Mostrando entradas con la etiqueta maniche. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maniche. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El (mal) sueño de una noche de verano (tardío)

Les ruego sepan perdonar cualquier incorrección ortográfica o sintáctica que pudiera ocultarse a lo largo del artículo que ahora comienza. En mi defensa alegaré que lo estoy escribiendo sin apenas haber dormido. Rectifico, dormido sí, pero apenas sin haber descansado. He pasado la noche envuelto en una pesadilla horrenda. No creo que fuera el calor ni una cena excesivamente copiosa, debe ser cosa del subconsciente, siempre dispuesto a traicionarte en los peores momentos, como si fuera el talento de un mediapunta guadianesco.

Les cuento. La pesadilla comenzaba en los aledaños del Calderón. Iba yo, como otros muchos, acercándome al estadio y alrededor se oían conversaciones que identificaban cada temporada con un número de proyecto. Se escuchaban comentarios sobre entrenadores de quita y pon, sobre limpias en la plantilla e incorporaciones, muchas incorporaciones. Tras acceder al Templo rojiblanco, fui consciente de que no era un partido a lo que iba a asistir, sino a una presentación de trece o catorce fichajes de una tacada. Recuerdo ver la cara del Tren Valencia y la de Dobrovolski, algo congestionada por cierto. Recuerdo también a Richard Nuñez repartiendo besos a diestro y siniestro, al Pato Sosa cayéndose de culo, a Avi Nimni más perdido que un burro en un garaje y a Ibagaza ejecutando pases al hueco que se había formado en mi estómago. Recuerdo también a Maniche, Costinha y Seitaridis en unida fila, bailando una suerte de cancán a cámara lenta por tanta exigencia física. Un número, vamos. Lo que no fui capaz de atisbar fue quién era el entrenador que vigilaba la escena sin parecer querer formar parte del esperpento. Durante el sueño, el técnico estaba de espaldas y me fue imposible reconocerlo. Hubo momentos en los que pensé que era Maturana para al segundo siguiente creer que era Pastoriza y más tarde, Atkinson. Solo sé que su apariencia cambiaba casi a cada instante.


Tras un breve paréntesis onírico, se me reveló el siguiente pasaje de la pesadilla. De nuevo estaba sentado en el Calderón, aunque esta vez era presenciando un partido. El Atleti no jugaba a nada pero eso no sorprendía a la afición. Sobre el campo, deambulaba un equipo perdido y digno de lástima. Un conjunto roto, sin alma. Unos jugadores que llegaban siempre una décima tarde a cualquier balón dividido y que pifiaban pases aparentemente sencillos. Lo más curioso fue que nadie se removía en sus asientos excepto yo, e incluso algún aficionado, molesto por mi inocultable nerviosismo, me increpó pidiendo que me callara y apoyara al equipo, que la clasificación para la UEFA estaba todavía a tiro, siempre y cuando el Zaragoza o el Mallorca pincharan en sus próximos encuentros. Me senté por no armar más alboroto y ahí volví a sumergirme en el sueño, que se hizo más profundo.

Lo siguiente que recuerdo fue una pared de color azul llena de pegatinas de patrocinadores. Imagino que me encontraba en una sala de prensa. Frente al micrófono se sentaba un entrenador enjuto y atezado que repetía, sistemáticamente, la palabra sensaciones. Se veía satisfecho al técnico, tal vez por algún triunfo recién conseguido. Profetizaba, sin duda crecido, que pasarían muchos años antes de que el Atleti volviera a levantar un título y terminaba la frase alzando la voz para hacerse oír por encima del clamor que se escuchaba en el exterior pidiendo la convocatoria para la selección de Reyes. De repente, al lado suyo apareció un señor, al parecer también entrenador, que atendía al nombre de Goyo. Vestía ricos ropajes de seda oriental que combinaba desacertadamente con el color de las patillas de sus gafas. En un momento dado, comenzó a proferir sonoras carcajadas mientras levantaba tres dedos en cada una de sus manos. “No hay dos sin tres, no hay dos sin tres”, decía entre risotadas con un marcado acento jiennense.

En ese punto del sueño me desperté acongojado. Intenté desperezarme con el tembleque todavía metido en lo más profundo del cuerpo y, mientras me preparaba un café que borrara toda huella del mal sueño en el que había pasado sumido la noche, repasé en el móvil los comentarios que en las últimas horas se habían volcado en las redes sociales. Sorprendentemente se hablaba de ciclo acabado. También se criticaba el carácter eminentemente conservador del equipo colchonero y la poca vistosidad de su juego. Tuve tiempo incluso para leer una atropellada teoría apocalíptica sobre las consecuencias en el medio ambiente de alinear cuatro mediocentros de corte defensivo y una disertación de lo más ceniza sobre el vicio de coleccionar empates con recién ascendidos. No tuve más remedio que pellizcarme, para asegurarme de que la pesadilla había terminado. Pasadas varias horas sigo sin estar del todo seguro. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Disidentes

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160309/Deportes/4695/Simeone-Cholo-Atleti-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Transitaba servidor de ustedes la otra tarde por las redes sociales, esas nuevas metrópolis en permanente huelga de recogida de basuras, cuando me topé con un lobby pretendidamente atlético que criticaba a Simeone descarnadamente. Le acusaban de defensivo, básicamente. Argumentaban que las alineaciones del técnico tendían a la superpoblación de mediocentros. Le imputaban el delito de maniatar la creatividad, de cortar las alas a la imaginación. Todo ello después del derby, del partido de Mestalla y del encuentro en casa con la Real, que no fue tampoco moco de pavo. Ahí queda eso.

Esta nueva liga de la justicia estética con la me cruce de manera casual defendía un dibujo menos encorsetado, un modelo en el que se amontonaran los delanteros y los mediapuntas  -¡oh, cielos!- desordenadamente. Consideraban los gurús del grupo disidente que el talento estaba siendo maltratado por el Cholo. Entre sus reivindicaciones, exigían la inmediata alineación, todos a la vez y por decreto, de Griezmann, Vietto, Correa, Carrasco y Óliver. No llegaban a pronunciarse sobre Torres, pero sospecho que le harían un hueco en su alienada formación, no fuera ésta a tildarse de reservona por algún purista epicúreo ante la ausencia de un nueve más cartesiano. Opinaban, además, que hacer trabajar en la presión y en la fase defensiva del juego a los anteriormente citados era de una vulgaridad infamante, algo cercano al delito artístico, como quien dice. Sostenían a una sola voz que los futbolistas de pellizco, agotados y sudorosos por dedicarse a tareas tan farragosas, perdían frescura a la hora de crear y eso les llevaba a aburrirse como ostras. Se entiende, claro.



Los dardos de estos revolucionarios seguidores se dirigían seguidamente hacia Saúl, Koke y Gabi, triunvirato de mediocentros carentes de inspiración que, siempre según ellos, hipotecaban la innovación balompédica y ejercían de saboteadores de la circulación del cuero. También recibían lo suyo Kranevitter y Augusto, aun siendo nuevos, y solo Tiago se libraba de sus invectivas, probablemente porque queda poco decoroso meterse con los que están malitos. Todavía pensando que los comentarios, a cuál más surrealista, que provenían de aquella célula de talibanes del buen gusto eran una burda broma, reparé en un ciudadano que con cierta sorna les pedía interpretación sobre el cambio de nuestro entrenador que definió la ambición del equipo en Valencia. El de Torres por Kranevitter cuando el choque discurría todavía por las sendas del empate. Lo calificaron de farsa. Defendían que eso no era más que la excepción que confirmaba la regla, una sustitución tramposa y tribunera.

Me marché a la cama desasosegado, lógicamente, y a la mañana siguiente quise volver a sumergirme en sus océanos de esquizofrenia, principalmente para constatar que lo del día anterior no había sido un sueño. Allí seguían. A esas horas, todavía sin desayunar, glosaban las bonanzas del Atleti de Aguirre y rememoraban lo mucho que se divertían con aquellos partidos rotos y descontrolados. Cualquier día de estos, su desfachatez llegará al punto de pedir la vuelta de Maniche. Ese sí que era un mediocentro creativo, aunque por cuestiones de volumen pareciera que eran dos. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Breves bocados de actualidad atlética



Llegó Pantic al Madrileño (uno es mayor y gusta de seguir utilizando tradicionales apelativos) alegrando caras y llenando de recuerdos las imaginaciones. Su llegada se unía a otras de algunos más con pasado rojiblanco atando todas con el lacito de la atletización de lo desatletizado. Como si fuera un trabalenguas fácil de desentrañar, ¡ea! Llegó y a pesar de su posible bisoñez consiguió convertir un inicio titubeante en una posibilidad de soñar con el ascenso a través del cuidado de la estrategia. Se va ahora con premura, demasiado pronto, sintiéndose tal vez como sus pupilos de este año, con pocas posibilidades de coger el ascensor que lleva al ático de los mayores. Pudiera ser comprensible que necesite probarse en empresas de mayor calado y con más perspectivas de visibilidad, pero queda un regusto de interrupción, de fugacidad no esperada. Que le vaya bien allá donde vaya y que vuelva más adelante. Hay un ramo descansando en un corner del Calderón que no perdonaría que no lo hiciera.

....................................................................................................

Da gusto ver cómo el Atleti llega a un aeropuerto de allende los mares y es recibido entre la algarabía de muchos. Da gusto ver estadios con muy buena entrada para presenciar lo que no deja de ser un bolo con la misma trascendencia que la carrera musical de Jesulín de Ubrique. Da gusto ver a niños de tez morena con la camiseta del Atleti acercarse a sus ídolos con timidez. Da pena pensar que si el equipo repitiera gira el año que viene, ni los del aeropuerto, ni los de los estadios ni los púberes podrían reconocer a los que portan la zamarra rojiblanca.



..................................................................................................

Se marcha Perea como llegó. De puntillas y dando las gracias, sin hacer ruido ni pegar portazo al salir. Se marcha con un record de partidos para extranjeros ya adoptados y nos deja con la sensación de que fueron muchos más sus aciertos que sus tan cacareados fallos. Se marcha tras despedida pequeña pero por una puerta muy grande, por un portón de dos hojas que hay que abrir en contadas ocasiones para despedir agradecidos a profesionales como él o para introducir un elefante africano en el patio de vecinos. Ojalá volvamos a encontrarnos. Ojalá que la federación internacional de atletismo homologue alguno de los varios records del mundo de velocidad que debe poseer sin aducir que en el Cerro del Espino corre un viento que anula las marcas realizadas.

...................................................................................................


Se marcha también Antonio López y su marcha parece más comprensible que la de Luis Amaranto. El cuerpo y, en igual medida, el alma, no han dejado a Antonio rendir como siempre ha hecho en los últimos tiempos. Se va un capitán con canas, lo que siempre imprime respeto, y nos deja huérfanos de jugadores con solera. Deja una empresa en constante rotación, una empresa de ERE afilado y una mayoría simple de candidatos a heredar el brazalete que sólo se afeitan un par de veces por semana. ¡Qué difícil es cumplir trienios en el Atleti!


...................................................................................................


Finalmente Juanfran acudirá a la Eurocopa. Con justicia, sin debate alrededor. El extremo ansioso y acelerado que conocimos en los postreros (y oscuros) días del sanchezflorismo de vía estrecha, ha migrado a lateral templado en la defensa e incisivo en el ataque y obtiene de esta forma justo premio a su notable temporada. Ya solamente se le pide un cambio de estilismo capilar para ser considerado miembro de pleno derecho del imaginario atlético. La convocatoria deja la alegría de la llamada del alicantino, la indiscutible presencia de Torres como lo que es, un puntal y deja también un sabor algo amargo por la llamada interruptus de Adrián. De poco valió su debut con gol, penalty forzado y repertorio de fintas y caídas a banda siempre buscando hacer daño. No es el señor marques del dorado nabo amigo de dar demasiadas alegrías a los de rojo y blanco y finalmente tomó una decisión redundante, esperada. De la terna de Soldado, Negredo y Adrián se queda con el segundo. Uno, piensa que Adrián aporta diferencia y que los otros dos aportan principalmente lo mismo: su procedencia y más prensa que talento. Demasiado delantero centro ve uno en la convocatoria, máxime cuando solo ve a uno de ellos con la talla suficiente para según que batallas. Les doy una pista, el bueno es el de las pecas.


...................................................................................................

A pesar del calor que ya se ha instalado entre nosotros, el futuro da frío. Cada vez que llegan los veranos, el gazpacho en el menú del día y las imágenes de familiares en bañador que nos perseguirán como pesadillas recurrentes, se nos pone el cuerpo raro. Hay veces que tiritamos incluso mientras faenamos bajo el justiciero sol de la capital. Y todo por no saber qué quedará tras el desmontaje acostumbrado. Tras la infinidad de rumores y los magros hechos. Nos queda también mal cuerpo por no habernos podido despedir de casi todos los que se irán y por no conocer ni de oídas a los que vendrán. La rueda sigue girando. El carrusel del mercadeo se activa llenando de igual manera columnas semanales y bolsillos. Capel, Emre, turcos de nombre impronunciable e incluso innombrables mediapuntas de pelo fosco y supuesta excelencia en el penúltimo pase con los que se pretende tropezar de nuevo, a pesar de que la comparación con una piedra sea siempre excesiva dada la blandura de la criatura. No se relajen, mañana podría aparecer a doble espacio y con negrita que vuelve Maniche con ganas de ponerse a plan para rebajar carrillera. Que Dios nos coja confesados.

miércoles, 25 de enero de 2012

Posesión...

(Les pido disculpas de antemano por el improvisado giro en el hilo argumental de las temáticas agónicas, pero hay momentos que se prestan más a marcarse una travesura...)

El anciano exorcista se detuvo unos instantes a la entrada del pasillo para recuperar el resuello. Los sonidos que salían de la habitación distaban mucho de ser considerados humanos. Cerró los ojos un par de segundos para buscar en lo más recóndito de su ser un soplo de ánimo que le permitiera afrontar el trance. Abrió la puerta. Lo primero que notó es el frío. Un frío sobrenatural. Luego le golpeó la desnudez de la estancia. Una cama y una silla desvencijada, nada más. Sobre la cama parecía descansar una mujer cuyas profundas ojeras enmarcaban unos ojos sin vida y un rostro lleno de heridas. En la silla, un hombre que intentaba mostrar fortaleza a pesar de estar a punto de derrumbarse se levantó para recibirle:

– Gracias a Dios, Padre. No creo que superemos este ataque –dijo entre susurros cogiéndole las manos con avidez–. Como le conté por teléfono, somos una familia normal y feliz. Siempre juntos: servidor, mi Pepa y los niños. He tenido que mandar a los niños con mi hermana para que no la vean así.

Las plañideras confidencias del hombre se vieron bruscamente cortadas por los gritos de la mujer:

– ¡Centro do campo criativo! ¡Triplo pivote! ¡Albornouses, toalhas! ¡Você também pode pagar, escudos ou pesetas!

Mientras soltaba su deslavazado discurso, la yacente madre de familia expulsaba babas verdes por la boca y emitía ventosidades con evidente regocijo. El cura comprendió que el marido no exageraba un ápice cuando relató la desesperada situación unas horas antes. No exageraba cuando contó cómo de un día para otro y sin previo aviso su Pepa impuso la obligación de llamarla Yosefina, “Pero que suene a Shosefina”, decía siempre ella. No exageraba tampoco cuando contó el episodio con una vecina a la que introdujo el dedo en el ojo por no sé qué trifulca sobre horarios de bajadas de basura. No exageraba lo más mínimo cuando aclaraba que su mujer había adquirido don de lenguas, ella que hablaba castellano mal y balbuceaba el panocho huertano, ahora se expresaba en varios idiomas vernáculos con maneras de traductora. No exageraba aún cuando exponía preocupado el cambio de comportamiento de su hijo Pepito, que pasó tras la metamorfosis de su madre de ser un niño apocado a pisar manos y repartir coces muleras entre los retoños del parque donde jugaba. No exageraba en ningún caso. Aunque pudiera parecer mentira.



El sacerdote se sentó en el borde de la cama sin mostrar reparo mientras la enferma giraba la cabeza como para rematar un centro desde línea de fondo, eso sí, marcando los tres tiempos del remate, que el estar postrado no es óbice para cabecear de mala manera y continuaba blasfemando con aquella voz que parecía no pertenecerle:

– ¡Bacalhau da frontera! ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Gostaria mais defesas! ¿Por qué? ¡É a culpa de o calvo da estreita ligação! ¡Mateu Lahoz é a melhor!

El Padre abrió con parsimonia el maletín que le acompañaba desde que había empezado a ejercer su ministerio. Besó la estola y depositó sobre la mesa un libro de tapas negras y una imagen plastificada.

– ¿Hay esperanza? ¿Puede hacer algo por ella, padre?

– Tenemos que depositar todas nuestras esperanzas en este tratado de fútbol pinturero forrado en piel noble escrito por un antiguo utillero de la Naranja Mecánica y en esta foto de Don Luis Aragonés, adalid del tiquitaca, hijo. Si encomendándonos a ellos no es posible, veo difícil solución.

– Entonces… ¿es una posesión, padre?

– Hijo mío, el espíritu que está dentro de tu mujer desprecia la posesión. Es una presencia más dada al patadón y al cerrojazo…–aclaró lapidariamente el cura mientras seguían rasgando la noche los aterradores alaridos…

– ¡Pepe é bom! ¿Por qué? ¡Eu prefiro a Cristiano que Messi! ¡Bacalhau grelhados! ¡Vitoria Setúbal! ¡Maniche y Costinha!...

jueves, 11 de agosto de 2011

Indignación en retirada por el consumo de vinos de Rueda


Y por fin llegó uno. De fichajes les hablo. Arda Turán, jugador que ya el año pasado se barajó para sustituir al impar Jurado. En condiciones normales, uno, que lleva muchos años viendo un desfile de fichajes inspirado en “La parada de los monstruos” de Tod Browning, podría ojear el periódico y pasar rápido de página en dirección a las páginas polideportivas o a las del fútbol modesto, ése que demuestra muy poca solidaridad con los aficionados de Taipei o de Camboya quejándose de los horarios matinales. En la situación actual del equipo y viendo solamente raspas en el plato de las ilusiones tras los hábiles movimientos veraniegos, no es poco decir que al menos tenemos ganas de catarlo, como a los melones.



Expertos en futbol bizantino y otomano en particular dicen de él que tiene clase por arrobas, que tiene también un carácter un poco difícil y que físicamente no da para correr una media maratón. Rápidamente, empezó a correr como la pólvora el rumor de que sí, de que se había vuelto a fichar a un nuevo mediapunta de manual. Evidentemente, el pueblo se echó a la calle a protestar de manera más o menos organizada y se entremezcló con otros ciudadanos que también se concentraban por causas de menor calado que la llegada del Jurado de Anatolia: los había indignados con los indignados, indignados intrínsecamente, indignados con la calificación de la deuda española que otorga la agencia Standard de Lieja e indignados con eso de que en las rebajas no devuelvan el dinero en metálico cuando el pantalón le tira a uno de sisa. Ante tanta indignación, el indignado rojiblanco atenúo la suya, se dejó llevar por la masa indignada y hasta llegó a olvidar el motivo de su salida a tomar las calles. Posteriormente, y tras regar su indignación y la de varios de sus congéneres con unos blancos de Rueda, empezó a pensar que el fichaje del turco pudiera ser un buen fichaje. Hubo alguno incluso que lo comparó, físicamente y en su juego, con aquel rumano apelado como el Maradona de los Cárpatos que paseó su anatomía por los dos equipos que no pueden jugar en casa en horario monzónico. Llegado a este punto, una sensación de conmoción neutra se apoderó de los anteriormente indignados colchoneros que incluso admitían a regañadientes que tal vez un mediapunta no sea una cosa tan dañina en los tiempos que corren. Finalmente, miraron el reloj, vieron que se les hacía muy tarde y se fueron para casa en transporte público para amortizar el abono que ellos creían pagado religiosamente antes de saber de la existencia de tarifas laicas.

Durante el trayecto, el traqueteo hace que los aficionados reflexionen y saquen a ese entrenador que todos llevamos dentro, aunque sea un entrenador pequeñito, de chándal azul marino con rayas laterales y parecido a Quique Camoiras. Los aficionados andan preocupados por las noticias que hablan de incorporar a dos delanteros a la causa. Tienen grabadas en la retina imágenes de delanteros que se lo guisan y se lo comen sin mucho acompañamiento de su centro del campo. Tienen en mente dibujos plagados de delanteros, algunos de ellos disfrazados de interiores y se acuerdan de que llevamos bastante tiempo con el equipo partido. Se acuerdan de Maniche y su capacidad para partir y trocear al equipo como un mago serrucho en mano. Empiezan a enumerar interiormente los nombres de algunos centrocampistas que se nos han escapado cuando se debería haber hecho un esfuerzo para ficharles: Borja Valero, Cazorla, Silva, etc…y a otros que nos vendrían muy bien como por ejemplo el hijo de Mazinho.

Entonces, los seguidores, ya a punto de llegar a su parada, se convencen de que trayendo ese tipo de jugadores en el medio tal vez no sean necesarios tantos delanteros. Sin darse cuenta empiezan a gesticular exageradamente porque el entrenador que llevan dentro es ahora David Vidal y recolectan las miradas de sus acompañantes de vagón. Pero a ellos no les importa. Lo han visto claro. Se necesitan jugadores así en el centro del campo. Puede que la revelación sea fruto de la indignación inicial que ha dejado paso a un estado de felicidad o puede que sea fruto de un excesivo consumo de los caldos de Rueda. Lo que está claro es que si hubo más de uno y más de dos aficionados que llegaron a la misma conclusión en distintos puntos desperdigados por la red de transporte público, por algo será. 

lunes, 4 de julio de 2011

Resplandor (o falta de un hervor)


– Pues ya lo ven, es muy sencillo todo. Lo único malo es la soledad y el aislamiento ­–dijo el responsable de instruirles en sus quehaceres como guardeses del estadio durante el periodo vacacional.

– De eso no se preocupe. Como ya le he dicho anteriormente, soy escritor y estoy buscando tranquilidad para terminar mi novela. Además como estaremos los tres juntos no me aburriré aunque las musas se muestren esquivas –restó importancia Jack agradecido por sustraerse de las listas del INEM.

– Pues ya verá como las musas aparecen. Llevamos ya un tiempo a vueltas con las musas a cuenta del nuevo estadio. Le digo Las Musas como le digo Canillejas o Las Rosas, que cada uno coja la combinación que mejor le pille para ir allá cuando nos mudemos. Señora Torrance, ¿qué le parece si el cocinero le enseña la despensa en lo que arreglamos lo del contrato con su marido? Vaya Dick, vaya. Enséñeles las instalaciones pero tenga cuidado de que el niño no se haga daño con los restos de los coches monstruosos o los del concierto de la novia de Piqué, es que las cosas están mal y alquilamos el estadio algo más de lo necesario. Y eso que hemos tenido que decir que no a varias peticiones, no crean. A una convención de evangélicos del octavo o noveno día y a una concentración de indignados sin ir más lejos ¡Ya ven, con la de indignados que tenemos nosotros pagando abono, lo que faltaba! –se justificó el gerente mientras veía alejarse a madre e hijo acompañados por el cocinero.

– Oiga, ¿y no vendrá nadie seguro? Algún fichaje de campanillas a presentarse, algún agente…–inquirió Jack Torrance.

– Nada, nada…Este año por lo de los fichajes no se preocupe que no se esperan demasiados. Y de los agentes tampoco, que la mayoría tienen llave del estadio por si necesitaran algo. Sigamos por aquí –dijo cediéndole el paso–, le voy a enseñar a manejar la caldera. Una de sus obligaciones será la de purgar el sistema para que cuando volvamos de la pretemporada a celebrar el Villa de Madrid… ¡Uy, calle, qué tonto! Si el Villa de Madrid nos lo cargamos ya hace varios años tras un fugaz conato de mutación en trofeo Spiderman. Nada, que volveremos más tarde de las vacaciones, oiga.

En otro lugar del estadio, Wendy se distraía admirando lo ideal que había quedado el césped para la planta de boniatos tras tanto evento, hecho que fue aprovechado por Dick, el cocinero, para hablar con Danny a solas:

– Danny, ¿tú eres rarito, no? –el niño afirmó tímidamente–. Te he visto hablar con tu dedo cuando nadie te mira. No eres el único, unos lo llaman resplandor, otros falta de un hervor. Sé de lo que hablo porque aquí trabaja un extremo sevillano con tu mismo don. Aún así quiero avisarte de que tengas cuidado. No te acerques nunca al despacho 237. Allí pasaron cosas muy malas. Allí se acordó la venta de Torres, se firmó el fichaje de Maniche y Costinha, se bajó la cláusula de Agüero y se renovó casi automáticamente a Pitarch. Hazme caso, Danny ¡Aléjate del despacho 237! –dijo el cocinero con ese énfasis que ponen los de su gremio cuando se les corta la mayonesa.

El tiempo pasó, el personal que quedaba en el estadio se fue de veraneo a Torrevieja o a Matalascañas y los Torrance empezaron a habituarse a la que sería su casa durante el próximo mes. Jack cada día mostraba un carácter más hosco, se quejaba de continuos dolores de cabeza y regañaba a Danny cuando hacía ruido al jugar con su coche a pedales. Se pasaba horas delante de la máquina de escribir bebiendo. Había dejado de afeitarse hacía ya un par de semanas y ofrecía un aspecto descuidado, como el de nuestro antiguo entrenador. Mientras tanto, Danny recorría investigando los interminables pasillos del recinto. Un día, sus pasos le llevaron cerca del despacho 237. Algo le atrajo hacia él. Una fuerza desconocida y extraña. Cuando se disponía a girar el pomo de la puerta, se materializaron en el pasillo dos hermanas gemelas en edad sub-21 cuyas caras le eran familiares. Ambas le miraban muy quietas, como inquietantes figuras de cera. De repente, un río de sangre brotó del ascensor de la derecha. Danny se asustó y quiso correr pero sentía que sus pies no podían moverse del suelo. La siguiente imagen que vio le hizo sentir un terror que hasta ahora no sabía que alguien podía experimentar. Las dos hermanas estaban bañadas en sangre y constató que las conocía, eran Cabrera y Gallegos, otro resultado de la maldición del despacho 237. Una pareja que llegó al estadio un día y de la que nunca se volvió a saber. Danny gritó. Mucho. Muy alto. Como se grita un gol de tu equipo en el descuento, vamos.

Wendy salió de la cocina cuchillo en mano asustada por el grito de su hijo y se dirigió al salón en el que Jack pasaba la mayoría del tiempo. Él no estaba allí. Rodeó la mesa sobre la que descansaba la vieja máquina de escribir y la pila de folios que componían la novela y lanzó una mirada a la hoja que asomaba por encima de la Olivetti. Se quedó petrificada ante lo que vio:

Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta
Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta
Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta
Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta  Mediapunta

La misma palabra se repetía a lo largo de toda la página. Se armó de valor para mirar al resto de hojas escritas. Lo mismo. El maldito vocablo repetido en cientos de hojas tamaño dinA4 idénticas.

– ¿Qué crees que estás haciendo Wendy? –bramó un enfadado Jack desde lo alto de la escalera.

– Yo…, esto…, nada. No estoy haciendo nada –dijo Wendy con voz trémula, si puede caber aún más temblor en una voz muy parecida a la de Verónica Forqué.  

– Me quieres joder. No crees en mí. Piensas que soy un perdedor. Piensas lo que pensaba Quique de Fran Mérida. Que no llegaré a nada. Te voy a enseñar a respetarme –dijo Jack acorralándola.

Ante el ataque de Jack, Wendy se defendió con el cuchillo clavándoselo en los isquiotibiales, lo que siempre asegura una baja de al menos dos meses, incluyendo los primeros partidos de liga y algún compromiso de selecciones. Tras zafarse de él, corrió en busca del niño al que encontró en posición fetal tras el impacto del encuentro con las promesas uruguayas. Lo cogió en brazos con decisión y se encerraron en el baño. Jack se colocó al otro lado de la puerta.

– Vamos cabritillos, dejadme entrar –exclamó fuera de sí para seguidamente emprenderla a hachazos con la puerta.



Poco más podría resistir la puerta. A cada golpe de hacha se desmoronaba como un sistema defensivo sin achique de espacios. Wendy intentó sobreponerse al terror que la paralizaba y obligó a Danny a salir de la estancia a través de la ventana del baño. Ya se preparaba para lo peor cuando todo quedó en una calma tensa. Jack se había marchado.

Nuestro protagonista se dirigió al antepalco del recinto deportivo arrastrando la pierna herida y despachó por el camino a base de hachazos al cocinero, que había vuelto porque se había dejado la crema solar de protección 35 en la taquilla,  y a un diplomado en fisioterapia en busca de empleo que, a la vista de su cojeo, se acercó por si tenía un calambre que requiriera sus conocimientos. Siguiendo sus huellas, descubrió que Danny se había escondido en el laberíntico cuarto de las facturas impagadas y de los precontratos con agentes de cabecera. Allí se dirigió blandiendo el hacha con saña. La rabia le impedía fijarse en el camino que estaba siguiendo, solo quería dar caza al niño. De pronto, se dio cuenta de que se había perdido. De que ya no podía recordar si había pasado varias veces ante la estantería donde se guardaban los dossieres de fichajes brasileños de renombre como Cleber o Eller. Danny sí fue capaz de encontrar la salida del laberinto. Él se había aventurado entre los archivos de fichajes brillantes y de contrataciones sin comisiones y fue muy fácil no perderse. Volvió sobre sus pasos para encontrarse con su madre y ambos abandonaron el aislado estadio a lomos de una bicicleta engalanada hace tiempo con motivo de algún triunfo menor.

Jack, desesperado, se sentó. Agotado. Comprendiendo que el final estaba cerca, dejó de pelear. Cayeron como una nevada que empezaba a cubrirle los folios en los que se explicaban los detalles de la operación del Pato Sosa.

(Nos leemos tras las vacaciones. Las mías, claro ¿Qué se creían?)

jueves, 19 de mayo de 2011

La otra despedida

(Retrotraiganse al domingo pasado. Viajen con la imaginación a la Ribera del Manzanares, a nuestro estadio. Sí, sí, usted también, y si tiene la sartén en el fuego, apártela o baje el gas al mínimo, que prometo no entretenerle demasiado. Acaba de terminar el partido contra el Hércules y un sector de la afición despide al tío segundo de Elena Furiase de manera excesivamente sentida bajo mi humilde punto de vista. Comienza aquí la historia de hoy)
Nuestro protagonista se apartaba el pelo de la cara con uno de esos tics tan característicos que adquieren con el tiempo los que gustan de llevar el flequillo largo. Observaba furtivamente la escena con insana envidia. Había sido testigo de la gran despedida que se le había dado al técnico. Sí, a ése ¡Qué cosas había que ver! Nunca había llegado a aguantarle del todo a pesar de los años que habían pasado ya desde que coincidieron a orillas del Turia. Acababa de terminar su baño de multitudes y pasó henchido a su lado sin reparar en él. Como siempre. Él era invisible para casi todos. Pero para él también era el último partido en el Calderón y quería una despedida. Creía que se lo merecía.
Cuando ya el último de los fieles fue engullido por el vomitorio correspondiente, se aventuró a salir de su escondite. Primero avanzó andando por la banda con timidez, casi disimulando, después se adentró en el terreno de juego a medida que ganaba en seguridad en sí mismo. Lo que primero eran pasos titubeantes se convirtieron en carreritas al trote alrededor del círculo central. Pasado un instante, se quedó clavado y paseó su mirada por los cuatro puntos cardinales del estadio. Esa era la señal indicada para que su gente empezara a aplaudir. No eran muchos, no crean. Familiares con grado directo de consanguinidad, un concuñado de Alicante y la profesora de inglés de su hijo pequeño, una nativa de Illinois con tendencia a apuntarse a un bombardeo a la que hacía mucha gracia la espontaneidad española. Siete en total. Para él suficientes. Conforme su estima convertía las tibias palmas en aplauso, se fue creciendo más y empezó a intentar cabriolas de alegría, llenas de sentimiento pero torpes en ejecución y dificultad. Posteriormente, dio dos volteretas laterales y se revolcó por el suelo trazando tirabuzones sobre la hierba como si tuviera fuego en la espalda.
Los integrantes del equipo de operarios de la subcontrata encargada de la limpieza y clasificación de residuos del estadio, que habían empezado su faena, se dieron la vuelta y pospusieron la decisión de si aquel tapón de botella de refresco debiera ir al contenedor amarillo o al azul, tal era el alboroto que se estaba formando. Con esa personalidad que rezuma el ser humano cuando ve a uno de sus iguales haciendo algo, empezaron también a batir palmas. Primero despacio, sin demasiado convencimiento, luego tan fuerte que volaban las hojas de las revistas de difusión gratuita y las bolsas vacías de pipas con sal. Para responder, nuestro hombre empezó a dar vueltas al ruedo rojiblanco con paradas programadas en cada fondo para tirarse de esa manera pecho-deslizadora tan en boga en las celebraciones. Dichas demostraciones gimnásticas fueron muy celebradas por una concurrencia que empezó a salpicar la atronadora ovación con bravos y vivas que salían de lo más hondo. No eran muchos, de acuerdo, pero le estaban dando la despedida soñada.
Seguidamente, se acercó al escudo pintado en la banda y se tiró de bruces sobre él. Lo besaba y golpeaba alternando los golpes con puñetazos en el pecho, a la altura del corazón. Sin esa gracia con la que lo hizo anteriormente el otro, sí, pero con un indiscutible donaire para alguien que no lleva en los genes el golpe que se practica en las cuevas del Sacromonte cuando ya los autobuses de turistas han emigrado. A pesar de que ya estaba el taco formado, todavía quedaba la sorpresa final. Cuando ya el homenajeado perpetraba una especie de danza de cortejo previa a la cópula alrededor de unos de los banderines de corner, aparecieron por la bocana de vestuarios Seitaridis, Costinha, Cléber y Fabiano (éste último tras pedir un permiso en el juzgado de guardia para saltarse la orden de alejamiento de recintos deportivos que pesa sobre él por maltrato sistemático y continuado del balón). Llevaban una tarta de varios pisos de la que salió el niño de sus ojos. Su Nuno. Algo más hermoso, si podemos admitir como sólo hermosura los treinta kilos en canal que había engordado desde la última vez que le vio. Se fundió en un abrazo con Maniche al que se unieron el resto de sus chicos. Los suyos, los que había traído él bajo el brazo. Sus creaciones, al fin y al acabo. Brotaron las lágrimas, se erizaron los vellos y la emoción llegó a un punto de climax que obligó a operarios, familiares y profesoras bilingües a saltar al campo. Él repartía abrazos y besos sin distinción, embriagado por el inolvidable momento. Parecía que flotaba, que volaba y reparó en que era porque un espontáneo le estaba llevando a hombros. Cerró los ojos mientras le llevaban en volandas y notó que sus incondicionales le arrancaban los botones dorados de la chaqueta cruzada como recuerdo o como recurso para futuras visitas al monte de piedad. La comitiva orgiástica enfiló la puerta cero abierta para la ocasión y se perdió en la noche madrileña entre gritos que le calificaban de torero e incluso de presidente.

Se le esperaba durante la semana para ir vaciando su despacho. No se ha vuelto a tener más noticia de él. Puede que ande todavía celebrando su despedida o puede que acabara de mala manera, devorado por el éxtasis de los invitados a la catarsis que se produjo. Si fuera así, tuvo la despedida que quiso. Fue feliz.

miércoles, 23 de febrero de 2011

De vaquillas y burras varias

O sexta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura popular, Noche de clásicos, La verdad está ahí fueran y Se prohibe fumar

Don Rufino miraba atentamente al tratante de ganado. No le gustaba un pelo que no se hubiera quitado las gafas de sol. Prefería mirar a los ojos a quiénes hacían negocios con él, era una costumbre. Igual que esa otra de pagar siempre al contado: “Mi dinero tiene que escuchar los tratos que cierro” decía él cuando sacaba la pinza que sujetaba el fajo de billetes. Con su fiel Serapio a su lado y con el forastero enfrente, daban cuenta de unos botellines con pausa, alargando el momento. Pasados los primeros instantes de tanteo tocando lugares comunes, se aprestaron a entrar en harina:
– Don Rufino, si de verdad quiere dar un impulso a las fiestas del pueblo para potenciar el turismo, no le queda más remedio que echar toda la carne en el asador en el encierro. ¿Y cómo se hace eso? Con los ejemplares que aquí le traigo. Reses bravas que han paseado sus triunfos por toda la geografía patria. ¿Han oído ustedes hablar de Ratón, el famoso toro asesino? Una ursulina al lado de mi cuadra. Los vendo o cedo con opción a compra con certificado de que no hay encierro en el que no garanticen una cornada, varios varetazos y revolcones a tutiplén. Vamos, que me los quitan de las manos, aunque esté feo que yo lo diga –dijo el vendedor moviendo mucho las manos, como las mueven todos los vendedores de género sospechoso–. Miren, miren, aquí les traigo las fotos para dar fe de que lo mío no es palabrería vacía, vacua e inane.
– Un poco raquíticos, ¿no? –dijo el alcalde con desconfianza.
– Hombre Don Rufino, con el límite presupuestario que me han dado de antemano, uno no puede hacer milagros. Si me dicen ustedes que están dispuestos a un desembolso digamos, superior, les puedo traer las reses que vendo en plazas de primera. Para que ustedes lo sepan, he vendido toros y alguna vaca brava en Madrid, Sevilla y hasta Londres –presumió mostrando ufano una sonrisa con varios dientes de oro.
– ¿Londres? –preguntó sorprendido el guardia civil.
– Sí señores, Londres, como se lo cuento. Había un mayoral de mi cuadra allí al que le vendí varios toros. Con decirles que el mayoral ha venido a ejercer su oficio a Madrid y me ha vuelto a pedir el mismo toro. Ricardo se llama. El toro, no el mayoral. De hecho, tengo más reses allí colocadas incluso una herrada con el siete que levanta la patita varias veces cuando va a hacer un requiebro. Da gusto verla oigan, parece un caballo andaluz. Todo esto a otros precios, claro.
– ¿Y que entren en nuestro presupuesto no tiene?
– Ahora que lo pienso podría tener algo para ustedes. Pero esto que les digo debe quedar entre nosotros. Es el modelo más económico, pero un modelo de éxito, no crean. Lo llevo haciendo varios años con un conocido mío, productor de cine él, para la feria de su pueblo. Ustedes lo que quieren es atraer gente, ¿no? –dijo sonriendo con malicia–, pues es cuestión de venderlo de otra manera. Primero que paguen y luego se les suelta lo que sea, aunque sea una vaquilla sarnosa. Lo único que hay que decir es que viene de lejos (normalmente de encierros que nadie haya tenido la oportunidad de ver) y ya está, asunto solucionado.

– ¿Pero la vaquilla embestirá aunque sea barata? –pregunto Serapio con inocencia.
– Tampoco les quiero mentir, casi ninguna embiste. A ese precio ya se sabe. Pero son todo ventajas. Al tratarse de reses de bajo coste está casi todo subvencionado. Les digo más, no son pocas las veces en las que hemos acordado pagar mil duros por una vaca y declarar que ha costado cuatro mil, que uno es muy sensible a las necesidades de sus clientes. Ya les digo, a este amigo productor esa fórmula le encanta, valga de muestra  que le acabo de vender otra cabeza de profético nombre en el mercado de reses de invierno.
– ¿Y qué tal ha salido? –inquirió Don Rufino.
– De momento la tienen en chiqueros, no ha participado casi en encierros. Pero lo que importa no es eso, lo que importa es callar a los mozos con alguna novedad, embista o no. Como se lo cuento, y no crean que es la primera vez que lo hacemos, ¡ca! Lo hicimos con varias vaquillas: Cleberia, Manicha, Costiña, etc…Para que vean ustedes la de veces que se puede hacer sin que pase nada. Además les doy facilidades de pago, me dan un pagaré aquí, una carta de intenciones allá y el ganado es suyo. Y si luego vienen mal dadas y entran ustedes en quiebra, me las llevo a otra parte y sanseacabó.
– Mire Don Jorge, me va a usted a perdonar pero esto a mi me suena a cuento. Le diría que a cuento chino, pero creo que es un cuento portugués. Porque permítame que dude eso de que usted es de Badajoz, un extremeño nunca nos propondría este apaño –intervino el alcalde.
– ¡Me ofende ushted Don Rufino! Poner en duda mi origen, habrashe vishto. ¡Como que me llamo Jorge Mendesh que no me habían tratado nunca ashí! –dijo iniciando bruscamente el primer movimiento de una despedida a la francesa sin preocuparse como hasta ese momento en disfrazar su acento del Alentejo.
– ¿Quiere que vaya a por él y le aplique dos hostias, Don Rufino? –preguntó Serapio emocionado ante la posibilidad de acción.
– Déjale Serapio, éste no vuelve más por aquí. Además, tiene pinta el gachó de codearse con seres superiores y apropiadores indebidos, que no se diga que en Fuenteturbia tratamos a palos a estos rajamantas, aunque lo merezcan ¡Pues no que me proponía engañar a mi gente! ¡Por ahí no paso, por ahí no!
– Por eso sale usted siempre reelegido Don Rufino –admitió con cariño Serapio–. Porque hace lo que cualquier buen alcalde (y quién dice alcalde, dice dirigente, presidente, consejero de SAD, etc…) haría. No tratar de vender burras o en su defecto vaquillas a los suyos.