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viernes, 13 de enero de 2017

De enlaces, amores y balones parados

Hubo en tiempo en que cada córner a favor del Atleti se celebraba con la intensidad de la boda de tu último amigo soltero. Cuando un rival acosado se veía obligado a ceder un saque de esquina, uno lamentaba no haber pedido hora en la peluquería con la suficiente antelación. Daban ganas de abrazarse al vecino de localidad de antemano, pese a que sistemáticamente te dejara los zapatos llenos de cáscaras de pipas en cada partido. Entretanto, Koke o Gabi se acercaban al banderín con una sonrisa de oreja a oreja, vestidos de rigurosa etiqueta, a la vez que a los centrales el resto de compañeros les iban dando palmadas de felicitación en la espalda mientras recorrían el camino alfombrado hacia el área contraria. “¡Están radiantes!”, añadían algunas señoras que asistían al evento por parte del equipo lanzador del córner. Cuenta la leyenda que existe una foto que retrata a Raúl García sacudiéndose los granos de arroz que se le habían quedado atrapados entre el pelo tras rematar inapelablemente un servicio desde el flanco izquierdo. A medida que los jugadores se dirigían a campo propio para retomar sus posiciones, señores con traje oscuro emergían de los vomitorios repartiendo puros entre el público y brindando con sidra El Gaitero a la salud de los contrayentes. Cualquiera que lo haya vivido sabrá que no exagero lo más mínimo. Así era la cosa.

De pronto, un día reparamos en que los saques de esquina habían dejado de celebrarse como es debido. Ya no eran lances convertidos en una cuidada invitación para ser testigo del enlace rojiblanco con el gol. El Atleti seguía botando varios en cada partido, sí, pero ya no volvieron a tener ese aroma festivo que llegaron a poseer un tiempo atrás. En estos casos, suele echarse la culpa a la rutina, que gana volumen alrededor de la cintura dejando la vida perdida de momentos insustanciales. El desgaste que conlleva cualquier convivencia se apropió de las jugadas a balón parado y las transformó en un trámite burocrático al que casi no apetecía asistir. Las noches de boda mudaron en comidas de domingo con los suegros sin previo aviso. Se nos rompió la pizarra, de tanto usarla.


Pasaron los meses y los partidos sin signos de recuperación de la chispa de antaño. Algunos apuntaban a las ausencias, muy especialmente a la del navarro, que dejó un gélido hueco de nostalgia con forma de nariz aguileña a la altura del primer palo, pero el caso es que nos acostumbramos a convivir con un Atleti vulnerable en los corners ajenos e irrelevante en los propios. El banquete se trasladó a nuestro área, donde nos hacía mucha menos gracia. Cuando alguien preguntaba sobre el estado de la relación con el balón parado, muchas veces se aludía a que quedaba el cariño, que es como reconocer que aquel amor primigenio estaba sepultado bajo seis palmos de tierra. Aquí yacen las jugadas de estrategia, llegó a leerse tras un choque con diez saques de esquina, a cuál de ellos peor ejecutado.

Embarcados en una travesía para retornar a las esencias del Cholismo, los vigías de Simeone volvieron a avistar este pasado fin de semana la tierra prometida de un gol tras saque de esquina. Cierto es que fue en posición ilegal y más cierto aún es que se trata solamente del segundo de los tantos que esta temporada ha llegado tras pelota estática. Muy rácano balance, también es verdad. Siendo pronto para sacar conclusiones en asuntos del corazón como estos, parece que el Atleti ha comprendido que la pizarra conforma la santísima trinidad de los valores que hasta este punto nos trajeron junto con el esfuerzo y la virginidad de la portería propia. Tal vez el tanto de Saúl en Ipurúa quede como una rara y anecdótica flor nacida en el páramo que el divorcio total con el balón parado dejaría, pero permitámonos soñar. Redescubrir lo acaso olvidado. Recordar aquellos días en los que el área pequeña rival se engalanaba para estar a la altura de la ceremonia. Cuando el amor entre el Atleti y el balón parado alcanzó su máxima expresión mientras Godín murmuraba “sí, quiero” tras besar con la frente un balón perdidamente enamorado que valió una liga.  

jueves, 25 de febrero de 2016

La ruptura

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160224/Deportes/4413/Atletico-de-Madrid-falta-de-gol-ataque-La-Colchoner%C3%ADa.htm

No siempre se es capaz de detectar las señales que preceden a la ruptura. A todos nos gustaría ser capaces de encontrar el punto de inflexión, el detonante sobre el que pudiéramos actuar. Tal vez un crujido, frío y seco, como cantaba Rocío Jurado con el amor de cuerpo presente de tanto usarlo. Lo cierto es que estas cosas ocurren y rara vez se puede hacer algo. El gol nos ha abandonado, es evidente. Un día, al volver a casa, nos dimos cuenta de que el gol se había marchado. Había vaciado los armarios sin dejar rastro de su ropa, solo nos quedaba su olor, todavía fresco pero ya distante. Sobre la mesa, una nota que no explicaba su huida hacía crecer todos los porqués que se agolpaban en nuestra mente. Dudando si llorar o asaltar la nevera para aplacar la ansiedad, nos echamos en la cama. Parecía enorme. Muy vacía también. El gol nos ha dejado, asumámoslo.  

Tendido sobre las frías y desamparadas sabanas uno analiza si la fuga del gol comenzó hace tiempo y no supimos verlo. Mala planificación deportiva, expectativas demasiado optimistas hacia las cifras goleadoras de los delanteros más jóvenes, el affaire de Jackson, que en gloria oriental esté, menos participación de otras líneas en el asunto finalizador, los tantos que se mudaron -¡cuánto se te echa de menos, Raúl!- a orilla del Guggenheim, carencia de jugadas de estrategia frescas recién salidas del laboratorio, la sombra de Tiago, que es alargada y lo equilibraba todo…Como les decía, no es sencillo notar el crujido que hubiese anunciado la ruptura. Entre todas las razones lo mataron y el gol, lejos de pensar en morirse, decidió huir dando un portazo.



Lo cierto es que el Atleti, con sus más y sus menos, lo intenta casi todo. Explora otras vías, echa el balón al suelo tras desesperar al personal con balones largos remitidos por los centrales sin acuse de recibo. No convencen al gol esos esfuerzos, esas demostraciones de que hemos cambiado, de que queremos que vuelva a nuestro lado. Quizá el gol, dolido por nuestro comportamiento, necesite algo más para dejar de mostrarse esquivo. Una caja de bombones, una docena de rosas frescas, un fin de semana romántico en un hotelito rural de esos cuyo encanto reside en la superpoblación de arañas que conviven a pensión completa con el turista. Habría que agotar las posibilidades y analizar las causas por las que el gol decidiera coger las maletas. Les confieso que servidor las ha masticado, digerido y debatido, consigo mismo y junto a otros, y nadie es capaz de dar una explicación totalmente satisfactoria sobre lo que ocurrió un poco antes de ese supuesto crujido anunciador de que el gol iba a pedir la separación.

Sin el gol no se puede vivir. Su falta no puede ser tapada por familia, amigos, ni por diez saques de esquina mal ejecutados, ávidos de un rebote que los deposite en las redes. No intentemos reconstruir nuestras rutinas sobre otros equívocos cimientos como la posesión o las sensaciones, que diría Sánchez Flores, no hay vida después de la ausencia del gol. Antes de echarnos en brazos de la depresión más profunda, debemos ser conscientes que, también sin previo aviso, el gol puede volver cualquier día de estos. A la vuelta del trabajo notaremos que el olor a cerrado y la percepción de abandono en el que nos había sumido su marcha habrán desaparecido. El césped, nuestra casa, recuperará la alegría como por arte de magia y todo volverá a ser como antes, balones largos aparte. No notaremos ningún crujido, frío y seco, que anuncie la buena nueva de su retorno. Simplemente sucederá, estas cosas ocurren. Puestos a pedir, por muy despechado que esté, podría hacer un esfuerzo el gol y dejar de hacerse el ofendido esta semana mismo. Vamos a necesitarlo. 

jueves, 23 de abril de 2015

Un lance cualquiera

Andaba el partido cerca de los postres y el Atleti, coincidiendo como en la ida con la salida de Raúl García, mostraba más disposición a mirar a otros horizontes, a pisar terrenos casi inexplorados durante la eliminatoria. Abrazados a la pasmosa seguridad de Oblak los nuestros le ponían ojitos a los penales, aquellos nuevos viejos amigos redescubiertos hace tan poco. Se alargaba el partido más de lo que agrada a los técnicos y un lance cualquiera, un lance de esos que pasan por los partidos como los extras de una película de griegos y troyanos, un lance invisible y prescindible, un lance olvidado antes de nacer, lo cambió todo. Pugnó Arda por el balón con el pie tal vez demasiado alto. Falta. Tal vez amarilla si fuera la primera, nunca cuando de la segunda hablamos. Leerán y oirán ustedes en los próximos días a exárbitros, exanalistas y exseres humanos que certificarán muy serios que sí, que reglamento en mano eso es una amarilla y probablemente no mintieran si sacáramos la acción absolutamente de contexto, pero lo hacen conocedores del paisaje que rodea a un arbitraje europeo, ese concepto-manto bajo el cual cabe casi cualquier tropelía. Es curioso con qué autoridad se esgrime el reglamento en la mano cuando conviene pero uno no recuerda si la semana pasada alguien sacó al reglamento de donde estuviera descansando para azuzarlo con mano firme contra los que soslayaron un mordisco que fue y luego se esfumó y un puñetazo en el estómago en los interiores del área. Nada fue lo mismo a partir de ahí para los de rojo y blanco: tres pasos atrás, un cambio raro y un nuevo episodio de la paradoja espacio temporal que asola a los descuentos, a veces ensanchándose y a veces, como ayer, encogiendo como una rebeca de punto cuando el Atleti se mide a ese equipo cuyo presidente cada día se parece más a Doña Rogelia.


Vaya por delante que en el cómputo global de la eliminatoria el Atleti racaneó con los merecimientos. Propuso poco. Arrendó sus fuerzas al cero a cero tanto en ida como en vuelta y a no dejar descubrirse ninguna rendija en la coraza. En los últimos partidos contra esta patulea, jugó el Atleti de igual a igual e incluso mucho mejor. Arrollando en ocasiones. No fue así ninguna de estas dos veces. Pudiendo vestir de etiqueta elegimos volver a ponernos el mono de hace un tiempo y, claro, el mono es áspero y pica en las corvas, con lo que eso molesta. En definitiva jugó poco el Atleti y jugó también menos el rival de lo que hoy dirán que jugó. Cuando los partidos brotan así solo los detalles los desnivelan y normalmente los detalles se esconden con más frecuencia tras una segunda amarilla rigurosa que tras el oropel florido de aquel al que le engrandecen por encargo la leyenda tras marcar terceros y cuartos goles de partidos resueltos contra equipos de media tabla para abajo.


Aun así, a uno le parecen impúdicamente ventajistas análisis sobre ciertos detalles del uno a uno de los nuestros. No obstante, esas opiniones vertidas con singular ligereza pueden servir de detonante para la reflexión, para que las rumiemos durante los cruciales partidos que restan para asegurar la tercera plaza: la desorientación de Griezmann, que Gabi no mejorara a un Saúl superado o que Mandzukic siguiera jugando el partido de hace una semana en su particular día de la marmota. Dicen algunos, por ejemplo, que para estos partidos siempre hay que contar con Torres. Confían en que en citas así puede hacer aparecer algún prodigio con esa varita que él guarda para las ocasiones especiales. Nunca sabremos qué hubiera podido cambiar pero lo que sí sabemos con total seguridad son tres cosas. Que Simeone sabe mucho más de fútbol que usted y que yo, que moriremos con este Atleti sea cual sea la manera en la que elija encontrar muerte y que si hoy tenemos esta cara de acelga, tras caer en cuartos de final de Champions y luchando por ser terceros en la Liga, es que algo se estará haciendo bien…

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lo simple y lo grandioso

No hay nada más desmoralizante que unas patatas bravas que no son bravas, la verdad. Sepan ustedes que el verdadero nivel de un establecimiento hostelero no lo marcan las ensaladas tibias de brotes tiernos sobre lecho de milhojas de rodaballo trufado a los tres vinagres y medio, de eso nada. El verdadero nivel de un bar, de una casa de comidas o de un colmado con aspiraciones de restaurant, lo marcan las cosas más simples y a la vez más grandiosas, como las patatas bravas.

No hay nada peor en la vida que intentar vestir a ese tétrico gato con la forma alargada de las patatas congeladas que se ahogan en una indescriptible mezcla de tabasco y tomate frito Orlando para que parezca la grácil liebre que es esa patata cocinada con esmero en dos fases, primero a fuego suave y luego a brasa viva. Esa patata de corazón esponjoso y armadura crujiente que nada a braza en la célebre salsa que deja en la boca retazos de cuando iba usted los domingos al Rastro o de cuando quedó con Julia para ir a tomar algo a la salida de la academia y los nervios se le escaparon corriendo calle Toledo arriba. Más dramático incluso que el caso de las bravas perpetradas a base de kétchup, de tomate natural pelado o de cualquier atrocidad parecida es el de aquellos lugares que pretenden reinventarlas con dudosísimo gusto. No, mire, las bravas no necesitan ser deconstruidas de ninguna de las maneras. Deconstrúyase usted esa barba tan moderna que se ha dejado para acentuar su imagen de creador, que nos ha sacado los segundos llenos de pelos, muy hipsters, eso sí, pero pelos al fin y al cabo.

Por desgracia, no se suele valorar la simpleza, craso error, pero sigan mi consejo, antes de decidirse a acercarse a comer a cualquier sitio o ahora que se acercan estas fechas de caza y captura de restaurantes con salones espaciosos para salir con los compañeros de celebración, acódense en la barra de cualquiera de esos establecimientos y pidan una de bravas para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.



Prácticamente se llenó el Calderón para recibir al Olimpiakos y si no lo hizo en mayor medida fue por esa necesidad de dejar vacía toda la grada situada debajo de la zona en la que se sitúan los aficionados visitantes en nuestro estadio. En esta ocasión fue un acierto no por seguridad si no porque cualquier que se hubiera sentado en las filas bajas no hubiera podido disfrutar del espectáculo dado que los seguidores rivales tendieron varias pancartas con tamaño de sábana bajera que llegaban casi hasta el césped para hacer sentir a los suyos como en casa. Comentó algún abonado de los de solera que lo mismo en el Corte Griego o como se llame el gran almacén más famoso de El Pireo, ya debe ser la semana fantástica y blancolor a la vez. Además de la ropa de cama con cortinas a juego, traía varios alicientes el rival bajo su heleno brazo: un hombre de la casa como Roberto, poco afortunado ayer, en la portería, varios viejos conocidos del fútbol español como Abidal y, sobre todo, un entrenador de lo más ocurrente en el banquillo.

Vaya por delante que las declaraciones previas al encuentro y el comportamiento saliendo al campo del humorista metido a entrenador rival tras el pitido final para saludar a los nuestros muestran un respeto hacia el equipo y en particular hacia el trabajo de Simeone que es de reconocer, pero vaya por detrás que este chistoso es el mismo que le hizo aquello a Pizo, el mismo que tanto se reía a pesar de ser atlético de cuna y tradición, lo que luego lleva a los que cambian a la agria acera de enfrente a besar con más fruición ese escudo con forma de despertador, el mismo que gritaba “me lo merezco” en un arrebato de humildad tras meter un gol y el mismo que siempre ha tenido mucha más leyenda que números por ser salao y bien parecido. La afición del Calderón, poco desmemoriada, recordó en varios tramos del partido su afición por las partes pudendas de rivales melenudos, lo que parece ser que al graciosísimo entrenador no le acabó de parecer jocoso, miren por dónde.

Se puso el Atleti a la faena tras el pitido inicial y lo hizo homenajeando a la grandiosidad de la simpleza. A hacer lo que sabe hacer sin ningún otro aditamento, sin más pretensiones que las altísimas que este equipo nos ha regalado, sin más alharacas que las justas y necesarias. Fue uno de esos partidos grandes por simples. Arrolladores por aplastamiento de un rival que ayudó, todo sea dicho, contagiado de la futilidad que emana de su banquillo. Fluía todo desde el primer minuto como se espera, como debe de ser. Con un Arda omnipresente encontrando esos huecos que derrumban defensas, con Raúl García de la mano del gol, su gran compañero, con un Juanfran desatado en ataque, con Gabi volviendo a ser el Gabi de siempre, con Tiago ayudando y con Mario cuando le sustituyó menos esponjoso que de costumbre, con Ansaldi ganando ventaja en el duelo con Siqueira, Con Giménez haciéndose mayor al lado de un Godín que es como un superhéroe de la Marvel pero con más poderes, con Koke para un roto y un descosido, con Moyá de oyente y con la cabeza de Mandzukic mostrando precisión de cirujano del cabeceo.


Dicen algunas crónicas que hubo poco partido y uno no está de acuerdo porque hubo mucho. Mucho por parte de los nuestros, casi incomparecencia por inferioridad en el rival. Lo grande de este Atleti que con el paso de las jornadas va cogiendo poso de equipo para recordar como lo fue el de la temporada pasada, es su grandiosa simpleza. Sus mejores momentos se dan en los partidos como el de ayer. Cuando la presión asfixia al rival, cuando tanto cuerpo a tierra como en combate aéreo demuestra su solvencia. Huyan ustedes de los que quieren vestir el gato futbolístico de demasiados toques, de adjetivos grandilocuentes que pretenden explicar carencias, de pensar que lo mejor es lo más enrevesado. Este equipo nuestro se engrandece con esa simpleza llena de matices. Este grupo cocinado con esmero por las pizarras de Simeone y Burgos en dos fases, la de la defensa solidaria en la que el primer atacante muerde como el que más y el ataque del bloque sin desdeñar el balón parado demuestra en cada choque la belleza de la simpleza, de que si se trabaja y se cree, se puede. Sigan mi consejo, antes de acercarse a ver cualquier partido de fútbol, antes de dejarse embaucar por cantos de sirena que glosan el fútbol de estos o aquellos y comparan churras con merinas repetidamente, vénganse para el Calderón y degusten un partido del Atleti para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

De suecos, suecas y landismo

Cuando uno viaja a tierras escandinavas ya sabe lo que espera: calles limpias, gente educada con tendencia a quedarse en casa, frío y rubias y rubios que exacerban el espíritu del recordado Alfredo Landa que todas y todos llevamos muy dentro. Nada de eso se encontró el Atleti en su visita a Malmoe a excepción de las calles limpias, que dicen los que allí estuvieron que en ellas se podía tomar sopa de cocido sin ningún reparo de lo pulquérrimas que lucían. Fue sonar el silbato de un colegiado que se saltó la lección de Barrio Sésamo en la que Coco analizaba razonadamente la diferencia entre amarillo y naranja pálido, casi pomelo enfermizo, y el rival dejó claro que durante noventa minutos y sus correspondientes descuentos se iba a pasar los tópicos que de los nórdicos se tienen por el forro de sus blancuzcas entrepiernas. Nada de educación, nada de rubios de mirada azul cielo y sonrisa límpida. Nada de quedarse en casa, lo que cuando de balompié hablamos equivale a lanzarse al ataque y no quedarse en los alrededores del área propia. Presionaban los locales y el Atleti esperaba veterano, conocedor ya de casi todos los códigos en los que se mueven los partidos. Rompían los suecos con su proverbial costumbre de mirar para otro lado y hacerse los idems, mordiendo buscando el bulto en cada balón dividido lo que sirvió también para constatar de nuevo la de encuentros en los que nuestro equipo recibe tarascadas hasta en el cielo de la boca, aspecto este que no se sabe muy bien como liga con la costumbre ya elevada a tradición de que ciertos medios españoles atribuyan al Atleti una desmedida violencia.

Fue entonces, solo un poco antes de que Juanfran rasgara la defensa local para que Koke finalizara casi artísticamente en boca de gol, cuando uno reparó en lo que pasaba. El Malmoe, como casi todos los equipos con los que nos hemos cruzado en Europa últimamente, respeta y teme al Atleti. Lo considera un grande. Un espejo en el que mirarse. Un David que ha salido victorioso contra todo pronóstico en su lucha contra los Goliaths señalados. Fue en ese momento y durante la primera media hora de la segunda parte en la que el Atleti anduvo medio apurado cuando uno reconoció el mérito del equipo escandinavo, querer luchar con sus armas, bastante limitadas por cierto, con un equipo superior física y técnicamente. Uno entendió todo y valoró en su justa medida la presión de los suecos y hasta las malas maneras que mostraron en ciertos lances. Uno supo qué era lo que había detrás y le pareció admirable su entrega y su fe. Su nadar para morir en la orilla cuando Raúl García fusiló al atardecer a su zancudo portero.



Ya con todo entendido e incluso asimilado y digerido, ya con la lección de lo que había ocurrido aprendida, uno entendió menos la falta de respeto a la que se somete de manera recurrente a nuestro equipo en casa, en nuestro país. Cierto es que queda poco sitio en espacios televisivos, carruseles radiofónicos y columnas de opinión para hablar del Atleti dado el número y la grandilocuencia de los adjetivos que se vierten cuando de glosar a otros clubes se trata, pero de justicia sería que se habilitara. Sigue sorprendiendo oír hablar de violencia, de límites del reglamento, de propuesta poco estética y no de solidaridad, de méritos, de equipo con mayúsculas más allá de cualquier resultado puntual. Siguen indignando las flores para un lado y las espinas para el otro, el ninguneo al vigente campeón de liga, los premios teledirigidos desde el despacho del Ser supuestamente superior y el abismo que parece abrirse en un punto de diferencia. Un punto que debería sonrojar al nuevo guardián de la excelencia por exiguo, por raquítico dada la diferencia monetaria entre los contendientes. Lejos de ello, ese punto flacucho y anémico aúpa a los palmeros a un éxtasis pluscuamteresiano y hace juntar los muslos a sus desdentadas mocitas madrileñas. Cosas veremos aunque no tengamos ganas de verlas.

Llevaba uno tiempo con ganas de hacer una crónica como ésta pero no acababa de encontrar un hueco para sentarse a parirla como es debido. Quería uno de nuevo predicar en el desierto, alzar la voz sabiéndose rodeado del clamor reinante. Quería uno sacar pecho aun teniendo en la retina un partido como el de ayer, con sus altos, con sus bajos, con su fealdad y su tímida belleza, con su árbitro cegato o al menos daltónico y con un rival que supo valorar en su justa medida al equipo con letras mayúsculas y negrita que tenía enfrente. A la postre, a uno pide el cuerpo acordarse de nuevo del genial Alfredo Landa para decir que en vez de “Vente a Alemania, Pepe” la película debería cambiar a “Vente a Europa, Atleti” 

lunes, 20 de enero de 2014

Cocidos maragatos y penaltitos

Hoy empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de impotencia, sí, por qué no decirlo.


Asediaba el equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti, le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e innecesario, pero serlo lo fue…




Llegó el diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico. Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.


Todo lo referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa. No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.


Hay veces que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante, reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.

miércoles, 15 de enero de 2014

Solapas de raso y trajes carmesí

Jugaba el Atleti la vuelta de los octavos de final de Copa y lo hacía tras sacar adelante en pocos días un incómodo partido en Málaga, una ida de eliminatoria en Valencia y tras jugarse en casa el campeonato de invierno tuteando con descaro y a veces con despotismo al equipo que guarda entre las rayas azules y granas de su camiseta (la camiseta de verdad, no ese esperpento con trazas de polo de cítricos con el que se presentó a jugar) el misterio de la estética en el fútbol. Jugaba tarde para ser un día entre semana pero seguro que muchos no se enteraron. Jugaban dos equipos con el espinazo doblado por la historia que sus escudos llevan a las espaldas y los medios se hacían eco del tema para rellenar páginas o minutos, dedicándole al evento un recuadro nimio y escuchimizado al lado de los resultados de la quiniela hípica o del campeonato castellano-leonés de hockey sobre patines. Se entiende el descuido, o pudiéramos decir desprecio tal vez, porque los medios andaban todavía epatados por las cuitas, dimes y diretes de lo que se vivió un día antes en una gala en la que se entrega un premio amañado, previsible y sobre el que se ha montado una campaña que ríanse ustedes de la electoral para acceder a la presidencia de cualquier país. Más allá de la inmensa alegría que el ciudadano medio español sintió en sus carnes al ver como le daban el premio a un portugués de Madeira bastante peliculero y de que en calles y plazas el pueblo saliera a celebrarlo de manera espontánea, jugándose incluso la neumonía bañándose casi en cueros en cualquier fuente, llama la atención lo que da de sí una gala de esta naturaleza tanto antes como después de su celebración, llama la atención lo que se puede llegar a analizar sobre solapas de raso y trajes carmesí, sobre los gestos, mohines o alzamientos de cejas de cada protagonista y lo poco que importan otras cosas. Conocido es que la Copa es una competición maltratada desde sus adentros por los prebostes del fútbol patrio, garantes de la gestión cortoplacista o más bien de tirar como un burro con anteojeras sin pensar nada más pero a uno estas cosas le hacen reflexionar y le ponen triste y contento a la vez.


Volviendo a la dichosa gala, no solo se centra la misma en darle el dorado esférico a un niñato repeinado, de eso nada. También se elije el mejor once de 2013, el mejor entrenador y algún que otro galardón con vocación de pedrea balompédica. Ganó Heynckes el de entrenador y pareció justo por la temporada del Bayern pero sorprende la ausencia entre los nominados de Simeone, el único entrenador que ha sido capaz de resucitar a un muerto y hacerlo campeón. En cuanto al once ideal, aparecen los mismos nombres de los mismos equipos de manera recurrente y a uno le extraña solo ver a Falcao y a un muy escondido Diego Costa entre los que han obtenido votos. No aparece entre los nominados ni un pelo del flequillo de Courtois, ni la tranquilidad de Miranda ni un Filipe Luis al que no se le pueden comparar demasiados laterales izquierdos del orbe. Tampoco aparece Arda, y aunque eso pudiera llegar a ser más comprensible, a nosotros, ardaturanistas de pro, nos deja escamados. Les decía antes que pensar sobre estas cosas deja a uno triste pero a la vez contento y es cierto, entristece ver un circo montado para unos pocos, los de siempre, y que se premie la campaña mediática o la costumbre más que el mérito pero pone contento ser uno de los que conoce y valora la grandeza de lo que está haciendo este Atleti aunque no se pondere de manera justa a nivel mayoritario. Cualquier día de estos, el calendario o un bombo hará cruzar los destinos de un equipo plagado de galardones, de laterales premiados y de entrenadores reconocidos con este Atleti silencioso pero inapelable y entonces, más de uno empezará a conocer quién es ese turco patizambo que enamora al balón con caricias sutiles.





Puso Simeone en liza al equipo de gala y rotó a Koke, tal vez algo cansado en los últimos lances, y a Villa, desaparecido en combate como Chuck Norris, para dar entrada a Raúl García y Sosa. Conocido aunque redescubierto el navarro, el respetable empezó a fijarse en lo que hacía el nuevo fichaje y en los minutos que estuvo no dejó muy claro lo que esperar de él. Sosa mostró anatomía tatuada, pecho de palomo y más errores que aciertos aunque eso no le arrugó. Sacó los balones parados malamente y con flojedad pero puso un par de centros aprovechables aunque demasiado lejos de línea de fondo. Habrá que seguir vigilando al argentino para formarse una opinión sobre él. Entre pormenorizados análisis de los aficionados sobre Sosa se fue marchando una primera parte en la que tuvo el Valencia algún detalle y tuvo el Atleti oficio y también algo de relajación, lo que puede parecer lógico tras la paliza del sábado. Tuvo tiempo Courtois de sacar una mano a disparo de Bernat que completó más tarde con un par de intervenciones más que le hicieron valedor del título de hombre de la eliminatoria. A lo largo de los dos partidos, el equipo ché ha visto al belga enorme, inexpugnable y dio la sensación de no tirar a puerta o hacerlo desviado por no tener que toparse con un portero en tal estado de gracia.

El partido, que pudiera haber fallecido por causas naturales con el cero a cero inicial sin mayores sobresaltos, quiso regalar dos goles en forma de balón parado. Dos goles salidos de esa infinita pizarra que el Mono Burgos tiene en la pared de su despacho, esa que uno imagina llena de fórmulas y de raíces cúbicas que calculen con dos decimales de exactitud el momento en el que la cabeza del rematador impactará con el balón puesto al área. Fue primero Godín, tras salida de Guaita a por uvas, el que marcó. Ya en la recta final volvió a mostrar su idilio con el gol Raúl García en un remate de esos que solo sabe hacer él con partes de la cabeza no aptas para el remate en el resto de los mortales y centrodelanteros.

Poco más pudo hacer un Valencia de moral frágil ante un equipo con tan sólidas convicciones. Pasa el Atleti de ronda mostrando poco pero tal vez no habiendo repartido minutos y esfuerzos de manera más igualitaria. Dice El Cholo que los profes aseguran que el equipo no se va a caer físicamente pero es de esperar un lógico bajón, habrá que gestionarlo cuando aparezca como es menester. De manera tranquila. Pausada. Como se está gestionando todo gracias a un entrenador que no aparece en las ternas de los mejores cuando lo es y a unos jugadores que a cada partido agrandan el hueco que se están reservando para acceder a la historia a pesar de ser invisibles al resto del mundo, al menos a ese mundo que solo vive pendiente de los de siempre, pendiente de gestos, mohines y alzamientos de cejas, pendiente de solapas de raso y de trajes carmesí 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Parece mentira

Sentado en su sillón de orejas, Amadeo seguía pensando que parecía mentira. Cierto es que lo acababa de presenciar y que los periódicos que descansaban sobre la mesa baja del salón no podían mentir. Aun así, no acababa de creerlo. Parecía mentira.

Amadeo había despertado hace un par de días de lo que los médicos llamaban una ausencia prolongada. Un paréntesis en su vida de casi dos años. Un periodo de inconsciencia que los especialistas no acababan de explicarse. Desde aquel día de antes de las navidades de 2011 en el que en medio de una comida familiar Amadeo se ausentó sin motivo. Algunos opinaban que el episodio fue provocado por una indigestión de cigalas con los ojos más saltones que un mediapunta alemán, otros, que tal vez fuera la lógica consecuencia de una sobredosis de chistes malos lanzados al aire por su cuñado el que trabajaba en el ministerio. Su mujer incluso le acusó en los primeros momentos de no saber qué hacer para dinamitar una reunión con su familia, la muy malpensada. El caso es que Amadeo había pasado los dos últimos años estando pero sin estar. Ausente hasta que a principios de semana despertó de manera súbita. Parecía mentira.

Tras la sorpresa inicial de los suyos y el reconocimiento médico para ver que todo volvía a estar en orden, su familia le puso al día de todo: la niña se ha tenido que ir a Alemania porque estaba harta de poner en práctica las dos carreras y los idiomas como cajera de un supermercado. La crisis sigue y Urdangarín está pero como si no estuviera, tal vez también ausente pero con el riñón forrado en platino. Madrid no será olímpico por mucho relaxing café con leche que le añadamos al asunto y se ha muerto Manolo Escobar lo que da bastante pena. “¿Y el Atleti?”, preguntó Amadeo con ese ansia que todos los que somos como ustedes y como yo sentimos cuando llevamos tiempo sin noticias de los nuestros. “El Atleti fenomenal”, le dijeron sonriendo. “Mañana mismo juega un partido de Champions”. “¿Champions?”, inquirió Amadeo ilusionado pero extrañado. Su último recuerdo del Atleti fue un esperpéntico partido de Copa en el que el Albacete, al que nunca podremos agradecer suficientemente haber precipitado el despido de Manzano, doblegó a los nuestros. Sospechaba nuestro protagonista de lo que sus allegados le referían y pensaba que tal vez no quisieran contarle la verdad por si fuera demasiado cruda estando todavía convaleciente. Pidió a su cuñado el del ministerio que le comprara varios diarios y allí pudo ver que el Atleti no solo estaba en Champions sino que ya era primero de grupo sobrando varios partidos. Asimismo, certificó que el equipo colideraba la tabla clasificatoria liguera y que había despachado por la vía rápida la primera eliminatoria de esta Copa del Rey tan anacrónica en su afán del doble partido. Era cierto todo lo que le habían contado. Parecía mentira.



Recibía el Atleti al Oporto en el partido que cerraba la fase de grupos de la Champions y parecía mentira. Parecía mentira la relajación con la que ustedes, yo y nuestro querido Amadeo afrontamos un partido de este calado. Si después del sorteo de los grupos alguien nos hubiera dicho que este partido iba a ser intranscendente para nosotros para bien, que no iba a ser la fecha señalada, el todo o nada, el ser o no ser continental hubiéramos pensado que nos mentía descaradamente. Si no supiéramos nada sobre los anteriores encuentros la alineación que presentó el Cholo nos hubiera parecido mentira de las rotaciones que llevaba prendidas. Si ustedes y yo no lo hubiéramos visto nos parecería mentira cómo saltan acobardados al Calderón equipos con buenas hechuras. Parece mentira que en citas así los palos y la suerte, que es lo mismo casi siempre, se pongan del lado de los nuestros como en aquella bendita noche en tierra enemiga en la que Gabi alzó al cielo un trofeo de Copa. Parece mentira que Raúl García, otrora maltratado por pizarras e impacientes halle goles de todos los colores posibles. Parece mentira que Koke se haya convertido en este Koke total. Parece mentira que Diego Costa tenga el hambre que tiene, siempre dispuesto a convertir defensas de empaque en azucarillos disueltos en su poderío. Parece mentira que la grada disfrute con todos los modelos posibles de este Atleti parido a la semejanza del Cholo y parece mentira que a éste le sienten tan bien los trajes oscuros. Parece mentira que hasta los centrales de nombre impronunciable y peinado incomprensible cumplan y arranquen ovaciones merecidas. Parece mentira que los porteros suplentes se rediman parando penas máximas tras haberla liado un poco parda. Parece mentira que un chaval de diecinueve años recién cumplidos pueda atesorar tanto talento en su menudo cuerpo. Parece mentira.

Imaginen que por cosas de la vida o del destino ustedes hubieran pasado los dos últimos años ausentes. Imaginen que despiertan súbitamente y se encuentran este Atleti que gana llevando la manija o dejando la posesión para el que la quiera. Imaginen que abren los ojos de pronto y se topan con este Atleti que empequeñece al más espigado, que desespera a cualquiera desde los cimientos de la seguridad en lo que se hace. Imaginen por un momento que vuelven de donde estuvieran y reconocen a este Atleti al que las alturas no le dan miedo. Imaginen al resto de equipos del continente cruzando los dedos espasmódicamente por no encontrarse en el camino de este Atleti que tenemos hoy. Seguro que les pasaría como al bueno de Amadeo. Seguro que les parecería mentira.


lunes, 25 de noviembre de 2013

De monos, fríos y Calippos

Si el sábado por la noche ustedes tuvieron a bien darse un garbeo por los alrededores del Calderón o por boites y otros lugares de alterne en los que el aficionado rojiblanco gusta de ver los partidos de su equipo, inmediatamente detectarían un par de detalles: uno, que hacía un frío que pelaba, un frío muy adecuado para poner un partido a las diez de la noche, un frío de los que llenan las urgencias de gente tosiendo y las farmacias de guardia de ciudadanos con la nariz roja y la voz de Marlon Brando y dos, que todos los seguidores colchoneros iban acompañados a donde fueran de un mono. Sí, sí, de un mono. Como Marco, pero a la rojiblanca, que siempre tiene más gracia.


La consecuencia más llamativa de estos parones de selecciones tan antinaturales, tan a desmano, es la aparición de un mono al lado de cada aficionado. No ocurre esto con los hinchas de todos los equipos, no. Los hay a los que les da igual eso de estar quince días sin ver a los suyos sobre el campo, los hay que se alimentan de tertulias llenas de gritos y venas del cuello a punto de explotar. Los hay que se nutren de portadas de diarios deportivos que parecen editados en Lisboa o Braganza, por lo lusitanos que se vuelven en ocasiones así, y más en ésta. Los hay a los que les basta con mendigar balones dorados para jugadores con tendencia a la cabriola argumentando que al susodicho le hace mucha ilusión tener un balón de ese material para hacer juego con las dentaduras de varios de sus familiares. Hay gente pa’ tó, como decía aquel. No es así en cambio el aficionado a nuestro Atleti. El seguidor rojiblanco echa de menos al equipo de la misma manera que hace unos años, aquellos oscuros años antes del advenimiento de Simeone, le echaba de más y necesita su doble ración semanal. Su dosis en vena de emoción, de presión asfixiante y de intensidad. Su chute de evasión que le transporta a un mundo de esfuerzo, de sudor derramado y de brillantez e inspiración, que de eso también hay mucho aunque se diga menos. Por todo lo anterior, el hincha del Atleti nota brotar de su interior un mono que dependiendo de la circunstancias puede llegar al tamaño de un gorila de lomo plateado. Sin más remedio que aguantar los devaneos del calendario el fiel seguidor asume su condición de padre putativo del mono y le saca de casa, le apunta a clases de inglés después del colegio y si sale a tomar algo a media tarde le pide un trinaranjus del tiempo, que estos fríos para los simios de climas tropicales son proclives a la faringitis. No era raro en los últimos días presenciar el encuentro de dos vecinos de abono en cualquier calle y comparar los tamaños de los monos que el parón les había otorgado: “Pues el suyo ya está muy crecido”, decía un contable con asiento en tribuna baja comparando su mono con el de un abonado de tres filas más abajo que lo llevaba de la mano mientras el macaco lamía un chupachups con fruición.


Si ustedes le cuentan esto a otros, e incluso si osan contarle esto a uno de esos otros que ustedes saben, no les creerán y les mirarán como solo esos otros suelen mirar, siempre por encima del hombro, pero ya saben que, como en tantas otras cosas, ellos se lo pierden. Ellos no saben disfrutar de esas pequeñas cosas como la emoción de asistir a la función navideña del mono disfrazado de pastorcillo…




Saltó el Atleti al campo y el público y los monos acompañantes que se atrevieron a desafiar al frío aplaudieron a rabiar. Saltó también el Getafe y se presentó para la ocasión vestido de Calippo lo que de por sí es un punto negativo en un equipo que al que suscribe le cae medio mal por su presidente y por dar asilo político a una pléyade de mediapuntas. Puso el Cholo en liza a los habituales salvo Godín, al que suplió Darth Vader con solvencia y torería, y Diego Costa, que fue dejado por precaución en la banca siendo su lugar ocupado por Raúl García. Comenzó el partido a temperaturas ambientes, es decir frío y algo desangelado. Miraba la concurrencia a su derecha y a su izquierda y allí seguían los monos, comiendo pipas sin pelar, lo que es de agradecer dada la basura que se acumula en el estadio. Tras el calentamiento inicial, fue Arda en connivencia con los laterales, espléndidos de nuevos en despliegue y profundidad, el que templó el partido a base de aparecer por todas las zonas ofreciendo sus gotas de arte bizantina. Se ha echado de menos al turco en su ausencia, puede seguir funcionando el equipo, pero de un modo menos especial.


Achuchaba el Atleti a balón parado y fue de esa manera como el titular de la cátedra de jugadas de estrategia Don Jorge Resurrección puso el primer gol en la cabeza del titular de la cátedra de llegadas y goles abrelatas, Don Raúl García I de Navarra. Continuaba el asedio al marco de un equipo Calippo que ya mostraba claros síntomas de derretimiento cuando, casi sin querer, llegó el segundo en forma de autogol tontuelo. Tontuela fue también la expulsión de Valera, ese supuesto lateral que se nos vendió en su día como el carrilero del futuro y que, a pesar de dejar de lado su pelo ochentero, demostró que debajo sigue sin haber demasiado.


Arrancó la segunda parte con el Calippo prácticamente licuado y golpearon otra vez Villa en boca de gol y Raúl García cabeceando de nuevo. Justo en ese momento, la afición ya entrada en calor reparó en que habían desaparecido los monos con los que habían accedido al estadio, al haber cumplido estos la función que se les encomienda, la de acompañar al hincha lleno de morriña por no poder ver a los suyos en el campo. No crean que algún aficionado no se alarmó ante la ausencia de los simios, los hubo incluso que se acercaron a un puesto de control pretendiendo que desde megafonía llamaran a un mono pequeño con forma de tití que vestía plumífero azul marino y pantalón de pana gorda. Terminó la desazón de golpe cuando el estadio presenció la obra de arte que Diego Costa tenía guardada para los pocos minutos de los que disfrutó. El de Lagarto se hizo sitio y giró el cuerpo para enganchar una chilena que de ser ejecutada por otro jugador hubiera acarreado la emisión urgente de varias cartillas de cupones para tazas de café y edredones con la foto del lance inmortalizado para la posteridad.



Moría el partido y todavía hubo tiempo para que la conexión astur, esto es Villa y Adrián, redondeasen la cuenta ante el alborozo de una afición que ya no se acordaba del mono de los últimos días ni de los parones que apetecen como acompañar a la suegra al callista. Marchaba el respetable feliz a sus casas y había olvidado el frío, la hora y el aburrimiento de la última semana pero guardaba en sus retinas la nueva exhibición de los suyos. Guardaba un gol de bandera y un partido completísimo ante un rival con sabor lima-limón. Comentaban los aficionados los distintos lances vividos de camino a sus vidas y algún despistado preguntó a otro porqué llevaba una cazadora pequeña y una bufanda rojiblanca tamaño infantil en la mano y éste no supo contestar. Recordaba lejanamente que acudió al partido de la mano de alguien, de un mono tal vez, pero no fue capaz de hacer más memoria. Estos chutes de fútbol que el Atleti proporciona dejan estos maravillosos efectos secundarios.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Depresiones y tristezas a la austrohúngara

Nada más tomar tierra en Viena el avión que transportaba a la expedición rojiblanca, los empleados del aeropuerto se dieron cuenta de que había algo raro en los recién llegados. Era cierto que todos los integrantes bajaban por la escalerilla ordenadamente con sus elegantes uniformes, pero se les notaba tristes, deprimidos, y eso es algo que no escapa a un austriaco por muy cargador de maletas que sea porque deben saber ustedes que los habitantes del país centroeuropeo son muy aficionados al psicoanálisis desde tiempos de Freud y a la tarta Sacher desde tiempos de Sissi Emperatriz, que todo sea dicho era una señora mucho más gorda de lo que nos enseñaron en las películas.


No crean que el estado depresivo se circunscribía solamente a los jugadores, técnicos y palmeros varios que viajaron a la ciudad vienesa, nada de eso. Cientos y aún diría miles de aficionados atléticos anduvieron a lo largo de todo el día como sin gracia, desganados, en un estado de astenia producida por la depresión que provoca el equipo en ellos. La mayoría de ellos anunciaron cuando la noche extendía su manto y se acercaba la hora del encuentro que no iban a cenar de lo desanimados que estaban y que como mucho se tomarían una leche con colacao antes de irse a la cama por el qué dirán. Muchos incluso, prefirieron no ver el partido por la tele por lo tristísimos que seguro que se iban a poner al verlo y cambiaron de cadena para ver al equipo transmesetario y la vez europeísta, que ese sí que es un equipo que da gusto ver y que alegra el alma con sus circulaciones de balón tan parecidas a las del balonmano antes de pitar pasivo. Para los que ayer el ánimo no les daba para fútbol, hoy les reserva el destino otro partido de los que llena de júbilo y gozo al espectador, nada más y nada menos que el mejor equipo de la galaxia y el universo conocido, ese en el que juega un jugador con peinado relamido que se quita la camiseta en cuanto tiene oportunidad sacando a relucir la corista que lleva dentro. Si a pesar de todo la moral sigue flaqueando, deben saber ustedes que no es de recibo hacer planes para el fin de semana, que los dos equipos que compiten con el único objetivo de poner el corazón contento y lleno de alegría a la totalidad de la humanidad se miden en irrepetible lid el sábado a la hora de sacar a los niños al parque, en lo que ya ha sido bautizado por los medios como el trigésimo octavo partido de lo que va de siglo. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi lánguido) y nosotros con esta tristeza y este mal fario encima…


Esperaba el Atleti en el túnel de vestuarios del estadio vienés empapado de esa decadencia tan austrohúngara que se respira en la ciudad y salió detrás Simeone de negro, como es costumbre y como merecía la ocasión de tan negras como pintan las cosas para la causa. Puso El Cholo en liza a un equipo con algunos cambios, sin duda destinados a paliar la depresión reinante. Jugó Darth Vader de titular y mostró sangre fría y hasta buen trato al balón en algunos lances, lo que solo puede ser interpretado desde el hecho de que no se debe enterar mucho de lo que pasa por cuestiones idiomáticas y la depresión no ha calado en él de la misma forma que en los demás. Jugó también Raúl García acompañando al compungido Diego Costa como segunda punta, algo sobre lo que Villa y Adrián, la conexión sidrera del equipo, debería reflexionar y jugó Tiago, que ya casi es más titular que Mario Suárez. Empezó el Atleti dominando, sin duda sobreponiéndose a la procesión que iba por dentro, a un rival voluntarioso y poco más. Avisaron pronto los nuestros y golpearon poco después, tras un pase que Koke vislumbró entre los lagrimones que anegaban su rostro y que fue rematado casi sin gana por Raúl García tras cesión de un inapetente de cara al gol Filipe.




No crean que el gol mejoró el quebradizo ánimo de los nuestros, nada de eso, deambulaba el Atleti como alma en pena por el campo y fruto de ese deambular arrancó Diego Costa desde campo propio, encaró con esa potencia tan suya que nace del dolor y tras dejar a un rival sentado y con las piernas anudadas gordianamente batió por bajo al portero austriaco en lo que suponía un segundo gol que casi no se celebró por nuestros taciturnos jugadores. Solo tras el gol del de Lagarto pareció estirarse algo el rival y hasta dispuso de una oportunidad con tiro al larguero incluido lo que incrementó más si cabe el pesar rojiblanco ante la galopante crisis de juego y resultados. Cuentan los entendidos que Simeone tuvo que hacer de tripas corazón en el descanso e intentar dar consuelo a un plantel deshecho y cariacontecido ante la que estaba cayendo.


Tras el descanso quedó Filipe en la caseta debido a lo que se dijo que pudiera ser una contractura y desde estas líneas se achaca a una enfermedad psicosomática motivada por la tristeza y la desazón y salió Insúa en su lugar. De botas del argentino nació un centro que Diego Costa remachó apesadumbrado a la red en lo que suponía un segundo gol que no mermaba su pena. Poco más dio de sí el partido. Si acaso algún detallito de Arda, que ayer ni sonrió ni nada que se le pareciera y alguna arrancada del Cebolla, cuyo aroma, al de cebolla me refiero, impregnó el ambiente para hacer brotar el llanto en propios extraños y hasta en un señor de Salzburgo que se acercó a ver el partido para pasar un buen rato, craso error. Justo antes del partido final, llegaron noticias de que en otro campo, en la Alemania más profunda, Fernando Torres había metido otro par de goles para no ser menos que Diego Costa y que ambos hechos sumían más si cabe en un estado depresivo a la afición rojiblanca.



Termina la primera vuelta de la fase de grupos de la Champions con el equipo mostrando síntomas preocupantes: nueve puntos de nueve posibles. Segundo en liga a solo un punto del equipo del orfebre rococó y dos por encima del conjunto interestelar presidido por un señor que antes era constructor y ahora se cree Napoleón. Diego Costa como pichichi y Courtois como segundo en el trofeo Zamora. Simeone no parece hacerse con el control de una situación depresiva que amenaza la estabilidad interna del vestuario. Los servicios de emergencia de las principales localidades patrias han iniciado una campaña de vigilancia exhaustiva del aficionado atlético, pues dado como están las cosas no es descartable que alguno cometa alguna barbaridad llevado por la aflicción. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi un hipido de plañidera), ¡qué pena más negra y qué tristeza tenemos encima!

lunes, 16 de septiembre de 2013

Relaxing crónica del Atleti-Almería (o de cómo la Agonía se pasa al bilingüismo de andar por casa...)

El despertador de Casiano suena pronto, tan pronto como cantaría un gallo si hubiera algún gallo cerca del feo bloque de pisos en el que vive desde que se casó. Todas las mañanas sale de casa hacia el trabajo, ese bien tan preciado en estos días, y recorre el trayecto abstraído, pensando en sus cosas. Nada más llegar al sitio donde desarrolla su actividad se pone el mono de faena y comienza a realizar mecánicamente las tareas que él mismo se impone. Le da igual eso de ser el único que desde hace mucho tiempo aparece por la obra. Él, cumplidor como es, prepara la mezcla, la extiende sobre el muro que está levantando y apila ladrillos con la máxima precisión aun sabiendo que no habrá capataces ni aparejadores que revisen lo que hace, que nadie se pasará a ver cómo va una obra a la que los tiempos y las circunstancias están dejando morir de inanición. Cierto es que de cada seis meses más o menos aparece por allí una cuadrilla de obreros de diseño. Obreros con el mono inmaculado y con la manicura recién hecha que no se paran siquiera a saludar a Casiano. Justo esos días aparecen también muchos periodistas que tiran fotos a los peones repeinados mientras cogen un ladrillo y lo llevan de un lado a otro enseñando una sonrisa que acompañará a las noticias sobre lo adelantado que va todo. Casiano sabe que ni esas representaciones ni los acontecimientos de la semana pasada cambiarán el hecho de seguir trabajando en soledad, de no tener siquiera un compañero al que comentar el frío que hace o si ha dormido mal, pero continúa con sus quehaceres pese a todo. Manda a Casiano para allá, dijo el arquitecto sabedor de la fama de responsable que se ha ganado nuestro protagonista en la constructora. Allí sigue él. Solo él. No abandonará su puesto pese a parecerle extrañísimo que solo un obrero esté trabajando en un estadio con vanas aspiraciones de olímpico. Él seguirá yendo pase lo que pase y apenas se permitirá acercarse a media mañana a un bar de Canillejas para tomar una relaxing cup de café con leche, que es cosa typical de Madrid…


Jugaba el Atleti contra el Almería en horario de relaxing café, copa y puro y la gente se acercó al Calderón happy y contenta, con ganas de ver fútbol. Había ganas de disfrutar one more time del equipo tras el siempre inoportuno parón de national teams y la gente comentaba de camino al estadio que visto lo visto seguirá siendo nuestra home por muchos years, sobre la de time que ha debido pasar desde que three jugadores del Atleti jugaran de titulares con la Red. Realizó El Cholo some cambios con respecto al equipo de costumbre y dejó en el banquillo a Mario, Arda y Miranda. Salieron por ellos el renacido Tiago, el musculoso y llegador Raúl García y el debutante Giménez, que mostró criterio during the match a la hora de sacar el balón y dudas a la hora de ir al corte, incluido el de pelo. La no presencia de Arda otorga al Atleti un talante more industrial, more de maquinaria pesada. Una escuadra que apuesta por el heavy metal sobre cualquier otro posible estilo. Lidera a la voz Diego Costa, esa pesadilla para cualquier central de estos times, se apunta al bajo Villa y a la percusión de la moral del adversario Gabi.  



Resistió poco el Almería, la verdad, y no es cuestión de minusvalorar el trabajo of the rival cuando enfrente se planta esa cadena de montaje futbolística en la que se ha convertido el Atleti. Primero Villa tras mostrar dotes adivinatorias sobre para dónde iba a salir un rechace and then Costa de penalti pusieron a los nuestros en advantage. Antes del descanso acortó el contrario tras jugada atropellada y de blandura defensiva pero fue un espejismo, palabra que servidor no sabe cómo se dice in english y por eso no la traduce y mucho menos la pronuncia.

After the break, siguió el Atleti a lo suyo. With esa actitud machacona, with esa hambre, with esa máxima de no hacer prisioneros. Avisó Koke haciendo temblar the larguero y, más tarde, sentenció Tiago tras asistencia de Simeone con la pizarra. Quedó tiempo para poco más, si acaso para ahorrar esfuerzos de cara al compromiso Champions y para que Raúl García y Koke consiguieran el cuarto al alimón antes de que el rival maquillara el resultado o como se dice en la lengua de Shakespeare, making up the result.


Sigue el Atleti a lo suyo y lo hace encaramado on the top de la clasificación. Cuatro de cuatro. Sigue el Atleti ahí y, lo más importante es que llega al objetivo siguiendo distintas ways, todas ellas válidas. Cuidando más o menos la estética la cosa funciona y cada match que pasa la afición se contagia de optimismo sin atisbar límites. ¡Que pase el siguiente!, o el next, que se diría, reclama el personal mientras degusta un relaxing café con leche, que es cosa typical de Madrid…

lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…