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miércoles, 4 de mayo de 2011

La vida es como una pescadilla (o crónica de un flechazo tecnopop-new wave)

La sesión de tarde estaba más animada que de costumbre. Daba gusto ver que cada vez más gente redescubría los ochenta y se acercaba a éste pequeño reducto donde se veneraba a Ultravox, a la ELO o a Roxy Music. Sarita volvió de la barra con las bebidas de todos y puso sobre la mesa los combinados imposibles de vivos colores con una flexión de rodillas que dejó en el ambiente un aroma a laca y a colonia afrutada. Cada uno cogió su vaso de tubo con movimientos calculados. Ellos, intentando mantener la simetría en la amplia americana de lino con las mangas subidas. Ellas, procurando que no se movieran las hombreras sujetas con velcro a la parte interior de las blusas con estampado de paramecios, amebas u otros seres monocelulares.
– ¡Uy Sarita! Ya está otra vez tu novio en la pista haciendo el baile del robot. Mejor no mires para no llevarte el disgusto –dijo Blanca, la mejor amiga de Sara con una expresión mezcla de incredulidad y de asco.
– ¡Vosotros y vuestras ideas integristas! Pues a mí me parece que tiene su gracia. Además está muy mono con los vaqueros rosas tan cortos y esos calcetines de rombos asomando –contestó Sarita comprensiva.
– Lo que tú digas. Mira que te lo avisamos, que ése era más del segundo lustro de los ochenta, pero tú, como si nada. Los ochenta fueron muy amplios Sarita y nosotros somos más de los principios ¿Acaso te imaginas a Brian Ferry con pantalones en tonos pastel? –pontificó Blanca con el asentimiento de varios de los presentes–. Hay cosas que es mejor no mezclar. De todas formas, como todo tiene solución menos una separación de The Human League, hoy te tengo una sorpresa. Te voy a presentar a un amigo de mi hermano. Es futbolista, pero es de los nuestros y tiene mucho tiempo libre porque no cuenta mucho en su equipo. No es un cuarentón nostálgico, es de los puros. Ama los ochenta a pesar de no haberlos vivido, con decirte que no tiene ni treinta años.
– Blanca, qué pesadita te pones. Me voy a bailar para no tener que escuchar más tonterías –cortó Sarita dirigiéndose hacia la pista presidida por una bola de espejos mientras sonaba esta desenfadada canción.
Sarita se dejó ir transportada por los acordes de los sintetizadores. Se imaginaba subida en una ola de movimientos casi espasmódicos, rodeada de cuerpos sin nombre con peinados imposibles y pantalones de talle subido. Sólo la irrupción de Blanca la sacó de su ensimismamiento. Iba acompañada de un joven de pelo rebelde plagado de mechas rubias y mirada reflexiva, mirada de ver los partidos desde el banquillo o desde la grada. Lo reconoció como uno de los suyos, sin duda. Éste se apoyó en una pared sin motivo aparente, aunque más tarde pudo explicar su extraño comportamiento en base a una manía suya, una deformación profesional que pretendía evitar que le cogieran la espalda. Sarita todavía recuerda las primeras palabras que cruzaron.
– Esta es Sarita, la chica de la que te hablé. Este es Juan –soltó Blanca quitándose de en medio acto seguido para no molestar.
– Encantada –casi balbució Sarita impresionada–. Así que tú eres Juan…¿Juan qué más?
– Juan Valera –dijo él–. Encantado de conocerte Sarita.

Y es que todo vuelve amigos. La vida es como una pescadilla (de enroscar no de pincho). Vuelven los ochenta, los setenta, luego volverán los noventa y más tarde los dosmiles o como se diga, que ya habrá tiempo para ponerles nombre. Muchos evitan dar al trapero la ropa pasada de moda y la guardan esperando su vuelta a la rabiosa actualidad. Ésos mismos intentan hallar una fórmula empírica que les aclare cuánto tiempo tiene que pasar para que ese jersey tan hortera pase a ser vintage ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Treinta? Los progenitores menos previsores recurren a las sales cuando ven llegar a sus hijos con una cazadora de cuero modelo Starsky y Hutch por la que han pagado 150 euros igualita a la que ellos tiraron por demodé hace tanto que ya casi no se acordaban. ¡Qué cosas!
No se crean ustedes que nuestro equipo se libra de estos ciclos, nada de eso. Cuando llegan estas fechas y hasta el inicio de la temporada siguiente, nuestros discutibles dirigentes y sus acólitos repiten un mantra vergonzante con sabor de crecimiento social, de opciones de compra y recompra o de jugadores interesantes a precios interesados. También se les llena la boca con proyectos de ciudades deportivas o con el inicio de unas obras que dejan las de El Escorial a la altura de una reformilla veraniega. Mientras tanto, el socio repite religiosamente el acto de pagar una anualidad que solo garantiza ilusiones más o menos hasta el mes de noviembre, salvo en contadas y celebradas ocasiones. Hace tiempo que el aficionado atlético entiende casi más de acciones apropiadas que de acciones del juego. De estrategias empresariales más que de jugadas de estrategia. Pero no queremos volver a arriesgarnos, no. Queremos mirar hacia delante libres, tranquilos al saber que no se repetirán los errores de pasados recientes y presentes continuos. Dejando atrás estos tiempos de gerencia hortera y pasada de moda. Como todo ciclo pasará y, entonces, podremos esperar expectantes la vuelta de aquellos tiempos. Los que algunos vivieron y a otros fueron contados. Cuando la ilusión duraba hasta el final de la primavera y nos pillaba con un pantalón vaquero cortado del que colgaban flecos. Cuando solo sabíamos de derroches de coraje y corazón, no de derroches en comisiones. Esos tiempos deben volver para quedarse. Y, con la ayuda de todos, volverán.
– ¿Y tú te comportas de manera ochentera también en el fútbol? –preguntó Sarita subyugada.
– Bueno, sí, lo intento…mi ideal de juego es la Bélgica de los primeros ochenta. Con ese Gerets gritando para que todos salieran sincronizados para dejar al contrario en fuera de juego. La verdad es que a veces lo he llevado a cabo pero como tengo poco ascendente, no me hace caso nadie y me vuelven a coger la espalda, así que ya no lo intento –reconoció apesadumbrado Juan ante la mirada rendida de Sarita.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.