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miércoles, 4 de julio de 2012

De electrodomésticos, Eurocopas y visiones de la vida


Si alguno de ustedes decide algún día adentrarse en el local de Electrodomésticos Telesforo Sumideros, hijos y alguna sobrina, lo primero que notarán será un ambiente pesado, un aire casi irrespirable. La tienda huele a solera, a polvo depositado sobre los muebles con la connivencia del tiempo pero sin que medie dejadez. Muchos de los que entraron alguna vez incluso dijeron que les pareció que durante su visita a la tienda, las manecillas del reloj avanzaban más despacio, como si nadaran a contracorriente en esa atmósfera densa que ahoga los pocos rayos de sol que osan traspasar el filtro del escaparate. Cuando vayan, seguro que verán a Telesforo hijo, Telesforín para los más cercanos, sumido en cavilaciones con su eterna cara de hastío. Siempre amargado, siempre maldiciendo por lo bajo el haber accedido a continuar con el negocio como prometió a su padre en el lecho de muerte. También observarán que un individuo con un guardapolvo de esos de un color azul desvaído por los años y los lavados no para de revolotear industriosamente entre el género repartiendo manotazos. Ese es Crisálido, único y más veterano empleado de la empresa y parte sustancial de la herencia que Don Telesforo padre legó a Telesforín.

– El negocio te lo dejo a ti, hijo mío, pero a Crisálido me lo respetas a pesar de sus cosas –dispuso el fundador de la compañía como condición innegociable.

Mil veces se había arrepentido Telesforín de rendir banderas en ese punto. Mil veces despidió fulminantemente a Crisálido tras una de las suyas para ver como al día siguiente se volvía a presentar como si nada a las nueve de la mañana. Daba igual que el motivo del despido fuera tan indiscutiblemente justo como cuando echó con cajas destempladas a los repartidores que venían a traer las primeras pantallas planas. “Muy señores míos, las televisiones, como las damiselas, deben gran parte de su encanto a las curvas. Y si son en la parte trasera, aún mucho mejor”, añadió mientras blandía un ventilador rotatorio de pie para espantar a los sorprendidos operarios. Nunca había traspasado el umbral del local una pantalla llena de estrecheces, como decía él. Nunca se puso a la venta tampoco una consola de nueva generación llena de gigas, ni un robot de cocina rápida…

– La cocina requiere tiempo, Señor Sumideros ¿Podemos ser tan irreverentes como para pretender acelerar los tiempos de un sofrito de cebolla y ajo, base de la pirámide alimenticia y gustativa patria? Usted verá lo que hace, pero si busca mi complicidad comercial ante esa blasfemia temporal y culinaria no puedo menos que declararme objetor de conciencia…




Si ustedes se acercan al negocio un día como el de hoy, repararán en que Telesforo hijo, es decir Telesforín, anda más preocupado que de costumbre. El motivo de su quebranto es nada más y nada menos la victoria en la Eurocopa de la selección. Su intuición y el viejo manual de marketing agresivo que guardaba de sus años como estudiante por correspondencia, le habían empujado a ofertar, lo mismo que hicieron en situaciones análogas otras cadenas del aparato enchufable, la devolución del importe de los televisores comprados durante el evento siempre que la Roja saliera vencedora en el envite. Nada de ello le había comunicado a su asalariado, convencido como estaba de que ese anuncio solo le reportaría quebraderos de cabeza y enconadas discusiones. Eso sí, las señales y las conversaciones furtivas oídas casi sin querer entre su particular empleado y los vecinos que se acercaban a echar la tarde a la trastienda parecieron atisbar un alineamiento, aunque fuera fortuito, entre su estrategia comercial y los criterios de Crisálido. No pocas veces lanzó éste el periódico por la ventana con ademán contrariado tras leer alineaciones y planteamientos con los que el combinado nacional abordaba los duelos. En varias ocasiones le oyó maldecir esa veleidosa moda de los falsos nueves e incluso desestimar invitaciones a un cocido en la taberna de al lado si el convidante no abjuraba por escrito de su opinión de que el doble pivote Busquets-Alonso otorgaba empaque al juego.

Comercialmente, la medida tomada por Telesforín había arrojado unos incontestables beneficios. Tres televisores, tres, se habían vendido en las últimas semanas. Nada menos que una subida del trescientos por cien en los gráficos empresariales, dato éste nada desdeñable cuando de un negocio que expende televisiones que llevan en stock desde el mundial de México 86 se trata. La victoria patria iba a dejar el balance en cueros. Los usuales números rojos, se tornarían más encarnados que de costumbre. Aún así, lo que más dolía al propietario es tener que reconocer ante Crisálido el fracaso contable de la idea. El no triunfo de la modernidad, como decía siempre aquel cuando pontificaba ante la audiencia compradora que no se podía confiar en un aparato eléctrico que no mejorara en sus prestaciones con un cachete, como pasaba con las radios antiguas.

No tuvo más remedio el patrón que coger al toro por los cuernos y plantear la cuestión a su contumaz empleado. Crisálido iba ensanchando la sonrisa a medida que Telesforín desgranaba el balance. Le dejó hacer saboreando el momento. Pareciendo alargar esos segundos que en el local son casi minutos…

– ¡No sé de qué te extrañas y qué te parece tan gracioso! –añadió el ideólogo de la campaña–. ¡Anda que no te he oído refunfuñar sobre el Marqués, sobre el estilo de juego y hasta sobre las desafortunadas medias de Casillas! ¡Ni tú mismo confiabas en repetir éxito!

– Mire señor Sumideros, lo que yo opine o no es cuestión muy mía, que para eso asumo que un esteta como yo no tiene cabida en este mundo de tiburones financieros y entrenadores resultadistas. Lo de la Roja no es tanto una cuestión de delanteros mentirosos u honrados ni de que haya cabida para laterales con carencias estructurales a la hora de realizar un control como Dios manda. La cuestión es que el talento emerge casi siempre por mucho que queramos acotarlo y ponerle puertas o cerrojos Fac con tres vueltas de llave. Servidor no ha dudado de las posibilidades de los nuestros a la hora de conseguir objetivos, sino del camino elegido para llegar a ellos. Hoy o mañana, algunos ventajistas pasarán por aquí para acusar recibo a toro pasado. Para hincarse de hinojos ante el fin y despreciar los medios. Aquí les recibiré gustoso…

La impotencia de no doblegar la voluntad de Crisálido reconcomía a Telesforín pero calló, en parte por atenuar las ganas de despedirlo de nuevo que le estaban entrando y en parte porque había entendido un muy pequeño porcentaje del discurso de ese filósofo de los tubos de imagen que compartía espacio vital con él. Siguieron cada uno a sus cosas, pocas la verdad. El uno inundado de aburrimiento y desazón y el otro repartiendo cachetadas de mantenimiento entre los aparatos de la tienda. Solo antes de echar el cierre metálico, Crisálido, como corolario, apuntó una frase que Telesforo hijo no acabó de comprender, una vez más…

– Además, puestos a apostar, no apueste usted nunca en contra de un equipo en el que juegue el nueve. El de las pecas y el pelo rubio. Ese, ese siempre suele ganar…

Si alguno de ustedes decide algún día adentrarse en el local de Electrodomésticos Telesforo Sumideros, hijos y alguna sobrina, probablemente el ambiente denso y la atmósfera cargada les aconseje dar media vuelta y salir de nuevo a la calle. No lo hagan. Quédense un rato y conversen con Crisálido…y ya puestos, le dicen de mi parte que aquí hay uno que comparte su visión de la vida, sobre todo en lo futbolístico. Y en ciertos puntos de lo tecnológico, también…

domingo, 20 de marzo de 2011

Rutinas

(Segunda entrega de las aventuras de los protagonistas del anterior derby, sí, sí, los de la Plataforma)
Aprovechando la entrada triunfal de la primavera, Zacarías y Saturnina se acercaron paseando hacia el restaurante. Ésta vez iban a cambiar las rutinas de los días de derby, a ver si así el final era distinto. Hoy no habría cabida para las sobremesas en casa, las siestas sin pegar ojo por los nervios y el bocadillo de tortilla con pimientos. Hoy irían los dos al fútbol. A ver si entre los dos hacían la fuerza suficiente para cambiar la racha. Esa racha que mantenía a su hijo aislado en el Atlántico Norte por una cabezonería.
Miraron el menú, pero decidieron comer de carta sabedores de que los precios de los menús de fin de semana experimentan un crecimiento geométrico al ser multiplicados por una constante de parecida magnitud a la que nos deja con los pies pegados al suelo, ésa que nos atrae hacia el batacazo de manera inexorable cuando resbala la pata de la escalera a la que nos encaramamos para colgar la foto del nuevo sobrino.
– ¿Qué pedimos? ¿Primero y segundo o algo para picar y un segundo? –se decidió por fin Saturnina a plantear la pregunta del millón que debe formularse en toda comida fuera de casa.
– Mejor primero y segundo, ¿vale? –propuso el homenajeado padre de familia dispuesto a cambiar rutinas pero no hasta el punto de renunciar a un plato de cuchara.
Él pidió sopa castellana, ella ensalada tras un encendido debate sobre en qué momento una menestra pasa a ser panaché de verduras. Después, cochinillo para los dos y una botella de crianza. Así daba gusto, comida casera pero bien hecha. Nada que ver con esos nuevos sitios en los que camareros de camisa negra brillante ejercen de traductores de platos definidos por cinco o seis palabras. Sitios en los que la ensalada en vez de ser fresca es tibia. Eso no era para ellos. También tomaron el primer helado de la temporada, café y un pacharán para cada uno, que no era día para volver a la infelicidad que emana de los descafeinados de sobre, las sacarinas y las cervezas sin alcohol.
Tras una larga sobremesa se acercaron a la sala de baile. Allí, danzaron durante dos horas casi todas las piezas sin pensar en dolores de espalda y antiinflamatorios. Allí, Zacarías le dijo a su mujer lo guapa que estaba con la blusa nueva, ella devolvió el cumplido reconociendo lo bien que le seguía quedando el traje pese a los demasiados años de uso. Zacarías se arregló satisfecho el nudo de la corbata y pasó inconscientemente el dedo por la solapa en la que brillaba la insignia del Atleti. La que siempre se ponía en días de partido. La que compró con unos ahorrillos. A pesar de los años que llevaba de socio, él se la tuvo que comprar, no como otros. Quizás por no tener apellidos complicados. Quizás por no ser político. Quizás por no ser de ese otro equipo de la ciudad.
Salieron a la calle agotados pero felices y enfilaron el camino del estadio. Iban despacio, tenían tiempo de sobra. Se demoraban más de la cuenta ante cada escaparate, sorprendidos por estos tiempos de liquidación y saldo.
– Tenemos que repetirlo más a menudo, ¿eh? –dijo ilusionada ella.
– Sí –admitió él–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

Nuestros protagonistas se acomodaron en sus asientos y pasearon la vista por el menú que ofrecía la noche: De primero, un equipo conocido que repetía alineación. De segundo, una afición rebozada de ilusión que nunca falla, que nunca necesita disfrazar con salsa una posible falta de frescura. De postre, el palco. ¡Qué les voy a contar yo del palco que no sepan ustedes! El reputado productor cinematográfico dice que está deseando que termine la temporada, que se le está haciendo larga. El problema es que después de ésta, vendrá otra de panga a precio de rodaballo salvaje. Y sí, a la afición también se le está haciendo larga, pero es una más de las veintitantas de mediocridad que llevamos soportando. Eso sí que se nos hace largo.
Como seguro que ustedes ya habrán oído y leído muchos análisis postpartido de sesudos expertos, permítanme centrar mis reflexiones en solo unos pocos de los protagonistas.
El novio de Sara Carbonero: Probablemente el único del equipo rival que admitiríamos en nuestra mesa a la hora de comer. Probablemente el más desequilibrante en el partido de ayer. Un portero que ayer apartó de los focos a ese luso que padece síndrome de piernas inquietas. Grandes intervenciones teñidas de normalidad. Comida casera, sin artificios. A su lado, un equipo que ha hecho de la crispación y la villanía sus señas de identidad. Muchos nos preguntamos cómo es posible que un equipo con una superioridad técnica evidente encare el partido con mucha más agresividad que el nuestro. Cómo es posible que en los primeros minutos el jugador que luce el número diez en un desprecio claro de las tradiciones y la historia del fútbol haga más faltas que todo nuestro equipo en la primera parte. Cómo es posible que el maitre y juez de la contienda lo deje sin castigo. Mención aparte merece también un centrocampista excompañero de Torres en Liverpool, un jugador que antes nos caía bien pero que ahora ha interiorizado la grandeza del club que le paga y lo expresa a base de repartir señorío en las espinillas de los rivales. Se quejaba durante la semana ese hombre del Renacimiento que es el hermano de René Ramos de que a los campeones del mundo de su equipo no se los quiere como a los del otro equipo candidato, que será un problema de envidia. Y nosotros, que ya no somos candidatos desde hace tiempo por obra y gracia de nuestros dirigentes, pero sí tenemos memoria, intentamos recordar sin éxito un encuentro en el que otros jugadores a los que se suele aplaudir hayan medido las tibias de los rivales como lo ha hecho el de Tolosa en los últimos partidos que hemos jugado contra el equipo del ser superior. Será la envidia.
Kun Agüero: Ayer (y van…), volvió a intentarlo todo. Fue el que creyó, el que metió algo de miedo en el rival. Fue el entrante, fue el plato principal y la tarta helada. Fue el camarero de Vacaciones en el Mar, dando servicio él solo a todo un barco. Fue el que salió perdedor en varios mano a mano con el personaje del anterior párrafo. Fue en el que cada vez más se detecta la desesperación por no ser acompañado. Fue el que esperaba algo más de sus compañeros de turno, perezosos anoche a la hora de servir mesas. Fue el que bajó la mirada al suelo cuando se constató que la defensa tomaba forma de ensalada tibia sobre lecho de dudas. Fue el que lucha contra lo light, el que quiere poner sobre y medio de azúcar en el café. El que no se preocupa de ácidos úricos y transaminasas, en el que empieza y acaba todo. El que tiene que ocuparse de doblar los manteles y de echar la sal al guiso. Y se le ve cansado, no sólo físicamente. Muchos parroquianos piensan que está llegando al mismo nivel de hartura al que llegó en su día el Niño. Muchos piensan que ese hartazgo más el empujón que el palco dará en un nuevo intento de recaudar fondos dedicados a la adquisición de insignias que imponer a simpatizantes de rivales, pueden precipitar su salida este verano. Será una pena. Será como comerse un pescado hervido sin sal mientras te llega el aroma del buey a la piedra de la mesa de al lado. Será que debería habérsele rodeado de otros ingredientes. Será que no cuela más eso de llamar emulsión de hortalizas seleccionadas al aroma de vinagre y fruto del olivo a un simple gazpacho.
Saturnina y Zacarías enfilaron la cuesta de su casa con una enorme luna de silenciosa acompañante. Caminaban despacio, en parte por el cansancio del largo día y en parte por la derrota. A partir de mañana deberían volver a las verduras rehogadas y al pollo a la plancha, a las rutinas. Ésas rutinas que el equipo de sus amores no había sido capaz de abandonar. Aún así, caminaban cogidos de la mano. Como uno solo. Tristes pero acompañados. Como siempre lo habían estado desde hace ya tantos años. Al llegar a la puerta de casa, Zacarías intuyó que algo no iba como debía. El felpudo estaba movido y la puerta estaba cerrada sin las dos vueltas de llave que él metódicamente siempre daba. Se adentraron en el pasillo con prevención y vieron la luz encendida en el cuarto de su hijo. Se asomaron con el corazón latiendo muy fuerte, con ese latido familiar que años atrás notaban regularmente en sus visitas al Calderón pero que ahora se presentaba casi como un desconocido. Y allí estaba su hijo, el que trabajaba en la plataforma. Había vuelto para quedarse olvidando apuestas ridículas.
– Sí –dijo Zacarías hijo–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.