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miércoles, 15 de enero de 2014

Solapas de raso y trajes carmesí

Jugaba el Atleti la vuelta de los octavos de final de Copa y lo hacía tras sacar adelante en pocos días un incómodo partido en Málaga, una ida de eliminatoria en Valencia y tras jugarse en casa el campeonato de invierno tuteando con descaro y a veces con despotismo al equipo que guarda entre las rayas azules y granas de su camiseta (la camiseta de verdad, no ese esperpento con trazas de polo de cítricos con el que se presentó a jugar) el misterio de la estética en el fútbol. Jugaba tarde para ser un día entre semana pero seguro que muchos no se enteraron. Jugaban dos equipos con el espinazo doblado por la historia que sus escudos llevan a las espaldas y los medios se hacían eco del tema para rellenar páginas o minutos, dedicándole al evento un recuadro nimio y escuchimizado al lado de los resultados de la quiniela hípica o del campeonato castellano-leonés de hockey sobre patines. Se entiende el descuido, o pudiéramos decir desprecio tal vez, porque los medios andaban todavía epatados por las cuitas, dimes y diretes de lo que se vivió un día antes en una gala en la que se entrega un premio amañado, previsible y sobre el que se ha montado una campaña que ríanse ustedes de la electoral para acceder a la presidencia de cualquier país. Más allá de la inmensa alegría que el ciudadano medio español sintió en sus carnes al ver como le daban el premio a un portugués de Madeira bastante peliculero y de que en calles y plazas el pueblo saliera a celebrarlo de manera espontánea, jugándose incluso la neumonía bañándose casi en cueros en cualquier fuente, llama la atención lo que da de sí una gala de esta naturaleza tanto antes como después de su celebración, llama la atención lo que se puede llegar a analizar sobre solapas de raso y trajes carmesí, sobre los gestos, mohines o alzamientos de cejas de cada protagonista y lo poco que importan otras cosas. Conocido es que la Copa es una competición maltratada desde sus adentros por los prebostes del fútbol patrio, garantes de la gestión cortoplacista o más bien de tirar como un burro con anteojeras sin pensar nada más pero a uno estas cosas le hacen reflexionar y le ponen triste y contento a la vez.


Volviendo a la dichosa gala, no solo se centra la misma en darle el dorado esférico a un niñato repeinado, de eso nada. También se elije el mejor once de 2013, el mejor entrenador y algún que otro galardón con vocación de pedrea balompédica. Ganó Heynckes el de entrenador y pareció justo por la temporada del Bayern pero sorprende la ausencia entre los nominados de Simeone, el único entrenador que ha sido capaz de resucitar a un muerto y hacerlo campeón. En cuanto al once ideal, aparecen los mismos nombres de los mismos equipos de manera recurrente y a uno le extraña solo ver a Falcao y a un muy escondido Diego Costa entre los que han obtenido votos. No aparece entre los nominados ni un pelo del flequillo de Courtois, ni la tranquilidad de Miranda ni un Filipe Luis al que no se le pueden comparar demasiados laterales izquierdos del orbe. Tampoco aparece Arda, y aunque eso pudiera llegar a ser más comprensible, a nosotros, ardaturanistas de pro, nos deja escamados. Les decía antes que pensar sobre estas cosas deja a uno triste pero a la vez contento y es cierto, entristece ver un circo montado para unos pocos, los de siempre, y que se premie la campaña mediática o la costumbre más que el mérito pero pone contento ser uno de los que conoce y valora la grandeza de lo que está haciendo este Atleti aunque no se pondere de manera justa a nivel mayoritario. Cualquier día de estos, el calendario o un bombo hará cruzar los destinos de un equipo plagado de galardones, de laterales premiados y de entrenadores reconocidos con este Atleti silencioso pero inapelable y entonces, más de uno empezará a conocer quién es ese turco patizambo que enamora al balón con caricias sutiles.





Puso Simeone en liza al equipo de gala y rotó a Koke, tal vez algo cansado en los últimos lances, y a Villa, desaparecido en combate como Chuck Norris, para dar entrada a Raúl García y Sosa. Conocido aunque redescubierto el navarro, el respetable empezó a fijarse en lo que hacía el nuevo fichaje y en los minutos que estuvo no dejó muy claro lo que esperar de él. Sosa mostró anatomía tatuada, pecho de palomo y más errores que aciertos aunque eso no le arrugó. Sacó los balones parados malamente y con flojedad pero puso un par de centros aprovechables aunque demasiado lejos de línea de fondo. Habrá que seguir vigilando al argentino para formarse una opinión sobre él. Entre pormenorizados análisis de los aficionados sobre Sosa se fue marchando una primera parte en la que tuvo el Valencia algún detalle y tuvo el Atleti oficio y también algo de relajación, lo que puede parecer lógico tras la paliza del sábado. Tuvo tiempo Courtois de sacar una mano a disparo de Bernat que completó más tarde con un par de intervenciones más que le hicieron valedor del título de hombre de la eliminatoria. A lo largo de los dos partidos, el equipo ché ha visto al belga enorme, inexpugnable y dio la sensación de no tirar a puerta o hacerlo desviado por no tener que toparse con un portero en tal estado de gracia.

El partido, que pudiera haber fallecido por causas naturales con el cero a cero inicial sin mayores sobresaltos, quiso regalar dos goles en forma de balón parado. Dos goles salidos de esa infinita pizarra que el Mono Burgos tiene en la pared de su despacho, esa que uno imagina llena de fórmulas y de raíces cúbicas que calculen con dos decimales de exactitud el momento en el que la cabeza del rematador impactará con el balón puesto al área. Fue primero Godín, tras salida de Guaita a por uvas, el que marcó. Ya en la recta final volvió a mostrar su idilio con el gol Raúl García en un remate de esos que solo sabe hacer él con partes de la cabeza no aptas para el remate en el resto de los mortales y centrodelanteros.

Poco más pudo hacer un Valencia de moral frágil ante un equipo con tan sólidas convicciones. Pasa el Atleti de ronda mostrando poco pero tal vez no habiendo repartido minutos y esfuerzos de manera más igualitaria. Dice El Cholo que los profes aseguran que el equipo no se va a caer físicamente pero es de esperar un lógico bajón, habrá que gestionarlo cuando aparezca como es menester. De manera tranquila. Pausada. Como se está gestionando todo gracias a un entrenador que no aparece en las ternas de los mejores cuando lo es y a unos jugadores que a cada partido agrandan el hueco que se están reservando para acceder a la historia a pesar de ser invisibles al resto del mundo, al menos a ese mundo que solo vive pendiente de los de siempre, pendiente de gestos, mohines y alzamientos de cejas, pendiente de solapas de raso y de trajes carmesí 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Crónica entre protestas del Valencia-Atleti


Tiene Valencia no pocos argumentos que justifican una visita: su clima, sus gentes, disfrutar de sus arroces justos de punto mirando a la Malvarrosa, sus ruinas de la Copa América y de un circuito imposible de fórmula 1 como testigos de lo que fue la civilización del pelotazo, sus kioscos decorados con azulejo labrado, sus costas y sus adentros, su albufera, sus mosquitos de tamaño familiar, sus talleres falleros, sus jovenzuelos de pelo pincho que se saltan los semáforos por principios, sus delfines del Oceanográfico que ejecutan coreografías con un toque arrevistado y sus camareros que no se sonrojan al presentar una cuenta de diez euros por dos horchatas de brik a temperatura ambiente.

Tiene Valencia algo más para Gervasia. Algo que justifica sus visitas más allá de disfrutar de las bondades que la ciudad ofrece: Merencio. Habían pasado ya casi dos años desde que se conocieron en una convención de gerentes comerciales de empresas eléctricas. Como no podía ser de otra manera, la chispa surgió enseguida y empezaron también enseguida los fines de semana de reencuentro, las citas cibernéticas y las llamadas que tan difíciles son de terminar. Era Merencio hombre mesurado en todas sus facetas: siempre responsable pero con un toque de desenfado que a ella le encantaba. Hablaba cuando debía y callaba para escuchar cuando tocaba. Formal y espontáneo a la vez. Todas esas virtudes y alguna que otra más, justificaban las idas y vueltas en AVE y las tristes despedidas dominicales y servían de cimiento para esos planes a medio plazo donde ella se veía mudándose a Valencia para estar juntos. Esta vez además irían al fútbol juntos por primera vez robando un par de horas a ese tiempo siempre insuficiente. Merencio la llevaría a Mestalla para ver a su Atleti, ese Atleti que probablemente fuera lo que más echara de menos ella si un día decidía dar el paso de irse del Manzanares para el Turia.

Fue traspasar los tornos de Mestalla y Gervasia empezó a notar comportamientos raros en Merencio. Se mostraba nervioso con solo transitar por los pasillos del estadio y protestó más de la cuenta cuando ella eligió el asiento de la izquierda argumentando que ese era al que él había echado el ojo de antemano. Decidieron tomar un par de cervezas y Merencio se indignó ante el discutible hecho de que la suya tenía menos espuma que la de ella e incluso la acusó de ocupar más espacio del debido solicitando casi burocráticamente que no invadiera su sitio. Entonces empezó el partido….



Salió el Atleti a Mestalla con la defensa habitual, la delantera del año pasado y con un medio del campo inédito: sacó el Cholo a Emre con Gabi, con Arda y con Tiago, ese asceta del esfuerzo físico. Salieron los nuestros a dominar el partido y salió el Valencia a defender el resultado, sin tener claro al cierre de estas líneas qué resultado pretendían defender. Empujaba el Atleti aunque sin demasiada profundidad y Mestalla se encendía en protestas por cada fuera de banda, por cada falta indiscutible y por cada rachita de viento que se levantaba. Buscaba jugar el Atleti y no jugar el contrario. Buscaba el equipo ché coartadas para enfangar el partido y las encontró en el árbitro. No tuvo a bien el señor colegiado sancionar debidamente las continuas interrupciones de los locales, tampoco tuvo a bien pitar nada en los reiterados abrazos, algunos dentro del área, a los que fue sometido Falcao por parte de unos defensas excesivamente cariñosos. Tuvo Falcao una noche difícil, a los sentidos abrazos de los centrales rivales hay que sumar la escasez de balones recibidos en condiciones y la brecha de recuerdo que Soldado, con esa involuntariedad que a los que son como él les viene de la cuna de su formación, le dejó en herencia. Si alguien merecía más, ese era el Atleti, sin poner demasiado en liza, no crean, pero con casi nada el Valencia se puso por delante tras excelente gol del repartidor de involuntarias coces en frentes ajenas. Acusó el Atleti el golpe y anduvo unos minutos perdido en la selva de las pocas ganas de jugar de los valencianos. Tiene el Valencia no pocos argumentos que justificarían otra manera de jugar: su historia, su plantilla y algunos jugadores de talento. Tiene otros que tal vez justifiquen esta otra elección de estilo: defensas de la cuadra lusitana de la protesta y el pescozón, el consabido delantero antipático y jugadores con talento para la autosatisfacción, el autoatropello y la incineración de coches de gama alta.

Llegó el partido al descanso y Gervasia no salía de su asombro ante el comportamiento de su amado Merencio. Protestaba por esto, por aquello y por lo de más allá. Protestaba ante la, a su juicio, desigualdad de rajas de chorizo entre los bocadillos de ambos. Protestaba ante lo lejos que caían los aseos y por el pasodoble que la banda de música típica de aquellos lares interpretó con discutible acierto. Andaba Gervasia inquieta, no tanto por el desempeño del Atleti, como por el resultado y el talante de su acompañante cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por el inicio de la segunda parte.

Salió el Atleti tras el descanso y se vieron ganas de darle vuelta a la situación. Salió también el Valencia y se vieron las mismas ganas, sino mayores, de que se jugara poco. Empezó a aparecer Arda y empezó a llegar el Atleti con más frecuencia. Sacó el Cholo al Cebolla, a Raúl García y a Mario Suárez y contraatacaba el Valencia con marrullería. Protestaba la afición en Mestalla por las tarjetas mostradas, por los recortes en sanidad y por el incremento del precio del mejillón criado en cautividad. Atacaba el Atleti con corazón. Dando la cara. Más por la izquierda que por la derecha, donde Juanfran lleva unos partidos mostrando señales inquietantes. Se volcó el Atleti sin premio, fue premiado el Valencia sin volcarse y los equipos fueron despedidos entre las consabidas protestas y gritos de burro dirigidos hacia un árbitro que merecería por parte de la afición valenciana un mayor reconocimiento por la permisividad mostrada. Salió el Atleti derrotado. Sabíamos que tendría que llegar tarde o temprano. Probablemente llega esta primera derrota de manera injusta, probablemente no fuera el mejor partido de los nuestros pero fastidia un poco la manera de producirse y ante el rival que ha sido. Queda el equipo en pie, o eso esperamos. Queda una temporada larga en la que no parece que vayan a sucederse accidentes como éste si sigue el equipo en el mismo nivel. Puede que no venga mal este tropiezo para ganar perspectiva y para conocer los límites del equipo. No es malo conocerlos.  

De camino a los vomitorios, protestaba Merencio por la lentitud en el desalojo del recinto, por el frío que había pasado por culpa de la previsión meteorológica previa que hablaba de noche primaveral y por las migas del bocadillo que seguía encontrando en la geografía de su chaqueta. Abandonó la pareja el estadio cogidos del brazo y notó Gervasia una metamorfosis en su partenaire, volvía a ser aquel Merencio atento y amable a medida que se alejaba del coliseo de la avenida de Suecia. Él propuso ir a un restaurante romántico que a ella le había gustado especialmente tras cenar en una de sus primeras escapadas. Ella fingió el supuesto olvido de un pañuelo para volver tras sus pasos y encaminarse de nuevo al estadio. Fue solo acercarse un poco y Merencio empezó a protestar por el tráfico, por el olor a sobaco que suelen desprender las masas de gente y por cómo se está extendiendo la reprobable práctica de ponerse los albornoces como batas, lo que se comprende. “¡Uy!, qué tonta, si lo tengo aquí”, mintió Gervasia cambiando de dirección. Enseguida volvió Merencio a ser aquel del que se había enamorado. Todo el mundo tiene sus cosas, unos no toleran bien la bebida, otros no pueden comer más allá de las doce de la noche y otros no deberían acercarse a un campo de fútbol para no protestar por todo. Solo hay que conocer los límites de cada uno. No es malo conocerlos. 

viernes, 27 de abril de 2012

A Bucarest con escala en Transilvania


Ayer no era un día normal para la Peña atlética de Transilvania. Sus miembros y miembras (como pueden ver en Transilvania serán un poco supersticiosos pero lo de la paridad lo llevan en la sangre), por fin pudieron reunirse para ver todos juntitos el partido del Atleti en el mesón del pueblo después de un año de partidos matinales que impedía un quórum mínimo aunque fuera de manera extracorpórea. Con tanto partido mañanero, los integrantes de una de las más antiguas peñas rojiblancas se han visto obligados durante toda la temporada a trasnochar, o más bien trasmañanar, intentando escuchar vía transistor el partido del equipo de sus amores en la cripta, misión casi imposible ésta porque como todo el mundo sabe una cripta no es buena ni para la artrosis ni para captar ondas radiofónicas con antena telescópica. La emoción era doble: por un lado, la importancia del partido en cuestión, nada menos que una semifinal europea, por otro, el hecho de que la final soñada se fuera a disputar ahí al lado como quien dice, con lo que el desplazamiento del personal para vivir in situ el evento se torna obligado y llevadero, aspecto nada desdeñable cuando de movilizar la infraestructura propia de una peña con la idiosincrasia de la que nos ocupa se trata. Tras los abrazos salutatorios y los típicas conversaciones de reencuentro: (“Hija, yo no sé cómo lo haces pero parece que tuvieras tres siglos menos de los que tienes, que piel más cerúlea y qué ojeras tan bien trabajadas” o “Mira ese que buen color tiene, claro, solo toma sangre de tetrabrik con abrefácil y eso a la larga se paga”), los asistentes se sentaron muy tiesos delante del televisor para ver el inicio del partido.

Se plantó el Atleti algo reservón en Mestalla o tal vez fue el Valencia el que salió un poco desatado. Los chés llegaban con facilidad a las inmediaciones del área colchonera con más sensación de peligro que peligro en sí. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero anduvimos un buen rato sin que la camisa nos llegara al cuello. Uno piensa que la clave de esos minutos estuvo en la actuación de dos parejas de jugadores. En la parte negativa, unos Tiago y Mario con la poca sangre habitual, superados ampliamente por los volantes levantinos. En la positiva, unos centrales que firmaron uno de sus partidos más serios como pareja a pesar de esa tendencia que tienen a hacernos mala sangre con sus burdos fallos puntuales. Muy bien estuvieron Godín y Miranda toda la noche y volvió a estar entonado de nuevo Courtois, al que habría que agradecer un par de intervenciones meritorias que evitaron que se nos disparara la presión sanguínea. No presionaba el Atleti, no se mantenía el balón en nuestro poder y daba la sensación de que el primer gol de los rivales era una cuestión de tiempo por el empuje que mostraba. Después de pedir la hora durante casi treinta minutos, los nuestros se agarraron al descanso con alivio, con esa veneración con la que en la patria de nuestros protagonistas de hoy, los lugareños se aferran a crucifijos y baldes de agua bendita. Quedaba el resultado intacto, incólume, que no era poco después de ver lo que se había visto.

A pesar de los años que los contemplan y la de cosas que han visto, quedaron algo azorados esos atléticos transilvanos e intentaron engañar al bajón propio del descanso con esos pequeños gestos con los que todos nos entretenemos mientras bajamos pulsaciones: visitas al tocador, que siempre está bien estirar las piernas por muy contrario a los espejos que sea uno; salir a fumar un cigarrito a la noche refrescada por el aire que viene de los Cárpatos; “¿Señor mesonero, ¿no tendrá usted una ración de morcilla o de sangre encebollada?” ,“No, solo tenemos pollo al ajillo”, “No me joda, al ajillo no, que pasamos luego una mañana toledana”…En fin, lo que haríamos todos.



Empezó la segunda parte con un Valencia más comedido, con un colmillo menos afilado. Seguía empujando, sí, pero ya se sabe que, cuando se trata de remontar, las ansiedades vencen a las voluntades a medida que el reloj corre. Empezó el Atleti a no pasar tantos apuros, empezó a estirar el cuello para mirar más allá de su área. Los de arriba, invisibles hasta el momento, recibían alimento de balón. Reparamos en que Arda, Diego y Adrián estaban en el campo y en una de sus combinaciones el asturiano selló el pasaporte a Bucarest de un latigazo violento y hemoglobínico.

– Ya lo decía yo –apuntó la vizcondesa Natasha, tesorera de la peña –. Esto lo tenía que arreglar Adrián, que es quien más sangre fría tiene. Líbreme el destino de cruzarme con sangres más calientes. Una añada fresca y afrutada de sangre fría es otra cosa, ¡dónde va a parar!.

El gol fue como una estaca en el corazón de la fe valencianista. De ahí al final quedó tiempo para abrazos, para alguna lagrimita, para que Tiago sacara a relucir su sangre caliente a destiempo y para que alguno solicitara permiso para hacer una vista a Soldado cualquier noche de estas para tentarle la yugular con ánimo de hacerle siervo, que alguien de su carácter y pasado no merece pertenecer a según qué nobles colectivos.

– No podía ser de otra manera. No podíamos caer en el día del cumpleaños del Atleti –peroró Don Vlad, presidente y miembro más veterano de la peña–. ¡Fijaos, 109 años de vida! Como mi pequeño Vlade, que está hecho un torbellino –dijo señalando a un mozalbete pálido y revoltoso que miraba al gato del mesonero con avaricia–. Pues, nada, a ganar la final.

“A ganar”, gritaron todos a coro mientras salían todos del local para fundirse en uno con la noche. “¿Te quedas a tomar la última?”, “¡Uy!, no. Que tengo a la madre de mi mujer en el castillo pasando unos días y no quiero dormir en el sarcófago de invitados”. Quedaron todos en reunirse de nuevo para ir a Bucarest. Para vivir una noche que esperemos nos haga entrar en la eternidad. Ellos saben lo que es eso. Lo de la eternidad, digo. Ellos saben de eso y saben también de por qué de eligieron estos colores a los que aman como ustedes o como yo. Por ser rojo de sangre y blanco de palidez. No podía ser de otra manera….

viernes, 20 de abril de 2012

Hablemos de la camiseta...

Los alguaciles que guardaban la puerta del camino del Este pararon al viajero que se disponía a traspasar la muralla de la ciudad como tantos otros que iban a ofrecer sus mercaderías en días como ese y le miraron de arriba abajo como sólo sabían mirar los alguaciles en la antigüedad, lo que llevado a nuestros días sería la mirada propia de portero de discoteca cuando ve unos calcetines blancos con raquetas cruzadas.

– Maese…¿Émery? ¿De dónde proviene ese nombre? ¿Es vuesa merced normando? ¿Occitano? ¿De padres librepensadores y a la vez diletantes heráldicos? –inquirió uno de los guardianes con desconfianza.

– Pues no, querido amigo. Soy norteño pero vengo de Levante. Traigo a la ciudad mi repertorio de muecas y gestos desenfrenados. Me dedico a la venta itinerante de ilusiones y jugadas de estrategia, sé que suena pretencioso pero normalmente cumplo objetivos –respondió ufano el caminante mostrando una rapidez de manos propia de un extra de película de Bruce Lee.

– ¿Y qué le trae por estos pagos?

– Le cuento, a pesar de tener mi sede en Levante, allí mi arte anda bajo sospecha. No hay día que no me silben al pasar por la ribera del Turia, ni día que no me comparen por mis cambios con mi burro, aquí presente.

– Ya…Hablando del burro, y sin ánimo de establecer comparaciones équidas, ¿qué atesora usted en las alforjas del susodicho para que ande tan exigido físicamente?

– ¡Bah!, minucias…Fruslerías para vender de cara a llevar una escudilla de comida a la boca ¡Ah! Y también traigo telas, retales al peso de muy buen ver provenientes de los afamados telares de Valencia –confesó Maese Émery con franqueza.

– Pues nada, señor viajante ¡Ya se está usted dando la vuelta y retomando el camino hacia sus Levantes con viento fresco! Intentar colocar telas de Valencia con la bien sabida poca resistencia que tienen las mismas es de ser muy rufián. 

El repeinado buhonero dio media vuelta para volverse por donde vino. Quedaron los alguaciles comentando la poca vergüenza de aquellos que comercian con paños de Valencia:

– ¡Anda que..! Tiene tela el gachó…Mira que mentar la tela valenciana con la que está cayendo….Eso sí, ¡cómo movía las manos el tío!....



Venía el Valencia de Émery al Calderón y durante toda la semana no se ha hablado de otra cosa que no fuera de una camiseta. A unos les sigue escociendo el ultraje que supuso aquel agarrón que terminó en serbio destape de hace dos años. A otros, les extraña lo grabadas que quedan algunas imágenes en la memoria colectiva y lo volátiles que parecen otras como dos fueras de juego inexistentes pitados en contra en acciones de gol. Todos, desconfían desde entonces de la calidad de las zamarras fabricadas en el levante español hasta tal punto que prefieren comprar chinescas imitaciones de blazers malva de Zara para uniformar al equipo de la urbanización en el típico torneo canicular de veraneantes contra aborígenes que se celebra en cualquier pueblo de serranía. No se ha hablado casi nada de la irregularidad de los equipos, de lo que emociona meter un gol en campo contrario, ni de la importancia que la competición entre manos pudiera tener para tapar vergüenzas clasificatorias. De eso nada. Si hay que hablar de algo, hablemos de la camiseta.

Puestos a hablar camisetas, hablemos de la nuestra. Hablemos de ella, del peso que parece dejar sobre hombros no demasiado preparados para llevarla, de lo resistente que es para soportar el pisoteo que la gerencia perpetra contra ella, de lo sufrida que fue cuando la mancharon con publicidad de películas de palomita acaramelada. Hablemos de que muchas veces no reconocemos los valores que se presuponen en los que se la enfundan, pero hablemos también de otros días como ayer en los que sobre el campo parecía que hubiera muchas más de once. Hablemos de un entrenador que la respeta y sabe lo que significa. Hablemos de la especial sensación que debe suponer sudarla hasta la extenuación mientras la grada corea tu nombre. Hablemos, hablemos…

Puede que hiciera noche de camiseta sobre sudadera y también de camiseta interior para los que se acercaron al Calderón, pero sobre el campo sobraba todo lo que no fuera la zamarra rojiblanca. Salió el Atleti desatado, ávido. Vimos al Atleti como en muchos años no lo habíamos visto. Salió el Atleti sin publicidades cambiantes en la elástica. Fue a por el partido de cara y a tumba abierta. Se veía al equipo enchufado y Arda Turán más. Los primeros veinticinco minutos del equipo fueron maravillosos, pero lo del turco fue de órdago. Tras varias incursiones percutiendo por la izquierda, fabricó un gol que tuvo control malabar, autopase casi largo y pillería marca de la casa que Falcao cabeceó a las mallas con la eficiencia acostumbrada. No crean que los nuestros se fueron a guardar la renta a su área, no. Seguía el equipo desmelenado, ganando cada duelo y cada porfía ante un Valencia superado. Quiso el fútbol, tan injusto tantas veces, que los visitantes se llevaran un gol en el descuento de la única manera en la que parecían poder hacer algo de daño, a balón parado. Se vino el descanso encima con ese agridulce sabor del mal resultado pero del buen juego. Los aficionados se estiraron las mangas de las camisetas para engañar a la fresca noche, muchos niños empezaron a entender lo que significa esa camiseta que le ponen sus padres y Gabi echó a lavar la suya, llena de sudor por la inmensidad de kilómetros recorridos y de sangre por la intensidad de la batalla a codo limpio.

Salieron los equipos al campo tras el paréntesis y volvió el Atleti a morder. Volvió a ser la rojiblanca omnipresente. Se marcó un segundo casi en remate colectivo. Se marcó un tercero con esa pasmosa facilidad que tiene Adrián para hacer sencillo lo complicado y se marcó un cuarto que hubiera propiciado el lanzamiento de una cartilla de cupones para la adquisición de cuberterías y vajillas conmemorativas con la cara del ejecutor, si éste hubiera acaecido un poco más al norte de la ciudad. La afición se besaba el escudo de la camiseta y se persignaba teatralmente ante la transformación de los suyos. Los más viejos se permitieron sonreír abiertamente tras tantos lances de boca apretada y los más jóvenes empezaban a comprender por qué somos del Atleti a pesar de todo lo que ustedes ya saben. 

Imposible destacar a alguno por encima de los demás sin pecar de injusto: un descomunal Falcao, un brillante Adrián, un desconocido por su atrevimiento Filipe, un inconmensurable Gabi, un omnipresente aunque algo sobreactuado Diego, un internacional ya Juanfran, un Arda que enamora, un meritorio Miranda, un Domínguez que parece volver a ser lo que iba a ser, un Mario al que casi le perdonamos los pases a la nada por su lucha y los balones que robó y un Courtois al que se le está criticando por la helada jarra que nos cayó en lo alto cuando la fiesta tocaba a su fin. Podríamos discutir ustedes y yo sobre si en estos goles de ayer o en los de aquel otro día hubiera podido hacer más y a lo mejor hasta llegábamos a un entente cordial, pero puestos a discutir sobre porteros cedidos, mejor hablemos sobre la idoneidad de traer a becarios para otras empresas con derecho a minutada y dejemos tranquilo al belga.  

Nos dejó cara de tontos el desenlace del encuentro. Nos dejó bien pero mal. Los que tras el golazo de Falcao empezaron a buscar vuelos a Bucarest por internet, anularon la transacción cuando ya sólo les faltaba meter la fecha de expiración de la tarjeta de crédito. Habrá que ir a Mestalla sin esa suficiencia de saber que los deberes están hechos, pero habrá que ir agarrándose a la dinámica que pudiera dejar el partido de ayer. Tal vez se pasará mal o a lo mejor será una noche de relajo y disfrute. Lo que es seguro es que el jueves que viene nos volveremos a poner la camiseta con esos alegres colores rojo y blanco y lo haremos con el orgullo con el que siempre lo hacemos y con un poquito más por saber que hay días en los que esos a los que pagan por ponérsela entienden realmente lo que significa. 

lunes, 6 de febrero de 2012

De sensaciones térmicas y poca memoria

Dicen los que saben de psicología que no tenemos memoria a largo plazo cuando del clima hablamos. Dicen que el ser humano repite cada invierno el mismo mantra: “Los fríos de este año son muy malos, nunca en 57 años he visto nada así”, faltando a la verdad desnuda de las estadísticas que revelan que hace un par de años hizo más frío que ahora. Tal vez ayuden a esa amnesia climatológica la pléyade de términos de nuevo cuño que manejan los aseados hombres y mujeres del tiempo. La audiencia tardó un tiempo apreciable en asumir que cuando a nuestros dominios se acerca una A mayúscula y grandota, eso es que viene calor, y que cuando lo que viene es una B barriguda y azulona, es que más vale sacar la chaqueta de cuello vuelto. Ahora, el pueblo llano introduce en su vocabulario con soltura de becario conceptos como humedades relativas, nubosidades de evolución y brumas matinales en los valles fluviales, cambiando con ello las tradicionales comparaciones basadas en la altura de vuelo del grajo y la consiguiente predicción de fríos sostenidos, más comúnmente llamados del carajo, con perdón. Aún así, el último grito en meteorología es la sensación térmica. A ustedes y a mí, cuando nos hablan de sensaciones nos vienen a la memoria ese técnico de ojera perpetua y jersey de cuello de pico con mucha más palabrería que trabajo táctico, pero no, no van por ahí los tiros (aunque los mereciera). La sensación térmica es el perfecto comodín para indicar que puedes tener frío aún a treinta grados. La sensación térmica explica el por qué ese jubilado gijonés se baña en la playa de San Lorenzo en enero aunque caigan chuzos de punta y sale ufano del agua mirando por encima del hombro al resto de la parroquia a los que tilda de blanditos. La sensación térmica aclara sin discusión las razones para llamar, en plena canícula, fresca a la vecina del tercero atendiendo a la superficie de tela de su vestido. Será por cosas como esta, la de la sensación térmica, que no se acaban de entender del todo por lo que la gente solo se acuerda del calor asfixiante cuando lo padece, del frío cuando le pican los sabañones y de Santa Bárbara cuando truena. Lo dicho, poca memoria.



En medio de una ola siberiana aderezada con vientos que ponen en aprietos a señoras con tocado y cooperadores con peluquín, el Atleti afrontaba el partido con el Valencia con una sensación térmica completamente distinta. En el interior había calor, un calor que emana de una ilusión recobrada aunque todavía endeble en su base. Animados por ese calor interior y pertrechados de petaca rellena de espirituoso y manta zamorana, muchos valientes se acercaron al estadio para ver a este equipo resucitado. Hasta la fecha, el Lázaro rojiblanco se las había visto con equipos de menor enjundia que los chés y era una oportunidad pintiparada para conocer la auténtica medida de la mejoría y engancharse con asiento propio al tren de los de arriba. El partido salió según lo esperado, dos contendientes de altas presiones, de luchas borrascosas en la zona ancha y de abrigadas zagas. Intercambio de golpes sin bajar guardias en ningún momento. Calores que se concentran en los cuerpos a base de pescozones, choques fortuitos y gallardía en la disputa del balón dividido.

Si de hablar de los nuestros se trata, desde la llegada de Simeone ha tornado en más difícil señalar, para bien o para mal, el juego de alguno. El mapa significativo que el Cholo plantea un buen tiempo generalizado en todas las zonas. Notable de nuevo la defensa, con un Miranda solvente a la hora de capear la marejada de ese delantero al que andan empeñados algunos en señalar como brillante por venir de donde viene, con un Juanfran que ayer aguantó el temporal de manera notable, con un Filipe que ha dejado atrás su congénita tibieza y con un Godín al que nunca le pitaron una falta en contra en la que acabara como si un tornado hubiera pasado sobre él.

Nubes y claros en el centro del campo. Claros en el trabajo, en la recuperación y en la presión. Nubes que encapotan a la hora de crear y de surtir de balones a los de arriba. A destacar el despliegue de Gabi y el compromiso de Arda, a mejorar la temperatura de Tiago, superado en ciertas fases por el choque y el conservadurismo de Diego a la hora de abusar del pase horizontal en vez del racheado, que es el pase que suele dejar heladas a las defensas. Arriba, Falcao y Adrián pelearon y ayer no acertaron, pudiera ser por el frío, que ya saben ustedes que los delanteros son muy de sensaciones, térmicas o no, y de rachas, como los aires que nos vienen de la estepa siberiana.

Queda en el ambiente una sensación térmica de frío ante las expectativas que se habían depositado en el partido, pero es un frío cercano, amigable, tal vez sea solo fresquito. Nada que ver con esas otras sensaciones que demasiadas veces hemos tenido, la de escalofríos por lo que habíamos presenciado. La de no ver romper a sudar a los nuestros incluso en días de sofocos y sangrías con su melocotón flotando en la superficie. La de atisbar un juego que, si llega, es a ráfagas de viento cortante. Ahora se ve otro carácter. Se ve una mejoría generalizada y un ascenso en los termómetros de la ilusión del personal. Probablemente se trate de un ascenso que se refleje en la tabla clasificatoria de manera menos fulminante a la que se esperaba antes del encuentro, donde quien más y quien menos sacaba calculadoras para certificar el acceso a la zona más caldeada, pero la recuperación existe. Reconociendo esta bonanza meteorológica, no se debe dejar de buscar en la generalizada poca memoria para reparar en la sequía del terreno que pisamos. Un terreno yermo en el que no se cumple ninguno de los pronósticos de los dos hechiceros prescritos que prometen vergeles y dejan desiertos. Seguro que, ahora que gracias a esos que mediante señales de humo denuncian sus atropellos, sus siguientes tropelías parecen torcerse, predecirán soles de justicia y hasta microclima para la Peineta. No hace falta que les diga que, cuando estos hombres del tiempo dicen eso, tengan el paraguas bien a mano. Es cuestión de sensaciones…aunque no sean térmicas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Dudas razonables

He de confesar que hoy no tenía previsto contarles nada. Lo admito, tenía pensado parir algo mañana o pasado después de reposar lo que nuestro Atleti haga esta noche en Francia. Pero, miren por dónde, les vengo a pedir su colaboración. Vivo rodeado de dudas. No sobre las dudas que nos pudieran asaltar ante las prestaciones que nuestro equipo pudiera ofrecer hoy, no. Intentaremos dar un voto de confianza y pensaremos que lo del pasado fin de semana será un borrón doloroso, más por la rendición mostrada desde el inicio que por el abultado resultado en contra. Ya les digo, hoy no toca, centrémonos en otro tipo de dudas.

Les pongo en antecedentes, echaba uno la noche mirando de refilón un partido de Champions en el que un equipo español se fajaba contra otro de la Gran Bretaña. Unos iban de blanco, hecho que siempre me ha inclinado a apoyar al equipo contrincante, y otros de azul, hasta ahí poco más que reseñar. Aportaré también que la principal razón por la que uno va con los de azul, que nunca me han caído del todo simpáticos, es la presencia de uno de los nuestros. Alegaré en mi defensa también que, siempre que uno tiene oportunidad, intenta ver partidos del equipo azulado con el exclusivo objetivo de ser testigo de un gran partido del número nueve. Añado que, como consecuencia de ese seguimiento que les cuento, uno ve que cada día se encuentra más suelto, que cada día se acerca más a lo que él puede dar y que se empieza a encontrar más cómodo, ya dejados atrás momentos de lesiones inoportunas y de adaptaciones nunca fáciles. Aún así no piensen que las dudas que me sobrevinieron como gases tras un consumo excesivo de legumbres estofadas provienen de su rendimiento o de su valía. No, no. Ahí, uno no tiene la más mínima. Uno de los grandes es lo que él es, independientemente de estados de forma, de rachas o de gestos feos que marqueses de nuevo cuño le hagan.



Continuaba la noche plácidamente hasta el preciso instante en el que el delantero centro del equipo británico abandonaba el campo para dejar sitio a un compañero de pasado tenebroso. Entonces, la afición del equipo español despidió al rubio compatriota entre una sonora pita. Sostenida, casi unánime, a mi juicio injusta. Tal vez hubiera encontrado justificación si el equipo de blanco fuera otro y su afición le hubiera despedido de tal manera en base a una rivalidad difícil de ocultar aunque edulcorada en los últimos tiempos por obra y gracia de la desigualdad que admiten y potencian los gestores que rigen el destino de nuestro equipo. Pero no, no fue el caso. El caso es que pasados unos segundos llamaron a la puerta y uno tuvo que ir a abrir con fastidio por si se le enfriaba la menestra. En el rellano me encontré con varias dudas que tras presentarse educadamente, accedieron a mi hogar con ánimo de quedarse. Dada su intención, me vi obligado a hacer una tortilla francesa de emergencia y a habilitar una cama plegable para que pasaran la noche lo más dignamente posible.

Ésta mañana, y ya antes de que saliera el sol, me las he encontrado en la cocina trasteando y han preparado zumo de naranja y tostadas para todos, lo que es un detalle de agradecer, pero me he visto obligado a inquirirles en tono calmado cuál era el fin último de su presencia. Me han dicho que se presentaron de improviso ante mi no entendimiento por el trato dispensando al futbolista. Comentaron que antes que conmigo han compartido techo con otros que no aciertan a comprender por qué el jugador que metió el gol de la final del Mundial se despide entre ovaciones en casi todos los campos y éste otro se marcha sin ni siquiera una burda división de opiniones a pesar de marcar el gol de la final de la Eurocopa. Las dudas me han informado de que han abierto una línea de investigación para constatar si puede ser que a la gente le gusten más los helados Kalise que los refrescos que oferta Pepsi (o Pesi, como nos gusta decir a algunos). Barajan también la hipótesis de que lo europeo se percibe como provinciano y lo mundial como cosmopolita y globalizado, torneos de selecciones incluidos. No descartan que a la población le haga más gracia el nombre de Fuentealbilla que el de Fuenlabrada aunque compartan la misma raíz. Aún así, ellas mismas admiten que son casi todo conjeturas y que se quedarán conmigo hasta que resuelvan el entuerto. Es por ello por lo que pido su colaboración. No es que me molesten especialmente, pero no me negarán que no está uno igual de cómodo cuando hay visita en casa, aunque solo sea por el sobrevalorado hecho de no poder pasearse en calzoncillos. Sé que no será fácil, pero tengo que encontrar una explicación. Aunque debo confesar que, por si las moscas, acabo de solicitar el empadronamiento de las dudas en mi casa. Me da que tardaremos en saber el por qué. 

martes, 13 de septiembre de 2011

Búsquedas, hallazgos y algún que otro pálpito

Herminio y Pancracio, los dos encargados por la gerencia para organizar la batida de búsqueda, peinaban la zona sin dejar siquiera un resquicio entre baldosas sin mirar. Llevaban ya demasiado tiempo liados con el asunto. Ambos estaban al frente de un equipo de más de veinte profesionales cualificados cuyo objetivo era encontrar lo que desapareció de manera incomprensible. También formaban la partida cinco perros sabuesos que no estaban llegando a ser lo decisivos que se pensaba en un principio por estar especializados en levantamiento de tórtolas y perdices pardillas, especies éstas que poco tenían que ver con el objeto de la búsqueda.

El desánimo empezaba a cundir en el equipo ante la falta de resultados. Habían encontrado de todo: antiguas equipaciones Puma olvidadas en una taquilla descolorida, fotos comprometedoras de algún antiguo delantero rompedor de pantalón prieto, quintales de pelusas y hasta el curriculum de un estudiante de derecho que en su momento se postuló para entrar en la sociedad como becario y que ahora andará pensando en planes de pensiones, pero lo que buscaban no había aparecido. Nada. Ni un rastro. Ni una pista que seguir.

Siguiendo un pálpito inexplicable, Pancracio se dirigió a una de las salas ya revisadas en anteriores jornadas y empezó a tantear las paredes con las manos.

– Está aquí Herminio. Siento su presencia –dijo muy serio.

– ¿Cómo lo puedes saber?

– Lo sé –dijo Pancracio con el convencimiento de quién tiene un don, como su bisabuelo paterno el zahorí, aquel que tuvo que emigrar a Cuba por encontrar con igual facilidad aguas subterráneas e insatisfacciones en mujeres casadas.  

Al golpear con los nudillos recibió como confirmación un sonido hueco. Agarró lo que más a mano tenía (el trofeo conmemorativo de la primera y última edición del trofeo Spiderman) y derribó un buen trozo de pared. Metió más de medio cuerpo en el agujero y salió triunfante sujetando en la mano lo que tanto habían estado buscando. No fue lo único que encontró, también halló una carpeta azul de gomas con antiguas ofertas hechas a mediapuntas y un cassette recopilatorio de chistes de gangosos interpretados por Arévalo.

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El subsecretario segundo de protocolo y papeleo entró como un vendaval en el despacho del mandamás (o más bien mandamenos, no nos engañemos):

– Don Enrique, ha aparecido.

– ¿Qué ha aparecido qué? –preguntó el presidente con la cabeza en otra cosa, tal vez en revoluciones a costa de los derechos televisivos.

– El transfer. El transfer de Falcao –aclaró el empleado con impaciencia.

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La parroquia andaba expectante ante el debut del equipo en Valencia.

¿Debut?, se preguntarán ustedes, gente de neurona inquieta.

Pues sí, debut. Algo sorprendente y único en la historia del fútbol. Un equipo que ha debutado tantas veces como partidos ha jugado esta temporada. Un equipo que debutará alguna que otra vez más a lo largo del próximo mes. Y es que el elenco titular esperado para este ejercicio no ha podido coincidir en el campo todavía por obra y gracia de los papeles que no llegan, por las operaciones que tardan más de lo debido o por esa excusa tan nuestra para cualquier situación: ésa que echa la culpa de casi todo a que la abuela fume.

Al igual que los protagonistas de la historieta previa, nuestro equipo anda sumido en un constante estado de búsqueda: búsqueda de un estilo, de un equipo tipo, de objetivos claros y alcanzables, del gol. Sobre todo del gol, esquivo en estos dos primeros partidos de liga. Y eso que apareció Falcao, gracias al buen hacer de Pancracio y sus pálpitos. Lo intentó y tal vez no tuvo mucha ayuda, por lo que deberemos esperar algunas jornadas más antes de formarnos una opinión que servidor reconoce que todavía no tiene. En cuanto al estilo, nos quedó mejor cuerpo al terminar el primer partido de liga, aunque a lo mejor el estilo es ajustable a la exigencia del rival como las mallas talla universal que venden en el Decathlon.

Como el que busca halla, o eso dicen al menos, ésta búsqueda en la que nos movemos nos ha llevado a encontrar cositas, así, con la boca pequeña, cositas que puede que disparen ilusiones o que alimenten escepticismos dependiendo de quién sea el que las perciba. Una presión final que debió tener más premio, algún gambeteo traído de Constantinopla, paradas de mérito, cositas, vamos. Alguna malas incluso, la no convocatoria de Koke, la constante baja forma de Tiago y los partidos que Reyes nos ha regalado desde que lleva el diez, un número que pesa demasiado en según qué hombros y que debe ser administrado con cabeza. Fíjense, cabeza y Reyes, agua y aceite.

Les hablaba yo de lo de la búsqueda. Y encontramos algo más. Llegado un momento, Manzano tuvo el pálpito de que necesitaba buscar calidad. Miró al banquillo y la agregó al campo, algo tarde a lo mejor. En esos minutos, nos llegó lo mejor de la noche. No fue una oportunidad, ni una volea de las que rozan escuadras, ni una combinación brillante siquiera. Ocurrió lejos de donde ocurren las cosas importantes en los terrenos de juego, lejos de las áreas. Fue en una banda, al lado de las zonas técnicas que ocupan los entrenadores, esas porciones de césped delimitadas por líneas discontinuas que invitan a salir de ellas o a ser invadidas por otros conductores con intenciones tan aviesas como la de meterte un dedo en el ojo, por poner un ejemplo. Allí, Diego Ribas pisó el balón con el talón y lo dejó correr suavemente para salir de la presión de los contrarios. Pudiera parecer algo accesorio, pero no lo fue. Puede que hayamos encontrado algo a lo que agarrarnos o puede que nos conformemos con poco desde hace tiempo. Vayan ustedes a saber. Tal vez el equipo de esta temporada requiera esa paciencia que hay que dedicar a un “rasca y gana”, tal vez tengamos que seguir buscando.

domingo, 13 de febrero de 2011

Veredicto final

Su Señoría entró en la sala de nuevo tras el receso para el aperitivo, permitió que los comparecientes tomaran asiento y constató avergonzado que el sonido cacofónico del mazo se debía a los restos de almendras que trajo el ujier de su pueblo.
–¿Está preparado el ministerio fiscal para su alegato final?
–Sí señoría –dijo levantándose el fiscal de ceño fruncido, como casi todos los fiscales.
–Proceda entonces –ordenó el juez litúrgicamente.
–Señoras y señores del jurado, mi misión durante los siguientes minutos será que ustedes se convenzan más allá de toda duda razonable de que el acusado es culpable. Ya sé que la defensa ha intentado argumentar que él es solo un peón más en el tablero de la nefasta gestión de sus dos superiores, pero ese no es el objetivo de este proceso. Todos sabemos que ellos son los grandes culpables, pero hemos de esperar a verlos sentados en este banquillo de inculpados al igual que ahora vemos al acusado. Ya sé que también se ha esgrimido que el acusado confeccionaba las alineaciones y convocatorias en un estado de enajenación mental transitoria, que lo que importaba era su trabajo a lo largo de la semana. No se engañen, ese trabajo semanal le acusa de igual forma. Les pido que recuerden la intervención del testigo Domínguez, que pidió testificar detrás de una mampara para no ver la cara de quién tanto daño le ha infringido. Les pido que no olviden el testimonio de Keko por videoconferencia desde los juzgados de Cartagena, Girona, Brazatortas o dónde leches le haya mandado el acusado para quitárselo de encima. Les pido también que reparen en el hecho de que tan solo uno de sus pupilos haya declarado en su favor ¡Solo uno señoras y señores del jurado!, sólo un testimonio en el que además se ha tenido que utilizar traducción simultanea para que ustedes pudieran entender el dialecto utrerano. Es por ello que el ministerio fiscal solicita el veredicto de culpable. Culpable de alinear aleatoriamente, culpable de rigidez táctica, culpable de disfrazar con palabrería las propias carencias, culpable de no conseguir que sus pupilos funcionen como un equipo, sin que tan siquiera sirvan de coartada sus quejas sobre los jugadores vendidos: primero ese mediapunta de pelo rebelde (permítanme aquí un ejercicio de transcripción libre y obviar su redundante nombre en la historia de hoy) y luego Simao. Culpable al fin y al cabo de que los aficionados se hayan tenido que personar como acusación particular. Sólo quiero que tengan esto en cuenta cuando ustedes se reúnan para acordar su veredicto. Cíñanse a los hechos por favor, es el único de los que ha ejercido ese cargo que ha perdido más partidos de los que ha ganado. Y eso es lo que debe pesar en su decisión como jurado. Muchas gracias. La fiscalía ha terminado su alegato.
–El jurado puede retirarse a deliberar –anunció el juez –. Se suspende la sesión hasta que lleguen a un veredicto y así aprovechamos también para hablar algo del partido de ayer.





Se presentó el Valencia en Madrid con dos ventajas claras, por un lado la tranquilidad y suficiencia del que ya ha pasado la varicela de nuestra actual dirección deportiva (incluyendo entrenador) y está inmunizado. Por otro, la equipación. Un equipo que juega de naranja inconscientemente recuerda a Neeskens, a Cruyff, a Rep, a Krol… o incluso a los más cercanos Van Basten, Koeman y Gullit. Vaya por delante que el Valencia es conceptualmente algo alejadísimo de la Naranja Mecánica, pero con todo eso, terminó la jornada de ayer a 17 puntos del Atleti.
Nueva demostración en nuestro equipo de que su justicia necesita una reforma. Los secretarios judiciales de la defensa no dan abasto ante tanto procedimiento atrasado. Los procuradores del medio del campo siguen sin presentar con diligencia los casos a los jueces de la delantera. Si sumamos a todo ello, que los jueces, antaño tan decisivos, ayer repartieron más errores que aciertos, incluyendo un caso de pena capital que fue lanzada al poste por nuestro rubio magistrado. Poco más se puede añadir, ni tener el marcador a favor en los comienzos de la causa garantiza el éxito final. Enfrente no había mucho, no crean, pero tal vez duela más por eso, porque se ve que un equipo puede ganar muchos partidos solo con que el turno de oficio, personificado en Joaquín en el día de ayer, conozca eso, su oficio. Ya no quedan recursos a ningún tribunal superior, ya no quedan instancias que nos puedan dar la razón. El objetivo es simple y llanamente terminar la temporada llegando a un acuerdo para declararnos culpables y salvar la categoría.
 –¿Tienen ustedes un veredicto? –solicitó el juez reparando en el cambio de vestuario del acusado, que había sustituido el jersey ajustado y el gabán oscuro por un mono de presidiario de color naranja, de un naranja que recordaba a Neeskens, a Cruyff, a Rep, a Krol…o a los más cercanos Van Basten, Koeman y Gullit.
– Lo tenemos, Su distinguida Señoría. En el caso que nos ocupa declaramos al acusado culpable.
– Gracias señoras y señores del jurado. Este tribunal le inhabilita a partir de este momento para entrenar en lo sucesivo al Club Atlético de Madrid. Se levanta la sesión.
– ¡NOOOOOOOOOOO! –exclamó a voz en grito el reo –. Yo os he llevado al triunfo. Yo soy el responsable de alcanzar objetivos talasoterápicos. Yo he creado sensaciones perifrásticas. Yo soy el que gestiona intenciones paralelepípedas. Yo soy el que asume responsabilidades estocásticas. Yo soy el que dice supercalifragilisticoespiladoso sin pestañear. Yo soy el de alegatos lacrimógenos. Yo soy aquel que cada noche te persigue, yo soy aquel que por quererte ya no vive, el que te espera, el que te sueña…¡NOOOOOOOOO! –seguía gritando mientras los alguaciles le desalojaban en volandas, lo que hizo reflexionar a Su Señoría sobre el uso de los polisílabos y sobre que tal vez era cierto eso de que estaba enajenado, pero no transitoriamente.