Fíjense
ustedes qué cosa más curiosa, ha sido llegar uno a la oficina y mientras
todavía bostezaba sin parar mirando muy fijamente la pantalla que anunciaba que
Windows se estaba iniciando, ha aparecido el primero de ellos. De los
merodeadores, vamos. El primer merodeador ha surgido así, como de la nada, y
parecía distinto a todos los que uno se ha cruzado durante los últimos meses.
Iba como crecido, muy seguro de sí mismo y andaba como si le hubieran dado
cuerda, moviendo pies y brazos de manera alterna y acruasanada. Nada que ver con
esos merodeadores que durante los últimos tiempos repetían tanto que el fútbol
a ellos no les da de comer o que no, que no habían podido ver el partido porque
la trama de Águila Roja llegaba a un punto culminante. Este merodeador que ha brotado
hoy tiene un toque familiar, cercano. Este merodeador hablaba y hablaba y todas
sus frases terminaban con la misma coletilla con la que las acaba el presidente
de su equipo, ese señor con megalomanía acusada y con aspecto de empleado de
funeraria: “los mejores del mundo”. Que si tienen los mejores jugadores del
mundo, que si el mejor estadio del mundo, que si el peinado del portugués
relamido es el mejor del mundo, que si los árbitros que les pitan son los
mejores del mundo. En fin, ya saben ustedes de lo que hablo.
Llegados a
este punto, delante de mi mesa se había convocado ya una convención de
merodeadores sin que todavía uno hubiera podido introducir la contraseña en el
ordenador y peroraban a voz en grito sobre los mejores goles de rebote del
mundo, sobre los mejores pisotones alevosos del mundo y sobre si las repetidas
faltas de un jugador de Tolosa al que nunca se amonesta son las mejores del
mundo. Uno, que conoce desde hace tiempo la idiosincrasia del merodeador, sabe
que en estos casos no queda otra que dejarles hacer, dejar que acabe el
discurso en el que se glosa lo más mejor del mundo en todas sus facetas y
esperar. Esperar a que cualquier revés en forma de resultado haga renacer de
nuevo ese desdén por los partidos, ese no he podido ver el partido porque a la
mayor de mi hermana le pusieron ayer los brackets en una clínica Vitaldent y la
han dejado que parece un Transformer. Ellos, los merodeadores, no son como
nosotros. Ustedes y yo nunca nos borramos. Nunca despreciamos a los nuestros
por mucho que en tantas ocasiones nos hayan hecho sonrojar. Nosotros mostramos
euforia y enfado de manera mayúscula cuando toca, como debe de ser, pero ellos
no son así. Ellos brotan como los níscalos tras lluvia otoñal en ciertas
ocasiones pero en otras no se les puede encontrar ni alegando motivos
laborales. Hablando de temas laborales, se alejaba el último de los
merodeadores de mis dominios cuando servidor requirió un informe de proveedores
del año 2013, uno que ya había pedido cuatro o cinco veces en las últimas
semanas. Anunció el merodeador a voces que lo tendría esta mañana mismo, que él
hacía los mejores informes anuales de proveedores del mundo…
Viendo la
alineación que Simeone dispuso ayer uno entendió que la apuesta inicial era
ambiciosa. Koke de mediocentro, Diego y Arda juntos y Raúl acompañando a Costa.
Salía el Atleti como un grande y tal vez esa fuera su condena. No estuvo cómodo
en ningún momento el Atleti sobre el césped de ese estadio con hechuras de prisión
de mínima seguridad y fue el rival el que pareció empaparse de la filosofía que
a los nuestros ha llevado a las cotas alcanzadas: presión, anticipación,
agresividad y asfixia al contrario. Poco enfrentaba el Atleti ante esa apuesta,
si acaso un remate picado y lleno de malicia de Arda que quedó en un espejismo.
Cierto es que dos de los goles rivales llegaron tras rebotes, pero dio la
sensación de que los rebotes y por extensión el azar, siempre tan caprichoso,
se puso de lado de aquel que con mayor ansia intentó vencer.
Recordó el
Atleti a un Atleti de tiempos pretéritos, a un Atleti tembloroso y desquiciado
por momentos. A un Atleti que se dejaba atrapar en las mismas trampas de hace
tiempo, que se dejaba enredar en la provocación. Hubo incluso algunos que
miraron al banquillo para ver si el que estaba allí era Simeone o era Manzano
de lo poco que se pareció este Atleti al Atleti que nos tiene encandilados. Se vio a un equipo con dudas en zonas donde siempre suele haber
certezas, en la portería y en la defensa y se vio también a Insúa, del que tal
vez sea injusto aunque merecido hacer crítica feroz. Superado y desconectado el
medio campo e inmerso Costa en batallas estudiadas y medidas por el rival de
las que solo se podía salir derrotado, tampoco los cambios añadieron nada, si
acaso añadieron adeptos a la causa de que Adrián no es el Adrián que vimos hace un par de años ni se le parece.
Se escapa
la Copa en un primer envite en el que el rival pareció el Atleti y el Atleti no
se sabe muy bien qué pareció. Estudiosos de la tertulia balompédica a deshoras
opinan con seriedad que no le viene mal al equipo dejar de defender uno de los
tantos frentes abiertos y servidor discrepa a la mayor. A falta de dos partidos
para plantarse en una final no es momento para pensar en dosificación y
prioridades y de hecho El Cholo no lo hizo, si no que se encontró con que a
veces las cosas no salen. Hay veces que uno sale a jugar como un grande y el
pequeño se lo come. Hay veces, como ayer, que el supuestamente grande juega
como un pequeño y es celebrado con grandes alharacas por su hinchada. Hay veces
en las que entrenadores presentados como buscadores de la excelencia
futbolística encuentran el consenso poniéndose el chándal de Caparrós o de
Clemente y sus aficionados/merodeadores se agarran a ello jurando sobre libros
sagrados que esa manera de proceder es la mejor manera del mundo. Hay veces en
las que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Ayer fue una de
ellas…


