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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Hablar con la familia


Me parece de un romántico que tira de espaldas que, en estos tiempos de Tinder y cuartos oscuros, vaya el Barça y se ponga a hablar con la familia de Griezmann. Es muy de valorar que las cosas se hagan como es debido, como se han hecho toda la vida. Uno se imagina a los representantes blaugranas asegurando que sus intenciones son formales mientras enumeran las hectáreas de tierra y cabezas de ganado que poseen. Todo alarde es poco para convencer a la novia, aunque ésta sea francés y además mediapunta de adopción y extremo de formación. No me sean antiguos, leñe. 

No es complicado visualizar a su familia, a la de la futura desposada digo, cambiando de actitud mientras la entrevista/proceso de venta se produce. La señora madre del galo va suavizando su postura corporal con el paso de los minutos. Seguramente se relama viendo la buena posición en la que su niño va a quedar, pese a sus orígenes humildes. Se acabó el presionar a campo completo siguiendo las indicaciones de ese enamorado del sudor llamado Simeone. El futuro pinta estrecho de esfuerzos. No hay más que ver lo bien que se conserva Arda Turan. Parece que el tiempo no haya pasado por él. Diríase que se ha quitado años de encima desde que salió del Atleti con el ánimo de atragantarse de triunfos. Está hecho un pincel, tieso por el desuso, pero pincel al fin y al cabo. 



Radicalmente distinta es la visión de la otra familia del delantero. La familia atlética, vamos. La de los celebradísimos gestores del club, quiero decir. Molestos, pero poco, por la osadía de ese equipo que presume ser más de un club, posan como si estuvieran enfurruñados y denuncian a la FIFA en voz bajita. Piensan que este tipo de cosas del corazón se solucionan de otras maneras. Otras más sencillas. Airear que desde el Mediterráneo quieren hablarse con Antoine les coloca en la incómoda posición de tener que pedir la cláusula de rescisión, so pena de quedar desairados ante los suyos (algo que nunca les importó lo más mínimo, por otro lado). Su enfado se sustenta sobre el hecho de que el aireo del noviazgo va a obligarles a ponerse estupendos a la hora de vender. "Si hubieran venido a nosotros de principio, otro gallo nos hubiera cantado", mascullan lamentando por si el negocio se frustrara. A ellos siempre les pudo más el bolsillo, si es de otros, que el alma. 

Uno solo espera que, puestos a reunir la dote para sellar el pacto sentimental, no intervenga el lenguaraz hermano del delantero como intermediario. Malo sería que la próxima boda se suspendiera por un mal tweet inoportuno. Cualquier día el zagal vuelve a acordarse de Manchester, de París o de cualquier otro pueblo con posibilidades. Recemos para que, para entonces, los novios ya se hayan encamado y no haya marcha atrás. 

martes, 14 de noviembre de 2017

El retraso

Hay mañanas en las que tras parecer haber superado con éxito la rutinaria contrarreloj diaria, todo se tuerce en el último momento. El niño espera junto a la puerta de casa abrigado como para afrontar una expedición al Himalaya. Las tazas ya descansan en el fregadero, tras mucha pelea secas como un pantano castellano. La camisa todavía luce las líneas del planchado que irán perdiéndose con el paso de las horas. Es entonces cuando te palpas los bolsillos y reparas en que faltan las llaves. O quizás el móvil. A lo mejor los goles y la sonrisa de Antoine.

En esos segundos de pánico todo se viene abajo. Esas ausencias hacen que el plan se derrumbe como un castillo de naipes. Buscas en todos los sitios posibles. Revuelves el cubo de la ropa sucia y, entre calcetines tiesos, encuentras declaraciones realizadas al borde de una piscina que no esconden las ganas de marcharse del Atleti. Finalmente, los objetos buscados acaban apareciendo aplicando solamente una pizca de pausa. Las más de las veces suelen estar en algún lugar previsible: las llaves en el cajón del mueble del pasillo de entrada, el móvil en el baño, justo al lado del rollo de papel higiénico. No obstante, cuando lo perdido es la actitud de un atacante, no solo basta pausa y detenimiento. Tal vez para reencontrarlos sea necesaria una estancia con todos los gastos pagados (la pasada revisión contractual manda) en el banquillo o la grada ¿Por qué conformarse con sacarle del campo diez minutos antes de un nuevo desastre? Normalmente, el cartelón del cuarto árbitro alivia pero casi nunca soluciona. Se entienden las sustituciones cuando el partido y el ánimo agonizan. Aferrados a un (no siempre) probable arreón final, ¿que sentido tendría colgar balones al área para que sean rematados de cabeza por alguien que la tiene en Manchester?


Pese a ser breve, el retraso ocasionado por la búsqueda trastoca el plan de forma irreparable. Se tuercen el día, la tarde o incluso la temporada. La existencia se compone de esos pequeños automatismos que la hacen llevadera. Cinco minutos de demora pueden suponer media hora más de atasco. Diez o quince partidos sin noticias de la estrella conllevan las casi segura eliminación en Champions. Cientos de trenes se escapan en esos instantes de zozobra. Miles de parejas se rompen. En millones de pases de la muerte el rematador no llega a contactar con el balón por una décima de segundo. El fútbol, o lo que es lo mismo, la vida, no esperan. Las mañanas y los pases entre líneas caducan a velocidad de relámpago. Con menos razón a aquellos que podrían utilizar su sueldo como eficaz repelente de la pereza. El tiempo de la comprensión y los perdones yace aquí, muerto a consecuencia de un retraso. Aunque lo parezca, la vida no es un tweet que pueda borrarse y empezar de cero. Da igual que sea suyo o de su hermano. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Se buscan valientes

“Se buscan valientes”, es el tema de moda que canta uno que es muy del Atleti, El Langui, para sensibilizar sobre el acoso escolar. Sobre el abuso del matón poderoso hacia el débil y anima a no callarse, a hacer frente, a no rendirse. Valentía requería ayer el partido y el Atleti regó con ella el terreno de juego del Camp Nou. Los primeros treinta minutos del choque se convirtieron en un canto a la osadía del que normalmente no alza la voz. No le quedaba otra al adversario que acularse y capear el temporal, privado del oxígeno que el balón supone para ellos. Gozaron los nuestros de varias oportunidades claras que no llegaron a dinamitar la eliminatoria por el nimio detalle de la falta de gol rojiblanco. Tal vez hubiera que encontrar valientes entre los medios para no dejar de poner el foco en el palco y preguntarse dónde está el gol que pidió Simeone en verano. Se cuenta que anda por la zona oeste de Londres, añorando la ribera del Manzanares.

Se buscaban valientes y el árbitro no fue uno de ellos. Gil Manzano, trencilla que aúna en sus apellidos aromas de oscuridad para la causa rojiblanca, se anunció cobarde mirando para otro lado ante un penalti tonto, pero penalti al fin y al cabo, a Torres en el primer acto. Su actuación medrosa se coronó con un gol legal anulado a Griezmann y un par de expulsiones al equipo local que deberían haberse producido un buen puñado de minutos antes. Como es costumbre en ciertos escenarios, el encargado de impartir justicia guardó silencio connivente. Perdemos horas a lo largo de la temporada en debatir sobre estilos, sobre alineaciones y sobre variantes aun a sabiendas de que hay algo que no varía nunca: el estilo de los que se siempre se alinean al lado del fuerte. El Cholo habló claro finalizado el partido. Anduvo valiente al señalar cómo funcionan las cosas en las competiciones locales e hizo un guiño a la Champions, que anda suelta todavía.


Se buscaban mediocentros de guardia ante lesiones y sanciones y Koke y Saúl despacharon un partido memorable. Se buscaba contundencia y la defensa la tuvo pese a correr más riesgos. Se buscaba un plus en la vanguardia y los de arriba lo intentaron hasta la extenuación. Se buscaban valientes que encajaran los golpes sin parecer acusarlos. Se buscaba osadía para no tirar nunca la toalla. Se buscaba audacia para empequeñecer a uno de los rivales más serios que puede uno encontrarse en el camino. Se buscaba arrojo para creer y seguir haciéndonos creer. Se buscaba decisión para mantener nuestros corazones en un puño hasta el pitido final. Se buscaba templanza para calcular las posibilidades de una empresa casi imposible. Se buscaba valor y al Atleti le sobró. Cuando los acontecimientos suceden así, no queda otra que enorgullecerse y olvidarse de los resultados como se olvidan las traiciones de los amores de una noche.

Se buscan valientes y los hemos encontrado. Visten todos de rojo y blanco.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Ser lo que uno no es

En una de las tramas centrales de la segunda temporada de True Detective, que no es ni la mitad de inquietante que la primera pero tampoco tan mala como la crítica denunció, el personaje que interpreta Vince Vaughn, Frank Semyon, trata de convertirse en algo que no es. Pretende dejar atrás su pasado de matón sin escrúpulos, de tipo duro y fiable en trabajos de medio pelo. Frank intenta medrar en la escala social del crimen pasando de sicario a gran hombre de negocios perdiendo en el intento el sueño, la pasta y hasta la vida, valga el spoiler. No es difícil empatizar con un personaje ahogado en unas reglas que imponen otros. Una piraña antiguamente temible que se convierte en bocado apetecible cuando pretende pescar en un mar donde campan a sus anchas los tiburones. Ser lo que uno no es. Esa es la cuestión.

El pasado sábado, esperaba la afición al Atleti que se ha visto en los derbis desde que Simeone se hizo cargo del equipo: cuchillo entre los dientes, corazón bombeando adrenalina aceleradamente, ánimo de no hacer prisioneros. Lucía el Calderón una belleza nostálgica ante uno de sus últimos partidos grandes. Con todo el papel vendido, arropaba la grada elevando la temperatura de gargantas y sentimientos. Todo estaba dispuesto para vivir otra noche llena de magia. Fueron necesarios solamente un puñado de minutos para darse cuenta de que al encuentro le faltaba algo. El Atleti no había saltado al campo. Sobre el césped había dos conjuntos, uno de ellos vestía incluso de rojo y blanco y sus integrantes parecían pertenecer a la plantilla colchonera, pero era otro equipo.

Achinaba el aficionado atlético los ojos, intentando enfocar mejor para descartar una posible suplantación de identidad pero no, Koke y Saúl estaban sobre el campo aunque no parecieran ellos. Se veía también a Savic, pero a un Savic sin la solvencia acostumbrada. Correteaba sobre el tapete Griezmann sin acercarse al balón para aportar algo relevante y solamente Torres se asemejaba al Torres de los últimos partidos, lo que sin duda es una pésima noticia. Ni rastro de las señas de identidad que han llegado a convertirse en denominación de origen Ribera del Manzanares. No hubo presión ni intensidad. No apareció siquiera ese compromiso de luchar cada balón como si fuera la vida en ello. Por el contrario, era el rival el que mordía, el que buscaba la contra con ánimo de hacer sangre, el que vencía en cada balón dividido ante la pasividad del Atleti que no era el Atleti.


Es de imaginar que mientras todo esto ocurría, los guardianes de la estética futbolística disfrutarían una barbaridad. Después de tantos años y tantas líneas escritas denunciando la fealdad del juego de los de Simeone, el desempeño de este Atleti impostado les debió parecer casi poético. Hace tiempo que se atisban señales para la preocupación en el feudo rojiblanco, aunque algunos lo califiquen de jugar mejor. No obstante, al comenzar la segunda mitad compareció un Atleti que por un instante volvió a ser él mismo. Retornando a las esencias, el cuadro del Calderón se intuyó de nuevo reconocible. Fueron solamente quince minutos, tal vez menos, pero llenaron de esperanza y de fútbol supuestamente feo la noche y los corazones.

Tras la derrota, merecida más allá de cualquier otra consideración, se presenta una encrucijada ante la que merece la pena reflexionar ¿Cuál es el camino a seguir? Los resultados parecen aconsejar una vuelta a los orígenes. Ser de nuevo el equipo que nos acompañó en viajes que nunca olvidaremos mientras vivamos. Redescubrir al Atleti canalla. Preservar la virginidad de nuestro marco como primer axioma. Atacar desde la defensa. Entregar el balón si debe ser entregado. Ganar la batalla de cada minuto, como dijo el Mono Burgos. Vivir al filo del partido a partido y no entablar ningún tipo de negociación sobre el esfuerzo. Es probable que los entendidos califiquen esa vuelta al punto de partida como una traición, pero no existe una mayor traición que la que uno se hace a sí mismo fingiendo ser lo que no se es. Intentando taponar con la mano la herida por la que se escapa su vida, Frank Semyon comprende al fin su error. Haber intentado ser lo que uno no es. Como el Atleti en los últimos tiempos. Esa es la cuestión. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Crónica desordenada del Atleti-Rostov

Conviene de vez en cuando dejar que el desorden se apodere de las rutinas que creemos imprescindibles, para así apreciarlas más. Merece la pena salir a la calle desarreglado, sin haber pasado por la ducha, dispuesto a fiar toda tu suerte a no ser convocado a una reunión de última hora o a cazar un rebote que se produzca cuando Godín, un delantero centro atrapado en el cuerpo del mejor central del mundo, pelee cada balón llovido al borde del área contraria. El ingenio se agudiza cuando te das cuenta de que olvidaste el paquete de tabaco y el dinero suelto en el pesado cenicero del mueble de la entrada. Solo así, puede uno llegar a valorar lo que tiene, aunque solo sea un cigarrillo con la punta doblada que no sabes si llegará a prender.

A ojos del que suscribe, partidos como el del Rostov de ayer llenan la mochila de alternativas que hacen que el Atleti crezca. Es incalculable el valor futuro de esos encuentros en los que el plan se hace trizas un minuto después de conseguir el gol que parecía espantar cualquier tipo de incertidumbre. Son choques en los que más que al rival, debe vencerse a la ansiedad. Mañanas que nos sorprenden pidiendo ser afrontadas mal afeitados y con la camisa arrugada. Supo el equipo rojiblanco adaptarse al caos y se descolocó conscientemente sin dejar que la desesperación hiciera carne. La amenaza de perder antes de tiempo los privilegios que otorga ser primeros de grupo propició que el campo se sembrara de delanteros con carnet o sin él, como el caso del central uruguayo. Filipe aparecía por todas las zonas de la cancha dándole sentido al término todocampista, Koke pasó a comandar las operaciones aéreas, harto de no encontrar resquicios y hasta Savic llegó a parecer humano, aunque esto último probablemente no fuera más que un espejismo producido por la intensidad del momento. 


Tuvo que ser Griezmann, cuando más pinta de cama deshecha tenía el equipo, el que rompió la igualada no sin suspense. Lo hizo en una posición de fuera de juego habilitada por el toque previo de un rival, de igual forma que en el primer gol, que tal vez no fuera más que un ensayo con público del segundo. Los dos goles del francés tuvieron como factor común un escorzo genial. Fueron dos remates poco académicos, de esos que se llevan dentro porque no existe manera de entrenarlos. Sacó el Atleti petróleo porque lo mereció, porque supo mimetizarse con un partido áspero y sin concesiones. Permitió que el desorden anegara el campo, dejándolo todo perdido de emoción y obtuvo el premio anhelado traicionándose a sí mismo: no acordándose de la pizarra.

La personalidad de un equipo debe medirse teniendo en cuenta su capacidad de adaptación. Mostró ayer el Atleti buenas dosis de ella. En días como estos, en los que reparas en que olvidaste las llaves de casa, el juego vistoso y los goles que últimamente tan propicios se estaban mostrando en el pesado cenicero del mueble de la entrada, solo el desorden puede salvarte. Ser capaz de saltarte las reglas y sentirte cómodo aun estando descolocado. A veces, como ayer, esa flexibilidad obtiene el premio de un gol con aspecto de cigarrillo con la punta doblada que al final pudo llegar a prender en el descuento. 

martes, 25 de octubre de 2016

La inevitable existencia de los domingos por la tarde

Aunque todavía haya quien lo dude, los domingos por la tarde existen. Cualquier humano, por muy apasionante que sea su vida, conoce en primera persona el sabor de esos momentos posteriores a la sobremesa del último día de la semana. Esos minutos que transcurren pesadamente para volver a colocar en su sitio todo el maravilloso desorden que el fin de semana dejó en medio del salón. Los más receptivos son capaces incluso de notar como los mecanismos y engranajes del universo se ajustan para volver a la rutina con pequeños crujidos que se escuchan a media tarde, justo cuando en la tele ponen una película alemana ambientada en Mallorca con pretensiones de thriller psicológico. Cabría preguntarse si en Alemania se programan a las mismas horas filmes españoles de suspense, lo que quizás explicaría la reticencia teutona a extender los fondos de cohesión comunitarios para el desarrollo ibérico. Todo puede ser.

Una vez admitida la existencia de los domingos por la tarde, conviene reconocer que normalmente nos pillan desarreglados. Un poco a medio vestir, como le cogió a Simeone el otro día. El acostumbrado y sobrio traje negro fue sustituido por un chándal de tacto inimaginable. Conociendo las supersticiones que adornan al técnico con respecto a la ropa a elegir cuando hay día de partido, tal vez El Cholo intuyera que de un encuentro a media tarde del domingo poco había que esperar. Para redondear el conjunto, nuestro entrenador se calzó unas botas en tono naranja radiactivo. Era una señal de alerta, un aviso a navegantes de lo que esperaba. Tal vez no supimos verlo hasta que fue demasiado tarde ¡Ojo, que el partido tiene trampa! Que este Sevilla parece que va en serio. El que avisa no es traidor, mírenme las botas si creen que bromeo.


Tampoco ayudó la persistente lluvia a que el partido no cogiera al Atleti a contramano ¿Quién no puede entender las escasas ganas de salir de casa en un domingo por la tarde lluvioso? La tarde sevillana pedía sofá y manta. Pedía pijama siendo exagerado. Varios de los jugadores colchoneros estuvieron desdibujados: poco se supo de Griezmann, Correa volvió a reñir con el acierto, Gameiro estaba sumergido en sus recuerdos, Koke llegó a parecerse al Koke al que no se le confiaba la manija y hasta Savic y Godín parecían descolocados en bastantes ocasiones, lo que ya es mucho decir.

Lo mejor de los domingos por la tarde, una vez aceptada su inevitable existencia, es que rápidamente se les pone cara de lunes, lo que es muchísimo peor a todas luces. Podrían enunciarse cientos de teorías sobre su génesis o sobre la paradoja de que las postreras horas de un día festivo puedan llegar a ser tan deprimentes. Podría analizarse la primera derrota de la temporada desde muchos puntos de vista. Probablemente el rival fue mejor en ciertas fases y en otras lo fue el Atleti, aunque sin acertar de cara al marco. Hay partidos que se escapan porque nacen marcados para escaparse, para escurrirse por el sumidero del calendario como si fueran los segundos de un domingo por la tarde. Quizás la única explicación posible estribe en el color de las botas de Simeone. A los domingos por la tarde no les gustan los colores demasiado estridentes ni los partidos con lluvia. Su miseria solo se disfruta plenamente mientras se ve una película alemana de misterio ambientada en Mallorca. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

De recuerdos y memorias

Más de treinta años tuvieron que pasar para que el Atleti lograra vengarse del Bayern por aquello de Bruselas y en unos meses tres veces ha sido negado el equipo bávaro por los colchoneros. Imagino que los fieles adoradores de la posesión de balón deben estar compungidos ante tamaña atrocidad. Hablando de equipos alemanes, uno recuerda una previa de Champions contra el Schalke, equipo con gran tradición en el cuidado paliativo de jugadores terminales, en la que el Atleti se metió en la fase de grupos de la competición tras arrollar a los teutones. Fue un partido extraordinario. Una rara avis en aquel Atleti de entonces donde lo más extraordinario era que Maniche terminara los partidos sin sacarse un bocadillo de chorizo de Pamplona del dobladillo de la media para apagar el hambre.

Servidor de ustedes ese día incluso participó, no sin algo de vergüenza, de esa suerte propia de graderío conocida como hacer la ola. Nunca volví a caer en esa frivolidad, pese a asistir a encuentros que la merecían más holgadamente. Más allá de esta confesión que pudiera cambiar el altísimo concepto que alguno de los lectores pudiera tener, aun a estas alturas, del que suscribe, lo significativo del hecho es la capacidad que uno tiene para recordar los partidos extraordinarios de hace unos años, seguramente por ser escasos, y la falta de espacio en el disco duro craneal para recordar cada momento excepcional que nos ha dejado el Atleti de Simeone, de tantos que fueron. Hay noches, como la de ayer, en la que uno querría agarrar cada segundo y guardarlo en un cajón con llave para que nunca escapara. Dentro de algunos años los dejaremos salir, todavía frescos, con el ánimo de volverlos a vivir si la agujereada memoria que tendremos lo permite.


Cuando eso ocurra, rememoraremos la mano prodigiosa de Oblak sin la que pudo haber cambiado todo. Tendremos que describir las fantásticas conducciones en diagonal de Carrasco y esos latigazos con los que las finaliza. Volveremos a llenar de adjetivos grandilocuentes las hazañas de Filipe y Juanfran, capaces de anular a las estrellas adversarias y de provocarles dolores de cabeza en cada una de sus incorporaciones al ataque. Admitiremos que, pese a no estar del todo finos frente al marco contrario, Torres y Griezmann se marcaron un partidazo. Recordaremos el despliegue y poderío de dos centrocampistas totales: Koke y Saúl, por los que el Atleti es envidiado en todo el continente. Rendiremos de nuevo homenaje a Savic y Godín, capitanes inexpugnables de la guardia de la noche que custodia el muro defensivo del reino rojiblanco. Por último, evocaremos con emoción la nueva lección magistral de conocimiento del juego que Gabi impartió desde su cátedra en el mediocentro.

Lo grande de este Atleti no estriba tanto en lo que nos hace vivir, que es muchísimo, sino en lo que nos deja guardar para más adelante. Solo es de esperar que la memoria nos aguante, porque las gestas del equipo parecen tener cuerda para rato. Iremos devorando con avidez cada lance, cada imagen que el equipo nos regala para poder contarlo dentro de unos años. Entonces, sacaremos todo otra vez, todavía fresco, para contarlo de nuevo, si es posible a algún nieto vestido de rojo y blanco que se siente sobre nuestras rodillas.

martes, 20 de septiembre de 2016

¿Cuánto cuesta Griezmann?

Una pregunta llena de aristas que se repite de cuando en cuando, sobre todo tras exhibiciones del francés como ante el Celta y el Sporting. Pudiera parecer lógico que alguien, con vocación de tratante de ganado, tuviera simple curiosidad por saber el valor de mercado del delantero, pero, ¿con qué fin? Contaba un conocido, empleado del monte de piedad, que cada mes acudía a sus oficinas una señora bien con la intención de revisar la tasación del anillo de compromiso que su difunto le obsequió cuando estaba en la mili. Con el paso del tiempo, esas visitas fueron motivo de gran especulación en la oficina, llegándose a cruzar apuestas sobre la autenticidad de una joya a todas luces fuera del alcance adquisitivo de un recluta, sobre cuándo empeñaría definitivamente la pieza o sobre en qué ventanilla sería depositado al fin el anillo de marras. Con menos chicha y algo más de imaginación escribió Tolkien una trilogía sobre algo parecido, vamos.

Este Griezmann que se erigió en máxima esperanza goleadora de un Atleti que en la pasada temporada pudo reinar o en líder de una selección francesa a la que aupó a la final de la Eurocopa pese a su planicie futbolística concita intereses, a veces desmedidos. Su presencia en las resabiadas ternas entre las que se otorgan los precocinados premios individuales o en las listas de los más deseados entre los que pisan las áreas contrarias provoca el merodeo. Si a todo ello le añadimos una pizca de la sinrazón que el mercado de fichajes pasado arrastró a la orilla, con los sonrojantes montantes de los traspasos de Pogba o Higuaín como botones de muestra, podría explicarse la polvareda alrededor del galo. Aun así se debe insistir, ¿de qué sirve conocer su tasación actual?, ¿qué objetivo ulterior se busca poniéndole precio?


Siendo desconfiado, cualidad muy higiénica cuando se habla de dinero a la ribera del Manzanares, podría pensarse en una estrategia a medio plazo para vestir una futura marcha. Ya conocen el desarrollo de la trama: oferta irrechazable, inversión recuperada con creces, los jugadores juegan donde quieren, se ha buscado lo mejor para todas las partes, vendrá otro igual o mejor, en fin, nada que no conozcan. Siendo confiado, no se encuentran razones para actualizar tantas veces la estimación económica de un posible traspaso de Antoine. Está claro que Griezmann ha crecido enormemente como jugador desde su llegada al Atleti pero no es necesario poner ceros al lado de esa afirmación para convencerse de ello.

La historia del dichoso anillo culminó cuando el director de la casa de empeños decidió tomar cartas en el asunto. Al mes siguiente, hizo pasar a la señora a su despacho para atenderla personalmente. Tras mirar la joya desde todos los puntos de vista posibles, suspiró y con su mejor cara de circunstancias mintió a su clienta espetándole que el anillo era una imitación burda que no había sido antes detectada por la impericia de otros tasadores. No obstante, como compensación por las molestias ocasionadas, se ofrecía a mantener la última oferta que le hicieron por él, aún a sabiendas de que era falso. La mujer se levantó con una sonrisa pintada en la boca y, agradeciendo la atención prestada, se encaminó hacia la puerta. El director conminó a la señora a reconsiderar su postura. La oferta perdería validez en cuanto abandonara la oficina.

–Nunca tuve la menor intención de desprenderme del anillo. Ni ahora ni antes, fuera auténtico o falso –aclaró la señora condescendientemente–. Pero es que a ustedes, con esa cara de seta que gastan, se les veía tan entretenidos…

Venga de donde venga el afán de tasar constantemente a Griezmann, suba o baje su cotización, se crucen apuestas sobre su salida o permanencia, o se aventure sobre el club que pudiera pagar su fluctuante precio para convertirse en su próximo destino, solo es de esperar que el equipo rojiblanco no tenga ninguna intención de desprenderse de él. Ojalá, puestos a no desconfiar, se trate solo de un ejercicio para tener a algunos tan entretenidos, caras de seta aparte. 

martes, 13 de septiembre de 2016

Posesión irresponsable

No hay mayor acto de irresponsabilidad por parte de un rival que arrebatarle el balón al Atleti. Varios años de observación minuciosa me hacen enunciar este nuevo teorema, que como todos solo busca provocar para que lo refuten. Las cunetas del balompié están llenas de cadáveres de equipos que pensaron quitarse de en medio al Atleti manejando el cuero empalagosamente, adorando sin reparo al falaz becerro de oro del fútbol mundial, la posesión de balón. Es entonces, mientras el contrario amasa el balón, lo arropa y lo acuna con mimo como si fuera un recién nacido, cuando el conjunto de Simeone se muestra más puro y salvaje. Es entonces cuando más cómodo se encuentra, frente a los que maleducan el esférico. 

Suele suceder que los equipos que tratan la pelota como un neonato hayan interiorizado tanto su rol protagonista para con el balón que cuando éste cae en las botas de alguien que viste de rojiblanco, la desconfianza les hace perder el duelo. El Atleti se convierte para los jugadores rivales en una canguro que se presenta en casa con el pelo teñido de azul y piercings en todos los lugares imaginables para hacerse cargo del balón mientras te vas de cena. Los contrincantes a veces conceden, con todo el dolor de su corazón, un saque de banda sin mayor peligro y contienen el impulso de quitarle de las manos el cuero a Juanfran o Filipe antes de ponerlo en juego, exasperados al creer que no está siendo tratado como merece. Normalmente, los enemigos acaban desquiciados de tanto mirar el móvil, esperando ansiosamente que el Atleti llame para decir que al balón le ha subido la fiebre o que se ha declarado un incendio en su habitación mientras ellos estaban fuera.


Como les decía, es exactamente ahí, cuando el adversario se muestra más sobreprotector con la bola, cuando el Atleti se destapa. En esos terrenos aparece el mejor Griezmann, menos apretujado que con equipos de líneas abigarradas. Allí se puede ver a Koke descolgándose y llegando al área para hacer pupa. Saúl y Carrasco se sienten más libres para explotar sus potencias y velocidades respectivas. Los laterales pueden llegar por sorpresa y hasta Godín capitanea embestidas que comienzan en una arrancada que deja regusto a centrales de otras épocas. Siempre fue el Atleti un equipo de agazaparse y esperar el contraataque. Lo lleva en el ADN, como las rayas de los colchones. Así lo comprendieron el sabio Luis y el aplicado Ivic. Así lo supo ver Antic, pese a otorgar una mayor importancia a la pelota. Así lo adaptaron muchos y otros muchos, desgraciadamente, no supieron entender que el Atleti es mucho más Atleti a campo abierto.

Bienaventurados sean los equipos sobones con el balón, ganarán el efímero reino de los que triunfaron en la posesión de partidos que perdieron. Cuentan que en el vestuario rojiblanco se esperan con ansia las fechas en las que el calendario empareja a los nuestros con equipos de toque acaramelado. Mientras se afilan las uñas, los pupilos de Simeone se relamen pensando en la llamada que harán al móvil de los rivales avisando de que el balón no ha cenado nada de nada o de que les han metido tres o cuatro goles a la carrera, por poner un ejemplo. 

martes, 12 de julio de 2016

No aprendemos

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160706/Deportes/7107/Futbol-Eurocopa-final-Portugal-Francia.htm

La final de esta Eurocopa plomiza resultó coherente con el denso guion que ha caracterizado a la competición. El resultado final se adivinó a los nueve minutos, los que discurrieron hasta la lesión de Ronaldo, pero tardó en mostrarse casi cien minutos más. Demasiados. Hubiera bastado parar el partido en ese punto, justo cuando Francia dejó que se enfriasen los ánimos encendidos por una Marsellesa de pelos como escarpias y Portugal encontró un mártir al que encomendarse para conquistar la victoria. El resto fue relleno, como lo ha sido todo en un torneo tan largo como perfectamente olvidable.

Tras la postración lacrimógena y posterior visita anunciadora de la polilla al delantero, los lusitanos parecieron liberados. Hay estrellas que exigen tanto que son incapaces de nivelar la balanza con sus aportaciones. Desprovistos del yugo del enorme ego del de Madeira pero con su imagen doliente sobrevolando el terreno de juego de Saint Denís, los portugueses se descubrieron cómodos de repente ante una Francia que exhibía poco más que músculo. Apareció menos Griezmann, aunque tuvo la final en su cabeza por dos ocasiones, y no hubo noticias de Payet, acaso afectado por prender la cerilla que comenzó la hoguera de la nueva Juana de Arco.


La idea de Deschamps, que es un Javier Clemente nacido más allá de los Pirineos, de poblar sus alineaciones de mediocentros con lomos de porteros de discoteca funciona con Alemania, España y otros combinados de corte esponjoso, pero se descose cuando se mira en el espejo táctico. Conviene reflexionar profundamente si tu ataque es comandado por Sissoko. Mención aparte merece Pogba, por el que a no mucho tardar alguien pagará una factura desmedida con el objetivo de poseer su peinado y su poco fútbol. Segundos antes del gol portugués, que con el paso de las horas se antoja más justo, planeaba Didier sacar al campo a Kanté. Pocos cambios desnudan los principios de un técnico como aquellos que pudieron haber sido y no fueron.

Fernando Santos, en cambio, puso sobre el campo a un delantero en el que ni él mismo creía para abrochar una vanguardia superviviente a dos extremos que mostraban muchos más años que desborde. La valentía, aunque tímida, recogió su fruto en un disparo lejano que mereció evitar la tanda de penaltis. El antihéroe que fue héroe por un día se llama Eder y tiene garantizada esa titularidad que se le resiste sobre el terreno en los libros de historia. Su relato debería servir para recordar que, entre todos, como un equipo, es como se juega a esto antes de volver a plantear cada partido como un continuo cara a cara. Portugal se alza con el trofeo de manera tan merecida o inmerecida como lo hubiera hecho cualquier otro contendiente e inaugura su casillero de triunfos rotundos de manera coral. Es de suponer que hoy o mañana, Lisboa vivirá una gran fiesta en la que, como colofón, sacarán en procesión el paso de la Dolorosa para su veneración. No aprendemos. 

jueves, 7 de julio de 2016

Nadie hablará de esta Eurocopa cuando haya muerto

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160706/Deportes/7026/eurocopa-islandia-francia.htm

Nadie hablará de esta Eurocopa cuando haya muerto. Dentro de unos años, cuando desgraciadamente la memoria se nos agujeree, al recordar esta cita nadie será capaz de dibujar con palabras un penalti como el de Panenka, un gol de volea como el de Van Basten, una jugada de Xavi de esas que se utilizan como arma arrojadiza en los debates entre “cuñaos” elevándola a unidad de medida perfecta para glosar el valor futbolístico de un lance. Se recordará, si acaso y con dificultad, al combinado ganador, pero si no cambian las cosas mucho en los partidos que quedan, la selección victoriosa dejará una huella perfectamente borrable en la orilla del mar de una competición que ha traspasado en demasiadas ocasiones el umbral de la pobreza balompédica. Demasiado miedo a perder. Demasiadas tandas de penaltis. Demasiado poco atrevimiento. Demasiados demasiados, que suelen ser síntoma de exceso de carencias. 

Los profetas del planeta fútbol lo avisaron. Ensanchar el torneo hasta los veinticuatro contendientes podría llegar a suponer una excesiva y peligrosa democratización de la reunión que la vieja Europa organiza cada cuatro años para elegir campeón sobre el césped. Se equivocaron. Ha sido la rancia aristocracia quien está defraudando. A una Holanda que no fue capaz de sacar el baratísimo billete al evento se le debe añadir el eterno aislamiento, Brexit o no mediante, inglés. Sumen ustedes a esa ecuación el esperado fallecimiento del tiqui taca español, la racanería portuguesa, el enésimo tropiezo de una Italia de la que ilusionaba su apuesta y la ya viejísima bisoñez belga y tendrán un retrato robot bastante aproximado de los sospechosos. Solamente Francia, con Payet y Griezmann nadando a contracorriente del exceso de músculo que enamora a su entrenador, y Alemania, con pasajes que recuerdan más al conjunto que predicaba la victoria por aplastamiento que al del virtuoso toque vacuo importado de aquella España que ya no se parece en nada a la actual, pueden permitirse mirar su trayectoria sin sonrojo.


Las mejores noticias vienen de la clase turista. La frescura de una Gales que es mucho más que Bale, pese a lo que se ha vendido por la prensa interesada en vender el muñeco. La dignidad de Albania. La esponjosa rocosidad de Polonia. El contagioso entusiasmo de las Irlandas, dentro y fuera del campo. Las diferentes caras, casi todas buenas, de Croacia. Los adorables pantalones del chándal del portero húngaro. El maravilloso cuento de la Cenicienta protagonizado por Islandia, un país con más o menos la población de la ciudad de Alicante, sin contar con los veraneantes ni los que se acercan a saltar las hogueras de San Juan. Sin ellos, la competición hubiera rozado la chabacanería futbolística más absoluta.

Cuando el domingo parta la comitiva fúnebre que eche el cierre a esta Eurocopa, la despediremos sin nostalgia. Agitaremos el pañuelo sin tristeza, pensando en otra cosa, quizás en la pretemporada que se nos viene encima. Casi inmediatamente, habremos olvidado sin esfuerzo casi todo lo ocurrido durante este mes. Se comprenderá entonces eso de que nadie vuelva a hablar de ella una vez muerta. Quizás en estos tiempos de fútbol de usar y tirar sea la mejor opción. Siempre nos quedará Islandia. 

jueves, 28 de abril de 2016

Magia

Antes o después, todos nos acabamos dando cuenta de que ya no creemos en la magia. A la vuelta de cualquier recodo del camino uno se detiene y sabe que ya no habrá noches de Reyes como las de la infancia. Nunca volveremos a mirar debajo de la almohada para ver si el Ratón Pérez aceptó el trato dejándonos una moneda de cinco duros. Jamás experimentaremos de nuevo el hormigueo de tantas primeras veces. La magia se nos marchó a jirones a la vez que cambiábamos de talla de pantalón o de zapatos. Ahora nos dedicamos a buscar el truco de la vida sabiendo que no existe. Aun así, hay ocasiones, como la de ayer, en las que aparcamos las miserias de la realidad y nos entregamos a la magia, que existe. A la orilla del Manzanares, para ser más exactos.

Un entrenador, once jugadores, cincuenta y cinco mil almas, cientos de miles y hasta millones de hombres y mujeres se transformaron de nuevo en niños y niñas durante dos horas. Dejaron a un lado preocupaciones, hipotecas y malabarismos para llegar a fin de mes y se sumergieron con los ojos abiertos como platos en el universo de magia que emanaba el Calderón. Notaron que todo era diferente. Nuevo. Volvieron a vivir cada sensación como la primera vez. El encantamiento empapaba corazones que latían expectantes y obligaba a animar hasta desgarrar la voz. Las palmas echaban humo. El pitido inicial no hizo sino reforzar el hechizo.

Durante los primeros minutos, incluso los jugadores y aficionados bávaros parecían aturdidos por la ilusión. No había chisteras ni pañuelos infinitos, pero comparecía un Atleti desatado. Mágico. Sin más preámbulos Saúl agarró un balón sin trampa ni cartón y lo convirtió en uno de los goles más maravillosos que se recuerdan. Rivales hipnotizados yacían en el camino del interior rojiblanco incapaces de llegar a adivinar el truco. Quizás no lo hubiera. Fue pura magia.


Siguió el equipo colchonero a lo suyo mientras el rival asistía desde la mejor localidad al espectáculo. Tras la cortina de todo balón dividido aparecían Koke, Gabi y, sobre todo, un inmenso Augusto para conquistarlo. La defensa ocultaba en un cajón cada ataque enemigo para posteriormente abrirlo y ver que dentro no quedaban migajas de peligro. Oblak, remangado, convertía la pelota en paloma prisionera entre sus guantes. Griezmann y Torres se evaporaban y volvían a hacerse carne en la vanguardia, obligando a los defensores del Bayern a andar con mil ojos. No hubo dobles fondos ni ilusiones ópticas. Fue trabajo y fútbol a partes iguales. Un derroche desplegado ante atónitas miradas llenas de inocencia.

El segundo acto del choque no fue a la zaga del primero. El número de ilusionismo se adaptó a las necesidades del ambiente. Las filas se cerraron y, ante la incredulidad del respetable, pudo constatarse que once hombres pueden levantar una muralla inexpugnable. Buscaban los germanos un resquicio que no existía para estrellarse una y otra vez en la tela que el gran prestidigitador Diego Pablo había tejido en su mente. Hubo tiempo incluso para que Torres, otra vez rejuvenecido, pudiera sellar la mitad del pasaporte a Milán en un remate que sacó del mazo de cartas que ocultaba en la manga del contraataque.


Terminado el encuentro nadie quiso moverse de su asiento. Levantarse y enfilar la salida, ponerse a hacer otras tareas, cualquier mínima perturbación podría romper el hechizo. Fuimos niñas y niños de nuevo por una noche. Creímos otra vez en los Magos de Oriente y en un superhéroe que se apellida Ñíguez. Nos pellizcamos y certificamos que fue real aunque formara parte de un sueño. No busquen el truco en el Atleti porque no lo hay. Es simplemente magia.

jueves, 21 de abril de 2016

Acostumbrarse a los milagros

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160420/Deportes/5515/Atletico-de-Madrid-Liga-candidato-La-Colchoner%C3%ADa-La-agon%C3%ADa-del-mediapunta.htm

Treinta y tres partidos no son nada, como diría el bolero si decidiera dejar los años aparcados. Tres equipos en un punto y un puñado de goles que desharían los posibles empates. Solo quedan cinco jornadas. La mitad de las que el de Hortaleza, que por algo era un sabio, afirmaba como decisivas en cualquier campeonato. La liga, tras casi encamarse en azulgrana, vuelve a posar su mirada en los demás, veleidosa. Esperarían días de transistor si hubiera alguno que hubiera sobrevivido a estos tiempos de redes sociales, podcasts y partidos a deshora. A los dos sospechosos habituales para los que cada año se prepara el baile se les vuelve a unir el Atleti, una vez más sin invitación. Escribió Chesterton que lo más increíble de los milagros es que ocurren. Tenía razón, pero desde el prisma del Manzanares admitiría rectificación. Lo más increíble de los milagros es llegar a acostumbrarse a ellos.

A la temporada de los rojiblancos le restan ocho enfrentamientos en el mejor de los casos. Como hace un par de años, soñar no es un lujo para los de Simeone. Llegados a este punto, diferencias presupuestarias y confianzas menguan como una camiseta de Primark lavada con agua caliente. El Atleti vuelve a mostrarse como la única y principal amenaza al poder establecido. Su milagro es el trabajo. No hay más. Quien se pregunte aun por el secreto escondido en poder codearse con la rancia nobleza continental de lo balompédico, que mire al señor vestido de negro riguroso que se encierra, sin éxito, en la jaula de las áreas técnicas anexas a los banquillos. Su discurso no se mueve: ahora toca conquistar el Nuevo San Mamés. Ya se sacará al locuaz Rummenigge de la alacena, ya se hablará de matemáticas una vez se haya disipado el humo que se expende como genérico remedio para quien quiera engañarse. El camino hacia la gloria solo puede imaginarse partido a partido.


Siete u ocho choques a afrontar con la fe en máximos históricos. El aficionado atlético mira al césped y encuentra un portero con hechuras de póliza de seguros a todo riesgo, laterales con filo de puñal, centrales a los que solo les falta el bigote para poblar las pesadillas del delantero más audaz, centrocampistas que compaginan toque y sudor y atacantes a los que el gol, otrora esquivo, vuelve a sonreír. No es posible imaginar mejor compañía ni mejor actitud para encarar la batalla. Toda la plantilla está preparada. El asalto a los cielos es más un estado de ánimo que una obligación.

Las niñas ya no quieren ser princesas, ahora quieren ser del Atleti y dejarse enamorar por cada desmarque de Fernando. Los niños tildan de frivolidad lo de soñar en convertirse en astronautas o bomberos y aspiran a imitar las arrancadas de Diego desde la cueva. Los más mayores morimos con las diabluras de Antoine, con la jerarquía de Saúl y con Gabriel haciendo de todos los personajes de la obra. Se vienen las fechas que lo decidirán todo y Koke se ha vuelto a poner su mejor traje. Los dados giran en el aire y, lejos de ser superado por la bisoñez, Lucas muestra serenidad de cincuentón imberbe. La magia habita en la varita de Ángel y no hay galgo que cace a Yannick en campo abierto. La meta se adivina en el horizonte y el conjunto rojiblanco se acerca a ella latido a latido, convencido de que si se cree y se trabaja, se puede.   

Apenas quedan unas pocas citas y el equipo que no jugaba a nada, el que aburría y el que recurría a la violencia como modo de vida –todo eso decían, dicen– alcanza en puntos a plantillas que parecieran sembrar de laureles cada comparecencia sobre el pasto ¡Quién lo iba a decir! El milagro sobre el que el Atleti lleva cabalgando los últimos años ya ha ocurrido. Desde este punto hasta el final solo puede hacerse más grande. Que los que vivimos en colchonero nos hayamos acostumbrado solo lo convierte en más extraordinario. 

martes, 22 de marzo de 2016

Somos Premium

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160316/Deportes/4898/Atletico-de-Madrid-Sporting-de-Gijon-horarios-China-Asia-La-Colchoner%C3%ADa.htm
Somos Premium. De nuevo ha sido Simeone, cómo no, el que pone a secar la ropa en los balcones de la ironía. Tampoco esta vez habrá quien recoja el guante del maltrato al que se somete sistemáticamente al Atleti. El Cholo, además de técnico, ejerce también de junta directiva, de portavoz y de alma de tanta historia. En el palco andan a otras cosas, a vestir las cuentas que no salen en relación con lo de la Peineta, que no es lo que se demanda, pero no es poco.

Lo bueno de ser Premium es saber que el sudeste asiático habrá quien repare en que el partido ante el Sporting pareció un accidente sin serlo. Con el depósito en la reserva física y emocional, el Atleti contempló acalambrado cómo se escapaba el típico partido que suele acabarse en cuanto mete un gol. La estructura defensiva cayó fulminada de agotamiento. Fue una cuestión de piernas y no tanto de fútbol. Los rojiblancos, despojados de la presión y de la intensidad, se tornan más humanos. Rozan la vulgaridad incluso. Supo el equipo asturiano hurgar en la herida abierta. Echando el balón al piso, que no pintaba la tarde para esperar favores del cielo ni de la autoridad.


Tras la derrota, los abrevaderos de la información se saturaron de sesudos análisis que, a toro pasadísimo, mostraban el camino que pudiera haber evitado la derrota. Costaba respirar de lo contaminada que andaba la atmósfera deportiva de dibujos, nombres y presencias anheladas. Hubo quien creyó que la fórmula mágica se componía cambiando los cromos, así, sin más, desdeñando de un plumazo lo cargados que andaban los gemelos y las meninges tras la tanda contra los holandeses. Raro resultó que Griezmann no cayese desplomado, exhausto, tras sacarse de la manga del interior de la bota la obra de arte que tanto debió celebrarse a la sombra de la Gran Muralla.


Por vez primera en lustros, un parón de selecciones en el horizonte no parece tan mala cosa. Podrá el Atleti restañar heridas mientras el planeta balompédico se adormece entre torrijas, procesiones y frivolidades varias del Marqués Del Bosque. Las baterías deberán volver cargadas para afrontar un tramo final de temporada que se antoja apasionante y agotador a partes iguales. A estas alturas, los descansos son tesoros y su administración, plantación de horarios mediante, determinante. Esperar favores en base al respeto ganado durante los últimos tiempos no parece prudente, desgraciadamente. Además, programar los partidos del club colchonero a otras horas rompería los frágiles corazones de tantos niños asiáticos que no comen ni duermen ávidos de su próxima ración rojiblanca. Porque, eso sí, somos Premium. Eso no hay dios que nos lo quite. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Disidentes

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160309/Deportes/4695/Simeone-Cholo-Atleti-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Transitaba servidor de ustedes la otra tarde por las redes sociales, esas nuevas metrópolis en permanente huelga de recogida de basuras, cuando me topé con un lobby pretendidamente atlético que criticaba a Simeone descarnadamente. Le acusaban de defensivo, básicamente. Argumentaban que las alineaciones del técnico tendían a la superpoblación de mediocentros. Le imputaban el delito de maniatar la creatividad, de cortar las alas a la imaginación. Todo ello después del derby, del partido de Mestalla y del encuentro en casa con la Real, que no fue tampoco moco de pavo. Ahí queda eso.

Esta nueva liga de la justicia estética con la me cruce de manera casual defendía un dibujo menos encorsetado, un modelo en el que se amontonaran los delanteros y los mediapuntas  -¡oh, cielos!- desordenadamente. Consideraban los gurús del grupo disidente que el talento estaba siendo maltratado por el Cholo. Entre sus reivindicaciones, exigían la inmediata alineación, todos a la vez y por decreto, de Griezmann, Vietto, Correa, Carrasco y Óliver. No llegaban a pronunciarse sobre Torres, pero sospecho que le harían un hueco en su alienada formación, no fuera ésta a tildarse de reservona por algún purista epicúreo ante la ausencia de un nueve más cartesiano. Opinaban, además, que hacer trabajar en la presión y en la fase defensiva del juego a los anteriormente citados era de una vulgaridad infamante, algo cercano al delito artístico, como quien dice. Sostenían a una sola voz que los futbolistas de pellizco, agotados y sudorosos por dedicarse a tareas tan farragosas, perdían frescura a la hora de crear y eso les llevaba a aburrirse como ostras. Se entiende, claro.



Los dardos de estos revolucionarios seguidores se dirigían seguidamente hacia Saúl, Koke y Gabi, triunvirato de mediocentros carentes de inspiración que, siempre según ellos, hipotecaban la innovación balompédica y ejercían de saboteadores de la circulación del cuero. También recibían lo suyo Kranevitter y Augusto, aun siendo nuevos, y solo Tiago se libraba de sus invectivas, probablemente porque queda poco decoroso meterse con los que están malitos. Todavía pensando que los comentarios, a cuál más surrealista, que provenían de aquella célula de talibanes del buen gusto eran una burda broma, reparé en un ciudadano que con cierta sorna les pedía interpretación sobre el cambio de nuestro entrenador que definió la ambición del equipo en Valencia. El de Torres por Kranevitter cuando el choque discurría todavía por las sendas del empate. Lo calificaron de farsa. Defendían que eso no era más que la excepción que confirmaba la regla, una sustitución tramposa y tribunera.

Me marché a la cama desasosegado, lógicamente, y a la mañana siguiente quise volver a sumergirme en sus océanos de esquizofrenia, principalmente para constatar que lo del día anterior no había sido un sueño. Allí seguían. A esas horas, todavía sin desayunar, glosaban las bonanzas del Atleti de Aguirre y rememoraban lo mucho que se divertían con aquellos partidos rotos y descontrolados. Cualquier día de estos, su desfachatez llegará al punto de pedir la vuelta de Maniche. Ese sí que era un mediocentro creativo, aunque por cuestiones de volumen pareciera que eran dos. 

martes, 1 de marzo de 2016

Creer o no creer

Creer o no creer, esa es la cuestión. Costaba entender, aun sin mirar de reojo la clasificación, los muy diferentes estados de ánimo con el que los contendientes afrontaban el derby del pasado sábado. A un lado, un Atleti sumido en una depresión ficticia causada por tanto cero a cero. Al otro, un rival exultante, montado en la nube del efecto Zidane, nuevo becerro de oro nacido de la unión de un exceso de ruido mediático y de varios goles en fuera de juego. Medios, casas de apuestas y minuciosos analistas balompédicos de calva reluciente volvieron a equivocarse. Ningunearon el poder de creer.

La gran diferencia entre los dos equipos radica en la fe. En el vestuario rojiblanco no hay lugar para la disidencia. El grupo cree a pies juntillas en que Simeone podría abrir el Mar Rojo si se terciara. No extrañaría ver a los jugadores lanzándose por un acantilado con una sonrisa si el técnico lo pidiera. A orillas del Manzanares no cabe más fe que la verdadera: el Cholismo. Unos kilómetros más al norte, la fe anda agotada de tanto trasegar. Una nueva religión a abrazar surge cada cuarto de hora. La consecuencia es un conjunto en el que cada uno cree en sí mismo y a veces ni eso. Ya vendrá el flamante y efímero ídolo de las cuatro y media a sacarles del embrollo.



El partido se lo llevó el Atleti por creer en lo que hacía. Imposible plantear otros caminos hacia el triunfo que no pasen por la presión, la solidaridad, los dientes apretados. Si además Griezmann se reencuentra, la retaguardia agranda su leyenda de inexpugnable y el centro del campo y Torres se mueven como un único ente, la suerte está echada. Enfrente, la dispersa ofensiva local se diluía en guerras personales. La unidad de la plantilla fue descabellada definitivamente por Ronaldo, ese exfutbolista, proporcionando además carnaza y motivos para la matización que llenarán horas y líneas a lo largo de esta semana.


Fe ciega frente a agnosticismo individual. La fórmula para pelear los derbys que El Cholo trajo bajo el brazo sigue siendo perfectamente válida. Lejos quedan aquellos tiempos en los que los de rojo y blanco saltaban al césped vencidos de antemano, fuera cual fuera la dinámica de cada uno. Estos partidos, desde entonces, han mutado en batallas que suelen caer del lado del ejército que más cree en la posibilidad de victoria: el que viste a rayas. Tal vez Guti no anduviese tan desencaminado en el desatino que parió antes del encuentro. Probablemente ningún jugador del Atlético quisiera degradarse a ser titular en el equipo de las mocitas.  

martes, 23 de febrero de 2016

Inconscientes

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco: 

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/inconscientes/

Parece mentira. Andábamos tan tranquilos inmersos en la rutina y ya tenemos al equipo desmontado. Hecho unos zorros como quien dice. El Atleti se desintegra como un objeto sideral al entrar en contacto con la atmósfera mientras nosotros, que somos unos inconscientes, dedicamos la semana a cargar con nuestras diarias miserias. Menos mal que la industria del colorín en la que se ha convertido el periodismo deportivo cartesiano nos lo ha recordado. Gracias. No sé qué haríamos sin vosotros, queridos. Cada vez que el azaroso calendario decide juntar nuestro camino con el del equipo que con su avería en el fax propició una crisis profunda en la relación entre Edurne y su chico, ahí estáis, prestos a sacarnos del pozo de la ignorancia. Gracias de nuevo.

Sabíamos que ahora venían curvas. Que volvía la Champions en medio de unas jornadas de liga de horario traidor y rivales de renombre. Conocíamos de la dificultad de la empresa pero no podíamos llegar a sospechar lo maltrechos que lo afrontaríamos. Qué cabeza la nuestra. Simeone se nos marcha al Chelsea. Griezmann vive sin vivir en sí porque quiere mudarse al norte de la capital. Lo de Torres en los últimos partidos es una casualidad. La defensa ya no defiende lo que defendía, defienden los defendedores de trabalenguas y, para colmo, fuentes fidedignas aseguran que la resurrección capilar de Oblak no es tal, sino un exceso de cardado. No nieguen que el suicidio no ha pasado por sus cabezas ante este panorama ¿Sí? Normal, claro.



Visto lo visto –y lo que te rondaré morena a lo largo de la semana que viene–, no sería de extrañar que el Atleti se presentase a plantar cara en ese estadio que parece una penitenciaría sin entrenador, sin utilleros y con solo cuatro o cinco jugadores del primer equipo en disposición de saltar al campo. Por supuesto, los pocos que pudieran comparecer lo harían sin ganas, solo animados por el hecho de que en algún lance afortunado que protagonizaran les convirtiera en objeto de deseo del rival. Todo el mundo sabe que todos los futbolistas, técnicos y hasta mecánicos de lavadoras con exceso de cal, desde bien pequeños lo que ambicionan es jugar en el equipo de la camiseta descolorida. Como debe de ser.  

Tal vez no nos hayamos dado cuenta antes del avanzado estado de descomposición de nuestra escuadra por esa milonga del partido a partido o por otro camelo parecido. Nosotros siempre tan desenfocados, intentando colarnos en fiestas donde no somos bien recibidos y no teniendo visión. Será por eso que somos incapaces de detectar la campaña de acoso y derribo al que se ve sometido el constructor y ser superior a tiempo parcial que rige los destinos del club Emirates. Lo que decía antes, unos inconscientes.


En cualquier caso, llegados a este último párrafo y habiendo dejado toda la ironía y el sarcasmo de los anteriores aparcados en un paragüero de diseño, yo que ellos no estaría confiado. Por más que vaticinen apocalipsis colchoneros, por más que se llenen líneas anunciando el desguace de nuestro equipo, al césped del próximo derby saltarán once hombres vestidos con camiseta rojiblanca. Sean quien sean, yo que ellos, me andaría con cuidado. Por si acaso. El que avisa no es traidor. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Viejos amigos

Reencontrarse con viejos amigos produce una sensación difícilmente comparable a cualquier otra. Una sonrisa, un abrazo. Las palabras sobran casi siempre. No es necesario ponerse al día con las nimiedades que uno vierte cuando el azar hace que te cruces con un conocido o un compañero de trabajo, por ponerles un ejemplo. Las vivencias en común, las andanzas que contaremos a nuestros nietos son las que permiten que uno se desnude de toda convención social. Así, totalmente pelados, mostrando solo carne y corazón, uno empieza a comportarse de manera natural, como si no hubieran pasado años desde la última vez. Muchas veces basta una mirada para saberlo todo. Probablemente vuelva a pasar demasiado tiempo hasta el próximo encuentro pero en esa futura ocasión ocurrirá lo mismo: no hará falta manchar el momento con ninguna palabra que pueda sobrar.

No había sacado todavía el Atleti de centro y ya era dueño del partido. No era necesario analizar nada más, no hacía ninguna falta acordarse de las dudas que entre algunos sembraron partidos anteriores. Los primeros compases sirvieron para abrazar en silencio a nuestro viejo amigo, el que nunca falla y viste de rojo y blanco. Volvió el Atleti que recordamos, el de los goles que brotan de una voraz presión. Volvió el equipo que no recula, que no teme. Sonreímos al volver a reconocer a Filipe, a Koke, a Gabi e incluso a Griezmann, aunque estuviera fallón en los últimos metros. Disfrutamos sin querer verbalizar los desmarques de Torres. Recuperamos la certeza de que Godín es indestructible y constatamos de nuevo que nuestra tranquilidad está íntimamente ligada a la presencia de Oblak bajo los palos. Si a todo lo anterior le suman ustedes que Tiago y Carrasco mantuvieron el altísimo nivel de pasados partidos, podrán imaginar de lo que les hablo. Hubo tiempo incluso de acordarse menos silenciosamente pero de manera muy sentida de la señora madre del colegiado, viejo enemigo con tradicional fijación por perjudicar a los nuestros.




Cualquier conocido, especialmente si es de esos tan molestos con tendencia a moverse entre cielo e infierno tres veces en el mismo día, buscará hoy motivos para la preocupación en la cortedad del resultado o en la incertidumbre final de un partido que debería haber fallecido por goleada. Háganse el favor y sáquenselos de encima con las convenciones sociales usadas en casos parecidos. No permitan bajo ningún concepto que nada ensombrezca el recuerdo de los noventa minutos vividos ayer. Esos en los que nos volvimos a abrazar con nuestro viejo amigo el Atleti sin pronunciar palabra alguna por si pudiera ensuciar el momento. 

lunes, 19 de octubre de 2015

No apueste contra el Atleti

Si se diera el caso poco probable de que a ustedes les sobrara el dinero y anduvieran pensando en invertirlo, no lo hagan apostando contra el Atleti. No preguntaré por la procedencia de ese fajo de billetes que pretenden quemar. No me pararé a investigar si cayó a sus bolsillos llovido de un supuesto cielo en el que ahora descansa una tiíta solterona que se acordó de sus lejanísimos sobrinos en uno de sus últimos arrebatos de lucidez o si proviene de la recalificación de un terrenito rústico hábilmente gestionado por un cuñado que hizo carrera en éste o aquel partido. Mi consejo no abraza objetivos morales, sino prácticos. Si la mejor estrategia que han encontrado para hacer que sus ahorros crezcan y se multipliquen es la de pensar que los rojiblancos no van a dar que hablar este año, olvídenlo. Busquen ustedes otras acciones con las que dilapidar sus rentas, háganse ese favor.

Tal vez las jornadas iniciales de calendario rocoso hayan podido mellar la confianza de algún creyente no practicante. Tampoco ayudan a rememorar si las botellas lucen medio llenas o no esos coitus interruptus tan exasperantemente abundantes que en forma de parones de selecciones sufrimos los adictos al fútbol de clubes. Pudiera llegar a admitir que si echáramos un rápido vistazo al balance del Atleti en lo que llevamos de temporada, refleja éste quizás más sombras que luces. Que el equipo parece menos engrasado, domesticado incluso en ciertos lances del juego. Podría invocar, y justo sería, a los necesarios tiempos de ensamblaje, a respetar los tiempos de cocción para que las lecciones del catecismo del partido a partido ganen en untuosidad. Comprendería, puestos a ceder terreno, a quienes pretendieran devaluar el bono a muy corto plazo de una plantilla todavía inmersa en forjar su propia identidad, pero eso sí, no consintiendo colocar las expectativas de un equipo recién echado a rodar a la altura de cualquier bono basura: de ese tipo de urgencias y rentabilidades cortas de miras saben bien en otras orillas, no en la nuestra. Les advierto además que si persisten en su actitud y no pliegan velas, les envío a mis padrinos, bien sea para acordar lugar, hora y armas a utilizar, bien para administrarles de manera terapéutica un soplamocos si la cosa se enquistara más allá de lo caballeroso.



Sí debatiría detenidamente sobre el justo equilibrio entre intensidad y buen trato del balón que los nombres del plantel aconsejan mantener e incluso no me extrañaría que los mercados mostraran una pizca de desconfianza ante esa nueva imagen del Mono Burgos trajeado. Ya desde el pasado verano, estando aun el equipo en versión borrador, fueron muchas las voces que se alzaron exigiendo el escurridizo objetivo de jugar mejor. Vaya por adelantado que puestos a elegir bando entre resultadismo y preciosismo rococó, a servidor de ustedes lo encontrarán parapetado tras la trinchera de los que quieren ganar, ganar y ganar, como decía el Sabio. Confesaré sin reparos que llegados a este punto la estética quedó olvidada en el fondo de alguna maleta ajada por el uso, será cosa de los años o de no acabar de aguantar esa pose de los que se emboscan en la bandera del guardiolismo más militante, ése que desprecia el fin para regodearse hasta el sopor en los medios a base de toque fútil. Reconozco que el Atleti que me levanta del asiento es el de la intensidad, el de llegar una décima de segundo antes a los balones divididos, el de comerse al adversario por una pata, preferiblemente la de apoyo. Uno, que es un nostálgico además de un redicho, piensa que si un equipo de eminentes científicos descifrara el genoma rojiblanco, esos valores estarían ahí presentes entre proteína y proteína. Ésa debe ser la base, el sofrito del guiso. El esfuerzo no negociable sobre el que construir el edificio que esperamos ver relucir a finales de curso. Entiendo no obstante que sobre esos cimientos debieran surgir conexiones y automatismos, amabilidad con el cuero si se tercia. Si tras esa evolución sin traicionar las raíces el resultado es además fácil de ver, mejor que mejor. No crean que no disfruto cuando feroces balones con alma de saltimbanquis son domados por Óliver. Las gambetas de Correa y esas carreras desbocadas de Griezmann que dejan en evidencia la velocidad de los centrales rivales provocan en mí ataques agudos de síndrome de Stendhal. Me solazo como el que más cuando Koke encuentra ese resquicio en forma de último pase que desmorona las defensas numantinas y alabo la pulcritud de Tiago sacando el balón de atrás. Espero mucho de Vietto cuando olvide los apéndices, de Carrasco en las batallas a campo abierto y de Jackson cuando decida dejar de vivir sin vivir en sí pero sobre todo espero de ellos que sean capaces de asumir que la intensidad y el compromiso tienen más razón de ser en el escudo del club que el oso y el madroño. Ahora que tan de moda está el concepto, mi patria es ese Atleti indómito y salvaje al que nos hemos bien acostumbrado en los últimos años.


Si con todo lo anterior todavía siguen pensando en tirar sus ahorros no reconociendo al caballo ganador, permítanme añadir un último argumento. Uno irrefutable. Miren al banquillo. Fíjense en ese señor que normalmente viste de oscuro, el que lleva unos cuantos años obrando el milagro de los panes y los peces con cada pitido inicial. El valor más seguro maneja el timón de la nave. Les pido que observen la evolución de la cotización de las acciones de todo lo que su mano ha tocado en los últimos tiempos y les vuelvo a conminar a no malvender sus títulos y a no escuchar a los interesados brokers afines a medios del régimen, siempre tan en su papel de agencias de calificación de lo balompédico dispuestas a ignorar e incluso despedazar todo aquello que pretenda salirse de los pérfidos renglones del bipartidismo al que sirven. Este Atleti volverá a enamorar, se lo aseguro. Diría más, lo mismo el Mono Burgos vuelve a embutirse en su sempiterno chándal y se cuelga de nuevo el cronómetro al cuello, todo se andará…

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nunca es fácil ser el nuevo

Nunca es fácil ser el nuevo. En el colegio, ser el nuevo supone verse sometido a una minuciosa observación desde que entras en el aula. Notas las miradas clavándose como puñales en tu espalda mientras buscas un pupitre huérfano y sin dueño desde el que pasar desapercibido en estas primeras horas de la que será tu nueva vida durante al menos un año. Hay veteranos que incluso olfatean a tu alrededor sin disimulo, intentando detectar aroma a repetidor o a refugiado que huye de otras escuelas que quedaron en el recuerdo. Más tarde, cuando te toca leer la redacción sobre cómo fue tu verano, el resto de los alumnos presta más atención de la debida buscando pistas, puntos débiles. Resquicios por los que meter mano a la posible nueva relación. A la hora del recreo lo más probable es verse relegado a ocupar la portería en el partido de fútbol que seis clases juegan simultáneamente en el patio. Con suerte puedes intercambiar unas palabras breves con los otros dos porteros, también nuevos, sobre la operativa a seguir en caso de dos balones que lleguen a la vez. A lo mejor, cuando ya llevas dos semanas de clase alguien te ofrece poder acompañar a modo de prueba al grupo ya formado.

Tampoco es fácil ser el nuevo en el trabajo. Por más que te esfuerces en sacar de lo más hondo una simpatía largamente olvidada es imposible evitar el desconfiado escrutinio de los recién estrenados compañeros. Da igual que te ofrezcas a pagar el café más veces de las que tocan, da lo mismo que rías gracias que te piden a gritos echarte a llorar. Pasarán varios meses, años incluso, antes de ser aceptado como uno más, antes de conocer los códigos que los demás manejan con soltura. Mientras tanto, solo resta la incómoda trinchera de ese traje que te queda largo de mangas, último bastión de resistencia ante los embates de aquellos que piensan que tu llegada les arrebatará la posición ganada a base de trienios.  



No es fácil ser nuevo en este Atleti. Da igual que hayas llegado en olor de multitudes luciendo el marchamo de estrella consolidada en otras tierras y otras escaramuzas. Da lo mismo que hayas regado de sudor la pretemporada diseñada por ese Mengele de la preparación física que es el Profe Ortega. Da igual tu precio, tu condición o tu nacionalidad. No es fácil encontrar una grieta en el muro que en cada encuentro levantan la pareja de centrales uruguayos. No es fácil presionar más que Gabi ni llegar a poseer el conocimiento del juego que atesora Tiago. Nada de simple tiene aguantar sobre los hombros el peso del estandarte que Simeone ha otorgado a Koke. Nadie dijo que fuera sencillo encontrar un hueco en la punta de ataque, desbancando a un Griezmann exuberante y a un Torres que adorna su espléndida veteranía con la ilusión de cuando nos enamoró siendo apenas un adolescente. Todas reglas tienen sus excepciones y esas son Oliver y Filipe. Tampoco ha sido fácil para ellos pero contaban con la ventaja de que ya sabían lo que era esto. Lo suyo ha sido un reencuentro, un deja vu en rojiblanco. Sabían lo que les esperaba y lo que de ellos se espera. Si veinte años no son nada, como dice el tango, una temporada fuera es el destello de una estrella lejana. Un paréntesis que rebosa continuidad.


Todos anhelamos poder llevarnos a la boca una gambeta del Vietto que esperamos. Queremos que la velocidad de Carrasco levante turbulencias que nos despeinen el flequillo. Deseamos empaparnos de la sobriedad de Savic y defenderíamos espada en mano que Thomas recuerda al Patrick Vieira de los mejores años. Moriríamos por ver al Jackson asesino que veíamos por la tele perforar las redes rivales con esa cara de “no es nada personal” que el colombiano refleja antes de disparar. A todos les llegará su hora. Todos serán importantes a lo largo del apasionante camino que se acaba de comenzar a transitar. Cada uno en su medida deberá aportar su granito de arena para levantar la montaña cuya cima esperamos tocar allá por mayo. Será cuando ya todos ellos reciten de memoria los versículos del evangelio del Cholo, hasta entonces todos deben estudiar para aprenderlo de corrido. Nunca es fácil ser el nuevo a no ser que seas Correa. De él hablaremos en futuras ocasiones, los que son como él en ningún lugar se sienten como si fueran nuevos y para ellos todo es mucho más fácil.