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lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.

lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…

lunes, 16 de abril de 2012

Fútbol de barrio (o el no saber quien es uno)

Como todos los domingos por la mañana, el grupo se reunió entre bostezos y desperezos varios. Se reunió como tantos otros grupos de amigos que pretenden engañar al tiempo jugando en ligas municipales de barrio.

– Buenas…Mirad, éste es Tiburcio, el compañero de trabajo del que os hablé. Es un futbolero empedernido y nos viene a echar una mano para que podamos tener un cambio.

– ¿Y con qué ficha va a jugar? –preguntó alguien tras los saludos de rigor.

– Con la de Edu, claro. Si él ya nunca viene desde que se ha echado esa novia con la que anda descubriendo en sentido totalmente bíblico las bonanzas del turismo rural. Fijaos, fijaos, si tuerce un poco la cara y abre la boca mucho, hasta tiene un aire a Edu – dijo el entusiasta cicerone mientras el resto del elenco miraba con desconfianza por no ver el parecido por ninguna parte.

– Bueno…Pues a partir de ahora tú eres Edu – pontificó el portero con esa autoridad que tienen los cancerberos con mucha barriga.

Se desarrollaba el partido como siempre: lleno de goles tontos, discusiones subidas de tono y golpeos de balón indignos. “Sal, Edu”, dijo alguien sin que el nuevo fichaje se diese casi por aludido. “¡Edu!”, llamaron de nuevo hasta que el suplantador de flamante ingreso entró al campo. Salió Tiburcio-Edu y no es que no cambiara el signo del partido, es que casi ni la tocó, lo que parecía lógico dado el poco acoplamiento de la plantilla con su nuevo compañero. Eso sí, de tanto oír “¡Edu, tapa!”, “¡Edu, aquí, solo!”, Tiburcio se sentía más Edu. Ya casi se había olvidado cómo se llamaba en realidad e incluso pidió jugar como delantero centro como hacía el Edu real. Tan Edu se sentía, que en un corner ensayado cuya estrategia evidentemente él no conocía, fue a rematar en plancha un balón al primer palo cuando debería haberlo dejado pasar. Edu-Tiburcio se golpeó con violencia contra el poste quedando conmocionado tras el brutal impacto.

– ¡Edu!...¿Estás bien Edu? –preguntaban compañeros y rivales arremolinados a su alrededor mientras le abofeteaban esperando una reacción.

Llegados a este punto y ante la gravedad de la situación, el defensa central del equipo contrario, desde la autoridad que le confería ser uno de los más veteranos de la tuna de medicina pese a seguir en el segundo curso a sus cincuenta y dos años, decidió lobotomizar al accidentado con un palo de chupa-chup que encontró al borde del terreno de juego para intentar mejorar la presión craneal de ese Edu impostor.

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La enfermera del turno de noche del pabellón de enfermos de larga duración vigilaba los valores que devolvían los aparatos. Tras un rápido reconocimiento del paciente, anotó el resultado de sus observaciones en la pizarra que colgaba a los pies de todas las camas del sanatorio:

“El paciente Eduardo Tamboril sigue sin responder a estímulos sencillos como el reconocimiento de su nombre. Se aconseja continuar con el tratamiento e incluso aumentar la dosis del mismo con una nueva vuelta de tuerca del palo de chupa-chup incrustado en su cráneo…..”



Tiene Vallecas algo que impregna los partidos que allí se juegan de aroma de futbol de barrio, de fútbol de tierra y rodillas llenas de costras. Será por ese muro que vigila una de las porterías o será por los vallecanos que se arraciman en las terrazas de los edificios colindantes, vayan ustedes a saber. Conscientes de la idiosincrasia de su feudo, los rayistas intentan arrimar el ascua a su sardina y convertir el partido en un duelo con tintes de regional preferente. No por la falta de calidad, que la hay por arrobas en tipos como Movilla, sino por plantear encuentros llenos de trampas y emboscadas. Contra estas legítimas armas que empuñan los franjirrojos, cabe esperar que los equipos contrarios opongan resistencia e incluso intenten imponer su idea balompédica. No fue el caso del Atleti en el partido de ayer.

Salió el Atleti al campo de la calle Payaso Fofó rotando. No es que saliera dando vueltas sobre su eje, no, es que salió sin Gabi, sin Arda y sin Godín, siendo la ausencia de este último menos achacable a la rotación y más a castigo sustitutivo de unas posibles orejas de burro y brazos en cruz por sus últimas actuaciones. Como más destacada novedad táctica, cabe reseñar que ahora Salvio es el que saca los fueras de banda con ánimo de darles profundidad de lanzamiento de catapulta. Dos saques recuerda servidor en el partido de ayer, uno regalado al contrario tras resbalón del cuero sobre los mitones del mediapunta con escoliosis, otro castigado con infantil falta por mala ejecución. Suponemos que se seguirá trabajando en ese aspecto táctico, claramente todavía en proceso de experimentación. Salió el Atleti y se dejó impregnar por el fútbol guerrillero de los de Vallecas. Volvían los balones a no rodar por el suelo, los pases al contrario y los controles imprecisos que acaban en la Avenida de la Albufera. Es curiosa la capacidad de nuestro equipo de mimetizarse con el entorno que le rodea, lo que no habla demasiado bien de la personalidad del mismo. Parece que el Atleti salga al campo y algún señor con barriga le diga: “Tú eres Edu”, y va el Atleti y se lo cree. Se cree que es otro equipo, que no tiene toda la historia que tiene detrás y que no está obligado a salir a mandar y a buscar el partido siempre y en todo lugar. No crean que este Atleti-Edu es fruto de esta temporada, no. De tanto llamarle Edu durante veinticinco años, se siente cómodo rondando la novena plaza y hasta piensa en ir a una fuente a celebrar un cuarto puesto cuando el auténtico Atleti y no éste Edu que nos ha tocado en suerte bajaría la mirada avergonzado ante ciertos partidos y posiciones en la tabla.

El partido de ayer tuvo todos los ingredientes que se suelen ver en campos de tierras compactadas: tuvo sus faltas reiteradas y sus piques; tuvo su árbitro maniático e incomprensible; tuvo su lateral correoso, Juanfran, que amarga la vida de los más habilidosos de los contrarios; tuvo a Movilla, ese veterano curtido en mil batallas; tuvo a Salvio, el típico compañero de equipo rarito que no se queda a tomar nada en el tercer tiempo; tuvo a un entrenador de campechanía marrullera que bloqueó un saque de banda como si fuera un orondo jugador de voleibol; tuvo a Tiago, ese jugador que se pasa el partido pidiendo a los demás que tapen porque él no acaba de llegar a hacerlo; tuvo a Mario todo el partido regalando balones al contrario; tuvo a Domínguez, lo que alegra; tuvo a una banda derecha del equipo rival poblada de jugadores con tan amateurs nombres como Piti y Tito; tuvo a Diego, que si bien tiene más clase que ninguno, a veces desespera por su tendencia a desempeñar el papel de chupón de categorías aficionadas; tuvo cositas de Adrián, aunque no demasiadas; seguro que tuvo también una caja de botellines en la banda aunque el que suscribe no lo pudo ver a través de la tele y solo faltó que saliera un niño espontaneo en mitad del partido para pedirle a un papá fuera de sí que no se peleara. Tuvo también un gol el partido. Un gol de buena ejecución por parte de Falcao y del portero del Rayo, que salió de manera atolondrada y precipitada como esos porteros de equipos de barrio que ante la falta de trabajo, dedican el tiempo a pegar la hebra con una rubia con mechas a la que han invitado a verles jugar en localidad cercana al poste derecho con ánimo de cultivar amistades o lo que surja, más bien lo que surja.

Poco queda de lo de ayer salvo el resultado. Si hablamos de fútbol, de ideas, de sensaciones incluso, nos vamos casi de vacío. Sabemos que la plantilla es corta, sí, mucho, pero muchas veces dan ganas de llamar a algún amigo y decirle que se venga a ayudar para poder hacer algún cambio más. Dan ganas de decirle a ese amigo que este equipo es el Atleti y que aproveche los momentos en los que el balón no está en juego para recordárselo a los que están en el campo con la rojiblanca o zamarra sustitutiva. Parece que los nuestros se hubieran golpeado en la cabeza y no recordaran ahora cuál es exactamente el nivel de exigencia mínimo de este club y debemos ser nosotros, ustedes y yo, los que se lo hagamos saber, ya que no podemos esperar que nadie de la zona noble lo haga. Andan en la zona noble muy ocupados con otras cosas: preparar las rebajas de verano, hablar de que los jugadores juegan donde quieren y hasta sellar una alianza estratégica con un club de barrio de Namibia. Insisto, debemos ser nosotros. Damas y caballeros, esto es el Atleti, el de toda la vida aunque la mayoría no veamos el parecido por ningún sitio salvo en ocasiones muy contadas, justo cuando tuerce un poco la cara y abre la boca mucho...

domingo, 27 de marzo de 2011

Abre los ojos

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos, abre los…”
Currito pulsó el botón para silenciar el maldito despertador que alguien le había regalado tras un viaje a Canarias. Cada mañana le taladraba el cerebro con ese mantra ¡Cualquiera no abría los ojos! Se puso en marcha automáticamente, ducha rápida, el actimel bebido (que ya saben ustedes qué traicioneros son estos cambios de temperatura primaverales) y revisión frente al espejo del uniforme descuidado pero calculado que tan bien le conjuntaba con las gafas de concha.
Hoy le tocaba ir al Cerro del Espino a cubrir la información del entrenamiento del Atleti ¡Qué vida la del periodista deportivo! Hoy una rueda de prensa, mañana un partido, pasado un viaje con tertulia. Y mira que el cenizo de su padre decía que no harían carrera de él con los diez años que le había costado sacar la licenciatura. Ahora muchos tenían que tragarse sus palabras, ahora era un periodista semiconocido en un rotativo de tirada nacional. Ahora creaba opinión. Ahora podía decir o escribir lo que le viniera en gana gracias a la ayuda del padre de su novia que le metió como interino en la redacción. Bueno…lo que le viniera en gana no, que para eso estaba la línea editorial del periódico. Si había que silenciar una protesta, se hacía. Si había que seguir la estrategia del calamar ante un tropiezo, se echaba toda la tinta posible y en paz.
En estas estaba cuando, tras cerrar la puerta de la finca en una bocacalle de la Gran Vía, le sorprendió la ausencia del habitual ruido de cualquier ciudad desperezándose. Caminó sin cruzarse con nadie hasta la esquina de la famosa avenida y se detuvo helado. No había un alma. Ni coches, ni peatones, ni carteristas organizados, ni kioskeros a sueldo de seguros médicos de los que sacan todas las colecciones por fascículos a la acera con el objetivo de provocar cuantos más esguinces con afectación en el tendón mejor. Nadie. Todo vacío. Presa de un ataque de pánico se bajó los pantalones hasta los tobillos para hacer realidad un oculto deseo y empezó a dar saltitos en dirección Plaza de España con el culo al aire. Nada. Silencio. Sólo el ruido de sus pasos. Se preguntó si no podría ser que España hubiera sido atacada con armas bacteriológicas y a nadie se le había ocurrido avisarle. No, no podía ser. El aire parecía normal. ¿Sería que justo el megáfono del teniente de infantería que debía haber pasado por su calle avisando para desalojar a los vecinos se había quedado sin pilas? ¿Sería que alguien le estaba gastando una broma pesada? A lo mejor era por lo de manipular y maquillar un poco las noticias. Pero coño, eso eran minucias. Concesiones que cualquier plumilla debe hacer para acumular méritos. ¿Sería por eso?

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos,..”
Currito se incorporó de la cama de un salto tras parar el despertador. Le esperaba un día muy largo. Primero pasaría por la redacción, luego al Calderón, ese estadio que afortunadamente seguía albergando los partidos de los colchoneros después de una remodelación envidiable. Más tarde, al aeropuerto desde donde saldría el vuelo hacia Estambul, la ciudad donde un Atleti con varios campeones del mundo en sus filas, jugaría mañana su segunda final consecutiva de la Champions League. La que, ojala, traería a sus vitrinas la cuarta orejuda. Si su padre pudiera ver cómo habían cambiado las cosas. Cómo la presión popular y las denuncias por parte de la prensa de los continuos atropellos habían devuelto el equipo a sus socios. Cómo se había convertido en un modelo copiado por las escuelas de negocios. Cómo él, desde su puesto de director de la respetada agencia de noticias que fundó junto con un amigo de facultad, se enorgullecía de haber colaborado a devolver al equipo al sitio que merecía, el sitio que nunca debió haber abandonado.

 “Abre los ojos, abre los…”
Pulsó el botón del despertador casi al instante ¡Vaya nochecita! No volvería a comer manitas de cerdo por la noche. Se sentó en el borde de la cama para respetar los tiempos que marcan los humores corporales y sonrió con tranquilidad al oír las bocinas de los coches en la calle. Entonces vio la carta sobre la mesa y recordó. Le habían despedido del periódico. Casi sin ninguna explicación, solo le habían dicho que últimamente sus escritos no seguían las pautas editoriales y que se estaba volviendo un poquito rebelde. Que qué leches sabía él de apropiaciones, de fichajes inflados y de movimientos de aficionados. Que eso no tenía cabida en un periódico de prestigio. Caminó hasta la cocina arrastrando los pies y visualizando con temor el momento en que le diera la noticia a su padre. Ya se lo imaginaba, llamándole malcriado y desagradecido, defraudado con él por no haber sabido aprovechar la oportunidad de hacerse una persona de provecho. ¿Principios? ¡Finales! Los principios se pueden tener cuando sientes el peso de una cartera repletita en la nalga izquierda, siempre le decía.
“Abre los ojos, abre los ojos,…”
Don Francisco no dejó sonar demasiado el despertador. La verdad es que casi no lo necesitaba porque hacía mucho tiempo que no dormía una noche de un tirón, pero el despertador se había convertido en una costumbre que no quería abandonar. Una de las pocas cosas que le recordaban a su juventud, como ese Currito que desechó hace tiempo cuando se incorporó al equipo ejecutivo del grupo editorial y que todavía le hacía sonreír cuando algún viejo amigo lo utilizaba. Como todas las mañanas se acercó a la mesita donde el servicio le dejaba la edición del día. Pasó rápido por las conocidas noticias y se detuvo en las páginas centrales, ésas que hablaban del fútbol modesto. Como siempre, buscó el resultado del Atleti. Ésta vez había empatado con el filial del Cercedilla. Bueno, al menos parecía que el fantasma del descenso empezaba a alejarse. Siempre que veía la clasificación recordaba a su padre. ¡Qué hubiera pensado él si hubiera visto a su Atleti en esta situación! Pero eran cosas que pasaban. Ahora solo unos cuantos jubilados se acercaban cada domingo a ver jugar a un equipo rojiblanco plagado de barbilampiños jugadores. Ahora los niños seguían al Alcorcón o al Rayo, los dos equipos madrileños que habían ganado títulos en la última década. Aún así, ese grupo de viejecitos seguía acudiendo al campo de entrenamiento que tan generosamente le había cedido el equipo franjirrojo para poder jugar sus partidos. Pagaban religiosamente los tres mil euros de la entrada, algo que equivalía a cien pesetas tras las continuas devaluaciones de la moneda europea, y allí echaban la mañana recordando viejos tiempos. Tiempos de triunfos, tiempos de títulos.

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos,..”
Otra vez el despertador. Se sentía muy aturdido, no tenía claro qué era sueño y qué realidad. ¡Joder con las manitas de cerdo! Oyó ruido en la cocina y se incorporó en la cama para ver quién era el causante. Allí estaba su padre trasteando. Ahora recordaba que habían quedado para ir al bar de su tía y sede de la peña para tomar algo aunque no hubiera partido del Atleti, por eso su padre llevaba la bufanda verde y oro de la que no se despegaba últimamente.
– ¡En pie Currito, que con esta siesta que te has metido va a hacerse tarde! –dijo su progenitor entrando como un torbellino en el dormitorio–. Además la pereza es muy mala compañera para cuando te pongas a buscar un nuevo trabajo.
– ¡Ah!, pero…¿lo sabes? –preguntó con timidez nuestro protagonista.
– Sí, claro. Ayer nos lo contaste ¿Es que no te acuerdas? No sé dónde tienes la cabeza a veces, hijo. Por cierto, te he dejado otro tupper con manitas en la nevera, que ya sabes cómo se pone tu madre con lo de que comes mal. Ya llegarán tiempos mejores, no te preocupes –peroraba su padre ante su sorpresa–. Debo añadir que tu madre y yo nos sentimos muy orgullosos de ti. Un periodista debe contar lo que ve o lo que cree, no lo que le mandan. Además ya era hora de que les plantaras cara, de que abrieras los ojos. Ya te lo decía yo: Currito, abre los ojos, abre los ojos,...