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lunes, 17 de diciembre de 2012

De nombres, sueños y pesadillas


Los nombres marcan. Normalmente para mal, todo sea dicho. Piensen ustedes en el momento en el que se le otorga un nombre a alguien. Una decisión tan importante en la vida de un ser humano se toma sin reflexionar, sin medir el momento debidamente. Pudiera ser que estando en el vientre de su señora madre, que no hay más que una, alguien decidiera que usted se iba a llamar Salustiano. Sí, ya sé que el nombre fue elegido por un trasnochado continuismo de la tradición familiar que remonta la existencia de Salustianos en su estirpe casi al medievo, pero, ¿y si usted sale enclenque y amante de la poesía asonante en los versos pares?, ¿cree que Salustiano es un nombre adecuado para usted? Salustiano es nombre de señor recio, de señor con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos con el que normalmente no se puede bromear so pena de que te deje marcados esos proverbiales dedos en los mofletes de una bofetada. Pudiera ser que, dejándose llevar por la emoción del momento, sus progenitores decidieran que su gracia iba a ser Genoveva con ánimo de apocoparla para llamarla coloquialmente Veva, que es un diminutivo muy pinturero. Usted se pregunta a día de hoy qué narices hará llamándose Veva mientras cuenta el número exacto de sardinas que debe llevar cada lata que pasa por delante de sus ojos en la cadena de montaje de la conservera y decide, con buen criterio, que Veva es un nombre más adecuado para una señora que toma el té en un café con muchos espejos. “Veva es un amor. Es ideal”, dicen sus compañeras de bridge haciéndose heridas en el labio inferior al pronunciar Veva como solo saben pronunciarlo las que han tenido servicio desde su más tierna infancia. Los nombres deberían tener una revisión. Probablemente deberían renovar su vigencia a partir de los once años más o menos. Para entonces, uno ya tiene que tener claro si el nombre le pega o no y podría cambiar a otro que se ajustase más a su idiosincrasia. Ya sé que este alegato no será tomado debidamente en cuenta por las autoridades ni por los padres y madres del futuro, pero ya saben, está en su mano poder cambiar el destino de sus púberes, porque usted, sí, sí, usted, el del paraguas verde, ha marcado sin saberlo el futuro de sus gemelos llamándolos Fabio y Aldo, ya que, salvo que se dediquen en cuerpo y no tanto en alma al cine porno, no llevarán unos nombres adecuados para pasearse por la vida.

Jugaba el Atleti en Barcelona y se esperaba un duelo acorde a la prestancia de los dos equipos que comandan la clasificación de esta liga nuestra con más nombre que emoción. La prensa esperaba el partido agazapada, sin esas alharacas que acompañan ciertos otros partidos en los que uno de los contendientes era nuestro rival de ayer, y nosotros esperábamos esperanzados a que este Atleti que tanto nos hace recordar otros tiempos lo corroborara poniendo su nombre tan alto como siempre estuvo. Salió el Atleti de gala y salió el rival con uno de esos tres o cuatro trajes de ceremonia que tiene para poder lucir en ocasiones como estas, cosas de la igualdad de la competición. Se plantaron bien los nuestros. Con las líneas juntitas y mucha mala idea en la mirada. Mareaba la perdiz, como es menester, el equipo rival y salían los nuestros con presteza al contraataque. Se veía cómodo al Atleti y algo atascado al equipo que dicen es más que un club, incapaz de conectar con su gente de arriba. Un palo y un control algo largo preludiaron el gol rojiblanco. Salió Falcao como una flecha tras meritorio robo de Diego Costa y se plantó en el área para definir con esa maestría suya que aparece siempre que huele sangre o red rival. Jugaba el Atleti, inquietaba e intimidaba y uno se frotaba los ojos ante el repaso que los de rojo y blanco estaban recetando al equipo plebiscitario por excelencia. Los hubo incluso que, de tan bien como veían al Atleti, se olvidaron de salvar las distancias existentes y creyeron ver en una jugada en banda un regate descomunal y pocas veces repetido de nuestro director deportivo al tío de Rafa Nadal. Los hubo que recordaron cuatro goles como cuatro soles de Pantic y los hubo que rememoraron una cabalgada de un niño con pecas que burlaba en su salida al meta rival. Treinta minutos con el nombre en todo lo alto. Treinta minutos para soñar.



Andábamos todos soñando a la vez, degustando de nuevo imágenes con sabor a victoria de solera, cuando un cubo de agua fría desde fuera del área nos despertó de mala manera. Tras ver varias repeticiones, uno no acaba de saber si la culpa del gol se la debe de echar a los de la banda izquierda, a un portero quizás algo adelantado o simplemente debe asumir que a veces los hados, los astros o la puta que los parió decide que un balón vaya donde casi nunca va. Justo en ese momento, tras el gol, el Atleti, que había salido a afrontar el partido con un nombre sonoro y rimbombante, decidió ponerle un diminutivo a su nombre. Decidió empequeñecerse y echar quince metros para atrás las líneas que se habían mostrado prietas hasta ese lance, probablemente considerando el empate como un resultado suficiente. El Atleti, que salió polisílabico y contundente, se quedó en un apodo terminado en "in", como si fuera más chico de lo que es.

Volvió el Atleti de los tumultos en área propia mal resueltos, volvió el Atleti que perseguía rivales sin convicción. Decidió el equipo cambiar su nombre a mitad del partido y lo cambió para mal. Todos los que habían dejado volar la imaginación para recordar gloriosas lides pasadas despertaron sin saber muy bien cómo llamar al Atleti de los últimos sesenta minutos, lo que probablemente no sea más que un necesario ejercicio de realismo. Sesenta minutos con el nombre equivocado. Sesenta minutos de pesadilla. De esas pesadillas de las que uno despierta empapado en sudor y dolorido, justo como si hubiera recibido una bofetada de alguien con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos. Una bofetada de Salustiano, vamos…

jueves, 7 de junio de 2012

Lo de casa, lo de fuera y el jamón de recebo


Ciriaco es de esos que siempre minusvalora lo que tiene en casa. De esos que posa la mirada más tiempo del que el decoro aconseja en las mujeres de sus vecinos a pesar de que su señora muestra una belleza y lozanía apreciable. Ciriaco acostumbra a arrepentirse de su elección de los platos del menú del día justo en el mismo momento en el que el camarero sirve el primero a sus compañeros de mesa. Suele pensar que el destino le prueba poniendo en su camino carnes poco jugosas cuando el pescado que reposa en el plato de enfrente está fresco. Malgasta su vida mirando hacia un lado con envidia insana y acomplejada mientras se hunde en el convencimiento de que la suerte sonríe enseñando más dentadura a los demás. No caben objetividades, lo de otros siempre es mejor.

Cualquier día de estos, Ciriaco verá como su mujer, harta de desaires, se echará un novio jovencito con cuerpo cincelado en gimnasios de barrio y paseará muy atortolada por delante de la casa consistorial agarrada de un brazo del volumen de un jamón de recebo. Cualquier día de estos, el especialista del aparato digestivo al que consulta Ciriaco, expondrá a nuestro protagonista que tiene una úlcera del tamaño del túnel de Viella no por su dieta, sino por lo mal que le sienta todo lo que come mientras lo compara con las pretendidas viandas que degustan otros. Entonces se acabarán carnes y pescados, serán tiempos de calditos insípidos y desgrasados. Tal vez entonces, Ciriaco sea capaz de valorar lo que tuvo en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber.  



Recurrentemente, Caminero se da una vueltecita por las Ramblas antes de pedir audiencia a las altas instancias deportivas de ese club empeñado provincianamente en ser algo más que un club. Uno se imagina a Jose Luis llegando a las oficinas blaugranas con un ejemplar de La Farola al pecho, pidiendo limosna en forma de cesión graciosa, aumentando la reciente leyenda atlética de responsable nodriza para que jugadores de otras casas pasen la edad del pavo con nosotros. Más allá de planificaciones y métodos de trabajo, esos grandes desconocidos a orillas del Calderón, la clave del lustre de la cantera supramesetaria la dio el recién huido entrenador de la mediterránea casa, ese de sensual claridad capilar y contumaz estrechez de corbata: “La diferencia entre otras canteras y la nuestra es que aquí los ponemos”. Ahí se resume todo. Sencillo, ¿no?  

Nuestro director deportivo, y por ende la sociedad anónima deportiva, pone ojitos a los polluelos de otros nidos mientras reparte finiquitos entre los cachorros de nuestra camada. Ahora que Pantic se aleja del filial y ya casi no nos alcanza la vista para verle la espalda, el equipo de este año se desmonta con esas maneras tan poco elegantes que son norma de la casa. Noguera, Regalón, el fornido portero y muchos otros se despiden dejando un sabor a no se sabe qué. Evidentemente, hay que huir de una visión nacionalista de la cantera. Evidentemente, no todos valen para el primer equipo. Aún así, uno se pregunta si este Tello que provoca suspiros es mejor a su edad que un Keko harto de ganar en todas las categorías inferiores del fútbol patrio al que no se le dieron apenas oportunidades ¿Dicen ustedes que no había tercer delantero esta temporada? ¿Hubiera valido Borja o incluso Ibrahima para ese papel? ¿Compensa mandar a Joel a hacer recados mientras se vitamina al belga de la triste figura?

La noria sigue girando y parece que da menos vértigo mirar a los lados que hacia uno mismo. Cantera y cantera, se dijo alegremente hace no demasiado con la boquita de piñón. Recurrentemente, Caminero, ese Ciriaco con barba de tres días y chaqueta de sport de marca, seguirá paseando su verbo fluido por oficinas ajenas. Deseando con avaricia lo que tiene el de enfrente y ninguneando lo de casa. Cualquier día de estos, veremos a uno de los canteranos desechados paseando atortolado del brazo de un equipo con el brazo como un jamón de recebo. Tal vez provocará úlceras tan grandes como el túnel de Viella por no haber sido capaces de valorar lo que se tiene en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Breves bocados de actualidad atlética



Llegó Pantic al Madrileño (uno es mayor y gusta de seguir utilizando tradicionales apelativos) alegrando caras y llenando de recuerdos las imaginaciones. Su llegada se unía a otras de algunos más con pasado rojiblanco atando todas con el lacito de la atletización de lo desatletizado. Como si fuera un trabalenguas fácil de desentrañar, ¡ea! Llegó y a pesar de su posible bisoñez consiguió convertir un inicio titubeante en una posibilidad de soñar con el ascenso a través del cuidado de la estrategia. Se va ahora con premura, demasiado pronto, sintiéndose tal vez como sus pupilos de este año, con pocas posibilidades de coger el ascensor que lleva al ático de los mayores. Pudiera ser comprensible que necesite probarse en empresas de mayor calado y con más perspectivas de visibilidad, pero queda un regusto de interrupción, de fugacidad no esperada. Que le vaya bien allá donde vaya y que vuelva más adelante. Hay un ramo descansando en un corner del Calderón que no perdonaría que no lo hiciera.

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Da gusto ver cómo el Atleti llega a un aeropuerto de allende los mares y es recibido entre la algarabía de muchos. Da gusto ver estadios con muy buena entrada para presenciar lo que no deja de ser un bolo con la misma trascendencia que la carrera musical de Jesulín de Ubrique. Da gusto ver a niños de tez morena con la camiseta del Atleti acercarse a sus ídolos con timidez. Da pena pensar que si el equipo repitiera gira el año que viene, ni los del aeropuerto, ni los de los estadios ni los púberes podrían reconocer a los que portan la zamarra rojiblanca.



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Se marcha Perea como llegó. De puntillas y dando las gracias, sin hacer ruido ni pegar portazo al salir. Se marcha con un record de partidos para extranjeros ya adoptados y nos deja con la sensación de que fueron muchos más sus aciertos que sus tan cacareados fallos. Se marcha tras despedida pequeña pero por una puerta muy grande, por un portón de dos hojas que hay que abrir en contadas ocasiones para despedir agradecidos a profesionales como él o para introducir un elefante africano en el patio de vecinos. Ojalá volvamos a encontrarnos. Ojalá que la federación internacional de atletismo homologue alguno de los varios records del mundo de velocidad que debe poseer sin aducir que en el Cerro del Espino corre un viento que anula las marcas realizadas.

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Se marcha también Antonio López y su marcha parece más comprensible que la de Luis Amaranto. El cuerpo y, en igual medida, el alma, no han dejado a Antonio rendir como siempre ha hecho en los últimos tiempos. Se va un capitán con canas, lo que siempre imprime respeto, y nos deja huérfanos de jugadores con solera. Deja una empresa en constante rotación, una empresa de ERE afilado y una mayoría simple de candidatos a heredar el brazalete que sólo se afeitan un par de veces por semana. ¡Qué difícil es cumplir trienios en el Atleti!


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Finalmente Juanfran acudirá a la Eurocopa. Con justicia, sin debate alrededor. El extremo ansioso y acelerado que conocimos en los postreros (y oscuros) días del sanchezflorismo de vía estrecha, ha migrado a lateral templado en la defensa e incisivo en el ataque y obtiene de esta forma justo premio a su notable temporada. Ya solamente se le pide un cambio de estilismo capilar para ser considerado miembro de pleno derecho del imaginario atlético. La convocatoria deja la alegría de la llamada del alicantino, la indiscutible presencia de Torres como lo que es, un puntal y deja también un sabor algo amargo por la llamada interruptus de Adrián. De poco valió su debut con gol, penalty forzado y repertorio de fintas y caídas a banda siempre buscando hacer daño. No es el señor marques del dorado nabo amigo de dar demasiadas alegrías a los de rojo y blanco y finalmente tomó una decisión redundante, esperada. De la terna de Soldado, Negredo y Adrián se queda con el segundo. Uno, piensa que Adrián aporta diferencia y que los otros dos aportan principalmente lo mismo: su procedencia y más prensa que talento. Demasiado delantero centro ve uno en la convocatoria, máxime cuando solo ve a uno de ellos con la talla suficiente para según que batallas. Les doy una pista, el bueno es el de las pecas.


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A pesar del calor que ya se ha instalado entre nosotros, el futuro da frío. Cada vez que llegan los veranos, el gazpacho en el menú del día y las imágenes de familiares en bañador que nos perseguirán como pesadillas recurrentes, se nos pone el cuerpo raro. Hay veces que tiritamos incluso mientras faenamos bajo el justiciero sol de la capital. Y todo por no saber qué quedará tras el desmontaje acostumbrado. Tras la infinidad de rumores y los magros hechos. Nos queda también mal cuerpo por no habernos podido despedir de casi todos los que se irán y por no conocer ni de oídas a los que vendrán. La rueda sigue girando. El carrusel del mercadeo se activa llenando de igual manera columnas semanales y bolsillos. Capel, Emre, turcos de nombre impronunciable e incluso innombrables mediapuntas de pelo fosco y supuesta excelencia en el penúltimo pase con los que se pretende tropezar de nuevo, a pesar de que la comparación con una piedra sea siempre excesiva dada la blandura de la criatura. No se relajen, mañana podría aparecer a doble espacio y con negrita que vuelve Maniche con ganas de ponerse a plan para rebajar carrillera. Que Dios nos coja confesados.

jueves, 19 de enero de 2012

Genios y figuras

– Goyo, vamos, que se nos hace tarde… –llamó de nuevo Gregorio, el padre, intentando no acumular más retraso del acostumbrado de camino al colegio.

Goyo colocaba extasiado en perfecta alineación la numerosa colección de figuras. Todas con torsos pintados de rojo y blanco, todas con el pantalón azul, como debe ser. Descansaban sobre esas peanas que fracasaban en el intento de apegar al terreno escorzos imposibles y remates acrobáticos. Gregorio se detuvo un momento en el quicio de la puerta del dormitorio viendo cómo su hijo volvía a pasar revista a su ejército de leyendas rojiblancas, su pasatiempo favorito. Miraba lleno de orgullo al comprobar que el pequeño, que tanto se parecía a él, había heredado su misma pasión. Esa pasión que le llevó a iniciar la colección hace ya demasiados años. Revivió la antigua liturgia, el olor del plomo fundido y la avidez con la que invadía los moldes, el mimo al limpiar los pinceles, la sequedad que provocaba el aguarrás en sus manos...Continuó durante muchos años alimentando esa afición que le hurtaba horas y vista, dejándola solo de lado, aparcada por la falta de tiempo, cuando su familia se multiplicó. Su hijo Goyo creció, empezó a juguetear con ellas, las hacía bailar alrededor de un garbanzo con hechuras de balón, aprendió los nombres de los representados, retuvo lo que significaron en la historia de su equipo, revivió los partidos tantas veces contados por sus mayores, organizó sus propios concursos de lanzamientos de golpe franco en los que las figuras de Luis, de Pantic, de Dirceu, maltrataban las escuadras de unas porterías con redes de malla de patatas, desplegaba sus recursos a la manera de Antic, a la de Ivic o incluso a la de García Traid, imaginaba los gritos de Arteche y Pereira pidiendo avances de sus laterales, galopaba por las bandas de una alfombra gastada de la mano de Futre o de Leivinha, se zafaba del marcaje de los deberes del colegio para dibujar remates de cabeza de Gárate o de un niño pecoso de Fuenlabrada, dejó junto a esos trozos de plomo pintado tardes enteras, les hablaba y les deseaba las buenas noches y hasta le pareció que alguna vez Leal respondió a su despedida nocturna levantando levemente la mano vendada.




Hace un par de años Gregorio y Goyo modelaron sus últimas figuras llevados por la euforia. No utilizaron el plomo como materia prima, lo sustituyeron por un menos contaminante poliéster resinoso. Evidentemente, las figuras perdieron peso, pero no solo masa real y medible, perdieron el peso de tener toda una historia atrás. Las figuras actuales son más quebradizas, más frágiles. Muchas de esas últimas figuras están apartadas de las demás, en un cajón del que ya casi no salen. La mayoría de ellas resisten mucho peor el paso del tiempo que sus congéneres de recio plomo a pesar de las tremendas diferencias en la fecha de fabricación. Seguramente, en menos tiempo del que pensamos, nadie se acordará de ellas. Dentro de unos años, demasiados probablemente, alegrías puntuales harán que un anciano Gregorio y hijo Goyo tengan la tentación de retomar el antiguo hobby de crear con sus manos esas nuevas figuras. Al final desistirán, se impondrán a sí mismos la falsa creencia de que no van a hacer más por falta de tiempo o por cortedad de vista, pero no será por eso. No lo harán por no sentir como suyas esas figuras más ecológicamente ligeras, por no saber si ése que tal vez la merecería pertenece al Atleti en su totalidad o en un tanto por ciento despreciable, por no conocer cuánto tiempo se quedará a nuestro lado, por la pérdida de peso, en suma, de los candidatos a ser inmortalizados. La colección seguirá constando de los mismos elementos. No se sumará ninguno más. Y ambos dos seguirán mirando cómo el pequeño Goyito, la tercera generación, empezará a escenificar sobre una manta convertida en improvisado campo de fútbol una gran parada de Reina a disparo de un zancudo jugador con las medias bajadas que no puede ser otro que Rubén Cano. 

jueves, 6 de octubre de 2011

"Ligus interruptus"

No me gustan estos parones auspiciados por la FIFA en medio de las competiciones domésticas. Me parecen incluso peores además cuando se producen recién empezadas ligas, copas y competiciones europeas. No son fechas para estos partidos de selecciones. Ahora son tiempos de pensar en si la tarjeta amarilla que te acaban de sacar te impedirá jugar el próximo domingo, no dos semanas después cuando el cardenal de la patada donada graciosamente ya ha desaparecido de la canilla del atacante. Me parecen el injerto de un peral en una mata de fresas. Me parecen una llamada a la hora de la siesta del domingo. Me parecen una interrupción impertinente. Un “ligus interruptus”, vamos.

Ahora que estamos así, en confianza y ya con el traje y el tacón quitado, les diré bajito que a mí estos partidos no me motivan. Me llaman más la atención, por irme a un extremo, las pachangas veraniegas del Atleti, ¿qué quieren que les diga? Y miren que los veranos para los que soñamos en rojo y blanco son casi de todo menos ilusionantes desde hace casi un cuarto de siglo, desde el secuestro que sufrimos por parte de apropiadores y cooperadores. Pues, aún así, me provocan un mayor cosquilleo esos partidos con olor a aftersun que los clasificatorios de la Roja. Y si el partido de nuestro equipo es de competición oficial, no les cuento. Llámenme poco patriota, llámenme nacionalista colchonero, llámenme al móvil por las mañanas y al fijo por las tardes, que atenderé debidamente. Pero es así, no puedo remediarlo.

No crean que no me alegro de los éxitos de la selección, ni mucho menos. El que suscribe fue el primero en salir a la terraza de un hotel del extranjero a sacudir a gritos la piel de gallina que le puso el gol de Iniesta hace un año y pico. Con tintes de pasodoble, no les digo más ¡Qué bien saben ciertas cosas fuera de España! Pero no me pidan que compare porque, para mí no es lo mismo. Si hubiera sido el gol de Torres, hubiera estado más cerca, por sentirlo como algo un poco más nuestro tal vez. Pero los goles que se le marcan a Armenia no los acabo de interiorizar de la misma manera que uno de Koke, aunque sea en semifallo y en flagrante fuera de juego. Son cosas que pasan.



Dejaré pasar estos días poniendo el punto muerto en la marcha que ya tenía engranada: la de hablar de rotaciones, de sistema más o menos simétricos, de si prefiero a Miranda o a Godín para acompañar a Domínguez o de si Turán y Adrián son estrechos de pecho o es que les han dado camisetas de la talla S. Me dedicaré a otras cosas. Asuntos que, en comparación, me parecen más interesantes a día de hoy. A mi juicio, quede claro. Pero es que a mí, hablando de comparaciones de gritos y sus decibelios, no hay gritos como los que proferí cuando marcaron Forlán o Pantic. Salieron de muy hondo. Es lo que hay.

lunes, 6 de junio de 2011

El casting


La tensión se podía cortar una vez que los elegidos se alinearon delante de la mesa que ocupaban los miembros del jurado. Todos lucían una pegatina con un número en el pecho y cada uno intentaba disimular su nerviosismo como podía, unos mascando chicle compulsivamente, otros ajustándose las gafas al puente de la nariz con fuerza desmesurada.

– Tras haber debatido duramente os vamos a dar nuestras valoraciones. Todos sois buenos pero este año estamos siendo más exigentes en los castings de Operación Banquillo. Queremos algo diferente, algo nuevo. Ya os digo, todos sois estupendos, merecéis estar aquí y ha sido muy difícil decidirse –dijo la directora de casting mientras jugueteaba con su melena capeada y asentían exageradamente los otros integrantes del sanedrín: un creador de tendencias en jugadas de estrategia y un preparador físico con un sobrepeso que no aconsejaba seguir sus caducos métodos–. Bien, y ahora vamos con lo que nos ocupa:




– Número 2456, Milinko. La verdad es que has hecho buen casting pero debes seguir trabajando. Has tenido como hándicap que te conocíamos de antes y ya sabes que las cosas que vienen de fuera se valoran más. Aún así nos gustas y queremos que sigas con nosotros pero en un programa satélite llamado Operación Banquillo sin asientos Recaro. Es algo así como un programa low cost pero te puede servir de experiencia para dar el salto.

– Número 1345, Luis Enrique. Nos parece que todavía tienes que forjar un estilo propio. A todos nos ha parecido que imitas a alguien, no sé a quién pero nos suena esa corbata estrecha, ese hablar pausado y tu afición por interpretar con tres en la parte de delante muy abiertos. Tienes la ventaja de tu físico. Estás en un estado de forma ideal para el reto que tendrías por delante, tan exigente o más que una maratón o una carrera empanada por esas dunas de Dios. De todas formas, creemos que debes seguir formándote.

– Número 3791, Gregorio. Has tenido la ventaja de que te conocemos de anteriores castings. Tienes tablas y eso se nota. Sabes conseguir resultados pero de manera callada y eso a veces se vuelve en tu contra. Debes venderte mejor. Debes sacarle partido a tu capacidad de hacer del agua caldo. Aún así, insistimos en la recomendación de que mejores tu imagen. Tu imagen no transmite. Olvida el tweed y céntrate en la lentejuela. Aparca la gafa de patilla dorada y pásate a la de concha. Ya sabes que en este mundillo, muchas veces es más importante el envoltorio que el regalo.

– Número 6791, Joaquín. Has…

– Me llamo Jokin –interrumpió el examinado–. Soy vasco. De Utrera, pero vasco.

– Eh…bueno, vale. Jokin. Sigo con la valoración si me permites. Tienes algo. Sabes jugar con los aspectos externos de tu actuación. Manejas esos trucos mejor que nadie. Aún así, nos parece excesivo que los acompañantes que han venido contigo a la prueba hayan lanzado balones al escenario en el momento de mayor dificultad de tu intervención para distraer y perder tiempo. Tienes que mejorar tus formas en general, por ejemplo lo del chicle es casi inadmisible. Gesticulas demasiado. Os hemos estado observando en la sala de relax y cuando jugabais a las cartas, tu pareja no tenía claro si pasar o echar un órdago, si tenías pares o treinta al punto, dada la exuberancia en los ademanes que rezumas. Por cierto, sabes que si eres el elegido, tu amigo Gaizka, el de frente despejada, no puede acompañarte, ¿no? De acuerdo entonces –continúo la presidenta y portavoz al intuir un asentimiento desganado.

– Ya os digo, ha sido muy complicado para nosotros. Los no elegidos no deben desmoralizarse. Tal vez el que deba desmoralizarse sea el elegido viendo como están las cosas.

– El elegido para encabezar esta edición colchonera de Operación Banquillo es:…..

(Continuará. Ojalá que pronto para saber a qué atenernos…)