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miércoles, 2 de abril de 2014

Plañideras y otras hierbas

No acababa todavía de pitar el árbitro el final del partido con la alevosía del que pretende ahorrar sustos y malos ratos indebidos al titular de la plaza cuando la legión de plañideras habituales empezó a extender su cenizo manto por la geografía patria: Ahora ya sí que no, sin Costa no va a haber manera de meterles mano a estos en la vuelta ¿Y la Liga? Lo de la Liga va a ser una pena, tanto nadar para morir cuando ya se ve la orilla en lontananza. La legión de plañideras y otras lloronas augura derrotas en todos y cada uno de los partidos que el Atleti afrontará de aquí a final de temporada y echa cuentas con una calculadora científica Casio de si se podrá conservar en el menos malo de los casos la tercera plaza, que si tenemos que ir a la Champions del año que viene vía fase previa, nos echa seguro un equipo esloveno de corte defensivo pero alegre en el despliegue gracias al talento de un mediapunta con el nombre lleno de consonantes que solo conocen Maldini, Axel Torres y el niño de la del quinto, que va por mal camino en la vida.

Yendo al meollo del asunto, al del partido me refiero, las plañideras, entre hipidos, apagaron los televisores cuando vieron al de Lagarto echarse mano al alto muslo y se fueron a la cama sin tomar postre, para castigarse más. Otros en cambio, preferimos trasladar el mantra del partido a partido a un entorno más local e impaciente para vivir el encuentro de ayer minuto a minuto, detalle a detalle. La lectura pesimista, esa lectura que parece sin motivo haber estado aparejada a la historia rojiblanca a pesar de ganar mucho más de lo que se perdió y de sonreír mucho más de lo que sufrió, mostraría que el Atleti no jugó demasiado, que se limitó a cerrarse de manera ordenada despreciando el balón la mayoría de las veces. Otras lecturas, las de servidor por ejemplo, resaltan con admiración la fortaleza mental de un equipo al que un tirón inoportuno y traidor derrumba el plan diseñado para abordar el castillo ajeno. El pinchazo en el muslo de Diego tiró por tierra la estrategia del balón largo y el ir a buscar al rival a sus terrenos y el equipo asumió el golpe con naturalidad, buscando otro camino, como siempre hizo cuando encontró una senda obstruida. Decidió El Cholo entonces esperar, ejecutar esa coreografía de líneas juntas que el equipo baila con tanta perfección y sincronía. Decidió Simeone cambiar de plan, dejar de ir a presionar a un portero con alma de corista de varietés, alejar un poco más a Villa de la portería que tan cerca estuvo de perforar cuando el partido recién nacía y uno está convencido de que si hubiera elegido otro plan, el C o el plan H, también hubiera acertado, como suele hacer siempre.   



Dirían las plañideras que tras los primeros minutos no se vio al Atleti y de nuevo estarían erradas. Se vio a un Atleti rocoso, denso, un Atleti que no lo pasó mal salvo en los cinco minutos posteriores al gol de Marimar aunque estuviera enfrente el equipo de la pretendida excelencia, el equipo de la delicadeza, de los entrantes servidos en cucharilla para descubrir mejor las diferentes texturas, ese equipo que tantas veces aburre y al que dan ganas de pitar pasivo sin necesidad de ponerse el traje de árbitro de balonmano. Dijo Simeone en la rueda de prensa de la víspera que el equipo competiría y de nuevo lo hizo, con sus armas, no con las de otros que pretenden pensar que solo hay un camino para llegar a Roma o a Lisboa.

Argumentarían las plañideras que el portero sacó un par de manos estratosféricas y uno coincide en eso y bendice el día en que Thibaut entró en nuestras vidas con su acné, su nariz de presidente de república francesa y su flequillo de estudiante de BUP, a la vez que maldice el día en que Londres le llame a filas de regreso sin que haya más que resistencia pacífica desde Madrid. Añadirían pañuelo en mano las plañideras que como el gol de Diego sale uno de un millón y otros pensamos que qué fortuna la nuestra de que haya salido en tan noble circunstancia. Es curioso que Diego, al que servidor aún le sigue viendo como accesorio, fuera el que dejara de lado su inclinación hacia el barroquismo y el control orientado algo exagerado para plasmar en tamaño zapatazo las enseñanzas absorbidas en la Bundesliga, competición en la que se venera el tiro a trallón.


Con el partido todavía caliente las plañideras se llevaban las manos a la cabeza pensando en las ausencias que habrá en la vuelta, en las cortedades de plantillas, en los ya te decía yo que estos no iban a aguantar, en los bastante lejos han llegado con la carita de hambre que traían y otras paparruchas semejantes. Basándose en tan aberrantes conclusiones asegurarán también comprender el porqué de jugar al límite del reglamento y otras atrocidades que los tertulianos de camiseta Zanussi perpetran pero habrá otros, y uno espera que sean muchos, que disfrutan de lo lindo de la temporada que nos ha tocado vivir. De los matices que uno encuentra en cada partido, de aquella nueva jugada de pizarra ensayada, de los planes B, C o H, de los titanes hispanobrasileños que se llevan la mano a donde el trasero empieza a perder la batalla de la gravedad y de los guardametas que se ponen más nerviosos en un examen de recuperación que ante un penalti.  Hace tantísimo tiempo que uno no veía la botella tan llena que le parece que todavía podría albergar un poco más de ese líquido que nos da la vida…y olvídense de las plañideras, leches… 

jueves, 6 de febrero de 2014

Los merodeadores

Fíjense ustedes qué cosa más curiosa, ha sido llegar uno a la oficina y mientras todavía bostezaba sin parar mirando muy fijamente la pantalla que anunciaba que Windows se estaba iniciando, ha aparecido el primero de ellos. De los merodeadores, vamos. El primer merodeador ha surgido así, como de la nada, y parecía distinto a todos los que uno se ha cruzado durante los últimos meses. Iba como crecido, muy seguro de sí mismo y andaba como si le hubieran dado cuerda, moviendo pies y brazos de manera alterna y acruasanada. Nada que ver con esos merodeadores que durante los últimos tiempos repetían tanto que el fútbol a ellos no les da de comer o que no, que no habían podido ver el partido porque la trama de Águila Roja llegaba a un punto culminante. Este merodeador que ha brotado hoy tiene un toque familiar, cercano. Este merodeador hablaba y hablaba y todas sus frases terminaban con la misma coletilla con la que las acaba el presidente de su equipo, ese señor con megalomanía acusada y con aspecto de empleado de funeraria: “los mejores del mundo”. Que si tienen los mejores jugadores del mundo, que si el mejor estadio del mundo, que si el peinado del portugués relamido es el mejor del mundo, que si los árbitros que les pitan son los mejores del mundo. En fin, ya saben ustedes de lo que hablo.

Llegados a este punto, delante de mi mesa se había convocado ya una convención de merodeadores sin que todavía uno hubiera podido introducir la contraseña en el ordenador y peroraban a voz en grito sobre los mejores goles de rebote del mundo, sobre los mejores pisotones alevosos del mundo y sobre si las repetidas faltas de un jugador de Tolosa al que nunca se amonesta son las mejores del mundo. Uno, que conoce desde hace tiempo la idiosincrasia del merodeador, sabe que en estos casos no queda otra que dejarles hacer, dejar que acabe el discurso en el que se glosa lo más mejor del mundo en todas sus facetas y esperar. Esperar a que cualquier revés en forma de resultado haga renacer de nuevo ese desdén por los partidos, ese no he podido ver el partido porque a la mayor de mi hermana le pusieron ayer los brackets en una clínica Vitaldent y la han dejado que parece un Transformer. Ellos, los merodeadores, no son como nosotros. Ustedes y yo nunca nos borramos. Nunca despreciamos a los nuestros por mucho que en tantas ocasiones nos hayan hecho sonrojar. Nosotros mostramos euforia y enfado de manera mayúscula cuando toca, como debe de ser, pero ellos no son así. Ellos brotan como los níscalos tras lluvia otoñal en ciertas ocasiones pero en otras no se les puede encontrar ni alegando motivos laborales. Hablando de temas laborales, se alejaba el último de los merodeadores de mis dominios cuando servidor requirió un informe de proveedores del año 2013, uno que ya había pedido cuatro o cinco veces en las últimas semanas. Anunció el merodeador a voces que lo tendría esta mañana mismo, que él hacía los mejores informes anuales de proveedores del mundo…



Viendo la alineación que Simeone dispuso ayer uno entendió que la apuesta inicial era ambiciosa. Koke de mediocentro, Diego y Arda juntos y Raúl acompañando a Costa. Salía el Atleti como un grande y tal vez esa fuera su condena. No estuvo cómodo en ningún momento el Atleti sobre el césped de ese estadio con hechuras de prisión de mínima seguridad y fue el rival el que pareció empaparse de la filosofía que a los nuestros ha llevado a las cotas alcanzadas: presión, anticipación, agresividad y asfixia al contrario. Poco enfrentaba el Atleti ante esa apuesta, si acaso un remate picado y lleno de malicia de Arda que quedó en un espejismo. Cierto es que dos de los goles rivales llegaron tras rebotes, pero dio la sensación de que los rebotes y por extensión el azar, siempre tan caprichoso, se puso de lado de aquel que con mayor ansia intentó vencer.

Recordó el Atleti a un Atleti de tiempos pretéritos, a un Atleti tembloroso y desquiciado por momentos. A un Atleti que se dejaba atrapar en las mismas trampas de hace tiempo, que se dejaba enredar en la provocación. Hubo incluso algunos que miraron al banquillo para ver si el que estaba allí era Simeone o era Manzano de lo poco que se pareció este Atleti al Atleti que nos tiene encandilados. Se vio a un equipo con dudas en zonas donde siempre suele haber certezas, en la portería y en la defensa y se vio también a Insúa, del que tal vez sea injusto aunque merecido hacer crítica feroz. Superado y desconectado el medio campo e inmerso Costa en batallas estudiadas y medidas por el rival de las que solo se podía salir derrotado, tampoco los cambios añadieron nada, si acaso añadieron adeptos a la causa de que Adrián no es el Adrián que vimos hace un par de años ni se le parece.


Se escapa la Copa en un primer envite en el que el rival pareció el Atleti y el Atleti no se sabe muy bien qué pareció. Estudiosos de la tertulia balompédica a deshoras opinan con seriedad que no le viene mal al equipo dejar de defender uno de los tantos frentes abiertos y servidor discrepa a la mayor. A falta de dos partidos para plantarse en una final no es momento para pensar en dosificación y prioridades y de hecho El Cholo no lo hizo, si no que se encontró con que a veces las cosas no salen. Hay veces que uno sale a jugar como un grande y el pequeño se lo come. Hay veces, como ayer, que el supuestamente grande juega como un pequeño y es celebrado con grandes alharacas por su hinchada. Hay veces en las que entrenadores presentados como buscadores de la excelencia futbolística encuentran el consenso poniéndose el chándal de Caparrós o de Clemente y sus aficionados/merodeadores se agarran a ello jurando sobre libros sagrados que esa manera de proceder es la mejor manera del mundo. Hay veces en las que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Ayer fue una de ellas…

lunes, 3 de febrero de 2014

Lo de menos y lo de más

Se acercaba la afición al campo y daba la sensación de que, cosas de la vida, el partido y el fútbol por extensión era lo de menos pero a la vez era lo de más. Se acercaba la afición al estadio y se respiraba un silencio espeso, pesado, lleno hasta rebosar de respeto, un silencio que se había instalado muy dentro de todos desde que el sábado por la mañana el café y el alma se quedaron helados al oír la trágica noticia. Se acercaba la afición al recinto y quien más quien menos notaba presente la abrumadora ausencia, la certeza de la falta, el vacío tan complicado de describir del que se suele hablar en casos como este. Se acercaba la afición al Manzanares y todos se sentían huérfanos, los más grandes huérfanos de padre y los más pequeños huérfanos de abuelo. Miraba uno al escudo y detectaba que el oso también se sentía huérfano ahora que la vida le había privado de aquel que nunca permitía que fuera pisado aunque fuera sin querer. Notaban todos muy dentro esa orfandad mordiéndoles pero también sentían orgullo, orgullo de haberle conocido, de haberle abrazado como referencia, de haber sabido hablar de él a otros y de haber sabido escuchar sobre él. Se acercaba la afición al Paseo de los Melancólicos y se echaban de menos las patillas gruesas y las gafas que cambiaban de montura mucho después de lo que las modas aconsejaban. Se echaba de menos el chándal de aquellas épocas y el de otras más recientes. Se echaban de menos las faltas dirigidas con precisión a la escuadra y los pies que aguardaban en el interior de los míticos zapatones. Se echaba de menos su voz resonando en los vestuarios, esa voz que hablaba de ganar, ganar y luego ganar, esa voz que sabía tocar la fibra sensible del que escuchaba. Se echaban de menos los malos modos, la alergia a las medias tintas, el culo pelado, la socarronería y se echaba de más a aquellos que le negaron el pan y la sal, a los que le pretendieron licenciar con deshonor por no casarse con nadie y por arrancar de los vestuarios patrios malas hierbas con el siete a la espalda. Se acercaba la afición al Vicente Calderón y a cada pocos pasos surgía otro que contaba una anécdota sobre él, una de esas que a pesar de tan escuchada, toma forma nueva cada vez que se relata. Terminaban las historias con una media sonrisa, mitad triste y mitad alegre y con un suspiro hondo con vocación de punto y aparte.


Ocupó la afición de manera ordenada su localidad y recorrían con la vista el estadio que es su casa y siempre será la de él ya desde antes de aquel lejano pero recordado día en el que, cómo no, la inauguró con un gol. Andaba la afición con un escalofrío metido en la espalda, un escalofrío que hacía asomar lágrimas en unos y necesidad de homenajear al ídolo en todos. Saltaron al campo varios veteranos portando la camiseta con el ocho y el silencio volvió a imponer su ley para dejarse vencer a continuación por las voces entrecortadas. Comenzó el partido que era lo de menos pero seguramente lo de más y se puso por delante el Atleti casi llegando al descanso a pesar de no estar mostrando una cara brillante. Fue Villa el que convirtió en esos terrenos en los que los goleadores pisan con paso firme y alzó los brazos al cielo, recordando y volviendo para luego lesionarse, esperemos que levemente. Achuchó el rival, que estaba aunque casi nadie había reparado en él y Diego Costa y Miranda despacharon el partido por si hubiera alguna duda de que un partido así, con todo lo que lo envolvía nunca podría haberse escapado. Aún hubo tiempo para que redebutara el indeciso Diego y pareció que año y medio no es nada redondeando un partido que sabe a liderato en solitario a pesar de ser lo de menos o a lo mejor lo de más.




Marchaba la afición hacia sus casas tras haberse demorado algo más de la cuenta en el estadio, tal vez intentando aprehender un trocito de la noche vivida y guardarlo en un baúl de tesoros de valor incalculable. Flotaba de nuevo un silencio reinante y despótico que parecía dirigir los pasos de los aficionados y uno se paró a mirar a sus iguales. Miraba uno a los ojos de la afición y veía agrandarse una leyenda, una enorme y de varios colores pero principalmente de color rojo y blanco. Veía uno también calor, emoción y esa bendita sensación de pertenencia que solo ustedes y yo tenemos el placer de sentir. Se detectaban más cosas en aquellas miradas: nostalgia acompañada del dolor frío del que no se lo espera, reconocimiento a esa irrepetible figura y sobre todo agradecimiento. Sí, todos los ojos gritaban diciendo gracias. Gracias por lo que dejó en el campo y en el banquillo. Gracias por estar cuando nadie quería y no estar cuando no tocaba. Gracias por aquella alegría infinita pero efímera truncada por un alemán de nombre impronunciable. Gracias por saber hacer ver a los jugadores que detrás de ellos había varios miles que tocaron el cielo en noches como aquella. Gracias por vencer al dragón de los cuartos de final. Gracias por existir y haber sido de los nuestros. 

jueves, 19 de julio de 2012

¡Ay, el verano!


¡Ay, el verano! Con sus playas, con sus piscinas de agua sospechosamente caliente, con sus faldas menguantes, con sus camisetas imperio, con sus avisos de nivel naranja por altas temperaturas en el Valle del Guadalquivir, con sus señores que calzan sandalias de diseño imposible, con sus reposiciones de series, con sus vecinos indignados por la falta de medios aéreos para la extinción del incendio que ellos mismos han provocado asando diecisiete kilos de panceta, con sus bandas sonoras surgidas de aparatos de aire acondicionado, con sus jornadas intensivas, con sus carabelas portuguesas y otras medusas del gremio picando sin ton ni son, con sus siestas kilométricas, con sus sobremesas en el Tourmalet, con sus noches locas, con sus medias pensiones, con sus apartamentos a pie de playa situados en la provincia de Albacete, con sus sardinas en espeto, con sus suelos de gres llenos de arena hurtada a las orillas, con sus sandías puestas a refrescar, con sus salidas escalonadas, con sus regresos interminables, con sus socorristas de buen ver, con sus indignados funcionarios en pie de guerra, con sus filetes empanados al aroma de plástico de tupperware, con sus factores de protección cincuenta, con sus digestiones de tres horas antes de bañarse, con sus robos en domicilios, con sus pandillas de chavales hablando debajo de la ventana hasta altas horas de la noche, con sus alquileres por quincenas de minutos, con sus Rodríguez, con sus segundas residencias, con sus abuelos esperando en gasolineras, con sus calores de varios tipos, con sus Manolo no le des a la avispa con el trapo que se va a cabrear, con sus diez euros por dos cervezas rozando la tibieza, con sus fiestas de pueblo, con sus ciudades cada año menos desiertas, con sus cerrados por vacaciones, con sus abiertos hasta que aguanten los cuerpos, en fin, con sus cosas….




¡Ay, el verano! Con sus culebrones, con sus operaciones salidas que cuajan un día antes de que se cierre el mercado, con sus canteranos de moda a los que se olvidará en dos semanas, con sus excesos de mediocentros de contención, con sus sesiones de trabajo dobles o triples, con sus ejercicios sin balón, con sus brasileños que llegan tres días más tarde de lo debido, con sus antes de fichar hay que vender, con sus todavía nadie se ha puesto en contacto con nosotros, con sus representantes repeinados, con sus podemos aspirar a todo, con sus expertos en el mercado de fichajes que algún día acertarán, con sus nuevas equipaciones, con sus descartes que entrenan aparte, con sus cartas de libertades, con sus tests de resistencia, con sus vine para crecer como futbolista, con sus apuestas seguras, con sus demasiados extracomunitarios, con sus prioridades en un enganche y en un delantero sustituto de garantías, con sus renovaciones de la columna vertebral, con sus listas de espera para obtener un abono, con sus amores y desamores, con sus nosotros habíamos aceptado la oferta por Jurado, debe ser que prefieren a Diego, con sus señores de Wolfsburgo mosqueados, con sus partidos contra la Segoviana, con sus Torres, apellido de garantías, con sus he vuelto con algún kilo de más, con sus he vuelto como un tiro, con sus Cebollas Rodríguez, con sus cuentas bancarias llenas de telarañas, con sus cesiones por desgaste, con sus turcos a pares, con sus ganas de que esto empiece, con sus dirigentes hablando por hablar, con sus entrenadores que llenan de esperanza, con sus mediapuntas sin llegada, en fin, con sus cosas…

viernes, 20 de abril de 2012

Hablemos de la camiseta...

Los alguaciles que guardaban la puerta del camino del Este pararon al viajero que se disponía a traspasar la muralla de la ciudad como tantos otros que iban a ofrecer sus mercaderías en días como ese y le miraron de arriba abajo como sólo sabían mirar los alguaciles en la antigüedad, lo que llevado a nuestros días sería la mirada propia de portero de discoteca cuando ve unos calcetines blancos con raquetas cruzadas.

– Maese…¿Émery? ¿De dónde proviene ese nombre? ¿Es vuesa merced normando? ¿Occitano? ¿De padres librepensadores y a la vez diletantes heráldicos? –inquirió uno de los guardianes con desconfianza.

– Pues no, querido amigo. Soy norteño pero vengo de Levante. Traigo a la ciudad mi repertorio de muecas y gestos desenfrenados. Me dedico a la venta itinerante de ilusiones y jugadas de estrategia, sé que suena pretencioso pero normalmente cumplo objetivos –respondió ufano el caminante mostrando una rapidez de manos propia de un extra de película de Bruce Lee.

– ¿Y qué le trae por estos pagos?

– Le cuento, a pesar de tener mi sede en Levante, allí mi arte anda bajo sospecha. No hay día que no me silben al pasar por la ribera del Turia, ni día que no me comparen por mis cambios con mi burro, aquí presente.

– Ya…Hablando del burro, y sin ánimo de establecer comparaciones équidas, ¿qué atesora usted en las alforjas del susodicho para que ande tan exigido físicamente?

– ¡Bah!, minucias…Fruslerías para vender de cara a llevar una escudilla de comida a la boca ¡Ah! Y también traigo telas, retales al peso de muy buen ver provenientes de los afamados telares de Valencia –confesó Maese Émery con franqueza.

– Pues nada, señor viajante ¡Ya se está usted dando la vuelta y retomando el camino hacia sus Levantes con viento fresco! Intentar colocar telas de Valencia con la bien sabida poca resistencia que tienen las mismas es de ser muy rufián. 

El repeinado buhonero dio media vuelta para volverse por donde vino. Quedaron los alguaciles comentando la poca vergüenza de aquellos que comercian con paños de Valencia:

– ¡Anda que..! Tiene tela el gachó…Mira que mentar la tela valenciana con la que está cayendo….Eso sí, ¡cómo movía las manos el tío!....



Venía el Valencia de Émery al Calderón y durante toda la semana no se ha hablado de otra cosa que no fuera de una camiseta. A unos les sigue escociendo el ultraje que supuso aquel agarrón que terminó en serbio destape de hace dos años. A otros, les extraña lo grabadas que quedan algunas imágenes en la memoria colectiva y lo volátiles que parecen otras como dos fueras de juego inexistentes pitados en contra en acciones de gol. Todos, desconfían desde entonces de la calidad de las zamarras fabricadas en el levante español hasta tal punto que prefieren comprar chinescas imitaciones de blazers malva de Zara para uniformar al equipo de la urbanización en el típico torneo canicular de veraneantes contra aborígenes que se celebra en cualquier pueblo de serranía. No se ha hablado casi nada de la irregularidad de los equipos, de lo que emociona meter un gol en campo contrario, ni de la importancia que la competición entre manos pudiera tener para tapar vergüenzas clasificatorias. De eso nada. Si hay que hablar de algo, hablemos de la camiseta.

Puestos a hablar camisetas, hablemos de la nuestra. Hablemos de ella, del peso que parece dejar sobre hombros no demasiado preparados para llevarla, de lo resistente que es para soportar el pisoteo que la gerencia perpetra contra ella, de lo sufrida que fue cuando la mancharon con publicidad de películas de palomita acaramelada. Hablemos de que muchas veces no reconocemos los valores que se presuponen en los que se la enfundan, pero hablemos también de otros días como ayer en los que sobre el campo parecía que hubiera muchas más de once. Hablemos de un entrenador que la respeta y sabe lo que significa. Hablemos de la especial sensación que debe suponer sudarla hasta la extenuación mientras la grada corea tu nombre. Hablemos, hablemos…

Puede que hiciera noche de camiseta sobre sudadera y también de camiseta interior para los que se acercaron al Calderón, pero sobre el campo sobraba todo lo que no fuera la zamarra rojiblanca. Salió el Atleti desatado, ávido. Vimos al Atleti como en muchos años no lo habíamos visto. Salió el Atleti sin publicidades cambiantes en la elástica. Fue a por el partido de cara y a tumba abierta. Se veía al equipo enchufado y Arda Turán más. Los primeros veinticinco minutos del equipo fueron maravillosos, pero lo del turco fue de órdago. Tras varias incursiones percutiendo por la izquierda, fabricó un gol que tuvo control malabar, autopase casi largo y pillería marca de la casa que Falcao cabeceó a las mallas con la eficiencia acostumbrada. No crean que los nuestros se fueron a guardar la renta a su área, no. Seguía el equipo desmelenado, ganando cada duelo y cada porfía ante un Valencia superado. Quiso el fútbol, tan injusto tantas veces, que los visitantes se llevaran un gol en el descuento de la única manera en la que parecían poder hacer algo de daño, a balón parado. Se vino el descanso encima con ese agridulce sabor del mal resultado pero del buen juego. Los aficionados se estiraron las mangas de las camisetas para engañar a la fresca noche, muchos niños empezaron a entender lo que significa esa camiseta que le ponen sus padres y Gabi echó a lavar la suya, llena de sudor por la inmensidad de kilómetros recorridos y de sangre por la intensidad de la batalla a codo limpio.

Salieron los equipos al campo tras el paréntesis y volvió el Atleti a morder. Volvió a ser la rojiblanca omnipresente. Se marcó un segundo casi en remate colectivo. Se marcó un tercero con esa pasmosa facilidad que tiene Adrián para hacer sencillo lo complicado y se marcó un cuarto que hubiera propiciado el lanzamiento de una cartilla de cupones para la adquisición de cuberterías y vajillas conmemorativas con la cara del ejecutor, si éste hubiera acaecido un poco más al norte de la ciudad. La afición se besaba el escudo de la camiseta y se persignaba teatralmente ante la transformación de los suyos. Los más viejos se permitieron sonreír abiertamente tras tantos lances de boca apretada y los más jóvenes empezaban a comprender por qué somos del Atleti a pesar de todo lo que ustedes ya saben. 

Imposible destacar a alguno por encima de los demás sin pecar de injusto: un descomunal Falcao, un brillante Adrián, un desconocido por su atrevimiento Filipe, un inconmensurable Gabi, un omnipresente aunque algo sobreactuado Diego, un internacional ya Juanfran, un Arda que enamora, un meritorio Miranda, un Domínguez que parece volver a ser lo que iba a ser, un Mario al que casi le perdonamos los pases a la nada por su lucha y los balones que robó y un Courtois al que se le está criticando por la helada jarra que nos cayó en lo alto cuando la fiesta tocaba a su fin. Podríamos discutir ustedes y yo sobre si en estos goles de ayer o en los de aquel otro día hubiera podido hacer más y a lo mejor hasta llegábamos a un entente cordial, pero puestos a discutir sobre porteros cedidos, mejor hablemos sobre la idoneidad de traer a becarios para otras empresas con derecho a minutada y dejemos tranquilo al belga.  

Nos dejó cara de tontos el desenlace del encuentro. Nos dejó bien pero mal. Los que tras el golazo de Falcao empezaron a buscar vuelos a Bucarest por internet, anularon la transacción cuando ya sólo les faltaba meter la fecha de expiración de la tarjeta de crédito. Habrá que ir a Mestalla sin esa suficiencia de saber que los deberes están hechos, pero habrá que ir agarrándose a la dinámica que pudiera dejar el partido de ayer. Tal vez se pasará mal o a lo mejor será una noche de relajo y disfrute. Lo que es seguro es que el jueves que viene nos volveremos a poner la camiseta con esos alegres colores rojo y blanco y lo haremos con el orgullo con el que siempre lo hacemos y con un poquito más por saber que hay días en los que esos a los que pagan por ponérsela entienden realmente lo que significa. 

viernes, 6 de abril de 2012

Hay tipos...

La cuenta atrás del temporizador adosado a la maraña de cables del artefacto descontaba segundos inexorablemente al plazo que quedaba para que se produjera la explosión. Todos los que quedaban dentro de la zona acordonada se movían trabajosamente dentro de esos trajes de buzo en tierra que se suelen poner los del gremio. Bueno, no todos. Crescencio era el que más cerca estaba de la bomba y ni su atuendo ni sus actos mostraban el más mínimo nerviosismo. Él encontraba aparatoso eso de ponerse corazas para trabajar y por ello esperaba junto al paquete sospechoso con su mejor chándal de los domingos. Se permitió incluso liarse un cigarrillo sin boquilla y dejar que varias briznas de tabaco cayeran sobre el detonador. El resto de sus compañeros nadaban en sudores fríos mientras él demostraba el aplomo que tendríamos ustedes y yo al ir a comprar el pan y permitirnos el lujo de decir que ésa barra no es la que queremos, que nos gusta más ésa otra que está menos cocida. Cuando ya tan solo quedaban treinta segundos para la detonación y el resto de actores de la trama se habían distanciado del lugar de los hechos, Crescencio rebuscó en el bolsillo del pantalón y sacó el cortaúñas que siempre llevaba encima. Se agachó junto a la bomba y estudió con despreocupación las posibilidades ¿Qué cable cortar? ¿El rojo? Sí, el rojo siempre solía ser el que funcionaba en las películas. A lo mejor esta vez era el azul, el verde o el amarillo, vayan ustedes a saber. Justo cuando la pantalla indicaba que solo quedaban cinco segundos de margen, nuestro protagonista se acercó teatralmente a uno de los cables y cortó. No se crean que pensó demasiado en las consecuencias de un posible error. Era lo que tenía ser artificiero y daltónico….



Hay tipos que van por la vida sin mostrar el más mínimo síntoma de preocupación ante ciertos retos. Individuos que suturan una aorta con pulso firme mientras disertan en el quirófano sobre si la mejor manera de tomar los callos es con garbanzos o no. Hay tipos que provocan interjecciones de admiración en los que les ven actuar con tanta seguridad y con tanta sangre fría. A lo mejor alguno de ustedes caería en el error de pensar que más que fría su sangre es de horchata, pero no sería más que un mecanismo de defensa que los que nos atacamos en según qué circunstancias tenemos hacia esos tipos que se mueven por alambres suspendidos con la gracia del que va por la calle de las tiendas deteniéndose a casi cada paso para mirar los escaparates.

Hay tipos que con un primer toque de balón se quitan de en medio a un defensa pegajoso aunque algo torpe y ese detalle hace olvidar una primera parte imprecisa y anunciadora de sufrimientos futuros. Hay tipos que amagan con disparar donde casi todos lo hubieran hecho y continúan conduciendo con el balón cosido a la bota, lo que nos hace no acordarnos de la firmeza defensiva mostrada ante un equipo que no fue demasiado salvo en un rebote tras saque de banda. Hay tipos que recortan hacia fuera a porteros que salen algo alocadamente y parece que van a perder la oportunidad que se les presentan lo que eclipsa un mejor comienzo de segunda parte con dominio y llegadas. Hay tipos que vuelven sobre sus pasos y meten la punta de la bota una décima de segundo antes de que el cancerbero meta las manos en la ecuación de la jugada, lo que parece obviar el buen partido de algunos de sus compañeros como Courtois, Diego, Tiago, Perea o Mario. Hay tipos que, cuando todos estábamos chutando imaginariamente desde nuestros sillones, esperan un segundo para ver qué pasa y eso nos vale para casi no acordarnos de esos siete u ocho minutos en los que a punto estuvimos de ponernos la pastilla del corazón debajo de la lengua. Hay tipos que, en esa espera que les contaba, tienen tiempo todavía de dejar pasar a un defensa que se acerca a velocidad de embestida de toro cuatreño, lo que casi deja en anécdota la volea de Falcao que cerraba el pase a semifinales. Hay tipos que rematan justo en ese momento en el que lo tienen que hacer, ni antes ni después. Probablemente noventa y nueve de cada cien futbolistas profesionales, todos los amateurs y la gran mayoría de los empleados de Correos lo hubieran hecho en cualquiera de los episodios del lance que les intento narrar y no en el momento que lo hizo él. Hay tipos que provocan interjecciones de admiración en los que les ven actuar con tanta seguridad y con tanta sangre fría…y Adrián es uno de ellos. 

lunes, 2 de abril de 2012

Alarmas y tempranos despertares

De un tiempo a esta parte, los domingos ya no son días para alargar perezosas mañanas ni son jornadas para abandonarse a descansos y porras. Ahora son días de alarmas y despertadores. Los horarios que nos otorga la liga con ánimo de captar fidelidades de asiáticos de media tarde y americanos insomnes, obliga a los atléticos a programar la alarma dominical como si fuera un martes cualquiera. Los silenciosos amaneceres son rasgados por esos estridentes pitidos que sirven de inicio para que los nuestros se lancen a ejecutar la misma mecánica danza de cada día: el café bebido, las abluciones con ese agua que nunca deja de estar demasiado fría o alarmantemente caliente y la búsqueda en el armario del disfraz acostumbrado. Los hay incluso que, llevados por la rutina se ponen un traje de chaqueta desgastado por el uso y se anudan la corbata o se plantan los tacones de presentación apoyada por powerpoint. Eso sí, se ponen su bufanda del Atleti al cuello, que una cosa es estar dormido y otra muy diferente es no saber que se trae uno entre manos.

Salen los atléticos de sus portales a pisar las calles frescas, recién puestas y se cruzan en su camino con las razas que pueblan esos horarios en días festivos: damas de chándal ajustado y cinta en el pelo que hacen marcha acompasando una respiración que recuerda a locomotora antigua; perros que pasean a sus dueños; jóvenes tambaleantes de vuelta a la patria del hogar tras haber vencido de nuevo la batalla librada contra otra larga noche y jubilados encorvados por el peso de periódicos dominicales y sus interminables coleccionables. A esa jungla salen los aficionados rojiblancos ya algo más despejados. Los integrantes de esas otras razas de los amaneceres les saludan educadamente, aceptando ya al simpatizante atlético como uno más de los suyos, como uno de los gusta recibir los domingos a porta gayola. Ya de camino al estadio piensan los aficionados que a lo mejor se pueden permitir una cabezadita que dure lo que tarde el vagón en llegar a Pirámides y cuando intentan arrebujarse en su asiento notan una incomodidad que les impide cerrar el ojo mientras se preguntan por qué leches se habrán puesto esos taconazos o esa corbata tan fea que tan poco marida con sus colores rojos y blancos.



Se sentaron los atléticos en sus localidades todavía con el zumbido de la alarma de los despertadores resonando en sus cabezas y percibieron alarmados tres circunstancias que podrían ser relevantes: una que en la alineación del Cholo faltaban Adrián y Koke, medida tal vez hasta necesaria por la sobrecarga de minutos que lleva esta plantilla paticorta. Dos, que el rival del sur de Madrid salía con un terno amarillo limón Fukushima que hacía daño a las pupilas todavía no demasiado acostumbradas a esas horas a ciertas gamas cromáticas, y tres, que sobre la sagrada camiseta rojiblanca se veía publicidad después de tanto tiempo de dimes y diretes sobre patrocinadores muy principales que morían y extendían cheques en blanco por colocar su anuncio sobre el pecho de los nuestros. Cuentan los más viajados que la cadena de hoteles hermanada es un referente en Oriente Medio y varias ex repúblicas soviéticas, lo que nos entristece al pensar lo bien que nos vendría que fuera un referente en Gandía o Nerja y poder pedir descuento colchonero en la primera quincena de julio, y lo que nos alegra esperanzadoramente al pensar en una hipotética reacción de los mandamases del emporio hotelero cuando repararan en que faltan toallas y champús anticaspa tras una visita de cortesía de nuestra directiva a sus instalaciones.

Empezó el partido sin que los jugadores fueran demasiado conscientes de su inicio, los primeros compases de la contienda fueron mecánicos, prescindibles tal vez. Jugados de la misma manera en la que te preparas un café madrugador, sin saber muy bien si llevaba sacarina, ni si era tueste natural o torrefacto. Se sucedían patadones e imprecisiones, se alternaban dominios infructuosos y en el respetable cundió la alarma ante otro posible partido lleno de casi nada. Llegados a este momento, se miraron Diego y Arda y decidieron que no querían ver pasar el balón por encima de sus cabezas más de lo estrictamente necesario. Para ello, ambos dos dieron unos pasitos para atrás y empezaron a levantar paredes entre ellos que fueron tabiques sobre los que se cimentó la victoria de ayer. Hemos echado de menos a Diego, sí. Tal vez nos haya venido hasta cierto punto bien su baja para darnos cuenta de lo importante que es un jugador de su corte para según qué empresas y para acostumbrarnos a su ausencia, dadas las perspectivas económicas de la entidad para poder pagar por la propiedad del brasileño. Despertó el Atleti y lo hizo de golpe por mediación de un gol de Salvio, ese jugador que hace de lo involuntario virtud. Colocó el argentino un cabezazo a la escuadra contraria desde lejos, sin marcar los tiempos, golpeando al balón con un hueso craneal todavía por investigar y sin girar el cuello, esa parte tan ignota de su anatomía.

Tras el gol, el Getafe se diluyó alarmantemente como azucarillo en café mañanero y el Atleti se desesperezó del todo. Llegaron dos goles más, uno de ellos lleno de papeles cambiados con Falcao centrando y Diego cabeceando y remachando. Llegó otro de Falcao tras meritorio centro del incansable Juanfran. Siguió Diego a lo suyo, buscando a Turán y a los laterales. Se atisbaron un par de arranques y cortes de un Mario ayer más entonado, que sirven de débil argumento a sus partidarios. Llegó un reconocimiento justo y siempre necesario a Perea por ser como es, con sus errores y sus muchos más aciertos y se produjeron cambios con espíritu de rotación y de tribunerismo para que varios de los artistas pudieran llevarse una ovación mañanera.

Victoria sin alarmas. Victoria que acerca a la zona menos rebajada de esta liga de saldo. Se espera que esta victoria sirva de punto de apoyo para la semana de pasión que espera a los nuestros. Primero irá el equipo a Hannover a jugarse el sueño de la temporada y nosotros haremos procesión con ánimo de buscar un sitio en el bar del camping para verlo mientras digerimos con estoicismo la sobredosis de torrijas y potaje con bacalao. Más tarde, el próximo domingo, nos jugaremos muchas opciones para seguir mínimamente ilusionados en esta liga nuestra. Será también a mediodía. Será también un día de alarmas y de despertares prematuros. Da igual que estemos o no de vacaciones o que nos invada la pereza de la operación retorno. Volveremos a levantarnos pronto, a conocer las alineaciones taza en mano, a cruzarnos por la calle con esa señora tan bronceada del sol de la mañana y a sorprender con nuestra temprana presencia a la hija de el del segundo despidiéndose ansiosamente en un hueco del portal de su penúltimo noviete. Vayan poniendo ustedes la alarma…

viernes, 30 de marzo de 2012

Huelgas de quita y pon.

– ¡ESQUIROL! ¡COLABORACIONISTA! ¡MAL PADRE! ¡SE META USTED LA REFORMA POR DONDE LOS PEPINOS EMPIEZAN A SER LO QUE SE DICE AMARGOS!...

– Emeterio, deje usted de lanzar soflamas, que vamos a llegar tarde al partido del Atleti –dijo el patrono de la pyme.

– Don Heraclio, ¿no tendrá usted por ahí un paracetamol? La lucha de clases me ha dejado la cabeza como un bombo –explicó el representante sindical.

–Mire que se lo dije Emeterio, ¿para qué tanto megáfono si ya quedamos solo usted y yo en la empresa? Si tiene usted que ponerse en modo piquete, se pone y me informa, pero no vocee que luego le sobreviene una migraña estructural.

– Pues nada, me tomo la pastillita y salimos para el Calderón ¿Lleva usted los bocadillos, Don Heraclio?



Pues sí, el Atleti ayer se presentó a trabajar. Llevaba en su bolsillo una carta de servicios mínimos, no crean, que este Atleti de Simeone no puede ser acusado de insolidario. Se enfrentaba a unos alemanes, lo que siempre da algo de susto y complejo en lo que a cuestiones laborales se refiere. Pareció por momentos que el partido se iba a jugar en familia por las dificultades que tuvo ayer el aficionado para llegar al Calderón: llegó tarde el que vino en metro reflexionando sobre la problemática de la sardina enlatada y llegó más tarde aún la que vino enganchada del retrovisor del autobús sintiéndose protagonista de una película que desmenuza crudamente la problemática del transporte colectivo en Calcuta. Como hubo tantos que llegaron tarde, casi todos se perdieron el gol de Falcao en una salida mal medida del portero teutón y los mejores minutos del equipo: presionaba el Atleti no dejando a los alemanes asomar la cabeza más allá del mediocampo, inventaba Arda Turán, Koke percutía, se sumaba Juanfran y saltaba Falcao a rematar todo lo rematable que rondara sus dominios. Tras esta fase de más o menos veinte minutos, bajó un poco el equipo el pistón, que una cosa es no hacer huelga y otra ponerse a producir como un japonés de Osaka. Muchos de los que venían en autobús, en metro o a golpe de zapatilla llegaron entonces al estadio, justo cuando el equipo levantaba el cerco sobre el área alemana. Como siempre que alguien llega tarde a los sitios o como siempre que alguien ve una concentración de gente en la calle, los recién llegados preguntan al de al lado que qué había pasado con maneras de gacetillero. Casi todos los de al lado respondieron que bastante bien dentro de lo posible y algún otro no contestó porque se había declarado en huelga a la hora de hablar con su vecino de asiento, harto de oírle hablar durante toda la temporada de lo bien que le va a su sobrino, el tercero de su hermana, el que se ha tenido que ir a trabajar al extranjero porque aquí no encontraba nada a pesar de tener cuatro carreras y saber quince lenguas vernáculas. Así transitaba el partido, con aficionados madrugadores asaeteados a preguntas por los que se habían demorado en el camino y con estos últimos reacios a creer lo que se les contaba, que ya se sabe lo dado que es el puntual a exagerar las cosas para restregarle en las narices su tardanza al que se retrasa. Finalmente llegaron todos y la entrada estuvo bastante bien, tres cuartos de entrada largos según los datos oficiales y gente para llenar diecisiete campos como Maracaná según los sindicatos.


Ya con todos acomodados y con el público pensando en el bocadillo tras tanta mañana de dimes y diretes, en un desajuste defensivo acentuado por la tranquilidad exasperante que a veces muestra Miranda, los germanos marcaron y los que habían llegado pronto se quedaron mirando a los tardones con prevención, como si fueran gafes. Como consecuencia del gol alemán y desde el final de la primera parte hasta bien entrada la segunda, el Atleti decidió secundar la huelga. No es que fuera una huelga de no presencia o de brazos caídos, no. Fue más bien una huelga de pantorrilla acalambrada y de espesura de ideas. Viendo que Courtois salvaba la papeleta en una gran parada, viendo que el mando del partido recaía en el contrario y viendo que éste dejaba pasar los minutos perdiendo tiempo alegremente, Simeone intentó revitalizar la jornada laboral dando entrada primero a Diego por Koke y después a Salvio por un Adrián cuyas piernas llevan algunos encuentros en servicios mínimos. La entrada de Diego proporcionó movilidad y mejor circulación del balón y la de Salvio arreones de esos que se empiezan celebrando y se terminan maldiciendo.


Volvió el Atleti a mandar. Los demás ponían el corazón y Diego la cabeza. Se vivieron minutos de emoción y asedio contenido mientras el reloj recordaba a cada mirada que se le dedicaba que no iba a detener su avance por mucha huelga que estuviera convocada. Muchos andaban hablando con el de al lado, quejándose con razón de lo escuálida que es la plantilla sin un tercer delantero para ocasiones como estas o perorando sobre la procedencia o no de un futuro despido de Indy, cuando el balón cayó a los pies de Salvio. Como de costumbre la jugada parecía condenada al tropezón, pero se sacó nuestro mediapunta un latigazo que devolvió esperanzas y permitió reencuentros entre vecinos de asiento.


Habrá que luchar en Alemania y habrá que hacerlo con el equipo mermado por las bajas que acarrean las tarjetas de ayer: Juanfran, Arda y Gabi, casi nada. Habrá que seguir aferrándose a lo poco que queda en esta temporada. Habrá que seguir afeando la conducta de la patronal gerente atlética a pesar de que, incomprensiblemente, no se haga de forma mayoritaria. Habrá que seguir soñando con Bucarest…y hasta habrá que no hablar demasiado mal de Salvio, por mucho que algunos maledicentes le califiquen de paquete, que no de piquete.

lunes, 26 de marzo de 2012

Lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto..

– ¡HAY QUE SER FLOJITO! ¡HE VISTO ABUELAS EN LA GIMNASIA DE MANTENIMIENTO DEL TURNO DE MAÑANA CON MÁS REDAÑOS QUE TÚ! ¡FLOJO! ¡TIERNO! ¡NENAZA!

Quien así habla no es ni mucho menos un veterano sargento de artillería dirigiéndose a un recluta recién venido de un pueblo recóndito de la estepa hispánica. Quien así habla es un hombre fibroso y atezado que desempeña el papel de entrenador personal de Leocadio, director de Recursos Humanos de una empresa muy principal, un alegre cuarentón que dista mucho de ser mileurista y que lidia día a día con más de tres mil empleados.

– ¡Uy, Curry no! Eso no es para ti. Con esos brazos de estibador que tienes y esas anchuras de caderas que la naturaleza te ha otorgado en clara venganza por algún desaire anterior, necesitas algo menos audaz. Algo que disimule ese porte de percherón de tiro que gastas.

Quien así habla se dirige con la seguridad que otorga su condición de personal shopper de la vizcondesa viuda del Lobanillo. Una de esas señoras elegantes que tiene en nómina a un chofer con gorra y toma el té todos los días acompañándolo de unos picatostes fritos en aceite de oliva virgen traído de su finquita en Badajoz.

Curioso, ¿no? De un tiempo a esta parte han proliferado profesiones y actividades que se basan en cantarle las verdades a quien pueda pagarlas. Entrenadores personales, personal shoppers, coachs que asesoran sobre lo mal que hace todo la parte contratante previo pago de una morterada a la hora. Pagar porque a uno le insulten y hagan foco en sus limitaciones. Comprar sinceridad con su IVA correspondiente. Sorprendentemente, los paganinis terminan contentos y satisfechos con su ración de egolatría socavada y piensan en la utilidad del dinero empleado. Vuelven a su casa felices pero con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

– Vamos a tomar un arrocito con bogavante para compartir –decidió Inocencio mirando al camarero cuando vio cómo el dietista personal que compartía mesa y mantel con él y su acompañante ponía los ojos en blanco, sin duda escandalizado por el nuevo abuso de hidratos de carbono que se iba a regalar su patrón –. No, mejor, un par de ensaladas de planta forrajera sin aliñar –rectificó inmediatamente buscando la aprobación del nutricionista que normalmente comparaba sus hechuras con las de una ternera retinta.



Jugaba el Atleti en Zaragoza en horario de churros con chocolate, que no de vermú, cosas de unos horarios asiáticos más asiáticos que nunca por obra y gracia del cambio de hora padecido. Se enfrentaban dos equipos que tienen en nómina a sus propios gerentes golfos personales. Los unos y los otros padecen la gestión de unos mandatarios que buscan su beneficio personal muy por encima del beneficio del club que les paga. La diferencia entre ambos equipos y sus situaciones está marcado por el muy diferente trato que los medios dedican a ambos administradores: los unos son señalados sin pudor mientras que a los otros se les trata con pleitesía cortesana; a unos se les dedican programas monográficos en los que se da voz a la oposición mientras que en el caso de los otros se silencian los atropellos dejando por el camino un aroma de sospecha sobre los que se oponen a su choricero régimen. A la vez que todo esto ocurre, los que pagan, es decir abonados, socios y simpatizantes de ambos clubes, ven cómo su dinero sirve para comprar medianías y propagar medias verdades y salen insatisfechos, con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

Salió el Atleti legañoso y sin desperezar al campo. Algunos pensaron si no creerían que la primera parte se trataba de un calentamiento dado el cambio horario y la pesadez que en el estómago seguían produciendo las magdalenas algo aceitosas tomadas en el desayuno. Salió el Atleti algo reservón, de esa manera a la que Simeone nos ha acostumbrado durante su mandato, a no perder en los primeros minutos y a intentar ganar cuando ya parece algo tarde. Puso en liza el Cholo a Koke en el mediocentro, algo que muchos esperaban vistas las prestaciones de otros mediocentros que llevan la irrelevancia por bandera, y lo puso al lado de Assunçao, jugador honrado pero que se contagió de la irrelevancia propia de la posición en el partido de ayer. No estuvo mal Koke un poco más atrás, aunque tal vez cabría decir que mejora sus prestaciones cuanto más centrado está sobre el tapete. Intentó poner pausa cuando el balón tenía a bien caer cerca de él haciendo escala técnica en su viaje por aire de la defensa al ataque con velocidad de patadón, pero se le acabó la gasolina rápido. Después de la novedosa pareja de mediocentros, tengo reservado un hueco para hablar de Arda, inicio y fin de todo el poco fútbol de los nuestros en el partido de ayer. De sus botas salió la única pero doble oportunidad del equipo en todo el encuentro. De sus botas se prende el mísero balance de juego en la mayoría de los partidos que salen con esta pinta. Me guardo también unas líneas para Perea, impecable en defensa pero desaparecido en el combate del ataque, como era de esperar por otra parte. Hasta aquí, y solo hasta aquí, lo poco positivo del partido, y eso que ando hoy bastante benevolente.

En la parte negativa debemos poner hoy a los delanteros, exhaustos durante la segunda parte y supersticiosos a la hora de tocar ambos madera en la susodicha doble y única oportunidad. Debemos añadir también a Godín por un inocente y burdo penalti que borró del recuerdo solventes actuaciones anteriores y esas arrancadas desde la defensa en las que parece emular a un Beckenbauer cargado de hombros. Entra dentro de esta categoría por los pelos Filipe, por no saber culminar con buenos centros al área jugadas de mérito como hizo ayer. Entran aquí también Mérida y Diego por estar faltos de forma y entra Domínguez por convertir en timidez el desparpajo con el que irrumpió en el equipo hace un par de años ¿Qué dónde meto a Salvio? La duda ofende, damas y caballeros. A esta parte negativa la podríamos denominar el grupo Salvio, para que se hagan ustedes una idea de dónde colocar a nuestro puñal de banda, ese que apuñala sin remedio a nuestra paciencia en cada actuación.

Pasado el efecto burbujeante de la llegada del Cholo, la situación se ha estabilizado y queda lo que hay, poco más. Una plantilla corta, sin fondo de armario y que no combina con casi ningún color. Un plantel del que se pueden sacar pocos levantamientos de pesa más por mucho que el entrenador personal lo intente a base de motivación y buenas palabras. Los resultados, erigidos en nutricionistas que escupen realidades a la cara, han diseñado una dieta aburrida de aquí a final de temporada. Nos queda buscar la satisfacción culinaria que se pueda sacar del periplo europeo pero cualquier aspiración en liga se aleja como un plato de panceta churruscada del menú de los que tienen colesterol. Lejos quedan las cuentas para ir a Champions y resta solo la esperanza de entrar en la Europa League por la gatera, como suele ser costumbre de la casa. Algunos empiezan a ejercitar los músculos de los brazos para señalar a Simeone como responsable del desaguisado siguiendo el guión previsto pero la sensación que queda es que al Cholo se le podría acusar tal vez de falta de ambición en momentos puntuales pero no de haber aconsejado la adquisición de un vestido que se descose a poco que se usa con regularidad. Mientras tanto, a muchos de nosotros se nos queda un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

viernes, 24 de febrero de 2012

¡Ay, los viernes!

–….¿y de verdad que no me puede llamar Timoteo? Mire que a mí, los nombres con personalidad y musicalidad aparente siempre me han parecido los más apropiados –dijo el individuo de tez morena mientras contemplaba cómo las olas rompían con fuerza contra el arrecife que protegía la isla.

– ¡Que no, hombre! ¡Que no me parece bien! La aventura que estamos viviendo exige un apelativo más conceptual, una gracia de más calado que Timoteo –rebatió de nuevo el barbudo personaje que empezaba a echar de menos la soledad de los primeros años.

– Pues dirá usted lo que quiera, pero yo tenía un primo segundo, fruto del mestizaje y la fusión íntima de una prima carnal de mi señora madre con un jesuita de Mérida que quiso convertirla a la fe con métodos cercanos y procaces, al que pusieron de nombre Timoteo, lo que no fue obstáculo ni cortapisa para que llegase a hombre lluvia de su tribu –volvió a la carga el aborigen.

– No, si me vas a estar tocando los mismísimos hasta que te lo cambie. ¡Ea!, pues venga. A partir de ahora te llamaré Viernes Timoteo.

– ¿Nombre compuesto? ¿No quedará pretencioso?

– Seguro. Seguro que cuando vayas al registro civil de la isla, el funcionario encargado te va a mirar como a una víctima del esnobismo tribal.

– De verdad, Señor Crusoe, que cuando se pone usted intenso, más le  valdría estar a uno solo que mal acompañado. Se me hace la isla muy pequeña para los dos….




¡Ay, los viernes! Esos días a los que últimamente tememos. Nada que ver con esos viernes de toda la vida en los que te escapas de la oficina en cuanto el reloj da las dos. Poco queda de esos días que son preludio de fines de semana de chándal y riñonera en un centro comercial. Ya casi no se ven jefes a los que el vaquero queda raro aferrándose a normas no escritas en el vestir para dejar el traje aparcado en la zona azul o verde de un armario de tres cuerpos. No quedan ni ganas de planear el asalto del sábado a la resistencia amatoria de ella o de él tras una semana de cansancio y rutinas. Y es que los viernes, queridos amigos, últimamente nos traen subidas de IRPFs, recortes y ajustes de cinturón o de tirantes elásticos. El pueblo llano mira de reojo las nuevas medidas aprobadas y suspira con alivio cuando no ha salido su bolita en el sorteo del recorte. “Este viernes han recortado en un 25% las ayudas para la compra de bisoñé a los calvos de larga duración”, se oye decir en los bares al mediodía mientras varios melenudos se regocijan por no ser alcanzados por la tijera de los ajustes ¡Ay, los viernes!

En cambio, la parroquia rojiblanca afronta los viernes de otra manera. Ya nos pueden bajar el sueldo, subir el agua o ponernos el gas a precio de noble, gas noble, se entiende. Nosotros andamos por la vida con despreocupación, mirando la botella casi rebosante más que medio llena y sonriendo a los vecinos de escalera, incluso al que pone el cassette de La antología de la copla demasiado alto a la hora de la siesta del viernes. Fíjense incluso que, hoy viernes, casi ni hablamos de fútbol. Lo consideramos baladí: “¿Pero ayer no jugó el Atleti?”, nos pregunta Martínez. “¡Bah!, estaba resuelto”, respondemos quitando importancia. Nos acostumbramos a lo bueno enseguida, como si fuera sencillo resolver en partidos de ida ¡Ay, los viernes!

Para representar el último acto de la resuelta eliminatoria de ayer, Simeone rotó. Rotó a los laterales, rotó algún mediocentro y rotó a Falcao, que ya empezaba a poner cara de necesitar unos días de libre disposición. Sacó una alineación algo contrahecha: dos centrales, de laterales; un lateral reconvertido, de interior y un mediapunta cargado de hombros, de delantero. En resumen una alineación de esas que, hace tres meses, hubiera obligado a intervenir a la autoridad y tal vez a los cascos azules. Ahora no, ahora las cosas han cambiado. Incluso en partidos como ayer con alineaciones de arte y ensayo, hemos dejado de ver las carencias para ver las cosas buenas. Servidor piensa que el partido de ayer era el partido de Koke. La lesión de Diego parece que le va a dotar de unos galones que parece haberse ganado pero que debe confirmar con algo más en cada partido. Koke tiene talento, da unos pases en profundidad por encima de la defensa que quitan el hipo, pero a veces se muestra algo acelerado. No ayudó ayer que no estuviera muy acompañado en la labor de creación porque ya se sabe que los jugadores como él son como los cabos de la guardia civil, funcionan mejor en pareja e incluso en batallón. Salió luego Arda y la cosa mejoró. Tenía un compañero con el que entenderse de esa manera en la que se entienden los que ven el fútbol a cámara lenta en sus cabezas. A pesar de que se le mira con cariño por ser de los nuestros, a Koke se le debe exigir más porque puede hacerlo. Esperemos que en el próximo partido lo ofrezca.  



Reaparecieron Arda y Silvio, nuestro niño burbuja. A este último no se le vio demasiado más allá de la prevención que provoca sacarle a la calle con estos fríos, no se vaya a constipar. Al primero se le vieron varios detalles de esos que él deja y una largura de pelo de líder de grupo británico de garage-rock, lo que no es poco. Juanfran estuvo raro de extremo o de interior o de lo que jugara, y, cómo son las cosas, se le echó de menos como lateral. Los centrales volvieron a estar firmes. Los laterales, cumplidores sin más, los mediocentros aseados y los rivales del Lazio al nivel de un equipo de madres ursulinas. Pero hoy nos vamos a fijar en los de delante. Primero vamos con lo bueno, con Adrián. Adrián demuestra en cada partido que es un jugador diferente. Hace cosas que los demás no llegan a imaginar pero cuando tiene que mirar a la portería siempre busca a algún compañero que finalice por él. Los hay que dicen en un alarde de maledicencia que casi mejor que no tenga tanto gol porque, en ese caso, nuestra rumbosa directiva ya le habría vendido al peor postor, cosa que no se descarta vaya a producirse aún sin tener el remate en las venas. Ahora vamos con Salvio. El que suscribe empieza a tener con Salvio la sensación de que está siendo injusto. Por más que intento buscar las virtudes que tanto glosan los comentaristas de Cuatro o Canal Plus, no las encuentro. Por más que intento comprender el por qué de la salida de Elías primero y de Diego Costa después como competidores por una plaza de expatriado, no consigo hacerlo. Si tuviera que destacar algo de su partido de ayer empezaría por un buen disparo al palo y algún que otro regatito que termina con la firma de la casa, resbalón o tropezón. Ya les digo, empiezo a plantearme seriamente si no estaré mirándole con manía de profesor de filosofía.

Partido de trámite, en definitiva. Partido que sirve para dosificar esfuerzos y minutos. Para hacer probaturas y ensayos casi generales. Que pase el siguiente, que será el Besitkas de Simao al que esperemos se reciba como merece. Está quedando resultona esta Europa League en la que ojalá podamos ilusionarnos a medida que pasan las rondas. Es bueno eso de tener los jueves ocupados en estos menesteres. Así, los viernes serán más viernes, para nosotros ¡Ay, los viernes!

lunes, 20 de febrero de 2012

Por ahí va...

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.

Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.

Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.



Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.

Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.

Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.  

lunes, 13 de febrero de 2012

Oportunidades perdidas

Como cada domingo, Ambrosio extendió la sábana raída que servía a la vez de escaparate y local al negocio de venta de variedades en una calle de las más aledañas a la periferia del Rastro. Como cada domingo, colocó con mimo la magra mercancía que pretendía expender guardando las distancias justas entre cada artículo, no más de tres dedos. Todas las jornadas acababan igual, recogiendo los mismos cachivaches para devolverlos al carrito de la compra que hacía las veces de almacén portátil para el stock de su ambulante empresa. Los mejores días, volvía con un elemento menos en el carro y con pocos euros en el bolsillo de su raído gabán. No era Ambrosio un vendedor devoto, ni mucho menos. Cuando algún transeúnte se encaprichaba de ese libro antiguo, él, antes de hablar de precios en los que medir el deseo de posesión del contrario, siempre interrogaba al cliente con maneras de comandante de puesto de guardia civil caminera:

– ¿Y qué uso le daría usted a este libro?

– Pues qué quiere que le diga. Lo quisiera acomodar en una estantería del living room. Con ese color de lomo tan bien conservado combinaría con la tapicería de mi butacón de brazos a las mil maravillas.

– Por favor, circule y no me haga perder más el tiempo –respondía alterado Ambrosio–. Sepa usted que este libro que para usted no es más que un complemento ornamental son las obras completas de Victor Hugo, faro y guía del romanticismo liberal. Ni por todo el oro del mundo permitiría servidor que esta edición en tapa dura y acabados en hilo de plata cayera en manos de un individuo de su pelaje. Usted sí que es un miserable y no los personajes que tan bien dibuja el autor en la obra que forma parte de esta antología del saber.

Así pasaba las mañanas dominicales Ambrosio. Increpando a todo aquel que osara acercarse a su callejero establecimiento. Tildando de frívolas a las damas y de alcornoques a los caballeros. Recorriendo árboles genealógicos de los interesados en algún ítem de su catálogo para afearles su irresponsable conducta. Por ahí no paso, no señor, decía siempre cuando algún compañero de comercio pretendía que relajara los modos en aras de cuadrar caja y llevarse una buena ración de caracoles en salsa al estómago.

Un día, el azar llevó delante del puesto de Ambrosio a una señora de perfil noble que se arrebujaba en un abrigo de pieles de calidad indiscutible. La señora, bien por snobismo o bien por estulticia, se interesó por la mercancía que ofertaba Ambrosio. La mujer supo responder a cada invectiva que le dedicó con saña nuestro protagonista saliendo airosa de cada prueba. Ese disco iba a formar parte de una colección cuidada de grandes clásicos del jazz progresivo, esa lámpara encontraría su último reposo sobre una mesilla de noche Luis XIV, aquel cuadro sería admirado por los clientes de un despacho de abogados de toga larga sito en la avenida más principal de un barrio de alcurnia. Ambrosio, por primera vez en su vida, quedó sin defensa para finiquitar la transacción de todo su género. La proximidad del cierre del trato hizo que vecinos de tenderete, modistillas que pasaban por allí y hasta carteristas de dedos largos se agolparan frente a la sábana expositora para ser testigos del histórico hito. Ya tenía la clienta un fajo de billetes que no cabía en sus cuidadas manos para dárselo a Ambrosio, ya su acompañante se disponía a agacharse para recoger los preciados artículos, ya todo parecía abocado a un final irremediable cuando Ambrosio, desoyendo una voz interior que le prometía un retiro en Torrevieja con el dinero que iba a recibir, formuló una última pregunta:

– Y usted, señora de mis entretelas, ¿con qué equipo simpatiza en lo que a cuestiones balompédicas se refiere?

– Pues mire, una no es muy de deportes de contacto y sudores, pero si tuviera que inclinarme por algún estandarte, sería sin duda por el del conjunto que pace Castellana arriba, que no en vano una fue mocita, madrileña y se tenía por risueña.

– No se hable más –cortó Ambrosio interponiéndose entre la sábana y el lacayo que pretendía recoger las culturales viandas–. Casi me la da usted con queso, señora, pero no ha nacido todavía quien engañe a Ambrosio Atalayas. Quítese de mi vista si no quiere que le espete lo que pienso de los de su condición, guarde usted su dinero, probablemente recaudado en desigual lid, y lleve usted tanta paz como deja en este establecimiento humilde pero de intachable moralidad. Mis pequeños tesoros solo pueden ser disfrutados por alguien que sienta la fe colchonera, no puede ser de otra manera.

Tras este episodio, volvió Ambrosio a sus costumbres, volvieron los clientes a salir espantados ante los epítetos que el singular tendero les dedicaba, volvieron los veranos en el pueblo en vez de en Torrevieja, volvió la sábana cada domingo a ser extendida en el pavimento y volvieron los vecinos de puesto a lamentarse por tantas oportunidades de venta, todas ellas perdidas.



Al igual que el protagonista de nuestra historia. La historia del partido del Atleti en Santander se puede resumir hablando de las oportunidades perdidas. También, al igual que Ambrosio, el equipo se dejó llevar por sus principios. Por esos principios que ha instaurado Simeone desde su llegada: la presión, la solidaridad, el compromiso, la seguridad defensiva y la eficiencia atacante. Ésta última, la eficiencia en el ataque, falló en Cantabria. Numerosas ocasiones creó el equipo en el mejor partido desde la llegada del Cholo. Todas y cada una de ellas acabaron muriendo en la madera, en el limbo o en los guantes de un portero al que los nuestros elevaron a los altares del racinguismo. No corrió en ningún momento peligro el crecimiento del minutaje que lleva el Atleti sin encajar un gol, si acaso alguna jugadita a balón parado resuelta con solvencia por el cedido belga y su defensa, esa que ha dejado de ser un fondo de inversión de riesgo para balones sueltos independientemente de quien la conforme.

Destacable el partido de Diego, que ayer salió con su mejor traje y que además de notable en movilidad y precisión, dedicó cinco minutos en los inicios de la segunda parte que merecieron el premio del gol o de ponerle su nombre a una rotonda ajardinada. No estuvieron mal tampoco Gabi en la presión, los laterales a la hora de sumarse al ataque y Arda, ése al que servidor mira con una debilidad especial, por ser algo contrahecho, talentoso y tener la pinta de ese amigo que todos tenemos que acaba cayendo antipático a madres y novias por informal y desahogado. Los delanteros no tuvieron su mejor día, bien es cierto que Adrián lo intentó proponiendo algo diferente, como siempre, pero a veces desconcierta su frialdad y esa estigmática, aunque a mi juicio exageradamente glosada, falta de gol. También es verdad que Falcao lucha, pelea y se faja como el que más, pero a un delantero de su caché se le debe pedir más finura a la hora de la definición. Entre los dos tuvieron ayer algunas de esas ocasiones que ponían a Fernando VII y no a Felipe II, como dicen algunos. A estas alturas de la película, los más y los menos ya sabrán que los delanteros son muy de rachas, como los vientos de componente sur, y hay días que están negados. Sirva este prefacio para apuntar de nuevo hacia una de las grandes mentiras de esta temporada: la mejoría de la plantilla en su globalidad. En días como estos, uno echa de menos a un Sabas, a un Negro Cabrera o a un Biagini. A alguien capaz de cambiar guiones o, simplemente, a un delantero más. Casi ya no se pide que ese delantero pueda ser o no un revulsivo. Si no fuera mucho pedir, nos conformaríamos con que hubiera uno solo más, aunque fuera bajito, calvo y pronunciara las erres con frenillo. Pero ya saben ustedes que no lo hay por mucho que la corrupta gerencia, sus satélites y los palmeros habituales del régimen hablen de completitud de plantillas y de objetivos grandilocuentes. Todos rezamos para que no se produzcan lesiones o sanciones y nos tenemos que tragar ese sapo de que Salvio o Pizzi pueden ser los revulsivos del equipo sin evitar que los más maledicentes quieran cambiar una v por una p al calificarlos.

Sin más ganas de extenderme, les voy a dejar con Ambrosio, ese atlético tan peculiar al que ya casi todos hemos cogido cariño. Más que nada para que cierre este artículo con la brillantez que a mí me faltaría.

Cuando el helador aliento del viento seguía azotando las aceras vacías sin firmar treguas y los viandantes todavía no habían tomado posesión de las calles que nacían en la Plaza de Cascorro, Serafina, vendedora ambulante que compartía espacio y sentimientos rojiblancos con Ambrosio se acercó al lugar en el que éste último ejercía su ministerio mercantil para preguntarle sobre sus impresiones sobre el partido del Atleti de la pasada tarde. Ambrosio esperó unos instantes, como hacía siempre antes de decir algo importante…

– Mira Serafina, el deporte rey y las matemáticas aplicadas están llenos de teoremas con unos condicionantes. En las lides futbolísticas, para llegar a buen puerto, mantener la portería a cero es condición necesaria pero no siempre suficiente. Dicho lo cual, si de despliegue de artes escénicas de borceguí hablamos, uno no puede dejar de mostrarse esperanzado ante el partido de nuestro equipo y pronostica que pocos se escaparán si se mantienen esas formas, aunque bien es verdad que yo hubiera sacado a Koke cuando se lesionó Tiago dadas las características del rival.