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miércoles, 7 de septiembre de 2011

La herencia florista

Hace unos cuantos días tuvimos el dudoso placer de volver a tener noticias de nuestro antiguo entrenador. Con nocturnidad, alevosía y su desahogo usual, repasó la actualidad atlética e hizo balance de su travesía al frente de la nave rojiblanca en un nuevo episodio de discurso en el que abundan tanto las oraciones subordinadas como las medias verdades. Pasado ya un tiempo prudencial desde su sobreactuada despedida, el caballero de la ojera perpetua vuelve al inicio del curso como si de una colección por fascículos que nunca llegan a finalizarse se tratara, haciendo gala también de una coherencia que solo puede pagarse en moneda propia de estas épocas, el cortycole.

Diseccionaba el impar sobrino del creador de la rumba catalana su paso por el Atleti con esa capacidad tan suya de pontificar sobre lo que se tiene que hacer sin hacerlo. Reconoció que debió haberse marchado en dos ocasiones, coincidiendo con las salidas de Jurado y Simao, en un ataque de dignidad que bien pudo haber tenido en su momento. Explicó que tal vez el equipo se había creído mejor de lo que era sin argumentar cuán bueno se puede creer un equipo que cosecha un noveno y un séptimo puesto en sus dos años como técnico. Dijo que se quedaba con el Forlán de la primera temporada cuando él fue el que puso a los pies de los caballos al charrúa y volvió a mostrarse tibio al hablar del dúo prescrito y su relación con ellos.



Reconociendo de antemano el trabajo del tío segundo de Elena Furiase cuando arribó a un equipo desnortado y autogestionado y agradeciendo de igual manera títulos y finales vividas, uno piensa que su influencia sobre los resultados tiene menos peso que la tuvo Forlán, por alusiones al charrúa. Uno también piensa que, tácticamente, no ofreció ninguna innovación con respecto a la propuesta futbolística de Aguirre, por poner otro ejemplo, y que en contraposición, sí se puede atisbar la mano del nuevo técnico en los cuatro partidos vistos hasta ahora, por muy gris y muy poco dado a los aspavientos verbales que el jiennense sea.

Otra cosa por la que el primo de la intérprete de Sarandonga será recordado será por la herencia que ha dejado en varios de nuestros jugadores: el otrora idolatrado uruguayo, cubre ya sus trabajados abdominales con ropa diseñada en Milán; el tan denostado y castigado Domínguez es llamado a la selección tras un notable inicio de temporada en el que no parece evidenciar esa cabeza en otro sitio en la que se escudaba el estratega del verbo florido; Fran Mérida busca rehabilitación en Braga para salir de un ostracismo al que le condenó el señor de las perífrasis; varios otros jugadores han necesitado de terapia, grupal e individual, ante esa tendencia del anterior calentador del asiento Recaro de plantear los partidos y elaborar las alineaciones en base a señales atisbadas en los posos del café, aunque éste fuera soluble.  

Como pueden ver, deja un campo florido y sembrado de buenos recuerdos, aunque…, no debo ser injusto. No se merece eso. Hay algo que sí debemos recordar como una herencia perdurable. Toda una pléyade de seguidores que, influidos por su imagen, se lanzaron de igual manera a grandes superficies y comercios de barrio para adquirir la prenda que identifica y define al primo del arreglista de “No dudaría”. Un jersey de estrecheces. De estrecheces de mangas, de talle y de miras a partes iguales. Un jersey desaconsejado tras dispendios veraniegos o navideños para evitar comparaciones con morcillas de Burgos. Un jersey que esperemos haya quedado aparcado en armarios y cómodas hasta otra ocasión. No nos queda bien, la verdad. Pero no me negarán que a él, al muy “jodio”, el jersey le quedaba muy bien. Las cosas como son, oigan.