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lunes, 11 de marzo de 2013

El último pase


“¡Vamos Niño, mátalo ya!”, “¡Ea, que este está ya aviado!”, “¡Venga, listo de papeles”, “¡Bueno va, ahora que hable el acero!”….

Todo esto y muchas cosas más se oían en el callejón, en los burladeros y hasta en las localidades de barrera de la plaza en la que el estrafalario matador, autoproclamado como el primer torero 2.0 que la fiesta conocía, elaboraba la faena de su vida. Las frases que aconsejaban afrontar el momento supremo eran proferidas por apoderados de pelo ensortijado, familiares más o menos queridos y hasta novias de clavel reventón detrás de la oreja con vocación de folklóricas pero nada, él no hacía caso. Nuestro protagonista, conocido para la eternidad como El Niño del Gigabyte, torero de gran ascendente y número de seguidores en redes sociales y portales de contactos, no se había visto en una igual. El diestro apuraba las fuerzas de su adversario sin escuchar las voces que aconsejaban abreviar el trance, probablemente crecido ante el hecho de que hasta la fecha siempre había sido despedido a base de almohadillazos y hasta collejas de cada coso en el desplegaba su discutible pero vanguardista arte. El Niño del Gb, al que a partir de ahora nombraremos de tan apocopada manera aún a riesgo de que a alguno de los lectores le produzca atragantamiento, no había sido hasta la fecha capaz de dar un mal pase ni a una cabra con reúma por lo que quería disfrutar del momento dejándose llevar, no queriendo que el sueño finalizara. Quería demostrar que aquellos que glosaban su mal gusto en todas las suertes andaban equivocados, quería arrancar al destino un último pase más antes de llegar al momento álgido, tal vez sabedor de que gran número de aficionados le acusaban con maledicencia de entrar a matar sin arrimarse, casi por bluetooth.

Seguía desoyendo borracho de triunfo las voces que aconsejaban pasaportar al morlaco cuando, al hacer un desplante con ese estilo tan suyo de pato mareado, se arrancó el burel buscándole la ingle. Hizo carne feamente, pareciendo conocer de antemano que El Niño del Gb cargaba a la izquierda de esa manera tan celebrada por sus amigas de Facebook y cayó el torero en la arena. Allí, todavía a merced del toro, viendo cómo el dolor y la sangre le ganaban el pulso a la efímera gloria vivida, se arrepintió de su fijación por el último pase…




Lo contrario, exactamente lo contrario que le sobró a El Niño del Gigabyte es lo que le faltó ayer y en alguna que otra ocasión últimamente a nuestro Atleti. Se plantaba la Real en el Calderón con marchamo de equipo difícil pero algo apocado ante la tendencia de los rojiblancos de despachar por la vía rápida a aquel que osa saltar a la arena del feudo local. Se acularon los donostiarras en tablas, no excesivamente, no crean, pero sí bien plantaditos y hasta reservones, nunca mansos. Sacó el Cholo al Cebolla de enganche y se llevó el uruguayo un buen revolcón del lance. Es curioso cómo el Cebolla ha ido perdiendo gas con los meses o con los minutos, vayan ustedes a saber, hasta llegar al punto de la existencia de teorías que encuentran paralelismos igualmente negativos entre poner a jugar al Cebolla de inicio y dar de comer a un Gremlin a partir de las doce de la noche.

Sacó el Cholo al resto de los titulares y puso, de nuevo por necesidad, a Koke en el mediocentro. La presencia de Koke en el doble pivote no desentona y pudiera ser una opción digna de tener en cuenta si no fuera por el hecho de que aleja del área a uno de los pocos sobresalientes que pueden facilitar el último pase, esa suerte tan esquiva en la Ribera del Manzanares. Otro debiera ser Arda, participativo aunque desquiciado por momentos en el día de ayer, y otro Adrián, del que no se tienen noticias desde sus salidas por la puerta grande del año pasado. Poco más hay para brindar ese último eslabón de la cadena del juego. Ese trincherazo o ese pase de pecho que deja solo al rematador ante el portero rival. Esa es la mayor carencia del equipo y ya se atisbaba desde principio de curso. Algo conocido, vamos.

Llegados a este punto y probablemente con el amargo sabor de la primera derrota liguera en casa todavía en el paladar, los hay que abogan, tal vez con razón, por dar la alternativa a esos novilleros que vienen empujando desde abajo: bien Saúl, devolviendo así a Koke a la zona de tres cuartos o bien Óliver, aquel que nos hizo enamorarnos de sus quites veraniegos hace ya demasiado tiempo. Otros en cambio, se acuerdan de Diego y los lances pintureros que nos dejó el año pasado y sacuden la cabeza por el esfuerzo no realizado en su fichaje. Incluso los hay que piensan que Insúa, el tímido y desaparecido fichaje invernal, pudiera cumplir esa función dando al conjunto un toque de espectáculo cómico taurino que siempre es de agradecer para aliviar tensiones.

Podríamos escudarnos en que el resultado de ayer debiera haber sido un cero a cero para ser más justos. Podríamos pensar que ese linier con maneras de picador malo no levantó el banderín cuando debía de manera premeditada. Podríamos argumentar que qué más da ser segundo que tercero siendo el premio el mismo y nos lo podrían refutar razonadamente o con los sentimientos en la mano. Podríamos incluso preocuparnos más de lo debido y mandar a los corrales al optimismo reinante hace solo unos días. Podríamos seguir dando vueltas a la cabeza, a la faena, a cómo se atragantan ciertos partidos con equipos como el Rubin Kazan de San Sebastián. Podríamos simplemente pensar que a hay veces en las que no acaba de salir ese último pase…

martes, 28 de agosto de 2012

De veranos azules y también algo rojiblancos


– ¡No te olvides de mí! ¡Escribe cuando llegues! –gritaba contrito el atezado muchacho mientras perseguía al coche familiar cargado hasta los topes que iniciaba el periplo de regreso a la rutina tras las vacaciones playeras.

– ¡Uy!, Bea hija, ¡pues sí que has dejado huella en este zagal! ¡Qué despedida tan emotiva y visceral a la vez! ¿Y cómo dices que se llama?

– Ni idea mamá. ¡Como si diera tiempo a conocer a nadie en dos noches de media pensión que hemos estado en la costa!

Terminada esta bonita estampa, el cabeza de familia puso en el cassette del coche la cinta del Dúo Dinámico para que sonase “El final del verano”, tonada que siempre viene bien para ambientar despedidas estivales y enardecer depresiones postvacacionales….


Terminado ya casi agosto, uno se da cuenta de que los veranos actuales distan sobremanera de ser considerados azules. Cuesta pensar que a un grupo de mozalbetes les dé tiempo a intimar con estos asuetos express a los que nos vemos abocados. Cuesta pensar en que se atrevan a atrincherarse en la barca, situada en tierra, de un pescador barbudo que atiende al nombre de Chanquete sin que los antidisturbios aceleren el desahucio y se lleven preso al anciano por fundadas sospechas de pederastia. Cuesta pensar, en fin, en una jovial excursión canicular de muchachos y muchachas en bicicleta, silbando despreocupadamente por esas carreteras comarcales de Dios ajenos a que probablemente una Ford Transit sin seguro se los lleve por delante a la vuelta de la siguiente curva con visibilidad reducida.

No son tampoco las cosas como antes si de los veranos rojiblancos, pero también azules de pantalón, hablamos. Pasaron los años de los proyectos megalómanos para dejar paso a los tiempos de los proyectos minimalistas. Atrás quedaron aquellos días de fichajes caros o directamente inflados, véase por ejemplo lo que se pagaba por los indirectos protagonistas del caso Negritos, símbolos del mestizaje solidario y trincón. Lejos quedan aquellas fotos de nuevas incorporaciones que podían formar una alineación, lejos las presentaciones más o menos multitudinarias y con caídas de culo incluidas. Ahora las presentaciones se hacen aprovechando una oferta tres por uno, y cuando digo uno me refiero a millones de euros. Están las cosas mal, o más bien se suponen. Todo lo que tiene que ver con aspectos contables en nuestro club entra en el terreno de la suposición y de las conjeturas pero siempre con una verdad inexorable de fondo, aquella que ya se dictó en forma de sentencia.

Con este panorama, andan las ilusiones frente al nuevo curso algo anestesiadas. Ya nadie osaría a poner una pancarta como aquella que aparecía en estas fechas al lado de un córner, “Este año sí”. Les diré más, no solo estas fechas vienen magras de ilusión sino que se preñan de canguelo. Mira el aficionado cada día el periódico temiendo la acostumbrada venta de última hora y espera como agua de mayo a que lleguen las cero horas del día uno de septiembre en una revisión del clásico, ¡Virgencita, que me quede como estoy! Aún así, algo queda. Quedamos todos nosotros, que no es poco, queda alguien que sabe de qué va esto en el banquillo, que es algo no tan habitual y quedan clavos a los que agarrarse en el campo, que ya es algo más.



Preparado para salir andaba el Atleti en la bocana de vestuarios mientras en la grada la afición se encontraba comparando todavía tonos cetrinos de piel. Los más y los menos presumían de esa palidez amarillenta que tan bien potencia la luz de los focos del Calderón sin que hubiera noticia, como en anteriores años, de que algún presuntuoso hubiera dado muestra de querer enseñar las fotos de una excursión optativa nadando entra manatíes. Solo aquella dama que se apoya en la barandilla de la primera fila de tribuna, rompía la uniformidad al mostrar un aspecto tostado y saludable ofreciendo un rayo de esperanza a sus vecinos de sector que más tarde se disipó al aclarar ésta que el tono corresponde a haber estado sembrando patatas en la parcela del pueblo por lo que pueda pasar. Rendía visita el Athletic y apareció en el campo también pálido ante la falta de muchos de sus anteriores puntales, declarados en rebeldía tal vez por las maneras de Marcelo Bielsa, ese entrenador con modos de tía solterona que vive rodeada de gatos.

Dejaba el Cholo para la ocasión a Adrián en el banco para salir con el esquema que a él realmente le gusta: un delantero y una segunda línea con tres. Volvían Filipe y Juanfran a los costados y volvía Mario, mucho más seguro, como de costumbre, a la hora de realizar un cambio de estilismo capilar que a la hora de realizar un cambio de juego. Se hicieron con el mando los nuestros casi sin querer ante un equipo tocado y casi hundido. Aparecía el peligro siempre prendido de las acciones de Arda, ese jugador capaz de realizar regates en un baldosín de piscina municipal, y con Falcao en uno de esos días en los que tiene hambre. No desentonaba el resto: bien plantada la defensa aunque con menos vocación ofensiva de los laterales; solvente un medio del campo poco exigido, con Gabi ejerciendo de pulmón, con Koke llegando al área con asiduidad y con el Cebolla haciendo honor a su nombre, meritorio como base de sofritos y salsas pero insuficiente a todas luces como plato principal. Por encima de todos, como les decía antes, el turco y el colombiano.

Llegó el primero de la noche en una pillería de Radamel adornada por la pasividad del central marcador. Llegaba el segundo tras posible posición dudosa de Godín pero indudable e inapelable remate del nueve rojiblanco. Llegaron más oportunidades que se encontraron con Iraizoz y llegó el descanso dejando sensaciones de partido mucho más plácido que brillante por mucho que a los comentaristas televisivos les guste abusar del epíteto.
Comenzó la segunda por donde se marchó la primera, con el Atleti llegando y con los bilbaínos prácticamente noqueados. Poco ayudaron a los vizcaínos los cambios de Bielsa, al que debería reconocérsele su aportación a la comodidad de las últimas victorias madrileñas en choques directos. Lo mismo que puso a Javi Martínez de lateral en el choque del curso pasado, ayer se sacó de la manga a Iturraspe como central, consiguiendo con ese genial movimiento un doble efecto, dejar el centro de la defensa temblando como flan al baño maría y extinguir cualquier intento de salida de balón con criterio. Ante tanta facilidad, redondeó Falcao su cruzada devoradora de redes contrarias y hasta Tiago, siempre tan tacaño en el disparo, sorprendió anunciando de zapatazo que la cuarta ronda la pagaba él tras genuina jugada, por atropellada, de Diego Costa.

Se nos va casi agosto  y con él esta segunda jornada. Deja el partido de ayer aroma a equipo trabajado. Se ha hartado el Cholo de decir en sus comparecencias que habrá que suplir la falta de individualidades con el bloque y eso mismo se reflejó ayer. Un bloque en el que asoman dos o a lo sumo tres jugadores algo desequilibrantes. Aún así, el partido más que aromas deja tufo de que el rival no estuvo nunca a la altura. No estuvo el Atleti especialmente inspirado en el juego, no presionó de manera feroz, tuvo más errores que aciertos en la definición y, con eso, fueron cuatro, aunque no hubiera extrañado que fueran ocho. Queda todavía, antes de que termine el mes un partido festivo y conmemorativo. Por lo conseguido el año pasado en Europa y por ver a uno de los nuestros en el equipo contrario. Será en Mónaco, cuna de grandes premios, princesas díscolas y colchones de viscolástica. Una cita para celebrar. Una cita que en la victoria te deja henchido y que en la derrota casi te deja tan pancho….


– ¿Pancho? –dijo Bea intentando recordar el nombre del mozalbete que corría todavía junto al coche a pesar de ya estar en la autovía –. Pues sí, creo que se llama Pancho –concluyó admirada por la velocidad casi jamaicana que exhibía su enamorado antes de chocar con un poste de SOS. 

jueves, 19 de julio de 2012

¡Ay, el verano!


¡Ay, el verano! Con sus playas, con sus piscinas de agua sospechosamente caliente, con sus faldas menguantes, con sus camisetas imperio, con sus avisos de nivel naranja por altas temperaturas en el Valle del Guadalquivir, con sus señores que calzan sandalias de diseño imposible, con sus reposiciones de series, con sus vecinos indignados por la falta de medios aéreos para la extinción del incendio que ellos mismos han provocado asando diecisiete kilos de panceta, con sus bandas sonoras surgidas de aparatos de aire acondicionado, con sus jornadas intensivas, con sus carabelas portuguesas y otras medusas del gremio picando sin ton ni son, con sus siestas kilométricas, con sus sobremesas en el Tourmalet, con sus noches locas, con sus medias pensiones, con sus apartamentos a pie de playa situados en la provincia de Albacete, con sus sardinas en espeto, con sus suelos de gres llenos de arena hurtada a las orillas, con sus sandías puestas a refrescar, con sus salidas escalonadas, con sus regresos interminables, con sus socorristas de buen ver, con sus indignados funcionarios en pie de guerra, con sus filetes empanados al aroma de plástico de tupperware, con sus factores de protección cincuenta, con sus digestiones de tres horas antes de bañarse, con sus robos en domicilios, con sus pandillas de chavales hablando debajo de la ventana hasta altas horas de la noche, con sus alquileres por quincenas de minutos, con sus Rodríguez, con sus segundas residencias, con sus abuelos esperando en gasolineras, con sus calores de varios tipos, con sus Manolo no le des a la avispa con el trapo que se va a cabrear, con sus diez euros por dos cervezas rozando la tibieza, con sus fiestas de pueblo, con sus ciudades cada año menos desiertas, con sus cerrados por vacaciones, con sus abiertos hasta que aguanten los cuerpos, en fin, con sus cosas….




¡Ay, el verano! Con sus culebrones, con sus operaciones salidas que cuajan un día antes de que se cierre el mercado, con sus canteranos de moda a los que se olvidará en dos semanas, con sus excesos de mediocentros de contención, con sus sesiones de trabajo dobles o triples, con sus ejercicios sin balón, con sus brasileños que llegan tres días más tarde de lo debido, con sus antes de fichar hay que vender, con sus todavía nadie se ha puesto en contacto con nosotros, con sus representantes repeinados, con sus podemos aspirar a todo, con sus expertos en el mercado de fichajes que algún día acertarán, con sus nuevas equipaciones, con sus descartes que entrenan aparte, con sus cartas de libertades, con sus tests de resistencia, con sus vine para crecer como futbolista, con sus apuestas seguras, con sus demasiados extracomunitarios, con sus prioridades en un enganche y en un delantero sustituto de garantías, con sus renovaciones de la columna vertebral, con sus listas de espera para obtener un abono, con sus amores y desamores, con sus nosotros habíamos aceptado la oferta por Jurado, debe ser que prefieren a Diego, con sus señores de Wolfsburgo mosqueados, con sus partidos contra la Segoviana, con sus Torres, apellido de garantías, con sus he vuelto con algún kilo de más, con sus he vuelto como un tiro, con sus Cebollas Rodríguez, con sus cuentas bancarias llenas de telarañas, con sus cesiones por desgaste, con sus turcos a pares, con sus ganas de que esto empiece, con sus dirigentes hablando por hablar, con sus entrenadores que llenan de esperanza, con sus mediapuntas sin llegada, en fin, con sus cosas…

miércoles, 16 de mayo de 2012

De desguaces, coches y agarraderas


Una vez digerido el éxito del título de la Europa League e interiorizado el recurrente fracaso liguero, las huestes atléticas se dirigen a su taller de (des)confianza para realizar al vehículo la rutinaria revisión veraniega. Lo hacen precavidos y sin esperar demasiado, ya que es sabido que todos los años el coche que sale por el otro lado del túnel de lavado y mantenimiento canicular sufre mengua con respecto al que entró. Los clientes del taller recuerdan con nostalgia la berlina familiar tan espaciosa en la que cabían de manera holgada grandes jugadores e ilusiones desbordantes y cómo desde que los actuales dueños se hicieron cargo del negocio, nunca mejor dicho, cada año se nos entrega un coche plagado de evidentes mermas con respecto a versiones anteriores de la gama.

– Pues sí, mire le he revisado los niveles y las cláusulas de rescisión a la baja. Además le hemos tenido que extirpar los faros, porque ya se sabe que los faros alumbran donde quieren, pero no se preocupe porque le puedo poner unos faros que alumbran con opción a compra ventajosa, eso sí, todavía no puedo ponérselos, que estas cosas es mejor hacerlas justo antes de que se cierre el mercado de piezas de desguace –dice el encargado sin reprimir una sonrisilla de condescendencia muy celebrada por los aprendices que pululan por la nave pintada en rojo y blanco.

– ¿Y qué leches hago yo sin faros? –pregunta con desesperación el sufrido cliente colchonero.

– Conducir de día….

Somos conscientes de que quedarán en el camino piezas del coche actual como tantas otras quedaron tiradas en la sinuosa autovía de las comisiones. Sin airbag ni cinturones, elementos empeñados o malvendidos a fondos de inversión en anteriores revisiones, nos queda poco a lo que agarrarnos para volver a sentir ganas de sacar el coche de paseo. Bueno, no crean. Algo queda a lo que aferrarse: Simeone.



La llegada del Cholo a nuestras vidas supuso alivio porque cerraba el capítulo gris tirando a negro oscuro capitaneado por ese tuneador de patillas de gafas de pasta que es Gregorio Manzano. Dos cosas levantaban suspicacias con respecto a su aterrizaje: por una parte su bisoñez a la hora de conducir vehículos de la enjundia del nuestro, por otra, no saber qué parte de su fichaje respondía a su validez como conductor y qué parte a su condición de fornido escudo de gran ascendente en la grada para evitar hojas de reclamaciones de los clientes contra los ilegítimos dueños del taller y sus chanchullos. Finalizada la temporada y tras haber analizado el desempeño del argentino al volante, es de justicia reconocer que ha sorprendido gratamente. Cholo hizo arrancar a un coche desguazado tácticamente por su predecesor y lo ha hecho andar. Lo hizo sin aspavientos, sin tocar el claxon para llamar la atención sobre la cortedad de la plantilla y su mala distribución. Su esperada faceta de gran motivador se complementó con un conocimiento táctico que nos ganó con maniobras como la de poner a Arda en la derecha en aquella noche mágica del Calderón en la que la banda de Jordi Alba parecía una autopista de cinco carriles y arcén. Tal vez haya aspectos mejorables, sin duda, pero el técnico ha dotado al vehículo de una cierta dignidad, de una confianza en sus posibilidades que le hace creer que puede transgredir su previsible futuro de utilitario para ir a comprar el pan. Tras tantos cambios de pintura, la capa de color que Simeone propone nos gusta por ser reconocible y por no basarse en la queja como modo de reivindicación, modus operandi de aquel otro chófer de jersey estrecho y raíces folclóricas.

Dos grandes retos debe enfrentar el entrenador a partir de este momento: uno, el de confeccionar una plantilla a su modo y manera. Tras demostrar que tiene manos para conducir, ahora debe ajustar los espejos a su altura, poner ese respaldo de bolas que tanto éxito tiene en los asientos de los agremiados del taxi y tunear a su gusto la máquina. Les hablaba de dos retos, el segundo es no tragar con los accesorios horteras que le quieran poner los otros, los del taller, y luchar porque no se vendan las piezas que harán el coche mínimamente competitivo. Servidor de ustedes cree que este segundo reto será más complicado de afrontar pero tiene fe en Simeone. Las primeras señales así lo indican: “Falcao vino con el equipo séptimo”, dice Cholo con razón mientras los encargados ponen cara de poker por ver peligrar el negocio de desguace. Tendrá que mancharse las manos con la grasa pegajosa y maloliente que rezuma todo lo que tiene que ver con la manera de gestionar el garaje y, por su bien, no tragar. En ese no tragar depositamos todos nuestras esperanzas como si fueran esos asideros que tienen los coches encima de las ventanillas, esos a los que se aferran las tías solteronas cuando se acercan curvas. 

lunes, 30 de abril de 2012

Ensayo sobre la resaca


El sonido del despertador sacudió a Leónidas de su movido sueño. Había pasado la noche enrollándose y desenrollándose en la funda nórdica, levantándose mil y una veces al baño y a beber agua, tragando tabletas de antiácido con avidez y ocupando la cabeza con una pesadilla recurrente en la que una cajera de Mercadona desdentada le negaba el cambio para el carro con el consiguiente quebranto anatómico y moral para su persona. Se sentó en la cama despacio, midiendo los movimientos cuidadosamente para no ejercer más aceleración de la necesaria a su cerebro, convertido en esos instantes en sede organizadora de un campeonato mundial de bailes folclóricos a base de dulzaina y tamboril o algo sospechosamente parecido. Él, que era una persona coherente, no acudiría al fácil propósito de decirse que no volvería a beber. Él no era de esos. Él moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, aunque a éste último le hayamos visto morir mil veces y todavía no tengamos clara en qué demontres se basa su idea.

Visualizó sus próximos pasos al detalle. No era de esos que hacen caso a las recomendaciones de los demás para trances parecidos: “Tómate una cerveza en ayunas y se te pasa”, “Un buen vaso de zumo de tomate es lo mejor por sus propiedades depurativas”. Nada de eso. Él tenía claro que el problema estuvo en la mezcla. Ese chorrito de brandy en el café fue el que fastidió toda la noche. Esa pequeña dosis de licor extranjero y ajeno a lo que tenía en el estómago era la que había desencadenado la boca pastosa, el dolor de cabeza y las ganas de morir rápidamente. De esa burra no le iba a bajar nadie. Moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, sin hacer caso a los que aseguraban con tanta ligereza que el problema no estaba el brandy sino los diecisiete gintonics previos y posteriores…



El Atleti se desplazó a Sevilla para jugar un partido resacoso para ambos contendientes. De un lado, los béticos inmersos en noches con aroma a fino que terminan rayando el alba, del otro los rojiblancos nadando en la dulce resaca de la borrachera europea del jueves. Se jugaban más los otros que los unos, ya casi salvados. Se jugaban el poder seguir soñando con alcanzar esos puestos casi utópicos e incomprensiblemente lejanos la mayoría de las veces. Salió el Atleti con casi todo al campo y también con Salvio. Quedaban fuera de la titularidad Arda, sin duda revuelto de estómago tras sus últimas y brillantes actuaciones, Miranda y Mario, aunque a este último no se le presuponga más resaca que la propia de abusar del licor de las redes sociales. Salió el Atleti como al trantrán, parsimonioso, sin ganas de hacer ningún movimiento brusco que pudiera conllevar dolores de cabeza. Salió el Betis sin ganas de hacer daño y con olor a fritura todavía encima. Empanados o más bien enharinados los dos.

Aún así, casi sin querer, los nuestros se hicieron con un mando del partido relativo y cómodo. Era como una tregua dentro de otras batallas libradas. Un armisticio de juego pastoso y boca seca que fue suficiente para rondar el gol en alguna que otra ocasión. Era Salvio el que llevaba más peligro, a la portería contraria, no crean, pero no se llegaba a materializar ese dominio en goles. Algún ¡uy! y muy pocos ¡ays! resumen una primera parte resacosa. Prescindible. Funcionarial. Poca cosa. Se retiraron los conjuntos a la caseta…

– ¿Qué me dice? ¿A la feria se fueron?

– No. Y no fue por falta de ganas, ni de ellos ni del respetable.

Comparecieron los equipos en el segundo tiempo con la misma dinámica: “Pase usted”, “No, no, usted primero, que va cargado de ilusiones para llegar a Champions”, “No crea, a usted también se le ve con falta de un punto para asegurar la permanencia”. Se acercaba el Atleti pero no remataba. Salió Koke por un Diego exhausto y jugó muy buenos minutos ofreciéndose y llegando al área. Fruto de una de esas llegadas llegó un gol, así como si nada. Un gol mal defendido y tras fenomenal dejada de Falcao, para que luego digan que los delanteros centros son egoístas. Tan resacoso parecía el Betis que se fue el Atleti más para arriba tras el gol. Demasiado arriba tal vez. Tan cerca parecía el segundo y que empezó aparecer la sombra del empate. Recobró lucidez el Betis entre sevillana y sevillana y entre platos de gambas de Huelva y jamón con pan de picos. No solo empató sino que se pudo por delante en un par de jugadas plenas de posiciones adelantadas y manos blandas y temblorosas de nuestro portero.

Justo ahí, ahí mismo, nos dimos cuenta que toda resaca tiene aparejado su bajón correspondiente. Reparamos en que las plantillas cortas no pueden mantenerse de fiesta varios días seguidos sin sufrir consecuencias. Los que más y los que menos dejaron de hacer las cuentas para llegar a los manidos objetivos y se zambulleron en el dolor de cabeza habitual, el de casi todos los años. En los oídos zumbaba todavía la música de muchas otras noches: “¡Si no hubiéramos dejado escapar esos dos puntos de Santander!”, “¡Si se hubiera ganado al Sporting!” De casi nada sirvió el postrer gol del colombiano, que trajo algo de insuficiente justicia. Queda un sabor de pescado que no es del día. De mezclas de licores poco recomendables. Sí, lo pasamos muy bien en la fiesta del otro día, pero hoy tenemos poco cuerpo para nada. Nuestro hígado no da para tanta feria y tan seguida. Aún así, los hay que todavía piensan en poder llegar frescos y despejados a ciertas posiciones de la tabla y defienden sus argumentos con números e hipótesis peregrinas. Morirán con esa resacosa idea, lo mismo que Juanma Lillo…

viernes, 27 de abril de 2012

A Bucarest con escala en Transilvania


Ayer no era un día normal para la Peña atlética de Transilvania. Sus miembros y miembras (como pueden ver en Transilvania serán un poco supersticiosos pero lo de la paridad lo llevan en la sangre), por fin pudieron reunirse para ver todos juntitos el partido del Atleti en el mesón del pueblo después de un año de partidos matinales que impedía un quórum mínimo aunque fuera de manera extracorpórea. Con tanto partido mañanero, los integrantes de una de las más antiguas peñas rojiblancas se han visto obligados durante toda la temporada a trasnochar, o más bien trasmañanar, intentando escuchar vía transistor el partido del equipo de sus amores en la cripta, misión casi imposible ésta porque como todo el mundo sabe una cripta no es buena ni para la artrosis ni para captar ondas radiofónicas con antena telescópica. La emoción era doble: por un lado, la importancia del partido en cuestión, nada menos que una semifinal europea, por otro, el hecho de que la final soñada se fuera a disputar ahí al lado como quien dice, con lo que el desplazamiento del personal para vivir in situ el evento se torna obligado y llevadero, aspecto nada desdeñable cuando de movilizar la infraestructura propia de una peña con la idiosincrasia de la que nos ocupa se trata. Tras los abrazos salutatorios y los típicas conversaciones de reencuentro: (“Hija, yo no sé cómo lo haces pero parece que tuvieras tres siglos menos de los que tienes, que piel más cerúlea y qué ojeras tan bien trabajadas” o “Mira ese que buen color tiene, claro, solo toma sangre de tetrabrik con abrefácil y eso a la larga se paga”), los asistentes se sentaron muy tiesos delante del televisor para ver el inicio del partido.

Se plantó el Atleti algo reservón en Mestalla o tal vez fue el Valencia el que salió un poco desatado. Los chés llegaban con facilidad a las inmediaciones del área colchonera con más sensación de peligro que peligro en sí. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero anduvimos un buen rato sin que la camisa nos llegara al cuello. Uno piensa que la clave de esos minutos estuvo en la actuación de dos parejas de jugadores. En la parte negativa, unos Tiago y Mario con la poca sangre habitual, superados ampliamente por los volantes levantinos. En la positiva, unos centrales que firmaron uno de sus partidos más serios como pareja a pesar de esa tendencia que tienen a hacernos mala sangre con sus burdos fallos puntuales. Muy bien estuvieron Godín y Miranda toda la noche y volvió a estar entonado de nuevo Courtois, al que habría que agradecer un par de intervenciones meritorias que evitaron que se nos disparara la presión sanguínea. No presionaba el Atleti, no se mantenía el balón en nuestro poder y daba la sensación de que el primer gol de los rivales era una cuestión de tiempo por el empuje que mostraba. Después de pedir la hora durante casi treinta minutos, los nuestros se agarraron al descanso con alivio, con esa veneración con la que en la patria de nuestros protagonistas de hoy, los lugareños se aferran a crucifijos y baldes de agua bendita. Quedaba el resultado intacto, incólume, que no era poco después de ver lo que se había visto.

A pesar de los años que los contemplan y la de cosas que han visto, quedaron algo azorados esos atléticos transilvanos e intentaron engañar al bajón propio del descanso con esos pequeños gestos con los que todos nos entretenemos mientras bajamos pulsaciones: visitas al tocador, que siempre está bien estirar las piernas por muy contrario a los espejos que sea uno; salir a fumar un cigarrito a la noche refrescada por el aire que viene de los Cárpatos; “¿Señor mesonero, ¿no tendrá usted una ración de morcilla o de sangre encebollada?” ,“No, solo tenemos pollo al ajillo”, “No me joda, al ajillo no, que pasamos luego una mañana toledana”…En fin, lo que haríamos todos.



Empezó la segunda parte con un Valencia más comedido, con un colmillo menos afilado. Seguía empujando, sí, pero ya se sabe que, cuando se trata de remontar, las ansiedades vencen a las voluntades a medida que el reloj corre. Empezó el Atleti a no pasar tantos apuros, empezó a estirar el cuello para mirar más allá de su área. Los de arriba, invisibles hasta el momento, recibían alimento de balón. Reparamos en que Arda, Diego y Adrián estaban en el campo y en una de sus combinaciones el asturiano selló el pasaporte a Bucarest de un latigazo violento y hemoglobínico.

– Ya lo decía yo –apuntó la vizcondesa Natasha, tesorera de la peña –. Esto lo tenía que arreglar Adrián, que es quien más sangre fría tiene. Líbreme el destino de cruzarme con sangres más calientes. Una añada fresca y afrutada de sangre fría es otra cosa, ¡dónde va a parar!.

El gol fue como una estaca en el corazón de la fe valencianista. De ahí al final quedó tiempo para abrazos, para alguna lagrimita, para que Tiago sacara a relucir su sangre caliente a destiempo y para que alguno solicitara permiso para hacer una vista a Soldado cualquier noche de estas para tentarle la yugular con ánimo de hacerle siervo, que alguien de su carácter y pasado no merece pertenecer a según qué nobles colectivos.

– No podía ser de otra manera. No podíamos caer en el día del cumpleaños del Atleti –peroró Don Vlad, presidente y miembro más veterano de la peña–. ¡Fijaos, 109 años de vida! Como mi pequeño Vlade, que está hecho un torbellino –dijo señalando a un mozalbete pálido y revoltoso que miraba al gato del mesonero con avaricia–. Pues, nada, a ganar la final.

“A ganar”, gritaron todos a coro mientras salían todos del local para fundirse en uno con la noche. “¿Te quedas a tomar la última?”, “¡Uy!, no. Que tengo a la madre de mi mujer en el castillo pasando unos días y no quiero dormir en el sarcófago de invitados”. Quedaron todos en reunirse de nuevo para ir a Bucarest. Para vivir una noche que esperemos nos haga entrar en la eternidad. Ellos saben lo que es eso. Lo de la eternidad, digo. Ellos saben de eso y saben también de por qué de eligieron estos colores a los que aman como ustedes o como yo. Por ser rojo de sangre y blanco de palidez. No podía ser de otra manera….

lunes, 23 de abril de 2012

Los atléticos del futuro


Ya era hora. Ya era hora de poner un partido a un horario de copa y puro y no de café con porras. Ya era hora de que la parroquia se broncease con el sol de la tarde, mucho menos dañino que ese sol de la mañana que aconseja protecciones factor 50. Ya era hora de dejar al despertador quietecito los domingos. Ya era hora de que los atléticos pudiéramos dedicar la mañana dominical a holgazanear o a arreglar el recodo de la tubería de debajo del fregadero, que lleva perdiendo desde hace ya ni se sabe sin más solución que poner una bayeta debajo. Ya era hora oigan, ya era hora.

Se dirigieron los atléticos al estadio y lo hicieron con sus churumbeles de la mano. Se llenó el estadio y los alrededores de atléticos de nuevo cuño, de rojiblancos con coletas y pantalones cortos continuistas de la tradición familiar. Uno los mira y detrás de esas camisetas de varias tallas más grandes de lo aconsejable, ve un presente lleno de inocencia y odio a las verduras rehogadas y un futuro en el que podrán ver a un Atleti que sea de ellos y no de hacienda o de un fondo de inversión. Uno ve una felicidad y una emoción en ellos cuando se acercan al estadio que reconoce perdida en muchos otros. Ellos son los atléticos del futuro y tarea de sus progenitores es ilustrarles sobre la historia de la institución cuando el demonio de la tentación se cruce en sus caminos para ofrecerles transitar en cuestiones futbolísticas por terrenos más fáciles, por esos terrenos bipartidistas a los que se ven tristemente abocados algunos por mor de esta sociedad nuestra de pensamiento único. Servidor, que no es partidario de aferrarse a las tradiciones familiares en todos los campos y para ello aporta los sangrantes ejemplos de Rody o Liberto Rabal como exponentes de grandes carreras como apretadores de tuercas que se perdieron por seguir el camino de su estirpe, sí pide a las madres y padres cuidar de ese legado atlético. Falta hace ese recuerdo para minimizar el daño que infringe el digno continuador del padre que le preparó que ahora rige nuestros destinos.

Sin que casi diera tiempo a los niños a ocupar los asientos en los que colgaban sus piernas, se puso el Atleti por delante. Fue tras una jugada de bloqueos y pantallas en el área que culminó Godín en lo que algunos bautizaron como su particular quite del perdón por las terribles actuaciones que nos brindó en episodios anteriores. Tras el gol volvió el Atleti a pecar de echarse algo atrás y se temió a partes iguales por el resultado y por una posible expulsión de un Gabi sobreexcitado. Se fue haciendo el Español, así con eñe, con el mando del partido y los niños empezaron a preguntar a sus mayores qué por qué el Atleti no iba a por el segundo, no sabiendo los padres si echarle la culpa al cansancio del primoroso partido del jueves pasado o acogerse a la quinta enmienda para no contestar. El caso es que, entre cuestiones de los preguntones infantes se fue pasando la tarde: “Mamá, ¿por qué Indy desaparece en cuanto se tira la foto con las nuevas generaciones?”, “Abuelo, ¿si no me pongo derecho en la silla acabaré como ese jugador del Atleti que juega en banda derecha?”, “¿En una pelea a muerte quién ganaría? ¿Juanfran o Lobezno?” Mientras los niños preguntaban curiosos y algo aburridos por lo que se veía sobre el terreno de juego, los de Cornellá empataron aprovechando empanada defensiva colectiva y hasta hicieron temblar el poste de la portería del belga que dejó la juventud hace poco rato en un saque de falta que produjo la petición popular de la hora para ver si el descanso cambiaba las dinámicas, la del equipo y la de los interrogadores jovenzuelos.



Tras el descanso, y con la grada saboreando las excelencias del tradicional en días como estos, bocadillo de nocilla, salió otro Atleti. No el desatado y brillante de hace unos días, no, pero uno bueno de todos modos. Dejaron los niños de hacer preguntas inoportunas mientras ponían sus ojos en el campo y especialmente en el número 11 de los nuestros. Empezó el turco a destapar el tarro de sus otomanas esencias y metió un gol acrobático que dejó al respetable de todas las edades con la boca abierta.

– Paquito, hijo, cierra la boca que se te va llenar de moscas con tanta nocilla como tienes en los dientes –reprendían los padres con regocijo pero sin descuidar aspectos educativos de sus cachorros.

No había dejado la muchachada de glosar el primer zarpazo de Arda cuando éste anotó el segundo de su cuenta tras remate al palo y dibujo de trayectoria curva con forma de cimitarra de sultán con la que el balón quiso homenajear al ejecutor. Partido resuelto y bullanguera fiesta con Turan como hombre más aclamado. De ahí al final, el equipo se sumó a la celebración con invitados de esos a los que uno no espera casi nunca, por lo que los púberes colchoneros preguntaron con un deje de maledicencia: “Mamá, ¿de verdad ese que se ha ido de cuatro y ha tirado dos caños es Salvio?”, “Tío Eufrasio, ¿no es ese que corta, manda y reparte juego Mario Suárez, al que tú normalmente dedicas epítetos que recuerdan a su familia más cercana?”. Miraban los mayores orgullosos a sus pequeños y miraban al campo con incredulidad y con un orgullo parecido por lo que el equipo ha brindado en últimos compromisos. 

Murió el partido de manera plácida, entre jolgorio y coreos de cambios oportunos en los que es tan experto Simeone y salieron los niños del campo un poco más convencidos de su atleticidad. Tan contentos iban que llegaron a casa y accedieron a bañarse y lavarse el pelo sin que esto supusiera la lucha acostumbrada. Se pusieron el pijama sin rechistar y comieron el plato de verduras rehogadas que ayer parecía menos soso. No hubo reproches a la hora de acostarse, ellos y ellas mismos se fueron a repasar mentalmente lo que habían visto durante la tarde antes de caer rendidos. Cuando los mayores fueron a darles el beso de buenas noches, los reyes de la casa dictaron sentencia:

– Mamá, yo de mayor quiero ser Arda Turán…– dijeron todos ante la emoción de unos progenitores a los que una lagrimita empezaba a asomar en la mirada.

viernes, 20 de abril de 2012

Hablemos de la camiseta...

Los alguaciles que guardaban la puerta del camino del Este pararon al viajero que se disponía a traspasar la muralla de la ciudad como tantos otros que iban a ofrecer sus mercaderías en días como ese y le miraron de arriba abajo como sólo sabían mirar los alguaciles en la antigüedad, lo que llevado a nuestros días sería la mirada propia de portero de discoteca cuando ve unos calcetines blancos con raquetas cruzadas.

– Maese…¿Émery? ¿De dónde proviene ese nombre? ¿Es vuesa merced normando? ¿Occitano? ¿De padres librepensadores y a la vez diletantes heráldicos? –inquirió uno de los guardianes con desconfianza.

– Pues no, querido amigo. Soy norteño pero vengo de Levante. Traigo a la ciudad mi repertorio de muecas y gestos desenfrenados. Me dedico a la venta itinerante de ilusiones y jugadas de estrategia, sé que suena pretencioso pero normalmente cumplo objetivos –respondió ufano el caminante mostrando una rapidez de manos propia de un extra de película de Bruce Lee.

– ¿Y qué le trae por estos pagos?

– Le cuento, a pesar de tener mi sede en Levante, allí mi arte anda bajo sospecha. No hay día que no me silben al pasar por la ribera del Turia, ni día que no me comparen por mis cambios con mi burro, aquí presente.

– Ya…Hablando del burro, y sin ánimo de establecer comparaciones équidas, ¿qué atesora usted en las alforjas del susodicho para que ande tan exigido físicamente?

– ¡Bah!, minucias…Fruslerías para vender de cara a llevar una escudilla de comida a la boca ¡Ah! Y también traigo telas, retales al peso de muy buen ver provenientes de los afamados telares de Valencia –confesó Maese Émery con franqueza.

– Pues nada, señor viajante ¡Ya se está usted dando la vuelta y retomando el camino hacia sus Levantes con viento fresco! Intentar colocar telas de Valencia con la bien sabida poca resistencia que tienen las mismas es de ser muy rufián. 

El repeinado buhonero dio media vuelta para volverse por donde vino. Quedaron los alguaciles comentando la poca vergüenza de aquellos que comercian con paños de Valencia:

– ¡Anda que..! Tiene tela el gachó…Mira que mentar la tela valenciana con la que está cayendo….Eso sí, ¡cómo movía las manos el tío!....



Venía el Valencia de Émery al Calderón y durante toda la semana no se ha hablado de otra cosa que no fuera de una camiseta. A unos les sigue escociendo el ultraje que supuso aquel agarrón que terminó en serbio destape de hace dos años. A otros, les extraña lo grabadas que quedan algunas imágenes en la memoria colectiva y lo volátiles que parecen otras como dos fueras de juego inexistentes pitados en contra en acciones de gol. Todos, desconfían desde entonces de la calidad de las zamarras fabricadas en el levante español hasta tal punto que prefieren comprar chinescas imitaciones de blazers malva de Zara para uniformar al equipo de la urbanización en el típico torneo canicular de veraneantes contra aborígenes que se celebra en cualquier pueblo de serranía. No se ha hablado casi nada de la irregularidad de los equipos, de lo que emociona meter un gol en campo contrario, ni de la importancia que la competición entre manos pudiera tener para tapar vergüenzas clasificatorias. De eso nada. Si hay que hablar de algo, hablemos de la camiseta.

Puestos a hablar camisetas, hablemos de la nuestra. Hablemos de ella, del peso que parece dejar sobre hombros no demasiado preparados para llevarla, de lo resistente que es para soportar el pisoteo que la gerencia perpetra contra ella, de lo sufrida que fue cuando la mancharon con publicidad de películas de palomita acaramelada. Hablemos de que muchas veces no reconocemos los valores que se presuponen en los que se la enfundan, pero hablemos también de otros días como ayer en los que sobre el campo parecía que hubiera muchas más de once. Hablemos de un entrenador que la respeta y sabe lo que significa. Hablemos de la especial sensación que debe suponer sudarla hasta la extenuación mientras la grada corea tu nombre. Hablemos, hablemos…

Puede que hiciera noche de camiseta sobre sudadera y también de camiseta interior para los que se acercaron al Calderón, pero sobre el campo sobraba todo lo que no fuera la zamarra rojiblanca. Salió el Atleti desatado, ávido. Vimos al Atleti como en muchos años no lo habíamos visto. Salió el Atleti sin publicidades cambiantes en la elástica. Fue a por el partido de cara y a tumba abierta. Se veía al equipo enchufado y Arda Turán más. Los primeros veinticinco minutos del equipo fueron maravillosos, pero lo del turco fue de órdago. Tras varias incursiones percutiendo por la izquierda, fabricó un gol que tuvo control malabar, autopase casi largo y pillería marca de la casa que Falcao cabeceó a las mallas con la eficiencia acostumbrada. No crean que los nuestros se fueron a guardar la renta a su área, no. Seguía el equipo desmelenado, ganando cada duelo y cada porfía ante un Valencia superado. Quiso el fútbol, tan injusto tantas veces, que los visitantes se llevaran un gol en el descuento de la única manera en la que parecían poder hacer algo de daño, a balón parado. Se vino el descanso encima con ese agridulce sabor del mal resultado pero del buen juego. Los aficionados se estiraron las mangas de las camisetas para engañar a la fresca noche, muchos niños empezaron a entender lo que significa esa camiseta que le ponen sus padres y Gabi echó a lavar la suya, llena de sudor por la inmensidad de kilómetros recorridos y de sangre por la intensidad de la batalla a codo limpio.

Salieron los equipos al campo tras el paréntesis y volvió el Atleti a morder. Volvió a ser la rojiblanca omnipresente. Se marcó un segundo casi en remate colectivo. Se marcó un tercero con esa pasmosa facilidad que tiene Adrián para hacer sencillo lo complicado y se marcó un cuarto que hubiera propiciado el lanzamiento de una cartilla de cupones para la adquisición de cuberterías y vajillas conmemorativas con la cara del ejecutor, si éste hubiera acaecido un poco más al norte de la ciudad. La afición se besaba el escudo de la camiseta y se persignaba teatralmente ante la transformación de los suyos. Los más viejos se permitieron sonreír abiertamente tras tantos lances de boca apretada y los más jóvenes empezaban a comprender por qué somos del Atleti a pesar de todo lo que ustedes ya saben. 

Imposible destacar a alguno por encima de los demás sin pecar de injusto: un descomunal Falcao, un brillante Adrián, un desconocido por su atrevimiento Filipe, un inconmensurable Gabi, un omnipresente aunque algo sobreactuado Diego, un internacional ya Juanfran, un Arda que enamora, un meritorio Miranda, un Domínguez que parece volver a ser lo que iba a ser, un Mario al que casi le perdonamos los pases a la nada por su lucha y los balones que robó y un Courtois al que se le está criticando por la helada jarra que nos cayó en lo alto cuando la fiesta tocaba a su fin. Podríamos discutir ustedes y yo sobre si en estos goles de ayer o en los de aquel otro día hubiera podido hacer más y a lo mejor hasta llegábamos a un entente cordial, pero puestos a discutir sobre porteros cedidos, mejor hablemos sobre la idoneidad de traer a becarios para otras empresas con derecho a minutada y dejemos tranquilo al belga.  

Nos dejó cara de tontos el desenlace del encuentro. Nos dejó bien pero mal. Los que tras el golazo de Falcao empezaron a buscar vuelos a Bucarest por internet, anularon la transacción cuando ya sólo les faltaba meter la fecha de expiración de la tarjeta de crédito. Habrá que ir a Mestalla sin esa suficiencia de saber que los deberes están hechos, pero habrá que ir agarrándose a la dinámica que pudiera dejar el partido de ayer. Tal vez se pasará mal o a lo mejor será una noche de relajo y disfrute. Lo que es seguro es que el jueves que viene nos volveremos a poner la camiseta con esos alegres colores rojo y blanco y lo haremos con el orgullo con el que siempre lo hacemos y con un poquito más por saber que hay días en los que esos a los que pagan por ponérsela entienden realmente lo que significa. 

lunes, 16 de abril de 2012

Fútbol de barrio (o el no saber quien es uno)

Como todos los domingos por la mañana, el grupo se reunió entre bostezos y desperezos varios. Se reunió como tantos otros grupos de amigos que pretenden engañar al tiempo jugando en ligas municipales de barrio.

– Buenas…Mirad, éste es Tiburcio, el compañero de trabajo del que os hablé. Es un futbolero empedernido y nos viene a echar una mano para que podamos tener un cambio.

– ¿Y con qué ficha va a jugar? –preguntó alguien tras los saludos de rigor.

– Con la de Edu, claro. Si él ya nunca viene desde que se ha echado esa novia con la que anda descubriendo en sentido totalmente bíblico las bonanzas del turismo rural. Fijaos, fijaos, si tuerce un poco la cara y abre la boca mucho, hasta tiene un aire a Edu – dijo el entusiasta cicerone mientras el resto del elenco miraba con desconfianza por no ver el parecido por ninguna parte.

– Bueno…Pues a partir de ahora tú eres Edu – pontificó el portero con esa autoridad que tienen los cancerberos con mucha barriga.

Se desarrollaba el partido como siempre: lleno de goles tontos, discusiones subidas de tono y golpeos de balón indignos. “Sal, Edu”, dijo alguien sin que el nuevo fichaje se diese casi por aludido. “¡Edu!”, llamaron de nuevo hasta que el suplantador de flamante ingreso entró al campo. Salió Tiburcio-Edu y no es que no cambiara el signo del partido, es que casi ni la tocó, lo que parecía lógico dado el poco acoplamiento de la plantilla con su nuevo compañero. Eso sí, de tanto oír “¡Edu, tapa!”, “¡Edu, aquí, solo!”, Tiburcio se sentía más Edu. Ya casi se había olvidado cómo se llamaba en realidad e incluso pidió jugar como delantero centro como hacía el Edu real. Tan Edu se sentía, que en un corner ensayado cuya estrategia evidentemente él no conocía, fue a rematar en plancha un balón al primer palo cuando debería haberlo dejado pasar. Edu-Tiburcio se golpeó con violencia contra el poste quedando conmocionado tras el brutal impacto.

– ¡Edu!...¿Estás bien Edu? –preguntaban compañeros y rivales arremolinados a su alrededor mientras le abofeteaban esperando una reacción.

Llegados a este punto y ante la gravedad de la situación, el defensa central del equipo contrario, desde la autoridad que le confería ser uno de los más veteranos de la tuna de medicina pese a seguir en el segundo curso a sus cincuenta y dos años, decidió lobotomizar al accidentado con un palo de chupa-chup que encontró al borde del terreno de juego para intentar mejorar la presión craneal de ese Edu impostor.

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La enfermera del turno de noche del pabellón de enfermos de larga duración vigilaba los valores que devolvían los aparatos. Tras un rápido reconocimiento del paciente, anotó el resultado de sus observaciones en la pizarra que colgaba a los pies de todas las camas del sanatorio:

“El paciente Eduardo Tamboril sigue sin responder a estímulos sencillos como el reconocimiento de su nombre. Se aconseja continuar con el tratamiento e incluso aumentar la dosis del mismo con una nueva vuelta de tuerca del palo de chupa-chup incrustado en su cráneo…..”



Tiene Vallecas algo que impregna los partidos que allí se juegan de aroma de futbol de barrio, de fútbol de tierra y rodillas llenas de costras. Será por ese muro que vigila una de las porterías o será por los vallecanos que se arraciman en las terrazas de los edificios colindantes, vayan ustedes a saber. Conscientes de la idiosincrasia de su feudo, los rayistas intentan arrimar el ascua a su sardina y convertir el partido en un duelo con tintes de regional preferente. No por la falta de calidad, que la hay por arrobas en tipos como Movilla, sino por plantear encuentros llenos de trampas y emboscadas. Contra estas legítimas armas que empuñan los franjirrojos, cabe esperar que los equipos contrarios opongan resistencia e incluso intenten imponer su idea balompédica. No fue el caso del Atleti en el partido de ayer.

Salió el Atleti al campo de la calle Payaso Fofó rotando. No es que saliera dando vueltas sobre su eje, no, es que salió sin Gabi, sin Arda y sin Godín, siendo la ausencia de este último menos achacable a la rotación y más a castigo sustitutivo de unas posibles orejas de burro y brazos en cruz por sus últimas actuaciones. Como más destacada novedad táctica, cabe reseñar que ahora Salvio es el que saca los fueras de banda con ánimo de darles profundidad de lanzamiento de catapulta. Dos saques recuerda servidor en el partido de ayer, uno regalado al contrario tras resbalón del cuero sobre los mitones del mediapunta con escoliosis, otro castigado con infantil falta por mala ejecución. Suponemos que se seguirá trabajando en ese aspecto táctico, claramente todavía en proceso de experimentación. Salió el Atleti y se dejó impregnar por el fútbol guerrillero de los de Vallecas. Volvían los balones a no rodar por el suelo, los pases al contrario y los controles imprecisos que acaban en la Avenida de la Albufera. Es curiosa la capacidad de nuestro equipo de mimetizarse con el entorno que le rodea, lo que no habla demasiado bien de la personalidad del mismo. Parece que el Atleti salga al campo y algún señor con barriga le diga: “Tú eres Edu”, y va el Atleti y se lo cree. Se cree que es otro equipo, que no tiene toda la historia que tiene detrás y que no está obligado a salir a mandar y a buscar el partido siempre y en todo lugar. No crean que este Atleti-Edu es fruto de esta temporada, no. De tanto llamarle Edu durante veinticinco años, se siente cómodo rondando la novena plaza y hasta piensa en ir a una fuente a celebrar un cuarto puesto cuando el auténtico Atleti y no éste Edu que nos ha tocado en suerte bajaría la mirada avergonzado ante ciertos partidos y posiciones en la tabla.

El partido de ayer tuvo todos los ingredientes que se suelen ver en campos de tierras compactadas: tuvo sus faltas reiteradas y sus piques; tuvo su árbitro maniático e incomprensible; tuvo su lateral correoso, Juanfran, que amarga la vida de los más habilidosos de los contrarios; tuvo a Movilla, ese veterano curtido en mil batallas; tuvo a Salvio, el típico compañero de equipo rarito que no se queda a tomar nada en el tercer tiempo; tuvo a un entrenador de campechanía marrullera que bloqueó un saque de banda como si fuera un orondo jugador de voleibol; tuvo a Tiago, ese jugador que se pasa el partido pidiendo a los demás que tapen porque él no acaba de llegar a hacerlo; tuvo a Mario todo el partido regalando balones al contrario; tuvo a Domínguez, lo que alegra; tuvo a una banda derecha del equipo rival poblada de jugadores con tan amateurs nombres como Piti y Tito; tuvo a Diego, que si bien tiene más clase que ninguno, a veces desespera por su tendencia a desempeñar el papel de chupón de categorías aficionadas; tuvo cositas de Adrián, aunque no demasiadas; seguro que tuvo también una caja de botellines en la banda aunque el que suscribe no lo pudo ver a través de la tele y solo faltó que saliera un niño espontaneo en mitad del partido para pedirle a un papá fuera de sí que no se peleara. Tuvo también un gol el partido. Un gol de buena ejecución por parte de Falcao y del portero del Rayo, que salió de manera atolondrada y precipitada como esos porteros de equipos de barrio que ante la falta de trabajo, dedican el tiempo a pegar la hebra con una rubia con mechas a la que han invitado a verles jugar en localidad cercana al poste derecho con ánimo de cultivar amistades o lo que surja, más bien lo que surja.

Poco queda de lo de ayer salvo el resultado. Si hablamos de fútbol, de ideas, de sensaciones incluso, nos vamos casi de vacío. Sabemos que la plantilla es corta, sí, mucho, pero muchas veces dan ganas de llamar a algún amigo y decirle que se venga a ayudar para poder hacer algún cambio más. Dan ganas de decirle a ese amigo que este equipo es el Atleti y que aproveche los momentos en los que el balón no está en juego para recordárselo a los que están en el campo con la rojiblanca o zamarra sustitutiva. Parece que los nuestros se hubieran golpeado en la cabeza y no recordaran ahora cuál es exactamente el nivel de exigencia mínimo de este club y debemos ser nosotros, ustedes y yo, los que se lo hagamos saber, ya que no podemos esperar que nadie de la zona noble lo haga. Andan en la zona noble muy ocupados con otras cosas: preparar las rebajas de verano, hablar de que los jugadores juegan donde quieren y hasta sellar una alianza estratégica con un club de barrio de Namibia. Insisto, debemos ser nosotros. Damas y caballeros, esto es el Atleti, el de toda la vida aunque la mayoría no veamos el parecido por ningún sitio salvo en ocasiones muy contadas, justo cuando tuerce un poco la cara y abre la boca mucho...

lunes, 2 de abril de 2012

Alarmas y tempranos despertares

De un tiempo a esta parte, los domingos ya no son días para alargar perezosas mañanas ni son jornadas para abandonarse a descansos y porras. Ahora son días de alarmas y despertadores. Los horarios que nos otorga la liga con ánimo de captar fidelidades de asiáticos de media tarde y americanos insomnes, obliga a los atléticos a programar la alarma dominical como si fuera un martes cualquiera. Los silenciosos amaneceres son rasgados por esos estridentes pitidos que sirven de inicio para que los nuestros se lancen a ejecutar la misma mecánica danza de cada día: el café bebido, las abluciones con ese agua que nunca deja de estar demasiado fría o alarmantemente caliente y la búsqueda en el armario del disfraz acostumbrado. Los hay incluso que, llevados por la rutina se ponen un traje de chaqueta desgastado por el uso y se anudan la corbata o se plantan los tacones de presentación apoyada por powerpoint. Eso sí, se ponen su bufanda del Atleti al cuello, que una cosa es estar dormido y otra muy diferente es no saber que se trae uno entre manos.

Salen los atléticos de sus portales a pisar las calles frescas, recién puestas y se cruzan en su camino con las razas que pueblan esos horarios en días festivos: damas de chándal ajustado y cinta en el pelo que hacen marcha acompasando una respiración que recuerda a locomotora antigua; perros que pasean a sus dueños; jóvenes tambaleantes de vuelta a la patria del hogar tras haber vencido de nuevo la batalla librada contra otra larga noche y jubilados encorvados por el peso de periódicos dominicales y sus interminables coleccionables. A esa jungla salen los aficionados rojiblancos ya algo más despejados. Los integrantes de esas otras razas de los amaneceres les saludan educadamente, aceptando ya al simpatizante atlético como uno más de los suyos, como uno de los gusta recibir los domingos a porta gayola. Ya de camino al estadio piensan los aficionados que a lo mejor se pueden permitir una cabezadita que dure lo que tarde el vagón en llegar a Pirámides y cuando intentan arrebujarse en su asiento notan una incomodidad que les impide cerrar el ojo mientras se preguntan por qué leches se habrán puesto esos taconazos o esa corbata tan fea que tan poco marida con sus colores rojos y blancos.



Se sentaron los atléticos en sus localidades todavía con el zumbido de la alarma de los despertadores resonando en sus cabezas y percibieron alarmados tres circunstancias que podrían ser relevantes: una que en la alineación del Cholo faltaban Adrián y Koke, medida tal vez hasta necesaria por la sobrecarga de minutos que lleva esta plantilla paticorta. Dos, que el rival del sur de Madrid salía con un terno amarillo limón Fukushima que hacía daño a las pupilas todavía no demasiado acostumbradas a esas horas a ciertas gamas cromáticas, y tres, que sobre la sagrada camiseta rojiblanca se veía publicidad después de tanto tiempo de dimes y diretes sobre patrocinadores muy principales que morían y extendían cheques en blanco por colocar su anuncio sobre el pecho de los nuestros. Cuentan los más viajados que la cadena de hoteles hermanada es un referente en Oriente Medio y varias ex repúblicas soviéticas, lo que nos entristece al pensar lo bien que nos vendría que fuera un referente en Gandía o Nerja y poder pedir descuento colchonero en la primera quincena de julio, y lo que nos alegra esperanzadoramente al pensar en una hipotética reacción de los mandamases del emporio hotelero cuando repararan en que faltan toallas y champús anticaspa tras una visita de cortesía de nuestra directiva a sus instalaciones.

Empezó el partido sin que los jugadores fueran demasiado conscientes de su inicio, los primeros compases de la contienda fueron mecánicos, prescindibles tal vez. Jugados de la misma manera en la que te preparas un café madrugador, sin saber muy bien si llevaba sacarina, ni si era tueste natural o torrefacto. Se sucedían patadones e imprecisiones, se alternaban dominios infructuosos y en el respetable cundió la alarma ante otro posible partido lleno de casi nada. Llegados a este momento, se miraron Diego y Arda y decidieron que no querían ver pasar el balón por encima de sus cabezas más de lo estrictamente necesario. Para ello, ambos dos dieron unos pasitos para atrás y empezaron a levantar paredes entre ellos que fueron tabiques sobre los que se cimentó la victoria de ayer. Hemos echado de menos a Diego, sí. Tal vez nos haya venido hasta cierto punto bien su baja para darnos cuenta de lo importante que es un jugador de su corte para según qué empresas y para acostumbrarnos a su ausencia, dadas las perspectivas económicas de la entidad para poder pagar por la propiedad del brasileño. Despertó el Atleti y lo hizo de golpe por mediación de un gol de Salvio, ese jugador que hace de lo involuntario virtud. Colocó el argentino un cabezazo a la escuadra contraria desde lejos, sin marcar los tiempos, golpeando al balón con un hueso craneal todavía por investigar y sin girar el cuello, esa parte tan ignota de su anatomía.

Tras el gol, el Getafe se diluyó alarmantemente como azucarillo en café mañanero y el Atleti se desesperezó del todo. Llegaron dos goles más, uno de ellos lleno de papeles cambiados con Falcao centrando y Diego cabeceando y remachando. Llegó otro de Falcao tras meritorio centro del incansable Juanfran. Siguió Diego a lo suyo, buscando a Turán y a los laterales. Se atisbaron un par de arranques y cortes de un Mario ayer más entonado, que sirven de débil argumento a sus partidarios. Llegó un reconocimiento justo y siempre necesario a Perea por ser como es, con sus errores y sus muchos más aciertos y se produjeron cambios con espíritu de rotación y de tribunerismo para que varios de los artistas pudieran llevarse una ovación mañanera.

Victoria sin alarmas. Victoria que acerca a la zona menos rebajada de esta liga de saldo. Se espera que esta victoria sirva de punto de apoyo para la semana de pasión que espera a los nuestros. Primero irá el equipo a Hannover a jugarse el sueño de la temporada y nosotros haremos procesión con ánimo de buscar un sitio en el bar del camping para verlo mientras digerimos con estoicismo la sobredosis de torrijas y potaje con bacalao. Más tarde, el próximo domingo, nos jugaremos muchas opciones para seguir mínimamente ilusionados en esta liga nuestra. Será también a mediodía. Será también un día de alarmas y de despertares prematuros. Da igual que estemos o no de vacaciones o que nos invada la pereza de la operación retorno. Volveremos a levantarnos pronto, a conocer las alineaciones taza en mano, a cruzarnos por la calle con esa señora tan bronceada del sol de la mañana y a sorprender con nuestra temprana presencia a la hija de el del segundo despidiéndose ansiosamente en un hueco del portal de su penúltimo noviete. Vayan poniendo ustedes la alarma…

viernes, 30 de marzo de 2012

Huelgas de quita y pon.

– ¡ESQUIROL! ¡COLABORACIONISTA! ¡MAL PADRE! ¡SE META USTED LA REFORMA POR DONDE LOS PEPINOS EMPIEZAN A SER LO QUE SE DICE AMARGOS!...

– Emeterio, deje usted de lanzar soflamas, que vamos a llegar tarde al partido del Atleti –dijo el patrono de la pyme.

– Don Heraclio, ¿no tendrá usted por ahí un paracetamol? La lucha de clases me ha dejado la cabeza como un bombo –explicó el representante sindical.

–Mire que se lo dije Emeterio, ¿para qué tanto megáfono si ya quedamos solo usted y yo en la empresa? Si tiene usted que ponerse en modo piquete, se pone y me informa, pero no vocee que luego le sobreviene una migraña estructural.

– Pues nada, me tomo la pastillita y salimos para el Calderón ¿Lleva usted los bocadillos, Don Heraclio?



Pues sí, el Atleti ayer se presentó a trabajar. Llevaba en su bolsillo una carta de servicios mínimos, no crean, que este Atleti de Simeone no puede ser acusado de insolidario. Se enfrentaba a unos alemanes, lo que siempre da algo de susto y complejo en lo que a cuestiones laborales se refiere. Pareció por momentos que el partido se iba a jugar en familia por las dificultades que tuvo ayer el aficionado para llegar al Calderón: llegó tarde el que vino en metro reflexionando sobre la problemática de la sardina enlatada y llegó más tarde aún la que vino enganchada del retrovisor del autobús sintiéndose protagonista de una película que desmenuza crudamente la problemática del transporte colectivo en Calcuta. Como hubo tantos que llegaron tarde, casi todos se perdieron el gol de Falcao en una salida mal medida del portero teutón y los mejores minutos del equipo: presionaba el Atleti no dejando a los alemanes asomar la cabeza más allá del mediocampo, inventaba Arda Turán, Koke percutía, se sumaba Juanfran y saltaba Falcao a rematar todo lo rematable que rondara sus dominios. Tras esta fase de más o menos veinte minutos, bajó un poco el equipo el pistón, que una cosa es no hacer huelga y otra ponerse a producir como un japonés de Osaka. Muchos de los que venían en autobús, en metro o a golpe de zapatilla llegaron entonces al estadio, justo cuando el equipo levantaba el cerco sobre el área alemana. Como siempre que alguien llega tarde a los sitios o como siempre que alguien ve una concentración de gente en la calle, los recién llegados preguntan al de al lado que qué había pasado con maneras de gacetillero. Casi todos los de al lado respondieron que bastante bien dentro de lo posible y algún otro no contestó porque se había declarado en huelga a la hora de hablar con su vecino de asiento, harto de oírle hablar durante toda la temporada de lo bien que le va a su sobrino, el tercero de su hermana, el que se ha tenido que ir a trabajar al extranjero porque aquí no encontraba nada a pesar de tener cuatro carreras y saber quince lenguas vernáculas. Así transitaba el partido, con aficionados madrugadores asaeteados a preguntas por los que se habían demorado en el camino y con estos últimos reacios a creer lo que se les contaba, que ya se sabe lo dado que es el puntual a exagerar las cosas para restregarle en las narices su tardanza al que se retrasa. Finalmente llegaron todos y la entrada estuvo bastante bien, tres cuartos de entrada largos según los datos oficiales y gente para llenar diecisiete campos como Maracaná según los sindicatos.


Ya con todos acomodados y con el público pensando en el bocadillo tras tanta mañana de dimes y diretes, en un desajuste defensivo acentuado por la tranquilidad exasperante que a veces muestra Miranda, los germanos marcaron y los que habían llegado pronto se quedaron mirando a los tardones con prevención, como si fueran gafes. Como consecuencia del gol alemán y desde el final de la primera parte hasta bien entrada la segunda, el Atleti decidió secundar la huelga. No es que fuera una huelga de no presencia o de brazos caídos, no. Fue más bien una huelga de pantorrilla acalambrada y de espesura de ideas. Viendo que Courtois salvaba la papeleta en una gran parada, viendo que el mando del partido recaía en el contrario y viendo que éste dejaba pasar los minutos perdiendo tiempo alegremente, Simeone intentó revitalizar la jornada laboral dando entrada primero a Diego por Koke y después a Salvio por un Adrián cuyas piernas llevan algunos encuentros en servicios mínimos. La entrada de Diego proporcionó movilidad y mejor circulación del balón y la de Salvio arreones de esos que se empiezan celebrando y se terminan maldiciendo.


Volvió el Atleti a mandar. Los demás ponían el corazón y Diego la cabeza. Se vivieron minutos de emoción y asedio contenido mientras el reloj recordaba a cada mirada que se le dedicaba que no iba a detener su avance por mucha huelga que estuviera convocada. Muchos andaban hablando con el de al lado, quejándose con razón de lo escuálida que es la plantilla sin un tercer delantero para ocasiones como estas o perorando sobre la procedencia o no de un futuro despido de Indy, cuando el balón cayó a los pies de Salvio. Como de costumbre la jugada parecía condenada al tropezón, pero se sacó nuestro mediapunta un latigazo que devolvió esperanzas y permitió reencuentros entre vecinos de asiento.


Habrá que luchar en Alemania y habrá que hacerlo con el equipo mermado por las bajas que acarrean las tarjetas de ayer: Juanfran, Arda y Gabi, casi nada. Habrá que seguir aferrándose a lo poco que queda en esta temporada. Habrá que seguir afeando la conducta de la patronal gerente atlética a pesar de que, incomprensiblemente, no se haga de forma mayoritaria. Habrá que seguir soñando con Bucarest…y hasta habrá que no hablar demasiado mal de Salvio, por mucho que algunos maledicentes le califiquen de paquete, que no de piquete.

lunes, 26 de marzo de 2012

Lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto..

– ¡HAY QUE SER FLOJITO! ¡HE VISTO ABUELAS EN LA GIMNASIA DE MANTENIMIENTO DEL TURNO DE MAÑANA CON MÁS REDAÑOS QUE TÚ! ¡FLOJO! ¡TIERNO! ¡NENAZA!

Quien así habla no es ni mucho menos un veterano sargento de artillería dirigiéndose a un recluta recién venido de un pueblo recóndito de la estepa hispánica. Quien así habla es un hombre fibroso y atezado que desempeña el papel de entrenador personal de Leocadio, director de Recursos Humanos de una empresa muy principal, un alegre cuarentón que dista mucho de ser mileurista y que lidia día a día con más de tres mil empleados.

– ¡Uy, Curry no! Eso no es para ti. Con esos brazos de estibador que tienes y esas anchuras de caderas que la naturaleza te ha otorgado en clara venganza por algún desaire anterior, necesitas algo menos audaz. Algo que disimule ese porte de percherón de tiro que gastas.

Quien así habla se dirige con la seguridad que otorga su condición de personal shopper de la vizcondesa viuda del Lobanillo. Una de esas señoras elegantes que tiene en nómina a un chofer con gorra y toma el té todos los días acompañándolo de unos picatostes fritos en aceite de oliva virgen traído de su finquita en Badajoz.

Curioso, ¿no? De un tiempo a esta parte han proliferado profesiones y actividades que se basan en cantarle las verdades a quien pueda pagarlas. Entrenadores personales, personal shoppers, coachs que asesoran sobre lo mal que hace todo la parte contratante previo pago de una morterada a la hora. Pagar porque a uno le insulten y hagan foco en sus limitaciones. Comprar sinceridad con su IVA correspondiente. Sorprendentemente, los paganinis terminan contentos y satisfechos con su ración de egolatría socavada y piensan en la utilidad del dinero empleado. Vuelven a su casa felices pero con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

– Vamos a tomar un arrocito con bogavante para compartir –decidió Inocencio mirando al camarero cuando vio cómo el dietista personal que compartía mesa y mantel con él y su acompañante ponía los ojos en blanco, sin duda escandalizado por el nuevo abuso de hidratos de carbono que se iba a regalar su patrón –. No, mejor, un par de ensaladas de planta forrajera sin aliñar –rectificó inmediatamente buscando la aprobación del nutricionista que normalmente comparaba sus hechuras con las de una ternera retinta.



Jugaba el Atleti en Zaragoza en horario de churros con chocolate, que no de vermú, cosas de unos horarios asiáticos más asiáticos que nunca por obra y gracia del cambio de hora padecido. Se enfrentaban dos equipos que tienen en nómina a sus propios gerentes golfos personales. Los unos y los otros padecen la gestión de unos mandatarios que buscan su beneficio personal muy por encima del beneficio del club que les paga. La diferencia entre ambos equipos y sus situaciones está marcado por el muy diferente trato que los medios dedican a ambos administradores: los unos son señalados sin pudor mientras que a los otros se les trata con pleitesía cortesana; a unos se les dedican programas monográficos en los que se da voz a la oposición mientras que en el caso de los otros se silencian los atropellos dejando por el camino un aroma de sospecha sobre los que se oponen a su choricero régimen. A la vez que todo esto ocurre, los que pagan, es decir abonados, socios y simpatizantes de ambos clubes, ven cómo su dinero sirve para comprar medianías y propagar medias verdades y salen insatisfechos, con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

Salió el Atleti legañoso y sin desperezar al campo. Algunos pensaron si no creerían que la primera parte se trataba de un calentamiento dado el cambio horario y la pesadez que en el estómago seguían produciendo las magdalenas algo aceitosas tomadas en el desayuno. Salió el Atleti algo reservón, de esa manera a la que Simeone nos ha acostumbrado durante su mandato, a no perder en los primeros minutos y a intentar ganar cuando ya parece algo tarde. Puso en liza el Cholo a Koke en el mediocentro, algo que muchos esperaban vistas las prestaciones de otros mediocentros que llevan la irrelevancia por bandera, y lo puso al lado de Assunçao, jugador honrado pero que se contagió de la irrelevancia propia de la posición en el partido de ayer. No estuvo mal Koke un poco más atrás, aunque tal vez cabría decir que mejora sus prestaciones cuanto más centrado está sobre el tapete. Intentó poner pausa cuando el balón tenía a bien caer cerca de él haciendo escala técnica en su viaje por aire de la defensa al ataque con velocidad de patadón, pero se le acabó la gasolina rápido. Después de la novedosa pareja de mediocentros, tengo reservado un hueco para hablar de Arda, inicio y fin de todo el poco fútbol de los nuestros en el partido de ayer. De sus botas salió la única pero doble oportunidad del equipo en todo el encuentro. De sus botas se prende el mísero balance de juego en la mayoría de los partidos que salen con esta pinta. Me guardo también unas líneas para Perea, impecable en defensa pero desaparecido en el combate del ataque, como era de esperar por otra parte. Hasta aquí, y solo hasta aquí, lo poco positivo del partido, y eso que ando hoy bastante benevolente.

En la parte negativa debemos poner hoy a los delanteros, exhaustos durante la segunda parte y supersticiosos a la hora de tocar ambos madera en la susodicha doble y única oportunidad. Debemos añadir también a Godín por un inocente y burdo penalti que borró del recuerdo solventes actuaciones anteriores y esas arrancadas desde la defensa en las que parece emular a un Beckenbauer cargado de hombros. Entra dentro de esta categoría por los pelos Filipe, por no saber culminar con buenos centros al área jugadas de mérito como hizo ayer. Entran aquí también Mérida y Diego por estar faltos de forma y entra Domínguez por convertir en timidez el desparpajo con el que irrumpió en el equipo hace un par de años ¿Qué dónde meto a Salvio? La duda ofende, damas y caballeros. A esta parte negativa la podríamos denominar el grupo Salvio, para que se hagan ustedes una idea de dónde colocar a nuestro puñal de banda, ese que apuñala sin remedio a nuestra paciencia en cada actuación.

Pasado el efecto burbujeante de la llegada del Cholo, la situación se ha estabilizado y queda lo que hay, poco más. Una plantilla corta, sin fondo de armario y que no combina con casi ningún color. Un plantel del que se pueden sacar pocos levantamientos de pesa más por mucho que el entrenador personal lo intente a base de motivación y buenas palabras. Los resultados, erigidos en nutricionistas que escupen realidades a la cara, han diseñado una dieta aburrida de aquí a final de temporada. Nos queda buscar la satisfacción culinaria que se pueda sacar del periplo europeo pero cualquier aspiración en liga se aleja como un plato de panceta churruscada del menú de los que tienen colesterol. Lejos quedan las cuentas para ir a Champions y resta solo la esperanza de entrar en la Europa League por la gatera, como suele ser costumbre de la casa. Algunos empiezan a ejercitar los músculos de los brazos para señalar a Simeone como responsable del desaguisado siguiendo el guión previsto pero la sensación que queda es que al Cholo se le podría acusar tal vez de falta de ambición en momentos puntuales pero no de haber aconsejado la adquisición de un vestido que se descose a poco que se usa con regularidad. Mientras tanto, a muchos de nosotros se nos queda un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…