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lunes, 26 de marzo de 2012

Lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto..

– ¡HAY QUE SER FLOJITO! ¡HE VISTO ABUELAS EN LA GIMNASIA DE MANTENIMIENTO DEL TURNO DE MAÑANA CON MÁS REDAÑOS QUE TÚ! ¡FLOJO! ¡TIERNO! ¡NENAZA!

Quien así habla no es ni mucho menos un veterano sargento de artillería dirigiéndose a un recluta recién venido de un pueblo recóndito de la estepa hispánica. Quien así habla es un hombre fibroso y atezado que desempeña el papel de entrenador personal de Leocadio, director de Recursos Humanos de una empresa muy principal, un alegre cuarentón que dista mucho de ser mileurista y que lidia día a día con más de tres mil empleados.

– ¡Uy, Curry no! Eso no es para ti. Con esos brazos de estibador que tienes y esas anchuras de caderas que la naturaleza te ha otorgado en clara venganza por algún desaire anterior, necesitas algo menos audaz. Algo que disimule ese porte de percherón de tiro que gastas.

Quien así habla se dirige con la seguridad que otorga su condición de personal shopper de la vizcondesa viuda del Lobanillo. Una de esas señoras elegantes que tiene en nómina a un chofer con gorra y toma el té todos los días acompañándolo de unos picatostes fritos en aceite de oliva virgen traído de su finquita en Badajoz.

Curioso, ¿no? De un tiempo a esta parte han proliferado profesiones y actividades que se basan en cantarle las verdades a quien pueda pagarlas. Entrenadores personales, personal shoppers, coachs que asesoran sobre lo mal que hace todo la parte contratante previo pago de una morterada a la hora. Pagar porque a uno le insulten y hagan foco en sus limitaciones. Comprar sinceridad con su IVA correspondiente. Sorprendentemente, los paganinis terminan contentos y satisfechos con su ración de egolatría socavada y piensan en la utilidad del dinero empleado. Vuelven a su casa felices pero con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

– Vamos a tomar un arrocito con bogavante para compartir –decidió Inocencio mirando al camarero cuando vio cómo el dietista personal que compartía mesa y mantel con él y su acompañante ponía los ojos en blanco, sin duda escandalizado por el nuevo abuso de hidratos de carbono que se iba a regalar su patrón –. No, mejor, un par de ensaladas de planta forrajera sin aliñar –rectificó inmediatamente buscando la aprobación del nutricionista que normalmente comparaba sus hechuras con las de una ternera retinta.



Jugaba el Atleti en Zaragoza en horario de churros con chocolate, que no de vermú, cosas de unos horarios asiáticos más asiáticos que nunca por obra y gracia del cambio de hora padecido. Se enfrentaban dos equipos que tienen en nómina a sus propios gerentes golfos personales. Los unos y los otros padecen la gestión de unos mandatarios que buscan su beneficio personal muy por encima del beneficio del club que les paga. La diferencia entre ambos equipos y sus situaciones está marcado por el muy diferente trato que los medios dedican a ambos administradores: los unos son señalados sin pudor mientras que a los otros se les trata con pleitesía cortesana; a unos se les dedican programas monográficos en los que se da voz a la oposición mientras que en el caso de los otros se silencian los atropellos dejando por el camino un aroma de sospecha sobre los que se oponen a su choricero régimen. A la vez que todo esto ocurre, los que pagan, es decir abonados, socios y simpatizantes de ambos clubes, ven cómo su dinero sirve para comprar medianías y propagar medias verdades y salen insatisfechos, con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

Salió el Atleti legañoso y sin desperezar al campo. Algunos pensaron si no creerían que la primera parte se trataba de un calentamiento dado el cambio horario y la pesadez que en el estómago seguían produciendo las magdalenas algo aceitosas tomadas en el desayuno. Salió el Atleti algo reservón, de esa manera a la que Simeone nos ha acostumbrado durante su mandato, a no perder en los primeros minutos y a intentar ganar cuando ya parece algo tarde. Puso en liza el Cholo a Koke en el mediocentro, algo que muchos esperaban vistas las prestaciones de otros mediocentros que llevan la irrelevancia por bandera, y lo puso al lado de Assunçao, jugador honrado pero que se contagió de la irrelevancia propia de la posición en el partido de ayer. No estuvo mal Koke un poco más atrás, aunque tal vez cabría decir que mejora sus prestaciones cuanto más centrado está sobre el tapete. Intentó poner pausa cuando el balón tenía a bien caer cerca de él haciendo escala técnica en su viaje por aire de la defensa al ataque con velocidad de patadón, pero se le acabó la gasolina rápido. Después de la novedosa pareja de mediocentros, tengo reservado un hueco para hablar de Arda, inicio y fin de todo el poco fútbol de los nuestros en el partido de ayer. De sus botas salió la única pero doble oportunidad del equipo en todo el encuentro. De sus botas se prende el mísero balance de juego en la mayoría de los partidos que salen con esta pinta. Me guardo también unas líneas para Perea, impecable en defensa pero desaparecido en el combate del ataque, como era de esperar por otra parte. Hasta aquí, y solo hasta aquí, lo poco positivo del partido, y eso que ando hoy bastante benevolente.

En la parte negativa debemos poner hoy a los delanteros, exhaustos durante la segunda parte y supersticiosos a la hora de tocar ambos madera en la susodicha doble y única oportunidad. Debemos añadir también a Godín por un inocente y burdo penalti que borró del recuerdo solventes actuaciones anteriores y esas arrancadas desde la defensa en las que parece emular a un Beckenbauer cargado de hombros. Entra dentro de esta categoría por los pelos Filipe, por no saber culminar con buenos centros al área jugadas de mérito como hizo ayer. Entran aquí también Mérida y Diego por estar faltos de forma y entra Domínguez por convertir en timidez el desparpajo con el que irrumpió en el equipo hace un par de años ¿Qué dónde meto a Salvio? La duda ofende, damas y caballeros. A esta parte negativa la podríamos denominar el grupo Salvio, para que se hagan ustedes una idea de dónde colocar a nuestro puñal de banda, ese que apuñala sin remedio a nuestra paciencia en cada actuación.

Pasado el efecto burbujeante de la llegada del Cholo, la situación se ha estabilizado y queda lo que hay, poco más. Una plantilla corta, sin fondo de armario y que no combina con casi ningún color. Un plantel del que se pueden sacar pocos levantamientos de pesa más por mucho que el entrenador personal lo intente a base de motivación y buenas palabras. Los resultados, erigidos en nutricionistas que escupen realidades a la cara, han diseñado una dieta aburrida de aquí a final de temporada. Nos queda buscar la satisfacción culinaria que se pueda sacar del periplo europeo pero cualquier aspiración en liga se aleja como un plato de panceta churruscada del menú de los que tienen colesterol. Lejos quedan las cuentas para ir a Champions y resta solo la esperanza de entrar en la Europa League por la gatera, como suele ser costumbre de la casa. Algunos empiezan a ejercitar los músculos de los brazos para señalar a Simeone como responsable del desaguisado siguiendo el guión previsto pero la sensación que queda es que al Cholo se le podría acusar tal vez de falta de ambición en momentos puntuales pero no de haber aconsejado la adquisición de un vestido que se descose a poco que se usa con regularidad. Mientras tanto, a muchos de nosotros se nos queda un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

jueves, 1 de diciembre de 2011

Fresca tarde de excusas y meriendas-cenas

“Pues sí que es mala suerte que a su hijo le haya sobrevenido un ataque de varicela galopante y tengamos que cerrar la tienda antes”

“O sea que no se va a quedar a la auditoría porque tiene una filtración en la general bajante y tiene dos palmos de agua en el cuarto de la plancha”

“Usted verá, Minglanilla, váyase si lo cree oportuno pero este pedido tiene que salir hoy por muy inquietante que sea que a su suegra haya habido que ingresarla por envenenamiento al morderse su propia lengua”


Estos horarios tan europeos hicieron que la tarde se llenara de excusas a lo largo de nuestra geografía. Tuvieron los atléticos que lanzarlas indiscriminadamente para llegar a casa a tiempo de ver a su equipo en Glasgow. La ocasión merecía la pena, por el rival, por el campo y por la historia que lleva prendida de la solapa este enfrentamiento desde aquella épica batalla del 74. Amén de las excusas, todos procuraron organizarse con celeridad. A los niños se les dio de merendar antes que de costumbre, a los perros se les brindó un paseo apocopado en el que casi no les dio tiempo más que a culminar los ciclos excretores de sus sistemas digestivos, a los manjares que se agolpan en las neveras se les comunicó que no saldrían porque esa noche tocaba comer de lata o llamar a la pizzería. Finalmente, los hinchas se sentaron delante de la tele, todavía con la corbata al cuello o las medias buenas puestas. Hasta hubo tiempo de ponerse un bolecito con patatas fritas, con cortezas o con aceitunas mancilladas por pepinillos sátiros. Por los pelos, pero llegaron a tiempo…

Manzano nos dio más excusas para torcer el morro con la alineación. Salían del equipo Domínguez y Assunçao, dos de los más destacados en esa otra batalla carnicera (o eso se siguen empeñando en decir los palmeros del ser superior) que se libró el fin de semana pasado y volvían a hacer dúo dos de las parejas que nos alteran más: Mario y Gabi y Godín y Miranda. Empezó el partido movidito: con Salvio demostrando que debe tener gol pero que no se acuerda de dónde lo ha dejado, con Courtois sacando dos balones a bocajarro que nos hubieran atragantado los aperitivos, con los mediocentros poniendo excusas peregrinas para no destacar ni en defensa ni en ataque. Parecía un partido de esos tan de ida y vuelta que suelen acabar para nosotros en vuelta con las orejas gachas cuando los dos por los que debe pasar todo empezaron a mirarse, se hicieron señas secretas que sólo los bajitos y culibajos conocen y se adueñaron del partido, hecho éste no muy difícil por la calidad del adversario. A Arda y Diego me refiero. Llevan estos dos algunos partidos a un más que aceptable nivel. Ambos dos, demuestran ganas y compromiso, algo raro de encontrar en bastantes de los que antes se ciñeron la rojiblanca viniendo con el cartel de artistas. A pesar del desafortunado cambio que el párroco Don Gregorio recetó al carioca en el combate sangriento del sábado, Diego sigue mostrando ganas y parece que no afronta tan acelerado los partidos. Aún así, todavía tenemos ganas de verle compartiendo mediocentro con Assunçao, los dos solitos, para ver cómo funciona el equipo. Arda es caso aparte. Desde su llegada se ha convertido en uno de nuestros ojitos derechos, siempre deja detalles de hechicero del balón y ayer abrió el camino del gol con la inestimable ayuda de un defensa que se agachó ante su disparo como antes lo hicieron otros jugadores precursores de la protometrosexualidad jugando contra la Yugoeslavia de Stojkovic en el mundial del 90.



Vayamos ahora con los dúos de los que les hablaba antes. Aprobado raspón para los centrales, que no consiguieron más nota por su tendencia a acularse, al patadón espinillero y por no dar sensación de tranquilidad a pesar de tener enfrente delanteros limitados. Les ayudó mucho Perea, ayer notable, demostrando que la cacería que se ha organizado con él como pieza protagonista no le afecta. En cuanto a los mediocentros, Gabi estuvo más entonado, sobre todo en las fases de ataque, Mario volvió a fallar. Vaya por delante que Mario gustó la temporada pasada en la mayoría de sus actuaciones. También a favor suyo juegan el hecho de ser de la casa y la personalidad que hay que tener para lucir ese peinado que homenajea al anidamiento de la grulla parda, pero está dejando pasar demasiadas oportunidades. Impreciso en el pase, lento en la transición y descolocado posicionalmente en defensa, se empiezan a acabar las excusas para mantenerle en el equipo con tal asiduidad. Ya se sabe que cada entrenador tiene sus filias y fobias y Suárez se cuenta entre los antojitos de Goyo, pero se echa de menos un mejor reparto de las oportunidades con Koke por ejemplo, al que se sospecha casi hastiado como lo estará Joel, como lo estará Pulido y como lo estarán muchos más que sumar a los Ibrahima, Keko, Cedric, Borja, etc., ante la cobardía de los últimos técnicos y su tendencia a ningunear la cantera (probablemente jaleados por una directiva que sabe que los canteranos, de comisiones, andan justos).

En definitiva, partido aseado ante un rival justito. Victoria fuera, lo que es noticia, y en un campo con mucha más historia que espectadores ayer. Un campo que fue regado hace años con el sudor y la sangre de unos melenudos atléticos que hicieron historia y en el que estos rojiblancos del futuro ganaron como no debía ser de otra manera. Hay ocasiones y rivales ante los que no valen excusas…Y siendo el Atleti, esas ocasiones y esos rivales deberían ser casi todos.

“Claro, no te comes las verduras porque te has puesto de panchitos y de aceitunas violadas como el tenazas…Siempre la excusa del fútbol”

domingo, 27 de noviembre de 2011

La mochila

Vamos los colchoneros por la vida con una mochila siempre a la espalda. Una pesada carga que llevamos a los hombros desde hace demasiado tiempo y que castiga nuestras vértebras lumbares y cervicales. El tamaño de la mochila y su peso es directamente proporcional a los años que llevamos siguiendo a nuestro equipo, siendo éstos pesos menos llevaderos si el veneno rojiblanco se metió en nuestro torrente sanguíneo hace ya décadas ¿Qué llevamos en esa mochila? Allí guardamos piedras, unas más pesadas y otras no tanto, pero con todas debemos cargar. Hay piedras muy difíciles de arrastrar, piedras destinadas a cimentar apropiaciones indebidas, cooperaciones necesarias, veinticuatro años de proyectos donde lo deportivo es secundario, gerencias ostentadas por representantes, vueltas rápidas alrededor de la M-30 y traslados figurados a la Peineta, por ponerles varios ejemplos. Las otras piedras, aunque de menor volumen, también son molestas, encontrándose entre ellas entrenadores de perfil bajo o de entreplanta, ventas incomprensibles, compras sonrojantes, el bigotito de Cléber Santana, la caída de culo del Pato Sosa y la reconversión industrial en fábrica de jugadores para otras marcas, blancas o no. Así pasamos los días, siempre con nuestra mochila al hombro, siempre con el esfuerzo de acarrear ese lastre dibujado en nuestras caras.

Solo en algunas ocasiones, cuatro o cinco veces al año a lo sumo, nos permitimos dejar la mochila a un lado. Siempre cerca, eso sí. Colocada cuidadosamente en un taburete o en el suelo al lado nuestro, pero nunca demasiado lejos para poder tocarla con la punta del zapato y saber que sigue ahí. Nos permitimos ese lujo sólo durante noventa minutos, con su correspondiente descanso y su descuento si lo hubiera. Durante ese tiempo, intentamos dejar a un lado la pesada carga y nos empapamos de esa ligereza fingida y antinatural. Llegamos a pensar incluso, envalentonados por dejar la mochila a un lado, que podremos mirar de igual a igual a aquellos a los que desde hace tiempo no miramos a los ojos. Queremos creer que veremos algo que nos hará olvidar momentáneamente la acostumbrada carga. Entonces, aparcamos la razón y nos lanzamos de cabeza a una piscina rebosante de ilusiones que brotan del corazón, nos zambullimos en una realidad irreal en la que no llevamos peso. Durante esos minúsculos lapsos de tiempo, nos traen sin cuidado los sistemas y hasta casi los nombres. Nos dan igual los partidos broncos, limpios, bien jugados, obtusos, escalenos o de poder a poder. Sólo buscamos asideros para agarrar allí a nuestro maltrecho orgullo. No nos acordamos de derechos televisivos conniventes que ahondan diferencias ni de la presión en banda. Solamente nos sentamos a sentir sin analizar demasiado.



Ayer era un día de esos. Un día en el que la mochila descansaba a nuestro lado, siempre presente, pero temporalmente aparcada. Durante un tiempo, nos llegamos a olvidar de ella casi del todo. Lo hicieron posible Assunçao, Perea, Domínguez, Adrián, Arda…, lo hicieron posible todos durante casi una hora. Dando la cara, soportando dignamente el peso del escudo, algo que debería presuponerse en todas las ocasiones pero que no siempre se cumple por obra y gracia de esa carga miserable. Lo hicieron a pesar de los mensajes que se recibían desde el banquillo, ayer muy por debajo de los jugadores, empeñado e insistente en recordarnos la inferioridad que la mochila nos otorga. Nos duró poco. A algunos tal vez les valga, menos concientes de la rémora que encorva nuestras figuras. A otros no nos vale, a lo mejor porque recordamos tiempos pretéritos en los que íbamos por la vida livianos, con la espalda recta y el pecho henchido de orgullo.

Terminó el partido y, los que no se la habían echado al hombro en los primeros minutos de la segunda parte, se cargaron la mochila a la espalda. Todos se encaminaron a casa con paso cansado e irregular, probablemente por encontrar la carga aún más pesada que en el camino de ida. Se echaron en la cama buscando la posición más cómoda posible pero siempre cargando con ese lastre. Pasarán el domingo de mejor o peor manera y volverán el lunes a su rutina tirando de su rutinaria mochila. Se pondrán maquinalmente a ejecutar sus labores diarias sin casi notar que el peso ha aumentado. Seguirán viviendo. Pasarán las semanas y la mochila cada vez pesará algo más, siempre creciendo, nunca menguando. Nos permitiremos cada vez menos lujos en forma de aparcar la mochila a un ladito porque no tendremos ni ganas de quitárnosla para que no se vean las marcas del moreno de las vacaciones. Ni siquiera en esos partidos que acabaremos dejando de ver. A no ser que no sólo una minoría sea capaz de rebelarse contra ese peso castrante. Ese es el camino. Ningún otro es posible a estas alturas para solucionar la escoliosis que sufrimos. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Gris

Servando se levantó automáticamente de la cama. El mismo sonido de despertador que llevaba sirviendo de electrónico gallo en los últimos treinta años. Tras el frugal desayuno y la ducha con agua ni muy fría ni muy caliente, paseó como cada mañana la vista por el ajado armario. Se decantó por el traje gris, bueno, por uno de ellos. La mayoría de sus trajes eran de ese color por la sencilla razón de que él pensaba que le quedaban más o menos bien. Salió de casa con tiempo suficiente y se cruzó con el vecino del sexto izquierda en el portal.

– Buenos días –saludó Servando sin alzar demasiado la voz.

Nada, otro día sin respuesta. Desde pequeño le había ocurrido. La gente pasaba al lado suyo sin reparar en él. Cuando se repartían los castigos en el colegio era una ventaja desde luego, siempre se libraba. Nunca tuvo que escribir cien veces aquellas frases rehabilitadoras ni recibió golpes de regla en los nudillos. A medida que pasaban los años, potenció su capacidad para sacar partido de su desapercibida invisibilidad. Nunca fue voluntario en nada, nunca fue primero, ni segundo ni tercero. Nunca sacó más nota de la absolutamente suficiente, a pesar de haber podido hacerlo. Siempre ahí. Ni en un extremo ni en el otro. Siempre gris.

Inició una mañana como cualquier otra. Sellando pólizas y archivando montañas de papeles irrelevantes ¿Importaba algo? Nadie leía sus informes, otrora cuidados, ahora ausentes. Nunca se le propuso ascender, pero tampoco formó parte de ninguna lista de posibles despidos. Tal vez todo proviniera del traje, tal vez él lo veía gris y realmente era un traje de camuflaje. Un traje que conseguía el mismo efecto que esos aviones de última generación que burlan radares. Pero no. El traje no era de ninguna aleación de titanio superligero. El traje simplemente combinaba a la perfección con su personalidad. Él era gris.



Las imágenes del entrenamiento previo de nuestro equipo en la víspera del partido en Udine nos mostraron un chándal distinto. Un chándal gris. Con toques vintage de última moda gafapastera, pero gris al fin y al cabo. Sin demasiadas ganas, nos sentamos ante la pequeña pantalla y nos dimos cuenta de que el equipo salía con una alineación gris. Probablemente muchos pensaron que prescindir del triple pivote era una señal de abandono del grisáceo camino. Se equivocaron. Aún así, el abandono del repetitivo esquema nos trajo una evidencia: con Assunçao en el campo no son necesarios otros dos escuderos de la bipolaridad destructivo-creativa. Simplemente, puso oficio sobre el campo, lo que no es poco desde luego. El bueno de Paulo ha pecado de invisible en muchas ocasiones, pero no en el campo. En el campo se conduce con honradez y con más o menos acierto, dependiendo del día. Deberíamos agradecerle mucho. Una parte importante de los escuálidos resultados de los últimos tiempos. Fuera del terreno, nunca dijo una palabra más alta que otra aunque se le tratara de manera ventajístamente injusta. Aunque él siempre fuera el undécimo nombre que se recitaba cuando se recordaba la alineación. Aquí acaba lo único salvable. Fíjense qué cosas. El eterno hombre gris fue lo más brillante de ayer. Otro tono de gris, un gris con reflejos marengos.

Les contaba yo antes lo de una alineación gris. Lo fue. Una alineación llena de actores de reparto de esos cuyas caras suenan pero de los que no podríamos enumerar más de dos películas en las que han trabajado. Vimos algo más a Pizzi, por poner un ejemplo, un jugador medio habilidoso y posiblemente útil como revulsivo para según qué ocasiones, no como un recurso titular a mi juicio. En cuanto a los que tienen la obligación de aportar algo más de color, notamos a Falcao de nuevo demasiado lejos del área y, a lo mejor por cosas de la iluminación artificial, parece que cuanto más lejos se mueve de la portería le cambia el tono tostado de su cara por uno más ceniciento, más gris, para que me entiendan. Resumiendo, una amplia gama de grises.

Al frente de todo, un técnico plomizo. Un hombre en el que ni los excesivos y arbitrarios cambios en los colores de las patillas de sus gafas pueden cambiar su monótona imagen. Un entrenador del que sorprenden sus estadísticas de partidos en primera porque sería el último que nos vendría a la cabeza si intentáramos hacer memoria, tal y como pasó a los irresponsables de la entidad el verano pasado. Un señor que no cae ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Una figura que no hace ruido y al que no saludan los empleados del club cuando se los encuentra camino del vestuario. No por nada, simplemente no le ven, parece mimetizado con el gris del hormigón de los cimientos.

Se nos marchó la tarde sin casi darnos cuenta. Son de esos días en los que uno mira el reloj preocupado porque el tiempo ha pasado volando y piensa que se le ha hecho muy tarde sin darse cuenta, pero no por habérselo pasado muy bien. Y, justo al final nos metieron dos goles que casi ni dolieron ¿Pudimos ganar? Seguramente ¿Lo merecimos? Pues puede que sí o a lo mejor no, vayan ustedes a saber. A lo mejor la virtud de estos partidos perfectamente olvidables se encuentra situado en el empate. En la equidistancia entre la claridad de la victoria y la negrura espesa de la derrota merecida. Y si es a cero, mejor, que todavía habrá alguien que intente hacer lecturas positivas en base a la esterilidad. Son los signos de estos tiempos nublados que vive la parroquia rojiblanca. Tiempos de excesiva duración, anodinos, funcionalmente arrinconables en el baúl de los recuerdos que no se pretende desempolvar. Mañana o tal vez pasado nos miraremos en el espejo y veremos más canas que no nos darán un tono más interesante, sino una apariencia más gris. Pasarán los años y enfilaremos el camino del nuevo estadio en tonos grises para ver qué nos echan de comer, algo descolorido, seguro. Las bufandas y camisetas habrán perdido sus vivos tonos erosionados por un tiempo que dejará en ellas una pátina de aburrimiento y de conformismo. Lo asumiremos al igual que lo asumimos en el presente. Y nos dará igual, o no mucho, quién sabe. Mientras no seamos capaces de unirnos para sacar del club a los que nos han instalado en este plomizo escalón, somos y seremos grises.


Servando colgó con mimo el traje en el armario, se ciño el batín de tonos neutros y se dirigió hacia la cocina. Puso el esmirriado filete sobre la sartén sin recordar si era de ternera o de cerdo. Pasados unos minutos lo retiró del fuego y lo miró fijamente sin ser capaz de adivinar por qué había cogido ese color tan extraño ¿Lo había puesto en la sartén demasiado pronto? Parecía cocido en vez de a la plancha. Borró el pensamiento de un plumazo mientras se dirigía al comedor para dar cuenta de su penoso pedazo gris de carne.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cronicas de la Alhambra...con sus detalles y todo...

Los libros de historia, al igual que los periódicos deportivos, son proclives al titular fácil y a omitir detalles que pudieran tener trascendencia. Un ejemplo de ello es la famosa frase de “Roma no paga a traidores”, pronunciada por algún tribuno senatorial remiso a pagar su deuda con los asesinos de Viriato. Lo que no dicen los libros de historia es que el tribuno añadió, en un alarde de empatía, “…pero id a preguntar al Manchester City, que paga cláusulas sin mirar si es a traidores o no”. Tampoco los historiadores se hacen eco de las palabras de la señora esposa de Arquímedes al ver cómo el empuje del cuerpo de éste desalojaba agua de la bañera por toda la estancia mientras gritaba ¡Eureka!: “Arquímedes, que el baño está recién fregado”. Como ven, pequeños pero importantes detalles.

Otro ejemplo de estas citas célebres en las que se difumina el contexto es la que la madre de Boabdil acuñó cuando su hijo hacía pucheros mirando con nostalgia el perfil de la Alhambra: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Lo que los libros no dicen es que Boabdil, sultán de Granada, se llamaba Boabdil Gregorio, poco queda escrito sobre su algo artificial tez olivácea ni sobre cómo gustaba de vestir elegantemente, cambiando de turbante o de patilla de gafas con profusión. No se menciona tampoco que las duras palabras de la madre que le parió fueron consecuencia de la cobarde estrategia que planteó a la hora de defender la ciudad nazarí ante el acoso del ejército cristiano. Más detalles, tal vez pequeños, pero relevantes.

Boabdil Gregorio, al que se conocía como Goyo con afán de economizar palabras en aquellos tiempos, también de recortes presupuestarios, dispuso una defensa de la ciudad basada en el trivote. Una línea de soldados delante de la retaguardia que, en anteriores batallas, fue recibida con buenos ojos ante el historial de descontrol que poblaba el curriculum en lucha de los sitiados. Pasadas ya varias jornadas desde las primeras escaramuzas, el trivote de capitanes moriscos se antoja redundante, espeso y hasta urticante a la hora de entrar en combate. No crean ustedes que el sultán Goyo fuera un iluminado por plantear las contiendas de esa manera, ni mucho menos. El doble o hasta el triple pivote de contención era una práctica adoptada a la moda de tierras florentinas y genovesas desde hace tiempo. Se trata de un recurso reservón y algo cagueta del que hacían uso con ligereza adalides de poco arrojo. Si además, como en el caso que nos ocupa, dos de ellos, los de cabello más largo y ensortijado, mostraban blandura de ánimo y abulia en la carrera, para qué queremos más.

A pesar de lo bien armadas que creía Boabdil Goyo a sus mesnadas, solo la desorganización del animoso pero bastante inofensivo ejército cristiano que sitiaba la explanada de los Cármenes no hizo que la derrota cayera sobre los hombres de Goyo en los primeros episodios de la batalla. Especial mención hacen las crónicas de la época de las dificultades que sufrió el responsable del flanco derecho, un mozárabe de Crevillente reconvertido a lateral por obra y gracia de las tácticas avanzadas del jefe musulmán y de la mala planificación a la hora de confeccionar la tropa. Por el lado izquierdo no crean que la cosa fue mejor, no. Por allí no atacó tanto el enemigo, pero en ese lado tomaba posiciones desde hace tiempo un soldado de frágil carácter, Filipe. Un artillero del que se tenían las mejores referencias cuando luchó en las guerras de tierras celtas pero, que desde su llegada a las filas de los sitiados, no acaba de mostrar esa maestría con el arcabuz que se le suponía. Les hablaba de las dos alas y sus dificultades pero no sería justo olvidarnos del centro de la retaguardia, tal vez la parte más entonada de la soldadesca mora. El dúo defensor junto al cancerbero y guardián del puente levadizo fueron tal vez de las pocas buenas noticias que acaecieron.



¿Delante? Delante la cosa no mejoró mucho. Desconectados de la guardia del triple pivote y desesperados. Desesperado el emir Diego, en quien debía recaer la labor de creación a la hora del combate, su falta de munición en forma de balón a la hora de dar el último pase hizo que acabara bajando a ayudar a los de la línea conservadora descuidando su importante tarea. Desesperado también el bereber Falcao, sin flechas con las que cargar su certera ballesta, buscaba sitios en los que ayudar a sus compañeros a pesar de su torpeza cuando no empuña un arma en sus manos. Desesperante, que no desesperada, fue la actuación en batalla del soldado de Utrera, aquel al que llamaban Reyes, probablemente porque su concurso en la contienda fue decisiva a la hora de decantarla hacia el bando de los Católicos, los Reyes, se entiende. El de Utrera, con los oídos llenos de de cantos y romances que ciertos juglares glosaban sobre su grandeza y su necesaria convocatoria para la selección de mejores soldados de Castilla y Aragón, volvió a escenificar lo que desde tiempos inmemoriales se califica como hacer la guerra por su cuenta. Pensaba el aga Reyes que su calidad en la contienda era muy superior al del resto de sus camaradas, pensaba también que cualquiera que fuera el cristiano que cruzara aceros con él, siempre saldría vencedor. Tal era su obcecación y suficiencia insuficiente que varios de sus colegas pensaron seriamente en acabar con su participación a base de alfanje que le hiciera perder la cabeza. No lo hicieron aunque lo pensaron, a lo mejor porque el aga Reyes, sin cabeza, seguramente combatiría de igual manera. 

Ya a punto de entregar la plaza, Boabdil Goyo, en un movimiento casi desesperado ordenó a la tropa ponerse a las órdenes de tres soldados venidos de Orán como refuerzo. En solo unos minutos, demostraron que uno de ellos, Paulo, podría haber llevado el peso defensivo de la contienda como había hecho en muchas otras, antes de que cayera en desgracia sin saber muy bien por qué. Otro, astur él y superviviente de las guerras con Don Pelayo, confirmó que debía siempre estar en la unidad de gala del equipo, por ser el que mejor visualizaba los espacios donde las batallas se ganan, por ser el que mejor se entendía con los de la vanguardia. Uno más, un herrero de Lusitania al que nadie había puesto una daga en las manos hasta ese momento, desequilibró y pudo desnivelar el curso de los acontecimientos de haber sido protagonista desde el principio. Detalles, en fin. Que no deben ser omitidos por relevantes.

Así lo refieren las crónicas de esos tiempos. Un ejército infiel derrotado, aunque no del todo. Todavía los hubo que justificaron la pérdida de Granada y buscaron señales positivas en el hecho de mantener porterías a cero. El ejército enfiló el camino a las Alpujarras frío, desmoralizado, sin tener claro hacia dónde les llevarían futuras batallas a lo largo de otros reinos. Boabdil Goyo arrastró durante largo tiempo fama merecida de acongojado. Los sitiados erraron sin rumbo fijo, arrastrando los pies y lamiendo heridas por las que se escapaban hemorragias de puntos de los que más tarde se acordarían. Llegarían futuras escaramuzas, algunas ganadas, otras perdidas. Todas ellas escribieron la historia del ejército que luchó en la ciudad de la Alhambra. Una historia que será revelada en futuras entregas. Una historia en la que los detalles, por pequeños que estos fueran, deberían haber sido tenidos en cuenta. 

lunes, 7 de febrero de 2011

Tardes-noches de perros

Mi perra es del Atleti. Sí, no me miren raro, lo es. ¿Que cómo lo sé? Baso mi afirmación en pruebas concluyentes. Ya sea por ligas o por copas nacionales o europeas, rara es la semana en la que mi hogar no se ven cuatro o cinco partidos. Ella, que ha visto mucho fútbol desde que llegó a nuestras vidas, suele ver la tele mientras hace otras cosas, olisquea por aquí, mordisquea por allá, cosas de perros, vamos. Pero amigos, cuando juega el Atleti es otra cosa, donde va a parar. Se tumba en el sofá a mi lado, muy quieta, mirando la pantalla fijamente. Allí se pasa el partido entero, los noventa minutos con su tiempo de prolongación correspondiente. Les digo más, en eliminatorias reñidas, aguanta incluso prorrogas y penaltis si los hubiera. Y no protesta aunque necesite un alivio en el parque de enfrente, no. Ella resiste como una valiente hasta que el árbitro señala el camino de los vestuarios. Algún racionalista dirá que lo hace porque me ve a mí más alterado, pero yo sé que no. Ella es colchonera. ¿Cómo se lo explican si no?
Por razones que no vienen al caso, este pasado fin de semana nos hemos ausentado de casa (cosas de la familia política ya que me tiran de la lengua). Estas causas ajenas a mi voluntad han hecho que mi perra haya pasado el fin de semana en una residencia canina muy moderna. Como buena perteneciente a su especie, gusta de jugar con la pelota o de correr por el campo, pero esta vez me ha contado que ya no se lo ha pasado tan bien. Dice que antes jugaban todos los perros juntos y que se divertían mucho, ganando y perdiendo en igual medida, pero dice que las cosas han cambiado. De un tiempo a esta parte solo un par de grupos de perros disfrutan de su estancia. Los primeros son canes de aspecto enclenque, esmirriado incluso, pero que, cuando juegan a perseguir la pelota da gusto verlos. Mueven la pelota con gran velocidad y suelen ganar por goleada sus competiciones de persecución. Los segundos son perros que pecan de mirar por encima del hombro a los de su especie (nosequé de seres superiores me cuenta) y ceden el protagonismo a su adiestrador luso. Ambos son muy aburridos, explica ella. Argumenta que ambos, incluso, tienen la desfachatez de quejarse si el dueño de la residencia les tira la pelota en igualdad de condiciones con perros de otro clan, tan acostumbrados como están a que siempre se les tire cerquita y fácil. Total, que el resto de perros han acordado en asamblea plenaria si no sería mejor dejar de jugar con ellos y darles el galardón de campeones del juego de perseguir la pelota directamente. Así, el resto de canes podría jugar libremente y descansaditos cuando los dos grupos ya tengan cubiertas sus necesidades ególatras. Cuenta mi perra que cuando los otros duermen el resto de perros como ella se lo pasan de miedo jugando: los de Bilbao, los de Málaga, La Coruña y Valencia, etc., pero que cuando despiertan aquellos vuelven otra vez a este tipo de competición tan tediosa por ser conocido el final. Me ha pedido que la próxima vez la deje con mi hermano, que prefiere que las sobrinas le tiren de la cola a ir allí a aburrirse. Vayan ustedes a saber, lo mismo la residencia tendrá que cerrar por quedarse sin público. Con lo orgullosos que estaban sus gerentes hablando de la mejor residencia canina del mundo ¡Qué cosas pasan!

Los nuestros se presentaban en el Camp Nou en lo que anteriormente siempre había sido un partido esperado por sus ingentes dosis de espectáculo y goles. Nada menos que el escenario de los cuatro goles de Pantic, el de la confirmación de la mayoría de edad del Niño, el teatro dónde el tío del número uno de la ATP perdió su cintura con Caminero. En la situación actual de los contendientes y de la liga, este partido se convierte para los más pesimistas en un ejercicio de adivinación sobre cuántos goles te pueden caer y si sobre tu moral saldrá muy tocada. Otros más optimistas, entre los que quiero incluirme, pensamos que puede ser una cita en la que tienes mucho que ganar y poco que perder. Una cita como esa que te preparó tu cuñado, en la que te pusiste un clavel en la solapa y la americana de cuadros para parecer más mayor. Esas citas de las que no esperas mucho y suelen servir para conocer a las madres de tus hijos.
Los presagios no invitaban demasiado al optimismo, en una esquina el amante atento e ideal del balón, en la otra el equipo sobre el que últimamente pesa una orden de alejamiento del cuero (por incapacidad propia). Una vez más, la alineación binguera (por aleatoria, no por picantona y setentera) de nuestro técnico nos sorprendía. Dejaba al díscolo uruguayo en el banquillo y daba la alternativa a Fran Mérida, ese en el que desde el verano confiamos y seguimos esperando. Otro cambio con respecto a los últimos sorteos fue la inclusión de Filipe, otro de los esperados con ansiedad, en el centro del campo. Para glosar la historia del partido basta decir que debo contradecir anteriores comentarios por mi parte. Si recuerdan ustedes, hace poco me quejaba amargamente de la no evolución del sistema del equipo desde tiempos de Aguirre, al no encontrar solución a la tendencia al equipo de partirse. Ahora me presento ante ustedes sin entender como un equipo que pecaba de indescifrable y anárquico, con lo bueno y malo que conllevaba, se ha convertido en un equipo timorato. En un equipo que firmaría perder por sólo un gol, en un equipo que haría osado un planteamiento de Clemente. Con estos mimbres no es de extrañar que un Barça a medio gas tocara y moviera sabiendo que la victoria no tardaría en caer. Podríamos hablar de los desajustes, de la baja forma de Assunçao, de la mejora engañosa al salir Forlán, pero no voy a hacerles perder el tiempo con temas ya sabidos.
Les dejo hasta la próxima entrada. Me toca salir al parque con mi perra. A ver si me sigue contando sus impresiones sobre el fin de semana en la residencia. Y a ver si consigo, cosa que no va a ser fácil, convencerla de que vea los siguientes partidos del Atleti. Tal vez podría tomar nota de las ruedas de prensa del tío segundo de Elena Furiase y hablarle de objetivos secundarios y terciarios, de mentes fuertes, de dinámicas de grupo y de otros polisílabos rimbombantes. Lo más seguro es que me diga que “a otro perro con ese hueso”. Sí, tiene razón, y además será muy duro de roer de aquí hasta el fin de la temporada en esta residencia canina de las estrellas de la que somos testigos privilegiados.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.