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martes, 25 de mayo de 2021

Escribir sobre el Atleti

 

Uno deja de escribir sobre el Atleti con el escaso convencimiento con el que deja de fumar o de andar con buenísimas malas compañías. Sé de lo que les hablo: he dejado de fumar infinidad de veces. Casi una cada día. Una vez alejado de la nicotina, tu vida discurre en una constante búsqueda de la excusa precisa para volver. Puede ser en la boda de un primo lejano, ante la certeza de que llegados a este punto deberíamos divorciarnos o tras un gol del Osasuna en su primera llegada a puerta. El caso es que vuelves. Con más o menos remordimientos, pero vuelves. Tal vez prefieras engañar al mono con un puro, como hizo Savic, sabiendo que eso ya es volver.

Uno deja de escribir sobre el Atleti y se siente falsamente libre. Aparca la esclavitud semanal de sacarle punta a un partido que en ocasiones nace desmochado. Sobreviene, además, la pereza de saltar a la arena para debatir con los que creen que Diego Pablo es culpable de casi todo, incluso del hambre en el mundo. Anda uno mayor para batirse en duelo al amanecer en twitter y aguantar que algunos (uno quiere pensar que son bots de esos que se encuentran a un taxista marroquí o catalán que te invitan a la carrera) sentencien que a Simeone se le ha acabado el ciclo. Padre, perdónalos porque no saben quiénes son Ibagaza y Álvaro Novo.

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque es torpe y le cuesta encontrar las palabras adecuadas para describir la presión que hemos tenido entre el pecho y el estómago los dos últimos meses. Porque no es capaz de explicar lo que se siente cuando el balón se estrelló en el palo en Elche ni la razón por la que el mismo desmarque de Llorente repetido hasta la saciedad se haya convertido en un arma de destrucción masiva contra centrales izquierdos. Las musas te esquivan sabiéndote desesperado y te falta el cuajo que tuvo Carrasco para detener el tiempo y levantar la mirada para ver a Luis Suárez con ganas de entrar en la historia.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque la vida le atropella. Siente que todo va deprisa, incluso en este año de mierda que nos ha obligado a parar para seguir corriendo. Aun así, no entiende que las prisas justifiquen que haya quienes piensen que Saúl y Koke están ya muy vistos o que Angelito debería dejar de intentar lo imposible en cada control orientado. Se nos está quedando el patio lleno de consumidores de comida basura. De Chiringuitos y cortijos. De tertulianos y participantes de Mastechef con plaza de aparcamiento reservada. De seres, en suma, que no conocen lo que es marearse por el calor cuando el sol del Calderón rompía la línea de presión del marcador del fondo sur.

Llegados a este punto tras mencionar el sol del Calderón, el artículo bien merece una pausa para la hidratación. Si van a quejarse de que jugamos con ventaja, que sea con razón.


Uno deja de escribir sobre el Atleti y, por encima de todo, nota que algo se ha dejado por el camino. Ya no podrá rescatar al primer Joao de la temporada, un Joao que ojalá pueda volver tras dejar atrás los trotes desganados. No podrá maldecir la sanción de Trippier. No debatirá sobre la bonanza del sistema de tres centrales ni sobre si lo de Herrera es parsimonia o templanza. Es tarde para decidir si Kondogbia y Torreira sirven o no. Pasó el tiempo de repasar las notas del Extraño caso del Dr. Lemar y Mr. Hyde. No procede ahora hablar de la espantada de Diego Costa, del que uno esperaba más y quizás mucho menos. Queda demasiado en el tintero.

Uno deja de escribir sobre el Atleti sospechando que no habrá casi nadie al otro lado con ganas de oír lo sobradamente repetido. Que antes de Simeone éramos mucho pero éramos menos. Que hemos acortado los tiempos entre un campeonato de liga y el siguiente de forma increíble. Antes, de uno a otro pasábamos del biberón a una litrona de Mahou con la que pretendíamos olvidar el nombre de a la que prometimos amor eterno. Que luchar con Goliath y Goliath y sus aparatos de propaganda es un milagro recurrente al que nos hemos acostumbrado, quizás injustamente. Que suceda lo que suceda, en la banda está el hombre de negro para hacernos sentir orgullosos cada día de lo que vemos sobre el campo, primeras partes tiradas incluidas.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti creyendo, quizás equivocadamente que el equipo campeón de este año no es tan bueno gramo por gramo como el del 96 o el del 14, lo que tiene muchísimo más mérito. Hace tiempo que descubrimos que la lógica y la razón, al igual que los árbitros dialogantes, no existen. Finaliza el plantel la temporada con un saco de goles perpetrados por el delantero gordo, viejo y acabado, por el mediocentro reconvertido ahora en estilete ofensivo que no servía en la orilla turbia de la vida, y por el belga al que China se le quedó grandísima. Mención aparte merece está lo de Correa, un tipo que siempre escapa a la razón. En el otro lado del campo están Jan y su guardaespaldas Stefan. La presencia de ambos probablemente explique todo lo ocurrido sin olvidarnos de los demás, pero lo de ellos bien merece llenarse los pulmones de humo.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti sabiéndose en deuda con lo ocurrido en un año que siempre recordaremos. Viejos, pero nunca derrotados, aburriremos a nuestros nietos recordando el Panda de Filomena, los contactos no tan estrechos, el mucho VAR y poco bar de este año de locura. Contaremos que hubo una primera vuelta de ensueño y una segunda que se hizo larga. Hablaremos sobre la presión brutal que los nuestros tuvieron que soportar. Sobre el mal perder de los de siempre. Sobre los estadios vacíos y los terceros anfiteatros llenos antes de tiempo. Sobre una camiseta rojiblanca bajo un equipo de protección en la UCI. Sobre Suárez llorando sobre el césped y cómo las rayas de los colchones nos permitieron viajar estando confinados. Sobre la vida y el Atleti, que es lo mismo y sobre el puntín de Correa, que fue todo saliendo de la nada.

Uno deja de escribir sobre el Atleti durante cuatro años pero siempre vuelve, aunque sea solo una vez más. Y lo hace después de que el equipo escriba una nueva página para guardar en la memoria. Sepan en todo caso que uno, escriba o no, es del Atleti aunque gane.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Ser lo que uno no es

En una de las tramas centrales de la segunda temporada de True Detective, que no es ni la mitad de inquietante que la primera pero tampoco tan mala como la crítica denunció, el personaje que interpreta Vince Vaughn, Frank Semyon, trata de convertirse en algo que no es. Pretende dejar atrás su pasado de matón sin escrúpulos, de tipo duro y fiable en trabajos de medio pelo. Frank intenta medrar en la escala social del crimen pasando de sicario a gran hombre de negocios perdiendo en el intento el sueño, la pasta y hasta la vida, valga el spoiler. No es difícil empatizar con un personaje ahogado en unas reglas que imponen otros. Una piraña antiguamente temible que se convierte en bocado apetecible cuando pretende pescar en un mar donde campan a sus anchas los tiburones. Ser lo que uno no es. Esa es la cuestión.

El pasado sábado, esperaba la afición al Atleti que se ha visto en los derbis desde que Simeone se hizo cargo del equipo: cuchillo entre los dientes, corazón bombeando adrenalina aceleradamente, ánimo de no hacer prisioneros. Lucía el Calderón una belleza nostálgica ante uno de sus últimos partidos grandes. Con todo el papel vendido, arropaba la grada elevando la temperatura de gargantas y sentimientos. Todo estaba dispuesto para vivir otra noche llena de magia. Fueron necesarios solamente un puñado de minutos para darse cuenta de que al encuentro le faltaba algo. El Atleti no había saltado al campo. Sobre el césped había dos conjuntos, uno de ellos vestía incluso de rojo y blanco y sus integrantes parecían pertenecer a la plantilla colchonera, pero era otro equipo.

Achinaba el aficionado atlético los ojos, intentando enfocar mejor para descartar una posible suplantación de identidad pero no, Koke y Saúl estaban sobre el campo aunque no parecieran ellos. Se veía también a Savic, pero a un Savic sin la solvencia acostumbrada. Correteaba sobre el tapete Griezmann sin acercarse al balón para aportar algo relevante y solamente Torres se asemejaba al Torres de los últimos partidos, lo que sin duda es una pésima noticia. Ni rastro de las señas de identidad que han llegado a convertirse en denominación de origen Ribera del Manzanares. No hubo presión ni intensidad. No apareció siquiera ese compromiso de luchar cada balón como si fuera la vida en ello. Por el contrario, era el rival el que mordía, el que buscaba la contra con ánimo de hacer sangre, el que vencía en cada balón dividido ante la pasividad del Atleti que no era el Atleti.


Es de imaginar que mientras todo esto ocurría, los guardianes de la estética futbolística disfrutarían una barbaridad. Después de tantos años y tantas líneas escritas denunciando la fealdad del juego de los de Simeone, el desempeño de este Atleti impostado les debió parecer casi poético. Hace tiempo que se atisban señales para la preocupación en el feudo rojiblanco, aunque algunos lo califiquen de jugar mejor. No obstante, al comenzar la segunda mitad compareció un Atleti que por un instante volvió a ser él mismo. Retornando a las esencias, el cuadro del Calderón se intuyó de nuevo reconocible. Fueron solamente quince minutos, tal vez menos, pero llenaron de esperanza y de fútbol supuestamente feo la noche y los corazones.

Tras la derrota, merecida más allá de cualquier otra consideración, se presenta una encrucijada ante la que merece la pena reflexionar ¿Cuál es el camino a seguir? Los resultados parecen aconsejar una vuelta a los orígenes. Ser de nuevo el equipo que nos acompañó en viajes que nunca olvidaremos mientras vivamos. Redescubrir al Atleti canalla. Preservar la virginidad de nuestro marco como primer axioma. Atacar desde la defensa. Entregar el balón si debe ser entregado. Ganar la batalla de cada minuto, como dijo el Mono Burgos. Vivir al filo del partido a partido y no entablar ningún tipo de negociación sobre el esfuerzo. Es probable que los entendidos califiquen esa vuelta al punto de partida como una traición, pero no existe una mayor traición que la que uno se hace a sí mismo fingiendo ser lo que no se es. Intentando taponar con la mano la herida por la que se escapa su vida, Frank Semyon comprende al fin su error. Haber intentado ser lo que uno no es. Como el Atleti en los últimos tiempos. Esa es la cuestión. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Crónica desordenada del Atleti-Rostov

Conviene de vez en cuando dejar que el desorden se apodere de las rutinas que creemos imprescindibles, para así apreciarlas más. Merece la pena salir a la calle desarreglado, sin haber pasado por la ducha, dispuesto a fiar toda tu suerte a no ser convocado a una reunión de última hora o a cazar un rebote que se produzca cuando Godín, un delantero centro atrapado en el cuerpo del mejor central del mundo, pelee cada balón llovido al borde del área contraria. El ingenio se agudiza cuando te das cuenta de que olvidaste el paquete de tabaco y el dinero suelto en el pesado cenicero del mueble de la entrada. Solo así, puede uno llegar a valorar lo que tiene, aunque solo sea un cigarrillo con la punta doblada que no sabes si llegará a prender.

A ojos del que suscribe, partidos como el del Rostov de ayer llenan la mochila de alternativas que hacen que el Atleti crezca. Es incalculable el valor futuro de esos encuentros en los que el plan se hace trizas un minuto después de conseguir el gol que parecía espantar cualquier tipo de incertidumbre. Son choques en los que más que al rival, debe vencerse a la ansiedad. Mañanas que nos sorprenden pidiendo ser afrontadas mal afeitados y con la camisa arrugada. Supo el equipo rojiblanco adaptarse al caos y se descolocó conscientemente sin dejar que la desesperación hiciera carne. La amenaza de perder antes de tiempo los privilegios que otorga ser primeros de grupo propició que el campo se sembrara de delanteros con carnet o sin él, como el caso del central uruguayo. Filipe aparecía por todas las zonas de la cancha dándole sentido al término todocampista, Koke pasó a comandar las operaciones aéreas, harto de no encontrar resquicios y hasta Savic llegó a parecer humano, aunque esto último probablemente no fuera más que un espejismo producido por la intensidad del momento. 


Tuvo que ser Griezmann, cuando más pinta de cama deshecha tenía el equipo, el que rompió la igualada no sin suspense. Lo hizo en una posición de fuera de juego habilitada por el toque previo de un rival, de igual forma que en el primer gol, que tal vez no fuera más que un ensayo con público del segundo. Los dos goles del francés tuvieron como factor común un escorzo genial. Fueron dos remates poco académicos, de esos que se llevan dentro porque no existe manera de entrenarlos. Sacó el Atleti petróleo porque lo mereció, porque supo mimetizarse con un partido áspero y sin concesiones. Permitió que el desorden anegara el campo, dejándolo todo perdido de emoción y obtuvo el premio anhelado traicionándose a sí mismo: no acordándose de la pizarra.

La personalidad de un equipo debe medirse teniendo en cuenta su capacidad de adaptación. Mostró ayer el Atleti buenas dosis de ella. En días como estos, en los que reparas en que olvidaste las llaves de casa, el juego vistoso y los goles que últimamente tan propicios se estaban mostrando en el pesado cenicero del mueble de la entrada, solo el desorden puede salvarte. Ser capaz de saltarte las reglas y sentirte cómodo aun estando descolocado. A veces, como ayer, esa flexibilidad obtiene el premio de un gol con aspecto de cigarrillo con la punta doblada que al final pudo llegar a prender en el descuento. 

martes, 25 de octubre de 2016

La inevitable existencia de los domingos por la tarde

Aunque todavía haya quien lo dude, los domingos por la tarde existen. Cualquier humano, por muy apasionante que sea su vida, conoce en primera persona el sabor de esos momentos posteriores a la sobremesa del último día de la semana. Esos minutos que transcurren pesadamente para volver a colocar en su sitio todo el maravilloso desorden que el fin de semana dejó en medio del salón. Los más receptivos son capaces incluso de notar como los mecanismos y engranajes del universo se ajustan para volver a la rutina con pequeños crujidos que se escuchan a media tarde, justo cuando en la tele ponen una película alemana ambientada en Mallorca con pretensiones de thriller psicológico. Cabría preguntarse si en Alemania se programan a las mismas horas filmes españoles de suspense, lo que quizás explicaría la reticencia teutona a extender los fondos de cohesión comunitarios para el desarrollo ibérico. Todo puede ser.

Una vez admitida la existencia de los domingos por la tarde, conviene reconocer que normalmente nos pillan desarreglados. Un poco a medio vestir, como le cogió a Simeone el otro día. El acostumbrado y sobrio traje negro fue sustituido por un chándal de tacto inimaginable. Conociendo las supersticiones que adornan al técnico con respecto a la ropa a elegir cuando hay día de partido, tal vez El Cholo intuyera que de un encuentro a media tarde del domingo poco había que esperar. Para redondear el conjunto, nuestro entrenador se calzó unas botas en tono naranja radiactivo. Era una señal de alerta, un aviso a navegantes de lo que esperaba. Tal vez no supimos verlo hasta que fue demasiado tarde ¡Ojo, que el partido tiene trampa! Que este Sevilla parece que va en serio. El que avisa no es traidor, mírenme las botas si creen que bromeo.


Tampoco ayudó la persistente lluvia a que el partido no cogiera al Atleti a contramano ¿Quién no puede entender las escasas ganas de salir de casa en un domingo por la tarde lluvioso? La tarde sevillana pedía sofá y manta. Pedía pijama siendo exagerado. Varios de los jugadores colchoneros estuvieron desdibujados: poco se supo de Griezmann, Correa volvió a reñir con el acierto, Gameiro estaba sumergido en sus recuerdos, Koke llegó a parecerse al Koke al que no se le confiaba la manija y hasta Savic y Godín parecían descolocados en bastantes ocasiones, lo que ya es mucho decir.

Lo mejor de los domingos por la tarde, una vez aceptada su inevitable existencia, es que rápidamente se les pone cara de lunes, lo que es muchísimo peor a todas luces. Podrían enunciarse cientos de teorías sobre su génesis o sobre la paradoja de que las postreras horas de un día festivo puedan llegar a ser tan deprimentes. Podría analizarse la primera derrota de la temporada desde muchos puntos de vista. Probablemente el rival fue mejor en ciertas fases y en otras lo fue el Atleti, aunque sin acertar de cara al marco. Hay partidos que se escapan porque nacen marcados para escaparse, para escurrirse por el sumidero del calendario como si fueran los segundos de un domingo por la tarde. Quizás la única explicación posible estribe en el color de las botas de Simeone. A los domingos por la tarde no les gustan los colores demasiado estridentes ni los partidos con lluvia. Su miseria solo se disfruta plenamente mientras se ve una película alemana de misterio ambientada en Mallorca. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

De recuerdos y memorias

Más de treinta años tuvieron que pasar para que el Atleti lograra vengarse del Bayern por aquello de Bruselas y en unos meses tres veces ha sido negado el equipo bávaro por los colchoneros. Imagino que los fieles adoradores de la posesión de balón deben estar compungidos ante tamaña atrocidad. Hablando de equipos alemanes, uno recuerda una previa de Champions contra el Schalke, equipo con gran tradición en el cuidado paliativo de jugadores terminales, en la que el Atleti se metió en la fase de grupos de la competición tras arrollar a los teutones. Fue un partido extraordinario. Una rara avis en aquel Atleti de entonces donde lo más extraordinario era que Maniche terminara los partidos sin sacarse un bocadillo de chorizo de Pamplona del dobladillo de la media para apagar el hambre.

Servidor de ustedes ese día incluso participó, no sin algo de vergüenza, de esa suerte propia de graderío conocida como hacer la ola. Nunca volví a caer en esa frivolidad, pese a asistir a encuentros que la merecían más holgadamente. Más allá de esta confesión que pudiera cambiar el altísimo concepto que alguno de los lectores pudiera tener, aun a estas alturas, del que suscribe, lo significativo del hecho es la capacidad que uno tiene para recordar los partidos extraordinarios de hace unos años, seguramente por ser escasos, y la falta de espacio en el disco duro craneal para recordar cada momento excepcional que nos ha dejado el Atleti de Simeone, de tantos que fueron. Hay noches, como la de ayer, en la que uno querría agarrar cada segundo y guardarlo en un cajón con llave para que nunca escapara. Dentro de algunos años los dejaremos salir, todavía frescos, con el ánimo de volverlos a vivir si la agujereada memoria que tendremos lo permite.


Cuando eso ocurra, rememoraremos la mano prodigiosa de Oblak sin la que pudo haber cambiado todo. Tendremos que describir las fantásticas conducciones en diagonal de Carrasco y esos latigazos con los que las finaliza. Volveremos a llenar de adjetivos grandilocuentes las hazañas de Filipe y Juanfran, capaces de anular a las estrellas adversarias y de provocarles dolores de cabeza en cada una de sus incorporaciones al ataque. Admitiremos que, pese a no estar del todo finos frente al marco contrario, Torres y Griezmann se marcaron un partidazo. Recordaremos el despliegue y poderío de dos centrocampistas totales: Koke y Saúl, por los que el Atleti es envidiado en todo el continente. Rendiremos de nuevo homenaje a Savic y Godín, capitanes inexpugnables de la guardia de la noche que custodia el muro defensivo del reino rojiblanco. Por último, evocaremos con emoción la nueva lección magistral de conocimiento del juego que Gabi impartió desde su cátedra en el mediocentro.

Lo grande de este Atleti no estriba tanto en lo que nos hace vivir, que es muchísimo, sino en lo que nos deja guardar para más adelante. Solo es de esperar que la memoria nos aguante, porque las gestas del equipo parecen tener cuerda para rato. Iremos devorando con avidez cada lance, cada imagen que el equipo nos regala para poder contarlo dentro de unos años. Entonces, sacaremos todo otra vez, todavía fresco, para contarlo de nuevo, si es posible a algún nieto vestido de rojo y blanco que se siente sobre nuestras rodillas.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Cuando muera

En mi declaración de últimas voluntades he dispuesto que, cuando muera, esparzan mis cenizas sobre algún partido como el de anteayer en Barcelona. A pesar de sus ratos de agobio y de sus fases de juego poco reluciente. No crean que no disfruto con las goleadas plácidas ni con los encuentros en los que el Atleti gana por agotamiento cuando a los rivales les llega el otoño a las piernas, pero es en este tipo de choques donde uno quiere reposar eternamente.

Es en ellos, cuando el barro llega a la cintura, cuando cada decisión del árbitro se protesta como si no hubiera mañana, donde me gustaría yacer. Saber que habitaré por siempre al lado de ese Atleti de dientes apretados, presión alta y latigazos traidores a la contra. El fútbol sería un pasatiempo para clases acomodadas sin estos encuentros de sobresaltos y latidos de corazón que se desacompasan. No encontraríamos razón ninguna para cuadrar las actividades del fin de semana con el horario del partido sin esos controles orientados de Correa sobre un campo de minas. Sin los viajes de Filipe por las carreteras secundarias de la banda izquierda y sin las mil artimañas de Koke para amansar la pelota estaríamos hablando de petanca.


Puestos a pedir, quisiera también, si no es molestia, nombrar a Savic, a Juanfran y a Godín albaceas de mi escasísima fortuna. Son tipos de honor. Gente de fiar. De esos que no abandonan a un compañero herido en la batalla. Como último capricho, quisiera que Gabi no se retirara jamás. Desearía verle siempre con la rojiblanca puesta, mostrando esa oblicua sonrisa llena de gravedad con la que entra en el bar apartando adversarios cuando los vasos ya han comenzado a volar.

Debo reconocer que a lo mejor pido mucho o tal vez poquísimo. Evaporarme mientras el Atleti, el de Simeone, se faja regando de sudor y sangre un tapete de césped infinito. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Pronóstico reservado

Artículo publicado en CTXT:


“Pronóstico reservado”, musitó el galeno leyendo la tablilla que había descolgado de la barra a los pies de la cama del enfermo. También es mala pata, justo ahora que se nos viene la temporada encima, pensaron los más pesimistas. El paciente, vestido con un pijama rojiblanco, presentaba todos los síntomas del típico cuadro de estar en cuadro, valga la redundancia y el mal juego de palabras. Su dolencia provenía principalmente de la retaguardia. De la línea más fuerte precisamente, la que ha sido salvavidas al que agarrarse cuando el gol y la inspiración se acatarraban. Ingresó el paciente hace unos días, tras sucesivos pinchazos en los charrúas muslos de la pareja de centrales titulares. Empeoraba el panorama la anormalmente larga baja de Savic en los últimos choques. Por si todo esto fuera poco, los partidos de selecciones agravaron la crisis añadiendo dos nuevos quebraderos de cabeza: la espalda de Lucas y el tobillo de Saúl. Familiares y aficionados llegaron a temerse lo peor y preguntaban a los doctores antes de dejarse llevar por el desánimo. “Partido a partido”, recetaban los médicos antes de que algún administrador de extremaunciones apareciera en escena.

Pasaron los días con el enfermo en observación. Evolucionando más lentamente de lo que las ansias e impaciencias de sus allegados esperarían. Pese a todo, las nubes que a principio de semana parecían negrísimas apenas descargaron agua. Lo de Saúl y Lucas no era tan fiero como se pintaba y Savic recuperaba el alta coincidiendo con el fin de la operación retorno. Mientras tanto Godín, santo y seña de la defensa, capitán de la guardia de la noche que defiende el muro inexpugnable, trabajaba a destajo con la mirada puesta en el Camp Nou. El herido grave pasaba a leve en tan solo unas horas. No fue cosa de los antibióticos ni de ningún secreto revitalizante, simplemente hubo que esperar y no dejarse apresar por alarmismos ni informaciones desinformadas.



En cualquier caso, si la evolución del doliente finalmente no fuera la apropiada, convendría recordar un episodio de pánico parecido. Sucedió hace casi un par de años. Se jugaba el Atleti a dos partidos la matrícula de honor en una temporada que ya era de sobresaliente. El paciente mostraba también mal color a pocos días vista de las citas. Por entonces, las afecciones se concentraban en la vanguardia. Agoreros de aquí y allá se encomendaron a placentas de yegua y otras hechicerías. El campo del próximo rival en Champions quedó regado con las lágrimas dolientes de Diego Costa y de Arda Turan, el turco que prefirió ser animador desde el banquillo. Con un gol en contra y las filas maltrechas resurgió uno de los más grandes Atletis que se recuerdan, cabezazo de Godín mediante. Haría bien el rival y la parte más ceniza de la grada en no fiarse del diagnóstico y dejar a un lado ese pronóstico reservado. Quizás también convendría que apartaran las vendas con cuidado para tomarle la temperatura al enfermo. En momentos como los que se vienen, no hay mejor cura ante cualquier dolencia que la determinación de los de Simeone. Lo más prudente, en suma, debería ser mirar a los ojos del supuesto paciente y desconfiar. Desahuciar antes de tiempo a alguien con la mirada del color de las rayas de los colchones puede tornarse en suicidio. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nunca es fácil ser el nuevo

Nunca es fácil ser el nuevo. En el colegio, ser el nuevo supone verse sometido a una minuciosa observación desde que entras en el aula. Notas las miradas clavándose como puñales en tu espalda mientras buscas un pupitre huérfano y sin dueño desde el que pasar desapercibido en estas primeras horas de la que será tu nueva vida durante al menos un año. Hay veteranos que incluso olfatean a tu alrededor sin disimulo, intentando detectar aroma a repetidor o a refugiado que huye de otras escuelas que quedaron en el recuerdo. Más tarde, cuando te toca leer la redacción sobre cómo fue tu verano, el resto de los alumnos presta más atención de la debida buscando pistas, puntos débiles. Resquicios por los que meter mano a la posible nueva relación. A la hora del recreo lo más probable es verse relegado a ocupar la portería en el partido de fútbol que seis clases juegan simultáneamente en el patio. Con suerte puedes intercambiar unas palabras breves con los otros dos porteros, también nuevos, sobre la operativa a seguir en caso de dos balones que lleguen a la vez. A lo mejor, cuando ya llevas dos semanas de clase alguien te ofrece poder acompañar a modo de prueba al grupo ya formado.

Tampoco es fácil ser el nuevo en el trabajo. Por más que te esfuerces en sacar de lo más hondo una simpatía largamente olvidada es imposible evitar el desconfiado escrutinio de los recién estrenados compañeros. Da igual que te ofrezcas a pagar el café más veces de las que tocan, da lo mismo que rías gracias que te piden a gritos echarte a llorar. Pasarán varios meses, años incluso, antes de ser aceptado como uno más, antes de conocer los códigos que los demás manejan con soltura. Mientras tanto, solo resta la incómoda trinchera de ese traje que te queda largo de mangas, último bastión de resistencia ante los embates de aquellos que piensan que tu llegada les arrebatará la posición ganada a base de trienios.  



No es fácil ser nuevo en este Atleti. Da igual que hayas llegado en olor de multitudes luciendo el marchamo de estrella consolidada en otras tierras y otras escaramuzas. Da lo mismo que hayas regado de sudor la pretemporada diseñada por ese Mengele de la preparación física que es el Profe Ortega. Da igual tu precio, tu condición o tu nacionalidad. No es fácil encontrar una grieta en el muro que en cada encuentro levantan la pareja de centrales uruguayos. No es fácil presionar más que Gabi ni llegar a poseer el conocimiento del juego que atesora Tiago. Nada de simple tiene aguantar sobre los hombros el peso del estandarte que Simeone ha otorgado a Koke. Nadie dijo que fuera sencillo encontrar un hueco en la punta de ataque, desbancando a un Griezmann exuberante y a un Torres que adorna su espléndida veteranía con la ilusión de cuando nos enamoró siendo apenas un adolescente. Todas reglas tienen sus excepciones y esas son Oliver y Filipe. Tampoco ha sido fácil para ellos pero contaban con la ventaja de que ya sabían lo que era esto. Lo suyo ha sido un reencuentro, un deja vu en rojiblanco. Sabían lo que les esperaba y lo que de ellos se espera. Si veinte años no son nada, como dice el tango, una temporada fuera es el destello de una estrella lejana. Un paréntesis que rebosa continuidad.


Todos anhelamos poder llevarnos a la boca una gambeta del Vietto que esperamos. Queremos que la velocidad de Carrasco levante turbulencias que nos despeinen el flequillo. Deseamos empaparnos de la sobriedad de Savic y defenderíamos espada en mano que Thomas recuerda al Patrick Vieira de los mejores años. Moriríamos por ver al Jackson asesino que veíamos por la tele perforar las redes rivales con esa cara de “no es nada personal” que el colombiano refleja antes de disparar. A todos les llegará su hora. Todos serán importantes a lo largo del apasionante camino que se acaba de comenzar a transitar. Cada uno en su medida deberá aportar su granito de arena para levantar la montaña cuya cima esperamos tocar allá por mayo. Será cuando ya todos ellos reciten de memoria los versículos del evangelio del Cholo, hasta entonces todos deben estudiar para aprenderlo de corrido. Nunca es fácil ser el nuevo a no ser que seas Correa. De él hablaremos en futuras ocasiones, los que son como él en ningún lugar se sienten como si fueran nuevos y para ellos todo es mucho más fácil.