De los
partidos contra rivales exóticos como el Astaná, cuyo nombre evoca
reminiscencias de fragancia fresca y juvenil, raras veces puede uno extraer
conclusiones a las que elevar a ningún altar. Poseen estos encuentros una
pátina como de comida de lata. Un aporte de calorías mínimo. Un quitar el
hambre con tintes de supervivencia y poco más. La ración de campaña o la
pastilla con la que el astronauta engaña a un gusanillo mareado por la ausencia
de gravedad. La noche de ayer, que traía
bajo la capa un frío más traidor de lo que la mañana dejó entrever, quiso
saltarse el guion establecido y legó en herencia a las memorias algo más de
chicha que saborear. Se agradeció, claro está, que no por ser un partido en
conserva deja uno de mandar en sus hambres.
El primer
bocado a destacar lo protagoniza Carrasco. Demostró ayer el belga lo que iba
apuntando en los minutos en los que había participado con anterioridad:
desborde, clase, ganas, hambre en definitiva. Se sacudió Yannick esa etiqueta
de jugador revulsivo, de estilete en el contraataque con dificultades ante
defensas con tendencia al hacinamiento. Abandonando la banda cuando fue preciso
dejó en la afición ganas de un segundo plato elaborado por sus manos, o más
bien por sus piernas. El segundo mordisco para el recuerdo proviene de la
coincidencia sobre el campo de Oliver y Correa. Cuando la inventiva y la pausa
se juntan aparecen las jugadas meritorias e incluso los goles de relumbrón como setas en temporada. A ciertos
platos hay que darles tiempo. Mimarlos. Rectificar la sal o avivar el fuego
según convenga. Si el producto es de calidad, y en ambos casos de eso van
sobrados, la espera tiene sus frutos.
Párrafo
aparte merece la ración menos futbolística que se sirvió anoche. Desde la
vertiente emocional debe ponderarse lo de Jackson. Continuaba el colombiano con
su particular batalla personal contra el gol, buscaba encontrarse sin ser capaz
ni aun mirándose en un espejo cuando cayó en sus dominios un balón tierno. Un
balón que parecía puesto en remojo, ablandado y desalado, que permitía
múltiples preparaciones. Remató el centrodelantero a la media vuelta un cuero
que pedía más un pase a un compañero que afrontara el lance de cara y rebotó en
su camino en todo lo rebotable para finalmente alojarse en las mallas con
semblante de alivio. Resopló Martínez también, caído en el suelo tras el
escorzo, y el hambre que acababa de saciar
se maridó a la perfección con la alegría incontenible de sus camaradas de
vestuario. Lo mejor de la noche estuvo ahí. Tras un gol contrahecho. Segundos
después de un tanto elaborado con sobras de otros muchos goles que en el mundo
fueron. La lectura que debe hacerse de ese gol con tintes de ropa vieja es la
de un equipo unido. La de un grupo que ofrece la mano para que el individuo que
pasa dificultades escale la montaña que en su mente ha tallado. Hay veces que
comer de lata le deja a uno un cuerpo estupendo, miren por dónde…

