Mostrando entradas con la etiqueta Schuster. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Schuster. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de febrero de 2013

Ensayo sobre los sueños


Soñaba el rival con enjugar una renta que parecía insuficiente. Soñaba y se envolvió para materializar su sueño en un manto de sobreexcitación. Soñaba con el campo a rebosar, soñaba que podía hacerse pero en el fondo era un sueño inquieto, el mismo que se vive tras atreverse a cenar callos o manitas de cerdo y mojar mucho pan. Soñaba que a base de empuje podría hacer achicarse al Atleti y el sueño le duró cinco minutos o tal vez seis, el tiempo que necesitó Diego Costa para domar un balón alocado y mandarlo a soñar a las mallas del equipo sevillista. Despertó de su sueño el equipo contrario empapado por el jarro de agua fría administrado por Diego, jugador para el que ya no encontramos en ningún bolsillo adjetivos que puedan calificar su grandiosa temporada.

Despertaron los nervionenses y empezaron a soñar los nuestros. Primero fueron los más pequeños los que cayeron rendidos por lo tardía de la hora, cayeron pronto pero soñaron con un día de primavera. Soñaron con ver un autobús que recorre las calles de la capital con destino Neptuno. Soñaron con ponerse la rojiblanca de nuevo para ir al colegio y que esa señorita de cara avinagrada que se tiene por mocita madrileña les vuelva a mirar con cara rara. Después de los más pequeños el sueño venció a los más veteranos, fue justo después de que tras otra cabalgada de Diego Costa, Falcao se adelantara a la defensa rival y despertara a base de bofetada goleadora a aquellos aficionados locales que todavía no lo habían hecho del todo. Los más mayores soñaron con las finales de los años 60. Soñaron con Collar y con Peiró. Con el rival de siempre, el mayor, el único, postrado a nuestros pies. Soñaron en blanco y negro y soñaron como ese blanco y negro pasaba paulatinamente a un sepia descolorido y más tarde a un color de gran definición. Soñaron con ponerse la bufanda al cuello y acercarse andando a donde se vaya a jugar la final. Soñaron que llevaban de la mano a sus nietos para que estos recibieran su bautismo rojiblanco en tan noble cita.




Discurría el partido por cauces soñados aunque algo bruscos y el sueño nos acabó ganando la partida a nosotros, los de mediana edad. Los que probablemente mirábamos con más reticencia el partido de ayer sin reparar en que, más allá de lo que los nuestros propongan en el campo, nunca hay que dudar del efecto revitalizante que la alineación de Reyes provoca en los equipos contrarios. Empezamos a soñar y lo hicimos con una sonrisa dibujada en la boca. Soñamos con una falta que Schuster dibujó con precisión de arquitecto y con un Futre desmelenado perforando la escuadra de la portería enemiga. Soñamos con cuando nos pusimos cascos de obra y nos escapamos de casa para celebrarlo a pesar de que en dos días teníamos la selectividad. Soñamos con volver a vivir una noche de aquellas y poder llegar a veteranos para contarlo a los más pequeños.

Hemos soñado todos y ni el siempre madrugador despertador ha conseguido que despertemos del todo. Mecánicamente, hemos ido repitiendo las liturgias de cada mañana pero teníamos el sueño todavía presente en nuestras cabezas. Pasaban imágenes de lo que fue, de lo queremos que sea y de lo que será. Hemos soñado con la final soñada. Hemos soñado con el sueño que el Cholo lleva tiempo propiciando. Hemos soñado sin querer despertar ¡Chissst! Les ruego no hagan demasiado ruido al salir, seguimos soñando…

jueves, 24 de noviembre de 2011

Plan alternativo

–¡Que alegría me das! –exclamó el marido al conocer la predisposición de su consorte a hacer algo el sábado por la tarde

–Ya ves…–añadió ella con desgana mientras hojeaba una de las revistas de interiorismo salvaje a la que él estaba suscrito.

–Pues me ha comentado Piotr que en la sala experimental de teatro de la que te hablé, estrenan un montaje que versa sobre la influencia de las digestiones pesadas en la actual interpretación del mito de Ofelia.

–¿Ofelia la gorda de Mortadelo?

–¡No!...Ofelia la de William –respondió él con desesperación y con una familiaridad que solo se gana tras muchas noches de cine iraní con subtítulos en finés del norte, casi lapón–. Y para rematar podríamos ir al nuevo restaurante que ha abierto la pareja abierta, valga la redundancia, de Marco. Dicen las críticas que es como estar en la mismísima Anatolia. Auténtico sabor turco en el centro de la ciudad…

Al oír la palabra turco, algo se encendió dentro de ella. Fue como un brillante rayo de esperanza en el nublado panorama de sus ilusiones. Era la primera vez que conscientemente se iba a perder un derby desde que tenía uso de razón. Recordó a Marina, a Hasselbaink, a Torres, a Futre y Schuster y hasta a Rodax. Imaginó lo que sería cambiar la pintura roja y blanca en la cara que se ponía en ocasiones como esa por una base discreta en tonos arenas del Gobi ¿Y si ésta vez era una de las buenas y se lo perdía? ¿Y si después de todos estos años en los que la pequeña distancia que separaba a ambos equipos se había convertido en insondable grieta auspiciada por gestores de baja catadura moral se llevaban una alegría? Hay cosas que se llevan muy dentro, sentimientos y actitudes que se guardan en recovecos del alma y a las que no se puede dejar de hacer caso cuando deciden aflorar. Oía sin escuchar a su marido mientras peroraba sobre actores que se despojaban de cualquier atadura impuesta por la ropa que les constreñía y volvió del paseo por su mente a tiempo contestar a la pregunta planteada sobre con qué tarjeta pagar la reserva online de las dos butacas de patio que ya tenía seleccionadas en el portal para mentes y culos inquietos “tengounadeocioquenosequéhacerconél” punto com.



–Mejor no reserves de momento. Llevo unos días con un malestar general que no sé yo si vamos a poder salir el sábado. A lo mejor tenemos que buscar un plan alternativo, pero descuida, que puede que tengamos sabor turco –explicó ella sin hacer demasiado caso del mohín forzado que él dibujó en ese rostro al que la cuidada perilla quedaba tan bien.