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lunes, 1 de octubre de 2012

Maternal crónica del Español-Atleti


Que madre no hay más que una lo sabe todo el mundo, aquí y en la Patagonia ¡Ay, las madres! Siempre tan atentas a esas pequeñas cosas que a nosotros se nos pasan:

– Orestes, hijo, llévate una chaquetita, que luego refresca.

– ¡Mamá, que estamos a veinticuatro de Julio y trabajo en un horno de pan!

– Pues para cuando lo apaguéis…

Ya se sabe como son las madres. Siempre viendo a sus retoños como los más guapos. Siempre disculpando sus defectos y ensalzando sus virtudes a niveles estratosféricos. “Es que el niño es muy independiente”, añaden sin rubor cuando el padre de familia empieza a molestarse, solo ligeramente, al cumplirse el tercer día sin aparecer por casa del zagal, seguramente centrado en los actos de celebración del trigésimo cumpleaños del primo Nachete. “La niña siempre ha sido muy desenvuelta y con mucho don de gentes”, sentencian haciendo oídos sordos de los rumores que aseguran haber visto a Almudenita bailando ligera de ropa y de prejuicios en un local situado en una vía de servicio. Fíjense si serán, que hasta las madres de los asesinos en serie, siguen echando la culpa a los amigotes de los desmanes de sus cachorros.

– Ildefonsa, mujer, que han sido ciento cincuenta y tres puñaladas.

–Dice el sumario que son ciento cincuenta y una, que cuando se trata de mi Matías siempre os gusta exagerar, ¡arpías!

Otra característica muy de las madres es la de no reconocer que sus vástagos han crecido. Siempre serán niños y niñas, indefensos ante el mundo. Por ponerles un ejemplo, cuando la madre que a servidor le parió se dirigía a un encargado de la planta de caballeros de gran almacén, siempre decía buscar ropa para los niños ante la atónita mirada del vendedor, no dando crédito al ver aparecer detrás a dos maromos de casi dos metros, barba cerrada y calvicie más que incipiente.

Un poco de este comportamiento tan típicamente maternal tenemos nosotros, ustedes y yo, con nuestro Atleti. No crean que disculpamos sus tropiezos, no, que para eso analizamos con nuestros iguales sus cosas y tenemos bien marcadas nuestras filias y nuestras fobias. Pero, ¡ay si algún aficionado de otro equipo osa burlarse de su salida de balón o de cómo achica espacios desde la defensa! Allí saltamos nosotros acero en mano para batirnos en duelo. También nos ocurre eso de no acabar de verlo preparado para enfrentarse con los peligros del calendario, a pesar de que a ojos vista el equipo parezca cuajado y adulto. Todos somos un poco madres con el Atleti, sí. Y ya se sabe, aquí o en la Patagonia, que madre, para el Atleti, no es que haya una, es que todos llevamos una dentro.

Visitaba el Atleti al Español y andábamos maternalmente preocupados ante el partido. Pudiera ser el motivo del azar la ausencia de Falcao, ese típico amigo responsable del hijo que regresa a casa un cuarto hora antes de su hora y con dos goles bajo el brazo. “¿A qué hora vuelve Falcao?”, “Tiene que estar en casa a las once”, “Pues tú te vienes con él. Ni un minuto más”. Quedaba la cosa, si del ataque hablamos, en manos de Diego Costa, amigo con pinta de irresponsable y algo alocado. “¡Pero si a Diego Costa le dejan hasta las doce y media!”, “Ya, y si Diego Costa se tira por un puente, ¿tú también te tirarías?”. Lo que les digo, comportamientos típicamente matriarcales ante el partido de Cornellá. Sin importar la madurez mostrada por el equipo en las últimas apariciones y la solvencia ante las ausencias. Cosas de madres. 



Empezó el Atleti achuchando. Mandón aunque sin demasiada profundidad. Mostraba el Español una cara blandita, dulce, como de día de la madre. No daba sensación de poder inquietar a los nuestros a pesar de la presencia de Simao.

– ¡Ah!, ¿pero Simao jugó?

Bueno, siendo benevolentes podríamos decir que Simao estuvo sobre el campo y que respiraba, siendo éste último un dato todavía por confirmar. Les hablaba antes de la blandura de los pericos y de esa blandura se aprovechó el Atleti para hacerse con el mando del marcador sin exponer demasiado: un desmarquito de Diego Costa; medidas incursiones de Filipe y Juanfran; los detalles habituales, aunque menos numerosos en los últimos partidos, de Arda; las llegadas de Raúl García y, sobre todo, la seriedad de Mario Suárez. Profundizaremos en el tema Mario por ser posiblemente el jugador que más ha cambiado desde la llegada de Simeone al banquillo. Si de blandura hablábamos, Mario era el paradigma de la misma hace unos meses. A pesar de sus otrora pelos afroamericanos, Mario daba la sensación de no ruborizarse al llamar a su madre “mami” delante de los compañeros de clase, de ir de la mano con ella a su edad y de asumir que al pedir una fanta en un kiosko del parque, la madre sustituyera su petición por un trinaranjus del tiempo, que ya se sabe que el gas es muy malo, y además luego el niño no me cena. Éste Mario esponjoso y maleable, jugador al que daban ganas de abrazar pero no de mandarle un balón comprometido, ha pasado con Cholo a ser pieza clave, a mostrar carácter y a atribuirse galones en la salida del cuero. Siempre bien colocado y sin complicaciones a la hora de distribuir, el cuatro atlético se marcó un muy buen partido, si bien su desempeño luce mucho más al tener como pareja en el mediocentro a Tiago, ese jugador que merecería pagar entrada de los partidos que disputa y al que solo faltan las pipas para completar con fidelidad el papel de espectador que usualmente interpreta.

Se puso el Atleti por delante tras remate de Raúl García llegando, que es lo suyo y daba el equipo sensación de solvencia y de bloque trabajado. Andábamos las madres/aficionados felices por lo bien que se portaba el equipo/niño cuando sale de casa, sin hurgarse la nariz y pidiendo las cosas por favor y se nos vino el descanso. Nos dimos cuenta entonces que se nos hacía mayor el churumbel, que ya sale de casa y se porta como debe, sin esas rabietas de falta de concentración que no hace mucho costaban dos goles en cinco minutos. Comenzó la segunda parte y se echó el niño atrás tal vez demasiado. Podría achacarse a esa timidez que los mozalbetes, desenvueltos en casa, suelen mostrar ante los extraños y las tías del pueblo con bigote, pero nosotros, desde nuestra maternal atalaya, sentimos una extraña seguridad de que nada puede torcerse a pesar de la cortedad del resultado. La segunda parte pasó rápido, con esa rapidez con la que crecen los infantes. Pasó tan rápido ante nuestros ojos que hasta pasó toda nuestra vida en diapositivas delante nuestro al ver cómo Turan se lesionaba y pedía el cambio. Llegó el Español un par de veces, con poca fe la verdad, y el partido languideció sin que el corto resultado se moviera aunque el Cebolla y un Adrián con síntomas de recuperación pudieran haberlo hecho más holgado.

Deja el partido aromas a que el niño/equipo se ha hecho mayor. A que sigue trayendo buenas notas y a que cada día crece, a pesar de que nosotros, como buenas madres, no nos acabemos de dar cuenta porque lo vemos a diario. Vemos con sorpresa como la casa parece recogida y que no ha habido desastres reseñables tras haberle dejado solo todo el fin de semana aunque, si miramos con detenimiento, quedan por pulir ciertos aspectos como la posible falta de ambición para cerrar resultados o el intentar dormir los partidos cuando éstos se vuelven algo locos, sí, pero el niño demuestra que se puede confiar en él, lo que nos llena de orgullo maternal. Y a nosotros, ustedes y yo, que vemos a este Atleti como si fuéramos sus madres, hace que se nos caiga la baba. Eso lo saben aquí y en la Patagonia.

– Cosme, hijo, ¿te has tomado los cereales?

– No mamá, ya no tomo cereales desde que se me cayeron todos los dientes. Además, me alteran la glucosa. Uno tiene que cuidarse cuando cumple noventa años….

lunes, 23 de abril de 2012

Los atléticos del futuro


Ya era hora. Ya era hora de poner un partido a un horario de copa y puro y no de café con porras. Ya era hora de que la parroquia se broncease con el sol de la tarde, mucho menos dañino que ese sol de la mañana que aconseja protecciones factor 50. Ya era hora de dejar al despertador quietecito los domingos. Ya era hora de que los atléticos pudiéramos dedicar la mañana dominical a holgazanear o a arreglar el recodo de la tubería de debajo del fregadero, que lleva perdiendo desde hace ya ni se sabe sin más solución que poner una bayeta debajo. Ya era hora oigan, ya era hora.

Se dirigieron los atléticos al estadio y lo hicieron con sus churumbeles de la mano. Se llenó el estadio y los alrededores de atléticos de nuevo cuño, de rojiblancos con coletas y pantalones cortos continuistas de la tradición familiar. Uno los mira y detrás de esas camisetas de varias tallas más grandes de lo aconsejable, ve un presente lleno de inocencia y odio a las verduras rehogadas y un futuro en el que podrán ver a un Atleti que sea de ellos y no de hacienda o de un fondo de inversión. Uno ve una felicidad y una emoción en ellos cuando se acercan al estadio que reconoce perdida en muchos otros. Ellos son los atléticos del futuro y tarea de sus progenitores es ilustrarles sobre la historia de la institución cuando el demonio de la tentación se cruce en sus caminos para ofrecerles transitar en cuestiones futbolísticas por terrenos más fáciles, por esos terrenos bipartidistas a los que se ven tristemente abocados algunos por mor de esta sociedad nuestra de pensamiento único. Servidor, que no es partidario de aferrarse a las tradiciones familiares en todos los campos y para ello aporta los sangrantes ejemplos de Rody o Liberto Rabal como exponentes de grandes carreras como apretadores de tuercas que se perdieron por seguir el camino de su estirpe, sí pide a las madres y padres cuidar de ese legado atlético. Falta hace ese recuerdo para minimizar el daño que infringe el digno continuador del padre que le preparó que ahora rige nuestros destinos.

Sin que casi diera tiempo a los niños a ocupar los asientos en los que colgaban sus piernas, se puso el Atleti por delante. Fue tras una jugada de bloqueos y pantallas en el área que culminó Godín en lo que algunos bautizaron como su particular quite del perdón por las terribles actuaciones que nos brindó en episodios anteriores. Tras el gol volvió el Atleti a pecar de echarse algo atrás y se temió a partes iguales por el resultado y por una posible expulsión de un Gabi sobreexcitado. Se fue haciendo el Español, así con eñe, con el mando del partido y los niños empezaron a preguntar a sus mayores qué por qué el Atleti no iba a por el segundo, no sabiendo los padres si echarle la culpa al cansancio del primoroso partido del jueves pasado o acogerse a la quinta enmienda para no contestar. El caso es que, entre cuestiones de los preguntones infantes se fue pasando la tarde: “Mamá, ¿por qué Indy desaparece en cuanto se tira la foto con las nuevas generaciones?”, “Abuelo, ¿si no me pongo derecho en la silla acabaré como ese jugador del Atleti que juega en banda derecha?”, “¿En una pelea a muerte quién ganaría? ¿Juanfran o Lobezno?” Mientras los niños preguntaban curiosos y algo aburridos por lo que se veía sobre el terreno de juego, los de Cornellá empataron aprovechando empanada defensiva colectiva y hasta hicieron temblar el poste de la portería del belga que dejó la juventud hace poco rato en un saque de falta que produjo la petición popular de la hora para ver si el descanso cambiaba las dinámicas, la del equipo y la de los interrogadores jovenzuelos.



Tras el descanso, y con la grada saboreando las excelencias del tradicional en días como estos, bocadillo de nocilla, salió otro Atleti. No el desatado y brillante de hace unos días, no, pero uno bueno de todos modos. Dejaron los niños de hacer preguntas inoportunas mientras ponían sus ojos en el campo y especialmente en el número 11 de los nuestros. Empezó el turco a destapar el tarro de sus otomanas esencias y metió un gol acrobático que dejó al respetable de todas las edades con la boca abierta.

– Paquito, hijo, cierra la boca que se te va llenar de moscas con tanta nocilla como tienes en los dientes –reprendían los padres con regocijo pero sin descuidar aspectos educativos de sus cachorros.

No había dejado la muchachada de glosar el primer zarpazo de Arda cuando éste anotó el segundo de su cuenta tras remate al palo y dibujo de trayectoria curva con forma de cimitarra de sultán con la que el balón quiso homenajear al ejecutor. Partido resuelto y bullanguera fiesta con Turan como hombre más aclamado. De ahí al final, el equipo se sumó a la celebración con invitados de esos a los que uno no espera casi nunca, por lo que los púberes colchoneros preguntaron con un deje de maledicencia: “Mamá, ¿de verdad ese que se ha ido de cuatro y ha tirado dos caños es Salvio?”, “Tío Eufrasio, ¿no es ese que corta, manda y reparte juego Mario Suárez, al que tú normalmente dedicas epítetos que recuerdan a su familia más cercana?”. Miraban los mayores orgullosos a sus pequeños y miraban al campo con incredulidad y con un orgullo parecido por lo que el equipo ha brindado en últimos compromisos. 

Murió el partido de manera plácida, entre jolgorio y coreos de cambios oportunos en los que es tan experto Simeone y salieron los niños del campo un poco más convencidos de su atleticidad. Tan contentos iban que llegaron a casa y accedieron a bañarse y lavarse el pelo sin que esto supusiera la lucha acostumbrada. Se pusieron el pijama sin rechistar y comieron el plato de verduras rehogadas que ayer parecía menos soso. No hubo reproches a la hora de acostarse, ellos y ellas mismos se fueron a repasar mentalmente lo que habían visto durante la tarde antes de caer rendidos. Cuando los mayores fueron a darles el beso de buenas noches, los reyes de la casa dictaron sentencia:

– Mamá, yo de mayor quiero ser Arda Turán…– dijeron todos ante la emoción de unos progenitores a los que una lagrimita empezaba a asomar en la mirada.

lunes, 12 de diciembre de 2011

¡No más cuentos!

– Menos mal que ha llegado señora Fernández –dijo la azorada secretaria abordando en el pasillo a su jefa y responsable de asuntos laborales del colectivo de personajes y actores de historias moralizantes transmitidas por vía oral de generación en generación –. Tiene usted la antesala del despacho de bote en bote.

– No recuerdo yo tener tanto compromiso –dijo Argimira Fernández contrariada ante la imposibilidad de pasar su jornada laboral cultivando sus contactos en Facebook y resolviendo sudokus de dificultad apreciable.

– ¡Pues menudo día le espera! Primero tiene a La Bella Durmiente pidiendo un cambio de turno para así solucionar sus problemas de sueño. Dice no sé qué sobre los biorritmos y el síndrome de la soledad del vigilante nocturno. Luego, una representación del colectivo de madrastras indignadas sobre la dificultad a la hora de establecer comparaciones para saber quién es la más bella del reino si se siguen otorgando licencias de apertura a clínicas de estética regentadas por Rapunzel y su equipo de esteticiennes. Más tarde tiene un brunch ecológico con el colectivo de lobos vegetarianos en el que se ahondará en la posibilidad de acogerse a la objeción de conciencia gastronómica cuando toque comer cabritillos o abuelas postradas en cama acogidas a la ley de dependencia.

– ¡Me vas a dar la mañana Toñi! –exclamó abrumada la ocupada funcionaria.

– Y la tarde, no crea...Se han presentado sin previo aviso varios concesionarios de las viviendas sociales para cerditos que se construyeron mediente recalificación de terrenos rústicos. Ha habido que apuntalar las edificaciones, dicen los técnicos que un soplido las echaría abajo –añadió la eficiente administrativa…

– Gracias Toñi…ahora salgo.

Cerró la puerta de su despacho y se dejó caer en el sillón de orejas entrecerrando los ojos para localizar el punto exacto en el que se acababa de levantar en armas un terrible dolor de cabeza. Antes de pulsar el interfono para pedir a Toñi que pasara la primera visita recordó con añoranza tiempos pasados. Tiempos en los que el mayor problema era proporcionar una cesta con sujeciones apropiadas para no verter el contenido de la jarrita de miel a Caperucita Roja, quien por cierto había tramitado hace poco una petición para cambiar su denominación por la de Caperucita Progresista, sobrenombre con mucha menos carga ideológica. Tiempos pasados, tiempos felices. Tiempos en los que los cuentos eran más sencillos….



Durante la semana que comienza hoy oirán ustedes muchos cuentos: el cuento del lobo que finalmente vendrá a llevarse lejos a Manzano, el cuento de los príncipes azules que vendrán en el mercado de invierno para mejorar una plantilla de primera línea, el cuento de la lechera que nos intentará convencer de que los objetivos siguen a tiro, el cuento de la bruja que practica conjuras en la plantilla para sacar esto adelante y hasta el cuento de que viviremos felices y comeremos perdices escabechadas en un palacio deportivo que asoma tras la tan cacareada maqueta. Todo son cuentos. Y como cuentos que son, no se puede creer en ellos sin estar tocado por la candidez que se pierde con los años. Una candidez que muchos de nosotros perdimos hace veintitantos años.

Sin ganas siquiera de hablar de la recurrente pantomima a la que nuestro equipo nos invita con desesperante regularidad y que ayer volvió a alcanzar marcas históricas en Cornellá, como antes fue en Albacete, Getafe, etc., permítanme alertarles sobre la moraleja de todos estos cuentos: el Atleti, tal y como lo conocimos, está muerto…Y no valdrán esta vez besos de príncipes en los labios, no. Nadie debería creerse ese cuento. 

lunes, 18 de abril de 2011

Conocimiento del medio

Permítanme hoy dirigirme a los Agónicos más jóvenes. Autorícenme ustedes a relatarles cómo eran las cosas hace un tiempo. Cómo se estudiaba antes, cuando lo hacíamos los que ahora sólo reflejamos crecimiento capilar en zonas muy localizadas como las orejas, la espalda o las fosas nasales.
Han de saber ustedes que cuando el que suscribe estudiaba, íbamos al colegio cargados con todo tipo de libros a la espalda sin que ni un miserable osteópata pusiera el grito en el cielo preocupado por nuestra salud lumbar. Tirando de libros voluminosos que no cambiaban cada año, a los que cada septiembre se les cambiaba la camisa del forro para simular lozanía pero que habían sido dejados en herencia tras haber pasado por tres primos, dos hermanos e incluso el vecino del cuarto izquierda. Libros ajados, con heridas de guerra en forma de dibujos de autoría anónima. Libros con alguna que otra hoja ilegible. Libros en los que al entrar en la página dedicada a los diagramas de Venn, podías encontrarte con el nombre de tu hermana al lado del de un tal Edu sólo separados por un corazón atravesado por una flecha seguramente perdida del libro de historia, lanzada por algún aborigen en el capítulo del descubrimiento de América. Esos hallazgos te alegraban el día, te servían para meterte en el cuarto de tu hermana sin permiso y plantear los términos de un chantaje en toda regla esgrimiendo el libro como prueba. Ella se reía de ti, te revolvía el pelo (entonces presente con rebeldía y profusión) y te decía que eso era de hace mucho, que hacía un par de años que Edu había marchado a hacer la mili de voluntario a Ceuta.
Reparen ustedes en que, las heridas infringidas a los libros podían tener como causante cualquiera de los habitantes de un estuche en el que moraban rotuladores Carioca, pinturas Alpino y bolis bic cristal, los que escribían normal. ¿Se acuerdan de los estuches? ¿Se acuerdan también de esos niños tan finos (como el bic naranja) que en vez de estuche decían plumier pronunciando con la boca afrancesada, imitando los morros de Victoria Vera? Seguro que sí, que se acuerdan de esa rivalidad entre los que apostábamos por los Carioca y los que optaban por los rotuladores Pelikan, menos sucios ellos. Seguro que se acuerdan de esos estuches de segunda generación que venían equipados de serie con artículos indispensables como la lupa y el transportador de ángulos ¿Cuántas veces han transportado un ángulo en sus vidas? Apuesto a que, como mucho, habrán transportado en parihuelas a algún conocido suyo de humor agudo, a una prima muy recta o a un compañero algo obtuso tras esguince, borrachera o la confluencia de ambos sucesos.
También deberían conocer que, amén de las de toda la vida como las Matemáticas y la Lengua, existían dos asignaturas llamadas Naturaleza y Sociedad. En ellas, aprendíamos cosas tan interesantísimas como qué son los nemátodos, cuáles son los afluentes del Guadiana por la derecha, por qué existen rocas basálticas o la diferencia entre una Castilla nueva y otra vieja, por ponerles varios ejemplos. Tengan presente además, que rizando el rizo de los planes de estudio siniestros, había años en los que las teníamos unidas en una sola materia que atendía al original nombre consensuado de Naturaleza y Sociedad. En años así, el cacao estaba servido. Llegabas a junio sin tener del todo claro si Colón era bivalvo o si en León, provincia y región a la vez, existían zonas calizas cerca de algún afluente del Duero, fuera por la derecha o por la izquierda, aspecto relevante si tenemos en cuenta que los afluentes no son como los extremos, tan obstinados en jugar a orilla cambiada. ¡Qué cosas! Ahora no existen estos problemas. Ahora los tiernos púberes estudian en pizarras electrónicas y pasean sus mochilas con ruedas por los vericuetos de la ESO. Ahora la Naturaleza de antes se llama Conocimiento del medio.

Quique ha llevado todo el año la asignatura con alfileres, la de conocimiento del medio quiero decir. Hasta hace poco el medio en el Atleti era un erial sobre el que pasaban los balones a varios metros sobre el suelo impulsados por De Gea o los centrales con destino a la cabeza de Reyes o a unos delanteros que lo perseguían con desigual ahínco. Últimamente, al pasar lista te das cuenta de que el medio se ha convertido en algo más, un lugar por el que pasa el balón con gusto por la mejora que ha experimentado el trato hacia él. Un lugar donde el balón se encuentra casi como en casa, se pone cómodo, se afloja la corbata e incluso se bebería el caldo de la lata de berberechos sorbiendo un poco. Por fin, exclamamos algunos. No era tan difícil, ¿no? Subraye usted la lección con un tercer centrocampista de toque y la cosa irá mejor, oiga. Y si además tienes la suerte de encontrarte con un pupilo de notable alto como Koke, mejor. También nos gusta que haya un nueve de los de toda la vida. Una referencia. Uno de esos como Altobelli o Vandenbergh (salvando las distancias) a los que veíamos jugar de espaldas mientras hacíamos los deberes. Un nueve que volvió a ser titular en el pueblo de Estopa ante la ausencia de Forlán, aquejado de inflamación en el periostio, lesión que nos suena rara, psicosomática tal vez.
Salió el Atleti y se encontró con un defensa que le sopló la respuesta a la primera pregunta del examen. Gol de Koke, el mejor del partido a pesar de jugar solo 40 minutos. Pudo el equipo sacar más de los primeros compases, pero éste Atleti está acostumbrado a conformarse con el cinco pelado. No busca notas más brillantes. A base de empuje el equipo de casa empató y nos fuimos a la caseta con la misma sensación que tenías al hacer un examen de matemáticas en el que no te había dado tiempo a hacer la prueba del cociente, puede que sí o puede que no. Continuó el control en la segunda parte recuperando la ventaja empatada en otro ejercicio sencillo para alguien tan listo como Agüero y, de nuevo, la falta de ambición, el no bordar las respuestas cuando se podría haber hecho. Total, un suficiente alto, casi un bien. Dejando aromas de lo que pudo haber sido y no fue, dejando para el examen global de junio la clasificación para la Europa League. Olvidando la bici prometida como recompensa por el notable de la clasificación de Champions. Dejando de lado los progresa adecuadamente y los necesita mejorar, porque sí, parece que en las últimas jornadas el equipo progresa, pero parece tarde. Éste equipo vuelve a intentar sacar el curso como en pasados años, estudiando el último día.
¿Qué hubiera pasado si se da antes con la tecla? ¿Había plantilla para sacar más nota? ¿Qué calificación le ponemos al señor Sánchez? Podemos en definitiva, preguntar por qué jugadores que ahora se destapan como válidos (Mario, Koke, Diego Costa) no han asistido a clase lo que debieran durante el curso. No hablemos ya de los dos niños revoltosos que se sientan en la última fila casi tapados por los abrigos del perchero. Ésos dos, Fran y Álvaro, acumulan faltas de asistencia sin justificar. Podemos también pedirle cuentas por no tomar la lección al equipo en muchos partidos y por experimentar con alineaciones raras, surgidas del laboratorio de química entre reacciones de hidruros y sulfatos.
Podemos concluir diciendo que Flores es un alumno rezagado, que intenta recuperar la asignatura tras varios reveses, pero lo que no podemos reprocharle es que sea un alumno díscolo. Él se limita a observar callado con su uniforme heredado algo justo de talla y sólo abre la boca para hablar de sensaciones o para soltar un circunloquio incomprensible, lo que no es desdeñable en estos tiempos en los que el más zángano de la clase se permite el lujo de hablar de la Abeja Maya o el alumno maleducado con facilidad para los idiomas, no para de justificar su mediocridad en base a supuestas manías de los profesores (siempre dejándole con un jugador menos).
¡Qué poco conocimiento! (...del medio, por supuesto)