–Creo que se está usted equivocando –exclamó sorprendida Cándida al ver cómo un desconocido tomaba asiento enfrente suya en la mesa en la que esperaba a Dimas, el caballero con el que llevaba viéndose desde hace unos meses.
–No, no, no crea –dijo con desenvoltura su inesperado partenaire –. Vengo de parte de Dimas. Me ha comentado que tiene hoy un compromiso ineludible, aunque menos sugerente que el que le ligaba con su persona ¡Dónde va a parar! No sé si el asunto que le impide hacer acto de presencia en estado corporal frente a usted será laboral, familiar o criminalístico, pero de ninguna manera será tan reconfortante como tomarse un vermouthcito de mediodía con semejante beldad ¡Mozo, tráigame lo mismo que a esta damisela de rotunda belleza! –añadió el sustituto dirigiéndose al camarero que sacaba brillo a los vasos tras la barra.
– Ya…ya. Y…¿usted quién es? –intervino azorada Cándida por la locuacidad y el descaro de su casual compañero.
– ¡Uy! Tiene usted mucha razón. Perdone mi falta de tacto. Atiendo al nombre de Domitilo, para servirla usted rendidamente. Soy amigo de Dimas desde que juramos bandera en Cerro Muriano cuando éramos unos imberbes jovenzuelos. Mantenemos una relación que podríamos calificar de uña y carne e incluso de padrastro desde entonces, tanto en las duras como en las maduras, como es su caso, si me permite el atrevimiento.
Cándida no podía salir de su asombro. Así que Dimas, ese hombre elegante que regentaba con salero una mercería en la calle comercial del barrio le mandaba un sustituto ante su incomparecencia. No tenía claro si iba a perdonar su ausencia pero iba a intentar disfrutar del momento, de ese dominical vermouth de grifo con su rodajita de limón y su chorrito medido de seltz. Además, el sustituto Domitilo, tenía la capacidad de subirle a una el ego, cosa que nunca está de más. Se propuso continuar con la escena sustitutiva sin pensar en ausencias ni incomparecencias, dejándose llevar.
– Y dígame, Domitilo, usted, ¿a qué dedica el tiempo libre? – preguntó Candida como hizo en su día Jose Luis Perales, pero con mucha menos cara de pasa, dónde iba a parar....
Se presentaba el Granada en el Calderón para jugar un partido que no acababa de venir bien del todo. Un partido al que parecía que se le hubiera hecho hueco en la agenda con calzador de zapatería fina. Tal vez fuera por el asiático horario, ese que no respeta que el jueves hayas jugado la ida de una eliminatoria cuasieuropea al ser el Besitkas un equipo que pace precisamente en el lado asiático de Estambul. Tal vez pilló pronto. Tal vez por eso fuera un partido marcado por las ausencias y por las incomparecencias.
Salieron los equipos al campo y enseguida reparamos en que no había hecho acto de presencia ese Atleti al que Simeone nos tiene acostumbrado desde su llegada. No compareció la presión asfixiante, no apareció esa lucha feroz ante los balones divididos, no acabó de verse esa seguridad defensiva endémica de estos nuevos tiempos. No comparecieron ni Adrián y su genialidad ni los pulmones inacabables de Gabi. No hicieron acto de presencia ni el aplomo que últimamente mostraba Mario ni la supuesta genialidad de Salvio, esa que a muchos entre los que me encuentro nos cuesta ver, será por pensar que un jugador que necesita siete toques para controlar un balón no puede ocupar plaza de extracomunitario ni aunque sea asiático y se adapte bien al horario. No apareció un medio del campo que sigue acusando la baja de Diego en todo el partido, el balón sobrevolaba sus dominios en aérea transición hacia los brincos de un Falcao peleón como siempre, pero atropellado como de costumbre lejos del área. No se vio a un Koke como el que esperamos y podemos ver, aunque la salida de Arda le ofreció alguien con quien asociarse, siempre con la pinturería que trae el turco bajo sus cortos brazos. No compareció casi nada, fíjense, pero tampoco el Granada compareció con ganas de hacer sangre, aunque lo podría haber hecho. No hizo acto de presencia tampoco un colegiado con criterio, dado que Mateu, el celebrado trencilla devoto del “sigan, sigan”, volvió a dar un concierto desconcertante de silbato caprichoso, dejando al equipo rival con un hombre menos a mayor gloria de su leyenda de arbitrajes librepensadores pero ventajistas. Tampoco apareció Silvio y jugó Domínguez de lateral izquierdo, sitio en el que cumple desde el sufrimiento. Al cierre de estas líneas no queda claro si Silvio no juega porque el Cholo no confía en él o por una nueva recaída, hecho que traería consigo que Sanitas le echara de la tarjeta de familiares del seguro médico por ser tan enfermizo. No hizo acto de presencia el fútbol, en suma, al igual que no hizo de presencia en el estadio Nicolás, el hijo mayor de Cándida, ése del que su madre sospecha que pudiera ser un vampiro por su afición a la noche y por los ojos inyectados en sangre con los que llega a casa a punto de romper el alba, porque no le pedía el cuerpo levantarse tan pronto con semejante sol.
Frente a todas estas ausencias, el partido nos dejó dos cosas, sólo dos, pero ninguna de ellas menores. Nos dejó tres puntos. Probablemente tres puntos sin brillo y hasta casi inmerecidos, pero tres puntos al fin y al cabo que engrosan un casillero que debería ser mayor dadas las últimas actuaciones y que fueron celebrados por nuestro entrenador como lo haríamos cualquiera de nosotros. Nos deja otra cosa también, nos deja una arrancada. Una carrera de sesenta metros de Juanfran cuando ya el partido tocaba a su fin. Nos deja un alarde de garra de los de antes, una jugada de otros tiempos. Nos deja un sprint plagado de contrarios impotentes para parar el avance de ese jugador reinventado e infrautilizado por entrenadores de gafa colorista o jersey estrecho. Nos deja un centro al área que casi se queda corto por la fatiga acumulada tras una jugada así, una de esas en las que se sobrelleva el peso de las espinilleras a fuerza de corazón. Nos queda un remate de Falcao que terminó en gol tal y como el prólogo merecía, aunque fuera un gol en el que el balón entró en la portería despacito y casi llorando, como ausente. Todo eso nos dejó. Tal vez algunos de ustedes piensen que nos deja poco, sí, pudiera ser. Aún así, el que suscribe piensa que a pesar de las ausencias e incomparecencias, debemos guardar en ese rincón que todos tenemos arrancadas como esas, de las que llevábamos tiempo sin ver por estos lares. Debemos saber disfrutar de esas cosas, aunque parezcan nimias, por encima de las ausencias. Como si fuera un vermouth dominical de esos que atesoran el secreto de la cantidad justa de sifón, ni más ni menos.

