Mientras la
veía alejarse pensó en todo lo vivido a su lado. En las mañanas radiantes, las
tardes de tregua y las noches demasiado cortas. Se sintió solo y muy chico sin
el calor que notaba cuando ella estaba junto a él. Se sintió vacío, como si
algo se le hubiera roto por dentro. Ella no se dio la vuelta ni tan siquiera
una vez para mirarle. Siguió andando decididamente por el andén poniendo más
distancia entre ellos con cada paso. Una distancia que dolía…
Jugaba el
Atleti en Zaragoza pero era casi como si no jugara. Jugaban los nuestros pero
con la tranquilidad del que tiene hace tiempo los deberes hechos y pasados a
limpio y lo hacía contra el equipo local, un mal estudiante de esos que siempre
saca los cursos en el último momento. De esos que se la juegan al cara o cruz
final confiando en que su atropellada manera de llevar la asignatura tendrá
siempre compensación. Jugaba el Atleti pero andábamos todos con los ojos y los
oídos en otros campos. Campos de los que la temporada también se despedía enfilando
un andén del que salen trenes para el infierno o para la gloria efímera. Era
una noche de transistores, vamos.
Siempre son
emocionantes las tardes o noches de transistores aunque a día de hoy hayan
perdido ese halo que tenían antes, cuando éramos un poco más jóvenes de lo que
somos ahora. Cuando estos días sabían a copita de Fundador o de Centenario y a
por todas. Cuando dejaban el regusto de las boquillas Targard o la tranquilidad
de los seguros Finisterre para no dejar cosas en el aire. Cuando con cada gol
se hacía un repaso de quién bajaba y quién se mantenía, de quién compraba los
billetes en el maldito tren y de quién se quedaba en la estación con el
equipaje lleno de alivio. No siente uno lo mismo cuando puede ver en
multipantalla cada gol en conexión con la ciudad interesada. No queda lo mismo
ver un gráfico explicativo de las opciones de cada uno con una aplicación
descargada en el smartphone ni escuchando los goles en un iPod shuffle con
dolby surround. Llámenme carcamal, pero
no es lo mismo.
Salió el
Atleti a jugar en este escenario de héroes por un día y de villanos de última
generación y salió serio, como es norma, pero sin querer hacer más daño del
necesario. Salió con un equipo parcheado y gustó ver a Pulido, al que hemos
visto demasiado poco para lo demasiado que hemos visto al Cata, al tímido Insúa
y a varios de los no habituales. Salió Diego Costa, que no conoce de partidos relajados
ni de trámites y todos se encontraron con un rival condenado y con los brazos
caídos. Les decía que el Atleti no quería hacer sangre de manera gratuita y
hasta cedió el balón y alguna oportunidad a los maños, pero Courtois tampoco
sabe qué es eso de parar a medio gas, de parar con las manos blandas y de tirarse
como un saco de patatas, que es algo que sí se vio en porteros que defendían
arcos en otros campos.
Se hizo el
Atleti con el control del partido casi sin querer. Con muy poquito. Con las
caídas a banda de Diego Costa, con el exuberante estado de forma de Koke y con
dos o tres cositas más, todas pequeñas. Pudieron marcar los nuestros en varias
ocasiones pero parecían no querer. No era plan de arruinar esperanzas por mucho
que ya no hubiera transistores en la grada y por mucho que los aficionados jubilados
del Zaragoza se quejaran de que la poca cobertura 3G en La Romareda impedía seguir la jornada a través de las redes sociales. Discurría el
partido con el Atleti avisando, como en el cuento del lobo, hasta que salieron al
campo Arda y Óliver y ya no hubo manera de contenerse de la clase que derraman
por el campo los dos. Marcó Turan tras eslalon pinturero y casi lo hace Torres en
una jugada que hubiera obligado a los presentes a buscar en lo más hondo de los
bolsillos un pañuelo que agitar, aunque fuera de celulosa y con aroma mentolado.
Empataron
los locales casi sin querer ni merecerlo y fue entonces cuando de la mano de
los artistas y de ese delantero brasileño que no sabe lo que es no poner toda la
carne en el asador en todos los partidos, el Atleti selló el pasaporte de los
maños para el viaje a ninguna parte con dos goles que, sabiendo que dolían, no
se celebraron. Terminó el partido y uno reparaba en lo malo que debe ser para
un equipo que se juega cosas como las que se jugaba el Zaragoza tener de rival
a este Atleti de Simeone en la última jornada. Ya le pasó al Villarreal antes.
No conoce éste Atleti de relajaciones, de partidos de trámite ni de situaciones
que pudieran ser tomadas por alguien como deshonrosas. No sabe manchar la
camiseta con dejadez o abulia, lo que se agradece en toda circunstancia.
Se nos va
la temporada. Se marcha y la vemos alejarse por el andén con paso decidido
mientras nos quedamos vacíos por dentro. Se marcha y sabemos que volverá con
otra cara, con otro peinado y con un vestido estampado de estreno a finales de
agosto pero nos deja igual de apenados. Se aleja deprisa a pesar de tener que
tirar de una maleta repleta de con las ilusiones y recuerdos que todos hemos
puesto en ella. Sigue andando y en cada paso abre una distancia que es un
abismo. El abismo de estos meses sin el Atleti en el campo. El abismo de los
fines de semana sin esa cita fija. El abismo de las tropelías que se perpetrarán
en despachos o restaurantes de varios tenedores. Se marcha y no se da la vuelta
para mirarnos ni tan siquiera una vez. Se aleja y ya la echamos de menos por lo
mucho que nos ha dado. Se marcha y sentimos miedo por lo que el verano nos
puede quitar, que viendo los precedentes puede ser mucho. Se va y derramamos
alguna lagrimita, no como las de Falcao, no, que de esas lagrimitas ya
hablaremos más adelante, una lagrimita pequeña, muy sentida. Se marcha y no
acabamos de asumir que lo haga, quisiéramos que temporadas así estuvieran
siempre a nuestro lado. Ella sigue andando presurosamente, poniendo entre ella
y nosotros una cada vez mayor distancia. Una distancia que duele.




