El Gaitero a la salud de los contrayentes. Cualquiera que lo haya vivido sabrá que no exagero lo más mínimo. Así era la cosa.

De pronto, un día reparamos en que los saques de esquina habían dejado de celebrarse como es debido. Ya no eran lances convertidos en una cuidada invitación para ser testigo del enlace rojiblanco con el gol. El Atleti seguía botando varios en cada partido, sí, pero ya no volvieron a tener ese aroma festivo que llegaron a poseer un tiempo atrás. En estos casos, suele echarse la culpa a la rutina, que gana volumen alrededor de la cintura dejando la vida perdida de momentos insustanciales. El desgaste que conlleva cualquier convivencia se apropió de las jugadas a balón parado y las transformó en un trámite burocrático al que casi no apetecía asistir. Las noches de boda mudaron en comidas de domingo con los suegros sin previo aviso. Se nos rompió la pizarra, de tanto usarla.


Pasaron los meses y los partidos sin signos de recuperación de la chispa de antaño. Algunos apuntaban a las ausencias, muy especialmente a la del navarro, que dejó un gélido hueco de nostalgia con forma de nariz aguileña a la altura del primer palo, pero el caso es que nos acostumbramos a convivir con un Atleti vulnerable en los corners ajenos e irrelevante en los propios. El banquete se trasladó a nuestro área, donde nos hacía mucha menos gracia. Cuando alguien preguntaba sobre el estado de la relación con el balón parado, muchas veces se aludía a que quedaba el cariño, que es como reconocer que aquel amor primigenio estaba sepultado bajo seis palmos de tierra. Aquí yacen las jugadas de estrategia, llegó a leerse tras un choque con diez saques de esquina, a cuál de ellos peor ejecutado.

Embarcados en una travesía para retornar a las esencias del Cholismo, los vigías de Simeone volvieron a avistar este pasado fin de semana la tierra prometida de un gol tras saque de esquina. Cierto es que fue en posición ilegal y más cierto aún es que se trata solamente del segundo de los tantos que esta temporada ha llegado tras pelota estática. Muy rácano balance, también es verdad. Siendo pronto para sacar conclusiones en asuntos del corazón como estos, parece que el Atleti ha comprendido que la pizarra conforma la santísima trinidad de los valores que hasta este punto nos trajeron junto con el esfuerzo y la virginidad de la portería propia. Tal vez el tanto de Saúl en Ipurúa quede como una rara y anecdótica flor nacida en el páramo que el divorcio total con el balón parado dejaría, pero permitámonos soñar. Redescubrir lo acaso olvidado. Recordar aquellos días en los que el área pequeña rival se engalanaba para estar a la altura de la ceremonia. Cuando el amor entre el Atleti y el balón parado alcanzó su máxima expresión mientras Godín murmuraba “sí, quiero” tras besar con la frente un balón perdidamente enamorado que valió una liga.  

lunes, 21 de noviembre de 2016

Ser lo que uno no es

En una de las tramas centrales de la segunda temporada de True Detective, que no es ni la mitad de inquietante que la primera pero tampoco tan mala como la crítica denunció, el personaje que interpreta Vince Vaughn, Frank Semyon, trata de convertirse en algo que no es. Pretende dejar atrás su pasado de matón sin escrúpulos, de tipo duro y fiable en trabajos de medio pelo. Frank intenta medrar en la escala social del crimen pasando de sicario a gran hombre de negocios perdiendo en el intento el sueño, la pasta y hasta la vida, valga el spoiler. No es difícil empatizar con un personaje ahogado en unas reglas que imponen otros. Una piraña antiguamente temible que se convierte en bocado apetecible cuando pretende pescar en un mar donde campan a sus anchas los tiburones. Ser lo que uno no es. Esa es la cuestión.

El pasado sábado, esperaba la afición al Atleti que se ha visto en los derbis desde que Simeone se hizo cargo del equipo: cuchillo entre los dientes, corazón bombeando adrenalina aceleradamente, ánimo de no hacer prisioneros. Lucía el Calderón una belleza nostálgica ante uno de sus últimos partidos grandes. Con todo el papel vendido, arropaba la grada elevando la temperatura de gargantas y sentimientos. Todo estaba dispuesto para vivir otra noche llena de magia. Fueron necesarios solamente un puñado de minutos para darse cuenta de que al encuentro le faltaba algo. El Atleti no había saltado al campo. Sobre el césped había dos conjuntos, uno de ellos vestía incluso de rojo y blanco y sus integrantes parecían pertenecer a la plantilla colchonera, pero era otro equipo.

Achinaba el aficionado atlético los ojos, intentando enfocar mejor para descartar una posible suplantación de identidad pero no, Koke y Saúl estaban sobre el campo aunque no parecieran ellos. Se veía también a Savic, pero a un Savic sin la solvencia acostumbrada. Correteaba sobre el tapete Griezmann sin acercarse al balón para aportar algo relevante y solamente Torres se asemejaba al Torres de los últimos partidos, lo que sin duda es una pésima noticia. Ni rastro de las señas de identidad que han llegado a convertirse en denominación de origen Ribera del Manzanares. No hubo presión ni intensidad. No apareció siquiera ese compromiso de luchar cada balón como si fuera la vida en ello. Por el contrario, era el rival el que mordía, el que buscaba la contra con ánimo de hacer sangre, el que vencía en cada balón dividido ante la pasividad del Atleti que no era el Atleti.


Es de imaginar que mientras todo esto ocurría, los guardianes de la estética futbolística disfrutarían una barbaridad. Después de tantos años y tantas líneas escritas denunciando la fealdad del juego de los de Simeone, el desempeño de este Atleti impostado les debió parecer casi poético. Hace tiempo que se atisban señales para la preocupación en el feudo rojiblanco, aunque algunos lo califiquen de jugar mejor. No obstante, al comenzar la segunda mitad compareció un Atleti que por un instante volvió a ser él mismo. Retornando a las esencias, el cuadro del Calderón se intuyó de nuevo reconocible. Fueron solamente quince minutos, tal vez menos, pero llenaron de esperanza y de fútbol supuestamente feo la noche y los corazones.

Tras la derrota, merecida más allá de cualquier otra consideración, se presenta una encrucijada ante la que merece la pena reflexionar ¿Cuál es el camino a seguir? Los resultados parecen aconsejar una vuelta a los orígenes. Ser de nuevo el equipo que nos acompañó en viajes que nunca olvidaremos mientras vivamos. Redescubrir al Atleti canalla. Preservar la virginidad de nuestro marco como primer axioma. Atacar desde la defensa. Entregar el balón si debe ser entregado. Ganar la batalla de cada minuto, como dijo el Mono Burgos. Vivir al filo del partido a partido y no entablar ningún tipo de negociación sobre el esfuerzo. Es probable que los entendidos califiquen esa vuelta al punto de partida como una traición, pero no existe una mayor traición que la que uno se hace a sí mismo fingiendo ser lo que no se es. Intentando taponar con la mano la herida por la que se escapa su vida, Frank Semyon comprende al fin su error. Haber intentado ser lo que uno no es. Como el Atleti en los últimos tiempos. Esa es la cuestión. 

jueves, 20 de octubre de 2016

El paso atrás de Koke

No siempre dar un paso al frente supone avanzar. Muchas veces dar un paso atrás es el acto que ayuda a crecer exponencialmente. Cantaba Robe Iniesta, líder de Extremoduro y letrista merecedor a rascar, visto lo visto, un premio como el de Dylan, que no conviene creer que se está huyendo al retroceder, sino que tal vez se esté cogiendo carrera. La respuesta a casi todas las preguntas puede encontrarse no en el viento, como decía el Nobel de Literatura, sino en los diez o quince metros que Koke ha retrocedido para adueñarse del mediocampo del Atleti.

La inclusión de Koke en la sala de máquinas ofrece un inagotable abanico de posibilidades al equipo, siendo una de las más relevantes la del espacio que queda libre en la alineación para que otro jugador con perfil más atacante comparezca de inicio. Desde la llegada de Simeone, el técnico siempre quiso acercar al de Vallecas al círculo central, pero hasta la fecha no había encontrado el momento de entregarle la manija en propiedad, quizás también temeroso de perder último pase con su reubicación. Con Resurrección a los mandos y Gabi desempeñando el papel de fiel escudero que siempre borda, no se pierde un gramo de sacrificio y la inspiración encuentra más sitio en las inmediaciones del área contraria. La potencia de Saúl, las diagonales de Carrasco o la anarquía en el desmarque de Correa se abren paso para descoser defensas pobladas sabiendo que en la retaguardia queda el retén que guarda el sueño de la defensa rojiblanca. 


Argumentaba, con razón, un colchonero de solera con el que tuve la suerte de coincidir hace unos días, que desde que Koke ha retrasado su posición, han vuelto al Calderón cambios de juego que no se recordaban desde que Schuster impartía su magisterio en la zona ancha. Esa es otra seña de identidad del seis que siempre llevó un cinco dentro: desarmar planes rivales moviendo rápidamente el balón de banda a banda. Abrir los campos hasta latitudes en las que las pizarras se llenan de goteras.

Tal vez la naturaleza de los partidos por venir nos traigan a Koke de nuevo en el interior, más cerca de las líneas enemigas. Quizás más adelante, El Cholo reconsidere su posición sobre el tapete dependiendo de las circunstancias pero su hábitat natural se encuentra en el epicentro de las operaciones. Pidiendo el balón con avidez a los centrales y dibujando pases que esconden llaves para asaltar fortalezas. Benditos diez o quince metros retrocedidos. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

De recuerdos y memorias

Más de treinta años tuvieron que pasar para que el Atleti lograra vengarse del Bayern por aquello de Bruselas y en unos meses tres veces ha sido negado el equipo bávaro por los colchoneros. Imagino que los fieles adoradores de la posesión de balón deben estar compungidos ante tamaña atrocidad. Hablando de equipos alemanes, uno recuerda una previa de Champions contra el Schalke, equipo con gran tradición en el cuidado paliativo de jugadores terminales, en la que el Atleti se metió en la fase de grupos de la competición tras arrollar a los teutones. Fue un partido extraordinario. Una rara avis en aquel Atleti de entonces donde lo más extraordinario era que Maniche terminara los partidos sin sacarse un bocadillo de chorizo de Pamplona del dobladillo de la media para apagar el hambre.

Servidor de ustedes ese día incluso participó, no sin algo de vergüenza, de esa suerte propia de graderío conocida como hacer la ola. Nunca volví a caer en esa frivolidad, pese a asistir a encuentros que la merecían más holgadamente. Más allá de esta confesión que pudiera cambiar el altísimo concepto que alguno de los lectores pudiera tener, aun a estas alturas, del que suscribe, lo significativo del hecho es la capacidad que uno tiene para recordar los partidos extraordinarios de hace unos años, seguramente por ser escasos, y la falta de espacio en el disco duro craneal para recordar cada momento excepcional que nos ha dejado el Atleti de Simeone, de tantos que fueron. Hay noches, como la de ayer, en la que uno querría agarrar cada segundo y guardarlo en un cajón con llave para que nunca escapara. Dentro de algunos años los dejaremos salir, todavía frescos, con el ánimo de volverlos a vivir si la agujereada memoria que tendremos lo permite.


Cuando eso ocurra, rememoraremos la mano prodigiosa de Oblak sin la que pudo haber cambiado todo. Tendremos que describir las fantásticas conducciones en diagonal de Carrasco y esos latigazos con los que las finaliza. Volveremos a llenar de adjetivos grandilocuentes las hazañas de Filipe y Juanfran, capaces de anular a las estrellas adversarias y de provocarles dolores de cabeza en cada una de sus incorporaciones al ataque. Admitiremos que, pese a no estar del todo finos frente al marco contrario, Torres y Griezmann se marcaron un partidazo. Recordaremos el despliegue y poderío de dos centrocampistas totales: Koke y Saúl, por los que el Atleti es envidiado en todo el continente. Rendiremos de nuevo homenaje a Savic y Godín, capitanes inexpugnables de la guardia de la noche que custodia el muro defensivo del reino rojiblanco. Por último, evocaremos con emoción la nueva lección magistral de conocimiento del juego que Gabi impartió desde su cátedra en el mediocentro.

Lo grande de este Atleti no estriba tanto en lo que nos hace vivir, que es muchísimo, sino en lo que nos deja guardar para más adelante. Solo es de esperar que la memoria nos aguante, porque las gestas del equipo parecen tener cuerda para rato. Iremos devorando con avidez cada lance, cada imagen que el equipo nos regala para poder contarlo dentro de unos años. Entonces, sacaremos todo otra vez, todavía fresco, para contarlo de nuevo, si es posible a algún nieto vestido de rojo y blanco que se siente sobre nuestras rodillas.

martes, 13 de septiembre de 2016

Posesión irresponsable

No hay mayor acto de irresponsabilidad por parte de un rival que arrebatarle el balón al Atleti. Varios años de observación minuciosa me hacen enunciar este nuevo teorema, que como todos solo busca provocar para que lo refuten. Las cunetas del balompié están llenas de cadáveres de equipos que pensaron quitarse de en medio al Atleti manejando el cuero empalagosamente, adorando sin reparo al falaz becerro de oro del fútbol mundial, la posesión de balón. Es entonces, mientras el contrario amasa el balón, lo arropa y lo acuna con mimo como si fuera un recién nacido, cuando el conjunto de Simeone se muestra más puro y salvaje. Es entonces cuando más cómodo se encuentra, frente a los que maleducan el esférico. 

Suele suceder que los equipos que tratan la pelota como un neonato hayan interiorizado tanto su rol protagonista para con el balón que cuando éste cae en las botas de alguien que viste de rojiblanco, la desconfianza les hace perder el duelo. El Atleti se convierte para los jugadores rivales en una canguro que se presenta en casa con el pelo teñido de azul y piercings en todos los lugares imaginables para hacerse cargo del balón mientras te vas de cena. Los contrincantes a veces conceden, con todo el dolor de su corazón, un saque de banda sin mayor peligro y contienen el impulso de quitarle de las manos el cuero a Juanfran o Filipe antes de ponerlo en juego, exasperados al creer que no está siendo tratado como merece. Normalmente, los enemigos acaban desquiciados de tanto mirar el móvil, esperando ansiosamente que el Atleti llame para decir que al balón le ha subido la fiebre o que se ha declarado un incendio en su habitación mientras ellos estaban fuera.


Como les decía, es exactamente ahí, cuando el adversario se muestra más sobreprotector con la bola, cuando el Atleti se destapa. En esos terrenos aparece el mejor Griezmann, menos apretujado que con equipos de líneas abigarradas. Allí se puede ver a Koke descolgándose y llegando al área para hacer pupa. Saúl y Carrasco se sienten más libres para explotar sus potencias y velocidades respectivas. Los laterales pueden llegar por sorpresa y hasta Godín capitanea embestidas que comienzan en una arrancada que deja regusto a centrales de otras épocas. Siempre fue el Atleti un equipo de agazaparse y esperar el contraataque. Lo lleva en el ADN, como las rayas de los colchones. Así lo comprendieron el sabio Luis y el aplicado Ivic. Así lo supo ver Antic, pese a otorgar una mayor importancia a la pelota. Así lo adaptaron muchos y otros muchos, desgraciadamente, no supieron entender que el Atleti es mucho más Atleti a campo abierto.

Bienaventurados sean los equipos sobones con el balón, ganarán el efímero reino de los que triunfaron en la posesión de partidos que perdieron. Cuentan que en el vestuario rojiblanco se esperan con ansia las fechas en las que el calendario empareja a los nuestros con equipos de toque acaramelado. Mientras se afilan las uñas, los pupilos de Simeone se relamen pensando en la llamada que harán al móvil de los rivales avisando de que el balón no ha cenado nada de nada o de que les han metido tres o cuatro goles a la carrera, por poner un ejemplo. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Gracias

Artículo publicado en CTXT: 

http://ctxt.es/es/20160518/Deportes/6220/Emilio-Mu%C3%B1oz-Atleti-Gracias.htm

Gracias. Mejor decirlo al principio. Mejor que la primera palabra escrita sea gracias, que sea lo primero que alguien lea, no fuera a ser que pueda confundirse el objetivo de lo que viene a continuación. Vaya por delante que este ejercicio de agradecimiento quiere uno hacerlo hoy, con la gloria al alcance de la mano pero con la incertidumbre natural de citas tan grandes como la de Milán. Uno lo quiere hacer a unas horas del choque porque cree que es de justicia y porque no quiere que, borracho de triunfo o lamentando lo que pudo haber sido y no fue, algún despistado pudiera pensar que el sentimiento es otro. Lo que a uno le brota del interior es agradecimiento, más cosas también, pero sobre todo agradecimiento.

Gracias de nuevo para comenzar este párrafo. Gracias por los nervios que nos estáis haciendo pasar. Gracias por estos dedos en los que ya no quedan uñas. Gracias por hacer que el orgullo con el que uno pasea por su vida los colores rojo y blanco sea incluso un poco mayor. Gracias por hacernos gozar con lo que algunos califican de fútbol feo. Gracias por conseguir que a nuestros ojos sea arrebatador. Gracias por el fútbol directo y por el de orfebrería forjada al primer toque. Gracias por abrigarnos cuando el frío del invierno y la humedad del río aprietan. Gracias por no defraudar. Gracias por los planes que tuvimos que cancelar para estar a vuestro lado. Gracias por los fines de semana de emoción y los martes y miércoles de pasión. Gracias por el estallido de júbilo tras la tanda de penales que finiquitó Juanfran. Gracias por Barcelona y por Munich. Gracias por la trayectoria en Champions, en Liga y en Copa, aunque ésta última fuera breve. Gracias por los partidos en los que parecéis venir ganados de casa, por los partidos reñidos y hasta por las derrotas. Nunca agachasteis la cabeza ante ellas. Jamás dejasteis de merecer llevar la sagrada camiseta rojiblanca. Gracias por demostrar que un equipo pesa más que toneladas de individualidades dispersas. Gracias por todos estos años manteniendo al Atleti en el sitio que nunca debió dejar, ese sitio que es nuestro por historia y tradición.

Gracias una vez más. Gracias a Jan, por sus paradas imposibles y esa tranquilidad que es capaz de transmitir bajo el fuego enemigo. Gracias a Miguel Ángel, por asumir con impecable elegancia su situación. Gracias a Juanfran, por ser la persona que es y por las autopistas de ida y vuelta que dibuja en la banda derecha. Gracias a Filipe, por volver y hacer que su excelsa zurda nos hiciera olvidar cualquier paréntesis. Gracias a Stefan, por esa sobriedad que tan bien combina con esa cara de villano de película de James Bond. Gracias a Lucas, el hijo de Jean François, por todo el maravilloso presente con aroma de futuro que nos promete cada vez que salta al campo. Gracias Jose María, por jugarse la cara, la cabeza y el honor, si es necesario, para tapar un disparo a bocajarro. Gracias a Jesús, por no fallar cuando se le necesita. Gracias a Diego, por demostrar cada día que tiene metido este veneno muy dentro y por esas arrancadas, plenas de jerarquía, en las que juraríamos que le crece el bigote a medida que avanza metros hacia el campo contrario.


Gracias ante todo. Gracias a Tiago, por sus lecciones del primer tercio de temporada, por su sacrificio en el dolor y por retornar a tiempo. Gracias a Jorge, por ser el más reputado arqueólogo de los últimos pases y ser capaz de mezclar a la perfección la potencia de un panzer alemán con la sutilidad de un artesano latino. Gracias a Matías, por su paciencia y humildad a la hora de aprender. Gracias a Thomas, por llenar encuentros desesperanzados de ilusión y frescura. Gracias a Óliver, por poner el objetivo común por encima de todo en un año complicado. Gracias a Augusto, por parecer que lleva trienios a nuestro lado. Gracias a Saúl, por su despliegue, su potencia y por un gol que recordaremos hasta el día en que nos vayamos al otro barrio. Gracias a Gabriel, por la infinita capacidad de sus pulmones, por los kilómetros recorridos y porque a la hora de representarnos no se puede pedir más a un capitán. Gracias a Yannick, por sus gambeteos y esa sensación de invencibilidad que transmite a campo abierto. Gracias a Luciano, por aquel tanto con la espinilla. Gracias a Ángel, por revolucionar los partidos que exigen un levantamiento y por esos controles orientados de otro planeta. Gracias a Antoine, por su capacidad de convertir en gol cualquier traza de oportunidad y por hacernos dudar de si hay jugadores que corren con el botón de turbo de la consola apretado. Gracias a Fernando, por lo de ahora pero especialmente por lo de aquellos años. Gracias por dejarnos ser testigos de tu renacimiento, por ser uno de nosotros y por conducirte por la vida como te conduces.

Gracias a Germán, por su pizarra, su cronómetro al cuello y su conocimiento del juego, aunque no nos acabe de convencer que abandonase el chándal. Gracias al Profe, por exprimirles y pensar que siempre se puede dar más en cada ejercicio. Gracias al resto del equipo técnico, por facilitar la vida de los que nos hacen soñar sobre el césped. Gracias Diego Pablo, por existir. Gracias por enseñarnos y devolvernos tanto. Gracias por tus palabras y por tus silencios, por enseñarnos a vivir partido a partido. Gracias por demostrarnos que si se cree y se trabaja, se puede. Gracias infinitas.

Gracias a todos en suma por lo que estamos viviendo y por el camino que nos ha traído hasta este punto. Gracias por las noches en las que los niños y niñas del Atleti se han ido a la cama más contentos. Gracias por ayudarnos a soñar más fuerte junto a vosotros. Gracias por regar de sudor los campos del continente. Gracias por permitirnos mirar de igual a igual a los que por presupuesto deberían mirarnos por encima del hombro. Gracias por la simpatía perdida de los otros y por matar bien muerta la leyenda del Pupas. Gracias por esa media sonrisa que se adivina en la cara de Neptuno. Gracias por evidenciar que derrochar coraje y corazón no es solo una estrofa del himno. Gracias por los parques llenos de camisetas del Atleti. Gracias por enseñarnos que nunca hay que dejar de creer. Gracias en nombre de los que fueron, somos y serán. Gracias por ser los protagonistas de una bellísima historia que empezó a escribirse en agosto. Gracias por hacer que, llegados a este punto, nuestro agradecimiento se mantenga más allá de cualquier resultado. Esto solo podría acabar de una manera posible: Gracias.

jueves, 28 de abril de 2016

Magia

Antes o después, todos nos acabamos dando cuenta de que ya no creemos en la magia. A la vuelta de cualquier recodo del camino uno se detiene y sabe que ya no habrá noches de Reyes como las de la infancia. Nunca volveremos a mirar debajo de la almohada para ver si el Ratón Pérez aceptó el trato dejándonos una moneda de cinco duros. Jamás experimentaremos de nuevo el hormigueo de tantas primeras veces. La magia se nos marchó a jirones a la vez que cambiábamos de talla de pantalón o de zapatos. Ahora nos dedicamos a buscar el truco de la vida sabiendo que no existe. Aun así, hay ocasiones, como la de ayer, en las que aparcamos las miserias de la realidad y nos entregamos a la magia, que existe. A la orilla del Manzanares, para ser más exactos.

Un entrenador, once jugadores, cincuenta y cinco mil almas, cientos de miles y hasta millones de hombres y mujeres se transformaron de nuevo en niños y niñas durante dos horas. Dejaron a un lado preocupaciones, hipotecas y malabarismos para llegar a fin de mes y se sumergieron con los ojos abiertos como platos en el universo de magia que emanaba el Calderón. Notaron que todo era diferente. Nuevo. Volvieron a vivir cada sensación como la primera vez. El encantamiento empapaba corazones que latían expectantes y obligaba a animar hasta desgarrar la voz. Las palmas echaban humo. El pitido inicial no hizo sino reforzar el hechizo.

Durante los primeros minutos, incluso los jugadores y aficionados bávaros parecían aturdidos por la ilusión. No había chisteras ni pañuelos infinitos, pero comparecía un Atleti desatado. Mágico. Sin más preámbulos Saúl agarró un balón sin trampa ni cartón y lo convirtió en uno de los goles más maravillosos que se recuerdan. Rivales hipnotizados yacían en el camino del interior rojiblanco incapaces de llegar a adivinar el truco. Quizás no lo hubiera. Fue pura magia.


Siguió el equipo colchonero a lo suyo mientras el rival asistía desde la mejor localidad al espectáculo. Tras la cortina de todo balón dividido aparecían Koke, Gabi y, sobre todo, un inmenso Augusto para conquistarlo. La defensa ocultaba en un cajón cada ataque enemigo para posteriormente abrirlo y ver que dentro no quedaban migajas de peligro. Oblak, remangado, convertía la pelota en paloma prisionera entre sus guantes. Griezmann y Torres se evaporaban y volvían a hacerse carne en la vanguardia, obligando a los defensores del Bayern a andar con mil ojos. No hubo dobles fondos ni ilusiones ópticas. Fue trabajo y fútbol a partes iguales. Un derroche desplegado ante atónitas miradas llenas de inocencia.

El segundo acto del choque no fue a la zaga del primero. El número de ilusionismo se adaptó a las necesidades del ambiente. Las filas se cerraron y, ante la incredulidad del respetable, pudo constatarse que once hombres pueden levantar una muralla inexpugnable. Buscaban los germanos un resquicio que no existía para estrellarse una y otra vez en la tela que el gran prestidigitador Diego Pablo había tejido en su mente. Hubo tiempo incluso para que Torres, otra vez rejuvenecido, pudiera sellar la mitad del pasaporte a Milán en un remate que sacó del mazo de cartas que ocultaba en la manga del contraataque.


Terminado el encuentro nadie quiso moverse de su asiento. Levantarse y enfilar la salida, ponerse a hacer otras tareas, cualquier mínima perturbación podría romper el hechizo. Fuimos niñas y niños de nuevo por una noche. Creímos otra vez en los Magos de Oriente y en un superhéroe que se apellida Ñíguez. Nos pellizcamos y certificamos que fue real aunque formara parte de un sueño. No busquen el truco en el Atleti porque no lo hay. Es simplemente magia.

jueves, 21 de abril de 2016

Acostumbrarse a los milagros

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160420/Deportes/5515/Atletico-de-Madrid-Liga-candidato-La-Colchoner%C3%ADa-La-agon%C3%ADa-del-mediapunta.htm

Treinta y tres partidos no son nada, como diría el bolero si decidiera dejar los años aparcados. Tres equipos en un punto y un puñado de goles que desharían los posibles empates. Solo quedan cinco jornadas. La mitad de las que el de Hortaleza, que por algo era un sabio, afirmaba como decisivas en cualquier campeonato. La liga, tras casi encamarse en azulgrana, vuelve a posar su mirada en los demás, veleidosa. Esperarían días de transistor si hubiera alguno que hubiera sobrevivido a estos tiempos de redes sociales, podcasts y partidos a deshora. A los dos sospechosos habituales para los que cada año se prepara el baile se les vuelve a unir el Atleti, una vez más sin invitación. Escribió Chesterton que lo más increíble de los milagros es que ocurren. Tenía razón, pero desde el prisma del Manzanares admitiría rectificación. Lo más increíble de los milagros es llegar a acostumbrarse a ellos.

A la temporada de los rojiblancos le restan ocho enfrentamientos en el mejor de los casos. Como hace un par de años, soñar no es un lujo para los de Simeone. Llegados a este punto, diferencias presupuestarias y confianzas menguan como una camiseta de Primark lavada con agua caliente. El Atleti vuelve a mostrarse como la única y principal amenaza al poder establecido. Su milagro es el trabajo. No hay más. Quien se pregunte aun por el secreto escondido en poder codearse con la rancia nobleza continental de lo balompédico, que mire al señor vestido de negro riguroso que se encierra, sin éxito, en la jaula de las áreas técnicas anexas a los banquillos. Su discurso no se mueve: ahora toca conquistar el Nuevo San Mamés. Ya se sacará al locuaz Rummenigge de la alacena, ya se hablará de matemáticas una vez se haya disipado el humo que se expende como genérico remedio para quien quiera engañarse. El camino hacia la gloria solo puede imaginarse partido a partido.


Siete u ocho choques a afrontar con la fe en máximos históricos. El aficionado atlético mira al césped y encuentra un portero con hechuras de póliza de seguros a todo riesgo, laterales con filo de puñal, centrales a los que solo les falta el bigote para poblar las pesadillas del delantero más audaz, centrocampistas que compaginan toque y sudor y atacantes a los que el gol, otrora esquivo, vuelve a sonreír. No es posible imaginar mejor compañía ni mejor actitud para encarar la batalla. Toda la plantilla está preparada. El asalto a los cielos es más un estado de ánimo que una obligación.

Las niñas ya no quieren ser princesas, ahora quieren ser del Atleti y dejarse enamorar por cada desmarque de Fernando. Los niños tildan de frivolidad lo de soñar en convertirse en astronautas o bomberos y aspiran a imitar las arrancadas de Diego desde la cueva. Los más mayores morimos con las diabluras de Antoine, con la jerarquía de Saúl y con Gabriel haciendo de todos los personajes de la obra. Se vienen las fechas que lo decidirán todo y Koke se ha vuelto a poner su mejor traje. Los dados giran en el aire y, lejos de ser superado por la bisoñez, Lucas muestra serenidad de cincuentón imberbe. La magia habita en la varita de Ángel y no hay galgo que cace a Yannick en campo abierto. La meta se adivina en el horizonte y el conjunto rojiblanco se acerca a ella latido a latido, convencido de que si se cree y se trabaja, se puede.   

Apenas quedan unas pocas citas y el equipo que no jugaba a nada, el que aburría y el que recurría a la violencia como modo de vida –todo eso decían, dicen– alcanza en puntos a plantillas que parecieran sembrar de laureles cada comparecencia sobre el pasto ¡Quién lo iba a decir! El milagro sobre el que el Atleti lleva cabalgando los últimos años ya ha ocurrido. Desde este punto hasta el final solo puede hacerse más grande. Que los que vivimos en colchonero nos hayamos acostumbrado solo lo convierte en más extraordinario. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Pronóstico reservado

Artículo publicado en CTXT:


“Pronóstico reservado”, musitó el galeno leyendo la tablilla que había descolgado de la barra a los pies de la cama del enfermo. También es mala pata, justo ahora que se nos viene la temporada encima, pensaron los más pesimistas. El paciente, vestido con un pijama rojiblanco, presentaba todos los síntomas del típico cuadro de estar en cuadro, valga la redundancia y el mal juego de palabras. Su dolencia provenía principalmente de la retaguardia. De la línea más fuerte precisamente, la que ha sido salvavidas al que agarrarse cuando el gol y la inspiración se acatarraban. Ingresó el paciente hace unos días, tras sucesivos pinchazos en los charrúas muslos de la pareja de centrales titulares. Empeoraba el panorama la anormalmente larga baja de Savic en los últimos choques. Por si todo esto fuera poco, los partidos de selecciones agravaron la crisis añadiendo dos nuevos quebraderos de cabeza: la espalda de Lucas y el tobillo de Saúl. Familiares y aficionados llegaron a temerse lo peor y preguntaban a los doctores antes de dejarse llevar por el desánimo. “Partido a partido”, recetaban los médicos antes de que algún administrador de extremaunciones apareciera en escena.

Pasaron los días con el enfermo en observación. Evolucionando más lentamente de lo que las ansias e impaciencias de sus allegados esperarían. Pese a todo, las nubes que a principio de semana parecían negrísimas apenas descargaron agua. Lo de Saúl y Lucas no era tan fiero como se pintaba y Savic recuperaba el alta coincidiendo con el fin de la operación retorno. Mientras tanto Godín, santo y seña de la defensa, capitán de la guardia de la noche que defiende el muro inexpugnable, trabajaba a destajo con la mirada puesta en el Camp Nou. El herido grave pasaba a leve en tan solo unas horas. No fue cosa de los antibióticos ni de ningún secreto revitalizante, simplemente hubo que esperar y no dejarse apresar por alarmismos ni informaciones desinformadas.



En cualquier caso, si la evolución del doliente finalmente no fuera la apropiada, convendría recordar un episodio de pánico parecido. Sucedió hace casi un par de años. Se jugaba el Atleti a dos partidos la matrícula de honor en una temporada que ya era de sobresaliente. El paciente mostraba también mal color a pocos días vista de las citas. Por entonces, las afecciones se concentraban en la vanguardia. Agoreros de aquí y allá se encomendaron a placentas de yegua y otras hechicerías. El campo del próximo rival en Champions quedó regado con las lágrimas dolientes de Diego Costa y de Arda Turan, el turco que prefirió ser animador desde el banquillo. Con un gol en contra y las filas maltrechas resurgió uno de los más grandes Atletis que se recuerdan, cabezazo de Godín mediante. Haría bien el rival y la parte más ceniza de la grada en no fiarse del diagnóstico y dejar a un lado ese pronóstico reservado. Quizás también convendría que apartaran las vendas con cuidado para tomarle la temperatura al enfermo. En momentos como los que se vienen, no hay mejor cura ante cualquier dolencia que la determinación de los de Simeone. Lo más prudente, en suma, debería ser mirar a los ojos del supuesto paciente y desconfiar. Desahuciar antes de tiempo a alguien con la mirada del color de las rayas de los colchones puede tornarse en suicidio. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Disidentes

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160309/Deportes/4695/Simeone-Cholo-Atleti-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Transitaba servidor de ustedes la otra tarde por las redes sociales, esas nuevas metrópolis en permanente huelga de recogida de basuras, cuando me topé con un lobby pretendidamente atlético que criticaba a Simeone descarnadamente. Le acusaban de defensivo, básicamente. Argumentaban que las alineaciones del técnico tendían a la superpoblación de mediocentros. Le imputaban el delito de maniatar la creatividad, de cortar las alas a la imaginación. Todo ello después del derby, del partido de Mestalla y del encuentro en casa con la Real, que no fue tampoco moco de pavo. Ahí queda eso.

Esta nueva liga de la justicia estética con la me cruce de manera casual defendía un dibujo menos encorsetado, un modelo en el que se amontonaran los delanteros y los mediapuntas  -¡oh, cielos!- desordenadamente. Consideraban los gurús del grupo disidente que el talento estaba siendo maltratado por el Cholo. Entre sus reivindicaciones, exigían la inmediata alineación, todos a la vez y por decreto, de Griezmann, Vietto, Correa, Carrasco y Óliver. No llegaban a pronunciarse sobre Torres, pero sospecho que le harían un hueco en su alienada formación, no fuera ésta a tildarse de reservona por algún purista epicúreo ante la ausencia de un nueve más cartesiano. Opinaban, además, que hacer trabajar en la presión y en la fase defensiva del juego a los anteriormente citados era de una vulgaridad infamante, algo cercano al delito artístico, como quien dice. Sostenían a una sola voz que los futbolistas de pellizco, agotados y sudorosos por dedicarse a tareas tan farragosas, perdían frescura a la hora de crear y eso les llevaba a aburrirse como ostras. Se entiende, claro.



Los dardos de estos revolucionarios seguidores se dirigían seguidamente hacia Saúl, Koke y Gabi, triunvirato de mediocentros carentes de inspiración que, siempre según ellos, hipotecaban la innovación balompédica y ejercían de saboteadores de la circulación del cuero. También recibían lo suyo Kranevitter y Augusto, aun siendo nuevos, y solo Tiago se libraba de sus invectivas, probablemente porque queda poco decoroso meterse con los que están malitos. Todavía pensando que los comentarios, a cuál más surrealista, que provenían de aquella célula de talibanes del buen gusto eran una burda broma, reparé en un ciudadano que con cierta sorna les pedía interpretación sobre el cambio de nuestro entrenador que definió la ambición del equipo en Valencia. El de Torres por Kranevitter cuando el choque discurría todavía por las sendas del empate. Lo calificaron de farsa. Defendían que eso no era más que la excepción que confirmaba la regla, una sustitución tramposa y tribunera.

Me marché a la cama desasosegado, lógicamente, y a la mañana siguiente quise volver a sumergirme en sus océanos de esquizofrenia, principalmente para constatar que lo del día anterior no había sido un sueño. Allí seguían. A esas horas, todavía sin desayunar, glosaban las bonanzas del Atleti de Aguirre y rememoraban lo mucho que se divertían con aquellos partidos rotos y descontrolados. Cualquier día de estos, su desfachatez llegará al punto de pedir la vuelta de Maniche. Ese sí que era un mediocentro creativo, aunque por cuestiones de volumen pareciera que eran dos. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Como un crujido

Fue como un crujido. Ocurrió en una jugada que algunos, ignorantes de la trascendencia que a la presión se otorga en el Atleti, calificarían de intrascendente. La memoria histórica del fútbol está llena de jugadas nimias que han alcanzado el nivel de leyendas en nuestras mentes. Al cierre de estas líneas todavía no se ha podido constatar si el crujido se oyó o no, pero todos lo sentimos. Crujió la tibia de Tiago aunque no crujiera más que en sentido figurado. Tal vez fue un chasquido, tal vez solo una explosión de dolor, pero pareció un crujido al que siguió un estruendoso silencio. La afición, consciente de la importancia del portugués en el equipo, notó muy dentro un crujido helador, cerca de donde debe estar el alma. Crujió el ánimo de la grada y crujieron los cimientos del Calderón de una manera que hizo pensar si aquella aluminosis de la que se curó nuestro estadio no se hubiera reproducido. Se han recogido testimonios de conductores que transitaban por la M30, justo en su discurrir al lado del estadio, que aseguraron notar un crujido sordo que les obligó a sujetar el volante más fuertemente para no perder el control de sus vehículos. Más tarde el Instituto Geográfico Nacional, tras consultar las mediciones sismológicas de la zona, corroboró las versiones de los testigos localizando el crujido en la parcela central del campo, puntualizando que más que epicentro, en este caso debería hablarse de mediocentro del seísmo.



Evacuaron a Tiago en camilla entre los aplausos del público asistente y, desde ese punto, anduvo el equipo con la cabeza en otro sitio. Intentándose convencer de que habría vida tras el crujido. No es fácil asumir la pérdida del timón, de uno de los líderes. Tiago se rompía, crujido mediante, justo cuando estaba haciendo la mejor temporada de las muchas buenas que hizo junto a nosotros. Llegó el Atleti destemplado al descanso y en la grada se podían escuchar los crujidos del pan de los bocadillos mordisqueados desganadamente. El silencio y la preocupación seguían siendo dueños de la tarde desde el crujido. Ya en la segunda parte el partido se dejó ir, respetuoso con las circunstancias. Tampoco puso en mayores aprietos el Español, por si alguien pudiera afearle poca solidaridad con los afectados por el crujido. Demandaba el aficionado partes médicos esperanzadores, no crónicas de lo que pasaba en el césped.  


Terminado el encuentro, el diagnóstico del alcance de la lesión hizo revivir el crujido. Crujieron entonces las esperanzas. Muchos notaron crujir todas las ilusiones depositadas en la temporada. Hubo quien notó crujir a un tiempo Liga, Copa y Champions. Se dice que crujió el cuero dolorido de los balones que fueron, son y serán, sabiendo que pasará tiempo hasta que alguien en el Calderón los vuelva a tratar con el respeto que lo hacía el luso. Todavía en shock por el crujido, es necesario remontar y no dejarse llevar por la desesperación. La capital baja de Tiago deberá ser suplida como tantas otras veces solventó este Atleti las adversidades: desde lo colectivo. Thomas, Saúl, Koke, la llegada de Kranevitter, Gabi, siempre Gabi, deberán sobreponerse al crujido inmediatamente y sumar las condiciones de cada uno para poder sustituir al mediocentro con mayor dominio posicional que uno recuerda. Ése que fue el sábado con todo para presionar al jugador rival intentando evitar un contraataque del equipo contrario. Un segundo después, solo había crujido.

jueves, 23 de abril de 2015

Un lance cualquiera

Andaba el partido cerca de los postres y el Atleti, coincidiendo como en la ida con la salida de Raúl García, mostraba más disposición a mirar a otros horizontes, a pisar terrenos casi inexplorados durante la eliminatoria. Abrazados a la pasmosa seguridad de Oblak los nuestros le ponían ojitos a los penales, aquellos nuevos viejos amigos redescubiertos hace tan poco. Se alargaba el partido más de lo que agrada a los técnicos y un lance cualquiera, un lance de esos que pasan por los partidos como los extras de una película de griegos y troyanos, un lance invisible y prescindible, un lance olvidado antes de nacer, lo cambió todo. Pugnó Arda por el balón con el pie tal vez demasiado alto. Falta. Tal vez amarilla si fuera la primera, nunca cuando de la segunda hablamos. Leerán y oirán ustedes en los próximos días a exárbitros, exanalistas y exseres humanos que certificarán muy serios que sí, que reglamento en mano eso es una amarilla y probablemente no mintieran si sacáramos la acción absolutamente de contexto, pero lo hacen conocedores del paisaje que rodea a un arbitraje europeo, ese concepto-manto bajo el cual cabe casi cualquier tropelía. Es curioso con qué autoridad se esgrime el reglamento en la mano cuando conviene pero uno no recuerda si la semana pasada alguien sacó al reglamento de donde estuviera descansando para azuzarlo con mano firme contra los que soslayaron un mordisco que fue y luego se esfumó y un puñetazo en el estómago en los interiores del área. Nada fue lo mismo a partir de ahí para los de rojo y blanco: tres pasos atrás, un cambio raro y un nuevo episodio de la paradoja espacio temporal que asola a los descuentos, a veces ensanchándose y a veces, como ayer, encogiendo como una rebeca de punto cuando el Atleti se mide a ese equipo cuyo presidente cada día se parece más a Doña Rogelia.


Vaya por delante que en el cómputo global de la eliminatoria el Atleti racaneó con los merecimientos. Propuso poco. Arrendó sus fuerzas al cero a cero tanto en ida como en vuelta y a no dejar descubrirse ninguna rendija en la coraza. En los últimos partidos contra esta patulea, jugó el Atleti de igual a igual e incluso mucho mejor. Arrollando en ocasiones. No fue así ninguna de estas dos veces. Pudiendo vestir de etiqueta elegimos volver a ponernos el mono de hace un tiempo y, claro, el mono es áspero y pica en las corvas, con lo que eso molesta. En definitiva jugó poco el Atleti y jugó también menos el rival de lo que hoy dirán que jugó. Cuando los partidos brotan así solo los detalles los desnivelan y normalmente los detalles se esconden con más frecuencia tras una segunda amarilla rigurosa que tras el oropel florido de aquel al que le engrandecen por encargo la leyenda tras marcar terceros y cuartos goles de partidos resueltos contra equipos de media tabla para abajo.


Aun así, a uno le parecen impúdicamente ventajistas análisis sobre ciertos detalles del uno a uno de los nuestros. No obstante, esas opiniones vertidas con singular ligereza pueden servir de detonante para la reflexión, para que las rumiemos durante los cruciales partidos que restan para asegurar la tercera plaza: la desorientación de Griezmann, que Gabi no mejorara a un Saúl superado o que Mandzukic siguiera jugando el partido de hace una semana en su particular día de la marmota. Dicen algunos, por ejemplo, que para estos partidos siempre hay que contar con Torres. Confían en que en citas así puede hacer aparecer algún prodigio con esa varita que él guarda para las ocasiones especiales. Nunca sabremos qué hubiera podido cambiar pero lo que sí sabemos con total seguridad son tres cosas. Que Simeone sabe mucho más de fútbol que usted y que yo, que moriremos con este Atleti sea cual sea la manera en la que elija encontrar muerte y que si hoy tenemos esta cara de acelga, tras caer en cuartos de final de Champions y luchando por ser terceros en la Liga, es que algo se estará haciendo bien…

lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.

lunes, 11 de marzo de 2013

El último pase


“¡Vamos Niño, mátalo ya!”, “¡Ea, que este está ya aviado!”, “¡Venga, listo de papeles”, “¡Bueno va, ahora que hable el acero!”….

Todo esto y muchas cosas más se oían en el callejón, en los burladeros y hasta en las localidades de barrera de la plaza en la que el estrafalario matador, autoproclamado como el primer torero 2.0 que la fiesta conocía, elaboraba la faena de su vida. Las frases que aconsejaban afrontar el momento supremo eran proferidas por apoderados de pelo ensortijado, familiares más o menos queridos y hasta novias de clavel reventón detrás de la oreja con vocación de folklóricas pero nada, él no hacía caso. Nuestro protagonista, conocido para la eternidad como El Niño del Gigabyte, torero de gran ascendente y número de seguidores en redes sociales y portales de contactos, no se había visto en una igual. El diestro apuraba las fuerzas de su adversario sin escuchar las voces que aconsejaban abreviar el trance, probablemente crecido ante el hecho de que hasta la fecha siempre había sido despedido a base de almohadillazos y hasta collejas de cada coso en el desplegaba su discutible pero vanguardista arte. El Niño del Gb, al que a partir de ahora nombraremos de tan apocopada manera aún a riesgo de que a alguno de los lectores le produzca atragantamiento, no había sido hasta la fecha capaz de dar un mal pase ni a una cabra con reúma por lo que quería disfrutar del momento dejándose llevar, no queriendo que el sueño finalizara. Quería demostrar que aquellos que glosaban su mal gusto en todas las suertes andaban equivocados, quería arrancar al destino un último pase más antes de llegar al momento álgido, tal vez sabedor de que gran número de aficionados le acusaban con maledicencia de entrar a matar sin arrimarse, casi por bluetooth.

Seguía desoyendo borracho de triunfo las voces que aconsejaban pasaportar al morlaco cuando, al hacer un desplante con ese estilo tan suyo de pato mareado, se arrancó el burel buscándole la ingle. Hizo carne feamente, pareciendo conocer de antemano que El Niño del Gb cargaba a la izquierda de esa manera tan celebrada por sus amigas de Facebook y cayó el torero en la arena. Allí, todavía a merced del toro, viendo cómo el dolor y la sangre le ganaban el pulso a la efímera gloria vivida, se arrepintió de su fijación por el último pase…




Lo contrario, exactamente lo contrario que le sobró a El Niño del Gigabyte es lo que le faltó ayer y en alguna que otra ocasión últimamente a nuestro Atleti. Se plantaba la Real en el Calderón con marchamo de equipo difícil pero algo apocado ante la tendencia de los rojiblancos de despachar por la vía rápida a aquel que osa saltar a la arena del feudo local. Se acularon los donostiarras en tablas, no excesivamente, no crean, pero sí bien plantaditos y hasta reservones, nunca mansos. Sacó el Cholo al Cebolla de enganche y se llevó el uruguayo un buen revolcón del lance. Es curioso cómo el Cebolla ha ido perdiendo gas con los meses o con los minutos, vayan ustedes a saber, hasta llegar al punto de la existencia de teorías que encuentran paralelismos igualmente negativos entre poner a jugar al Cebolla de inicio y dar de comer a un Gremlin a partir de las doce de la noche.

Sacó el Cholo al resto de los titulares y puso, de nuevo por necesidad, a Koke en el mediocentro. La presencia de Koke en el doble pivote no desentona y pudiera ser una opción digna de tener en cuenta si no fuera por el hecho de que aleja del área a uno de los pocos sobresalientes que pueden facilitar el último pase, esa suerte tan esquiva en la Ribera del Manzanares. Otro debiera ser Arda, participativo aunque desquiciado por momentos en el día de ayer, y otro Adrián, del que no se tienen noticias desde sus salidas por la puerta grande del año pasado. Poco más hay para brindar ese último eslabón de la cadena del juego. Ese trincherazo o ese pase de pecho que deja solo al rematador ante el portero rival. Esa es la mayor carencia del equipo y ya se atisbaba desde principio de curso. Algo conocido, vamos.

Llegados a este punto y probablemente con el amargo sabor de la primera derrota liguera en casa todavía en el paladar, los hay que abogan, tal vez con razón, por dar la alternativa a esos novilleros que vienen empujando desde abajo: bien Saúl, devolviendo así a Koke a la zona de tres cuartos o bien Óliver, aquel que nos hizo enamorarnos de sus quites veraniegos hace ya demasiado tiempo. Otros en cambio, se acuerdan de Diego y los lances pintureros que nos dejó el año pasado y sacuden la cabeza por el esfuerzo no realizado en su fichaje. Incluso los hay que piensan que Insúa, el tímido y desaparecido fichaje invernal, pudiera cumplir esa función dando al conjunto un toque de espectáculo cómico taurino que siempre es de agradecer para aliviar tensiones.

Podríamos escudarnos en que el resultado de ayer debiera haber sido un cero a cero para ser más justos. Podríamos pensar que ese linier con maneras de picador malo no levantó el banderín cuando debía de manera premeditada. Podríamos argumentar que qué más da ser segundo que tercero siendo el premio el mismo y nos lo podrían refutar razonadamente o con los sentimientos en la mano. Podríamos incluso preocuparnos más de lo debido y mandar a los corrales al optimismo reinante hace solo unos días. Podríamos seguir dando vueltas a la cabeza, a la faena, a cómo se atragantan ciertos partidos con equipos como el Rubin Kazan de San Sebastián. Podríamos simplemente pensar que a hay veces en las que no acaba de salir ese último pase…

viernes, 22 de febrero de 2013

Contradicciones


A carniceros vegetarianos. A fiesteros que reniegan de la última copa. A madres que no quieren que comas bien y a padres y muy señores míos. A putas de comunión diaria. A okupas con hipotecas a treinta años. A guardas jurados que miran para otro lado cuando un abuelo se mete bajo el abrigo un paquete de salchichas Frankfurt. A contables con inclinación por las letras puras. A señoras que siguen encargando butano a pesar de tener gas ciudad. A románticos aferrados al realismo y a suicidas enamorados de la vida. A cazadores de ovejas lanares. A acomodadores para faquires. A comunistas a sueldo del capital y a conservadores de palestino al cuello. A generales pacifistas. A inventores carentes de imaginación. A marquesas que comen menú del día y a mendigos que desechan langostas criadas en cautividad. A gigolós que se hacen los estrechos. A cantautores con suerte en el amor. A defensas que trabajan el remate acrobático y a delanteros a los que satisface más una buena presión en banda. A separatistas por la unidad. A perros ladradores con pasión por morder pantorrillas. A soñadoras con los pies en el suelo y a pragmáticos que juegan a la primitiva. A cirujanos con temblor de manos. A periodistas que pierden objetividad a base de abrazos y canapés. A picadores anoréxicos y a matadores de toros que votan a los Verdes. A jugadores de fútbol aficionados que calientan más tiempo del que juegan. A notarios que han perdido la fe para poder darla. A mediadoras sociales que solucionan sus problemas a hostia limpia. A directivos que cogen el autobús. A filósofos con respuesta a todas las preguntas. A catedráticas que cometen faltas de ortografía y a analfabetos que leen a Proust antes de dormirse. A tenedores que no pinchan. A cuchillos que no cortan. A corsarios de centro comercial y a gente para la que vestir chándal es una actividad anaeróbica. A charlatanes de pocas palabras. A estoicos aficionados al lujo. A concejalas de urbanismo que no saben conjugar el verbo recalificar y a ligones de playa de meseta interior. A directores de cine español con ánimo de entretener. A forzudos de lágrima fácil. A escanciadores de agua del grifo y a banqueros sin ningún tipo de interés. A tímidas con tendencia al narcisismo. A mascotas que entrenan a sus amos. A abstemios con grandes cogorzas y a republicanos que se inclinan ante las coronas. A strippers pudorosas. A monjas impúdicas… A todos ellos, y también a nosotros, gente que arrastramos nuestras contradicciones por la vida de la mejor manera que se nos ocurre se nos ha quedado el cuerpo raro tras la eliminación del Atleti en la Europa League.



Vaya por delante que uno veía la eliminatoria perdida tras el partido de ida. Vaya también que la convocatoria para jugar en Rusia ofrecía la lectura de que el equipo técnico pensaba lo mismo. Vaya incluso que es cierto que la cortedad de la plantilla pudiera aconsejar centrar el tiro dado el riesgo de dispersarse. Vaya además, si me apuran, que con el frío que hacía en Moscú y lo desangelado que estaba el estadio dieran ganas de volverse para casa lo más rápidamente posible. Vaya por delante todo eso, sí, pero también no. Se nos ha quedado el cuerpo destemplado tras la eliminación. Pudieran pensar ustedes que se nos ha quedado el cuerpo lleno de contradicciones y tendrían razón. Mucha.

Andamos tristes por haber caído pero alegres por ver cómo Manquillo ha llegado para quedarse y cómo Saúl llegará en breve. Tenemos la esperanza de que las tres arrancadas, sí solo tres, seguramente pocas a juicio de muchos, de Adrián nos devuelvan a ese jugador de tanta clase pero tan frío como la nieve que se acumulaba en las periferias del terreno de juego de ayer. No podemos echar nada en cara a Asenjo, ese portero con alma de ariete que nos produce enfado y ternura a partes iguales. Tampoco al Cata, aunque este nos produzca miedo y pavor a la vez. No podemos reprochar nada al equipo o tal vez sí, por no haber sido capaz de meter más que un gol a un equipo aseado y ordenadito con nombre de multiusos del hogar. No es posible no esbozar una sonrisa al mirar el banquillo atlético y ver a todos esos chavales tan ilusionados y tan congelados dentro de sus mantas. No debiera haber nadie que mire al Cholo y no vea el futuro del Atleti en sus ojos, pese a ciertas elecciones que algunos puedan no compartir.

El fin de la participación del equipo en la Europa League nos deja nadando en contradicciones. Algunos pensamos que mejor centrarse en Liga y Copa mientras desfilan por nuestros recuerdos las imágenes en Neptuno no hace tanto celebrando el título ahora perdido (o tal vez tirado). Tenemos calor pero sufrimos escalofríos de manera regular. Da rabia que un equipo vulgar te apee de este viaje aunque el viaje no vaya a conducir demasiado lejos. Nos inunda la nostalgia pero a la vez miramos al futuro. Nos deja un sí, pero no. Un vuelva usted mañana y me pregunta cómo me encuentro porque ahora no sabría qué decirle. Pena y alivio. Alegría por no volver a tener que sufrir los comentarios de Manu Carreño y Juanma Castaño, ese humorista a pie de banda. Vacío por desbloquear la agenda los jueves por la tarde de aquí al verano. Todos lo decíamos pero era con la boca chica. Permítanme no insistir más, no tengo claro si reír o llorar desconsoladamente….