En días
como estos, nos despertamos bastante antes de que la alarma rompa el
silencio del amanecer y damos alguna que otra vuelta de más en la cama mientras
nos entregamos a cavilaciones varias. Previsores, nos tomamos el café sin mojar
nada, no vaya a ser que nuestros estómagos no admitan acompañantes para esos
tibios aleteos de mariposa con el que nos hemos encontrado de buena mañana. Somos conscientes de que esos tímidos movimientos de alas dejarán paso al desfile del día de las fuerzas armadas de las mariposas
estomacales a medida que las horas pasen y no queremos tentar suertes. En días como estos, solemos no pensar demasiado delante del
armario y siempre elegimos con convencimiento una corbata, una camisa o una blusa
en tonos rojo y blanco con las que afrontar el día y sentirnos más seguros.
En días
como estos, posponemos decisiones sobre qué línea de producto es la que se
potenciará de cara a la campaña de otoño de la empresa porque tenemos la cabeza en otras
cosas. Miramos el reloj más veces de la cuenta y reparamos en que el tiempo
pasa unas veces rápido y otras exasperantemente despacio mientras hacemos cálculos
mentales para saber en cada momento cuánto falta para la hora del partido. Nos
cruzamos con Sacristán, el del departamento de facturación, e intercambiamos
una mirada cómplice al reconocer en él los mismos nervios y una parecida
corbata en tonos rojiblancos. Vamos al baño más veces de las habituales,
volvemos a mirar al reloj y nos vamos a comer casi sin hambre. En días como
estos, pedimos una ensalada y algo a la plancha para no provocar al tercer
batallón de infantería de mariposas desplegadas en las inmediaciones de nuestro
píloro y nos vamos deprisa a nuestro cubículo para contestar tranquilamente el
mensaje de ese primo nuestro que viaja desde Bucarest recordando al abuelo del Atleti.
– El jefe
quiere verte –anuncia una secretaria eficiente cuando ya nos disponemos a
salir.
– Dile que
me he marchado, Sofía. En días como estos no puedo entretenerme –contestamos a la vez que ganamos a la carrera
el pasillo que dirige a los ascensores.
En días
como estos, los atascos nos parecen más densos que de costumbre y nos
sorprendemos a nosotros mismos silbando reiterativamente el himno del equipo
con la mano posada en la palanca de cambios. Aparcamos casi de oídas y subimos los escalones de dos en dos. El perro
nos mira extrañado por la rapidez del paseo y por ese sonido de cornetas tocando
a rebato mariposil que proviene de nuestra barriga. Los niños meriendan antes y
hasta Alba, ese terremoto con coletas y mirada azul océano templado, se sienta
en el sillón de manera inusualmente formal. En días como estos, revolvemos buscando la
camiseta de las grandes ocasiones, sí, esa que está ajada y huele a naftalina
y nos justificamos explicando que esa zamarra, a pesar de su desgaste, fue una segunda piel testigo del gol de Futre que agujereó la escuadra de la portería enemiga y del
mordido remate de un uruguayo que traspasó la línea de gol empujado por los latidos
de miles de corazones. Volvemos a mirar el reloj, ya queda menos de una hora.
En días
como estos, las contrariedades que surgen por las rarezas en las alineaciones
duran menos. Estamos dispuestos incluso a no ahondar en la perplejidad que
deben sentir los aficionados de otros países al ver que el equipo actual se
parece lo que un huevo a una castaña al que salió victorioso hace nada, como
quien dice. Aparcamos por un rato las filias y las fobias. Dejamos a un lado
las miserias momentáneamente, sin olvidarlas por supuesto, pero declarándolas
en una cuarentena de dos horas menos cuarto de duración. Rellenamos de nuevo el contenido del vaso de tubo y notamos emocionados cómo en nuestro estómago desfila a paso
ligero un tercio de la legión de mariposas de Ceuta, con su cabra y todo. Miramos
el reloj de nuevo, solo quedan cinco minutos. En días como estos esperamos que
Dios reparta suerte y que la reparta entre nosotros ya que se pone…
¡Forza
Atleti!











