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jueves, 22 de octubre de 2015

Partidos de lata

De los partidos contra rivales exóticos como el Astaná, cuyo nombre evoca reminiscencias de fragancia fresca y juvenil, raras veces puede uno extraer conclusiones a las que elevar a ningún altar. Poseen estos encuentros una pátina como de comida de lata. Un aporte de calorías mínimo. Un quitar el hambre con tintes de supervivencia y poco más. La ración de campaña o la pastilla con la que el astronauta engaña a un gusanillo mareado por la ausencia de gravedad. La noche de ayer, que traía bajo la capa un frío más traidor de lo que la mañana dejó entrever, quiso saltarse el guion establecido y legó en herencia a las memorias algo más de chicha que saborear. Se agradeció, claro está, que no por ser un partido en conserva deja uno de mandar en sus hambres.

El primer bocado a destacar lo protagoniza Carrasco. Demostró ayer el belga lo que iba apuntando en los minutos en los que había participado con anterioridad: desborde, clase, ganas, hambre en definitiva. Se sacudió Yannick esa etiqueta de jugador revulsivo, de estilete en el contraataque con dificultades ante defensas con tendencia al hacinamiento. Abandonando la banda cuando fue preciso dejó en la afición ganas de un segundo plato elaborado por sus manos, o más bien por sus piernas. El segundo mordisco para el recuerdo proviene de la coincidencia sobre el campo de Oliver y Correa. Cuando la inventiva y la pausa se juntan aparecen las jugadas meritorias e incluso los goles de relumbrón como setas en temporada. A ciertos platos hay que darles tiempo. Mimarlos. Rectificar la sal o avivar el fuego según convenga. Si el producto es de calidad, y en ambos casos de eso van sobrados, la espera tiene sus frutos.




Párrafo aparte merece la ración menos futbolística que se sirvió anoche. Desde la vertiente emocional debe ponderarse lo de Jackson. Continuaba el colombiano con su particular batalla personal contra el gol, buscaba encontrarse sin ser capaz ni aun mirándose en un espejo cuando cayó en sus dominios un balón tierno. Un balón que parecía puesto en remojo, ablandado y desalado, que permitía múltiples preparaciones. Remató el centrodelantero a la media vuelta un cuero que pedía más un pase a un compañero que afrontara el lance de cara y rebotó en su camino en todo lo rebotable para finalmente alojarse en las mallas con semblante de alivio. Resopló Martínez también, caído en el suelo tras el escorzo, y el hambre que acababa de saciar se maridó a la perfección con la alegría incontenible de sus camaradas de vestuario. Lo mejor de la noche estuvo ahí. Tras un gol contrahecho. Segundos después de un tanto elaborado con sobras de otros muchos goles que en el mundo fueron. La lectura que debe hacerse de ese gol con tintes de ropa vieja es la de un equipo unido. La de un grupo que ofrece la mano para que el individuo que pasa dificultades escale la montaña que en su mente ha tallado. Hay veces que comer de lata le deja a uno un cuerpo estupendo, miren por dónde…

lunes, 19 de octubre de 2015

No apueste contra el Atleti

Si se diera el caso poco probable de que a ustedes les sobrara el dinero y anduvieran pensando en invertirlo, no lo hagan apostando contra el Atleti. No preguntaré por la procedencia de ese fajo de billetes que pretenden quemar. No me pararé a investigar si cayó a sus bolsillos llovido de un supuesto cielo en el que ahora descansa una tiíta solterona que se acordó de sus lejanísimos sobrinos en uno de sus últimos arrebatos de lucidez o si proviene de la recalificación de un terrenito rústico hábilmente gestionado por un cuñado que hizo carrera en éste o aquel partido. Mi consejo no abraza objetivos morales, sino prácticos. Si la mejor estrategia que han encontrado para hacer que sus ahorros crezcan y se multipliquen es la de pensar que los rojiblancos no van a dar que hablar este año, olvídenlo. Busquen ustedes otras acciones con las que dilapidar sus rentas, háganse ese favor.

Tal vez las jornadas iniciales de calendario rocoso hayan podido mellar la confianza de algún creyente no practicante. Tampoco ayudan a rememorar si las botellas lucen medio llenas o no esos coitus interruptus tan exasperantemente abundantes que en forma de parones de selecciones sufrimos los adictos al fútbol de clubes. Pudiera llegar a admitir que si echáramos un rápido vistazo al balance del Atleti en lo que llevamos de temporada, refleja éste quizás más sombras que luces. Que el equipo parece menos engrasado, domesticado incluso en ciertos lances del juego. Podría invocar, y justo sería, a los necesarios tiempos de ensamblaje, a respetar los tiempos de cocción para que las lecciones del catecismo del partido a partido ganen en untuosidad. Comprendería, puestos a ceder terreno, a quienes pretendieran devaluar el bono a muy corto plazo de una plantilla todavía inmersa en forjar su propia identidad, pero eso sí, no consintiendo colocar las expectativas de un equipo recién echado a rodar a la altura de cualquier bono basura: de ese tipo de urgencias y rentabilidades cortas de miras saben bien en otras orillas, no en la nuestra. Les advierto además que si persisten en su actitud y no pliegan velas, les envío a mis padrinos, bien sea para acordar lugar, hora y armas a utilizar, bien para administrarles de manera terapéutica un soplamocos si la cosa se enquistara más allá de lo caballeroso.



Sí debatiría detenidamente sobre el justo equilibrio entre intensidad y buen trato del balón que los nombres del plantel aconsejan mantener e incluso no me extrañaría que los mercados mostraran una pizca de desconfianza ante esa nueva imagen del Mono Burgos trajeado. Ya desde el pasado verano, estando aun el equipo en versión borrador, fueron muchas las voces que se alzaron exigiendo el escurridizo objetivo de jugar mejor. Vaya por adelantado que puestos a elegir bando entre resultadismo y preciosismo rococó, a servidor de ustedes lo encontrarán parapetado tras la trinchera de los que quieren ganar, ganar y ganar, como decía el Sabio. Confesaré sin reparos que llegados a este punto la estética quedó olvidada en el fondo de alguna maleta ajada por el uso, será cosa de los años o de no acabar de aguantar esa pose de los que se emboscan en la bandera del guardiolismo más militante, ése que desprecia el fin para regodearse hasta el sopor en los medios a base de toque fútil. Reconozco que el Atleti que me levanta del asiento es el de la intensidad, el de llegar una décima de segundo antes a los balones divididos, el de comerse al adversario por una pata, preferiblemente la de apoyo. Uno, que es un nostálgico además de un redicho, piensa que si un equipo de eminentes científicos descifrara el genoma rojiblanco, esos valores estarían ahí presentes entre proteína y proteína. Ésa debe ser la base, el sofrito del guiso. El esfuerzo no negociable sobre el que construir el edificio que esperamos ver relucir a finales de curso. Entiendo no obstante que sobre esos cimientos debieran surgir conexiones y automatismos, amabilidad con el cuero si se tercia. Si tras esa evolución sin traicionar las raíces el resultado es además fácil de ver, mejor que mejor. No crean que no disfruto cuando feroces balones con alma de saltimbanquis son domados por Óliver. Las gambetas de Correa y esas carreras desbocadas de Griezmann que dejan en evidencia la velocidad de los centrales rivales provocan en mí ataques agudos de síndrome de Stendhal. Me solazo como el que más cuando Koke encuentra ese resquicio en forma de último pase que desmorona las defensas numantinas y alabo la pulcritud de Tiago sacando el balón de atrás. Espero mucho de Vietto cuando olvide los apéndices, de Carrasco en las batallas a campo abierto y de Jackson cuando decida dejar de vivir sin vivir en sí pero sobre todo espero de ellos que sean capaces de asumir que la intensidad y el compromiso tienen más razón de ser en el escudo del club que el oso y el madroño. Ahora que tan de moda está el concepto, mi patria es ese Atleti indómito y salvaje al que nos hemos bien acostumbrado en los últimos años.


Si con todo lo anterior todavía siguen pensando en tirar sus ahorros no reconociendo al caballo ganador, permítanme añadir un último argumento. Uno irrefutable. Miren al banquillo. Fíjense en ese señor que normalmente viste de oscuro, el que lleva unos cuantos años obrando el milagro de los panes y los peces con cada pitido inicial. El valor más seguro maneja el timón de la nave. Les pido que observen la evolución de la cotización de las acciones de todo lo que su mano ha tocado en los últimos tiempos y les vuelvo a conminar a no malvender sus títulos y a no escuchar a los interesados brokers afines a medios del régimen, siempre tan en su papel de agencias de calificación de lo balompédico dispuestas a ignorar e incluso despedazar todo aquello que pretenda salirse de los pérfidos renglones del bipartidismo al que sirven. Este Atleti volverá a enamorar, se lo aseguro. Diría más, lo mismo el Mono Burgos vuelve a embutirse en su sempiterno chándal y se cuelga de nuevo el cronómetro al cuello, todo se andará…

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nunca es fácil ser el nuevo

Nunca es fácil ser el nuevo. En el colegio, ser el nuevo supone verse sometido a una minuciosa observación desde que entras en el aula. Notas las miradas clavándose como puñales en tu espalda mientras buscas un pupitre huérfano y sin dueño desde el que pasar desapercibido en estas primeras horas de la que será tu nueva vida durante al menos un año. Hay veteranos que incluso olfatean a tu alrededor sin disimulo, intentando detectar aroma a repetidor o a refugiado que huye de otras escuelas que quedaron en el recuerdo. Más tarde, cuando te toca leer la redacción sobre cómo fue tu verano, el resto de los alumnos presta más atención de la debida buscando pistas, puntos débiles. Resquicios por los que meter mano a la posible nueva relación. A la hora del recreo lo más probable es verse relegado a ocupar la portería en el partido de fútbol que seis clases juegan simultáneamente en el patio. Con suerte puedes intercambiar unas palabras breves con los otros dos porteros, también nuevos, sobre la operativa a seguir en caso de dos balones que lleguen a la vez. A lo mejor, cuando ya llevas dos semanas de clase alguien te ofrece poder acompañar a modo de prueba al grupo ya formado.

Tampoco es fácil ser el nuevo en el trabajo. Por más que te esfuerces en sacar de lo más hondo una simpatía largamente olvidada es imposible evitar el desconfiado escrutinio de los recién estrenados compañeros. Da igual que te ofrezcas a pagar el café más veces de las que tocan, da lo mismo que rías gracias que te piden a gritos echarte a llorar. Pasarán varios meses, años incluso, antes de ser aceptado como uno más, antes de conocer los códigos que los demás manejan con soltura. Mientras tanto, solo resta la incómoda trinchera de ese traje que te queda largo de mangas, último bastión de resistencia ante los embates de aquellos que piensan que tu llegada les arrebatará la posición ganada a base de trienios.  



No es fácil ser nuevo en este Atleti. Da igual que hayas llegado en olor de multitudes luciendo el marchamo de estrella consolidada en otras tierras y otras escaramuzas. Da lo mismo que hayas regado de sudor la pretemporada diseñada por ese Mengele de la preparación física que es el Profe Ortega. Da igual tu precio, tu condición o tu nacionalidad. No es fácil encontrar una grieta en el muro que en cada encuentro levantan la pareja de centrales uruguayos. No es fácil presionar más que Gabi ni llegar a poseer el conocimiento del juego que atesora Tiago. Nada de simple tiene aguantar sobre los hombros el peso del estandarte que Simeone ha otorgado a Koke. Nadie dijo que fuera sencillo encontrar un hueco en la punta de ataque, desbancando a un Griezmann exuberante y a un Torres que adorna su espléndida veteranía con la ilusión de cuando nos enamoró siendo apenas un adolescente. Todas reglas tienen sus excepciones y esas son Oliver y Filipe. Tampoco ha sido fácil para ellos pero contaban con la ventaja de que ya sabían lo que era esto. Lo suyo ha sido un reencuentro, un deja vu en rojiblanco. Sabían lo que les esperaba y lo que de ellos se espera. Si veinte años no son nada, como dice el tango, una temporada fuera es el destello de una estrella lejana. Un paréntesis que rebosa continuidad.


Todos anhelamos poder llevarnos a la boca una gambeta del Vietto que esperamos. Queremos que la velocidad de Carrasco levante turbulencias que nos despeinen el flequillo. Deseamos empaparnos de la sobriedad de Savic y defenderíamos espada en mano que Thomas recuerda al Patrick Vieira de los mejores años. Moriríamos por ver al Jackson asesino que veíamos por la tele perforar las redes rivales con esa cara de “no es nada personal” que el colombiano refleja antes de disparar. A todos les llegará su hora. Todos serán importantes a lo largo del apasionante camino que se acaba de comenzar a transitar. Cada uno en su medida deberá aportar su granito de arena para levantar la montaña cuya cima esperamos tocar allá por mayo. Será cuando ya todos ellos reciten de memoria los versículos del evangelio del Cholo, hasta entonces todos deben estudiar para aprenderlo de corrido. Nunca es fácil ser el nuevo a no ser que seas Correa. De él hablaremos en futuras ocasiones, los que son como él en ningún lugar se sienten como si fueran nuevos y para ellos todo es mucho más fácil.

lunes, 19 de agosto de 2013

De ligas que empiezan, solvencias y fuegos artificiales

Empezó la liga y lo hizo casi sin que la afición estuviera preparada para ello. Empezó antes que nunca, antes de operaciones retornos, de vueltas al cole y mucho antes de que se vayan a tomar por donde amargan los pepinos las olas de calores saharianos. Empezó y lo hizo con horario de pregón en la plaza del pueblo, empezó pronto en la fecha y muy tarde en la hora, como si fuera una tanda de penaltis en una semifinal del trofeo Carranza. Empezó y varios tuvieron que elegir entre el fútbol a deshora o ir a ver los fuegos artificiales de fin de fiestas. Tú avísame cuando vaya a explotar la palmera y ya salgo yo del bar para decir ¡oooooooh!, que es lo que toca en semejantes circunstancias, dijeron algunos intentando justificar su ausencia en la explanada en la que todos los habitantes del pueblo, aborígenes y veraneantes putativos, se arriesgan a que el palo de un cohete les saque un ojo en honor a la Virgen de la Chancla Suelta.

Empezó y uno repara en que se ha atenuado notablemente ese hormigueo que hace unos años sentía en los mondongos cuando empezaba la competición doméstica, hecho que solo puede ser achacable a la igualdad que se espera de una competición en la que los dos primeros suelen sacar un mínimo de veinte puntos de ventaja al más brillante de sus adversarios. Empezó la Liga y uno no tenía ni puñetera idea de qué fichajes había hecho el conjunto rival, ni de qué equipo tipo se iban a encontrar los nuestros enfrente, aspecto éste que debe ser atribuido a la alergia urticante que le provoca a la mayoría de los mortales cualquier contacto con la información deportiva estival y más concretamente con la referida al mercado de fichajes, tema que merece un espacio de frecuencia semanal en el canal Sci-Fi o un monográfico en Cuarto Milenio. Empezó la Liga y ya desde muchos días antes de empezar y a pesar del espartano régimen de desinformación al que somete uno mismo para no oír tanto disparate, uno está hasta los mismísimos forros escrotales de reportajes sobre cómo se van a complementar Messi y su nuevo y estrafalario compañero, al que desde este blog se llamará Marimar a partir de este momento, o de qué día se aparecerá un jugador galés sobre el que servidor de ustedes escuchó un brillante elogio por parte de un filósofo de chiringuito con riñonera en la que, sin duda confuso por la emoción del advenimiento, el susodicho llamó al zagal “Bareh Gay”, cambiando de un plumazo las consonantes iniciales de su gracia y rodeándole de un halo que solo tienen los locales del madrileño barrio de Chueca.

Empezó la Liga y a una gran parte de los que siguen el fútbol de manera atenta no les constaba que empezaba. Empezó la Liga y muchos sentían algo de pereza por su comienzo. Todo esto que le cuento, la pereza, las pocas ganas y la poca preparación ante el choque inminente se disiparon en un segundo, justo lo que tardó el aficionado colchonero en ver salir por el túnel de vestuarios a once tipos vestidos de rojo y blanco, y con pantalón azul, claro…



Salió el Atleti al Sánchez Pizjuán vestido de manera ortodoxa, el Cholo de azabache y negro y el Mono Burgos con chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello pese a los rigores estivales hispalenses. Salió el Atleti con una alineación conocida, esperada. Dispuso Simeone a los mismos que se batieron no hace mucho en lides que serán recordadas con el solo cambio de Villa por Falcao, ese delantero centro con ambiciones de prejubilado que busca un retiro en la Costa Azul. Salió el Atleti y no costó reconocerlo, algo que no era norma en tantos años como proyectos disparatados se han sucedido. Salió el Atleti y parecía mayo siendo agosto. Salió sabiendo a qué atenerse y dejándonoslo claro a nosotros también. Defensa prieta, centro del campo obediente tácticamente y presión meritoria para las alturas a las que estamos. Salieron los nuestros y se vio bien en general a la defensa y a los mediocentros, se vio más Koke que Arda y mucho más Diego Costa que Villa.

Tras unos minutos de achuche local, se hizo el Atleti con el partido con más oficio que juego, recitando una lección sabida de tanto repasada. Se encomendaban los nuestros al derroche de Koke y Gabi y, sobre todo, a la movilidad de Diego Costa y ese desquiciamiento generalizado que provoca su presencia en jugadores y aficionados de equipos de paciencia escasa y poca cultura balompédica. Empezaban y acababan nuestros ataques en él, conocedor del ascenso en el escalafón que se ha ganado a pulso. Llegó su primer tanto tras varios avisos y algún que otro susto a la salida de un corner peinado por un Miranda que empieza el año con esa pátina de solvencia con la que terminó el curso pasado. Empató el Sevilla pronto y el Atleti no se descompuso pese a que los hispalenses quisieron encanallar el partido pero no demasiado, que no son estas fechas que inviten a embozarse en una capa y esperar en callejones oscuros y mal ventilados con la calor que cae.

Comenzó la segunda parte y el partido andaba perdido en naderías hasta que entró Óliver como primer cambio en lo que pudiera interpretarse como un ascenso también para él, pasando de recurso a solución, pasando de coleccionar de minutos a atesorarlos. Salió Óliver y empezó a mostrarse, a ofrecerse como hacen los que saben de qué va esto. Se hizo el Atleti con el balón de manera natural y con más intención y fue entonces cuando Koke vislumbró un hueco para lanzar un balón profundo y dañino a Diego, cuyo partido merecía más premio que solo un gol. Acompasó el de Lagarto su carrera a la del cuero para cruzar un balón que suponía victoria y refuerzo en lo que se hace. Quedaba tiempo todavía para que debutara Baptistao y para que el Cebolla desbordara y abusara de un individualismo que nos regaló un gol tardío, un gol de los que le gustan a él, siempre en constante idilio con los tercios últimos de los encuentros.


Empezó la Liga y volvimos a ver al Atleti solvente que el Cholismo nos regala. Empezó la Liga y, a pesar de las carencias que se antojan, especialmente en la zona ancha, sigue triunfando la idea por encima de condicionantes estéticos. Empezó la Liga y la pereza que daba la fecha y el horario se acabaron esfumando pese al trasnoche canicular. Empezó la Liga y mereció la pena perderse los fuegos artificiales para volver a este Atleti cumplidor que abrazamos pese a ese vicio con forma de poca brillantez en ciertos momentos. Empezó la Liga y los nuestros siguen siendo fiables, pese a horarios, rivales, ausencias y vacíos. Empezó la Liga y continuamos agarrados con fe a lo que dictan un señor que ayer vestía de azabache y negro y a otro que llevaba la chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello a pesar de los rigores veraniegos… 

lunes, 3 de junio de 2013

Despedidas, transistores y no saber de relajaciones

Mientras la veía alejarse pensó en todo lo vivido a su lado. En las mañanas radiantes, las tardes de tregua y las noches demasiado cortas. Se sintió solo y muy chico sin el calor que notaba cuando ella estaba junto a él. Se sintió vacío, como si algo se le hubiera roto por dentro. Ella no se dio la vuelta ni tan siquiera una vez para mirarle. Siguió andando decididamente por el andén poniendo más distancia entre ellos con cada paso. Una distancia que dolía…


Jugaba el Atleti en Zaragoza pero era casi como si no jugara. Jugaban los nuestros pero con la tranquilidad del que tiene hace tiempo los deberes hechos y pasados a limpio y lo hacía contra el equipo local, un mal estudiante de esos que siempre saca los cursos en el último momento. De esos que se la juegan al cara o cruz final confiando en que su atropellada manera de llevar la asignatura tendrá siempre compensación. Jugaba el Atleti pero andábamos todos con los ojos y los oídos en otros campos. Campos de los que la temporada también se despedía enfilando un andén del que salen trenes para el infierno o para la gloria efímera. Era una noche de transistores, vamos.

Siempre son emocionantes las tardes o noches de transistores aunque a día de hoy hayan perdido ese halo que tenían antes, cuando éramos un poco más jóvenes de lo que somos ahora. Cuando estos días sabían a copita de Fundador o de Centenario y a por todas. Cuando dejaban el regusto de las boquillas Targard o la tranquilidad de los seguros Finisterre para no dejar cosas en el aire. Cuando con cada gol se hacía un repaso de quién bajaba y quién se mantenía, de quién compraba los billetes en el maldito tren y de quién se quedaba en la estación con el equipaje lleno de alivio. No siente uno lo mismo cuando puede ver en multipantalla cada gol en conexión con la ciudad interesada. No queda lo mismo ver un gráfico explicativo de las opciones de cada uno con una aplicación descargada en el smartphone ni escuchando los goles en un iPod shuffle con dolby surround. Llámenme carcamal, pero no es lo mismo.

Salió el Atleti a jugar en este escenario de héroes por un día y de villanos de última generación y salió serio, como es norma, pero sin querer hacer más daño del necesario. Salió con un equipo parcheado y gustó ver a Pulido, al que hemos visto demasiado poco para lo demasiado que hemos visto al Cata, al tímido Insúa y a varios de los no habituales. Salió Diego Costa, que no conoce de partidos relajados ni de trámites y todos se encontraron con un rival condenado y con los brazos caídos. Les decía que el Atleti no quería hacer sangre de manera gratuita y hasta cedió el balón y alguna oportunidad a los maños, pero Courtois tampoco sabe qué es eso de parar a medio gas, de parar con las manos blandas y de tirarse como un saco de patatas, que es algo que sí se vio en porteros que defendían arcos en otros campos.



Se hizo el Atleti con el control del partido casi sin querer. Con muy poquito. Con las caídas a banda de Diego Costa, con el exuberante estado de forma de Koke y con dos o tres cositas más, todas pequeñas. Pudieron marcar los nuestros en varias ocasiones pero parecían no querer. No era plan de arruinar esperanzas por mucho que ya no hubiera transistores en la grada y por mucho que los aficionados jubilados del Zaragoza se quejaran de que la poca cobertura 3G en La Romareda impedía seguir la jornada a través de las redes sociales. Discurría el partido con el Atleti avisando, como en el cuento del lobo, hasta que salieron al campo Arda y Óliver y ya no hubo manera de contenerse de la clase que derraman por el campo los dos. Marcó Turan tras eslalon pinturero y casi lo hace Torres en una jugada que hubiera obligado a los presentes a buscar en lo más hondo de los bolsillos un pañuelo que agitar, aunque fuera de celulosa y con aroma mentolado.

Empataron los locales casi sin querer ni merecerlo y fue entonces cuando de la mano de los artistas y de ese delantero brasileño que no sabe lo que es no poner toda la carne en el asador en todos los partidos, el Atleti selló el pasaporte de los maños para el viaje a ninguna parte con dos goles que, sabiendo que dolían, no se celebraron. Terminó el partido y uno reparaba en lo malo que debe ser para un equipo que se juega cosas como las que se jugaba el Zaragoza tener de rival a este Atleti de Simeone en la última jornada. Ya le pasó al Villarreal antes. No conoce éste Atleti de relajaciones, de partidos de trámite ni de situaciones que pudieran ser tomadas por alguien como deshonrosas. No sabe manchar la camiseta con dejadez o abulia, lo que se agradece en toda circunstancia.


Se nos va la temporada. Se marcha y la vemos alejarse por el andén con paso decidido mientras nos quedamos vacíos por dentro. Se marcha y sabemos que volverá con otra cara, con otro peinado y con un vestido estampado de estreno a finales de agosto pero nos deja igual de apenados. Se aleja deprisa a pesar de tener que tirar de una maleta repleta de con las ilusiones y recuerdos que todos hemos puesto en ella. Sigue andando y en cada paso abre una distancia que es un abismo. El abismo de estos meses sin el Atleti en el campo. El abismo de los fines de semana sin esa cita fija. El abismo de las tropelías que se perpetrarán en despachos o restaurantes de varios tenedores. Se marcha y no se da la vuelta para mirarnos ni tan siquiera una vez. Se aleja y ya la echamos de menos por lo mucho que nos ha dado. Se marcha y sentimos miedo por lo que el verano nos puede quitar, que viendo los precedentes puede ser mucho. Se va y derramamos alguna lagrimita, no como las de Falcao, no, que de esas lagrimitas ya hablaremos más adelante, una lagrimita pequeña, muy sentida. Se marcha y no acabamos de asumir que lo haga, quisiéramos que temporadas así estuvieran siempre a nuestro lado. Ella sigue andando presurosamente, poniendo entre ella y nosotros una cada vez mayor distancia. Una distancia que duele.

lunes, 27 de mayo de 2013

Epidemia


CIRCULAR MS/SSP 2013/05/23

De: Ministerio de Sanidad/Subsecretaría de Salud Pública

A: Responsables de Áreas Sanitarias, Directores de Centros hospitalarios adscritos


Como continuación de las anteriores comunicaciones referentes a la avalancha de casos diagnosticados del ya conocido como síndrome de mayo, ésta subsecretaría ha bajado a nivel 2 la alerta estatal de criticidad epidemiológica. Aun así, se considera todavía prematuro e irresponsable poner en conocimiento de los medios y la opinión pública en general el gran número de afectados por la patología, evitando de esta manera malas prácticas como las que se produjeron en alertas de epidemia anteriores como la de la gripe aviar, en la que se puso en cuarentena a los pacientes canarios por lo que pudiera pasar.

Dentro de la política de transparencia y fluidez en la comunicación que siempre caracterizó a este departamento, se adjunta ensayo clínico de campo realizado por el eminentísimo internista Ataulfo Solozábal Molina en el que se desvelan algunas claves sobre la enfermedad a la que nos enfrentamos.

Sin otro particular, queden saludados atentamente.


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Anexo I: 23/5/2013 Apuntes del ensayo clínico con pacientes aquejados del conocido como Síndrome de Mayo dirigido por el Dr. Solozábal Molina adscrito al Servicio de Medicina Interna del Hospital Provincial Ignacio Urdangarín de Fuenteturbia de Abajo.


Desde la madrugada del pasado sábado 18 de mayo, el Servicio de Urgencias de éste centro recibe múltiples ingresos de pacientes que presentan cuadros de similares características: afonía que impide la emisión de ningún sonido, luxaciones de codo de diferentes grados, estado general de euforia con episodios de risa compulsiva y hematomas severos en parte interior de ambos brazos. Se deriva a los pacientes al traumatólogo de guardia que descarta causas endógenas en cuanto al tema del codo pero alerta de que los individuos, de todas las edades, sexos, clases sociales y color de ojos, deberían estar experimentando un dolor casi insufrible por el desplazamiento de la articulación y en cambio, se muestran eufóricos y no paran de sonreír. Ya por la mañana del día siguiente, se habilitan boxes de aislamiento para poner en cuarentena a los afectados y se pone en conocimiento del ministerio la sintomatología y el volumen de infectados, los cuales siguen en ese estado de permanente felicidad y hasta se funden unos con otros en sentidos abrazos que suelen terminar en sollozos y vertido de lagrimones de un tamaño que aconseja administrar suero en vena para evitar deshidratación. Poco a poco evoluciona favorablemente el tema de la afonía y los pacientes empiezan a articular palabras en voz muy queda, casi imperceptible. No obstante, la enfermera Ridruejo parece entender en varios de ellos fragmentos sueltos de conversación en los que se repite la frase: “¡Catorce años!”, lo que hace pensar a este equipo médico en un episodio regresivo preadolescente. A consecuencia de ello, se pide opinión a los servicios de Psiquiatría y Neurología, que descartan daño sobrevenido en el cortex cerebral y conductas esquizoides pero observan que, cuando algún auxiliar o celador que viste bata blanca se persona al lado de los infectados para vaciar la cuña, éstos estallan en carcajadas y señalan al interfecto con ánimo de guasa, no ocurriendo nada de esto cuando el profesional sanitario que los atiende viste bata de color verde, azul o berenjena tostada, que los hay muy procaces.

Pasadas las primeras horas la situación se estabiliza si bien siguen llegando pacientes con el mismo cuadro al servicio de urgencia. Al tercer día se firma el alta del paciente alfa, el primero que llegó a este centro, y mientras se abrazaba a modo de despedida con otros pacientes todavía en observación y saludaba a varios afectados que esperaban su turno para ser diagnosticados ocurre un hecho que pudiera ser relevante para la comprensión de la enfermedad que nos ocupa: el televisor de la sala de espera mostraba imágenes de la reciente final de Copa celebrada el fin de semana pasado y un paciente malencarado que se había desplazado como consecuencia de un ataque de acidez estomacal galopante comentó nosequé sobre el arbitraje, sobre la suerte y sobre los malditos postes. Justo entonces, todos los pacientes afectados por el síndrome de mayo presentes en la sala prorrumpieron en sonoros y continuos cortes de manga, algunos de ellos compulsivos, dedicados al paciente del ardor de estómago. Incluso los pacientes ya escayolados y a los que el hematoma se les estaba poniendo de color amarillo limón no dudan en brindar enérgicos y sentidos cortes de manga al interfecto que finalmente tiene que retirar sus afirmaciones tan cargadas de mal perder mientras todos los infectados por el síndrome carcajean a costa del susodicho, muy feo él, todo sea dicho.

Pasada una semana desde el estallido de la epidemia todos los pacientes en observación presentan evolución favorable. Muchos de ellos han solicitado al office de enfermería la posibilidad de obtener camisones a rayas rojas y blancas, atuendo éste que favorece la mejoría de los pacientes a ojos vista. Aún a día de hoy, éste equipo médico no encuentra más explicación a la epidemia que un origen vírico desconocido hasta ahora aunque existen artículos publicados en fecha similar del año 1992 en los que se describen síntomas parecidos a los de la enfermedad actual. Éste centro continúa haciendo seguimiento de los primeros pacientes a los que el mal se les presentó de manera ambulatoria, pero, a pesar de que la afonía inicial ha remitido en la mayoría de ellos, la emoción les impide explicar de manera racional el porqué de lo suyo. No obstante, a poco que uno les pinche, estos se levantan como resortes de la silla para alzar las manos al cielo y cantar a voz en grito, ¡Aleeeeeeeeti, Aleeeeeeeti, Atlético de Madriiiiiid!, lo que a ojos de este equipo médico pudiera tener relevancia a la hora de futuros desarrollos de fármacos. Todavía se observan episodios de cortes de manga furibundos y estallidos de risa dedicados a otros pacientes que andan con los hombros caídos y arrastrando los pies, pero parece que se puede dar por controlada la epidemia gracias al buen funcionamiento de los protocolos existentes para enfermedades de este pelaje.

Firmado: Dr. Ataulfo Solozábal Molina

Jefe de Medicina Interna del Hospital Provincial Ignacio Urdangarín



Saltó el Atleti al césped del Calderón y el Mallorca, como equipo buen educado que es, le estaba esperando formado para hacer pasillo a los gloriosos campeones de Copa. La grada, plagada de pacientes que durante los días anteriores al choque habían desarrollado y superado sin demasiadas consecuencias el síndrome de mayo, pedía con no poca guasa que tras el pasillo de los jugadores a los campeones, fuera Manzano el que le hiciera un pasillo al Cholo o incluso que los jugadores del Atleti le hicieran un pasillo a Manzano para coserle a collejas de manera conmemorativa por su buen hacer al frente de la nave rojiblanca. Manzano estuvo medio escondido todo el partido. Avergonzado, no podía ser de otra manera, al ver lo que es capaz de hacer un entrenador que sabe con una plantilla de calidad inferior a la que dispuso el jiennense de la patilla de gafa coloreada.

Empezó el Atleti el partido con los titulares de la final de Copa. Con los héroes cuyos nombres estarán hilvanados para la historia unos junto a los otros. Empezó con ellos y la afición se hartó de aplaudirles, a pesar de que muchos aficionados todavía andaban con los brazos en cabestrillo por lo de las luxaciones de codo. Salió el Atleti fluido, relajado pero sin ánimo de hacer daño a un equipo que bastante tiene con su situación y con lo que tiene en el banquillo. A pesar de que el partido tenía su punto de entretenido, el aficionado atlético dejaba discurrir los minutos comentando con el de al lado batallitas sanitarias, que es algo que siempre gusta contar a todo el mundo: cómo le habían tratado en los hospitales a los que habían acudido, cómo a pesar del reposo prescrito seguían repartiendo cortes de manga a aquellos que se hacían merecedores de los mismos y cómo todos se morían de la risa viendo la cara de estreñimiento que aquejaba desde una semana a vecinos y compañeros de trabajo de los que suelen ir por la vida con el pecho hinchado al más puro estilo de paloma torcaz.

Poco dio de sí el partido más allá del ambiente festivo e incluso festivalero. A lo mejor se pudiera hablar de la ansiedad de un Falcao que quería dejar como testamento un golito de esos suyos, a lo mejor se pudiera hablar de la manía que tienen los equipos con eso de tocarle las narices a Diego Costa. Tal vez pudiéramos hablar de los buenos minutos de Óliver y de que Arda parece otro con el pelo a lo marine. Pudiéramos hablar del insultante estado de forma de Courtois y hasta de lo aparatoso golpe que el pobre Filipe se llevó sin comerlo ni beberlo. Podríamos hablar del Cata, del que se acordó un sector de la grada de manera justa, afeándole la conducta y deseando su salida con deshonor tras ese encontronazo con una aficionada con la que se empleó con mucha más dureza que con los delanteros rivales con los que se cruzó por los caminos. No hubo manera, la afición estaba para otras cosas. Para recordar principalmente. Para fijar más si es posible las imágenes de lo vivido hace algo más de una semana en esos recovecos en los que el cerebro guarda las cosas inolvidables. Las cosas de las que uno tira en los momentos malos. La afición sigue enferma de felicidad, sigue con una euforia casi patológica ¡Bendito síndrome de mayo!

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 11 de marzo de 2013

El último pase


“¡Vamos Niño, mátalo ya!”, “¡Ea, que este está ya aviado!”, “¡Venga, listo de papeles”, “¡Bueno va, ahora que hable el acero!”….

Todo esto y muchas cosas más se oían en el callejón, en los burladeros y hasta en las localidades de barrera de la plaza en la que el estrafalario matador, autoproclamado como el primer torero 2.0 que la fiesta conocía, elaboraba la faena de su vida. Las frases que aconsejaban afrontar el momento supremo eran proferidas por apoderados de pelo ensortijado, familiares más o menos queridos y hasta novias de clavel reventón detrás de la oreja con vocación de folklóricas pero nada, él no hacía caso. Nuestro protagonista, conocido para la eternidad como El Niño del Gigabyte, torero de gran ascendente y número de seguidores en redes sociales y portales de contactos, no se había visto en una igual. El diestro apuraba las fuerzas de su adversario sin escuchar las voces que aconsejaban abreviar el trance, probablemente crecido ante el hecho de que hasta la fecha siempre había sido despedido a base de almohadillazos y hasta collejas de cada coso en el desplegaba su discutible pero vanguardista arte. El Niño del Gb, al que a partir de ahora nombraremos de tan apocopada manera aún a riesgo de que a alguno de los lectores le produzca atragantamiento, no había sido hasta la fecha capaz de dar un mal pase ni a una cabra con reúma por lo que quería disfrutar del momento dejándose llevar, no queriendo que el sueño finalizara. Quería demostrar que aquellos que glosaban su mal gusto en todas las suertes andaban equivocados, quería arrancar al destino un último pase más antes de llegar al momento álgido, tal vez sabedor de que gran número de aficionados le acusaban con maledicencia de entrar a matar sin arrimarse, casi por bluetooth.

Seguía desoyendo borracho de triunfo las voces que aconsejaban pasaportar al morlaco cuando, al hacer un desplante con ese estilo tan suyo de pato mareado, se arrancó el burel buscándole la ingle. Hizo carne feamente, pareciendo conocer de antemano que El Niño del Gb cargaba a la izquierda de esa manera tan celebrada por sus amigas de Facebook y cayó el torero en la arena. Allí, todavía a merced del toro, viendo cómo el dolor y la sangre le ganaban el pulso a la efímera gloria vivida, se arrepintió de su fijación por el último pase…




Lo contrario, exactamente lo contrario que le sobró a El Niño del Gigabyte es lo que le faltó ayer y en alguna que otra ocasión últimamente a nuestro Atleti. Se plantaba la Real en el Calderón con marchamo de equipo difícil pero algo apocado ante la tendencia de los rojiblancos de despachar por la vía rápida a aquel que osa saltar a la arena del feudo local. Se acularon los donostiarras en tablas, no excesivamente, no crean, pero sí bien plantaditos y hasta reservones, nunca mansos. Sacó el Cholo al Cebolla de enganche y se llevó el uruguayo un buen revolcón del lance. Es curioso cómo el Cebolla ha ido perdiendo gas con los meses o con los minutos, vayan ustedes a saber, hasta llegar al punto de la existencia de teorías que encuentran paralelismos igualmente negativos entre poner a jugar al Cebolla de inicio y dar de comer a un Gremlin a partir de las doce de la noche.

Sacó el Cholo al resto de los titulares y puso, de nuevo por necesidad, a Koke en el mediocentro. La presencia de Koke en el doble pivote no desentona y pudiera ser una opción digna de tener en cuenta si no fuera por el hecho de que aleja del área a uno de los pocos sobresalientes que pueden facilitar el último pase, esa suerte tan esquiva en la Ribera del Manzanares. Otro debiera ser Arda, participativo aunque desquiciado por momentos en el día de ayer, y otro Adrián, del que no se tienen noticias desde sus salidas por la puerta grande del año pasado. Poco más hay para brindar ese último eslabón de la cadena del juego. Ese trincherazo o ese pase de pecho que deja solo al rematador ante el portero rival. Esa es la mayor carencia del equipo y ya se atisbaba desde principio de curso. Algo conocido, vamos.

Llegados a este punto y probablemente con el amargo sabor de la primera derrota liguera en casa todavía en el paladar, los hay que abogan, tal vez con razón, por dar la alternativa a esos novilleros que vienen empujando desde abajo: bien Saúl, devolviendo así a Koke a la zona de tres cuartos o bien Óliver, aquel que nos hizo enamorarnos de sus quites veraniegos hace ya demasiado tiempo. Otros en cambio, se acuerdan de Diego y los lances pintureros que nos dejó el año pasado y sacuden la cabeza por el esfuerzo no realizado en su fichaje. Incluso los hay que piensan que Insúa, el tímido y desaparecido fichaje invernal, pudiera cumplir esa función dando al conjunto un toque de espectáculo cómico taurino que siempre es de agradecer para aliviar tensiones.

Podríamos escudarnos en que el resultado de ayer debiera haber sido un cero a cero para ser más justos. Podríamos pensar que ese linier con maneras de picador malo no levantó el banderín cuando debía de manera premeditada. Podríamos argumentar que qué más da ser segundo que tercero siendo el premio el mismo y nos lo podrían refutar razonadamente o con los sentimientos en la mano. Podríamos incluso preocuparnos más de lo debido y mandar a los corrales al optimismo reinante hace solo unos días. Podríamos seguir dando vueltas a la cabeza, a la faena, a cómo se atragantan ciertos partidos con equipos como el Rubin Kazan de San Sebastián. Podríamos simplemente pensar que a hay veces en las que no acaba de salir ese último pase…

lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…

jueves, 19 de julio de 2012

¡Ay, el verano!


¡Ay, el verano! Con sus playas, con sus piscinas de agua sospechosamente caliente, con sus faldas menguantes, con sus camisetas imperio, con sus avisos de nivel naranja por altas temperaturas en el Valle del Guadalquivir, con sus señores que calzan sandalias de diseño imposible, con sus reposiciones de series, con sus vecinos indignados por la falta de medios aéreos para la extinción del incendio que ellos mismos han provocado asando diecisiete kilos de panceta, con sus bandas sonoras surgidas de aparatos de aire acondicionado, con sus jornadas intensivas, con sus carabelas portuguesas y otras medusas del gremio picando sin ton ni son, con sus siestas kilométricas, con sus sobremesas en el Tourmalet, con sus noches locas, con sus medias pensiones, con sus apartamentos a pie de playa situados en la provincia de Albacete, con sus sardinas en espeto, con sus suelos de gres llenos de arena hurtada a las orillas, con sus sandías puestas a refrescar, con sus salidas escalonadas, con sus regresos interminables, con sus socorristas de buen ver, con sus indignados funcionarios en pie de guerra, con sus filetes empanados al aroma de plástico de tupperware, con sus factores de protección cincuenta, con sus digestiones de tres horas antes de bañarse, con sus robos en domicilios, con sus pandillas de chavales hablando debajo de la ventana hasta altas horas de la noche, con sus alquileres por quincenas de minutos, con sus Rodríguez, con sus segundas residencias, con sus abuelos esperando en gasolineras, con sus calores de varios tipos, con sus Manolo no le des a la avispa con el trapo que se va a cabrear, con sus diez euros por dos cervezas rozando la tibieza, con sus fiestas de pueblo, con sus ciudades cada año menos desiertas, con sus cerrados por vacaciones, con sus abiertos hasta que aguanten los cuerpos, en fin, con sus cosas….




¡Ay, el verano! Con sus culebrones, con sus operaciones salidas que cuajan un día antes de que se cierre el mercado, con sus canteranos de moda a los que se olvidará en dos semanas, con sus excesos de mediocentros de contención, con sus sesiones de trabajo dobles o triples, con sus ejercicios sin balón, con sus brasileños que llegan tres días más tarde de lo debido, con sus antes de fichar hay que vender, con sus todavía nadie se ha puesto en contacto con nosotros, con sus representantes repeinados, con sus podemos aspirar a todo, con sus expertos en el mercado de fichajes que algún día acertarán, con sus nuevas equipaciones, con sus descartes que entrenan aparte, con sus cartas de libertades, con sus tests de resistencia, con sus vine para crecer como futbolista, con sus apuestas seguras, con sus demasiados extracomunitarios, con sus prioridades en un enganche y en un delantero sustituto de garantías, con sus renovaciones de la columna vertebral, con sus listas de espera para obtener un abono, con sus amores y desamores, con sus nosotros habíamos aceptado la oferta por Jurado, debe ser que prefieren a Diego, con sus señores de Wolfsburgo mosqueados, con sus partidos contra la Segoviana, con sus Torres, apellido de garantías, con sus he vuelto con algún kilo de más, con sus he vuelto como un tiro, con sus Cebollas Rodríguez, con sus cuentas bancarias llenas de telarañas, con sus cesiones por desgaste, con sus turcos a pares, con sus ganas de que esto empiece, con sus dirigentes hablando por hablar, con sus entrenadores que llenan de esperanza, con sus mediapuntas sin llegada, en fin, con sus cosas…