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miércoles, 9 de mayo de 2012

En días como estos


En días como estos, nos despertamos bastante antes de que la alarma rompa el silencio del amanecer y damos alguna que otra vuelta de más en la cama mientras nos entregamos a cavilaciones varias. Previsores, nos tomamos el café sin mojar nada, no vaya a ser que nuestros estómagos no admitan acompañantes para esos tibios aleteos de mariposa con el que nos hemos encontrado de buena mañana. Somos conscientes de que esos tímidos movimientos de alas dejarán paso al desfile del día de las fuerzas armadas de las mariposas estomacales a medida que las horas pasen y no queremos tentar suertes. En días como estos, solemos no pensar demasiado delante del armario y siempre elegimos con convencimiento una corbata, una camisa o una blusa en tonos rojo y blanco con las que afrontar el día y sentirnos más seguros.

En días como estos, posponemos decisiones sobre qué línea de producto es la que se potenciará de cara a la campaña de otoño de la empresa porque tenemos la cabeza en otras cosas. Miramos el reloj más veces de la cuenta y reparamos en que el tiempo pasa unas veces rápido y otras exasperantemente despacio mientras hacemos cálculos mentales para saber en cada momento cuánto falta para la hora del partido. Nos cruzamos con Sacristán, el del departamento de facturación, e intercambiamos una mirada cómplice al reconocer en él los mismos nervios y una parecida corbata en tonos rojiblancos. Vamos al baño más veces de las habituales, volvemos a mirar al reloj y nos vamos a comer casi sin hambre. En días como estos, pedimos una ensalada y algo a la plancha para no provocar al tercer batallón de infantería de mariposas desplegadas en las inmediaciones de nuestro píloro y nos vamos deprisa a nuestro cubículo para contestar tranquilamente el mensaje de ese primo nuestro que viaja desde Bucarest recordando al abuelo del Atleti.

– El jefe quiere verte –anuncia una secretaria eficiente cuando ya nos disponemos a salir.

– Dile que me he marchado, Sofía. En días como estos no puedo entretenerme  –contestamos a la vez que ganamos a la carrera el pasillo que dirige a los ascensores.



En días como estos, los atascos nos parecen más densos que de costumbre y nos sorprendemos a nosotros mismos silbando reiterativamente el himno del equipo con la mano posada en la palanca de cambios. Aparcamos casi de oídas y subimos los escalones de dos en dos. El perro nos mira extrañado por la rapidez del paseo y por ese sonido de cornetas tocando a rebato mariposil que proviene de nuestra barriga. Los niños meriendan antes y hasta Alba, ese terremoto con coletas y mirada azul océano templado, se sienta en el sillón de manera inusualmente formal. En días como estos, revolvemos buscando la camiseta de las grandes ocasiones, sí, esa que está ajada y huele a naftalina y nos justificamos explicando que esa zamarra, a pesar de su desgaste, fue una segunda piel testigo del gol de Futre que agujereó la escuadra de la portería enemiga y del mordido remate de un uruguayo que traspasó la línea de gol empujado por los latidos de miles de corazones. Volvemos a mirar el reloj, ya queda menos de una hora.

En días como estos, las contrariedades que surgen por las rarezas en las alineaciones duran menos. Estamos dispuestos incluso a no ahondar en la perplejidad que deben sentir los aficionados de otros países al ver que el equipo actual se parece lo que un huevo a una castaña al que salió victorioso hace nada, como quien dice. Aparcamos por un rato las filias y las fobias. Dejamos a un lado las miserias momentáneamente, sin olvidarlas por supuesto, pero declarándolas en una cuarentena de dos horas menos cuarto de duración. Rellenamos de nuevo el contenido del vaso de tubo y notamos emocionados cómo en nuestro estómago desfila a paso ligero un tercio de la legión de mariposas de Ceuta, con su cabra y todo. Miramos el reloj de nuevo, solo quedan cinco minutos. En días como estos esperamos que Dios reparta suerte y que la reparta entre nosotros ya que se pone…

¡Forza Atleti!

viernes, 28 de octubre de 2011

El barro de antaño

Llevábamos esperando al partido durante todo el día, aunque a lo mejor fuera por eso de jugar los últimos de la jornada y haber visto cómo los demás aficionados tomaban su dosis estipulada de fútbol. Se esperaba el partido también por ser uno de esos choques clásicos jugados de poder a poder de los que uno suele sacar imágenes para guardar en el disco duro de la memoria. Imágenes en color sepia salpicadas con el barro que florecía en la Catedral cuando llovía como lo hizo ayer. Ayer no se hizo ni una migaja de barro, nada, ni tan siquiera un barro de ese fino y moderno que casi no ensucia pero que es aplicable de manera terapéutica en cutis o riñonadas. Tampoco se jugó nada que pueda ser calificado de poder a poder, fíjense ustedes que cosas.   

De unos años para acá, estos partidos se nos han dado bien. Puede que ya no sean de esa intensidad que tenían en los ochenta, cuando estos encuentros eran batallas casi épicas que se libraban con pantalón ajustado y con esa camiseta roja cruzada de hombro a hombro por una raya blanca y otra azul que terminaba empapada y arcillosa, pero siempre dejan algo. Ayer también lo hizo, nos dejó preocupación a raudales. Barro no nos dejó, lo que es, es. Preocupación y mal sabor de boca, desde luego.

Les hablaba antes de lo bien que se nos daba jugar últimamente en San Mamés y sí se nos daba. Era salir al campo con un delantero rubio y otro moreno y los leones retraían las garras un poco. Hubo ayer algún despistado seguidor bilbaíno que preguntó si salían Forlán y Agüero de titulares incluso:

– Hombre, Joseba, que Forlán y Agüero ya no juegan con estos, pues. Que por lo visto eran unos mercenarios. Ahora tienen a uno que llaman el Tigre.

– Pues nada…Mejor, mejor –añadía Joseba aliviado mientras veía calentar a los suyos sin asomo de retraimiento, de garras ni de espíritu.

Ayer se rompió esa tendencia, como muchas otras tendencias positivas que se van rompiendo desde hace tanto tiempo. Tal vez salga a cuenta incorporar en nómina a un notario del libro Guinness de los records negativos para que dé fe de los quebrantos de nuestro equipo, que tanto viaje en avión debe salir por un pico.

No les quiero castigar con un pormenorizado análisis del partido, pero algo habrá que decir. El Atleti salió a encarar el partido de medio lado. Mirándolo de reojo. Algo demasiado agazapado pero intentando salir a la contra. Cogía Turan la responsabilidad atacante y llegaron oportunidades para ambos equipos. Más claras las del Athletic, eso sí. En la segunda parte nuestro equipo fue vapuleado por incomparecencia. Tampoco compareció el barro y miren ustedes que llovió una barbaridad. Pero nada, no asomó.

El que parece que seguirá asomando pero por poco tiempo es Manzano. Ayer nos dejó alguna reflexión casi póstuma, antes y durante el partido. Habló de que, puestos a calificar la temporada hasta ahora, le ponía un notable pero se olvidó de agradecer a sus jefes la libertad de expresión que para decir patochadas similares disponen los empleados atléticos por obra y gracia de la falta de exigencia. Se le leyó en los labios justo al recibir el tercer gol un reproche por cómo se había realizado una segunda parte fatal tras una primera fenomenal. Hombre, Gregorio, fenomenal tampoco. Que fue más o menos meritorio llegar con empate al descanso no lo vamos a discutir. Pero fenomenal no. Por caridad. Las declaraciones de Manzano explican mejor que cualquier croquis lleno de flechas qué pasa en la entidad: donde debería haber exigencia, solo existe acomodamiento. Quede claro que debemos dar a Manzano el peso que tiene independientemente de lo desafortunado y funcionarial que esté en sus declaraciones. Él no es más que el perfectamente intercambiable escudo humano que en este momento se encuentra en primera línea. Después de él vendrá otro. Da igual quien. Y si no viniera otro, los tiros apuntarían a Caminero o al señor que pinta las rayas del campo. Aún así, parece significativo lo de la falta de exigencia. Tal vez será que no se tiene la capacidad de exigir demasiado a unos jugadores que no son propiedad del club en su totalidad, no vaya a ser que se enfaden y no se les pueda revender en alguna trastienda. Y aquí, precisamente aquí. En este momento y sin haber caído una gota, aparece el barro. Más que barro, un lodo pestilente.



Por ese lodo se está arrastrando la historia de una entidad jornada tras jornada. Ese lodo lo inunda todo, sin respetar a ninguno de los estamentos de la sociedad, cada vez menos deportiva. Da igual que venga éste o aquel. Da igual una nueva temporada a la que se le caen los objetivos a las primeras de cambio. Lodos que provienen de polvos lejanos. Nos queda poco, no crean. Casi no tenemos ni una identidad, algo que, por poner un ejemplo, nuestro rival de ayer siempre ha sabido cuidar y mimar aún en los momentos peores. La nuestra debe estar en algún rincón, sepultada bajo toneladas de barro. Un barro que se acumula desde hace casi un cuarto de siglo ¡Qué tiempos estos, qué bien drenan los campos y qué mal los despachos!

jueves, 6 de octubre de 2011

"Ligus interruptus"

No me gustan estos parones auspiciados por la FIFA en medio de las competiciones domésticas. Me parecen incluso peores además cuando se producen recién empezadas ligas, copas y competiciones europeas. No son fechas para estos partidos de selecciones. Ahora son tiempos de pensar en si la tarjeta amarilla que te acaban de sacar te impedirá jugar el próximo domingo, no dos semanas después cuando el cardenal de la patada donada graciosamente ya ha desaparecido de la canilla del atacante. Me parecen el injerto de un peral en una mata de fresas. Me parecen una llamada a la hora de la siesta del domingo. Me parecen una interrupción impertinente. Un “ligus interruptus”, vamos.

Ahora que estamos así, en confianza y ya con el traje y el tacón quitado, les diré bajito que a mí estos partidos no me motivan. Me llaman más la atención, por irme a un extremo, las pachangas veraniegas del Atleti, ¿qué quieren que les diga? Y miren que los veranos para los que soñamos en rojo y blanco son casi de todo menos ilusionantes desde hace casi un cuarto de siglo, desde el secuestro que sufrimos por parte de apropiadores y cooperadores. Pues, aún así, me provocan un mayor cosquilleo esos partidos con olor a aftersun que los clasificatorios de la Roja. Y si el partido de nuestro equipo es de competición oficial, no les cuento. Llámenme poco patriota, llámenme nacionalista colchonero, llámenme al móvil por las mañanas y al fijo por las tardes, que atenderé debidamente. Pero es así, no puedo remediarlo.

No crean que no me alegro de los éxitos de la selección, ni mucho menos. El que suscribe fue el primero en salir a la terraza de un hotel del extranjero a sacudir a gritos la piel de gallina que le puso el gol de Iniesta hace un año y pico. Con tintes de pasodoble, no les digo más ¡Qué bien saben ciertas cosas fuera de España! Pero no me pidan que compare porque, para mí no es lo mismo. Si hubiera sido el gol de Torres, hubiera estado más cerca, por sentirlo como algo un poco más nuestro tal vez. Pero los goles que se le marcan a Armenia no los acabo de interiorizar de la misma manera que uno de Koke, aunque sea en semifallo y en flagrante fuera de juego. Son cosas que pasan.



Dejaré pasar estos días poniendo el punto muerto en la marcha que ya tenía engranada: la de hablar de rotaciones, de sistema más o menos simétricos, de si prefiero a Miranda o a Godín para acompañar a Domínguez o de si Turán y Adrián son estrechos de pecho o es que les han dado camisetas de la talla S. Me dedicaré a otras cosas. Asuntos que, en comparación, me parecen más interesantes a día de hoy. A mi juicio, quede claro. Pero es que a mí, hablando de comparaciones de gritos y sus decibelios, no hay gritos como los que proferí cuando marcaron Forlán o Pantic. Salieron de muy hondo. Es lo que hay.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La herencia florista

Hace unos cuantos días tuvimos el dudoso placer de volver a tener noticias de nuestro antiguo entrenador. Con nocturnidad, alevosía y su desahogo usual, repasó la actualidad atlética e hizo balance de su travesía al frente de la nave rojiblanca en un nuevo episodio de discurso en el que abundan tanto las oraciones subordinadas como las medias verdades. Pasado ya un tiempo prudencial desde su sobreactuada despedida, el caballero de la ojera perpetua vuelve al inicio del curso como si de una colección por fascículos que nunca llegan a finalizarse se tratara, haciendo gala también de una coherencia que solo puede pagarse en moneda propia de estas épocas, el cortycole.

Diseccionaba el impar sobrino del creador de la rumba catalana su paso por el Atleti con esa capacidad tan suya de pontificar sobre lo que se tiene que hacer sin hacerlo. Reconoció que debió haberse marchado en dos ocasiones, coincidiendo con las salidas de Jurado y Simao, en un ataque de dignidad que bien pudo haber tenido en su momento. Explicó que tal vez el equipo se había creído mejor de lo que era sin argumentar cuán bueno se puede creer un equipo que cosecha un noveno y un séptimo puesto en sus dos años como técnico. Dijo que se quedaba con el Forlán de la primera temporada cuando él fue el que puso a los pies de los caballos al charrúa y volvió a mostrarse tibio al hablar del dúo prescrito y su relación con ellos.



Reconociendo de antemano el trabajo del tío segundo de Elena Furiase cuando arribó a un equipo desnortado y autogestionado y agradeciendo de igual manera títulos y finales vividas, uno piensa que su influencia sobre los resultados tiene menos peso que la tuvo Forlán, por alusiones al charrúa. Uno también piensa que, tácticamente, no ofreció ninguna innovación con respecto a la propuesta futbolística de Aguirre, por poner otro ejemplo, y que en contraposición, sí se puede atisbar la mano del nuevo técnico en los cuatro partidos vistos hasta ahora, por muy gris y muy poco dado a los aspavientos verbales que el jiennense sea.

Otra cosa por la que el primo de la intérprete de Sarandonga será recordado será por la herencia que ha dejado en varios de nuestros jugadores: el otrora idolatrado uruguayo, cubre ya sus trabajados abdominales con ropa diseñada en Milán; el tan denostado y castigado Domínguez es llamado a la selección tras un notable inicio de temporada en el que no parece evidenciar esa cabeza en otro sitio en la que se escudaba el estratega del verbo florido; Fran Mérida busca rehabilitación en Braga para salir de un ostracismo al que le condenó el señor de las perífrasis; varios otros jugadores han necesitado de terapia, grupal e individual, ante esa tendencia del anterior calentador del asiento Recaro de plantear los partidos y elaborar las alineaciones en base a señales atisbadas en los posos del café, aunque éste fuera soluble.  

Como pueden ver, deja un campo florido y sembrado de buenos recuerdos, aunque…, no debo ser injusto. No se merece eso. Hay algo que sí debemos recordar como una herencia perdurable. Toda una pléyade de seguidores que, influidos por su imagen, se lanzaron de igual manera a grandes superficies y comercios de barrio para adquirir la prenda que identifica y define al primo del arreglista de “No dudaría”. Un jersey de estrecheces. De estrecheces de mangas, de talle y de miras a partes iguales. Un jersey desaconsejado tras dispendios veraniegos o navideños para evitar comparaciones con morcillas de Burgos. Un jersey que esperemos haya quedado aparcado en armarios y cómodas hasta otra ocasión. No nos queda bien, la verdad. Pero no me negarán que a él, al muy “jodio”, el jersey le quedaba muy bien. Las cosas como son, oigan.


lunes, 29 de agosto de 2011

Atléticos de nuevo cuño (o Chop Suey de horarios, como prefieran)


– ¡Huang Ho, vamos para casa! Y deja de jugar con el perro que coge sabor si suda mucho.

El mozalbete de cara sucia entró en la casa familiar y se sentó en una de las esterillas que reposaban en el suelo para tal efecto. El padre, Huang Ho Tse, había tenido que explicar al niño en los días previos que ese jugador cuyo nombre coronaba el diez de la camiseta rojiblanca que nunca se quitaba ya no estaba en el equipo. Finalmente el niño había accedido a tomar como nuevo ídolo a Falcao, no sin antes haber tomado como referencia de transición a Forlán, lo que obligó a su progenitor a tener que argumentar que no era posible elegir al uruguayo porque también él se iba a ir. Los dos juntos habían borrado de la camiseta el nombre pretérito para colocar el del colombiano con esa facilidad con la que se borran este tipo de cosas en los productos oficiales licenciados del club que se adquieren en Asia. Se frota la superficie con una solución de hoja de bambú y de arena fina de coral y ya se puede serigrafiar lo que uno quiera. Aún así, Huang Ho Tse le dijo que no esperara ver al nuevo fichaje sobre el césped, que faltaba el transfer, un trámite para europeos y latinoamericanos que era difícil de comprender para ellos por el choque cultural.

La tele se veía con una neblina extraña, como si algún fuerte viento monzónico hubiera movido la antena que tan precariamente habían instalado en el tejado. Era la primera vez que juntos iban a disfrutar del partido en directo del Atleti, se acabaron los videos descargados de baja calidad y la repetición de las jugadas más interesantes en youtube. Ahora su hijo podría sentir qué era sentirse colchonero en vivo sin importar la distancia gracias a un horario pensado para gente como ellos, aficionados asiáticos a la mejor liga escocesa del mundo. Para ayudar en el rito iniciático esperaban sobre la mesa baja los aperitivos dispuestos para aplacar hambre y nervios a partes iguales: Mucho arroz repartido en cuencos de todos los tamaños junto a arañas fritas, brochetas de caballitos de mar, saltamontes rebozados y otras viandas igual de apetitosas, ya que en el sudeste asiático no se estila eso de abrir el bote de aceitunas negras o atiborrarse de cortezas de cerdo.



Comenzó el partido. Huang Ho Tse constató que la intención del equipo era prescindir de las ataduras carnales del pelotazo. Se notaba otra tendencia, una filosofía basada en las triangulaciones y en la limpieza a la hora de sacar el balón. Se había prescindido del famoso pelotazo a la cabeza de Reyes como principio y fin del juego. El equipo trabajaba con paciencia, siguiendo las enseñanzas de El Arte de la Guerra, esas que dicen que debes conocer a tu enemigo más que a ti mismo. No fue suficiente ya que todas las embestidas rojiblancas morían frente a la gran muralla dispuesta por el equipo navarro. Una intención buena que no estaba siendo premiada con el gol. Uno de los elementos fundamentales de la materia, la madera, privó en dos ocasiones de alcanzar el objetivo buscado por los caminos de la sabiduría futbolística. Manzano meditó. Miró en su interior y vio que la posible solución pasaba por la inclusión de uno de los nuevos fichajes, mitad europeo sí, pero también mitad asiático por su pasado en Estambul. Se intentó. Se buscó la verdad futbolística por caminos no transitados en los últimos tiempos. Se hizo casi internacional a un portero con nombre de novillero. Pero, a la postre, quedó un sabor agridulce. Deja un poso de plato bien especiado al que le falta el ingrediente principal. Nuestro ying es que jugando así, se recogerán los frutos, nuestro yang, que sin gol toda la filosofía se convierte en polvo.

Huang Ho salió del salón al acabar el partido algo desilusionado por el resultado. El padre accedió a la tienda por la puerta que comunicaba con la vivienda y se reunió con su esposa.

– Le he visto salir triste –dijo ella.

– Le queda mucho por aprender –sentenció Huang Ho Tse–, al igual que el agua busca su camino entre la montaña, él debe saber que no todo es fácil.

La conversación se interrumpió por la entrada en el local de una familia ataviada con camisetas y bufandas rojiblancas:

– ¿Tienen pan? Dos barras entonces –dijo el cabeza de familia ante el asentimiento de la señora Huang.

– Juan José, compra también un Red Bull para Juanjo, a ver si se espabila, que con estos horarios de partido y a las horas a las que llega de fiesta no ha pegado ojo –dijo la madre mirando las ojeras de oso panda que mostraba su retoño–. Y una latita de callos, que no hay comida hecha.

– ¿Saben ustedes qué estación de metro nos pilla más cerca? ¿Acacias o Embajadores? –preguntó el padre después de pagar.

– Embajadores –respondió solícitamente Huang Ho Tse que volvió enseguida a sus cosas mientras pensaba en el buen hacer de la liga de futbol profesional y su preocupación por los aficionados asiáticos que trabajaban en turno de tarde.

viernes, 19 de agosto de 2011

Casi de milagro


Los pasos apresurados del secretario papal resonaban con fuerza en el nocturno silencio que envolvía la sede de la Nunciatura. Un guardia suizo de acusado parecido con Rafael Wicky se hizo a un lado viendo el rictus serio del funcionario vaticano, comprendiendo que no se trataba de un tema baladí si a esas horas alguien quería acceder a las estancias privadas.

– Pater –dijo suavemente acercándose a la cama–. Mi dispiace annoiare, ma c'è un urgente bisogno. Qualcuno vuole parlare con voi.

(A partir de este momento, y como protesta ante la fiabilidad de los traductores gratuitos on line, cambiaré del idioma de Dante al de Cervantes, no vaya a ser que alguien se pierda la esencia del suceso, de por sí ya inquietante)

El cardenal Torrisi, todavía algo amodorrado, se vistió deprisa y pasó a la antecámara donde le esperaba un joven cura de aspecto desasosegado. Una vez hechas las presentaciones, tomaron asiento y el nervioso sacerdote tomó la palabra:

– Ilustrísima, como le ha comentado el secretario Venturín, mi nombre es Tancredo. Ejerzo mi ministerio en un pueblecito muy pequeño de la meseta manchega. Un pueblo tranquilo, sin nada demasiado aparatoso: algunos falsos testimonios, disputas por lindes que acaban a guantazos y alguna oveja descarriada en la que la llamada de la carne es de una intensidad apreciable. Aprovechando la visita del Santo Padre, me he acercado a casa de mi hermano, que vive aquí en Madrid. Él es católico, claro, pero no es practicante, bueno sí, pero no en ese sentido. Es ATS en un centro de salud del barrio de Canillejas. Les comento esto, para que se muestren indulgentes con su manera de santificar las fiestas asistiendo al fútbol los domingos y algunos días entre semana. Su insistencia hizo que tras el acto presidido por su Su Santidad me acercara con él a ver un partido del equipo de sus amores. Hasta ahí todo normal, la parroquia se congregó en menor número que de costumbre porque la fe está algo en decadencia por aquellos lares. Sepan ustedes que la grey rojiblanca siempre ha destacado por una fe que mueve montañas y cursos de ríos, pero últimamente anda floja, se está volviendo un poquito descreída, vamos –aclaró Tancredo mientras sus interlocutores guardaban un silencio expectante–. Y entonces…–continúo insertando una teatral pausa­–, comenzaron las señales.

– Ahí, ahí –dijo el secretario impaciente por la locuacidad incontenida del párroco rural–, vayamos a lo de las señales.



– Pues bien, la feligresía colchonera andaba en otra sesión de penitencia conjunta por lo que sucedía sobre el campo. Un nuevo episodio de infinita paciencia digna de Job. Alguna oportunidad, algún detallito, pecadillos veniales al fin y al cabo. Lo que yo les diga, la travesía de un desierto de juego y emociones. Lo más destacado hasta entonces había sido una transfiguración de números, el diecinueve pasó a ser el diez, algo si no excepcional, por lo menos chocante y la no presencia del hijo pródigo charrúa, al que se le han dado raciones de cal y arena a partes casi iguales de un tiempo a esta parte. De repente, se produjo una anunciación, la venida de un mesías del gol de una manera un tanto prosaica: a través de los videomarcadores. Todo cambió. Un integrante de la otra congregación fue invitado a abandonar el partido por pecar gravemente contra los tobillos del prójimo. Algunos que parecían casi muertos empezaron a andar de nuevo, incluso a corretear elevando rodillas. Un mediocentro con nombre de arcángel empezó a repartir juego y otro con nombre de apóstol en su versión lusitana dejó de tropezar tantas veces con la misma piedra. La parroquia empezó a llenarse de un gozo contenido que estalló en júbilo justificable cuando un buen samaritano del área, de nombre Adrián, se puso a repartir óbolos en forma de asistencias de gol ¿Y quién fue el destinatario? Nada menos que un profeta, hasta ahora calladito, pero que ayer vaticinó el pase a la fase de grupos de la peregrinación europea.

– ¿Y apariciones hubo? –interrumpió el secretario.

– Alguna por banda. Silvio muestra cositas y Filipe parece más metido, pero para calificarlo de apariciones no da, mire –aclaró Tancredo con desenvoltura–, sí parece que habrá un sacrificio, probablemente el de Salvio.

– Padre Tancredo, por lo que usted cuenta no podemos inferir que la curia tenga que poner los sucesos bajo investigación. No me parecen hechos tan sobrenaturales y, ni mucho menos milagrosos. Creo que se ha precipitado usted viniendo, que tenemos unos días algo ajetreados para estas cosas.

– ¿Ni mucho menos milagroso? ¿Le parece a usted poco milagro que gane un equipo con un solo delantero en plantilla? ¿No califica de milagro que casi tres meses después haya llegado el sustituto de ese que se ha ido a territorio anglicano? –justificó levantando la voz el aludido–. Si hasta tenemos a un tullido curado, que ayer casi convocan a Asenjo.

– Padre, la audiencia ha terminado –dijo el cardenal Torrisi levantándose y abandonando la sala no sin antes fulminar con la mirada al padre Venturín.

El secretario acompañó al padre Tancredo a la puerta del edificio pausadamente, reflexionando sobre si se habría precipitado al juzgar los hechos relatados por el visitante cuando sus pensamientos fueron interrumpidos por el curilla:

– Siento haberle dejado en mal lugar, padre Venturín. A mí los sucesos me parecían significativos.

– Lo sé, padre, lo sé. A mí también me pareció un milagro que muchos se fueran contentos a casa. Cosas del género humano, siempre dispuesto a poner la otra mejilla. Vaya con Dios y medite sobre la capacidad de perdonar en la parroquia atlética. Eso sí que no tiene límites. A cada mala nueva le sigue otra peor y ellos siempre venciendo la tentación de mandar todo a paseo.

– Tiene razón padre, ¿Qué será lo siguiente?

– Solo Dios sabe ¿Qué más da? De ciertas cabezas solo se pueden esperar ideas peregrinas.

jueves, 21 de julio de 2011

Souvenirs

De vuelta ya. Anda uno intentando superar la depresión postvacacional, otra enfermedad de nuevo cuño a la altura de plagas modernas como el jet lag por el paso del horario de verano al de invierno o la ansiedad por el exceso de oferta de ocio en centros comerciales del extrarradio. Y es que uno se tiene que reciclar, debe mudar paulatinamente de piel para volver a ponerse el traje de diario, cosa nada fácil tras haber circulado durante casi una quincena con el disfraz de turista.

Un turista debe siempre anteponer comodidad a elegancia, es por ello que aquel representante de ventas para la zona centro y noroeste que de normal gusta hacerse el nudo de la corbata bien gordo y que un pañuelo a juego asome su punta en el bolsillo de la americana, se pone sus bermudas  llenas de compartimentos y no duda en proteger sus pies con calcetines tobilleros de esos que abandonan el talón a las primeras de cambio para ir a reunirse con los dedos. El turista completa su puesta en escena con la cámara de fotos en lugar visible y una sonrisa, digamos tonta. Algunos piensan que esa sonrisa medio tonta es el reflejo inconsciente de una psique que advierte de la indignidad de ser inmortalizado en pantalones cortos y es que esas frases del estilo: “Benito, no tienes tú ya las piernas para enseñarlas”, acaban minando la psique, la autoestima y hasta las ganas de tomar gazpacho bien fresquito.

Así caracterizado el turista se lanza a cazar momentos. Para cazarlos mejor se ayuda de la cámara no vaya a ser que la memoria le traicione cuando tenga que explicar a su vecino el del quinto que esa catedral a la que ha tirado dieciséis fotos aúna elementos del románico y del gótico en proporción casi exacta. Aún así, no contento con aprehender el paisaje de dieciséis maneras diferentes, refuerza su cacería con la compra de merchandising típico: “Lo que te decía, estas almendras garrapiñadas representan las piedras con las que se construyó el templo. Y fíjate, fíjate, hay almendras con forma claramente románica y almendras que no pueden ocultar su condición gótica, ¿qué cosas, eh?” El turista regatea, el turista se enzarza con el vendedor aborigen haciendo mímica o hablando muy alto para que se le entienda mejor. El turista paga caro lo barato, bebe agua embotellada y se estriñe por culpa de la distinta condimentación de las comidas. Eso sí, nunca le abandona esa sonrisa medio tonta.

Pero a veces, solo a veces, el turista se encuentra con un souvenir que le llega, que le hace pensar. Algo que le hace mudar la sonrisa tonta por una sonrisa que sale de más adentro, tal vez del bazo. Para fijar el precio de la transacción, el turista eleva la voz y se intenta entender en lenguas no romances con el vendedor de cara afilada. Aunque sepa que seguramente le esté engañando. Aunque el vendedor le recuerde a Dobrovolsky, otro mediapunta que nos dejó profunda huella. 



Finalmente, pasan los días y el souvenir llega a la que será su casa tras haber estado descansando plácidamente en el equipaje de mano. El turista busca un sitio ideal para colocar la pieza cobrada y no acaba de encontrarlo. En el preciso momento en el que lo deposita donde sea, ya está pasado de moda. Entonces, el turista se para. Vuelve a observar el souvenir y se pregunta si fue una buena compra. Analiza los cinco elementos del recuerdo y comprende que los souvenirs de esta clase tienen una vigencia muy limitada. Ya sea porque a uno de los elementos no se le acaba de querer, ya sea porque otro no nos quiere a nosotros, ya sea porque a ese se le dejó marchar, ya sea porque a aquel no se le quería y ahora sí, ya sea porque al pequeño se le quiere pero también se le discute.

Entonces, el turista recuerda las palabras que decía el vendedor: “Con este tipo de souvenirs nunca se sabe. Siempre están cambiando”. Tendrá razón. Será que solemos comprar caros los souvenirs y que no les encontramos el sitio adecuado. Será que llevamos mucho tiempo sin tener claro incluso nuestro sitio. Será que esa sonrisa medio tonta nos acompaña también en nuestra vida diaria aunque no la combinemos con esos pantalones cortos que tan poco nos favorecen.

lunes, 16 de mayo de 2011

Coplillas para una despedida llena de sensaciones.




 
Permítanme ustedes entrar
en sus casas sin aviso.
Hasta hoy miré remiso
por si se había de quedar.
Ya que parece acabar,
les vuelvo a pedir permiso
y tener terreno liso,
para empezar mi cantar.

Les traigo mis reflexiones.
Sobre un hombre yo les hablo
y también sobre un vocablo
¿Qué vocablo? Sensaciones
¿Sensaciones? ¡No me diga!
A quien pida explicaciones,
le mostraré mis razones,
ahora que muere la Liga.

Tenemos en nuestro equipo
un tipo enjuto que espera,
más que el lucir en Primera,
sensaciones de otro tipo.
¿Qué sensaciones tolera?
Sensaciones como el hipo,
¡Y esto es solo un anticipo,
también la de cagalera!

Sobrino de Faraona,
aunque no ha heredado el arte.
Él es más punto y aparte,
tiene un arte bravucona.
Sus necedades reparte
con su mirada saltona
y se erige en baluarte
de la estrategia ramplona.

Muy quieto en su pedestal,
rota, mueve y vuelve loco.
¡Menos mal que queda poco!
¡Ya se marcha, menos mal!
Al partir suena un murmullo,
mientras se aleja del foco.
Se va el del estilo barroco,
mas que Flores es capullo.

No usa ciertos fichajes,
la cantera le da sueño.
Y mientras, va haciendo encajes
para no poner a Fran.
¡Ésta no rima! Verán…
El que no entra en su plan
se trata de ese otro Fran
con apellido extremeño.

Le cae mal el uruguayo,
dice que le ve pedante.
Que no corre para atrás,
tampoco va pa’ delante.
Menos mal que acaba en mayo.
Si esto dura un poco más,
terminan a “bofetás”
por hacer de capas, sayo.


Un sector sin gran memoria,
le dedica una canción,
esa del que fue campeón,
la del serbio que hizo historia.
Ante tal demostración,
agachamos la cabeza
no entendiendo al Calderón.
¡Ni que fuera el de Hortaleza!

Muy crecidito por ello
se piensa más de lo que es.
Aquí no consta tu sello,
la defensa da traspiés.
Pero Quique, ¿no lo ves?
Tú que te creías bello.
Sale esto, sale aquello
y sale todo del revés.

Aún así, los hay felices
se denominan “quiquistas”,
¡Váyanse a mirar la vista!
¡Vayan ya, manda narices!
Antes de irse, no crean,
le han dado un baño de masas,
si lo sé me quedo en casa,
poco más y le mantean.

Dice que deja progreso.
Dice que deja en Europa.
Con los números se topa
por tanto usar la sinhueso.
¡No, Don Quique, nada de eso!
Progreso sería ganar,
ser séptimo, experimentar
un muy claro retroceso.

Ha sido el que más perdió,
de los técnicos habidos,
y el tío tan relamido,
no crean que dimitió.
Anda justo de decencia,
eso se lo digo yo,
sin tanta clarividencia
de la que gasta el gachó.

¿Ya se marcha? No se explica,
el que nos deje gran duelo.
Entendería el desconsuelo
del jersey de talla chica.
Que la afición le suplica,
que se cambie alguna vez.
¡Es que me va con la tez!
Dice el dueño, justifica.

Termino aquí. Mil perdones,
por usar el eufemismo:
nos tiene ya hasta los mismos,
de tantas las sensaciones.
¡Qué les digo hasta los mismos!
Nos tiene hasta los cojones,
por usar un vulgarismo
acorde con sus acciones.

domingo, 20 de febrero de 2011

El viajante

A pesar de los años que llevaba devorando kilómetros, Ismael no se había acabado de acostumbrar a conducir en noches como esa. Noches en las que las nubes deciden darse un garbeo a ras de suelo, noches en las que el coche a medida que avanza, las rompe llevándose jirones prendidos en los espejos retrovisores. Por lo menos, en cinco minutos empezaría el partido del Atleti. Eso le permitiría sobrellevar mejor las dos horas largas que todavía le quedaban hasta su destino, aunque asumía que la única emisora en la que lo daban se cogiera con demasiada estática, tal vez por la humedad y por la altura de los eucaliptos que bordeaban el camino impidiendo el paso de cualquier onda.

Pensaba Ismael en lo importante del partido de hoy, en lo que el equipo se jugaba, en que si se hubiera celebrado en el Calderón estaría calándose hasta los huesos en el mismo asiento que ocupaba desde hace treinta años, justo dónde la grada lateral se convierte en fondo norte. De repente, frenó con firmeza al ver a una chica que hacía autostop. Por muy extraño que le resultara que anduviera sola por esos parajes en una noche así, paró como le gustaría que hiciera cualquiera que viera a su hija si ésta se encontrara en apuros.
– ¡Vaya nochecita! ¿Cómo se te ocurre salir con este tiempo? –intentó dar conversación mientras se fijaba en lo demacrada que estaba la muchacha, cuya cara le era muy familiar–. ¿No eres de mucho hablar? ¡Ay, los jóvenes, siempre con vuestras cosas! –apostilló quitando hierro a que no le contestara, pensando en la de veces que había intentando él que su Isma le hablara cuando llegaba de madrugada con casi peor cara que su callada pasajera.
– ¿Pero hoy juega el Atleti? –susurró entre dientes la chica–. Hace una eternidad que no escucho un partido.
–Pues has tenido suerte, más atlético que yo no vas a encontrar a nadie y acaba de empezar el partido –dijo entusiasmado Ismael, contento de haber encontrado a una igual.
Pasaron los kilómetros y a medida que se sucedía cada oportunidad del equipo, cada parada de De Gea, cada genialidad del Kun, la chica mostraba mejor color de cara. Comentaron el gran partido de Koke, que ayer se postuló como titular indiscutible hasta el final de temporada, la voluntad de Reyes aún cuando las cosas no le acababan de salir del todo, la seguridad que daba jugar con el mejor defensa de la plantilla, Domínguez, de titular, la poca gasolina que admite el depósito de Tiago, las intermitencias más o menos sospechosas de Forlán, las opiniones encontradas que las actuaciones de Raúl García provocan en cada partido. También hablaron sobre lo bien que empezó el partido, ésta vez sin pájaras. Sobre cómo luego se igualó y cómo en uno de los momentos dónde se peor se estaba pasando, con una melé en nuestro área pequeña de esas que suelen acabar con gol en contra, apareció el mejor jugador del partido para darnos tres puntos que saben a tranquilidad, que invitan a mirar hacia arriba. Se abrazaron con el gol, sufrieron con la presión final del Zaragoza, dieron gracias al larguero en dos ocasiones, maldijeron incluso lo barato que sale pegar patadas a Agüero, tal vez porque no hay periódicos que alcen la voz para decir cuánto se le da. Se mordieron las uñas, apretaron los puños y finalmente, terminaron con una sonrisa, como todos los colchoneros.
Tan enfrascados iban reviviendo la victoria, que, ya a punto de llegar a su destino, Ismael tomó a más velocidad de la debida una curva muy cerrada. Por un instante pareció que le sería imposible hacerse con el control del coche tras derrapar pero, como por arte de magia, el coche que se dirigía derecho hacía el tronco de un árbol volvió a la carretera. Todavía con el susto en el cuerpo Ismael se giró para dirigirse a la muchacha y se percató de que ésta ya no estaba. Paró en el arcén preocupado y buscó durante diez minutos para ver si había salido despedida por la brusquedad de la maniobra, pero nada, ni rastro de ella. Retomó su marcha azorado, todavía temblando por lo ocurrido cuando empezó a ver a lo lejos las primeras luces del pueblo. Decidió no contar a nadie lo sucedido, sólo faltaba que no pudiera cerrar el negocio porque le tomaran por loco o por algo peor.
–Buenas noches –dijo dirigiéndose al dueño del único bar del pueblo con el que había quedado por teléfono antes de salir–. Soy Ismael, el viajante de fosfatos  ¿Usted es Don Casto?
–El mismo, Don Ismael, le estábamos esperando. Nos pareció extraño que prefiriera usted viajar por la noche, porque ya sabe lo que dicen de la carretera que nos une con la civilización.
–Pues me debe disculpar usted, pero no tengo ni idea –contestó con curiosidad nuestro protagonista.
–Es por una leyenda, por un accidente que hubo hace ya muchos años. Muchos dicen que una chica se aparece en la carretera cerca de la curva dónde se mató, pero eso son tonterías de pueblos, a gente como usted le parecerán cosas de paletos supersticiosos.
–No lo crea, Don Casto, no lo crea –afirmó Ismael mientras reflexionaba sobre que hay sentimientos que duran eternamente y caía en dónde había visto la cara de la chica, en la curva, sí, pero en esa curva del Calderón que transforma la grada lateral en grada de fondo norte. De eso hacía casi treinta años.

domingo, 13 de febrero de 2011

Veredicto final

Su Señoría entró en la sala de nuevo tras el receso para el aperitivo, permitió que los comparecientes tomaran asiento y constató avergonzado que el sonido cacofónico del mazo se debía a los restos de almendras que trajo el ujier de su pueblo.
–¿Está preparado el ministerio fiscal para su alegato final?
–Sí señoría –dijo levantándose el fiscal de ceño fruncido, como casi todos los fiscales.
–Proceda entonces –ordenó el juez litúrgicamente.
–Señoras y señores del jurado, mi misión durante los siguientes minutos será que ustedes se convenzan más allá de toda duda razonable de que el acusado es culpable. Ya sé que la defensa ha intentado argumentar que él es solo un peón más en el tablero de la nefasta gestión de sus dos superiores, pero ese no es el objetivo de este proceso. Todos sabemos que ellos son los grandes culpables, pero hemos de esperar a verlos sentados en este banquillo de inculpados al igual que ahora vemos al acusado. Ya sé que también se ha esgrimido que el acusado confeccionaba las alineaciones y convocatorias en un estado de enajenación mental transitoria, que lo que importaba era su trabajo a lo largo de la semana. No se engañen, ese trabajo semanal le acusa de igual forma. Les pido que recuerden la intervención del testigo Domínguez, que pidió testificar detrás de una mampara para no ver la cara de quién tanto daño le ha infringido. Les pido que no olviden el testimonio de Keko por videoconferencia desde los juzgados de Cartagena, Girona, Brazatortas o dónde leches le haya mandado el acusado para quitárselo de encima. Les pido también que reparen en el hecho de que tan solo uno de sus pupilos haya declarado en su favor ¡Solo uno señoras y señores del jurado!, sólo un testimonio en el que además se ha tenido que utilizar traducción simultanea para que ustedes pudieran entender el dialecto utrerano. Es por ello que el ministerio fiscal solicita el veredicto de culpable. Culpable de alinear aleatoriamente, culpable de rigidez táctica, culpable de disfrazar con palabrería las propias carencias, culpable de no conseguir que sus pupilos funcionen como un equipo, sin que tan siquiera sirvan de coartada sus quejas sobre los jugadores vendidos: primero ese mediapunta de pelo rebelde (permítanme aquí un ejercicio de transcripción libre y obviar su redundante nombre en la historia de hoy) y luego Simao. Culpable al fin y al cabo de que los aficionados se hayan tenido que personar como acusación particular. Sólo quiero que tengan esto en cuenta cuando ustedes se reúnan para acordar su veredicto. Cíñanse a los hechos por favor, es el único de los que ha ejercido ese cargo que ha perdido más partidos de los que ha ganado. Y eso es lo que debe pesar en su decisión como jurado. Muchas gracias. La fiscalía ha terminado su alegato.
–El jurado puede retirarse a deliberar –anunció el juez –. Se suspende la sesión hasta que lleguen a un veredicto y así aprovechamos también para hablar algo del partido de ayer.





Se presentó el Valencia en Madrid con dos ventajas claras, por un lado la tranquilidad y suficiencia del que ya ha pasado la varicela de nuestra actual dirección deportiva (incluyendo entrenador) y está inmunizado. Por otro, la equipación. Un equipo que juega de naranja inconscientemente recuerda a Neeskens, a Cruyff, a Rep, a Krol… o incluso a los más cercanos Van Basten, Koeman y Gullit. Vaya por delante que el Valencia es conceptualmente algo alejadísimo de la Naranja Mecánica, pero con todo eso, terminó la jornada de ayer a 17 puntos del Atleti.
Nueva demostración en nuestro equipo de que su justicia necesita una reforma. Los secretarios judiciales de la defensa no dan abasto ante tanto procedimiento atrasado. Los procuradores del medio del campo siguen sin presentar con diligencia los casos a los jueces de la delantera. Si sumamos a todo ello, que los jueces, antaño tan decisivos, ayer repartieron más errores que aciertos, incluyendo un caso de pena capital que fue lanzada al poste por nuestro rubio magistrado. Poco más se puede añadir, ni tener el marcador a favor en los comienzos de la causa garantiza el éxito final. Enfrente no había mucho, no crean, pero tal vez duela más por eso, porque se ve que un equipo puede ganar muchos partidos solo con que el turno de oficio, personificado en Joaquín en el día de ayer, conozca eso, su oficio. Ya no quedan recursos a ningún tribunal superior, ya no quedan instancias que nos puedan dar la razón. El objetivo es simple y llanamente terminar la temporada llegando a un acuerdo para declararnos culpables y salvar la categoría.
 –¿Tienen ustedes un veredicto? –solicitó el juez reparando en el cambio de vestuario del acusado, que había sustituido el jersey ajustado y el gabán oscuro por un mono de presidiario de color naranja, de un naranja que recordaba a Neeskens, a Cruyff, a Rep, a Krol…o a los más cercanos Van Basten, Koeman y Gullit.
– Lo tenemos, Su distinguida Señoría. En el caso que nos ocupa declaramos al acusado culpable.
– Gracias señoras y señores del jurado. Este tribunal le inhabilita a partir de este momento para entrenar en lo sucesivo al Club Atlético de Madrid. Se levanta la sesión.
– ¡NOOOOOOOOOOO! –exclamó a voz en grito el reo –. Yo os he llevado al triunfo. Yo soy el responsable de alcanzar objetivos talasoterápicos. Yo he creado sensaciones perifrásticas. Yo soy el que gestiona intenciones paralelepípedas. Yo soy el que asume responsabilidades estocásticas. Yo soy el que dice supercalifragilisticoespiladoso sin pestañear. Yo soy el de alegatos lacrimógenos. Yo soy aquel que cada noche te persigue, yo soy aquel que por quererte ya no vive, el que te espera, el que te sueña…¡NOOOOOOOOO! –seguía gritando mientras los alguaciles le desalojaban en volandas, lo que hizo reflexionar a Su Señoría sobre el uso de los polisílabos y sobre que tal vez era cierto eso de que estaba enajenado, pero no transitoriamente.

lunes, 7 de febrero de 2011

Tardes-noches de perros

Mi perra es del Atleti. Sí, no me miren raro, lo es. ¿Que cómo lo sé? Baso mi afirmación en pruebas concluyentes. Ya sea por ligas o por copas nacionales o europeas, rara es la semana en la que mi hogar no se ven cuatro o cinco partidos. Ella, que ha visto mucho fútbol desde que llegó a nuestras vidas, suele ver la tele mientras hace otras cosas, olisquea por aquí, mordisquea por allá, cosas de perros, vamos. Pero amigos, cuando juega el Atleti es otra cosa, donde va a parar. Se tumba en el sofá a mi lado, muy quieta, mirando la pantalla fijamente. Allí se pasa el partido entero, los noventa minutos con su tiempo de prolongación correspondiente. Les digo más, en eliminatorias reñidas, aguanta incluso prorrogas y penaltis si los hubiera. Y no protesta aunque necesite un alivio en el parque de enfrente, no. Ella resiste como una valiente hasta que el árbitro señala el camino de los vestuarios. Algún racionalista dirá que lo hace porque me ve a mí más alterado, pero yo sé que no. Ella es colchonera. ¿Cómo se lo explican si no?
Por razones que no vienen al caso, este pasado fin de semana nos hemos ausentado de casa (cosas de la familia política ya que me tiran de la lengua). Estas causas ajenas a mi voluntad han hecho que mi perra haya pasado el fin de semana en una residencia canina muy moderna. Como buena perteneciente a su especie, gusta de jugar con la pelota o de correr por el campo, pero esta vez me ha contado que ya no se lo ha pasado tan bien. Dice que antes jugaban todos los perros juntos y que se divertían mucho, ganando y perdiendo en igual medida, pero dice que las cosas han cambiado. De un tiempo a esta parte solo un par de grupos de perros disfrutan de su estancia. Los primeros son canes de aspecto enclenque, esmirriado incluso, pero que, cuando juegan a perseguir la pelota da gusto verlos. Mueven la pelota con gran velocidad y suelen ganar por goleada sus competiciones de persecución. Los segundos son perros que pecan de mirar por encima del hombro a los de su especie (nosequé de seres superiores me cuenta) y ceden el protagonismo a su adiestrador luso. Ambos son muy aburridos, explica ella. Argumenta que ambos, incluso, tienen la desfachatez de quejarse si el dueño de la residencia les tira la pelota en igualdad de condiciones con perros de otro clan, tan acostumbrados como están a que siempre se les tire cerquita y fácil. Total, que el resto de perros han acordado en asamblea plenaria si no sería mejor dejar de jugar con ellos y darles el galardón de campeones del juego de perseguir la pelota directamente. Así, el resto de canes podría jugar libremente y descansaditos cuando los dos grupos ya tengan cubiertas sus necesidades ególatras. Cuenta mi perra que cuando los otros duermen el resto de perros como ella se lo pasan de miedo jugando: los de Bilbao, los de Málaga, La Coruña y Valencia, etc., pero que cuando despiertan aquellos vuelven otra vez a este tipo de competición tan tediosa por ser conocido el final. Me ha pedido que la próxima vez la deje con mi hermano, que prefiere que las sobrinas le tiren de la cola a ir allí a aburrirse. Vayan ustedes a saber, lo mismo la residencia tendrá que cerrar por quedarse sin público. Con lo orgullosos que estaban sus gerentes hablando de la mejor residencia canina del mundo ¡Qué cosas pasan!

Los nuestros se presentaban en el Camp Nou en lo que anteriormente siempre había sido un partido esperado por sus ingentes dosis de espectáculo y goles. Nada menos que el escenario de los cuatro goles de Pantic, el de la confirmación de la mayoría de edad del Niño, el teatro dónde el tío del número uno de la ATP perdió su cintura con Caminero. En la situación actual de los contendientes y de la liga, este partido se convierte para los más pesimistas en un ejercicio de adivinación sobre cuántos goles te pueden caer y si sobre tu moral saldrá muy tocada. Otros más optimistas, entre los que quiero incluirme, pensamos que puede ser una cita en la que tienes mucho que ganar y poco que perder. Una cita como esa que te preparó tu cuñado, en la que te pusiste un clavel en la solapa y la americana de cuadros para parecer más mayor. Esas citas de las que no esperas mucho y suelen servir para conocer a las madres de tus hijos.
Los presagios no invitaban demasiado al optimismo, en una esquina el amante atento e ideal del balón, en la otra el equipo sobre el que últimamente pesa una orden de alejamiento del cuero (por incapacidad propia). Una vez más, la alineación binguera (por aleatoria, no por picantona y setentera) de nuestro técnico nos sorprendía. Dejaba al díscolo uruguayo en el banquillo y daba la alternativa a Fran Mérida, ese en el que desde el verano confiamos y seguimos esperando. Otro cambio con respecto a los últimos sorteos fue la inclusión de Filipe, otro de los esperados con ansiedad, en el centro del campo. Para glosar la historia del partido basta decir que debo contradecir anteriores comentarios por mi parte. Si recuerdan ustedes, hace poco me quejaba amargamente de la no evolución del sistema del equipo desde tiempos de Aguirre, al no encontrar solución a la tendencia al equipo de partirse. Ahora me presento ante ustedes sin entender como un equipo que pecaba de indescifrable y anárquico, con lo bueno y malo que conllevaba, se ha convertido en un equipo timorato. En un equipo que firmaría perder por sólo un gol, en un equipo que haría osado un planteamiento de Clemente. Con estos mimbres no es de extrañar que un Barça a medio gas tocara y moviera sabiendo que la victoria no tardaría en caer. Podríamos hablar de los desajustes, de la baja forma de Assunçao, de la mejora engañosa al salir Forlán, pero no voy a hacerles perder el tiempo con temas ya sabidos.
Les dejo hasta la próxima entrada. Me toca salir al parque con mi perra. A ver si me sigue contando sus impresiones sobre el fin de semana en la residencia. Y a ver si consigo, cosa que no va a ser fácil, convencerla de que vea los siguientes partidos del Atleti. Tal vez podría tomar nota de las ruedas de prensa del tío segundo de Elena Furiase y hablarle de objetivos secundarios y terciarios, de mentes fuertes, de dinámicas de grupo y de otros polisílabos rimbombantes. Lo más seguro es que me diga que “a otro perro con ese hueso”. Sí, tiene razón, y además será muy duro de roer de aquí hasta el fin de la temporada en esta residencia canina de las estrellas de la que somos testigos privilegiados.

domingo, 23 de enero de 2011

Turismo rural

Sarita y Cayetano llegaron casi a medianoche después de haberse perdido varias veces por el camino. El sitio no se parecía mucho a las fotos de Internet, pero tenía su encanto, decadente, pero encanto al fin y al cabo. Sarita le había regalado por sorpresa este “weekend” en la  casa “Descansu Asturianu” aprovechando la visita del Atleti a Gijón, aunque Cayetano no tuviera demasiado tiempo para seguir al equipo, del que se consideraba seguidor a tiempo parcial.
– Aquí está. Sara Fresnedoso Pernía, todo correcto –dijo Herminio que, además de dueño de la casa, ejercía también el papel de recepcionista, ama de llaves y cocinero –. Tenemos como oferta especial del mes el paquete ecológico-relajante, que supondría sólo 89 euros más IVA adicionales. Esto les daría derecho a degustaciones de productos del terreno y a demostraciones folclóricas.
– ¡Lo queremos! –dijo Cayetano entusiasmado-, no sabe usted lo mal que se come en Madrid, todo parece de plástico o de plexiglás en su defecto.
–De acuerdo entonces. El desayuno se sirve a las siete. Les informo también que a partir de ahora y en un intento sincero de que se vean inmersos en la Asturias rural, tanto yo como el guaje que me asiste en la tarea hostelera empezaremos a hablar en el idioma propio de nuestra realidad nacional, el bable. Si necesitan ustedes traducción simultanea, se les puede ofrecer con un suplemento de 15 euros por persona –anunció profesionalmente el dueño.
Sarita quería que todo saliera bien, que para eso trabajaban tantas horas. Que para eso no se veían casi nada durante la semana. Que para eso habían acordado dejar los portátiles en casa, aunque ella le había mentido piadosamente asegurándole que no se había traído la Blackberry, pero es que no podía desconectarse del todo cuando estaba inmersa en un proceso de fusión de cajas de ahorros.
A la mañana siguiente, Herminio puso el mp3 con el canto del gallo a las siete menos cuarto y llenó el caldero de latón con tres briks de leche semidesnatada. Sacó los huevos del cartón y los pasó por el barro, pegando además un par de plumas del nórdico.
- ¿Cómo fue la noche, óh? Vengo de ordeñar les vaques, ¡miren que leche, miren! Levantéme a las cinco, facía un fríu…Pero merecía la pena que tomáranla recién sacá de les tetes. ¿Y los huevos qué, óh? Saldrannos unes tortilles riquísimes.
Para sorpresa de Herminio, Cayetano se tiró de cabeza al cubo y se bebió un litro de un trago. Solo paró a respirar con la leche goteando por la barbilla para anunciar a voz en grito que desde que iba de pequeño al pueblo de sus abuelos no había probado una leche así. El resto de la estancia transcurrió entre fabes, fritos de pixín y mucha sidrina. Entre actividades a caballo y senderismo radical en las que los urbanitas se arañaron todo el cuerpo y sufrieron  calambres y tirones en la espalda que precisaron de friegas de romero. También fue necesaria alguna que otra llamada con el smartphone que Herminio escondía en la madreña al guaje para que dejara el facebook y  se acercara a Mercadona a comprar más leche, que nunca vio a nadie tomar tanta como a Cayetano.  Hubo fallos, como no, como cuando el guaje equivocó el archivo del gallo con el de los grillos nocturnos y pasaron toda la noche del sábado medio despiertos.

Mientras daban vueltas para aparcar cerca de El Molinón, la pareja reflexionaba sobre lo bien que se vivía en el campo, sobre lo que se estaban perdiendo en la ciudad, sobre las enfermedades que podrían contraer por no tomar carne, leche y huevos como los que había tomado. Hablaron también sobre que en cinco años dejarían la consultoría y se mudarían a un sitio así donde respirar a pleno pulmón, donde criar a un niño y una niña que se llevarían sólo dos años de diferencia. Tejiendo sueños de esos que nunca cumples, vamos.
El equipo de Preciado, ese entrenador que ya nos caía simpático incluso antes de osar contradecir al oráculo lusitano, se enfrentaba al equipo comandado por el sobrino de la más célebre interprete de “Pena, penita, pena”. Ambos equipos se encontraban acuciados por urgencias, los unos por la escasez de puntos y el acecho del fantasma del descenso y los otros por la escasez de amor propio y la pérdida total de su identidad y de los objetivos para esta temporada. El hospedero Flores gusta de disfrazar con palabrería las calidades de una casa que por momentos parece amenazada de derribo. Tapa las humedades del centro del campo con cuadros de artistas recién fichados. ¡Pero no se quejen, oigan!, que estamos en números de cumplir objetivos. La oferta de fin de semana de nuestro anfitrión incluye un sistema 8-1-0 que rota a un 2-0-7 en contraposición con los 4-3-3 o 4-4-2 tan en boga. ¿Cómo? ¿Que me ha faltado un jugador en el sistema? Bueno, será un fallo de la edad o será que hay un jugador que piensa que justifica su elevado sueldo solamente con sacar los corners, con lo lejos que los ponen. ¡Pero dejen de protestar, hombre!, que de estos fines de semana se tiene que volver relajado, que bastante stress se pasa en sus vidas rutinarias.
Desde mi humilde punto de vista el equipo necesita ya una reforma a fondo. Y esa reforma debe ser iniciada por el inquilino del banquillo. Puede que ustedes argumenten en contra que estos cambios no suelen surtir efecto. Pero, ¿qué hay que perder? La única meta a corto plazo debería ser sumar los doce o trece puntos que garanticen la permanencia. ¡Pero no se amohinen, leche!, que nos están dando idem (esto es, leche) de marca blanca a precio de recién ordeñada. ¡Vaya inconformismo que tienen, si hasta dentro de cuarenta años no les volverá a tocar ganar nada!
Volvamos a nuestros protagonistas; Cayetano se empezó a sentir muy mal a medida que discurría el encuentro. Sufrió los tres síntomas inequívocos que preceden al desastre estomacal: sudores fríos, vellos como escarpias y psicofonías intestinales que le obligaron a ausentarse más de cinco veces a lo largo del partido. Al terminar, su cara pálida evidenciaba el mal rato vivido.
- ¡Ay Caye!, te habrá sentado mal la comida tan pura y sin tratar, ¿no crees?
- Habránme caído mal les setines al cabrales –dijo un perfectamente mimetizado con los autóctonos Cayetano.
- Vámonos para Madrid, cariño –concluyó Sarita dudando si la indisposición de Cayetano provenía de la comida del terreno o de la exhibición atlética. Pero no podían quejarse, estaban tan relajados que en el fondo daba igual.