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jueves, 28 de febrero de 2013

Ensayo sobre los sueños


Soñaba el rival con enjugar una renta que parecía insuficiente. Soñaba y se envolvió para materializar su sueño en un manto de sobreexcitación. Soñaba con el campo a rebosar, soñaba que podía hacerse pero en el fondo era un sueño inquieto, el mismo que se vive tras atreverse a cenar callos o manitas de cerdo y mojar mucho pan. Soñaba que a base de empuje podría hacer achicarse al Atleti y el sueño le duró cinco minutos o tal vez seis, el tiempo que necesitó Diego Costa para domar un balón alocado y mandarlo a soñar a las mallas del equipo sevillista. Despertó de su sueño el equipo contrario empapado por el jarro de agua fría administrado por Diego, jugador para el que ya no encontramos en ningún bolsillo adjetivos que puedan calificar su grandiosa temporada.

Despertaron los nervionenses y empezaron a soñar los nuestros. Primero fueron los más pequeños los que cayeron rendidos por lo tardía de la hora, cayeron pronto pero soñaron con un día de primavera. Soñaron con ver un autobús que recorre las calles de la capital con destino Neptuno. Soñaron con ponerse la rojiblanca de nuevo para ir al colegio y que esa señorita de cara avinagrada que se tiene por mocita madrileña les vuelva a mirar con cara rara. Después de los más pequeños el sueño venció a los más veteranos, fue justo después de que tras otra cabalgada de Diego Costa, Falcao se adelantara a la defensa rival y despertara a base de bofetada goleadora a aquellos aficionados locales que todavía no lo habían hecho del todo. Los más mayores soñaron con las finales de los años 60. Soñaron con Collar y con Peiró. Con el rival de siempre, el mayor, el único, postrado a nuestros pies. Soñaron en blanco y negro y soñaron como ese blanco y negro pasaba paulatinamente a un sepia descolorido y más tarde a un color de gran definición. Soñaron con ponerse la bufanda al cuello y acercarse andando a donde se vaya a jugar la final. Soñaron que llevaban de la mano a sus nietos para que estos recibieran su bautismo rojiblanco en tan noble cita.




Discurría el partido por cauces soñados aunque algo bruscos y el sueño nos acabó ganando la partida a nosotros, los de mediana edad. Los que probablemente mirábamos con más reticencia el partido de ayer sin reparar en que, más allá de lo que los nuestros propongan en el campo, nunca hay que dudar del efecto revitalizante que la alineación de Reyes provoca en los equipos contrarios. Empezamos a soñar y lo hicimos con una sonrisa dibujada en la boca. Soñamos con una falta que Schuster dibujó con precisión de arquitecto y con un Futre desmelenado perforando la escuadra de la portería enemiga. Soñamos con cuando nos pusimos cascos de obra y nos escapamos de casa para celebrarlo a pesar de que en dos días teníamos la selectividad. Soñamos con volver a vivir una noche de aquellas y poder llegar a veteranos para contarlo a los más pequeños.

Hemos soñado todos y ni el siempre madrugador despertador ha conseguido que despertemos del todo. Mecánicamente, hemos ido repitiendo las liturgias de cada mañana pero teníamos el sueño todavía presente en nuestras cabezas. Pasaban imágenes de lo que fue, de lo queremos que sea y de lo que será. Hemos soñado con la final soñada. Hemos soñado con el sueño que el Cholo lleva tiempo propiciando. Hemos soñado sin querer despertar ¡Chissst! Les ruego no hagan demasiado ruido al salir, seguimos soñando…

miércoles, 9 de mayo de 2012

En días como estos


En días como estos, nos despertamos bastante antes de que la alarma rompa el silencio del amanecer y damos alguna que otra vuelta de más en la cama mientras nos entregamos a cavilaciones varias. Previsores, nos tomamos el café sin mojar nada, no vaya a ser que nuestros estómagos no admitan acompañantes para esos tibios aleteos de mariposa con el que nos hemos encontrado de buena mañana. Somos conscientes de que esos tímidos movimientos de alas dejarán paso al desfile del día de las fuerzas armadas de las mariposas estomacales a medida que las horas pasen y no queremos tentar suertes. En días como estos, solemos no pensar demasiado delante del armario y siempre elegimos con convencimiento una corbata, una camisa o una blusa en tonos rojo y blanco con las que afrontar el día y sentirnos más seguros.

En días como estos, posponemos decisiones sobre qué línea de producto es la que se potenciará de cara a la campaña de otoño de la empresa porque tenemos la cabeza en otras cosas. Miramos el reloj más veces de la cuenta y reparamos en que el tiempo pasa unas veces rápido y otras exasperantemente despacio mientras hacemos cálculos mentales para saber en cada momento cuánto falta para la hora del partido. Nos cruzamos con Sacristán, el del departamento de facturación, e intercambiamos una mirada cómplice al reconocer en él los mismos nervios y una parecida corbata en tonos rojiblancos. Vamos al baño más veces de las habituales, volvemos a mirar al reloj y nos vamos a comer casi sin hambre. En días como estos, pedimos una ensalada y algo a la plancha para no provocar al tercer batallón de infantería de mariposas desplegadas en las inmediaciones de nuestro píloro y nos vamos deprisa a nuestro cubículo para contestar tranquilamente el mensaje de ese primo nuestro que viaja desde Bucarest recordando al abuelo del Atleti.

– El jefe quiere verte –anuncia una secretaria eficiente cuando ya nos disponemos a salir.

– Dile que me he marchado, Sofía. En días como estos no puedo entretenerme  –contestamos a la vez que ganamos a la carrera el pasillo que dirige a los ascensores.



En días como estos, los atascos nos parecen más densos que de costumbre y nos sorprendemos a nosotros mismos silbando reiterativamente el himno del equipo con la mano posada en la palanca de cambios. Aparcamos casi de oídas y subimos los escalones de dos en dos. El perro nos mira extrañado por la rapidez del paseo y por ese sonido de cornetas tocando a rebato mariposil que proviene de nuestra barriga. Los niños meriendan antes y hasta Alba, ese terremoto con coletas y mirada azul océano templado, se sienta en el sillón de manera inusualmente formal. En días como estos, revolvemos buscando la camiseta de las grandes ocasiones, sí, esa que está ajada y huele a naftalina y nos justificamos explicando que esa zamarra, a pesar de su desgaste, fue una segunda piel testigo del gol de Futre que agujereó la escuadra de la portería enemiga y del mordido remate de un uruguayo que traspasó la línea de gol empujado por los latidos de miles de corazones. Volvemos a mirar el reloj, ya queda menos de una hora.

En días como estos, las contrariedades que surgen por las rarezas en las alineaciones duran menos. Estamos dispuestos incluso a no ahondar en la perplejidad que deben sentir los aficionados de otros países al ver que el equipo actual se parece lo que un huevo a una castaña al que salió victorioso hace nada, como quien dice. Aparcamos por un rato las filias y las fobias. Dejamos a un lado las miserias momentáneamente, sin olvidarlas por supuesto, pero declarándolas en una cuarentena de dos horas menos cuarto de duración. Rellenamos de nuevo el contenido del vaso de tubo y notamos emocionados cómo en nuestro estómago desfila a paso ligero un tercio de la legión de mariposas de Ceuta, con su cabra y todo. Miramos el reloj de nuevo, solo quedan cinco minutos. En días como estos esperamos que Dios reparta suerte y que la reparta entre nosotros ya que se pone…

¡Forza Atleti!

martes, 31 de enero de 2012

Fumando ya no espero

Sé que no es bueno. Sé que todos ustedes esgrimirían una casi interminable lista de ventajas por no hacerlo. Sé que todos tenemos conocidos que enfermaron por culpa de tan canalla hábito. Lo sé todo. Llevo además cargada a la espalda una hipocondría apreciable que me obliga a observarme con asiduidad buscando peregrinos síntomas de enfermedades de futuro padecimiento. Y aún así fumo. Y a veces casi disfruto con ello. Aún sabiéndolo. Fíjense ustedes qué tonto se puede llegar a ser.

Uno recuerda sus inicios en el feo vicio, eran días de querer crecer más deprisa de lo aconsejable. Eran días de comerse el mundo equivocadamente. Eran días de toses arrancadas a una garganta casi virgen e inmaculada. Eran días de galopadas de Futre y de voleas de Alemao a la escuadra. Eran los últimos días de Arteche en el equipo. Eran días de echar mano al bolsillo de la trenca buscando la admitida ración de veneno. Eran días de fugas de calores desde el trasero hacia los corridos asientos de cemento del Calderón. Puede incluso que esos calores concentrados que todos dejamos allí provocaran aquella aluminosis que tanto se cacareó. Vayan ustedes a saber.

Desde aquellos días, uno ha seguido suicidándose en pequeños episodios. Ha tenido intentos de dejarlo, todos fracasados antes o después. Ha tenido épocas de fumar negro, de fumar rubio y de fumar sin tantas consideraciones raciales. Ha llenado ceniceros de boites y de salas de espera. Ha fumado en Moncloa mientras esperaba el último metro simulando desenvoltura. Ha cambiado de voz con el paso de los años y ya no puede imitar a Joselito cantando “La Campanera”. Uno sigue fumando más de lo que debiera e intenta hacer memoria del tiempo que lleva matándose a sorbitos. Uno recuerda un eufórico suelo lleno de colillas en el estadio del rival tras ganar una Copa. Uno recuerda ceniceros llenos en un bar tras un partido en Sevilla en el que nuestro actual entrenador firmó una permanencia. Uno recuerda recipientes repletos de cenizas y lágrimas tras un encuentro en Oviedo. Uno recuerda el primer puro que se fumó, subido en una nube con destino Neptuno tras un partido contra el Albacete. Uno recuerda cómo rebosaban los restos del tabaco, más caro pero igual de dañino, tras una prórroga en Hamburgo. Uno recuerda los pulsos acelerados, la tos que se ha convertido en una compañera, la carraspera sembrada por los ronquidos nocturnos. Uno recuerda muchas citas. A muchas de ellas ha dejado de acudir hace tiempo. Uno ya no deja su sucia herencia con filtro a la puerta de casi ningún discopub, por edad o por pereza. A uno sólo le queda seguir maltratándose con los partidos de su Atleti. Ese por el que tanto hemos gritado para empeorar nuestra maltrecha laringe de fumador. Pero, qué les voy a contar yo a ustedes que no sepan…




Desde que Simeone se hizo cargo del banquillo de nuestro equipo, he notado un descenso en el consumo de tabaco durante los partidos. No tanto en Málaga, pero sí definitivamente contra Villarreal y Real Sociedad. Ayer, servidor se acomodó delante del televisor con el paquete de cigarrillos a mano, casi haciendo guardia. Ayer, uno encaraba la noche con el firme propósito de reducir la adquisición de papeletas para el enfisema. De entrada no pudo ser: tanto la suplencia de Domínguez como el estilismo colchonero, camiseta azul marino, pantalón azul reglamentario que parecía descolorido y medias rojas, me obligaron a encenderme el primero de la noche. Este Atleti que parecía homenajear en la indumentaria al payaso del anuncio de Micolor salió feo. Salió menos entonado que en los dos últimos lances. Viendo las prestaciones ofensivas de Tiago y Mario y elucubrando sobre posibles mediocentros que mejoraran el producto, me eché mecánicamente un pitillo a la boca. Buscaba el mechero para inaugurar el nuevo castigo a los bronquios cuando empezó a aparecer Koke, cuyo partido de ayer, sin ser brillante, reclama minutos y titularidades. Empezó también a aparecer Arda, pero más que en la creación, en esa suerte tan suya que es la de lanzarse al piso para rebañar el balón al contrario con habilidad de carterista de tranvía de Estambul. Se vino el descanso tras un gol atropellado de Godín. Se vino casi sin avisar y casi sin haber fumado demasiado. Tal vez uno no fuma viendo a este Atleti que ha abrazado como religión el “Cholismo Sacrificado” porque le da reparo que los jugadores hagan tales excesos pulmonares mientras se ensucia los propios. Y si no es eso, díganme ustedes alguna otra razón más convincente.

Empezó la segunda parte y ahí me tuve que encender otro. Casi sin querer, no crean. La cosa estaba tranquila pero Adrián y Falcao perdonaron dos ocasiones de esas de las que uno se acuerda en la misma medida que de la suegra o de ese inspector de hacienda que te mira por encima de las gafas mientras pones cara de beato. Siguió el partido con el Atleti peleón y casi solvente a ratos. No tuvo mayores problemas Courtois salvo en el último arreón de Osasuna. Sacó tres manos muy buenas tras muchos minutos de absentismo sobrevenido y con cada una de ellas me encendí un cigarrillo. Será porque soy débil y no acabo de asumir que los tiempos hayan cambiado de esta manera. No acabo de creerme la firmeza defensiva, la contundencia en los balones divididos y los calambres que asoman por las pantorrillas de jugadores que tenía por estilistas. Me tengo que pellizcar para asimilar que ante cualquier imprevisto en forma de lesión, antes nos íbamos con un gol encajado de más y ahora el fisioterapeuta sale a cortar la jugada con maneras de líbero. Acabó el partido con más sufrimiento del debido, con el mortal amigo agazapado entre mis dedos índice y corazón. Poblando de humo el final de un partido que mereció ser de más sosiego.

Llevo unos días levantándome de mejor humor. No sé si serán por las tres victorias seguidas, por los cero goles encajados o por la menor absorción de nicotina durante los partidos. Ahora, cada mañana vacío en la basura el contenido de un cenicero famélico, despoblado. Él me mira con cara de hambriento y pide en silencio más ceniza que llevarse al coleto. Dice mi mujer que hasta me atrevo a cantar en la ducha. No con la voz de Jimmy Sommerville, que la cosa no da para eso, pero sí visitando registros vocales más allá de Tom Waits. Me encuentro mejor la verdad y hasta debo confesar que ahora los paquetes de Ducados me duran casi dos días. Fíjense que esta mañana me he permitido la frivolidad de correr tras el autobús que se escapaba sabiéndolo perdido. Solo por hacer ejercicio. Por parecer más sano. Igual de sano que este Atleti se está mostrando en lo deportivo ¿En lo institucional? Miren, si vamos a hablar de lo institucional, denme fuego antes, se lo suplico. 

jueves, 19 de enero de 2012

Genios y figuras

– Goyo, vamos, que se nos hace tarde… –llamó de nuevo Gregorio, el padre, intentando no acumular más retraso del acostumbrado de camino al colegio.

Goyo colocaba extasiado en perfecta alineación la numerosa colección de figuras. Todas con torsos pintados de rojo y blanco, todas con el pantalón azul, como debe ser. Descansaban sobre esas peanas que fracasaban en el intento de apegar al terreno escorzos imposibles y remates acrobáticos. Gregorio se detuvo un momento en el quicio de la puerta del dormitorio viendo cómo su hijo volvía a pasar revista a su ejército de leyendas rojiblancas, su pasatiempo favorito. Miraba lleno de orgullo al comprobar que el pequeño, que tanto se parecía a él, había heredado su misma pasión. Esa pasión que le llevó a iniciar la colección hace ya demasiados años. Revivió la antigua liturgia, el olor del plomo fundido y la avidez con la que invadía los moldes, el mimo al limpiar los pinceles, la sequedad que provocaba el aguarrás en sus manos...Continuó durante muchos años alimentando esa afición que le hurtaba horas y vista, dejándola solo de lado, aparcada por la falta de tiempo, cuando su familia se multiplicó. Su hijo Goyo creció, empezó a juguetear con ellas, las hacía bailar alrededor de un garbanzo con hechuras de balón, aprendió los nombres de los representados, retuvo lo que significaron en la historia de su equipo, revivió los partidos tantas veces contados por sus mayores, organizó sus propios concursos de lanzamientos de golpe franco en los que las figuras de Luis, de Pantic, de Dirceu, maltrataban las escuadras de unas porterías con redes de malla de patatas, desplegaba sus recursos a la manera de Antic, a la de Ivic o incluso a la de García Traid, imaginaba los gritos de Arteche y Pereira pidiendo avances de sus laterales, galopaba por las bandas de una alfombra gastada de la mano de Futre o de Leivinha, se zafaba del marcaje de los deberes del colegio para dibujar remates de cabeza de Gárate o de un niño pecoso de Fuenlabrada, dejó junto a esos trozos de plomo pintado tardes enteras, les hablaba y les deseaba las buenas noches y hasta le pareció que alguna vez Leal respondió a su despedida nocturna levantando levemente la mano vendada.




Hace un par de años Gregorio y Goyo modelaron sus últimas figuras llevados por la euforia. No utilizaron el plomo como materia prima, lo sustituyeron por un menos contaminante poliéster resinoso. Evidentemente, las figuras perdieron peso, pero no solo masa real y medible, perdieron el peso de tener toda una historia atrás. Las figuras actuales son más quebradizas, más frágiles. Muchas de esas últimas figuras están apartadas de las demás, en un cajón del que ya casi no salen. La mayoría de ellas resisten mucho peor el paso del tiempo que sus congéneres de recio plomo a pesar de las tremendas diferencias en la fecha de fabricación. Seguramente, en menos tiempo del que pensamos, nadie se acordará de ellas. Dentro de unos años, demasiados probablemente, alegrías puntuales harán que un anciano Gregorio y hijo Goyo tengan la tentación de retomar el antiguo hobby de crear con sus manos esas nuevas figuras. Al final desistirán, se impondrán a sí mismos la falsa creencia de que no van a hacer más por falta de tiempo o por cortedad de vista, pero no será por eso. No lo harán por no sentir como suyas esas figuras más ecológicamente ligeras, por no saber si ése que tal vez la merecería pertenece al Atleti en su totalidad o en un tanto por ciento despreciable, por no conocer cuánto tiempo se quedará a nuestro lado, por la pérdida de peso, en suma, de los candidatos a ser inmortalizados. La colección seguirá constando de los mismos elementos. No se sumará ninguno más. Y ambos dos seguirán mirando cómo el pequeño Goyito, la tercera generación, empezará a escenificar sobre una manta convertida en improvisado campo de fútbol una gran parada de Reina a disparo de un zancudo jugador con las medias bajadas que no puede ser otro que Rubén Cano. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Plan alternativo

–¡Que alegría me das! –exclamó el marido al conocer la predisposición de su consorte a hacer algo el sábado por la tarde

–Ya ves…–añadió ella con desgana mientras hojeaba una de las revistas de interiorismo salvaje a la que él estaba suscrito.

–Pues me ha comentado Piotr que en la sala experimental de teatro de la que te hablé, estrenan un montaje que versa sobre la influencia de las digestiones pesadas en la actual interpretación del mito de Ofelia.

–¿Ofelia la gorda de Mortadelo?

–¡No!...Ofelia la de William –respondió él con desesperación y con una familiaridad que solo se gana tras muchas noches de cine iraní con subtítulos en finés del norte, casi lapón–. Y para rematar podríamos ir al nuevo restaurante que ha abierto la pareja abierta, valga la redundancia, de Marco. Dicen las críticas que es como estar en la mismísima Anatolia. Auténtico sabor turco en el centro de la ciudad…

Al oír la palabra turco, algo se encendió dentro de ella. Fue como un brillante rayo de esperanza en el nublado panorama de sus ilusiones. Era la primera vez que conscientemente se iba a perder un derby desde que tenía uso de razón. Recordó a Marina, a Hasselbaink, a Torres, a Futre y Schuster y hasta a Rodax. Imaginó lo que sería cambiar la pintura roja y blanca en la cara que se ponía en ocasiones como esa por una base discreta en tonos arenas del Gobi ¿Y si ésta vez era una de las buenas y se lo perdía? ¿Y si después de todos estos años en los que la pequeña distancia que separaba a ambos equipos se había convertido en insondable grieta auspiciada por gestores de baja catadura moral se llevaban una alegría? Hay cosas que se llevan muy dentro, sentimientos y actitudes que se guardan en recovecos del alma y a las que no se puede dejar de hacer caso cuando deciden aflorar. Oía sin escuchar a su marido mientras peroraba sobre actores que se despojaban de cualquier atadura impuesta por la ropa que les constreñía y volvió del paseo por su mente a tiempo contestar a la pregunta planteada sobre con qué tarjeta pagar la reserva online de las dos butacas de patio que ya tenía seleccionadas en el portal para mentes y culos inquietos “tengounadeocioquenosequéhacerconél” punto com.



–Mejor no reserves de momento. Llevo unos días con un malestar general que no sé yo si vamos a poder salir el sábado. A lo mejor tenemos que buscar un plan alternativo, pero descuida, que puede que tengamos sabor turco –explicó ella sin hacer demasiado caso del mohín forzado que él dibujó en ese rostro al que la cuidada perilla quedaba tan bien. 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Llamada del futuro



Junio de 1987

El jovenzuelo de camisa profusamente estampada se introdujo en la cabina telefónica en la que el timbre sonaba insistentemente. Descolgó el aparato con curiosidad mientras sus ojos recorrían las pintadas que adornaban el recinto y percibió un olor acre, como de orines olvidados.

– ¿Diga?

– Hola Carlos. Soy tú. Tú mismo dentro de casi veinticinco años –respondió una voz excesivamente familiar.

– ¿Qué? ¿Cómo?

– Sí leche, que soy tú. A ver, escucha que no tengo todo el día y no quiero ni pensar a cuánto andará el minuto de llamada de móvil a fijo del pasado. No te agobies con los exámenes que te va a dar igual.

– ¿Seré abogado?

– No criatura, estarás en el paro, como casi todo el mundo. Tendrás dos carreras, hablarás con fluidez tres idiomas y entenderás varios dialectos regionalistas que te servirán para resolver crucigramas de una dificultad apreciable, pero de trabajo, nada. Además –continuó el Carlos futurista para intentar animar a su yo ochentero–, España ganará la Eurocopa entrenada por Luis Aragonés y el gol lo meterá un chico del Atleti que acaba de nacer como quien dice.

– ¿La Eurocopa del 88?

– No hijo, esa no. Bueno, ya te enterarás. Ahora lo más importante. Pasado mañana son las elecciones del Atleti. Ni tú ni el abuelo podéis votar a quien ibais a votar.

– ¿A Gil? Pero si va a traer a Futre…

– Hazme caso.Al principio parecerá que trabaja para el club, pero no trabaja para nadie que no sea él mismo. Y luego vendrá su hijo con un señor de peluca, las dos mayores calamidades de la historia colchonera. Votad a quien sea, a Cotorruelo o a Santos Campano, da igual, pero no votes a Gil. No habrá manera de echar ni a él ni a su familia en los próximos veinticinco años. Hay que cuidar a nuestro Atleti.

– Vale, vale. Se lo diré a papá –añadió el joven Carlos todavía extrañado pero secretamente convencido de lo que le decía su yo exterior.

– Así se hace. Pues nada te dejo…¡Ah!, otra cosa, ¿ves ese restaurante seminuevo que tienes enfrente?

– ¿McDonalds?

– Sí, pues vete al Burger King. Si entras dentro verás a Julia, otra que parece que de entrada te hará feliz pero que te quitará el coche, la casa de Atocha y no te permitirá ver a tus hijos más que un fin de semana al mes. Nada, nada, tú al Burger o a una casa de comidas caseras, que eres muy propenso al triglicérido alto.

– Ya… –dijo Carlos no entendiendo demasiado lo que él mismo se había dicho.

– Y no te eches tanta laca, leñe, que ahora tengo yo que sufrir con alopecia tus excesos por querer parecerte al cantante de los Cure. 

– Muy bien. Oye….gracias –se despidió el Carlos tecnopop. Colgó el teléfono y salió de la cabina dispuesto a hablar con su padre y cambiar el voto en las elecciones del próximo día 26. Si preguntaba por qué, diría que había estado hablando consigo mismo. Ojalá muchos hubieran tenido esa oportunidad.

viernes, 21 de enero de 2011

La plataforma (o la entrada poco dada al vodevil, aviso a navegantes)

Para: Zacarías Cebollero Minglanilla
Plataforma petrolífera Neptuno 2
Atlántico Norte. Según pasas Groenlandia, a la derecha mirando a Terranova.
De: Saturnina Minglanilla Covachas

Querido hijo, espero que a la llegada de la presente te encuentres bien, que desde pequeño siempre has sido un poco enquencle y con tendencia a la anemia. Prométeme que comerás bien, aunque te pongan pescado.
Hace ya tiempo de tu última misiva y te escribo preocupada por no tener más noticias tuyas. Has de saber que aquí estamos todos bien salvo pequeñas cosas, a tu padre le ha vuelto a subir el ácido úrico y yo sigo con mis achaques.  El que está algo más delicado es tu abuelo, que dice el doctor Burgos que tiene una enfermedad alemana de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que le hace pasearse en calzoncillos por casa y hablar solo, dice él que con Luís Aragonés.
Tu hermana también bien, se ha casado en terceras nupcias con un subsecretario de la Federación española de Fútbol que ha metido a la mayor a trabajar con él de becaria. El pequeño, del que casi no te acordarás porque te fuiste cuando era un bebé, anda ennoviado con Anabel, la nieta de los del quinto derecha.
Nos alegramos de que te lleves bien con tus compañeros de la perforadora y de que varios de ellos sean del Atleti como tú. Me sorprende que haya algunos que lleven casi un cuarto de siglo allí destinados, pero sus motivos tendrán. Supongo que no todos estarán allí por esa cabezonería tuya, pero estas cosas es mejor llevarlas en compañía.
Ya le he puesto varias velas a San Apapucio para que este jueves ganemos por fin a los otros. Pero, por si acaso, no estaría de más que reconsideraras tu postura. Ya sé que dijiste que no volverías a tierra firme hasta que ganásemos un derby, pero es que ya van muchos años desde que no te vemos.  Estas tozudeces son muy de los Cebollero, que me conozco yo muy bien estas cosas después de aguantarlas cuarenta y tres años.
Nada más, cariño. Escribe pronto y no olvides tomar mucha leche.
Tu madre que te quiere,

Zacarías padre enfiló los últimos metros de la larga caminata desde el estadio hasta su casa. Las únicas almas que compartían la calle con él eran algunos taxistas que fumaban en la puerta del bar de Paco muy concienciados con la nueva ley. Ya era muy tarde y tenía congeladas las extremidades a pesar de los calcetines de lana y los guantes de goretex que le regaló su nieta la mayor en los últimos Reyes. Nostálgico recordó cuántas y cuántas veces había recorrido junto a su hijo ese mismo camino de vuelta. Recordaba cómo comentaban las jugadas del partido, cómo el niño regateaba eufórico farolas y papeleras utilizando como balón cualquier lata vacía diciéndole: “¡Papá, mira! Como Futre”. También recordaba que cuando la niñez y la adolescencia quedaron atrás, cada vez fueron más los días en los que los dos subieron la cuesta en silencio, no se sabe bien si enfadados o hastiados.  
Una vez ganó el refugio del portal, intentó subir despacito los seis escalones hasta la entreplanta para no hacer ruido. Giró la llave con suavidad y se desvistió en el salón para no tener que encender luces. De puntillas entró en la habitación y levantó la colcha para meterse en la cama cuando Saturnina levantó la cabeza:
- ¿Qué? ¿Otra vez?
- Sí cariño, trata de dormirte de nuevo.
Saturnina tardó bastante en dormirse, frustrada y a la vez enfadada con San Apapucio.
Mientras tanto en la plataforma petrolífera Neptuno 2, el gerente de suministros miró extrañado a Zacarías Cebollero.
- O sea, que anulamos tu petición para salir mañana en el primer helicóptero.
- Sí Julio, me reengancho otra vez. No sé por cuánto tiempo pero me reengancho.