El agente 007 y media (permítanme mantener en el anonimato a nuestro protagonista en aras de su seguridad) se acercó dando un rodeo a la cabina desde donde iba a realizar la llamada. Le había costado encontrarla, la verdad ¿Se han parado ustedes a pensar en lo complicado que es encontrar un teléfono público en estos tiempos de tarjetas prepago y tarifas con nombre de delfín o morsa dentuda? Como siempre, llevaba el sombrero calado y los cuellos de la gabardina subidos, desoyendo así el consejo de su mujer sobre los treinta grados a la sombra que se iban a alcanzar hoy. Hay liturgias o deformaciones profesionales que no deben abandonarse así como así, por sanidad mental más que nada. Marcó el número, dejó sonar dos tonos y colgó. Dejó pasar el minuto acordado y volvió a marcar…
–…otra vez a molestar en medio de la siesta ¿Sí? ¿Diga? –contestó una voz que mostraba poca gana de conspiración.
– ¿La línea es segura?
– ¿La línea? ¿No será usted el del ADSL? Porque en ese caso me gustaría discutir encendidamente qué significa para ustedes “autoinstalable” ¡Manda güevos! –se quejó el usuario de banda ancha enfatizando en la g de güevos, algo muy útil en caso de queja o reclamación.
– Pero…¿ha volado el pájaro del nido? –preguntó el agente desconcertado.
– ¿Pájaro? ¿Nido? Aquí el único pájaro que no se va del nido es mi Luiscar. Doce años de carrera por culpa de los planes de estudios nuevos y ahora cinco años opositando a la diputación provincial. Pero como estas cosas van a dedo, no lo veré yo irse de casa, no ¿Dónde iría además?, si no se sabe valer, si sigue siendo un mozalbete a sus cuarenta y seis años.
– Ya…ya, pero… –titubeó el agente mientras recorría el libro de claves de arriba a abajo buscando significados ocultos en las palabras de su interlocutor.
– ¡Ni pero, ni pera! Si ya se lo digo yo: estudia, que una plaza en la diputación, aunque sea de interino, es algo para toda la vida. Mírame a mí, que llevo dado de alta en autónomos desde hace…
La conversación se cortó bruscamente, no por una amenaza del contraespionaje rival, sino por falta de cambio. El agente 007 y media enfiló la avenida subiéndose algo más el cuello de la gabardina. Pensaba en cuánto echaba de menos los viejos tiempos. Aquellos tiempos de telones de acero, de agentes dobles húngaras vestidas para matar, de píldoras escondidas en el hueco de una muela para utilizar en caso de que te apresaran. Ahora, se dedicaba al espionaje industrial de perfil bajo, manera ésta muy elegante para describir que se encontraba al servicio de una organización de empresarios del sofá que pretendían reventar los planes futuros de cierta cadena sueca. Miró el reloj y cayó en que hoy no lo había sincronizado con su compañero. ¡Hay que ver, tanta tecnología al servicio del espionaje y todos los relojes siguen atrasando!
De manera análoga a la de nuestra historia, la masa atlética sufre un síndrome claro de falta de comunicación. La afición no es capaz de aunar su voz a pesar de que todos pensamos que hace tiempo que hemos abandonado nuestro sitio natural. Esta incapacidad, lleva a enarbolar banderas accesorias y a plantear batallas internas de poco calado. Nos pasaremos el verano discrepando sobre si ése que viene tiene los papeles en regla. Sobre si el que se va ha sido malaconsejado por su suegro o es que es un mercenario de tomo y lomo. Sobre la idoneidad de un entrenador del que sospecha por conocido y por no tener gracia contando chistes verdes.
Igualmente, nos hemos pasado la temporada metidos en cuitas parecidas. Si yo pitaba a ese delantero de abdominal insultante, pues usted afeaba cada una de las acciones perpetradas por el sobrino del inventor de la rumba catalana. Si usted aplaudía a rabiar al del jersey ceñido cuando emulaba al Papa y doblaba la raspa para besar tierra atlética, pues yo no le hablaba en un rato y además retiraba eso de que a la salida le invitaba a un mosto en una terraza. Si yo pensaba que ese defensa fallón es un señor muy honrado pues usted abroncaba a aquel mediocentro porque seguro que esconde algo tras esa nariz tan prominente.
Esta división de opiniones nos distrae del auténtico problema. Estos árboles nos impiden ver el bosque. El caótico mensaje filtrado cala en un personal ocupado ahora en recelar de igual manera de los que han decidido no renovar su abono y de los que sí lo harán. Nos acusamos mutuamente de esquiroles o de colaboracionistas sin reparar en que tan respetable es una opción como otra. En que tan comprensible puede ser la opción del que está harto de ver en lo que nos hemos convertido como la del que se resiste a que la triste realidad le obligue a abandonar su casa, esa por la que hipotecó su corazón hace ya bastantes años.
Podemos pasar buenos ratos inventando tácticas, no entendiendo cambios, pidiendo titularidades de jugadores a los que adoptamos como nuestros preferidos, discutamos, sí, pero no olvidemos quién está detrás de los mensajes que recibimos. Quiénes son los que han construido este telón de acero de oscurantismo alrededor de nuestro equipo, quiénes no se ruborizan ante el hecho de que entrenadores, jugadores y hasta recogepelotas prefieran ejercer su ministerio en otros lugares antes que aquí. Quiénes son los que colocan estratégicamente escudos humanos con carga sentimental pero sin peso crítico en los estamentos de la sociedad, cada vez más anónima y menos deportiva. Tengámoslo siempre presente. Sincronicemos nuestros relojes, pongámoslos todos a la misma hora. Llevamos casi veinticinco años sin hacerlo.



