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lunes, 13 de junio de 2011

Espías, intrigas y mensajes que deben ser descifrados.


El agente 007 y media (permítanme mantener en el anonimato a nuestro protagonista en aras de su seguridad) se acercó dando un rodeo a la cabina desde donde iba a realizar la llamada. Le había costado encontrarla, la verdad ¿Se han parado ustedes a pensar en lo complicado que es encontrar un teléfono público en estos tiempos de tarjetas prepago y tarifas con nombre de delfín o morsa dentuda? Como siempre, llevaba el sombrero calado y los cuellos de la gabardina subidos, desoyendo así el consejo de su mujer sobre los treinta grados a la sombra que se iban a alcanzar hoy. Hay liturgias o deformaciones profesionales que no deben abandonarse así como así, por sanidad mental más que nada. Marcó el número, dejó sonar dos tonos y colgó. Dejó pasar el minuto acordado y volvió a marcar…

 –…otra vez a molestar en medio de la siesta ¿Sí? ¿Diga? –contestó una voz que mostraba poca gana de conspiración.

– ¿La línea es segura?

– ¿La línea? ¿No será usted el del ADSL? Porque en ese caso me gustaría discutir encendidamente qué significa para ustedes “autoinstalable” ¡Manda güevos! –se quejó el usuario de banda ancha enfatizando en la g de güevos, algo muy útil en caso de queja o reclamación.

– Pero…¿ha volado el pájaro del nido? –preguntó el agente desconcertado.

– ¿Pájaro? ¿Nido? Aquí el único pájaro que no se va del nido es mi Luiscar. Doce años de carrera por culpa de los planes de estudios nuevos y ahora cinco años opositando a la diputación provincial. Pero como estas cosas van a dedo, no lo veré yo irse de casa, no ¿Dónde iría además?, si no se sabe valer, si sigue siendo un mozalbete a sus cuarenta y seis años.

– Ya…ya, pero… –titubeó el agente mientras recorría el libro de claves de arriba a abajo buscando significados ocultos en las palabras de su interlocutor.

– ¡Ni pero, ni pera! Si ya se lo digo yo: estudia, que una plaza en la diputación, aunque sea de interino, es algo para toda la vida. Mírame a mí, que llevo dado de alta en autónomos desde hace…

La conversación se cortó bruscamente, no por una amenaza del contraespionaje rival, sino por falta de cambio. El agente 007 y media enfiló la avenida subiéndose algo más el cuello de la gabardina. Pensaba en cuánto echaba de menos los viejos tiempos. Aquellos tiempos de telones de acero, de agentes dobles húngaras vestidas para matar, de píldoras escondidas en el hueco de una muela para utilizar en caso de que te apresaran. Ahora, se dedicaba al espionaje industrial de perfil bajo, manera ésta muy elegante para describir que se encontraba al servicio de una organización de empresarios del sofá que pretendían reventar los planes futuros de cierta cadena sueca. Miró el reloj y cayó en que hoy no lo había sincronizado con su compañero. ¡Hay que ver, tanta tecnología al servicio del espionaje y todos los relojes siguen atrasando!

De manera análoga a la de nuestra historia, la masa atlética sufre un síndrome claro de falta de comunicación. La afición no es capaz de aunar su voz a pesar de que todos pensamos que hace tiempo que hemos abandonado nuestro sitio natural. Esta incapacidad, lleva a enarbolar banderas accesorias y a plantear batallas internas de poco calado. Nos pasaremos el verano discrepando sobre si ése que viene tiene los papeles en regla. Sobre si el que se va ha sido malaconsejado por su suegro o es que es un mercenario de tomo y lomo. Sobre la idoneidad de un entrenador del que sospecha por conocido y por no tener gracia contando chistes verdes.

Igualmente, nos hemos pasado la temporada metidos en cuitas parecidas. Si yo pitaba a ese delantero de abdominal insultante, pues usted afeaba cada una de las acciones perpetradas por el sobrino del inventor de la rumba catalana. Si usted aplaudía a rabiar al del jersey ceñido cuando emulaba al Papa y doblaba la raspa para besar tierra atlética, pues yo no le hablaba en un rato y además retiraba eso de que a la salida le invitaba a un mosto en una terraza. Si yo pensaba que ese defensa fallón es un señor muy honrado pues usted abroncaba a aquel mediocentro porque seguro que esconde algo tras esa nariz tan prominente.

Esta división de opiniones nos distrae del auténtico problema. Estos árboles nos impiden ver el bosque. El caótico mensaje filtrado cala en un personal ocupado ahora en recelar de igual manera de los que han decidido no renovar su abono y de los que sí lo harán. Nos acusamos mutuamente de esquiroles o de colaboracionistas sin reparar en que tan respetable es una opción como otra. En que tan comprensible puede ser la opción del que está harto de ver en lo que nos hemos convertido como la del que se resiste a que la triste realidad le obligue a abandonar su casa, esa por la que hipotecó su corazón hace ya bastantes años.

Podemos pasar buenos ratos inventando tácticas, no entendiendo cambios, pidiendo titularidades de jugadores a los que adoptamos como nuestros preferidos, discutamos, sí, pero no olvidemos quién está detrás de los mensajes que recibimos. Quiénes son los que han construido este telón de acero de oscurantismo alrededor de nuestro equipo, quiénes no se ruborizan ante el hecho de que entrenadores, jugadores y hasta recogepelotas prefieran ejercer su ministerio en otros lugares antes que aquí. Quiénes son los que colocan estratégicamente escudos humanos con carga sentimental pero sin peso crítico en los estamentos de la sociedad, cada vez más anónima y menos deportiva. Tengámoslo siempre presente. Sincronicemos nuestros relojes, pongámoslos todos a la misma hora. Llevamos casi veinticinco años sin hacerlo.

lunes, 11 de abril de 2011

Tenemos que hablar

–Tenemos que hablar –dijo sentándose a su lado en el sillón.

– Ya, ya… –dijo él sin apartar la mirada de la pantalla. Sin escuchar, como tantas veces hacía.
– ¡Escúchame por una vez! Esto es serio –dijo agarrando el mando y apagando la televisión.
– A ver… ¿Qué pasa ahora? ¿Me he vuelto a dejar la tapa del wáter levantada? –preguntó él incorporándose un poco y cambiando el mondadientes de lado de la boca con salero.
– No, no te voy a hablar sobre asuntos como tu tendencia a dejar bolas de pelo mayores que muchos mamíferos en el desagüe de la bañera. Es otra cosa. Es sobre nosotros. Esto ya no es lo mismo. Ya no es como antes. Creo que lo mejor es que me vaya.
– ¿Irte? Pero, pero, ¡si somos felices! ¿Cómo me haces esto? De ti no me lo esperaba –contraatacó haciéndose el ofendido.
– No te hagas ahora el mártir. Te lo he avisado muchas veces y no cambias. Siempre estás a tus cosas. Que si tus viajes a Miami, que si tus comidas con periodistas. Yo soy tu última prioridad, pero ya no es por ti, es por mí  –dijo con tristeza.
– No me creo que esto vaya a acabar. ¿No te acuerdas de lo del año pasado?
– Sí, siempre lo recordaré. Pero después de eso volvimos a la rutina. Volviste a prometerme cosas que luego no cumpliste. Traer un organizador, por ejemplo.
– ¿Y qué harás? ¿Dónde vas a ir? ¿Por qué no te quedas y lo intentamos arreglar? –ofreció buscando una última oportunidad.
– Ya es tarde. Además he conocido a alguien. Me voy con él a Sevilla. Él me valora y es un caballero de los que ya no queda, de esos que sale a la calle con sombrero calado cuando la ocasión lo requiere.
– Pero… ¿No hay vuelta atrás? –dijo poniendo ojos de perro abandonado, lo que tal vez explicara lo de los pelos anteriormente expuesto.
– No hay vuelta atrás. Me quedaré hasta el final de temporada pero voy a ir sacando mis cosas. Adiós Enrique…
– Adiós, Quique –dijo el mandatario con el corazón quebrándose a pedazos y el peluquín temblando de la emoción.
Cosas de la primavera, mis queridos lectores. Esa que reparte amores, desamores y alergias con arbitrariedad. Esa que altera la sangre de todos y  también de los atléticos. Los atléticos, esa especie cuya sangre siempre guarda un equilibrio perfecto entre los glóbulos rojos y blancos aunque se altere. Sangre que cumple a rajatabla la ley de las proporciones definidas de Proust en cuanto a la presencia de los dos tipos de glóbulos.
Todavía epatados por la filtración del anuncio de la no continuidad de nuestro técnico, se nos hizo domingo. Domingo de fútbol, además. Salieron los nuestros de casa antes de lo normal, todavía con la comida en la mesa, sin querer café, aunque fuera con hielo. Terminando de masticar en el descansillo las últimas fresas de la temporada, ya demasiado maduras. Salieron con prisa, tan precipitadamente que se dejaron algunos glóbulos en el cenicero de la mesilla donde se dejan las llaves. Algunos cogieron el coche, tal vez para vivir la intensa experiencia de aparcar cerca del Calderón. Otros cogieron el metro, pero se pasaron de parada conscientemente. No se apearon en Pirámides, no. Si alguien les preguntaba decían aquello de: “Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?” “También, yo también me bajo en Marqués de Vadillo”.

El partido más importante del domingo se jugaba a las cinco de la tarde. Cerca del Calderón, sí. Protagonizado por rojiblancos, también. Partido en el que se jugaban más de tres puntos, sin duda. Los actores principales del partido son unos aficionados como usted y como yo. Podría ser aquel. O el de más allá, ese que mira de reojo. Dos factores comunes les unen: el amor a unos colores y la preocupación por una situación que ya se alarga demasiado en el tiempo. Atléticos que miran atrás y ven que algo se ha quedado en el camino. Colchoneros que recuerdan un equipo que miraba de tú a tú a los mejores de Europa o colchoneros más jóvenes a los que se les ha contado. Algunos pretenden ensuciar sus motivos vistiéndolos con harapos de manipulación. Otros dicen que para qué, que son ganas de enredar. Que flaco favor le hacen al equipo. Que si tanto quieren a la entidad, por qué no pusieron dinero en su momento. Esos mismos silencian interesadamente que nadie puso dinero. Eso lo ha dicho una sentencia. Sin ejecutar por esos vericuetos entre los que la justicia acostumbra a agazaparse, pero sentencia al fin y al cabo que, aunque no llevada a efecto, sí debería servir para unir pareceres y barrer dudas.
Se juntaron para andar un trayecto no muy largo pero que simbólicamente recorría la enorme distancia entre el me da igual y el esto no puede seguir así. Cruzando un puente que conducirá a un futuro mejor. Hombro con hombro. Unidos, que es como mejor se lleva el camino. Pasándole el agua a una compañera cuando desfallece. Pasándole esa bebida isotónica a otro camarada que la rechaza educadamente aunque esté sudando más de la cuenta, por la aprensión que le produce ese color pitufo. Estuvieron muchos, ¿qué más dará cuantos? Seguro que cada uno de ellos llevaba en la mochila el corazón de muchos otros que no pudieron estar. Se ganó el partido. Se llevaron los tres o cinco o veinte puntos que se jugaban en el envite. Ganaron. Ganamos. Ganaremos.


Al terminar la concentración accedieron al estadio como de costumbre mientras guardaban el abono en la cartera, y notaron que llevaban en el bolsillo una cosa más. Una sensación de esas que tanto gustan a nuestro entrenador. La de la satisfacción del deber cumplido. Saludaron a sus vecinos de asiento. Se sentaron con la espalda más derecha de lo normal. Comentaron que Diego Costa parece otro. Se remangaron la camisa. Se alegraron por Filipe. Se sorprendieron con lo que había adelgazado el primo de Talavera siguiendo una dieta con nombre de portero del Steaua. Vieron a Reyes caminar por la cuerda floja de la línea de fondo tras hacer un gran surtido de fintas. Echaron cuentas de cuánto hacía que no rendía visita la Real al Calderón. Constataron que sí, que parece que Mario Suárez puede estar llamado a hacer grandes cosas en este equipo. Hicieron de tripas corazón para beber lo que quedaba de la bebida isotónica del color de la camiseta del Chelsea y así evitar un golpe de calor. Añoraron a Domínguez. No entendieron el mal gusto de algunos cánticos. Se abrazaron cuando Agüero dio otra nueva muestra del gran jugador que es. Salieron sonrientes. Se dirigieron hacia sus casas. Cenaron ligero. Maldijeron como cada lunes el sonido del despertador. Se agarraron como a un salvavidas a la máquina de café y entonces pasó por allí Sánchez.

– ¡Qué buena cara tenéis hoy los del Atleti, cómo os sientan las victorias!
– Sí Sánchez, ayer ganamos un partido muy importante.
– ¡Y jugando bien además! ¡Menudos goles!
– ¡Ah! Ese partido…Sí, sí ese también estuvo muy bien

domingo, 20 de marzo de 2011

Rutinas

(Segunda entrega de las aventuras de los protagonistas del anterior derby, sí, sí, los de la Plataforma)
Aprovechando la entrada triunfal de la primavera, Zacarías y Saturnina se acercaron paseando hacia el restaurante. Ésta vez iban a cambiar las rutinas de los días de derby, a ver si así el final era distinto. Hoy no habría cabida para las sobremesas en casa, las siestas sin pegar ojo por los nervios y el bocadillo de tortilla con pimientos. Hoy irían los dos al fútbol. A ver si entre los dos hacían la fuerza suficiente para cambiar la racha. Esa racha que mantenía a su hijo aislado en el Atlántico Norte por una cabezonería.
Miraron el menú, pero decidieron comer de carta sabedores de que los precios de los menús de fin de semana experimentan un crecimiento geométrico al ser multiplicados por una constante de parecida magnitud a la que nos deja con los pies pegados al suelo, ésa que nos atrae hacia el batacazo de manera inexorable cuando resbala la pata de la escalera a la que nos encaramamos para colgar la foto del nuevo sobrino.
– ¿Qué pedimos? ¿Primero y segundo o algo para picar y un segundo? –se decidió por fin Saturnina a plantear la pregunta del millón que debe formularse en toda comida fuera de casa.
– Mejor primero y segundo, ¿vale? –propuso el homenajeado padre de familia dispuesto a cambiar rutinas pero no hasta el punto de renunciar a un plato de cuchara.
Él pidió sopa castellana, ella ensalada tras un encendido debate sobre en qué momento una menestra pasa a ser panaché de verduras. Después, cochinillo para los dos y una botella de crianza. Así daba gusto, comida casera pero bien hecha. Nada que ver con esos nuevos sitios en los que camareros de camisa negra brillante ejercen de traductores de platos definidos por cinco o seis palabras. Sitios en los que la ensalada en vez de ser fresca es tibia. Eso no era para ellos. También tomaron el primer helado de la temporada, café y un pacharán para cada uno, que no era día para volver a la infelicidad que emana de los descafeinados de sobre, las sacarinas y las cervezas sin alcohol.
Tras una larga sobremesa se acercaron a la sala de baile. Allí, danzaron durante dos horas casi todas las piezas sin pensar en dolores de espalda y antiinflamatorios. Allí, Zacarías le dijo a su mujer lo guapa que estaba con la blusa nueva, ella devolvió el cumplido reconociendo lo bien que le seguía quedando el traje pese a los demasiados años de uso. Zacarías se arregló satisfecho el nudo de la corbata y pasó inconscientemente el dedo por la solapa en la que brillaba la insignia del Atleti. La que siempre se ponía en días de partido. La que compró con unos ahorrillos. A pesar de los años que llevaba de socio, él se la tuvo que comprar, no como otros. Quizás por no tener apellidos complicados. Quizás por no ser político. Quizás por no ser de ese otro equipo de la ciudad.
Salieron a la calle agotados pero felices y enfilaron el camino del estadio. Iban despacio, tenían tiempo de sobra. Se demoraban más de la cuenta ante cada escaparate, sorprendidos por estos tiempos de liquidación y saldo.
– Tenemos que repetirlo más a menudo, ¿eh? –dijo ilusionada ella.
– Sí –admitió él–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

Nuestros protagonistas se acomodaron en sus asientos y pasearon la vista por el menú que ofrecía la noche: De primero, un equipo conocido que repetía alineación. De segundo, una afición rebozada de ilusión que nunca falla, que nunca necesita disfrazar con salsa una posible falta de frescura. De postre, el palco. ¡Qué les voy a contar yo del palco que no sepan ustedes! El reputado productor cinematográfico dice que está deseando que termine la temporada, que se le está haciendo larga. El problema es que después de ésta, vendrá otra de panga a precio de rodaballo salvaje. Y sí, a la afición también se le está haciendo larga, pero es una más de las veintitantas de mediocridad que llevamos soportando. Eso sí que se nos hace largo.
Como seguro que ustedes ya habrán oído y leído muchos análisis postpartido de sesudos expertos, permítanme centrar mis reflexiones en solo unos pocos de los protagonistas.
El novio de Sara Carbonero: Probablemente el único del equipo rival que admitiríamos en nuestra mesa a la hora de comer. Probablemente el más desequilibrante en el partido de ayer. Un portero que ayer apartó de los focos a ese luso que padece síndrome de piernas inquietas. Grandes intervenciones teñidas de normalidad. Comida casera, sin artificios. A su lado, un equipo que ha hecho de la crispación y la villanía sus señas de identidad. Muchos nos preguntamos cómo es posible que un equipo con una superioridad técnica evidente encare el partido con mucha más agresividad que el nuestro. Cómo es posible que en los primeros minutos el jugador que luce el número diez en un desprecio claro de las tradiciones y la historia del fútbol haga más faltas que todo nuestro equipo en la primera parte. Cómo es posible que el maitre y juez de la contienda lo deje sin castigo. Mención aparte merece también un centrocampista excompañero de Torres en Liverpool, un jugador que antes nos caía bien pero que ahora ha interiorizado la grandeza del club que le paga y lo expresa a base de repartir señorío en las espinillas de los rivales. Se quejaba durante la semana ese hombre del Renacimiento que es el hermano de René Ramos de que a los campeones del mundo de su equipo no se los quiere como a los del otro equipo candidato, que será un problema de envidia. Y nosotros, que ya no somos candidatos desde hace tiempo por obra y gracia de nuestros dirigentes, pero sí tenemos memoria, intentamos recordar sin éxito un encuentro en el que otros jugadores a los que se suele aplaudir hayan medido las tibias de los rivales como lo ha hecho el de Tolosa en los últimos partidos que hemos jugado contra el equipo del ser superior. Será la envidia.
Kun Agüero: Ayer (y van…), volvió a intentarlo todo. Fue el que creyó, el que metió algo de miedo en el rival. Fue el entrante, fue el plato principal y la tarta helada. Fue el camarero de Vacaciones en el Mar, dando servicio él solo a todo un barco. Fue el que salió perdedor en varios mano a mano con el personaje del anterior párrafo. Fue en el que cada vez más se detecta la desesperación por no ser acompañado. Fue el que esperaba algo más de sus compañeros de turno, perezosos anoche a la hora de servir mesas. Fue el que bajó la mirada al suelo cuando se constató que la defensa tomaba forma de ensalada tibia sobre lecho de dudas. Fue el que lucha contra lo light, el que quiere poner sobre y medio de azúcar en el café. El que no se preocupa de ácidos úricos y transaminasas, en el que empieza y acaba todo. El que tiene que ocuparse de doblar los manteles y de echar la sal al guiso. Y se le ve cansado, no sólo físicamente. Muchos parroquianos piensan que está llegando al mismo nivel de hartura al que llegó en su día el Niño. Muchos piensan que ese hartazgo más el empujón que el palco dará en un nuevo intento de recaudar fondos dedicados a la adquisición de insignias que imponer a simpatizantes de rivales, pueden precipitar su salida este verano. Será una pena. Será como comerse un pescado hervido sin sal mientras te llega el aroma del buey a la piedra de la mesa de al lado. Será que debería habérsele rodeado de otros ingredientes. Será que no cuela más eso de llamar emulsión de hortalizas seleccionadas al aroma de vinagre y fruto del olivo a un simple gazpacho.
Saturnina y Zacarías enfilaron la cuesta de su casa con una enorme luna de silenciosa acompañante. Caminaban despacio, en parte por el cansancio del largo día y en parte por la derrota. A partir de mañana deberían volver a las verduras rehogadas y al pollo a la plancha, a las rutinas. Ésas rutinas que el equipo de sus amores no había sido capaz de abandonar. Aún así, caminaban cogidos de la mano. Como uno solo. Tristes pero acompañados. Como siempre lo habían estado desde hace ya tantos años. Al llegar a la puerta de casa, Zacarías intuyó que algo no iba como debía. El felpudo estaba movido y la puerta estaba cerrada sin las dos vueltas de llave que él metódicamente siempre daba. Se adentraron en el pasillo con prevención y vieron la luz encendida en el cuarto de su hijo. Se asomaron con el corazón latiendo muy fuerte, con ese latido familiar que años atrás notaban regularmente en sus visitas al Calderón pero que ahora se presentaba casi como un desconocido. Y allí estaba su hijo, el que trabajaba en la plataforma. Había vuelto para quedarse olvidando apuestas ridículas.
– Sí –dijo Zacarías hijo–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.