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jueves, 25 de febrero de 2016

La ruptura

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160224/Deportes/4413/Atletico-de-Madrid-falta-de-gol-ataque-La-Colchoner%C3%ADa.htm

No siempre se es capaz de detectar las señales que preceden a la ruptura. A todos nos gustaría ser capaces de encontrar el punto de inflexión, el detonante sobre el que pudiéramos actuar. Tal vez un crujido, frío y seco, como cantaba Rocío Jurado con el amor de cuerpo presente de tanto usarlo. Lo cierto es que estas cosas ocurren y rara vez se puede hacer algo. El gol nos ha abandonado, es evidente. Un día, al volver a casa, nos dimos cuenta de que el gol se había marchado. Había vaciado los armarios sin dejar rastro de su ropa, solo nos quedaba su olor, todavía fresco pero ya distante. Sobre la mesa, una nota que no explicaba su huida hacía crecer todos los porqués que se agolpaban en nuestra mente. Dudando si llorar o asaltar la nevera para aplacar la ansiedad, nos echamos en la cama. Parecía enorme. Muy vacía también. El gol nos ha dejado, asumámoslo.  

Tendido sobre las frías y desamparadas sabanas uno analiza si la fuga del gol comenzó hace tiempo y no supimos verlo. Mala planificación deportiva, expectativas demasiado optimistas hacia las cifras goleadoras de los delanteros más jóvenes, el affaire de Jackson, que en gloria oriental esté, menos participación de otras líneas en el asunto finalizador, los tantos que se mudaron -¡cuánto se te echa de menos, Raúl!- a orilla del Guggenheim, carencia de jugadas de estrategia frescas recién salidas del laboratorio, la sombra de Tiago, que es alargada y lo equilibraba todo…Como les decía, no es sencillo notar el crujido que hubiese anunciado la ruptura. Entre todas las razones lo mataron y el gol, lejos de pensar en morirse, decidió huir dando un portazo.



Lo cierto es que el Atleti, con sus más y sus menos, lo intenta casi todo. Explora otras vías, echa el balón al suelo tras desesperar al personal con balones largos remitidos por los centrales sin acuse de recibo. No convencen al gol esos esfuerzos, esas demostraciones de que hemos cambiado, de que queremos que vuelva a nuestro lado. Quizá el gol, dolido por nuestro comportamiento, necesite algo más para dejar de mostrarse esquivo. Una caja de bombones, una docena de rosas frescas, un fin de semana romántico en un hotelito rural de esos cuyo encanto reside en la superpoblación de arañas que conviven a pensión completa con el turista. Habría que agotar las posibilidades y analizar las causas por las que el gol decidiera coger las maletas. Les confieso que servidor las ha masticado, digerido y debatido, consigo mismo y junto a otros, y nadie es capaz de dar una explicación totalmente satisfactoria sobre lo que ocurrió un poco antes de ese supuesto crujido anunciador de que el gol iba a pedir la separación.

Sin el gol no se puede vivir. Su falta no puede ser tapada por familia, amigos, ni por diez saques de esquina mal ejecutados, ávidos de un rebote que los deposite en las redes. No intentemos reconstruir nuestras rutinas sobre otros equívocos cimientos como la posesión o las sensaciones, que diría Sánchez Flores, no hay vida después de la ausencia del gol. Antes de echarnos en brazos de la depresión más profunda, debemos ser conscientes que, también sin previo aviso, el gol puede volver cualquier día de estos. A la vuelta del trabajo notaremos que el olor a cerrado y la percepción de abandono en el que nos había sumido su marcha habrán desaparecido. El césped, nuestra casa, recuperará la alegría como por arte de magia y todo volverá a ser como antes, balones largos aparte. No notaremos ningún crujido, frío y seco, que anuncie la buena nueva de su retorno. Simplemente sucederá, estas cosas ocurren. Puestos a pedir, por muy despechado que esté, podría hacer un esfuerzo el gol y dejar de hacerse el ofendido esta semana mismo. Vamos a necesitarlo. 

lunes, 8 de febrero de 2016

El adiós del delantero borroso

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco: http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/el-adios-del-delantero-borroso/

Ya desde la primera vez que se enfundó la rojiblanca, a Jackson me refiero, le vimos desenfocado, borroso incluso. Sirvieron entonces como excusas la adaptación a otro fútbol, que siempre es muy socorrida, y el Profe Ortega, ese sistemático despachador de agujetas. Ni mirando debajo de las alfombras del frente de ataque aparecía aquella agilidad felina ni ese romance con el gol que, a ritmo de bachata, se prometían. Algunos apuntaron también como atenuante la disputa de la Copa América, competición a la que se acusa de casquivana a las primeras de cambio por disputarse de madrugada. Puestos a exculpar, valía casi todo. Sabido es que en verano las preocupaciones quedan ocultas tras varias capas de crema solar de protección treinta.

Tras una pretemporada brumosa comenzó lo serio y, entre la más absoluta nadería, Jackson dejó un gol esperanzador en el Pizjuán. Un gol de jugador caro. De asesino preciso, de delantero totalmente alejado a la turbia imagen que el atacante había dejado hasta la fecha. A pesar del margen que le otorgó aquel remate, la afición seguía viéndole desdibujado en cada nueva oportunidad que Simeone le daba. Cientos de aficionados rojiblancos pidieron cita en el oculista, acongojados, para revisarse la vista. No era posible que al resto de sus compañeros, con sus más y sus menos, se les distinguiera nítidamente tanto en el campo como en retransmisiones televisivas y a Martínez se le percibiera como a través de una nebulosa, un poco como a Sara Montiel en sus películas.

Los encuentros se sucedían y Jackson agotaba su crédito y las paciencias ajenas a base de indolencia. Ni un reproche recibió de colegas de vestuario ni de equipo técnico. No existía atisbo de disidencia a la hora de mostrarse totalmente involucrados en la cruzada de salvar al sudamericano de esa imagen turbia que uno distinguía al posar la mirada en sus carnes morenas. Para el recuerdo quedará la celebración que todos sus compañeros le regalaron tras lograr su primer y único tanto en Europa. Dio igual que éste fuera desde el suelo, de rebote y a un equipo asiático. Se festejó el gol como si hubiera valido un título, un billete a una noche interminable con escala en Neptuno. El colombiano recibía los abrazos, parecía que aliviado, y aún entonces los que se fijaron en él notaron que su figura seguía estando difuminada.



Lo que pareció el comienzo de una gran amistad, la de Jackson con el gol y la de la afición con el punta, se tornó en una mayor decepción a medida que los partidos discurrían. Al fijar los ojos en Martínez uno notaba un velo que impedía verle de manera transparente. Sus propios compañeros, empecinados en otros momentos en buscarle, repararon en que el nueve llamado a ser la referencia de este año comenzaba incluso a perder color. El delantero cafetero, ya totalmente descafeinado en esos momentos, se había convertido en alguien invisible. Minutos y horas sin influir en el juego, sin pisar el área con algo de sentido, sin hacer algo de provecho para el equipo lo atestiguaban. La grada, con el aguante ya a la altura de la entrepierna, empezó a acompañar cada una de sus intervenciones con el típico runrún que los jugadores de los que poco se puede esperar siempre llevan como sombra. El atacante, para aquel entonces, respondía en cada comparecencia con otro esperpento y había conseguido transmutar la agilidad felina del envoltorio con el que se compró en impotencia de gatito doméstico al que le han quitado las uñas. Al dolor se encomendó el punta, al provocado, más concretamente, por un golpe en el tobillo que tardó en sanar lo que un fractura. No hubo nadie que echara de menos su difusa apariencia mientras convalecía. Pobre Jackson.


En los últimos días de Jackson entre nosotros, daba casi un poco de pena mirarlo. Su cara estaba totalmente pixelada, como la de los menores que salen en las revistas del corazón y otras vísceras. Por ese motivo, tal vez no tocó un balón en los minutos que Simeone le regaló como último salvavidas en el partido contra el Sevilla o no apareció cuando las cosas se pusieron feas en la eliminatoria del Celta. Se entiende su ostracismo sin embargo, no debe ser fácil tomar la decisión de sacar al campo a alguien sin tener claro si es un rematador o la hija pequeña de Fran Rivera toreando al natural. Su historia finaliza sin previo aviso. Estaba asumido que para distinguir al atacante tendríamos que achinar los ojos de aquí al final de temporada cuando Martínez se nos marcha. En su nuevo destino le verán mejor, los ojos vienen rasgados de fábrica. Pese a todo, miro y remiro la foto de su anunciación al lejano oriente y le sigo viendo borroso. Distingo sin dificultad al chino que está a su lado, eso sí, pero la cara de Jackson sigue estando difusa. Lo mismo es que le fichamos como delantero goleador y resulta que era un hijo secreto de la Pantoja. Todo se verá, pero lejos de aquí, por caridad. 

jueves, 21 de enero de 2016

¡Virgencita, que me quede como estoy!

Artículo publicado en ctxt.es : http://ctxt.es/es/20160120/Deportes/3751/sancion-FIFA-Atletico-de-Madrid-fichajes-Jackson-Martinez-Fernando-Torres-Borja-Baston-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Éramos pocos y parió la FIFA. Resulta que el organismo futbolístico mafioso internacional, muy en su papel de zorra guardando gallinas, nos condena a no poder llevarnos ninguna incorporación a la boca en los próximos dos mercados de fichajes. Ni un Rubén Micael siquiera. Prohibidos incluso los fichajes de parada y fonda. Los fichajes de una noche. Los fichajes olvidables que se hacen para olvidar y los que se formalizan con una copa de más. Los fichajes que sirven para calentar la cama de una pensión del centro. Los fichajes fugaces que se rompen al amanecer, cuando las ganas de desayunar desenmascaran tantas mentiras. Malos tiempos para los representantes que ofrecen amores y mediapuntas de barra en barra y para los pregoneros de operaciones imposibles. Lo mismo los Manoletes y otras hierbas se meten a analistas del cuore o del bajo vientre, tablas tienen.

Saltaron las alarmas cuando se conoció el castigo y solo el paso de las horas nos hizo sustituir el agobio inicial por una sonrisa casi socarrona. Pensando en un escenario continuista, sin incorporaciones, –si Gil levantara la cabeza, se volvía al hoyo ante tal atrocidad yerma de comisiones–, no parece merecer el asunto mayor drama. Equipo hay y alternativas también. La juventud de la plantilla, salvo contadas excepciones, augura que esa fase de estabilidad podría incluso venirle bien a un equipo todavía en fase de conocimiento carnal. Mejor acoplamiento, más logrados automatismos y el mayor poso que otorga la experiencia acumulada en batallas de altos vuelos. Pese a todo, seguía revoloteando alrededor nuestro una especie de inquietud que se resistía a evaporarse. Tras intentar espantarla a manotazos sin éxito y analizando irritados el porqué de su persistencia, a todos se nos fue un poco la mirada a la delantera. A la del equipo, se entiende.

De nuevo el asunto del nueve. Imaginaba la parroquia un futuro a medio plazo con Jackson poniendo a prueba las paciencias como hasta ahora y se helaba la sonrisa por momentos. Existían dudas, además, de la posición administrativa en la que quedaba Torres. Dado que su condición es la de cedido, el voluminoso fantasma de Cerci tomaba cuerpo. Más cuerpo si cabe. Tampoco este panorama se antoja capaz de arrojarnos en brazos de la depresión balompédica más profunda. Antes de dejarse caer a orillas del Manzanares, este Jackson era un ariete de rompe y rasga en la desembocadura del Duero. Uno vio algún que otro partido del colombiano en el Oporto –justo antes de que el equipo luso se convirtiera en el segundo equipo de la prensa deportiva madrileña– y certifica que es un gran delantero. Jackson lo tenía todo: remate, desmarque, juego de espaldas y caída a bandas para crear desequilibrio. Su llegada fue una apuesta personal de El Cholo, que de esto algo sabe. El técnico le sigue mimando –demasiado en opinión de algunos– porque cree en lo que sus ojos vieron. Jackson puede que no llegue a ser Michael, pero tampoco es Marlon, el hermano que no sabía bailar de los Jackson Five. Esperemos que despierte, que ya es hora.



Diferentes deben ser las expectativas y las exigencias con Torres. Fernando, que con Simeone y la afición forman la actual santísima trinidad rojiblanca, debe ser a estas alturas de su carrera ponderado como un recurso, no como una única solución. El de Fuenlabrada aporta trabajo, goles para recordar en ocasiones especiales y, sobre todo, ascendente esté donde esté: en el banquillo, en la grada o sobre el campo. Torres es mucho más que un jugador. Es el mismo chaval hecho hombre que en su momento cargó sobre sus adolescentes hombros la ruinosa casa que ahora luce espléndida. Vino como guinda, nunca como base de la tarta. Quien le pida ser más de lo que puede ser ahora y en este Atleti tan diferente está siendo injusto. Mucho. Aun así, uno piensa que Fernando, sin estar del todo bien, ha tenido un mejor desempeño que Jackson con menos oportunidades, todo sea dicho.

Si llegados a este punto del artículo andan todavía ustedes soliviantados por esa inquietud que no para de posarse tan molestamente sobre sus miembros –con perdón– y están a punto de dejarse llevar por la desesperación, les invito a fijarse en el delantero del Éibar: Borja Bastón. Sí, es él y es del Atleti. De pensamiento y de obra, aunque lleve unos años de Erasmus por esos estadios de Dios. En La Coruña, Zaragoza y ahora en la localidad guipuzcoana, pueden dar fe de su reencuentro con el gol, otrora puesto en peligro por una rodilla inoportuna. Retornará en verano, ya preparado para quedarse. Doctorado en arqueología goleadora, esa licenciatura otorgada a los que hallan en equipos pequeños goles semienterrados en escasas oportunidades. Ojalá sea un delantero para estar en la plantilla muchos años.  


Una vez reposada la sanción, permítanme insistir en que nadie se suicide. No dejaremos de molestar tan fácilmente. Sí convendría analizar las causas de la misma y buscar responsables. Más allá de recursos, posibles medidas cautelares y los minutos de gloria que Xu Xin tuvo en el trofeo Carranza, de nuevo las leyes son un molesto trámite a eludir en los despachos del Calderón. Apuesto a que se pasará de puntillas sobre esto, como es costumbre. En lo deportivo, miren al equipo y siéntanse relativamente tranquilos. Despachen la inquietud a golpe de ráfaga de flis –adoro esa onomatopéyica manera de llamar a los insecticidas– y siéntanse afortunados de que el bloque se mantenga en ejercicios venideros. Tal vez la imposibilidad de fichar mitigue las pulsiones de ventas veraniegas sin luz ni taquígrafos. “¡Virgencita, que me quede como estoy!”, está empezando a ser tendencia. También será tendencia Marlon Jackson ahora que el artículo acaba y pueden ir a Youtube para ver lo mal que bailaba el jodío. 

jueves, 7 de enero de 2016

Galgos o podencos

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160106/Deportes/3608/Atletico-de-Madrid-candidato-Liga-mercado-de-invierno-falta-de-gol-Real-Madrid-Bar%C3%A7a-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Sentados en sus irreales poltronas, los conejos no tienen tiempo ni ánimo siquiera para discutir si el Atleti es un galgo o un podenco. Andan muy atareados retozando en sus propias miserias –no conocen otras, todo sea dicho–. No contribuyen tampoco a poner nombre a la amenaza la cohorte de corifeos acostumbrados, siempre dispuestos a ordeñar hasta el esperpento la ubre seca de lo que ellos llaman información. Mientras tanto, la polvareda se ha acercado tan peligrosamente como hace un par de años, cuando se pudo de moda aquella canción del “ya caerán”. No cayó entonces y pinta tiene de que va a ser que no ahora tampoco. No se trata solamente de un deseo ni de un sobrevenido poder adivinatorio que se me haya revelado entre turrones. Se trata de un ejercicio de observación y análisis pausado que paso a argumentar en el siguiente párrafo, que éste anda ya muy lleno.  

Mirando la clasificación uno repara en dos cosas. La primera es que ésta no va a ser una liga de record de puntos salvo segunda vuelta para el recuerdo de alguno de los aspirantes. En este escenario de mayor igualdad, en el que robar al descuido puntos a los grandes ha dejado de ser una utopía, mayores son las posibilidades del equipo de Simeone. Mucho más complicado sería para los rojiblancos aguantar el envite en una competición como aquellas programadas para dirimirse a doble partido en los clásicos, dada la imposibilidad de arañar resultado alguno por parte de los otros dieciocho equipos, chuchos sin raza todos, cuando los conejos asoman por los calendarios. La segunda es que el Atleti está en lo más alto, partido menos, partido más, se sobreentiende, a pesar de los pesares.

Los pesares se llaman falta endémica de gol y, puestos a afinar mucho, ciertas fases de los partidos sazonadas con un juego que podríamos calificar de anodino. Aduce el Cholo –palabra de Dios– que la falta de gol en sí no es tan preocupante cuando se crean ocasiones. Estando de acuerdo en el diagnóstico, uno cree entrever nostalgia en la mirada del técnico. Nostalgia de aquel Falcao, ahogado ahora nadando entre billetes, que tornaba en redes cualquier balón que tocara. Nostalgia de ese Diego Costa indómito que perforaba porterías potencia pura mediante, aunque fuera trastabillado tras chocar con tres adversarios que yacían caídos a su estela. Nostalgia incluso, quién lo iba a decir, por aquel Mandzukic aguerrido y tosco, adalid del simplismo aplicado al hecho diferencial del goleador. Justo esta temporada, cuando más delanteros se arremolinan alrededor de Simeone en cada entrenamiento, cuando mayor es el abanico de posibilidades, van los goleadores y se ponen a fumar, lo mismo que la abuela.

El gol en el Atleti desde mediados de la pasada campaña tiene acento francés. Solo Griezmann ha respondido a las expectativas numéricas y solo ello hace que se le perdonen esos episodios de ausencia durante los partidos que harían las delicias de cualquier neurólogo balompédico. Seguidamente las miradas se dirigen a los dos delanteros más puros que hay en la plantilla: Jackson y Torres. La prevista batalla por la titularidad entre ellos se ha tornado en un duelo de diversas ansiedades que debieran ser ponderadas de manera diferente. El colombiano anda a la búsqueda de su sitio, tanto en el campo como de cara al gol, pero su cruzada deja en ocasiones tufo a indolencia. Fernando, mientras tanto, pelea y lucha, se embolica por el camino y trasiega peleado con un gol redondo. Nunca fue el de Fuenlabrada un delantero de cifras, pese a poder presumir de ellas, y ahora no debería centrarse en las matemáticas. El uno por el otro dejan la casa del delantero centro por barrer y eso ha hecho que el técnico haya probado con resultado desigual con Vietto haciendo de nueve impostado en varios encuentros. Ni a esa llamada acudieron los goles. Completan el bodegón Correa, Carrasco y los centrocampistas que quieran sumarse a la fiesta goleadora sabiendo que toda ayuda es buena aunque la responsabilidad de marcar no recaiga en sus hombros. La cifra goleadora se antoja algo enclenque, cierto, pero suficiente si se apoya en la proverbial capacidad defensiva, joya de la corona marca de la casa admirada allende los mares.



Puestos a señalar como pesar al juego desplegado por nuestro equipo, permítanme antes declararme en rebeldía de nuevo ante cualquier debate centrado en lo puramente estético que se pueda echar uno a la cara. El problema de juego, si es que lo hubiera, nace de una puntual falta de verticalidad o de episodios de desconexión con la delantera –otra vez el gol, traidoramente esquivo–, nunca de militar en posiciones alejadas del preciosismo tiquitaquero –los dioses nos libren de semejante lacra–. Si de pulcritud en las maneras para con el balón hablamos, es menester acordarse de Tiago. La sombra de la ausencia del portugués es alargada. Su falta ha retrasado a Gabi, cumplidor en el posicionamiento y en la brega, deficitario en la salida del cuero. Tampoco Saúl ha acabado de convencer a la hora de suplir al luso: más desorden táctico y pérdidas comprometedoras han alejado al canterano del círculo central, tal vez para definitivamente quedar unido al puesto de interior. Además, Koke, dueño y señor de la patente del último pase en los últimos tiempos, se ve obligado a un mayor despliegue físico que acusa en fase de ataque y a Óliver parece deprimirle la cercanía de la cal de la banda y estar pendiente de cerrar el carril que le toca. No todo son noticias regulares. El vacío de Tiago ha rescatado a Thomas de lo más profundo de un banquillo con perspectivas de cesión. El ghanés ha estallado en el medio campo y en nuestros corazones como una bomba de hidrógeno. Su despliegue físico, su fe y su llegada al gol nos han enamorado como a adolescentes y hemos vuelto a creer en cosas en las que se deja de creer cuando uno firma una hipoteca. Aun así, hablamos de otro interior, no –todavía– de un cinco de los de toda la vida.

El mercado de invierno, otrora zoco persa del que salíamos escaldados baratija tras baratija, nos trae como añadido dos apuestas casi seguras. Kranevitter, el cinco más cinco que Argentina ha fabricado en varios años y Augusto Fernández, otro todocampista metido a mediocentro, también de la patria del tango pero con nombre y planta de cantante de rancheras. La suma de ambos junto con la maduración y asentamiento de los mimbres que ya hay en la plantilla, debería ser suficiente para suplir, que nunca olvidar, al añorado Tiago. La competencia y la presencia de tantas alternativas juegan a nuestro favor, solamente el tiempo necesario para ensamblar las flamantes piezas y asumir los nuevos roles de cada uno pesan en nuestra contra. La polvareda ya está cerca y los conejos siguen discutiendo de sus cosas.

Sin querer parecer demasiado optimista, lo lógico es que todo vaya a mejor. Delanteros que encuentren la confianza perdida con goles, aunque sean con la espinilla y en semifallo, aunque haya dudas de si hay que atribuírselos a ellos porque antes rebotaron en el trasero de un central lleno de tatuajes y flequillo a lo Brian Ferry. Un centro del campo cómodo tanto en la brega como en el manejo del tiralíneas que sirva, además, de coartada firme desde la que despejar cualquier sospecha de cansancio por la carga de partidos. Una defensa y un portero que se ciñan al guion que llevan bordando desde el inicio del rodaje. Llega el momento de utilizar el tan cacareado fondo de armario y llega con el equipo en una posición envidiable, impensable hace tan solo un lustro.


Los conejos y sus rapsodas oficiales, incapaces de ver lo que se les viene encima, debatirán hasta el mismo momento de recibir la primera dentellada si este Atleti es una amenaza. Si los pesares a solventar por los de rojo y blanco son suficiente motivo para seguir adorando tranquilamente su propio ombligo ¿Son galgos o son podencos? Tal vez, ni cuando ya sea demasiado tarde repararan los roedores en lo que se les viene encima. Ojalá.  

jueves, 22 de octubre de 2015

Partidos de lata

De los partidos contra rivales exóticos como el Astaná, cuyo nombre evoca reminiscencias de fragancia fresca y juvenil, raras veces puede uno extraer conclusiones a las que elevar a ningún altar. Poseen estos encuentros una pátina como de comida de lata. Un aporte de calorías mínimo. Un quitar el hambre con tintes de supervivencia y poco más. La ración de campaña o la pastilla con la que el astronauta engaña a un gusanillo mareado por la ausencia de gravedad. La noche de ayer, que traía bajo la capa un frío más traidor de lo que la mañana dejó entrever, quiso saltarse el guion establecido y legó en herencia a las memorias algo más de chicha que saborear. Se agradeció, claro está, que no por ser un partido en conserva deja uno de mandar en sus hambres.

El primer bocado a destacar lo protagoniza Carrasco. Demostró ayer el belga lo que iba apuntando en los minutos en los que había participado con anterioridad: desborde, clase, ganas, hambre en definitiva. Se sacudió Yannick esa etiqueta de jugador revulsivo, de estilete en el contraataque con dificultades ante defensas con tendencia al hacinamiento. Abandonando la banda cuando fue preciso dejó en la afición ganas de un segundo plato elaborado por sus manos, o más bien por sus piernas. El segundo mordisco para el recuerdo proviene de la coincidencia sobre el campo de Oliver y Correa. Cuando la inventiva y la pausa se juntan aparecen las jugadas meritorias e incluso los goles de relumbrón como setas en temporada. A ciertos platos hay que darles tiempo. Mimarlos. Rectificar la sal o avivar el fuego según convenga. Si el producto es de calidad, y en ambos casos de eso van sobrados, la espera tiene sus frutos.




Párrafo aparte merece la ración menos futbolística que se sirvió anoche. Desde la vertiente emocional debe ponderarse lo de Jackson. Continuaba el colombiano con su particular batalla personal contra el gol, buscaba encontrarse sin ser capaz ni aun mirándose en un espejo cuando cayó en sus dominios un balón tierno. Un balón que parecía puesto en remojo, ablandado y desalado, que permitía múltiples preparaciones. Remató el centrodelantero a la media vuelta un cuero que pedía más un pase a un compañero que afrontara el lance de cara y rebotó en su camino en todo lo rebotable para finalmente alojarse en las mallas con semblante de alivio. Resopló Martínez también, caído en el suelo tras el escorzo, y el hambre que acababa de saciar se maridó a la perfección con la alegría incontenible de sus camaradas de vestuario. Lo mejor de la noche estuvo ahí. Tras un gol contrahecho. Segundos después de un tanto elaborado con sobras de otros muchos goles que en el mundo fueron. La lectura que debe hacerse de ese gol con tintes de ropa vieja es la de un equipo unido. La de un grupo que ofrece la mano para que el individuo que pasa dificultades escale la montaña que en su mente ha tallado. Hay veces que comer de lata le deja a uno un cuerpo estupendo, miren por dónde…

lunes, 19 de octubre de 2015

No apueste contra el Atleti

Si se diera el caso poco probable de que a ustedes les sobrara el dinero y anduvieran pensando en invertirlo, no lo hagan apostando contra el Atleti. No preguntaré por la procedencia de ese fajo de billetes que pretenden quemar. No me pararé a investigar si cayó a sus bolsillos llovido de un supuesto cielo en el que ahora descansa una tiíta solterona que se acordó de sus lejanísimos sobrinos en uno de sus últimos arrebatos de lucidez o si proviene de la recalificación de un terrenito rústico hábilmente gestionado por un cuñado que hizo carrera en éste o aquel partido. Mi consejo no abraza objetivos morales, sino prácticos. Si la mejor estrategia que han encontrado para hacer que sus ahorros crezcan y se multipliquen es la de pensar que los rojiblancos no van a dar que hablar este año, olvídenlo. Busquen ustedes otras acciones con las que dilapidar sus rentas, háganse ese favor.

Tal vez las jornadas iniciales de calendario rocoso hayan podido mellar la confianza de algún creyente no practicante. Tampoco ayudan a rememorar si las botellas lucen medio llenas o no esos coitus interruptus tan exasperantemente abundantes que en forma de parones de selecciones sufrimos los adictos al fútbol de clubes. Pudiera llegar a admitir que si echáramos un rápido vistazo al balance del Atleti en lo que llevamos de temporada, refleja éste quizás más sombras que luces. Que el equipo parece menos engrasado, domesticado incluso en ciertos lances del juego. Podría invocar, y justo sería, a los necesarios tiempos de ensamblaje, a respetar los tiempos de cocción para que las lecciones del catecismo del partido a partido ganen en untuosidad. Comprendería, puestos a ceder terreno, a quienes pretendieran devaluar el bono a muy corto plazo de una plantilla todavía inmersa en forjar su propia identidad, pero eso sí, no consintiendo colocar las expectativas de un equipo recién echado a rodar a la altura de cualquier bono basura: de ese tipo de urgencias y rentabilidades cortas de miras saben bien en otras orillas, no en la nuestra. Les advierto además que si persisten en su actitud y no pliegan velas, les envío a mis padrinos, bien sea para acordar lugar, hora y armas a utilizar, bien para administrarles de manera terapéutica un soplamocos si la cosa se enquistara más allá de lo caballeroso.



Sí debatiría detenidamente sobre el justo equilibrio entre intensidad y buen trato del balón que los nombres del plantel aconsejan mantener e incluso no me extrañaría que los mercados mostraran una pizca de desconfianza ante esa nueva imagen del Mono Burgos trajeado. Ya desde el pasado verano, estando aun el equipo en versión borrador, fueron muchas las voces que se alzaron exigiendo el escurridizo objetivo de jugar mejor. Vaya por adelantado que puestos a elegir bando entre resultadismo y preciosismo rococó, a servidor de ustedes lo encontrarán parapetado tras la trinchera de los que quieren ganar, ganar y ganar, como decía el Sabio. Confesaré sin reparos que llegados a este punto la estética quedó olvidada en el fondo de alguna maleta ajada por el uso, será cosa de los años o de no acabar de aguantar esa pose de los que se emboscan en la bandera del guardiolismo más militante, ése que desprecia el fin para regodearse hasta el sopor en los medios a base de toque fútil. Reconozco que el Atleti que me levanta del asiento es el de la intensidad, el de llegar una décima de segundo antes a los balones divididos, el de comerse al adversario por una pata, preferiblemente la de apoyo. Uno, que es un nostálgico además de un redicho, piensa que si un equipo de eminentes científicos descifrara el genoma rojiblanco, esos valores estarían ahí presentes entre proteína y proteína. Ésa debe ser la base, el sofrito del guiso. El esfuerzo no negociable sobre el que construir el edificio que esperamos ver relucir a finales de curso. Entiendo no obstante que sobre esos cimientos debieran surgir conexiones y automatismos, amabilidad con el cuero si se tercia. Si tras esa evolución sin traicionar las raíces el resultado es además fácil de ver, mejor que mejor. No crean que no disfruto cuando feroces balones con alma de saltimbanquis son domados por Óliver. Las gambetas de Correa y esas carreras desbocadas de Griezmann que dejan en evidencia la velocidad de los centrales rivales provocan en mí ataques agudos de síndrome de Stendhal. Me solazo como el que más cuando Koke encuentra ese resquicio en forma de último pase que desmorona las defensas numantinas y alabo la pulcritud de Tiago sacando el balón de atrás. Espero mucho de Vietto cuando olvide los apéndices, de Carrasco en las batallas a campo abierto y de Jackson cuando decida dejar de vivir sin vivir en sí pero sobre todo espero de ellos que sean capaces de asumir que la intensidad y el compromiso tienen más razón de ser en el escudo del club que el oso y el madroño. Ahora que tan de moda está el concepto, mi patria es ese Atleti indómito y salvaje al que nos hemos bien acostumbrado en los últimos años.


Si con todo lo anterior todavía siguen pensando en tirar sus ahorros no reconociendo al caballo ganador, permítanme añadir un último argumento. Uno irrefutable. Miren al banquillo. Fíjense en ese señor que normalmente viste de oscuro, el que lleva unos cuantos años obrando el milagro de los panes y los peces con cada pitido inicial. El valor más seguro maneja el timón de la nave. Les pido que observen la evolución de la cotización de las acciones de todo lo que su mano ha tocado en los últimos tiempos y les vuelvo a conminar a no malvender sus títulos y a no escuchar a los interesados brokers afines a medios del régimen, siempre tan en su papel de agencias de calificación de lo balompédico dispuestas a ignorar e incluso despedazar todo aquello que pretenda salirse de los pérfidos renglones del bipartidismo al que sirven. Este Atleti volverá a enamorar, se lo aseguro. Diría más, lo mismo el Mono Burgos vuelve a embutirse en su sempiterno chándal y se cuelga de nuevo el cronómetro al cuello, todo se andará…

lunes, 5 de octubre de 2015

Hay partidos

Hay partidos que nacen con rictus de moribundo. Partidos de los que se espera una barbaridad, como de ciertas relaciones, aun sabiendo que la mayoría de ellas no merecerían trascender más allá del primer beso. Hay batallas que prometen un nuevo desembarco de Normandía y acaban en una escaramuza saldada con un herido por esguince de tobillo al pisar una piel de platano. Hay encuentros a los que les sobran ochenta minutos. Choques llenos de respetos o, lo que es peor, de pizarras, que quedarían perfectamente resumidos con unos minutos de descuento. Hay días del calendario marcados en rojo que traicionan todas las expectativas formadas. Hay partidos, como el de ayer, a los que les ocurren todas estas cosas que les cuento juntas.

Hay partidos que se dejan atrapar por la vulgaridad más absoluta sin proponérselo. Partidos llenos de burocracia en los que el balón es tratado por uno de los contendientes como un formulario ante la mirada prevenida del rival, que queda apoyado en el quicio de la ventanilla rezando para que no falte un sello, una firma, para que la fotocopia aportada esté compulsada debidamente. Hay encuentros que se asemejan a un mal poema, estrofas que ni ese verso suelto que siempre es Correa es capaz de resucitar. Hay contiendas que hacen imposible destacar a alguien. Rácanas en héroes, plagadas de villanos. Hay ocasiones en las uno maldice que el destino, que a veces toma forma de fax tardío, haya puesto en nuestro camino a un portero que para los suyos fue como un embarazo no deseado, por mucho que ahora digan.


Hay partidos llenos de ausencias: la intensidad, la tensión, alguna trifulca que acelere los pulsos. Hay encuentros en los se echa y se echará de menos al navarro de la nariz curvada. Se equivocaba Arbeloa, el mejor del Atleti ayer, cuando en la previa hablaba de que los de rojo y blanco esperan todo el año este partido. Lo que realmente esperaban todos era su presencia. Carrasco, Jackson, Filipe, todos querían transitar por la autopista de la ineptitud que construye el susodicho cada vez que comparece. Hay historias en las que un jugador de buen gusto técnico pasa a la posteridad rematando con la canilla un balón que casi se le escapa fuera. Hay choques que dejan sabor a incompletos pese a haberse antojado insufriblemente tediosos durante todo su discurrir. Hay obras en las que el planteamiento y el nudo no sirven de mucho, pero cuyo desenlace le deja a uno sensación de orfandad. Hay partidos que merecerían una mucha mejor crónica que esta, crónicas llenas de adjetivos grandilocuentes, de palabras esdrújulas con las que llenar la boca. Este partido solo lleva como equipaje estas pobres líneas. Hay partidos que no merecen más. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nunca es fácil ser el nuevo

Nunca es fácil ser el nuevo. En el colegio, ser el nuevo supone verse sometido a una minuciosa observación desde que entras en el aula. Notas las miradas clavándose como puñales en tu espalda mientras buscas un pupitre huérfano y sin dueño desde el que pasar desapercibido en estas primeras horas de la que será tu nueva vida durante al menos un año. Hay veteranos que incluso olfatean a tu alrededor sin disimulo, intentando detectar aroma a repetidor o a refugiado que huye de otras escuelas que quedaron en el recuerdo. Más tarde, cuando te toca leer la redacción sobre cómo fue tu verano, el resto de los alumnos presta más atención de la debida buscando pistas, puntos débiles. Resquicios por los que meter mano a la posible nueva relación. A la hora del recreo lo más probable es verse relegado a ocupar la portería en el partido de fútbol que seis clases juegan simultáneamente en el patio. Con suerte puedes intercambiar unas palabras breves con los otros dos porteros, también nuevos, sobre la operativa a seguir en caso de dos balones que lleguen a la vez. A lo mejor, cuando ya llevas dos semanas de clase alguien te ofrece poder acompañar a modo de prueba al grupo ya formado.

Tampoco es fácil ser el nuevo en el trabajo. Por más que te esfuerces en sacar de lo más hondo una simpatía largamente olvidada es imposible evitar el desconfiado escrutinio de los recién estrenados compañeros. Da igual que te ofrezcas a pagar el café más veces de las que tocan, da lo mismo que rías gracias que te piden a gritos echarte a llorar. Pasarán varios meses, años incluso, antes de ser aceptado como uno más, antes de conocer los códigos que los demás manejan con soltura. Mientras tanto, solo resta la incómoda trinchera de ese traje que te queda largo de mangas, último bastión de resistencia ante los embates de aquellos que piensan que tu llegada les arrebatará la posición ganada a base de trienios.  



No es fácil ser nuevo en este Atleti. Da igual que hayas llegado en olor de multitudes luciendo el marchamo de estrella consolidada en otras tierras y otras escaramuzas. Da lo mismo que hayas regado de sudor la pretemporada diseñada por ese Mengele de la preparación física que es el Profe Ortega. Da igual tu precio, tu condición o tu nacionalidad. No es fácil encontrar una grieta en el muro que en cada encuentro levantan la pareja de centrales uruguayos. No es fácil presionar más que Gabi ni llegar a poseer el conocimiento del juego que atesora Tiago. Nada de simple tiene aguantar sobre los hombros el peso del estandarte que Simeone ha otorgado a Koke. Nadie dijo que fuera sencillo encontrar un hueco en la punta de ataque, desbancando a un Griezmann exuberante y a un Torres que adorna su espléndida veteranía con la ilusión de cuando nos enamoró siendo apenas un adolescente. Todas reglas tienen sus excepciones y esas son Oliver y Filipe. Tampoco ha sido fácil para ellos pero contaban con la ventaja de que ya sabían lo que era esto. Lo suyo ha sido un reencuentro, un deja vu en rojiblanco. Sabían lo que les esperaba y lo que de ellos se espera. Si veinte años no son nada, como dice el tango, una temporada fuera es el destello de una estrella lejana. Un paréntesis que rebosa continuidad.


Todos anhelamos poder llevarnos a la boca una gambeta del Vietto que esperamos. Queremos que la velocidad de Carrasco levante turbulencias que nos despeinen el flequillo. Deseamos empaparnos de la sobriedad de Savic y defenderíamos espada en mano que Thomas recuerda al Patrick Vieira de los mejores años. Moriríamos por ver al Jackson asesino que veíamos por la tele perforar las redes rivales con esa cara de “no es nada personal” que el colombiano refleja antes de disparar. A todos les llegará su hora. Todos serán importantes a lo largo del apasionante camino que se acaba de comenzar a transitar. Cada uno en su medida deberá aportar su granito de arena para levantar la montaña cuya cima esperamos tocar allá por mayo. Será cuando ya todos ellos reciten de memoria los versículos del evangelio del Cholo, hasta entonces todos deben estudiar para aprenderlo de corrido. Nunca es fácil ser el nuevo a no ser que seas Correa. De él hablaremos en futuras ocasiones, los que son como él en ningún lugar se sienten como si fueran nuevos y para ellos todo es mucho más fácil.