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jueves, 10 de noviembre de 2011

Canteras, dificultades y comisiones

Virgilio es un pequeño gran jugador de los que habitan en la cantera del Club Atlético de Madrid Sociedad Anónima Deportiva. Él no sabe de apropiaciones indebidas ni de cooperaciones necesarias, él solo sabe de gambetear por la banda derecha y de dejarse literalmente la piel del trasero y del alto muslo en los campos de tierra o de césped artificial en los que disputa sus partidos el Cadete E rojiblanco.

Desde ya hace algunos años, acude a entrenar con disposición tres veces por semana para alimentar el sueño que tiene desde que casi no levantaba un palmo del suelo. Ha ido escalando peldaño a peldaño una escarpada montaña de sueños en la que sus compañeros también son sus competidores por ganarse el puesto, seguir formándose en la cantera colchonera y, quién sabe, a lo mejor algún día llegar al primer equipo y sentir cómo debe ser eso tan especial de que un estadio entregado coree tu nombre.



A medida que se va haciendo mayor, también repara en la dificultad añadida que tienen los chavales de la cantera para llegar al fin que les relataba más arriba. Sigue manteniendo intacta la ilusión, por supuesto, pero ya no le parece tan pesado eso de tener que estudiar para sacar buenas notas, que nunca se sabe. Virgilio no acaba de entender cómo se pudo vender a De Gea, cómo es que Joel ha visto cerrado su paso por un portero muy bueno pero que se encuentra aquí de paso. Tampoco llega a comprender qué pasó con Keko y su no renovación a pesar de ser una de las promesas más firmes de la cantera española. Le cuesta asumir el rol de Koke en el equipo, cada vez más secundario a pesar de que nunca defraudó las expectativas depositadas y se pregunta por qué hubo algunos que dudaron y siguen dudando de Domínguez. Se pregunta muchas cosas, tal vez demasiadas. Tal vez solo sea un adolescente lleno de dudas como los demás.

Lo que no sabe Virgilio es que nosotros tenemos las mismas dudas que él a pesar de que ya casi no nos acordamos de cuando éramos adolescentes. Tenemos también la duda de si Virgilio tendría más oportunidades si en vez de ser de Madrid fuera de Cascais o si en vez de que fuera su padre el que le acerca a los entrenamientos se buscara un representante de traje impecable y moral relajada. Uno mira a esos campos de entrenamiento donde habita el fútbol puro y le parece encomiable la entrega de los chavales sabiendo lo difícil que lo tienen. Uno piensa que no lo deberían tener tanto. Cuidando a los Virgilios de hoy tendremos un equipo identificado e identificable mañana. Claro que a lo mejor no queremos gente que se deje el trasero al lanzarse a la hierba para tapar un disparo rival, a lo mejor lo que queremos es jugadores que dejen unos euros limpios a base de comisiones. Vayan ustedes a saber.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De charcuterías, chacinas y chopped...mucho chopped

Baldomero se incorporó de la cama mecánicamente. Con ese aturdimiento que dan las siestas de pijama y sudores. Esas siestas que se mastican. Esas reservadas para los fines de semana o para las tardes de jornadas intensivas y demarrajes en etapas pirenaicas. No andaba muy sobrado de tiempo antes de que cerrasen. Después de acicalarse, debía pasar por la charcutería del mercado situado enfrente de su casa. Su descuido mantenía al frigorífico en un despoblamiento espartano, pero no por ello iba a renunciar al bocadillo acostumbrado para cenar. Nada de barritas sustitutivas ni de ensaladas para llevar. Todo el mal que pudiera ocasionar esta liturgia a sus arterias se paliaba con creces gracias al ritmo que se imponía para vencer las interminables cuestas que salpicaban el camino de vuelta hacia su casa desde el trabajo. 

Llevaba más de cuarenta años aprovisionándose en el mismo lugar. Volvía por costumbre, simple y llanamente. El antiguo puesto al que era difícil superar en cuanto a calidad del género había decaído con el paso del tiempo. Ése que fuera un templo donde algunos iniciados probaron aquel jamón en el que apartar la grasa era pecado mortal, se había convertido en un melancólico lugar casi borrado del mapa por el crecimiento de dos grandes superficies construidas en sus cercanías. Tampoco había ayudado en nada el dueño que se hizo cargo del local hace ya casi veinticinco años en una operación oscura. Paulatinamente había dejado de traer esas viandas recordadas como antológicas: ese salchichón que rezumaba en la bandeja el rastro de su esencia, ese chorizo recio que se retraía al contacto con la lengua, la sobrasada de color casi granate que dejaba un agradable picor en el paladar. 



Todo eso había pasado. Ahora, el derivado del cerdo perdía diariamente batallas ante el avance de los embutidos de pavo. Ahora, el local se había erigido en uno de los más firmes defensores del chopped en todas sus variedades: chopped traído de Portugal, chopped de carne sospechosa a precios impopulares, chopped como eje de la dieta. Aún así, los clientes seguían acudiendo, llamados por inercia, por fidelidad a recuerdos grabados por sus papilas, por amor a una causa casi perdida. De vez en cuando algo les hacía recordar la antigua grandeza. Una partida barata pero resultona de chacinas, un regusto a sabores perdidos.

Otro aspecto que merecía la pena destacar es lo poco que duraban los empleados en la charcutería. Baldomero se acordó del inseparable ayudante del antiguo dueño, un señor de bigote poblado y delantal aderezado con pimentón que fue testigo de su infancia y adolescencia hasta que se prejubiló por las bravas como consecuencia de la llegada de los actuales gestores. Ahora ya no pasaba eso. En la actualidad, la charcutería parecía más una ETT o una agencia de compra y venta de nuevos talentos del fiambre que lo que debería ser, un monumento conmemorativo al tratamiento de las carnes del cochino. Recordaba nuestro protagonista ya con lejanía a dos de los últimos aprendices que habían prestado sus servicios en el puesto. Uno, bajito, habilidoso y con rasgos medio indios. Otro, espigado, algo enjuto y de un pelo rubio alborotado. A ambos les había cogido mucho cariño. Tenían talento, sí señor. Había que ver cómo manejaban el corte: fino si se terciaba o más gordo si el usuario gustaba de un bocado más contundente. Y nada de máquinas loncheadoras, no. Cuchillo en mano desplegaban su genialidad. Cortando chopped, por supuesto, pero de manera exquisita.

Llegó un día en el que no aparecieron más por el puesto. Se marcharon. Uno, con muy malos modos, otro, de manera silenciosa y casi furtiva. Unos dicen que la causa fue el aburrimiento, otros dicen que fueron empujados a marcharse. Cuando alguna señora le afeaba al dueño la calidad y el corte de las lascas de lacón despachadas, el dueño se escudaba en que no es que el lacón fuera malo, es que los aprendices perdían el amor por el trato al público. Siempre acababa su perorata con un convencido: “Es que ya sabe, Doña Angustias, los aprendices de charcutería despachan donde quieren”. Será por eso, pensaba la clientela. Seguro que era un problema de poco compromiso de la juventud ante su primer empleo, decía la concurrencia cuando veían salir del garaje al dueño con un flamante descapotable.

El puesto sigue abierto. Probablemente seguirá funcionando algunos años más. Varios aprendices nuevos han llegado o llegarán para sustituir a aquellos que se marcharon. Alguno tal vez pueda hacer olvidar aquellos cortes. O no, vayan ustedes a saber. Dará igual, porque la fiel clientela seguirá acudiendo una o dos veces por semana a ese puesto que hace esquina en el mercado. El dueño explicará con voz queda lo que la sociedad charcutera ha crecido desde que él se hizo cargo de ella. Hablará sobre un futuro traslado a un puesto mayor en otro mercado que será mucho mejor para el comprador. Hablará, explicará y hasta sacará unos libros de cuentas medio emborronadas para justificarse, pero seguirá vendiendo chopped por más que quiera disfrazarlo, pensó Baldomero mientras metía la llave en la cerradura del portal de la finca.

viernes, 1 de julio de 2011

Romance sobre el estado de la nación atlética



Todo empezó con Agüero.
y su intención de marchar.
Se ha portado regular,
si quieren que sea sincero.
“¿Será solo por dinero?”
se pregunta la afición,
otros le llaman cabrón,
entre ellos, mi frutero.


¿Mal aconsejado? Puede.
¿Se precipitó? Seguro.
Merece epíteto duro.
Lo que hizo, hízolo adrede.
Difícil se desenrede
tamaña cuestión dolosa.
¡Cómo estará ya la cosa,
que hasta cuentan que se quede!


Habrá que mirar a quien
fijó su precio a la baja.
Solo importa el hacer caja
¿Al juego? Pues que le den.
¿Al sentimiento? También.
Nuestro ilustre mandatario
le tilda de mercenario
con mirada de desdén.


Ahora se marcha De Gea
siguiendo con el escape.
Ni con sábana que tape,
cambia la cosa, muy fea.
Vendemos más que el Ikea,
si fuéramos lotería
para el rival, alegría,
para casa, ni pedrea.


Mientras tanto el presidente
ahora ejerce de mudito.
Ya no habla, pobrecito,
si no hay micrófono enfrente.
Con este cambio aparente,
su chiste es más reflexivo.
Si es de lo deportivo,
ya habrá otro que lo cuente.


Entre los chistes de ahora,
destaca la autoentrevista.
Consejero periodista
se enfrenta a su grabadora.
Acabó con: “Ya es la hora”,
cuando, enfrente del espejo,
le apeteció un salmorejo
a su excelencia gestora.


Si poseen esa osadía
ojeen ustedes la prensa
ni aunque sea de la tensa
tenemos de calma un día.
Aquí todo el mundo pía,
se supera el sobresalto,
aún con el listón tan alto.
El listón de felonía.


Solo como colofón,
a la audiencia le reitero
de mis versos el primero,
pero con aclaración.
Como dice mi frutero,
con ese tono faltón:
¡Hace falta ser cabrón!
Y el único no es Agüero.

lunes, 27 de junio de 2011

Volverá

Los fines de temporada sirven para hacer balances. Balances que, desde hace un tiempo, se plasman en los libros de cuentas de manera muy diferente a la de tiempos pretéritos. El sector de la ingeniería financiera más o menos aprovechada, ha experimentado cambios estructurales en su aplicación a las sociedades anónimas deportivas. En la actualidad, se rellenan filas de excel de números que portan una estela de más o menos decimales y se suman, restan o promedian esas cantidades añadiendo el maquillaje necesario para que el dato final se parezca a lo que se quiere. Así, los contables se han tenido que operar la miopía, se han puesto una camiseta escotada de esas que llevan los hombres modernos y se han depilado el pecho, dejando atrás su tradicional imagen de chaqueta de tweed con los codos rozados y esa mirada escrutadora que aparecía por encima de las gafas de cristales profundos. Además, han recibido una formación que les ha reciclado en expertos en imagen y tendencias, para que, allí donde antes había un signo negativo después de una transacción mercantil, ahora aparezca un apunte con efecto pestaña postiza. Hemos pasado de llevarnos las manos a la cabeza ante el excesivo pago por ese fichaje que no llegó a debutar a ver el importe abonado con otros ojos, será porque el importe lleva una base muy natural en tonos camel y una sombra con reminiscencias a arenas del Sahara.  

No solo se puede hacer lo mismo con los importes, se puede hacer con más números, con posiciones en una tabla por ejemplo. Se puede elegir el periodo a conveniencia, cortar, pegar y filtrar por donde apetece a uno y así soltar sin pudor que, mirando las clasificaciones, estamos ante un periodo triunfal. También con las transacciones mercantiles se pueden adoptar estas prácticas, no crean. Vendo al que parece un cantante de rock, al otro y a aquel de más allá, el espigado de la cara pecosa. Compro a ese, me ceden a un individuo de pelo ensortijado y me regalan a un mediapunta a punto de explotar por la compra de tres botellas de aceite de colza virgen extra. Sumo todo, comparo los números, le quito lo destinado al impuesto revolucionario que exigen los agentes y le echo cara. Mucha y dura.

Como uno no pretende que se hagan mala sangre, que bastante tienen ustedes con toda la información que rodea a nuestro equipo, ni quiere tampoco aburrirles ahondando en un tema de sobra conocido por todos, les voy a hablar de otro tipo de balance. Del balance personal de un jugador en esta temporada que ha vivido un emocionante epílogo en forma de europeo sub-21, torneo con el que nos hemos medicado como atenuante del síndrome de abstinencia futbolístico, como reafirmante de lo que muchos pensábamos de Domínguez y el primo de la intérprete de “Mi gato” no supo o no quiso ver, como reconstituyente de la expectativa depositada en Adrián y como astringente sentimental para cuando no volvamos a ver a De Gea con nuestro escudo en el pecho.

Continuando, que es gerundio. Les vengo a hablar del año de alguien al que por ser educado y callado se le prefiere ningunear. Será también por el hecho de no haber vestido nunca camisetas con logos de Bwin o de Unicef, esa organización de la que dicen que se dedica de igual manera a repartir arroz entre la infancia necesitada y amañar semifinales. Los medios pasan de puntillas al lado de las informaciones que tienen que ver con él, olvidando que alguien, por muy ruso y muy excéntrico que sea, decidió pagar por contar con él lo que nadie nunca pagó por ningún jugador español. No, no, es muchísimo más interesante hablar, por ejemplo, de un equipo alemán que, últimamente, tiene más seguidores y repercusión que más de la mitad de los equipos de la pretendida mejor liga.

Aún así, hablamos de un señor que es campeón de Europa y del Mundo. Hablamos del que materializó el gol del primero de los triunfos. Hablamos del que siempre se acuerda de los atléticos cuando llega una celebración y así hacernos un poco más partícipes de la fiesta. Hablamos de una estrella con mayúsculas y negrita. Un crack al que en este verano, la foto más escandalosa que le tomarán será una en la que aparecerá con la cara llena de arena jugando en la playa con sus hijos y con su novia de siempre, la que ahora es su mujer. Una mujer cuyo padre no es conocido ni intenta influir en su yerno para que cambie de equipo. Un suegro que no pretende meter mano en nada, tal vez porque su mano no tiene ese halo de divinidad que tienen las manos de los suegros de otros.

No ha sido un buen año, claro está, a lo mejor ha pasado un periodo lógico de adaptación, a lo mejor ha sido por una nueva mala racha con las lesiones o por la repercusión que tuvo el marcharse de la que fue su casa en los últimos años. También se dijo que los nuevos compañeros no le querían, cosa que no pareció cierta al verles celebrar su primer gol. Seguro que le aprecian y valoran como todos los que antes compartieron vestuario con él. Sea lo que fuere, no se preocupen. Volverá.

Volverá a perforar las redes de los adversarios. Volverá a ejercer de embajador de los nuestros allá donde vaya. Volverá a dejar atrás a defensas boquiabiertos. Volverá a hablar lo justo y necesario. Volverá a dibujar desmarques en espera del balón soñado. Volverá a presionar honradamente a centrales malencarados. Volverá a rematar en esa postura que a ustedes y a mí nos obligaría a guardar reposo durante un periodo indeterminado. Volverá a asumir cambios y suplencias con naturalidad y sin un mal gesto. Volverá a no besar escudos que no siente como suyos cuando el viento sopla de cara. Volverá a provocar noches de sueño ligero en porteros de vestimenta atrevida. Volverá.

Y si por alguna extraña conjunción planetaria no hubiera de volver, aquí siempre le esperaremos con los brazos abiertos. En su casa. De donde salió un día tras sentir el tacto de la espada y de la pared. Él siempre dice que un día retornará. Todos esperamos ese día. El día en el que, muchos de los que se han marchado, volverán al campo con sus camisetas con el nueve a la espalda. Entonces, miraremos a los lados y veremos que se ha recuperado algo de eso que creíamos perdido. Algo que no es medible ni se puede reflejar con números por mucho colorete que le ponga ese contable de nueva generación de cejas perfiladas. Algo nuestro, algo reconocible. Un trozo del Atleti

miércoles, 25 de mayo de 2011

La comunidad

Después de luchar a brazo partido con el tom-tom del coche y ganar la pelea a los puntos, Magdalena aparcó enfrente del portal de la finca a la que su amiga se acababa de mudar. Subió con reparo en el vetusto ascensor. Hombre, pues sí, la comunidad tenía una fachada peculiar. Estaba claro que en el momento de su construcción sin duda habría sido uno de los edificios más bellos de la ciudad, ¡qué digo ciudad, del país entero! Ahora no, ahora poseía una belleza decadente. Una belleza difícil de digerir. Una belleza, o más bien fealdad resultona, que casi dolía. Su amiga le había dicho que, aunque estuvieran para reformar y se entregaran sucios, llovían tortas por alquilar un piso en la comunidad. Ella, sinceramente, agradecería que algún amigo le cosiera a bofetadas si algún día tenía la tentación de vivir en un sitio como aquel.

El ascensor se detuvo con un frenazo demasiado brusco, un frenazo de esos que solo se soportan si posees cuello de piloto de fórmula uno. Al abrir la puerta de tijera, Magdalena fue golpeada por un olor a comida rancia mezclado con humedad y dejadez. No osó a buscar el interruptor de la luz palpando porque la poca claridad que filtraba un tragaluz situado varias plantas más arriba, dejaba ver una pared mohosa y agrietada. Finalmente, llamó a la puerta descascarillada golpeando con los nudillos desconfiando de los cables pelados que asomaban tras el aplique del timbre.

– Hola Magda, ¡por fin has llegado!, ¿qué te parece? –saludó su amiga con una sonrisa de oreja o oreja.

– Bueno…bien, sí, bien –dijo Magdalena mirando alternativamente al suelo del recibidor anegado por un palmo de aguas fecales y a las botas de agua que calzaba su anfitriona.

– Tal vez he exagerado un poquito cuando os lo describí, pero no me digas que no es el piso ideal –explicó con despreocupación mientras esquivaba cajas flotantes y masas de morfología y procedencia igual de indefinida–.  Ya te dije que hemos tenido una suerte bárbara. Ayer me dijo el administrador que hay 800 inquilinos que han solicitado el alquiler para el año que viene, ¡ya ves, qué cosas!

– Pero… ¿y este agua? –preguntó la visitante sin dar crédito a lo que veía.

– Pequeñeces, es que tenemos alguna fuga en la instalación. Se producen fugas de agua, fugas de gas, fugas de delanteros centros pecosos, fugas de capitanes internacionales, fugas de mediapuntas de pelo fosco y talento discutible, fugas de estrellas con potente tren inferior, fugas de cancerberos jóvenes pecosos…Ahora que lo pienso, ¿no será esto culpa de la gente pecosa? –se preguntó–. Pero dice el administrador que las fugas se producen porque no se puede retener ciertas cosas. Los fugados juegan donde ellos quieren.

– No te reconozco ¿Cómo podéis vivir aquí? ¿No te das cuenta de que es un foco de insalubridad?

– ¡Qué exagerada eres! Son minucias. Una vez que estás instalado te acostumbras. Hay gente que lleva casi un cuarto de siglo aquí arrendados. Además, los peritos que informan sobre el estado del edificio diariamente nos dicen que estemos tranquilos, que el edificio está fuerte como un roble y que durante el próximo verano se acometerán reformas estructurales que lo dejarán de nuevo a la vanguardia de las comunidades de vecinos. Claro, que a lo mejor tiene que ver lo bien que se llevan con el administrador y con el portero.

– Siento tener que marcharme así, pero es que tengo que recoger a los niños de la clase de taekwondo –cortó Magdalena dispuesta a poner fin a la visita al notar que algo con vida propia le rozaba la pierna–. Te llamo luego por teléfono y seguimos hablando

– ¡Madre mía, qué precipitado todo! Bueno, pues nada, ya sabes dónde tienes tu casa ¡Ah!, mejor llama el móvil, que no nos llega la línea del fijo, no sé qué problema hay.

Magdalena ganó la calle rápido, sin querer detenerse a mirar alrededor mientras bajaba los escalones de tres en tres. Cruzó la calzada y se detuvo en la acera de enfrente para volver a mirar el edificio. El poco encanto que atesoraba hace unos minutos se había desvanecido. Ya no existía belleza de ningún tipo. Después de haberlo visto por dentro solo emanaba ruina.

– Una pena, ¿eh? –se dirigió a ella un anciano de mirada viva–. ¿Sabe? Yo viví ahí muchos años pero me tuve que ir. Éste era un edificio admirable y admirado pero, hace ya demasiado tiempo, se hicieron cargo de él un administrador y un portero que son un par de sinvergüenzas. Ahora cualquier día se viene abajo. Está para el derribo.

– Lo que dice usted. Una pena –admitió Magdalena paseando por última vez la mirada por la fachada. Por esa fachada tan peculiar pintada de rojo y de blanco.

jueves, 14 de abril de 2011

Señales del futuro

¿Se acuerdan ustedes de la conversación que vivimos en la pasada entrada de la Agonía? Sí, sí esa en la que nuestro entrenador le comunicaba al presidente que tanto está haciendo para entrar en la oscura historia atlética su intención de no continuar la próxima temporada. Pues si no la han leído, hagan ustedes scroll al final de la página y se ponen al día, oigan. Que porque uno se rezague en clase no podemos los demás estar esperando. En fin, continúo tras este apasionado arrebato de profesor de filosofía de colegio concertado. Pues bien, tras un arduo trabajo de investigación, me propongo arrojar luz sobre los hechos que desencadenaron esa decisión, una decisión que nos condena en un futuro cercano a no ver tantos suéteres ajustados ni a experimentar tan variada pléyade de sensaciones.
Quique se adentró en el oscuro pasillo que le había indicado el sirviente. El ambiente estaba cargado, flotaba un olor a cocimientos, a brebaje preparado a fuego lento en una marmita en la que nunca meterías el dedo para comprobar el punto de sal. ¡Vaya idea la suya! Pero es que no estaba seguro del todo. ¿Y si se equivocaba marchándose? ¿Y si su sitio estaba en el Atleti? Desde luego, una parte de la afición le demostraba su cariño casi diariamente. Tal vez como daño colateral ante protestas de más enjundia, pero cariño al fin y al cabo. Necesitaba una ayuda y, justo cuando más vueltas le estaba dando a la cabeza, se encontró con el anuncio en el periódico: “Manoletta: Videncia zíngara. Sanación, males de ojo, adivinación y otros trabajos más o menos ocultos. Seriedad y discreción. Descuento a grupos y a desempleados”. Decidió llamar ante la confianza que le dio ese factor común que ambos tenían por su condición de descendientes de romanís, por la sangre nómada que corría por sus venas. Todavía con aprensión empujó la puerta entornada y vio a Manoletta sentada delante de una mesa camilla sobre la que reposaba una bola de cristal esmerilado.

– Pase, pase –invitó la bruja con exagerados ademanes de los brazos, lo que provocó una sinfonía de sonidos de pulseras entrechocándose–. Usted me dirá. No…deje, no diga nada. Usted viene porque se encuentra ante una encrucijada. No sabe si sí, si no o si todo lo contrario. Viene a que los astros le den una respuesta.
– Pues sí –dijo nuestro entrenador abrumado por el talento esotérico que se estaba vertiendo a arrobas en la pequeña estancia–. Vengo a realizar una consulta de tipo laboral. No sé si seguir en mi actual trabajo.
– Lo he notado en cuanto le he visto entrar. A usted no le mueve el vil metal. A usted le mueven otras cosas. Los pequeños placeres, el contacto humano, las experiencias, las…–se paró dando un excesivo dramatismo a la pausa y entornando los ojos para simular agudeza–…sensaciones.
– ¡Eso, eso! –apuntó Sánchez Flores entusiasmado y un poco atraído por el extraño acento de la adivina –. Yo soy de esos.
Déjenme parar un momento para recuperar el resuello y ponerles en antecedentes sobre Manoletta. Manoletta se llamaba Manuela Pérez, era natural de un pueblo de la provincia de Ávila y se le manifestaron los poderes esotéricos en el mismo instante en el que su jefe del supermercado le comunicó su despido procedente por haber distraído en casi igual proporción dinero de la caja y yogures del expositor de lácteos. Cabría mencionar como única experiencia relacionada con su actual profesión, una interinidad en el servicio de correos de su pueblo, periodo en el que pudo haber comenzado su afición por lo de echar cartas. Se inclinó por anunciarse como zíngara por su tez olivácea y por un pequeño defecto en el frenillo que le impedía pronunciar bien las consonantes palatales pero que, metida en el papel de eslava, le daría un toque sofisticado. Una vez decidida su vocación ocultista y antes incluso de darse de alta como autónoma, recibió la llamada de un personaje misterioso. Un personaje que se encargó de todo lo necesario para montar el gabinete astrológico en dos días, que le avisó sobre la visita de Quique y sobre lo que tenía que decirle.
– Deme su mano. Voy a intentar vislumbrar qué le depara el futuro, señor Flores –dijo poniendo los ojos en blanco al instante–. Veo…veo, veo un futuro plagado de éxitos, veo grandes fichajes que van a venir a ponerse a sus órdenes. Veo rubias que salen del equipo. Veo cracks que permanecen. Veo porteros que no se van a Manchester. Veo una plantilla plagada de internacionales. Le veo a usted dando conferencias en las más prestigiosas universidades. Le veo convertido en una referencia en lo que a sensaciones se refiere. Veo un futuro de jerseys algo más holgados que los actuales. Veo Champions, veo Liga, veo Copa.
– Oiga, ¿y ve algo sobre Domínguez y Mérida?
– Les veo renovados y convertidos en referencia del equipo.
– ¿Renovados? Mire de nuevo, oiga, que eso no puede ser posible –dijo amohinado el técnico.
– Pues mire, yo humildemente, les veo renovados y bañados en éxito. Les veo incluso vistiendo la roja. No le digo más.
– ¿Seguro? ¿No se van?
– Hombre, la videncia no es como las matemáticas. Aquí tres y cuatro no siempre son seis –dijo Manoletta con la deformación profesional que le había costado el puesto como cajera de supermercado.
– Pues nada, ya me voy. Me ha ayudado usted mucho. Le dejo el dinero en la puerta. Gracias y encantado –dijo el sobrino de la Faraona con una leve reverencia.
Manoletta quedó sola en la habitación, invadida por ese vacío que deja contactar con el más allá aunque sea de mentira. También quedó preocupada. No le quedaba del todo claro si había cumplido con el trabajo asignado. No sabía a ciencia cierta si el misterioso personaje le pagaría lo que prometió. Lo vio en uno de sus trances. Una bisabuela suya por parte de madre se lo anunció: “Ten cuidado Manuela…Miguel Ángel es mal pagador”. ¿Y si al final de todo tenía poderes de verdad?

domingo, 20 de febrero de 2011

El viajante

A pesar de los años que llevaba devorando kilómetros, Ismael no se había acabado de acostumbrar a conducir en noches como esa. Noches en las que las nubes deciden darse un garbeo a ras de suelo, noches en las que el coche a medida que avanza, las rompe llevándose jirones prendidos en los espejos retrovisores. Por lo menos, en cinco minutos empezaría el partido del Atleti. Eso le permitiría sobrellevar mejor las dos horas largas que todavía le quedaban hasta su destino, aunque asumía que la única emisora en la que lo daban se cogiera con demasiada estática, tal vez por la humedad y por la altura de los eucaliptos que bordeaban el camino impidiendo el paso de cualquier onda.

Pensaba Ismael en lo importante del partido de hoy, en lo que el equipo se jugaba, en que si se hubiera celebrado en el Calderón estaría calándose hasta los huesos en el mismo asiento que ocupaba desde hace treinta años, justo dónde la grada lateral se convierte en fondo norte. De repente, frenó con firmeza al ver a una chica que hacía autostop. Por muy extraño que le resultara que anduviera sola por esos parajes en una noche así, paró como le gustaría que hiciera cualquiera que viera a su hija si ésta se encontrara en apuros.
– ¡Vaya nochecita! ¿Cómo se te ocurre salir con este tiempo? –intentó dar conversación mientras se fijaba en lo demacrada que estaba la muchacha, cuya cara le era muy familiar–. ¿No eres de mucho hablar? ¡Ay, los jóvenes, siempre con vuestras cosas! –apostilló quitando hierro a que no le contestara, pensando en la de veces que había intentando él que su Isma le hablara cuando llegaba de madrugada con casi peor cara que su callada pasajera.
– ¿Pero hoy juega el Atleti? –susurró entre dientes la chica–. Hace una eternidad que no escucho un partido.
–Pues has tenido suerte, más atlético que yo no vas a encontrar a nadie y acaba de empezar el partido –dijo entusiasmado Ismael, contento de haber encontrado a una igual.
Pasaron los kilómetros y a medida que se sucedía cada oportunidad del equipo, cada parada de De Gea, cada genialidad del Kun, la chica mostraba mejor color de cara. Comentaron el gran partido de Koke, que ayer se postuló como titular indiscutible hasta el final de temporada, la voluntad de Reyes aún cuando las cosas no le acababan de salir del todo, la seguridad que daba jugar con el mejor defensa de la plantilla, Domínguez, de titular, la poca gasolina que admite el depósito de Tiago, las intermitencias más o menos sospechosas de Forlán, las opiniones encontradas que las actuaciones de Raúl García provocan en cada partido. También hablaron sobre lo bien que empezó el partido, ésta vez sin pájaras. Sobre cómo luego se igualó y cómo en uno de los momentos dónde se peor se estaba pasando, con una melé en nuestro área pequeña de esas que suelen acabar con gol en contra, apareció el mejor jugador del partido para darnos tres puntos que saben a tranquilidad, que invitan a mirar hacia arriba. Se abrazaron con el gol, sufrieron con la presión final del Zaragoza, dieron gracias al larguero en dos ocasiones, maldijeron incluso lo barato que sale pegar patadas a Agüero, tal vez porque no hay periódicos que alcen la voz para decir cuánto se le da. Se mordieron las uñas, apretaron los puños y finalmente, terminaron con una sonrisa, como todos los colchoneros.
Tan enfrascados iban reviviendo la victoria, que, ya a punto de llegar a su destino, Ismael tomó a más velocidad de la debida una curva muy cerrada. Por un instante pareció que le sería imposible hacerse con el control del coche tras derrapar pero, como por arte de magia, el coche que se dirigía derecho hacía el tronco de un árbol volvió a la carretera. Todavía con el susto en el cuerpo Ismael se giró para dirigirse a la muchacha y se percató de que ésta ya no estaba. Paró en el arcén preocupado y buscó durante diez minutos para ver si había salido despedida por la brusquedad de la maniobra, pero nada, ni rastro de ella. Retomó su marcha azorado, todavía temblando por lo ocurrido cuando empezó a ver a lo lejos las primeras luces del pueblo. Decidió no contar a nadie lo sucedido, sólo faltaba que no pudiera cerrar el negocio porque le tomaran por loco o por algo peor.
–Buenas noches –dijo dirigiéndose al dueño del único bar del pueblo con el que había quedado por teléfono antes de salir–. Soy Ismael, el viajante de fosfatos  ¿Usted es Don Casto?
–El mismo, Don Ismael, le estábamos esperando. Nos pareció extraño que prefiriera usted viajar por la noche, porque ya sabe lo que dicen de la carretera que nos une con la civilización.
–Pues me debe disculpar usted, pero no tengo ni idea –contestó con curiosidad nuestro protagonista.
–Es por una leyenda, por un accidente que hubo hace ya muchos años. Muchos dicen que una chica se aparece en la carretera cerca de la curva dónde se mató, pero eso son tonterías de pueblos, a gente como usted le parecerán cosas de paletos supersticiosos.
–No lo crea, Don Casto, no lo crea –afirmó Ismael mientras reflexionaba sobre que hay sentimientos que duran eternamente y caía en dónde había visto la cara de la chica, en la curva, sí, pero en esa curva del Calderón que transforma la grada lateral en grada de fondo norte. De eso hacía casi treinta años.

viernes, 14 de enero de 2011

El último tren

Hay sitios y sensaciones que los más jóvenes ya no conocerán. Sitios con una atmósfera entre atrayente y peligrosa que a muchos de los que hoy procuramos llevar siempre camiseta interior porque las corrientes son muy malas nos fascinaba. Un ambiente cargado de provisionalidad, de tristezas y alegrías mezcladas a partes iguales, de maletas de cartón y cajas atadas con cuerdas donde reposaban los chorizos de la última matanza, de petates y uniformes. Un paisaje cargado de humo y de hollín, en el que la niebla se sumaba como un tercer invitado no esperado. Un escenario de película en blanco y negro al que te veías trasladado con sólo acercarte a Atocha, a la del Norte, o a cualquiera de las muchas diseminadas por nuestra geografía. Viejas estaciones, lugares proclives a la conspiración y a las rupturas. A los nacimientos de amores o de revoluciones. Ese, ese es el tipo de lugar que quiero que imaginen.

Ese es el tipo de lugar dónde nuestro equipo compró un billete en una taquilla de esas en las que te tienes que agachar mucho para que te oigan. El sitio desde donde partía el último tren. El último viaje posible para reeditar glorias pasadas en esta temporada. Daba igual que el trayecto fuera corto, solo de la Ribera del Manzanares a la Castellana. Daba igual que la estación de destino fuera la que más desagrada a los nuestros, un punto de término del que solemos volver con el saco lleno de injusticias sufridas. Una plaza en la que la soberbia y la prepotencia han instaurado su reino. Todo daba igual. Había que hacer el viaje para reengancharse al tren de las ilusiones. Se trataba de un viaje para reencontrarse con la Copa, esa jovencita esquiva que el año pasado nos dio calabazas en el último momento, cuando ya casi nos veíamos paseando con ella del brazo. Y todos lo sabíamos, o deberíamos haberlo sabido.
Nuestro viajero afrontó el inicio del viaje escondiendo su billete de tercera clase en el bolsillo de la chaqueta de paño, intentando no verse afectado por las miraditas por encima del hombro de ese otro turista que suele ocupar plaza en los vagones de primera. Plaza que suele compartir con un solo vecino de asiento más, porque han de saber ustedes que hay muchos interesados en que, en este tren de nuestro fútbol, sólo dos se acomoden en compartimentos de zona noble.
A muchos nos recordó el inicio a otro viaje del que guardamos un recuerdo dulce, el de este verano a Mónaco. De hecho todos nos frotamos las manos cuando nos pusimos por delante nada más comenzar. A partir de ahí, el tipo que viaja en cabina de lujo se dio cuenta de que no solo tenemos un billete en vagón con asientos corridos, sino que tal vez no queramos jugar a sacarnos otro tipo de título de viaje, dado el desprecio que mostramos por el balón. Mucho aguante, mucho posicionamiento, muchas líneas juntas, muchas ayudas y presiones en banda, en fin mucha pizarra y, sobre todo, un mozalbete rubio de pelo encrespado que permitió durante toda la primera parte que el tren no se escapase definitivamente. También poca ambición, sobre todo cuando ya íbamos por detrás en el marcador y el otro viajero empezaba a dar cabezadas por el traqueteo, poca sensación de equipo grande, poca calidad en la zona de creación.
 Mención especial merece Agüero, un emigrante que ha mamado lo que hay en juego en este tipo de partidos e incluso en los otros, los menos relevantes, los que menos focos atraen. Un pasajero que, por su talento, recibe patadas en las espinillas que duelen mucho y que, gracias a un revisor como el de ayer demasiado permisivo, no suelen tener castigo. Un chaval que debería con toda justicia pedir al Ministerio de Asuntos Sociales una paga vitalicia por la ley de Dependencia, porque ahora no hay casi nada más allá de él, no se engañen.  
Otra cosa que queda clara es que nuestro guía de viaje, el señor Sánchez Flores, no va a renunciar a su idea de distribución de vagones en 4-4-2, aunque haya trayectos en los que el asiento que nos den sea de tres personas en el medio. Da igual que viajemos en un cercanías o en un regional. Ese empecinamiento suyo hizo debutar al nuevo en la expedición, que casi sin tiempo para echar lo indispensable en la maleta dejó cositas. Algún detalle de calidad, algún despiste defensivo, cara de dormir de día y vivir de noche, pero poco para emitir un veredicto todavía.
Hete aquí que cuando ya se aminoraba la velocidad por la proximidad de la estación de la esperanza para el partido de vuelta, el convoy frenó bruscamente provocando la caída sobre la cabeza de nuestro viajante de dos neceseres y una sombrerera, revuelo que fue aprovechado por un carterista de ojos saltones y acusado parecido a Peter Lorre para robarnos un gran trozo de la misma (de la esperanza, digo), y nos quedamos con cara de tontos. Y al apearnos del tren, nos tuvimos que quedar diez minutos parados en el andén. Con ese mal cuerpo que se te queda en estas ocasiones, sin saber si el viaje había estado bien o mal, sin saber si en los noventa minutos de trayecto se podría haber hecho más. Pero como somos viajeros rojiblancos agarramos nuestras maletas viejas y fuimos a la taquilla de nuevo para agacharnos a pedir un pasaje de vuelta en el tren que tiene prevista su salida la semana que viene. Y ya volvemos a tener la ilusión de que esta vez será uno de los viajes de nuestra vida. Ya sé que me dirán los más pesimistas que el viaje será complicado, que habrá que comprar Biodramina a granel para superar el mareo que provoca el mal juego que se brinda con más asiduidad de la deseable. Pero tenemos que creer que se puede. Pasaremos la semana pensando en la hora a la que tendremos que poner el despertador para llegar con tiempo a la estación porque este viaje de vuelta puede ser uno de los mejores que hagamos y tenemos que luchar para recordarlo dentro de unos años como tal.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.