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jueves, 6 de febrero de 2014

Los merodeadores

Fíjense ustedes qué cosa más curiosa, ha sido llegar uno a la oficina y mientras todavía bostezaba sin parar mirando muy fijamente la pantalla que anunciaba que Windows se estaba iniciando, ha aparecido el primero de ellos. De los merodeadores, vamos. El primer merodeador ha surgido así, como de la nada, y parecía distinto a todos los que uno se ha cruzado durante los últimos meses. Iba como crecido, muy seguro de sí mismo y andaba como si le hubieran dado cuerda, moviendo pies y brazos de manera alterna y acruasanada. Nada que ver con esos merodeadores que durante los últimos tiempos repetían tanto que el fútbol a ellos no les da de comer o que no, que no habían podido ver el partido porque la trama de Águila Roja llegaba a un punto culminante. Este merodeador que ha brotado hoy tiene un toque familiar, cercano. Este merodeador hablaba y hablaba y todas sus frases terminaban con la misma coletilla con la que las acaba el presidente de su equipo, ese señor con megalomanía acusada y con aspecto de empleado de funeraria: “los mejores del mundo”. Que si tienen los mejores jugadores del mundo, que si el mejor estadio del mundo, que si el peinado del portugués relamido es el mejor del mundo, que si los árbitros que les pitan son los mejores del mundo. En fin, ya saben ustedes de lo que hablo.

Llegados a este punto, delante de mi mesa se había convocado ya una convención de merodeadores sin que todavía uno hubiera podido introducir la contraseña en el ordenador y peroraban a voz en grito sobre los mejores goles de rebote del mundo, sobre los mejores pisotones alevosos del mundo y sobre si las repetidas faltas de un jugador de Tolosa al que nunca se amonesta son las mejores del mundo. Uno, que conoce desde hace tiempo la idiosincrasia del merodeador, sabe que en estos casos no queda otra que dejarles hacer, dejar que acabe el discurso en el que se glosa lo más mejor del mundo en todas sus facetas y esperar. Esperar a que cualquier revés en forma de resultado haga renacer de nuevo ese desdén por los partidos, ese no he podido ver el partido porque a la mayor de mi hermana le pusieron ayer los brackets en una clínica Vitaldent y la han dejado que parece un Transformer. Ellos, los merodeadores, no son como nosotros. Ustedes y yo nunca nos borramos. Nunca despreciamos a los nuestros por mucho que en tantas ocasiones nos hayan hecho sonrojar. Nosotros mostramos euforia y enfado de manera mayúscula cuando toca, como debe de ser, pero ellos no son así. Ellos brotan como los níscalos tras lluvia otoñal en ciertas ocasiones pero en otras no se les puede encontrar ni alegando motivos laborales. Hablando de temas laborales, se alejaba el último de los merodeadores de mis dominios cuando servidor requirió un informe de proveedores del año 2013, uno que ya había pedido cuatro o cinco veces en las últimas semanas. Anunció el merodeador a voces que lo tendría esta mañana mismo, que él hacía los mejores informes anuales de proveedores del mundo…



Viendo la alineación que Simeone dispuso ayer uno entendió que la apuesta inicial era ambiciosa. Koke de mediocentro, Diego y Arda juntos y Raúl acompañando a Costa. Salía el Atleti como un grande y tal vez esa fuera su condena. No estuvo cómodo en ningún momento el Atleti sobre el césped de ese estadio con hechuras de prisión de mínima seguridad y fue el rival el que pareció empaparse de la filosofía que a los nuestros ha llevado a las cotas alcanzadas: presión, anticipación, agresividad y asfixia al contrario. Poco enfrentaba el Atleti ante esa apuesta, si acaso un remate picado y lleno de malicia de Arda que quedó en un espejismo. Cierto es que dos de los goles rivales llegaron tras rebotes, pero dio la sensación de que los rebotes y por extensión el azar, siempre tan caprichoso, se puso de lado de aquel que con mayor ansia intentó vencer.

Recordó el Atleti a un Atleti de tiempos pretéritos, a un Atleti tembloroso y desquiciado por momentos. A un Atleti que se dejaba atrapar en las mismas trampas de hace tiempo, que se dejaba enredar en la provocación. Hubo incluso algunos que miraron al banquillo para ver si el que estaba allí era Simeone o era Manzano de lo poco que se pareció este Atleti al Atleti que nos tiene encandilados. Se vio a un equipo con dudas en zonas donde siempre suele haber certezas, en la portería y en la defensa y se vio también a Insúa, del que tal vez sea injusto aunque merecido hacer crítica feroz. Superado y desconectado el medio campo e inmerso Costa en batallas estudiadas y medidas por el rival de las que solo se podía salir derrotado, tampoco los cambios añadieron nada, si acaso añadieron adeptos a la causa de que Adrián no es el Adrián que vimos hace un par de años ni se le parece.


Se escapa la Copa en un primer envite en el que el rival pareció el Atleti y el Atleti no se sabe muy bien qué pareció. Estudiosos de la tertulia balompédica a deshoras opinan con seriedad que no le viene mal al equipo dejar de defender uno de los tantos frentes abiertos y servidor discrepa a la mayor. A falta de dos partidos para plantarse en una final no es momento para pensar en dosificación y prioridades y de hecho El Cholo no lo hizo, si no que se encontró con que a veces las cosas no salen. Hay veces que uno sale a jugar como un grande y el pequeño se lo come. Hay veces, como ayer, que el supuestamente grande juega como un pequeño y es celebrado con grandes alharacas por su hinchada. Hay veces en las que entrenadores presentados como buscadores de la excelencia futbolística encuentran el consenso poniéndose el chándal de Caparrós o de Clemente y sus aficionados/merodeadores se agarran a ello jurando sobre libros sagrados que esa manera de proceder es la mejor manera del mundo. Hay veces en las que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Ayer fue una de ellas…

lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.