Los que conocen cómo se mueve la industria de Hollywood
saben que hay actores que no acaban de sentirse cómodos cuando el papel que les
toca interpretar es el de protagonista. Se trata de actores respetados y
reconocidos. Todos sus compañeros hablan del enorme talento que poseen y en
muchas ocasiones les roban la película a los cabezas de cartel. Eso sí, en todo
California y estados aledaños saben que a Steve Buscemi o a John Turturro no
debes darle el protagonismo en una superproducción. Da igual que les recordemos
a ellos, probablemente más a que ningún otro integrante del reparto en
Reservoir Dogs o en el Gran Lebowski, en donde coincidían los dos por cierto, la cuestión es que no les queda bien el traje de estrella principal. Por lo que sea.
Estaba Madrid preciosa el sábado, salpicada de camisetas
rojiblancas que uno se encontraba en cuanto pisaba la calle. Supongo que la
ciudad, de esa forma, nos regalaba un paisaje cercano y amable a los que no
encontramos manera de poder ir a Sevilla. Aun así, el ambiente era raro: se
acercaba uno a comprar un fluorescente para cambiar el que lleva tiempo
temblando en la cocina y Vicente, el ferretero, te hablaba del Arsenal y no de
la Real. Te contaba que ya le había dicho a su suegra que mañana no contara con
él, que había quedado con Neptuno. Llegabas a casa con tu fluorescente bajo el
brazo y veías un anuncio de Telemadrid anticipando la programación que daría
cobertura a la celebración del día siguiente. Daba la sensación de que era una
final en la que no estaba el Atleti, si no otro equipo. Alguno de esos que
siempre se creen con el derecho de ganar y uno torcía el morro por tener la memoria
llena de Timisoaras y Groningens y no acababa de gustarle el ambiente que se
respiraba. Entonces, se podía reparar en que el paisaje no era cercano ni
amable, era un ambiente empapado de un puntito de soberbia fea.
Salió el Atleti al césped de la Cartuja como si no hubiera
salido, quizás también pensando en el Arsenal o en la cara con la que les iba a
recibir Ayuso, que siempre es una incógnita. La realidad nos abofeteó duramente
a los doce segundos y tuvo el Atleti que ponerse el traje de protagonista
deprisa y corriendo. Era este un traje de actor principal de verdad, de los que
deben bordar una escena y no pueden permitirse que el dobladillo de los
pantalones asome descosido. Un atuendo muy diferente al que nos habían o nos
habíamos puesto nosotros mismos los días anteriores al choque. Enseguida quedó
claro que el traje nos quedaba mal en los lados, donde Molina, Ruggeri y
Giuliano naufragaban en un mar de nervios e imprecisiones y solo Lookman y
Koke, siempre Koke, parecían enterarse de qué iba la cuestión. Empató el Atleti
tras varios intentos del nigeriano y, de nuevo, el Atleti creyó que
contemporizando y sin un vestuario adecuado para el rodaje llegaría a la orilla
deseada porque así lo decían las casas de apuestas y Vicente, el ferretero.
Hubo que ponerse el traje de nuevo, tras el descanso, al
vernos en desventaja por la salida torpe y destemplada de Musso. Durante 35
minutos, el que suscribe pensaba en lo mal que se nos da eso de ser favoritos.
La experiencia nos dice que nuestro guía Simeone, es un notable preparador de
eliminatorias en las que somos los tapados, los invitados
inesperados, los que dejan a Lamine con cara de niño enfurruñado y pasan de
ronda ante la sorpresa, y quizás indignación, de Maldini y otros expertos en parabólicas.
Puede que sea una cuestión de carácter, pues estoy convencido de que este
equipo tiene libra por libra mucho más talento que aquellos de no hace tanto
llegaron a finales, pero no hay un Gabi, o un Godín o un Raúl García que peguen
cuatro gritos de los que sacuden nervios e impaciencias. Lo intentaba el Atleti
sin hacer pupa hasta que Julián se sacó una genialidad que nos permitía creer
de nuevo. Entonces, aunque solo fuera en un periodo de apenas 10 minutos, el
Atleti se puso el traje de protagonista y pareció que la película iba a
terminar en éxito rotundo. El momento, la fotografía y el guion se alinearon,
pero la pelota no quiso o no supo entrar para dejar finiquitado el lance. De
ahí hasta el final, se puso de manifiesto que este traje nos tira de sisa, que
nos gusta mucho más encarar estos partidos en chándal de táctel y zapatillas. Los
zapatos de cordones nos aprietan cuando los entendidos o nosotros mismos nos
los otorgamos como favoritos, sea en una final o en el campo del Levante o del
Alavés. La maldición del tenéis que ganar, podría llamarse.
A la noche sevillana solo le quedó entonces ponerse
caprichosa con los lanzamientos desde el punto de penalty. En ese momento, el
Atleti, ya sin traje de protagonista, con ojeras y sin rastro de favoritismo,
temblaba como mi fluorescente de la cocina.

No puedo estar más de acuerdo. Al que va de chulo, le parten la cara. No se pudo salir empanado y, desde luego, no se debió llegar a los penaltis.
ResponderEliminarA ver si se deja caer usted más por aquí, que mola leerlo