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domingo, 27 de marzo de 2011

Abre los ojos

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos, abre los…”
Currito pulsó el botón para silenciar el maldito despertador que alguien le había regalado tras un viaje a Canarias. Cada mañana le taladraba el cerebro con ese mantra ¡Cualquiera no abría los ojos! Se puso en marcha automáticamente, ducha rápida, el actimel bebido (que ya saben ustedes qué traicioneros son estos cambios de temperatura primaverales) y revisión frente al espejo del uniforme descuidado pero calculado que tan bien le conjuntaba con las gafas de concha.
Hoy le tocaba ir al Cerro del Espino a cubrir la información del entrenamiento del Atleti ¡Qué vida la del periodista deportivo! Hoy una rueda de prensa, mañana un partido, pasado un viaje con tertulia. Y mira que el cenizo de su padre decía que no harían carrera de él con los diez años que le había costado sacar la licenciatura. Ahora muchos tenían que tragarse sus palabras, ahora era un periodista semiconocido en un rotativo de tirada nacional. Ahora creaba opinión. Ahora podía decir o escribir lo que le viniera en gana gracias a la ayuda del padre de su novia que le metió como interino en la redacción. Bueno…lo que le viniera en gana no, que para eso estaba la línea editorial del periódico. Si había que silenciar una protesta, se hacía. Si había que seguir la estrategia del calamar ante un tropiezo, se echaba toda la tinta posible y en paz.
En estas estaba cuando, tras cerrar la puerta de la finca en una bocacalle de la Gran Vía, le sorprendió la ausencia del habitual ruido de cualquier ciudad desperezándose. Caminó sin cruzarse con nadie hasta la esquina de la famosa avenida y se detuvo helado. No había un alma. Ni coches, ni peatones, ni carteristas organizados, ni kioskeros a sueldo de seguros médicos de los que sacan todas las colecciones por fascículos a la acera con el objetivo de provocar cuantos más esguinces con afectación en el tendón mejor. Nadie. Todo vacío. Presa de un ataque de pánico se bajó los pantalones hasta los tobillos para hacer realidad un oculto deseo y empezó a dar saltitos en dirección Plaza de España con el culo al aire. Nada. Silencio. Sólo el ruido de sus pasos. Se preguntó si no podría ser que España hubiera sido atacada con armas bacteriológicas y a nadie se le había ocurrido avisarle. No, no podía ser. El aire parecía normal. ¿Sería que justo el megáfono del teniente de infantería que debía haber pasado por su calle avisando para desalojar a los vecinos se había quedado sin pilas? ¿Sería que alguien le estaba gastando una broma pesada? A lo mejor era por lo de manipular y maquillar un poco las noticias. Pero coño, eso eran minucias. Concesiones que cualquier plumilla debe hacer para acumular méritos. ¿Sería por eso?

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos,..”
Currito se incorporó de la cama de un salto tras parar el despertador. Le esperaba un día muy largo. Primero pasaría por la redacción, luego al Calderón, ese estadio que afortunadamente seguía albergando los partidos de los colchoneros después de una remodelación envidiable. Más tarde, al aeropuerto desde donde saldría el vuelo hacia Estambul, la ciudad donde un Atleti con varios campeones del mundo en sus filas, jugaría mañana su segunda final consecutiva de la Champions League. La que, ojala, traería a sus vitrinas la cuarta orejuda. Si su padre pudiera ver cómo habían cambiado las cosas. Cómo la presión popular y las denuncias por parte de la prensa de los continuos atropellos habían devuelto el equipo a sus socios. Cómo se había convertido en un modelo copiado por las escuelas de negocios. Cómo él, desde su puesto de director de la respetada agencia de noticias que fundó junto con un amigo de facultad, se enorgullecía de haber colaborado a devolver al equipo al sitio que merecía, el sitio que nunca debió haber abandonado.

 “Abre los ojos, abre los…”
Pulsó el botón del despertador casi al instante ¡Vaya nochecita! No volvería a comer manitas de cerdo por la noche. Se sentó en el borde de la cama para respetar los tiempos que marcan los humores corporales y sonrió con tranquilidad al oír las bocinas de los coches en la calle. Entonces vio la carta sobre la mesa y recordó. Le habían despedido del periódico. Casi sin ninguna explicación, solo le habían dicho que últimamente sus escritos no seguían las pautas editoriales y que se estaba volviendo un poquito rebelde. Que qué leches sabía él de apropiaciones, de fichajes inflados y de movimientos de aficionados. Que eso no tenía cabida en un periódico de prestigio. Caminó hasta la cocina arrastrando los pies y visualizando con temor el momento en que le diera la noticia a su padre. Ya se lo imaginaba, llamándole malcriado y desagradecido, defraudado con él por no haber sabido aprovechar la oportunidad de hacerse una persona de provecho. ¿Principios? ¡Finales! Los principios se pueden tener cuando sientes el peso de una cartera repletita en la nalga izquierda, siempre le decía.
“Abre los ojos, abre los ojos,…”
Don Francisco no dejó sonar demasiado el despertador. La verdad es que casi no lo necesitaba porque hacía mucho tiempo que no dormía una noche de un tirón, pero el despertador se había convertido en una costumbre que no quería abandonar. Una de las pocas cosas que le recordaban a su juventud, como ese Currito que desechó hace tiempo cuando se incorporó al equipo ejecutivo del grupo editorial y que todavía le hacía sonreír cuando algún viejo amigo lo utilizaba. Como todas las mañanas se acercó a la mesita donde el servicio le dejaba la edición del día. Pasó rápido por las conocidas noticias y se detuvo en las páginas centrales, ésas que hablaban del fútbol modesto. Como siempre, buscó el resultado del Atleti. Ésta vez había empatado con el filial del Cercedilla. Bueno, al menos parecía que el fantasma del descenso empezaba a alejarse. Siempre que veía la clasificación recordaba a su padre. ¡Qué hubiera pensado él si hubiera visto a su Atleti en esta situación! Pero eran cosas que pasaban. Ahora solo unos cuantos jubilados se acercaban cada domingo a ver jugar a un equipo rojiblanco plagado de barbilampiños jugadores. Ahora los niños seguían al Alcorcón o al Rayo, los dos equipos madrileños que habían ganado títulos en la última década. Aún así, ese grupo de viejecitos seguía acudiendo al campo de entrenamiento que tan generosamente le había cedido el equipo franjirrojo para poder jugar sus partidos. Pagaban religiosamente los tres mil euros de la entrada, algo que equivalía a cien pesetas tras las continuas devaluaciones de la moneda europea, y allí echaban la mañana recordando viejos tiempos. Tiempos de triunfos, tiempos de títulos.

“Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos,..”
Otra vez el despertador. Se sentía muy aturdido, no tenía claro qué era sueño y qué realidad. ¡Joder con las manitas de cerdo! Oyó ruido en la cocina y se incorporó en la cama para ver quién era el causante. Allí estaba su padre trasteando. Ahora recordaba que habían quedado para ir al bar de su tía y sede de la peña para tomar algo aunque no hubiera partido del Atleti, por eso su padre llevaba la bufanda verde y oro de la que no se despegaba últimamente.
– ¡En pie Currito, que con esta siesta que te has metido va a hacerse tarde! –dijo su progenitor entrando como un torbellino en el dormitorio–. Además la pereza es muy mala compañera para cuando te pongas a buscar un nuevo trabajo.
– ¡Ah!, pero…¿lo sabes? –preguntó con timidez nuestro protagonista.
– Sí, claro. Ayer nos lo contaste ¿Es que no te acuerdas? No sé dónde tienes la cabeza a veces, hijo. Por cierto, te he dejado otro tupper con manitas en la nevera, que ya sabes cómo se pone tu madre con lo de que comes mal. Ya llegarán tiempos mejores, no te preocupes –peroraba su padre ante su sorpresa–. Debo añadir que tu madre y yo nos sentimos muy orgullosos de ti. Un periodista debe contar lo que ve o lo que cree, no lo que le mandan. Además ya era hora de que les plantaras cara, de que abrieras los ojos. Ya te lo decía yo: Currito, abre los ojos, abre los ojos,...