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jueves, 21 de julio de 2016

La investidura del nueve

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160720/Deportes/7315/delantero-Atletico-de-Madrid-fichaje-Simeone-choilismo-Mendes.htm

Al asunto del nueve del Atleti se le está poniendo cara de terceras elecciones. De poco sirvieron aquellas palabras, líquidas y calientes, de Simeone con la final de Champions recién muerta. Casi dos meses después, no acaba de atisbarse qué candidato se presentará a la investidura. Mientras tanto El Cholo completa los circuitos físicos ideados por el Profe Ortega al mismo ritmo que sus pupilos, quien sabe si para que las agujetas silencien las voces que en su interior gritan que algo no cuadra. Correr para olvidar, o algo parecido.

Higuaín, Aubameyang, Gameiro, Cavani, Morata, Diego Costa…la flexibilidad de la lista es tan infinita como insuficientes los plazos que el técnico se va a ver obligado a manejar para que el elegido mame cholismo antes de que llegue la hora de la verdad. Tal vez habría que instar a Cerezo a reformular uno de los mantras de la casa: los jugadores juegan donde quieren, aunque a veces quieren jugar un poco más lejos ¿Dónde está el problema? Entendiendo como atrayente el proyecto deportivo que el subcampeón de Europa puede ofrecer a una figura de tronío solo queda sospechar del vil metal. Quizás todo el dinero que se prometía para fichar haya habido que desviarlo a la compra de cemento y hormigón: la Peineta manda. Malamente puede llenarse un estadio, por muy cinco estrellas que vaya a ser, sin goles.


Los más crédulos optan por no dejar que los nervios gobiernen. Recuerdan como ejemplo las llegadas tardías de Villa o de Falcao, pactos alcanzados con agosto bien avanzado. Los más reticentes, entre los que servidor de ustedes se incluye, temen el arribe de un punta con marchamo de desecho de tienta. Uno de esos atacantes que permanecen sentados en su butaca contemplando cómo todos los demás danzan ya sobre la pista. Es posible, incluso, que el nueve llegue de la mano de Mendes y transmute de fea del baile a deseado con solo una leve capa de maquillaje. Sería de esperar una presentación con banda de música arrancándose con pasodobles para celebrar la llegada del susodicho antes de que el presidente del pelo infinito pronuncie a trompicones el nombre del elegido. Un fichaje al que se aceptará en segunda vuelta, con la abstención de ceja alzada de varios grupos parlamentarios de lo rojiblanco. Dios y Jackson Martínez, puestos a pedir, nos cojan confesados.

Pudiera también darse el caso de que nada de lo anterior ocurriera. Pudiera presentarse la competición de un día para otro, sin avisar casi, y obligar a configurar un once sin demasiado gol. Un conjunto titular preñado de mediapuntas -¡ay!- con el que afrontar los retos. Siempre nos quedará el buen hacer de Torres, haciendo de delantero titular en funciones, y la ciega confianza en un Simeone al que se visualiza machacándose físicamente para estar preparado para correr, por si fuera preciso y hubiera unas cuartas elecciones de las que huir a la carrera.  

jueves, 10 de abril de 2014

Sobre infiernos y glorias

Cuando uno se imagina el infierno se imagina algo así, y quien dice el infierno dice la gloria, claro. Se vistió el Calderón de averno para recibir al pretendido porteador de la excelencia y el paladín del buen gusto se sintió obligatoriamente empequeñecido por la grandeza de lo que le había tocado presenciar. Cientos, miles de demonios a los que las rayas rojas y blancas arrebataron sus almas hace ya tiempo aguardaban en pie. Gritando. Animando con una voz que salía como una sola de la masa. Esto es el infierno, o la gloria, según se mire. Se desplegaba la consigna de uno de los padres del purgatorio, “Ganar, ganar, ganar y luego ganar…”, y el rival perdía fuelle sin haber siquiera roto a sudar, sin haber iniciado la primera carrera. Esa única voz, ese rugido telúrico y las danzas extáticas de los diablos rojiblancos echaban en las piernas de los contrarios toneladas de plomo. No había comenzado el partido y la tempestad desatada anunciaba sangre. Anunciaba el caos y prometía el cielo, lo que según se mire, puede ser lo mismo.


Trasladó el pitido inicial el infierno de la grada al terreno de juego y entonces fueron ellos, los once demonios comandados desde la banda por el maestro de ceremonias, por el Lucifer vestido de negro riguroso, los que tomaron el testigo de la macabra celebración. Quedaban los rivales asustados, incapaces de reaccionar ante la avalancha, ante la presión llevada al paroxismo, ante el acoso y el derribo y ante lo poco que se notaban en los locales las ausencias, ante los delanteros asturianos que hace bien poco se daban por muertos y ahora mordían y herían los palos con remates amenazantes, ante los goles que se marcan por insistencia con el corazón. Poco podía contraponer el adalid de la estética ante el tsunami racial de los nuestros, si acaso algún detallito pinturero de Marimar, el único tal vez que, probablemente por inconsciencia, no parecía querer huir corriendo del coliseo antes de que salieran más leones con los que debatir sobre cristiandad. Corrían las once criaturas de las tinieblas que surgían de la grada y parecía que los que corrían eran cientos de miles. Miles de Gabis con las miradas inyectadas en sangre, los dientes apretados y los puños crispados haciendo frente a conejitos de la factoría Disney con camisetas conmemorativas de fundaciones qataríes, mal negocio.





Tras veinte minutos de orgía desatada de presión y anticipación, quiso el ángel caído que la cosa se estabilizara un poco y así lo comunicó a los suyos. Tomaron los diablos posiciones algo más conservadoras de manera ordenada y dejaron que el rival creyera en su no existencia, el mejor de los trucos, para hacerle caer en su propia trampa de dominio estéril. No existía fisura en las filas rojiblancas y se desató otro infierno, más calmado éste, el de la impotencia contraria. Tintes de pesadilla cobró cada lance para los artistas del club transmesetario: barría un Gabi multiplicado los poquísimos balones que ayer no cortó Tiago en el partido más excelso que uno le recuerda en toda su carrera. No hubo balón que no sacara con criterio cuando era menester ni tampoco hubo cuero que no despejara cuando el azar o el destino hacían que sus caminos se cruzaran. Lo poco que escapaba a los tentáculos de los mediocentros era solucionado por la defensa conservando el estilo de cada uno: Miranda con su proverbial e infernal elegancia, Godín con su bestial contundencia y los laterales con esa seriedad que se convierte en martirio para extremos incluso a pierna cambiada. Delante campaban el imperial Koke, del que ya hace tiempo que no sabemos qué decir de la de cosas que hemos dicho sobre él sabiendo que todas quedan cortas, un Raúl García ayer más sacrificado y Villa y Adrián, la dupla sobre la que alguien de poca fe pudiera haber sospechado sin conocer los oscuros planes de Simeone. 


Coronó el Guaje un partido mayúsculo en el que solo la poca fortuna le privó de marcar más de un gol y en cuanto a Adrián, lo mejor que se puede decir sobre su desempeño es que no se pareció al Adrián abúlico y sin sangre que llevamos viendo desde hace ya casi demasiado tiempo. Echen ustedes la culpa al ambiente importado de los dominios de Pedro Botero o a las palabras hipnóticas que El Cholo le dedicara en la previa del partido, pero la catarsis sufrida por el siete atlético le hace merecedor del premio Lázaro, por levantarse y no solo andar sino correr como un condenado. Quiso incluso el espigado belga sumarse a la fiesta sacando un balón maligno del trance de un mano a mano que silenció las voces solo por un segundo y entonces, justo entonces, Simeone, ese supremo burlador, ese que nos tienta dejándonos atisbar metas y gestas que ni tan siquiera nos atrevíamos a soñar, se agachó para comentar algo con El Mono Burgos y por el hueco que quedaba entre botón y botón de la negra camisa asomó un rosario, uno plateado que terminaba con una gran cruz. Entonces lo entendimos todo. Entendimos porqué estamos aquí, comprendimos que el bueno no es tan bueno y que de vez en cuando se marca partidos sonrojantes, caímos en la cuenta de que el malo es el bueno las más de las veces, reparamos que ángeles y demonios se confunden por su apariencia y comprendimos el misterio del infierno, o de la gloria, que es lo mismo se mire como se mire . 

lunes, 3 de febrero de 2014

Lo de menos y lo de más

Se acercaba la afición al campo y daba la sensación de que, cosas de la vida, el partido y el fútbol por extensión era lo de menos pero a la vez era lo de más. Se acercaba la afición al estadio y se respiraba un silencio espeso, pesado, lleno hasta rebosar de respeto, un silencio que se había instalado muy dentro de todos desde que el sábado por la mañana el café y el alma se quedaron helados al oír la trágica noticia. Se acercaba la afición al recinto y quien más quien menos notaba presente la abrumadora ausencia, la certeza de la falta, el vacío tan complicado de describir del que se suele hablar en casos como este. Se acercaba la afición al Manzanares y todos se sentían huérfanos, los más grandes huérfanos de padre y los más pequeños huérfanos de abuelo. Miraba uno al escudo y detectaba que el oso también se sentía huérfano ahora que la vida le había privado de aquel que nunca permitía que fuera pisado aunque fuera sin querer. Notaban todos muy dentro esa orfandad mordiéndoles pero también sentían orgullo, orgullo de haberle conocido, de haberle abrazado como referencia, de haber sabido hablar de él a otros y de haber sabido escuchar sobre él. Se acercaba la afición al Paseo de los Melancólicos y se echaban de menos las patillas gruesas y las gafas que cambiaban de montura mucho después de lo que las modas aconsejaban. Se echaba de menos el chándal de aquellas épocas y el de otras más recientes. Se echaban de menos las faltas dirigidas con precisión a la escuadra y los pies que aguardaban en el interior de los míticos zapatones. Se echaba de menos su voz resonando en los vestuarios, esa voz que hablaba de ganar, ganar y luego ganar, esa voz que sabía tocar la fibra sensible del que escuchaba. Se echaban de menos los malos modos, la alergia a las medias tintas, el culo pelado, la socarronería y se echaba de más a aquellos que le negaron el pan y la sal, a los que le pretendieron licenciar con deshonor por no casarse con nadie y por arrancar de los vestuarios patrios malas hierbas con el siete a la espalda. Se acercaba la afición al Vicente Calderón y a cada pocos pasos surgía otro que contaba una anécdota sobre él, una de esas que a pesar de tan escuchada, toma forma nueva cada vez que se relata. Terminaban las historias con una media sonrisa, mitad triste y mitad alegre y con un suspiro hondo con vocación de punto y aparte.


Ocupó la afición de manera ordenada su localidad y recorrían con la vista el estadio que es su casa y siempre será la de él ya desde antes de aquel lejano pero recordado día en el que, cómo no, la inauguró con un gol. Andaba la afición con un escalofrío metido en la espalda, un escalofrío que hacía asomar lágrimas en unos y necesidad de homenajear al ídolo en todos. Saltaron al campo varios veteranos portando la camiseta con el ocho y el silencio volvió a imponer su ley para dejarse vencer a continuación por las voces entrecortadas. Comenzó el partido que era lo de menos pero seguramente lo de más y se puso por delante el Atleti casi llegando al descanso a pesar de no estar mostrando una cara brillante. Fue Villa el que convirtió en esos terrenos en los que los goleadores pisan con paso firme y alzó los brazos al cielo, recordando y volviendo para luego lesionarse, esperemos que levemente. Achuchó el rival, que estaba aunque casi nadie había reparado en él y Diego Costa y Miranda despacharon el partido por si hubiera alguna duda de que un partido así, con todo lo que lo envolvía nunca podría haberse escapado. Aún hubo tiempo para que redebutara el indeciso Diego y pareció que año y medio no es nada redondeando un partido que sabe a liderato en solitario a pesar de ser lo de menos o a lo mejor lo de más.




Marchaba la afición hacia sus casas tras haberse demorado algo más de la cuenta en el estadio, tal vez intentando aprehender un trocito de la noche vivida y guardarlo en un baúl de tesoros de valor incalculable. Flotaba de nuevo un silencio reinante y despótico que parecía dirigir los pasos de los aficionados y uno se paró a mirar a sus iguales. Miraba uno a los ojos de la afición y veía agrandarse una leyenda, una enorme y de varios colores pero principalmente de color rojo y blanco. Veía uno también calor, emoción y esa bendita sensación de pertenencia que solo ustedes y yo tenemos el placer de sentir. Se detectaban más cosas en aquellas miradas: nostalgia acompañada del dolor frío del que no se lo espera, reconocimiento a esa irrepetible figura y sobre todo agradecimiento. Sí, todos los ojos gritaban diciendo gracias. Gracias por lo que dejó en el campo y en el banquillo. Gracias por estar cuando nadie quería y no estar cuando no tocaba. Gracias por aquella alegría infinita pero efímera truncada por un alemán de nombre impronunciable. Gracias por saber hacer ver a los jugadores que detrás de ellos había varios miles que tocaron el cielo en noches como aquella. Gracias por vencer al dragón de los cuartos de final. Gracias por existir y haber sido de los nuestros. 

lunes, 27 de enero de 2014

Arte, facilidades y otro penaltito...

Quedó la tarde agradable aunque algo ventosa y el aficionado aprovechó la tregua meteorológica para acercarse al fútbol, que si bien este era un partido fuera de casa es un fuera de casa pero como si habláramos del rellano, que no está en casa pero casi. Notó el aficionado que muchos otros como él se acercaban a Vallecas y reparó que tanto hinchas locales como visitantes mostraban un carácter alegre y optimista. Todo el mundo sonreía y dejaba salir antes de entrar en los bares y hasta se minimizaron las típicas discusiones prepartido sobre si esta ronda debe ser pagada por el que suscribe o por usted, que pagó la anterior con gran éxito de crítica y público. La razón de este ambiente jovial y armonioso debe buscarse en la penúltima medida del gobierno, que por fin le ofrece al pueblo llano algo de esperanza que echarse al zurrón tras tanto recorte. Se notaba en el ambiente el alborozo que provoca en la ciudadanía la bajada del IVA para las obras de arte, algo sobre lo que el españolito medio o incluso el españolito pegado a banda andaba seriamente preocupado. Escuchaba el aficionado las conversaciones que tenían lugar en los aledaños del estadio situado en la calle Payaso Fofó y no se hablaba más que de la escultura que mañana le traían a casa al mediodía o de si sería mejor adquirir oleo o acuarela dada la sequedad del clima madrileño y el común abuso de la calefacción en comunidades de vecinos de cierta edad. Con una sonrisa se dirigieron todos los espectadores a sus asientos en el coliseo franjirrojo y casi todos pensaban en que tras pasar tanto tiempo contritos y con el culo apretado pensando en menudencias como llegar a fin de mes o pagar un recibo de la luz que bate el record del mundo de altura de recibos en pista cubierta cada vez que llega, ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora….


Salió el Atleti con Sosa en un lado y Koke en el mediocentro a pesar de que a Resurrección le tenía preparado Simeone un día de descanso. Tiago se resintió de lo que se resintiera en el calentamiento y el todocampista que últimamente ha mostrado síntomas de fatiga tuvo que ser de la partida. Salió también Manquillo sustituyendo a Juanfran y cumplió como suele hacerlo aunque le pitaran un penaltito tan tonto y minúsculo como el de la semana pasada, esperemos que no sea una moda dictada a implantarse. Salió el Atleti dispuesto a resolver el partido rápido, a matar sin hacer sufrir, a pintar el cuadro del partido a la carrera. Arte conceptual. Presión y compromiso en tonos pastel. El Rayo, equipo que apuesta por un arte kamikaze e inconsciente, regaló, como suele hacer normalmente, un balón a Villa y Diego Costa nada más comenzar el encuentro. Cedió el de Lagarto el balón al asturiano para que definiera arriba en lo que iba a ser el inicio de la tónica de la noche: variaciones en el arte de la asistencia generosa. Pudo el Rayo empatar enseguida por obra y gracia del penaltito del que les hablaba antes pero allí estaba ese nuevo valor del arte belga, ese que pinta estiradas imposibles, ese al que habría que inmortalizar en busto o incluso en escultura de cuerpo entero destinada a decorar algún rincón coquetón de la casa rojiblanca.



Acusó el Rayo los dos golpes de cincel a su maltrecha moral y fue entonces cuando el Atleti empezó a gustarse. Fabricaba el Atleti peligro principalmente por banda izquierda y mezclaba con gusto gamas de colores en los que pisaba Arda, centraba con intención Filipe para que Villa dejara despacito a Costa y Sosa de cara a rematar pudiendo sentenciar. En otra de esas obras de arte en las que nuestro equipo mezcla lo mundano y lo celestial llegó el segundo. Balón al espacio a Costa que utiliza el cuerpo como nadie, pase generoso a Sosa que, presa de una mayor generosidad si cabe, deja balón franco para que Arda trace empujando el balón la última pincelada de tan brillante combinación.


Notaba el Atleti que la empresa iba a ser fácil y se relajó un tanto en defensa, cosa rara. Se vio en Vallecas a una retaguardia más despistada, menos segura de sí misma y así llegó el 1-2, con rebote artístico y burlón incluido. Tuvo tiempo el primer tiempo de dejarnos un segundo gol de Arda lleno de pillería y un susto apreciable al ver a Diego Costa en el suelo echándose mano un poquito más arriba de la rodilla. Hubo aficionados que, a pesar del comprensible alborozo que la medida gubernamental provocó en ellos, pasaron un susto morrocotudo al ver caer al delantero centro e incluso vieron pasar ante sus ojos su vida y la temporada entera en diapositivas.

Poco se puede decir de la segunda parte. Quedó casi todo el arte concentrado en el primer acto y este segundo envite perdió fuelle entre las facilidades con las que el equipo vallecano agasaja a sus rivales y la suficiencia del deber cumplido de los nuestros. Dos goles más hubo, sí. Uno de Costa y de Saúl al alimón tras otra obra cumbre de la asistencia de Filipe y uno para los locales de Larrivey, jugador con nombre de coñac peleón y pelos desgreñados, tras defensa flojita de los nuestros.

Vuelta a la senda de la victoria tras dos empates que dejaron muy diferentes sabores. Al cierre de estas líneas, el que suscribe no tiene claro si tomar el partido de ayer como vara de medir de nada debido a la inocencia del rival, un rival que huele e incluso apesta a lo mismito a lo que huele el Betis, para entendernos. Cierto es que se vio mejor juego y no pareció acusarse esa fatiga que asomaba en segundas partes y sprints exigentes pero ni ahora ni antes deberían sacarse demasiadas conclusiones. La tan cacareada rotación en Copa pareció sentar bien a Villa, otro buen partido del asturiano, y al goleador Arda y menos bien a Miranda, por ejemplo, pero la no rotación entre semana pareció no afectar a Diego Costa ni tampoco a Filipe y Godín. Parece que Sosa empieza a meterse en la dinámica y parece que el hombro de Óliver nos va a privar de verle por un tiempo. Courtois es un seguro de vida y habría que cuidar a Koke, pero no sería de recibo ponerse a buscar brotes verdes donde siempre los hubo, en este pasto de césped bien cuidado que está siendo la temporada de los nuestros, pero tampoco perder el espíritu crítico ni no apreciar el cansancio que a veces aparece. Mientras tanto seguiremos disfrutando de este Atleti con alma de artista encaramado a la cima de la clasificación y nos iremos a una galería de las que están en el centro de la ciudad con las gafas de pasta y patilla gruesa puestas. Allí, nos gastaremos de manera gustosa lo que no tenemos en un orinal deconstruido con brochazos color lila en los bordes tras haberlo observado desde todos los ángulos posibles durante un buen rato sin poder asegurar si eso es arte o una mamarrachada pero nos iremos para casa felices y contentos porque ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora…

lunes, 20 de enero de 2014

Cocidos maragatos y penaltitos

Hoy empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de impotencia, sí, por qué no decirlo.


Asediaba el equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti, le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e innecesario, pero serlo lo fue…




Llegó el diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico. Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.


Todo lo referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa. No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.


Hay veces que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante, reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

De monos, fríos y Calippos

Si el sábado por la noche ustedes tuvieron a bien darse un garbeo por los alrededores del Calderón o por boites y otros lugares de alterne en los que el aficionado rojiblanco gusta de ver los partidos de su equipo, inmediatamente detectarían un par de detalles: uno, que hacía un frío que pelaba, un frío muy adecuado para poner un partido a las diez de la noche, un frío de los que llenan las urgencias de gente tosiendo y las farmacias de guardia de ciudadanos con la nariz roja y la voz de Marlon Brando y dos, que todos los seguidores colchoneros iban acompañados a donde fueran de un mono. Sí, sí, de un mono. Como Marco, pero a la rojiblanca, que siempre tiene más gracia.


La consecuencia más llamativa de estos parones de selecciones tan antinaturales, tan a desmano, es la aparición de un mono al lado de cada aficionado. No ocurre esto con los hinchas de todos los equipos, no. Los hay a los que les da igual eso de estar quince días sin ver a los suyos sobre el campo, los hay que se alimentan de tertulias llenas de gritos y venas del cuello a punto de explotar. Los hay que se nutren de portadas de diarios deportivos que parecen editados en Lisboa o Braganza, por lo lusitanos que se vuelven en ocasiones así, y más en ésta. Los hay a los que les basta con mendigar balones dorados para jugadores con tendencia a la cabriola argumentando que al susodicho le hace mucha ilusión tener un balón de ese material para hacer juego con las dentaduras de varios de sus familiares. Hay gente pa’ tó, como decía aquel. No es así en cambio el aficionado a nuestro Atleti. El seguidor rojiblanco echa de menos al equipo de la misma manera que hace unos años, aquellos oscuros años antes del advenimiento de Simeone, le echaba de más y necesita su doble ración semanal. Su dosis en vena de emoción, de presión asfixiante y de intensidad. Su chute de evasión que le transporta a un mundo de esfuerzo, de sudor derramado y de brillantez e inspiración, que de eso también hay mucho aunque se diga menos. Por todo lo anterior, el hincha del Atleti nota brotar de su interior un mono que dependiendo de la circunstancias puede llegar al tamaño de un gorila de lomo plateado. Sin más remedio que aguantar los devaneos del calendario el fiel seguidor asume su condición de padre putativo del mono y le saca de casa, le apunta a clases de inglés después del colegio y si sale a tomar algo a media tarde le pide un trinaranjus del tiempo, que estos fríos para los simios de climas tropicales son proclives a la faringitis. No era raro en los últimos días presenciar el encuentro de dos vecinos de abono en cualquier calle y comparar los tamaños de los monos que el parón les había otorgado: “Pues el suyo ya está muy crecido”, decía un contable con asiento en tribuna baja comparando su mono con el de un abonado de tres filas más abajo que lo llevaba de la mano mientras el macaco lamía un chupachups con fruición.


Si ustedes le cuentan esto a otros, e incluso si osan contarle esto a uno de esos otros que ustedes saben, no les creerán y les mirarán como solo esos otros suelen mirar, siempre por encima del hombro, pero ya saben que, como en tantas otras cosas, ellos se lo pierden. Ellos no saben disfrutar de esas pequeñas cosas como la emoción de asistir a la función navideña del mono disfrazado de pastorcillo…




Saltó el Atleti al campo y el público y los monos acompañantes que se atrevieron a desafiar al frío aplaudieron a rabiar. Saltó también el Getafe y se presentó para la ocasión vestido de Calippo lo que de por sí es un punto negativo en un equipo que al que suscribe le cae medio mal por su presidente y por dar asilo político a una pléyade de mediapuntas. Puso el Cholo en liza a los habituales salvo Godín, al que suplió Darth Vader con solvencia y torería, y Diego Costa, que fue dejado por precaución en la banca siendo su lugar ocupado por Raúl García. Comenzó el partido a temperaturas ambientes, es decir frío y algo desangelado. Miraba la concurrencia a su derecha y a su izquierda y allí seguían los monos, comiendo pipas sin pelar, lo que es de agradecer dada la basura que se acumula en el estadio. Tras el calentamiento inicial, fue Arda en connivencia con los laterales, espléndidos de nuevos en despliegue y profundidad, el que templó el partido a base de aparecer por todas las zonas ofreciendo sus gotas de arte bizantina. Se ha echado de menos al turco en su ausencia, puede seguir funcionando el equipo, pero de un modo menos especial.


Achuchaba el Atleti a balón parado y fue de esa manera como el titular de la cátedra de jugadas de estrategia Don Jorge Resurrección puso el primer gol en la cabeza del titular de la cátedra de llegadas y goles abrelatas, Don Raúl García I de Navarra. Continuaba el asedio al marco de un equipo Calippo que ya mostraba claros síntomas de derretimiento cuando, casi sin querer, llegó el segundo en forma de autogol tontuelo. Tontuela fue también la expulsión de Valera, ese supuesto lateral que se nos vendió en su día como el carrilero del futuro y que, a pesar de dejar de lado su pelo ochentero, demostró que debajo sigue sin haber demasiado.


Arrancó la segunda parte con el Calippo prácticamente licuado y golpearon otra vez Villa en boca de gol y Raúl García cabeceando de nuevo. Justo en ese momento, la afición ya entrada en calor reparó en que habían desaparecido los monos con los que habían accedido al estadio, al haber cumplido estos la función que se les encomienda, la de acompañar al hincha lleno de morriña por no poder ver a los suyos en el campo. No crean que algún aficionado no se alarmó ante la ausencia de los simios, los hubo incluso que se acercaron a un puesto de control pretendiendo que desde megafonía llamaran a un mono pequeño con forma de tití que vestía plumífero azul marino y pantalón de pana gorda. Terminó la desazón de golpe cuando el estadio presenció la obra de arte que Diego Costa tenía guardada para los pocos minutos de los que disfrutó. El de Lagarto se hizo sitio y giró el cuerpo para enganchar una chilena que de ser ejecutada por otro jugador hubiera acarreado la emisión urgente de varias cartillas de cupones para tazas de café y edredones con la foto del lance inmortalizado para la posteridad.



Moría el partido y todavía hubo tiempo para que la conexión astur, esto es Villa y Adrián, redondeasen la cuenta ante el alborozo de una afición que ya no se acordaba del mono de los últimos días ni de los parones que apetecen como acompañar a la suegra al callista. Marchaba el respetable feliz a sus casas y había olvidado el frío, la hora y el aburrimiento de la última semana pero guardaba en sus retinas la nueva exhibición de los suyos. Guardaba un gol de bandera y un partido completísimo ante un rival con sabor lima-limón. Comentaban los aficionados los distintos lances vividos de camino a sus vidas y algún despistado preguntó a otro porqué llevaba una cazadora pequeña y una bufanda rojiblanca tamaño infantil en la mano y éste no supo contestar. Recordaba lejanamente que acudió al partido de la mano de alguien, de un mono tal vez, pero no fue capaz de hacer más memoria. Estos chutes de fútbol que el Atleti proporciona dejan estos maravillosos efectos secundarios.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Teoría aplicada de grandes superficies (o Terror en el Hipermercado, según prefieran)

Ni playa ni montaña, ni tan siquiera sumido en un atasco, servidor de ustedes comenzó el puente metido en una gran superficie, echado pa’lante que es uno. Quizás tuviera que ver el hecho de que al abrir la nevera se le cayera a uno el alma a los pies. Solamente un limón seco con varios trienios de antigüedad guardaba el fuerte, no quedaba ni siquiera un mal sobre de ketchup de los que dan en las hamburgueserías o un árbitro que se haya comido un penalti en jornada previa. Todo vacío. La nada absoluta. El que suscribe llenó su carrito de artículos inútiles y de alguno necesario, claro está, pero siempre manteniendo la férrea disciplina táctica que la dueña de mi casa había esbozado en forma de lista. Una lista de esas que acaban manoseadas y arrugadas de tan consultadas, una lista plagada de ambigüedades, una lista en la que no se aclara al sufrido comprador por poderes si los yogures de fresa hay que comprarlos con trozos, edulcorados o bajos en grasa. En fin, que les voy a contar que ustedes no sepan.

Se acercaba el momento de mayor estrés para el visitante a la gran superficie: el de sacar todo del carro para pagar. El momento supremo, el momento que pone el corazón a doscientas pulsaciones incluso a los opositores a bombero. Uno, tras recoger el testigo de plástico que otorga el honor de poner cosas en la cinta de caja como cliente siguiente, fue sacando las cosas de forma ordenada según dictan los cánones del comprador profesional: primero lo congelado, luego lo fresco, un poco después las cajas de leche y los packs de bebidas en lata, en medio todo lo que no es ni fresco, congelado, ni está en caja o pack y por último los artículos de droguería. Quedan fuera de esta regla los huevos y el pan Bimbo, que por delicados pueden ponerse tanto al principio como al final, pero nunca mezclados con los otros recios productos. El caso es que ya andaba uno desplegando esas bolsas de rafia que hoy en día anegan los maleteros del sufrido ciudadano, esas invasoras de diseño de largas asas, esas usurpadoras del sitio que antes disfrutaban los balones en las partes de atrás de los coches, esas bolsas que impiden el partido espontáneo y hasta el gol regañao en cualquier porción de césped mínimamente practicable, esas que sirven para lavar conciencias medioambientales del comercio en general cuando, de improviso, aparece un señor de mediana edad que, primero colocándose en línea como si fuera un delantero burlando el fuera de juego y segundos después adelantándose unos pasitos, pretendía sacar ventaja en el noble arte de colarse. Ya casi veía uno la parte de atrás de su brillante chándal oscuro cuando éste que les habla decidió poner claras las cosas al espabilado caballero:

- ¡Uy!, no le había visto -aquí uno tiene que poner cara de que sí, de que seguro que no me ha visto, a pesar de los dos metros de altura y de la altura, valga la redundancia, que alcanza lo almacenado en el carro, víveres con los que se podría sobrevivir varios años en una isla desierta-. De todas formas, mire solo llevo estas dos minucias. Un par de productos que ni necesito ni utilizo de manera regular, pero que se me han antojado ahora que se inicia el puente ¿Me dejaría usted pasar?

Uno, que normalmente intentan conducirse por la vida de manera comprensiva y empática, le hubiera dejado pasar para verle alejarse con sus minucias rumbo al parking, pero hubo algo que le impulsó a decir que no, que de eso nada, que se mantuviera atrás que ese era el sitio que le correspondía. El individuo, claro está, se amohinó, sin duda poco acostumbrado a estar detrás, a esperar su turno y protestaba por lo bajinis lleno de soberbia. Ya les digo que todavía no sé si fue el ciclo lunar, el inicio del puente o qué fue lo que me empujó a no dejarle pasar bajo ningún concepto. Aunque ahora que lo pienso, lo mismo fue ese escudo en forma de despertador que lucía el gachó en el pecho del chándal, vayan ustedes a saber.



Solo con dar una vuelta por los alrededores del Calderón, se adivinaba que andaba la gente con ganas de fútbol. Invitaba a ello el rival, el horario y hasta una pequeña tregua climática antes de que lleguen los fríos siberianos que azotan nuestro estadio con regularidad. Dispuso el Cholo a los habituales en los partidos de casa, esto es, Tiago por Mario, y tuvo a bien además otorgar una nueva oportunidad a Adrián para sustituir al renqueante Arda. Salió el Atleti dubitativo y el Athletic con un uniforme que parecía un pijama de entretiempo y pareció durante los primeros minutos que el fútbol andaba todavía inmerso en la operación retorno del puente. Minutos de imprecisiones, de batalla estéril y de protagonismo para el árbitro, empeñado en sacar tarjeta amarilla a todo aquel que osara saltar en balón dividido por alto con Adúriz, que debe ser un futbolista que cae bien al gremio arbitral. Poco a poco se sacudieron los nuestros el buñuelo, por no decir la torrija, que es más de otros puentes, y fue principalmente de la mano de Koke, imperial de nuevo ayer encontrando huecos a la espalda de la zaga rival allá donde los hubiera, y de Villa, lo que es noticia y buena.

Fue el asturiano el que abrió la lata rival tras centro meritorio de Juanfran con un remate en escorzo invertido, o lo que es lo mismo un remate raro y medio mordido que además rebotó en un defensa antes de alojarse en la portería rival. Sirvió el gol para darle confianza al asturiano y para asentar a los nuestros. Si poco se había visto del equipo vasco hasta entonces, quejas en cada salto aparte, menos se vio a partir de ese momento. Solo quedó sobre el campo el Atleti, este Atleti reconocible e insaciable que nos ha tocado disfrutar. Se desdoblaban Juanfran y Adrián haciendo suya la banda derecha, se sumaba Filipe por la izquierda, Tiago se entonaba y Gabi demostraba una vez más que a pulmones no hay nadie que le gane. Encontraba el equipo a Villa con asiduidad, hecho que pudiera atribuirse a que el asturiano se mostró menos estático y más caído a banda izquierda y todo el ataque giraba en torno a Koke, siempre Koke.

Faltaba por sumarse a la fiesta Diego Costa y lo hizo culminando de manera brillante una arrancada suya de esas que rebosan velocidad, una jugada de esas que parece que va a perderse en el limbo de las jugadas olvidadas  por descontrolada pero que el de Lagarto controla de forma medida. Se quitó del medio a dos rivales con un cambio de pierna y fusiló por bajo dejando la moral rival y el partido finiquitados. Dicen las malas lenguas que, tras ver en los resúmenes de la noche, tarde en hora local, la finalización de Diego Costa en el gol, Scolari salió corriendo de su apartamento con vistas a la playa de Copacabana rumbo al consulado español más cercano, para ver si podría acreditar un abuelo extremeño que le hiciera tener bajo sus órdenes a un delantero como el que nos ocupa y no a Fred y otras extravagancias cariocas, Marimar incluido.  

Más de lo mismo en la reanudación: un Atleti desatado y unos leones con peligro de gatitos siameses. Toda la fiereza perdida de los bilbaínos militaba del lado de los madrileños, todos los balones divididos tenían color rojiblanco y los que no estaban divididos, también. Pudo el Atleti ensanchar la herida y pareció que no quisiera. Pudo Villa cabecear a la red tras otra subida del efervescente Juanfran y encontró carne de portero. Pudo Koke volver a sentar cátedra y pudieron varios meter un gol que se difuminó generosamente entre los participantes en la jugada. Pudo ser más si hay lugar para que se pueda pedir más a este equipo y ya les digo por adelantado que pedirles más parece caprichoso.


Suma y sigue este equipo que de manera permanente nos dibuja una sonrisa y nos mantiene el pecho el posición de henchido orgulloso. Sea con oficio o con juego, sea en las buenas o en las menos buenas. Falten o no algunos pilares. Aún abrazando como un dogma de fe la filosofía del partido a partido, empieza uno a pensar que será difícil descabalgar a este grupo de la ola a la que les ha subido Simeone. Deberán andar con ojo los que andan delante con exigua ventaja y deberán seguir detrás los que andan amohinados por estarlo. Los que están poco acostumbrados a ver nuestra gloriosa retaguardia y protestan por lo bajinis siempre tan llenos de esa soberbia tan suya. No intenten colarse, leñe, y menos con ese chándal tan feo con ese escudo-despertador ahí puesto. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Silencio, se rueda...

Los preparativos habían finalizado y todo el mundo estaba en su sitio: el director de fotografía había iluminado la escena con mimo, los de diseño de producción habían conseguido que el césped pareciera una alfombra perfecta en la que no sobresalía ninguna brizna rebelde. Todos los actores maquillados, los cuarenta y pico mil extras expectantes, ansiosos por el comienzo de la sesión. Fue entonces, justo cuando la calculada coreografía previa llegó al punto razonable de perfección, cuando el fornido ayudante de dirección que llevaba colgado un cronómetro al cuello consultó por última vez sus apuntes, esos que siempre llevaba encima, y se acercó a la silla del director para decir que todo estaba listo. El director, siempre vestido de negro riguroso, le escuchó y se apoyó en el respaldo sobre el que se podía leer Cholo Simeone un segundo antes de decir: “¡Silencio señores!, ¡Cámaras!, ¡Acción!”

El chico de la claqueta, sustituida esta vez por un silbato, dio por iniciado el rodaje y la primera secuencia se desarrolló con una rapidez cegadora. Plano largo de un equipo que saca de centro, ataque furibundo al estilo batalla de Braveheart, varias escaramuzas en las que el resultado sonríe a los de rojo y blanco y balón cruzado, dañino, para que llegue el nuevo héroe, el áctor por el que suspiran jovencitas en edad de merecer y algún señor con bigote. Su primera película desde el inicio, su primera titularidad y a los trece segundos el guión le ofrece la posibilidad de abrirse un hueco en la historia. Tras el arrollador inicio, sin duda un guiño del director a los que llegan pronto al cine y se chupan todos los trailers, aunque sean de sesudas películas españolas, se presentan los personajes en diferentes escenas que llegaran más o menos hasta el minuto cuarenta y cinco de metraje. Los malos de la película no son malos realmente, se convierten en espectadores de excepción de la trama, están ellos con sus trajes verdes y blancos como podrían estar cualesquiera otros, el nudo de la historia, de ésta y de muchas más de las que se ruedan esta temporada, se filma en rojo y en blanco, y si es con pantalones azules mejor.

Guardaba el argumento del filme alguna sorpresa más para la segunda parte. Aquel actor del que se empezaba a dudar, ese que leyó el libreto en verano y decidió sumarse a la producción trayendo consigo unas maletas cargadas con la gloria de su extensa filmografía, demostró que le quedan papeles que interpretar para rato. Bordó primero un plano rebosante de hambre, de ansia por acallar a los que dudaban. No podría haber acabado la escena de mejor manera, brillantes estuvieron todos desde el inicio y fue él quien se lanzó sin especialista de por medio a finalizar el trabajo coral cruzando un balón con la testa. Saciada el hambre del artista, su segundo encuentro con el gol tuvo más de sangre fría, de plano con matices y gestos que estalló en un remate con el alma. Suyo fue también el pase que habilitó al actor de moda, ese por el que se pelean usando formas más que discutibles la cinematografía brasileña y la autóctona de aquí. Terminó la escena como suelen terminar todas las que toca últimamente nuestro galán con cara de pocos amigos, en la red, claro.



El desenlace tuvo algo de poético, algo de círculo que se cierra. Completó la cuenta el actor veterano, el secundario de lujo, el que se deja el alma y la piel en cada escena. Fue como un no crean que he dicho mi última palabra, no se queden solo con el inicio de la trama, con esa precocidad insultante con la que el ilusionante nuevo actor se presentó en la película, me queda cuerda para rato y juntos podemos convivir en futuros rodajes porque, a pesar de que mi papel sea menos proclive al lucimiento, la producción se cae sin mí. Razón tiene.


No sé si les pasa a ustedes también, pero a servidor muchas veces le parece que el partido del Atleti está guionizado en la cabeza de Simeone y se desarrolla exactamente como él lo ha visualizado antes, cuando se sentó frente a una máquina Olivetti para plasmar en el libreto del encuentro sus ideas. Ni el más celebrado escritor de finales felices pudiera pensar en que la perla que debuta en el once inicial abra el marcador a los trece segundos, que se redima la estrella a la que se suponía casi extinguida, que tenga su plano el actor de Lagarto y que cierre la cuenta el gran capitán. Nueva muestra de cine de autor. Nuevo estreno con gran éxito de público y de la crítica que realmente sabe de esto, no esa crítica que solo entiende de superproducciones con más promoción que argumento, pastiches por los que asoman actores de morrito atusado que cobran cheques llenos de ceros por interpretar un guión chusco que acaba justificando su mediocridad en base a lo que decide el señor de la claqueta o del silbato, lo mismo da. Nueva muestra de genialidad de este director de actores. Es tan abrumadora la sensación que le queda a uno cuando se queda pegado a la butaca mientras desfilan por la pantalla los títulos de crédito de lo que acaba de ver que casi olvida benévolamente a los productores. Esos productores que tienden más a llevárselo muerto que a darle al director todo lo que pida visto lo visto. Pese a ello, les recomiendo que hagan acopio de palomitas y se sienten cómodamente para el siguiente estreno que se producirá en unos días. No les defraudará…

lunes, 7 de octubre de 2013

¿Hay alguien ahí?

“¿Hay alguien ahí?”, pregunta con voz trémula la rubia de bote (con todas sus consecuencias) asomándose a la oscura habitación de la que parecía salir el ruido. Uno diría que la rubia, que casi no cabe en ese jersey de tantas tallas menos, espera que el asesino psicópata responda diciendo que sí que está él pero que como ha preguntado de esa forma tan educada desde el quicio de la puerta ya no la va a descuartizar como ha hecho con el resto de sus compañeros de curso.

–Hágase cargo usted –añadiría el presunto homicida dejando a un lado la sierra eléctrica o el cuchillo jamonero adquirido en la teletienda–, de que uno no asesina por vicio, sino que es la coyuntura macroeconómica la que le hace a uno desfogarse de esta sangrienta manera, aspecto que, a juicio de servidor y del terapeuta del seguro que me trata con desigual fortuna, no es ni más ni menos preocupante que la actitud de las adolescentes que acampan durante varias noches para ver en primera fila un concierto de una banda juvenil de acné furioso.

Pero como el mundo es de otra manera y el cine de terror, o el terror de cine que para el caso es lo mismo, respeta sus tradiciones de manera celosa, la rubia acaba como acaba tras la absurda pregunta, poniendo todo perdido de sangre, de vísceras y de las fibras que suelta ese jersey tan ajustado, fibras de esas que se agarran a las tapicerías de los coches y no hay manera de sacar ni aún con aspirador de mano, lo que de por sí ya merecería una muerte lenta como poco…

Da igual que el horario sea nocturno, como lo fue en ocasiones anteriores, u horario de vermú como lo fue ésta vez. Uno viene observando desde que la temporada nació que los equipos rivales saltan al Calderón con miedo, con la misma prevención con la que la rubia lanza su pregunta a la oscuridad del sótano, sabiendo sin querer saber que allí, agazapado, hay algo amenazante. Nada más y nada menos que un equipo, claro.



Puso El Cholo en liza a los sospechosos habituales con la única entrada de Mario por Tiago con respecto a las últimas citas y puso Luis Enrique, triatleta a tiempo parcial y entrenador sobrevalorado a tiempo completo, a un equipo con diez rubias (muchas de bote, con todo lo que ello conlleva) ataviadas con jersey celeste ajustado y a un portero del que se esperaba poco por su manga corta y su camiseta de surfero, blanca para más inri. Salió el Atleti arrollador, exuberante. Asestaban los nuestros puñaladas en la defensa viguesa con los laterales como principales cómplices. Gran partido de Juanfran y Filipe, lo que viene siendo costumbre y gran acompañamiento del resto de líneas, destacando Diego Costa, serial killer de cabecera del equipo y todo el centro del campo. No veía el Celta resquicio por el que escapar de la avalancha rojiblanca y solo el portero con alma de skater mantenía vivos a los gallegos. Se vivieron grandes minutos de los que firma este Atleti, juego directo, combinaciones veloces, finalizaciones de Costa y méritos del portero. Pudo el Atleti adelantarse de penalti pero, como buena película del género, el portero con hechuras de graffitero impidió que el partido muriera prematuramente, que ya se sabe que las muertes si duran y son muy sangrientas, visten más en la gran pantalla. No obstante, se fue de manera justa aunque corta el Atleti con ventaja al descanso, fue en un remate tras pase de la muerte de Filipe que resume lo que es este equipo: gol estilo Fuenteovejuna, todos a una. El colectivo frente a la individualidad hasta a la hora de empujar un pase con aroma de medio gol.

Continúo el encuentro por los mismos derroteros tras el descanso y pudo Villa matar el partido casi definitivamente antes de lesionarse, marró el asturiano como antes había errado otras oportunidades y quedó en el ambiente cierta preocupación, no tanto por su lesión, de pronóstico leve según parece, sino por esas desconexiones que sufre que pudieran ser propiciadas por el brutal tono físico de sus compañeros. No debe ser fácil, tomen ustedes a los nuevos fichajes como ejemplo, subirse a un tren que circula a la velocidad que exige Simeone a este convoy y el Guaje lo nota, más de lo debido tal vez. Fue Costa el que ensanchó la herida celeste en otra típica jugada de las suyas, balón largo al espacio carrera imparable plena de potencia y disparo seco abajo. La frialdad de ese asesino con una cara de asesino que no puede con ella parecía cerrar el partido y aupar a nuestro exterminador al olimpo del pichichi.  

Si hay algo típico del cine de terror y de sustos gordos son los finales. Suele ser costumbre que, cuando ya casi todo el elenco actoral anda criando malvas desde hace rato, pareciera que el psicópata flaquease. Acaban los gritos y el señor de la capa negra y la careta con la boca muy abierta parece vencido, desfondado tras la agotadora tarea de liquidar adolescentes. Algo así ocurrió ayer sobre el césped del Calderón. Fue echándose el Celta para arriba cada vez más y los nuestros se dejaron querer, sin duda presos del cansancio, de la exigencia física de las últimas citas. Recortó el Celta tras gol bien finalizado de un jugador con pinta de torero purista y empezó el Atleti, el asesino de nuestros amores a mostrar síntomas de extenuación. Miraba el respetable a los relojes y pasaban los segundos con una lentitud que daban ganas de estrangularlos para que espabilaran. Sirvieron estos minutos para acordarse de las ocasiones perdidas del inicio, para pasar algún que otro sobresalto y para que debutara Guilavogui (o Sí ya lo vi, como se le conoce en ciertos mentideros) sin mostrar más que buena planta.


Ya conocerán ustedes el final de la película. Finalmente resurgió el asesino y continuó acrecentando la racha de víctimas de la temporada. La rubia que llevaba ese indefendible jersey celeste acabó muriendo a sus pies dejando todo perdido de sangre, de vísceras y de esas fibras que se agarran a las tapicerías de los coches como un ministro a una poltrona. Ocho equipos pasaron por las manos de éste equipo nuestro con alma de ejecutor y los ocho quedaron desmadejados en el camino. Muchas muertes ya a la espalda de este equipo obsesionado enfermizamente por la presión y el compromiso, por no dejar testigos que puedan levantarse y siquiera gritar. Parece que nuestro depredador empieza a mostrar sentimientos, tal vez algo de debilidad achacable a la falta de frescura de piernas que habrá que seguir vigilando. Debo de confesarles que siempre que veo una película del género, servidor espera que todos mueran, todos menos el asesino, claro y más si este viste de rojo y blanco….

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cinco minutos

Ignacia no confiaba demasiado en estas modernidades, la verdad, pero allí estaba ella con el mejor de sus vestidos. Y todo por hacerle caso a su nieto el pequeño, el de su hija la que vive en la capital. Speed dating. Citas rápidas. La idea era sentarse delante de un desconocido y charlar durante cinco minutos para ver si merece la pena plantearse con él amistad o lo que surja. Ella, que todavía lucía hermosa a pesar de sus años, tenía claro que muchos de los que ocuparan la silla de enfrente buscarían más un lo que surja que una amistad o algo más serio, pero ella se había decidido a acudir allí sin pensar demasiado. Ya habían pasado muchos años desde que a su Basilio se lo llevara una peritonitis galopante sobrevenida por la coz de una mula traidora en el bajo vientre y ella se sentía sola. Decía su nieto que así era como los de la ciudad encontraban a alguien con quien espantar esas soledades llenas de recuerdos que dolían. No es que no hubiera tenido proposiciones a lo largo de estos años, nada de eso, las hubo hasta aderezadas por los pretendientes con varias hectáreas de tierras de labor, cabezas de ganado y hasta un puesto vitalicio de panadera consorte en una tahona del pueblo de al lado. A todos dijo que no con agradecimiento porque no se sentía preparada. Tal vez hoy las cosas fueran a ser diferentes. Ojalá fuera así.

Uno, que lleva ya algunos años viendo caso todos los partidos del Atleti, había llegado a perfeccionar una técnica casi infalible de predicción sobre el desempeño de los nuestros en el partido a jugar. Bastaban con cinco minutos, solo cinco, lo que dura una cita rápida, para saber si el Atleti que ese día saltaba al césped iba a dejar buen sabor de boca o un cabreo de mil demonios. No me pregunten por los indicadores que uno consultaba para llegar a tal conclusión, no se trataba de hechos aislados si no de un conjunto de detalles y gestos que conformaban el mapa colchonero para ese día. Unas veces era una carrerita desganada de Forlán la que se sumaba a las medias descolocadas de Agüero para presagiar un petardazo de partido, otras veces un primer control orientado de Caminero y un guiño de Kiko para vaticinar que a continuación seríamos testigos de noventa minutos que quedarían en el recuerdo. A veces Schuster se plantaba en el mismísimo centro geométrico del campo y desde allí hacía volar a lo largo de treinta metros un balón que aterrizaba mansamente a los pies de un portugués de nombre Paulo que había avisado con anterioridad de que ese día estaba por la labor con una sacudida de su melena. Otras, bastaba casi con consultar la alineación, ver que salía de inicio Richard Nuñez o Ibagaza y prepararse para lo peor. Ya les digo, solo cinco minutos o incluso menos para hacerse una idea general que raramente fallaba.

De un tiempo a esta parte, uno, a pesar de que con la edad empieza a tener cada día más manías, ha dejado de preocuparse por esos pequeños hechos significativos, por esos cinco primeros minutos de los partidos y el aroma que desprenden. Para ser exactos, cuando les digo de un tiempo a esta parte debería decir desde que Simeone está en el banquillo. Desde su llegada uno sabe lo que se va a encontrar y, por ello, da casi hasta un poco igual el resultado y hasta si se juega mejor o peor, si para llegar al objetivo marcado el camino es de rosas o de espinas. Hace un tiempo, viendo el inicio del partido de Valladolid o el de ayer mismo, uno se temería algo malo, un partido de esos que duelen y que se instalan en el compartimento de los recuerdos a olvidar sin poder hacerlo nunca, pero eso ya no pasa. Uno sabe que, ante cualquier síntoma de decaimiento en cualquiera de los que salen al campo, allí estará él. Aplaudiendo o echando una bronca como se deben echar las broncas, como las echaríamos ustedes y yo, invocando a la camiseta que portan y a la gente que se ha reunido para acompañar al equipo dejando sus vidas aparcadas por noventa minutos. Uno espera que Simeone esté muchos años con nosotros porque él ha sabido espantar esas soledades que muchos sentíamos a pesar de estar rodeados de nuestros iguales. Ojalá sea así.



Puso El Cholo en liza a un equipo en el que tenían cabida las rotaciones pero lo hizo con medida, mesuradamente como suele hacer él las cosas. Un toquecito allí y otro allá: Villa y Gabi para dotar al banquillo de veteranía, Filipe también para que se pudiera ver a Insúa, ese jugador con el que durante bastante tiempo teníamos dudas de si era real y salieron del equipo Raúl y Manquillo, volviendo al plantel Arda y Juanfran. Simeone rota pero sin volverse loco, dando a cada partido la importancia que tiene, que ya se sabe que las rotaciones pueden traer más de un disgusto y si no que le pregunten a Galileo. Ya a los cinco minutos, lo que dura una cita rápida, quedaron dos cosas claras: una, que los fabricantes de camisetas o los responsables de marketing e imagen de los equipos no tienen vergüenza por vestir al Osasuna como si fuera el Borussia de Dortmund en versión low cost y dos, que iba a costar sacar adelante el partido.

También en cinco minutos, cinco solo, lo que dura una cita rápida, Diego Costa le puso al partido el sello de casi finiquitado tras dos centros que llegaron de la derecha. Uno de Juanfran que remató con oportunismo y otro de Koke, otra vez Koke, que el de Lagarto cabeceó con maestría. Comentan en los mentideros federativos que el Sr. Marqués se está pensando convocar a Diego Costa para que juegue con la selección y uno, que no quiere malpensar, no puede creer que no le haya llamado ya sin poner en duda un criterio futbolístico más dado a llamar a canteranos de otro equipo de Madrid o poner a Koke de lateral derecho desaprovechando su capacidad como asistente. No se había llegado al ecuador de la primera parte y se volvía a mostrar ese Atleti que hemos visto crecer en los últimos tiempos. Rocoso y casi inaccesible, puede que poco brillante en ocasiones pero letal y con las ideas claras en muchas otras. Dos lunares tuvo el partido, dos, y los dos se concentraron en cinco minutos, lo que dura una cita rápida: el golpe en la rodilla que obligó a retirarse a Mario Suárez, del que en los últimos partidos se ha visto la versión buena, y el gol del rival tras centro al  área que al cierre de estas líneas no sabría definir si como bien sacado o como mal defendido.


Fue la segunda parte rara. Una segunda parte de esas que se tienen que jugar cuando casi ninguno quiere hacerlo. Pensaba el Atleti en citas futuras, citas del fin de semana, citas que no deberían ser rápidas y pensaba el Osasuna que no podría meter mano a los rojiblancos ni aunque el segundo tiempo durara una eternidad. A pesar del corto margen, no recorrían el estadio ni runrunes ni temores infundados, hasta eso han sido capaces de conseguir Simeone y los suyos. Si acaso, flotaba en el ambiente algo de preocupación por lo tarde que se estaba haciendo y lo tirano que es el despertador cada mañana, pero no quedaba resquicio para esos miedos, algunos autoimpuestos y otros institucionalizados de tanto repetidos: el sufrimiento, la leyenda del Pupas, los goles de jugadores con flequillo rebelde en el tiempo de descuento. Murió el partido y se dieron la mano los contendientes comentando que el próximo partido lo deberían disputar en dos tiempos de cinco minutos con un descanso de un minuto para beber agua o bebidas carbonatadas, que muchas veces cinco minutos bastan para muchas cosas en la vida y se marchó Simeone para el túnel de vestuarios a buen paso para poder reflexionar durante cinco minutos, lo que dura una cita rápida, en lo que iba a decir a los suyos…

lunes, 16 de septiembre de 2013

Relaxing crónica del Atleti-Almería (o de cómo la Agonía se pasa al bilingüismo de andar por casa...)

El despertador de Casiano suena pronto, tan pronto como cantaría un gallo si hubiera algún gallo cerca del feo bloque de pisos en el que vive desde que se casó. Todas las mañanas sale de casa hacia el trabajo, ese bien tan preciado en estos días, y recorre el trayecto abstraído, pensando en sus cosas. Nada más llegar al sitio donde desarrolla su actividad se pone el mono de faena y comienza a realizar mecánicamente las tareas que él mismo se impone. Le da igual eso de ser el único que desde hace mucho tiempo aparece por la obra. Él, cumplidor como es, prepara la mezcla, la extiende sobre el muro que está levantando y apila ladrillos con la máxima precisión aun sabiendo que no habrá capataces ni aparejadores que revisen lo que hace, que nadie se pasará a ver cómo va una obra a la que los tiempos y las circunstancias están dejando morir de inanición. Cierto es que de cada seis meses más o menos aparece por allí una cuadrilla de obreros de diseño. Obreros con el mono inmaculado y con la manicura recién hecha que no se paran siquiera a saludar a Casiano. Justo esos días aparecen también muchos periodistas que tiran fotos a los peones repeinados mientras cogen un ladrillo y lo llevan de un lado a otro enseñando una sonrisa que acompañará a las noticias sobre lo adelantado que va todo. Casiano sabe que ni esas representaciones ni los acontecimientos de la semana pasada cambiarán el hecho de seguir trabajando en soledad, de no tener siquiera un compañero al que comentar el frío que hace o si ha dormido mal, pero continúa con sus quehaceres pese a todo. Manda a Casiano para allá, dijo el arquitecto sabedor de la fama de responsable que se ha ganado nuestro protagonista en la constructora. Allí sigue él. Solo él. No abandonará su puesto pese a parecerle extrañísimo que solo un obrero esté trabajando en un estadio con vanas aspiraciones de olímpico. Él seguirá yendo pase lo que pase y apenas se permitirá acercarse a media mañana a un bar de Canillejas para tomar una relaxing cup de café con leche, que es cosa typical de Madrid…


Jugaba el Atleti contra el Almería en horario de relaxing café, copa y puro y la gente se acercó al Calderón happy y contenta, con ganas de ver fútbol. Había ganas de disfrutar one more time del equipo tras el siempre inoportuno parón de national teams y la gente comentaba de camino al estadio que visto lo visto seguirá siendo nuestra home por muchos years, sobre la de time que ha debido pasar desde que three jugadores del Atleti jugaran de titulares con la Red. Realizó El Cholo some cambios con respecto al equipo de costumbre y dejó en el banquillo a Mario, Arda y Miranda. Salieron por ellos el renacido Tiago, el musculoso y llegador Raúl García y el debutante Giménez, que mostró criterio during the match a la hora de sacar el balón y dudas a la hora de ir al corte, incluido el de pelo. La no presencia de Arda otorga al Atleti un talante more industrial, more de maquinaria pesada. Una escuadra que apuesta por el heavy metal sobre cualquier otro posible estilo. Lidera a la voz Diego Costa, esa pesadilla para cualquier central de estos times, se apunta al bajo Villa y a la percusión de la moral del adversario Gabi.  



Resistió poco el Almería, la verdad, y no es cuestión de minusvalorar el trabajo of the rival cuando enfrente se planta esa cadena de montaje futbolística en la que se ha convertido el Atleti. Primero Villa tras mostrar dotes adivinatorias sobre para dónde iba a salir un rechace and then Costa de penalti pusieron a los nuestros en advantage. Antes del descanso acortó el contrario tras jugada atropellada y de blandura defensiva pero fue un espejismo, palabra que servidor no sabe cómo se dice in english y por eso no la traduce y mucho menos la pronuncia.

After the break, siguió el Atleti a lo suyo. With esa actitud machacona, with esa hambre, with esa máxima de no hacer prisioneros. Avisó Koke haciendo temblar the larguero y, más tarde, sentenció Tiago tras asistencia de Simeone con la pizarra. Quedó tiempo para poco más, si acaso para ahorrar esfuerzos de cara al compromiso Champions y para que Raúl García y Koke consiguieran el cuarto al alimón antes de que el rival maquillara el resultado o como se dice en la lengua de Shakespeare, making up the result.


Sigue el Atleti a lo suyo y lo hace encaramado on the top de la clasificación. Cuatro de cuatro. Sigue el Atleti ahí y, lo más importante es que llega al objetivo siguiendo distintas ways, todas ellas válidas. Cuidando más o menos la estética la cosa funciona y cada match que pasa la afición se contagia de optimismo sin atisbar límites. ¡Que pase el siguiente!, o el next, que se diría, reclama el personal mientras degusta un relaxing café con leche, que es cosa typical de Madrid…

lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.

jueves, 22 de agosto de 2013

Las finales por fascículos

Jugaba el Atleti otra final y nos obligó a trasnochar de nuevo. Jugaba una final y uno no dejaba de preguntarse por el motivo de que estas finales se tengan que jugar a doble partido, la razón de entregar por fascículos títulos que pudieran dirimirse de una sentada. Uno no encuentra más respuesta a este dislate que la de que en el guión de este tipo de choques no se quiere dejar lugar a la sorpresa ni a los invitados inesperados, como el Atleti. Estas finales están diseñadas y concienzudamente preparadas para que las jueguen dos equipos y ninguno otro más. Así, se inicia la temporada de la manera que consideran ortodoxa gerifaltes federativos y periodistas de rodillera desgastada: con un par de partidos de los que enfrentan a los únicos contendientes que a su juicio interesan. Esos que, si por los que reparten y organizan estas cosas fuera, deberían dirimir los títulos en juego en un playoff a 37 partidos del siglo mientras los demás miran sin protestar por la migaja que se les otorga. Por eso nos regocija colarnos por méritos propios en la fiesta preparada para otros, esa fiesta que ayer noche vivió su primer episodio.

Salió el Atleti al campo con la alineación que en breve todos los niños se sabrán de carrerilla y salió el rival con camiseta de polo cítrico de dos sabores dejando en el banquillo a Marimar y a su peinado de gallina matada a escobazos. Salieron los entrenadores y de nuevo Simeone apostó por el negro riguroso mientras Martino apostaba por unos tonos que merecerían la creación de una plataforma de damnificados por la Semana Fantástica de El Corte Inglés. Salieron los dos contendientes junto al equipo arbitral y el besamanos se convirtió en una explosión de cariños sin tapujos: de casi todos sus antiguos compañeros a Villa, de Koke a sus nuevos compañeros de internacionalidad y hasta de Undiano Mallenco a Busquets, con quien estuvo detallista y atento toda la noche.

Sacó el rival de centro y el Atleti se puso a esperar. No un esperar amilanado sino un esperar activo. Consciente. Agazapado. Amenazador. Se disponían los de rojo y blanco en tres líneas prietas, con la principal variante de que Diego Costa cerraba la banda derecha, y lo hacían con la presión y la solidaridad como principales aliadas. Apretaban los nuestros no dejando jugar al contrario, llevándose cada balón dividido y salían a la contra con muy mala idea, sin duda poniendo en práctica las teorías aplicadas de Don Luis Aragonés en su cátedra de la facultad de Ciencias del Contraataque. Fruto de una de esas contras académicas, llegó el gol tras triangulación brillante entre un Koke proverbial, un Arda más entonado y un Villa que culminó la jugada rematando no se sabe muy bien si con el empeine o con la sed de revancha tras sus años de exilio pegado a la cal o a los asientos de los banquillos.



No cambió el guión tras el gol. Un rival que amasaba y cansaba al balón de tanto moverse sin sentido aparente y un Atleti enfervorecido. Heroico en la presión y en el sacrificio y más que aseado cuando el balón le pertenecía. De igual manera comenzó la segunda parte: achuchaba generoso el Atleti y pretendía controlar al desatado rival el equipo de la segunda equipación refrescante con la inclusión de Chés Fábregas y de, por fin, Marimar o como pone en su camiseta, Marimar Jr.

Seguían los nuestros a lo suyo: a pegar y retroceder. A no bajar la guardia. A querer luchar en los terrenos que le convenían cuando el árbitro perdonó amorosamente una segunda amarilla a Busquets, ese especialista de cine atrapado en el cuerpo de un mediocentro, que hubiera decantado la batalla y roto el partido definitivamente. Justo entonces, un balón colgado que no se cerró bien posiblemente porque las piernas estaban en la reserva, fue cabeceado a la red por Marimar Jr., aspecto que hoy destacarán los diarios afines al régimen como una muestra de genialidad sin precedentes de ese jugador con pinta de cobrador de atracción de feria. Poco más brindó el partido hasta el pitido final. Algún arranque racial de los suplentes a los que Simeone dio paso y algo de no perdamos en poco tiempo lo que tanto ha costado conseguir.

Dejó el partido un sabor agridulce. Raro. Por un lado, queda la sensación de orgullo ante el responder del Atleti ante este tipo de partidos y su tendencia a mostrarse respondón con el poderoso utilizando sus propias armas. Queda también cierto regusto a oportunidad perdida, a cosecha injusta. A partido de nivel altísimo que el rival empata sin merecimiento. Dentro de una semana más. El segundo capítulo de esta final fasciculada que de manera incomprensible se nos ofrece por entregas. Al fin y al cabo una final y, cuando de finales se trata, no parece prudente para los rivales fiarse del Atleti.