martes, 17 de enero de 2017

De debates, silbidos y rictus canallas

Tras meses de dimes y diretes el Atleti ha sido capaz de zanjar el debate estético del buen juego de un plumazo. Ahora no hay dudas. Juega rematadamente mal y gana, lo que provoca serios ataques de amargura en los defensores del barroco balompédico de ésta y aquella acera. Después de alejarse de la identidad propia y de los puestos nobles en un final de año preocupante, Simeone decidió replegarse a territorio conocido para espantar debates. Portería a cero y aprovechar al máximo los errores del rival para, a partir de ahí, construir de nuevo el imperio que pareció llegar a tambalearse cuando quiso convertirse en lo que nunca fue.

Con esas dos premisas como cimientos y a la espera de que las piernas vuelvan a ponerse a la altura de la cabeza, los colchoneros retoman el pulso de una liga que parecía lejanísima y ahora luce comprimida en pocos puntos. Ahora que en el horizonte se atisba lo mollar, vuelve a colarse el Atleti por cualquier resquicio. Es cierto que a veces desespera, que se muestra espeso en combinaciones que hace un tiempo parecían surgir instintivamente, que se comporta rácanamente con el gol y que incluso inventa falsos mediocentros donde no los hay, pero ahí los tienen. Aspirando a todo.


Pretendieron hacernos creer que esta temporada estaba condenada a flores y poesías. Se dijo de antemano que las competiciones premiarían postreramente a los supuestos creadores de lo excelso. Solo había hueco para hablar de records, de premios individuales y de monsergas como la BBC o la MSN. Quisieron tentarnos con champán para que abandonáramos los minis de calimocho o de cerveza. Algunos lo compraron. Lo asumieron. Lo interiorizaron. Pueden ustedes reconocerlos silbando a la mínima de cambio. Pobres. Ni el silbido les libra de reconocer que equivocaron el camino. Serían mucho más felices en otros estadios con otras bufandas colgadas al cuello.

Si ustedes pudieran adentrarse en la sala de fiestas en la que se reparte la gloria futbolística, repararán que en los dos reservados situados junto a la entrada se acomodan los invitados vip de siempre. Los esperados. Visten con sus mejores galas y brindan repartiendo falsas sonrisas alimentadas con la palabrería diaria destinada a ensanchar sus ya crecidísimos egos mientras se vigilan mutuamente. Junto a la barra se sitúa un tercer asistente. Su mirada huidiza denota que todavía no acaba de creer su presencia en el sarao. Pide copas de fino o de rebujito para templar los nervios y no parecer fuera de lugar. Al fondo, en el rincón más oscuro del local, un último invitado bebe solo, pausadamente. En su rictus canalla se dibuja una media sonrisa amenazadora que los demás asistentes esquivan sabiendo su merecida fama de antipático. Con un gesto de cabeza que el camarero detecta al segundo pide otra. Se acomoda en el asiento para observar y al hacerlo deja entrever los colores de su atuendo. Viste de rojo y blanco. 

viernes, 13 de enero de 2017

De enlaces, amores y balones parados

Hubo en tiempo en que cada córner a favor del Atleti se celebraba con la intensidad de la boda de tu último amigo soltero. Cuando un rival acosado se veía obligado a ceder un saque de esquina, uno lamentaba no haber pedido hora en la peluquería con la suficiente antelación. Daban ganas de abrazarse al vecino de localidad de antemano, pese a que sistemáticamente te dejara los zapatos llenos de cáscaras de pipas en cada partido. Entretanto, Koke o Gabi se acercaban al banderín con una sonrisa de oreja a oreja, vestidos de rigurosa etiqueta, a la vez que a los centrales el resto de compañeros les iban dando palmadas de felicitación en la espalda mientras recorrían el camino alfombrado hacia el área contraria. “¡Están radiantes!”, añadían algunas señoras que asistían al evento por parte del equipo lanzador del córner. Cuenta la leyenda que existe una foto que retrata a Raúl García sacudiéndose los granos de arroz que se le habían quedado atrapados entre el pelo tras rematar inapelablemente un servicio desde el flanco izquierdo. A medida que los jugadores se dirigían a campo propio para retomar sus posiciones, señores con traje oscuro emergían de los vomitorios repartiendo puros entre el público y brindando con sidra El Gaitero a la salud de los contrayentes. Cualquiera que lo haya vivido sabrá que no exagero lo más mínimo. Así era la cosa.

De pronto, un día reparamos en que los saques de esquina habían dejado de celebrarse como es debido. Ya no eran lances convertidos en una cuidada invitación para ser testigo del enlace rojiblanco con el gol. El Atleti seguía botando varios en cada partido, sí, pero ya no volvieron a tener ese aroma festivo que llegaron a poseer un tiempo atrás. En estos casos, suele echarse la culpa a la rutina, que gana volumen alrededor de la cintura dejando la vida perdida de momentos insustanciales. El desgaste que conlleva cualquier convivencia se apropió de las jugadas a balón parado y las transformó en un trámite burocrático al que casi no apetecía asistir. Las noches de boda mudaron en comidas de domingo con los suegros sin previo aviso. Se nos rompió la pizarra, de tanto usarla.


Pasaron los meses y los partidos sin signos de recuperación de la chispa de antaño. Algunos apuntaban a las ausencias, muy especialmente a la del navarro, que dejó un gélido hueco de nostalgia con forma de nariz aguileña a la altura del primer palo, pero el caso es que nos acostumbramos a convivir con un Atleti vulnerable en los corners ajenos e irrelevante en los propios. El banquete se trasladó a nuestro área, donde nos hacía mucha menos gracia. Cuando alguien preguntaba sobre el estado de la relación con el balón parado, muchas veces se aludía a que quedaba el cariño, que es como reconocer que aquel amor primigenio estaba sepultado bajo seis palmos de tierra. Aquí yacen las jugadas de estrategia, llegó a leerse tras un choque con diez saques de esquina, a cuál de ellos peor ejecutado.

Embarcados en una travesía para retornar a las esencias del Cholismo, los vigías de Simeone volvieron a avistar este pasado fin de semana la tierra prometida de un gol tras saque de esquina. Cierto es que fue en posición ilegal y más cierto aún es que se trata solamente del segundo de los tantos que esta temporada ha llegado tras pelota estática. Muy rácano balance, también es verdad. Siendo pronto para sacar conclusiones en asuntos del corazón como estos, parece que el Atleti ha comprendido que la pizarra conforma la santísima trinidad de los valores que hasta este punto nos trajeron junto con el esfuerzo y la virginidad de la portería propia. Tal vez el tanto de Saúl en Ipurúa quede como una rara y anecdótica flor nacida en el páramo que el divorcio total con el balón parado dejaría, pero permitámonos soñar. Redescubrir lo acaso olvidado. Recordar aquellos días en los que el área pequeña rival se engalanaba para estar a la altura de la ceremonia. Cuando el amor entre el Atleti y el balón parado alcanzó su máxima expresión mientras Godín murmuraba “sí, quiero” tras besar con la frente un balón perdidamente enamorado que valió una liga.  

martes, 20 de diciembre de 2016

En la despedida de Domínguez

Cuando hace unos días anunció Domínguez con una mirada en la que se podría nadar que su espalda había dicho basta muchos nos sentimos culpables.

Para encontrar la raíz de su dolor quizás haya que remontarse varios años atrás. A un tiempo en el que el Atleti era una sombra que deambulaba por las competiciones como alma en pena. Adictos a cualquier tipo de esperanza, fue verle entrar con asiduidad en las alineaciones y allí nos subimos. A su espalda. Lo hicimos por su condición de canterano y por una determinación al ir al corte que recordaba al semblante de los que esperaban a que abrieran las puertas de los grandes almacenes en el primer día de rebajas. He venido a llevarme el balón, te pongas como te pongas, parecía decir Domínguez cada vez que se medía a un delantero. Sin circunloquios. Sin excusas. Dejando que el corazón supliera su falta de estatura y sus carencias técnicas.

A medida que el calendario avanzaba, más iban encaramándose a su espalda. Álvaro se convirtió en compañero ideal, yerno perfecto y titular indiscutible en un equipo lleno de discusiones. Con el tiempo llegaron los títulos, las llamadas, aunque quedas, de los seleccionadores y, lo más importante, empezó a adivinarse el Atleti parecido a aquel que nuestros mayores nos contaron del que ahora disfrutamos. Domínguez seguía llevando a un gran número de aficionados a cuestas pese a tener mucho menos nombre y cuota de responsabilidad que otros. De repente, un día quisimos creer la enésima mentira y el central se marchó, como tantos otros antes que él.


También ahí tuvimos culpa. Nos apeamos de su espalda como si nada, como si nos hubiéramos pasado de estación por ir distraídos. El brillo de lo que Simeone estaba consiguiendo nos hizo olvidar un poco a Domínguez pese a que él nunca nos olvidó. Le habíamos dejado como recuerdo un dolor de espalda permanente y ese veneno que las rayas rojiblancas inoculan sin piedad en sus víctimas. De repente, reparamos en que el tiempo ha ido pasando y, al volver a reencontrarnos con Álvaro, vimos reflejado en su cara el dolor que le lleva mordiendo demasiados años. El dolor que le produjo llevarnos a la espalda cuando aún era un chaval.

Por una vez el club estuvo a la altura e invitó a Domínguez a la cena de Navidad del equipo, a la que asistió como uno más, lo que siempre ha sido, y le encomendó realizar el saque de honor del pasado partido ante Las Palmas. De esta manera pudo recibir el calor de una afición que le ovacionó con cariño y también con algo de remordimiento. Por lo del olvido y, sobre todo, por lo de la espalda. Espero que sepa perdonarnos con la misma grandeza con la que defendió la rojiblanca ¡Buena suerte, central!