Mostrando entradas con la etiqueta Pizzi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pizzi. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de enero de 2016

Las pérdidas olvidadas

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160113/Deportes/3666/Oblak-portero-Atletico-de-Madrid-Courtois-Moya-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Existen pérdidas de las que creemos que nunca vamos a recuperarnos, aunque todos sepamos que eso es falso. Al ser humano le encanta rebozarse con la desdicha del momento. Pensar que nada será igual; gimotear desconsoladamente por lo que no volverá; recordar un pasado grabado en el recuerdo con una paleta de colores mucho más vivos que los que tuvo en la realidad. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen algunos entre achaques y nostalgias mientras la vida les contradice a cada minuto con un nuevo amor, un viaje a un sitio por descubrir o un portero esloveno de sobriedad proverbial.

Fueron muchos los que lloraron como irreparable la pérdida de Courtois. El agujero que el belga dejó se antojaba casi imposible de rellenar a pesar de que la suya fuera la crónica de una salida anunciada. Daba un poco igual que Tibu, para los amigos, que éramos todos, nunca llegara a ser nuestro realmente. Cada verano se marchaba para luego volver con la misma sonrisa bonachona puesta. Le perdíamos solo por lo que duraba un paréntesis estival y sus regresos acabaron por convertirse en una rutina irreal destinada a ser vivida eternamente. De repente, a la vuelta de unas vacaciones ya no volvió. No retornó, además, para ponerse a las órdenes de la madrastra de Setúbal, lo que dejó una mayor sensación de desolación bajo los palos del Calderón. Fue entonces cuando la pérdida, fea y descarnada, se nos metió a todos dentro dejando un paraje yermo de esperanza, una apocalíptica visión de un futuro de cantadas y salidas a por uvas en balones colgados al área.  

La gran mayoría de nosotros no había oído hablar de Oblak cuando ya estaba a punto de aterrizar en Madrid. "Viene del Benfica". "Ha destacado en la liga portuguesa". "Es muy joven". "Se trata del desembolso más importante por un portero en la historia patria". Los titulares se llenaban de lugares comunes que invitaban a la desconfianza. Olía a negociete. A Pizzi, a Elías, a Dani o a Rubén Micael. Jugadores que vivían sin vivir en sí, y a veces incluso más lejos y de alquiler. El cierre de los flecos de la operación obligó a que se incorporara a los entrenamientos un poco más tarde. Apenas unos días, los suficientes para que Moyá, recién llegado a la causa también, le comiera la tostada y dejara enamorados – ¿cómo no enamorarse de Moyá en cualquiera de los sentidos?– a cuerpo técnico y gran parte de la afición. La primera vez que vimos al esloveno en serio fue en Atenas. El choque y su actuación nos dejaron fríos, helados incluso. Un balón resbaladizo que encontró un hueco improbable bajo la axila nos volvió a hacer sentir la pérdida. Tocarla de nuevo. Abrumarnos por su enormidad. La alargadísima sombra de Courtois volvía a crecer exponencialmente.



El siguiente capítulo de la historia se escribe en el partido de vuelta de una eliminatoria de octavos de final de Champions. Moyá, titular no solo en liga sino también en Europa desde lo de Atenas, se rompe. Hasta la fecha, las dudas sobre las actuaciones del balear, que las ha habido, no han sido suficientes para apartarlo de la titularidad. Sale Oblak al campo tras calentar frugalmente su corpachón de boxeador y la afición le abraza. Olvida en ese mismo instante la pérdida que recorría la grada libremente. El estadio alienta al esloveno sin reservas e incluso improvisa sobre la marcha un cántico en su honor con toques de rumba que haría temblar a cualquier arreglista musical. Jan responde durante el partido y, sobre todo, en la tanda de penaltis que cambiará su vida.

Desde entonces, los partidos se han llenado de exquisita colocación y de grandes paradas. No hay resquicio para que ninguna duda se cuele en la confianza que el aficionado rojiblanco tiene en su portero. Aupado en una defensa numantina, Oblak se ha convertido en el último y más fiable guardián del muro. Ya no hay balones por alto que provoquen tembleques. No existe ninguna falta cercana al área ante la que mostrar nerviosismo. El esloveno combina reflejos felinos con una sensación de aplastante seguridad cada vez que el balón osa rondar sus dominios. Los mano a mano con delanteros rivales han pasado a convertirse en sus días en la oficina. No cambia el rictus tras desbaratar cualquier acercamiento enemigo y hasta parece que su pelo, que se antojaba en retirada, ha renacido. Nada hay que temer en los próximos años –salvo tejemaneje de los del palco, siempre tan proclives a ventas a traición apoyadas en el interesado mantra de jugadores que juegan donde quieren–, hay portero para más de una década.

No somos capaces de precisar cuándo nos dimos cuenta de que habíamos olvidado a Courtois en el buen sentido. Siempre estará en nuestros corazones y le desearemos lo mejor allá donde esté, pero ya no volveremos a sentir esa pérdida enorme y negra que su marcha nos dejó. Han pasado los días, los meses y los partidos del Atleti y ya casi nadie añora tiempos pasados en la portería. La seguridad de Oblak ha impregnado nuestras vidas y nuestros recuerdos. La sensación de pérdida se ha evaporado totalmente. Uno cree que empezó a difuminarse aquella noche de Champions en la que la grada adoptó al esloveno sin papeleos. La pérdida quedó olvidada definitivamente en el punto de penalti más cercano a una de las dos porterías del Calderón. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Susto, muerte o la desconfianza en el lacito

Servido está el bombardeo mediático y suena a canción conocida, a vamos a preparar el terreno por lo que pueda pasar. Otra vez las cartas marcadas, otra vez la vaselina previa. Salen los veteranos diciendo que es el mejor candidato. Salen afamados estudiosos del hecho diferencial balompédico y aseguran que es casi la única elección por precio y por no necesitar adaptación a la liga. Salen sus vecinos de portal y dicen que el zagal es una delicia, que saluda siempre en el ascensor aunque sea por la mañana muy temprano y que separa con mimo los envases de plástico y metal para depositarlos en el contenedor amarillo. Sale todo el mundo de debajo de las piedras y dice que es el novio ideal, un marido solícito, que tiene a su madre muy bien atendida y que agarra a los ciegos del brazo para cruzarles la calle, pero no se escucha casi nada de Doyen, que algo tendrá que ver en la cosa. A Negredo me refiero, oigan.


Si acaso alguien desconfía, allí está la maquinaria de propaganda para expandir la duda y el miedo en el descreído: bueno, pues que sepáis que si le ponéis pegas a Negredo lo mismo viene Soldado. Susto o muerte. ¿Y no habría manera de que el que venga no tenga pasado blanco zanussi? Si no es mucho pedir, claro. Hombre, hay otras opciones, pero es que no llegamos, ya sabe usted cómo está la economía del club, pero, ¿qué le voy a contar si ya ve usted cómo tenemos los baños del estadio? No hay un duro, oiga. Ya, ya, dice comprensivo el aficionado conocedor de que a su hijo el mediano le tenía terminantemente prohibido ir a los aseos del Calderón hasta que no supiera nadar sin manguitos. Además, como éste no va a ser tan caro, ya nos traemos a Diego con todas las de la ley, que en otro caso no va a poder ser. ¿Y el dinero de la Champions? ¿Y cómo si no hay dinero sí que lo hay para Pizzi? Mire, lo de Pizzi era una cuestión humanitaria. Entenderá usted que un muchacho con esa mirada mitad Cristopher Lambert mitad Fernando Trueba lo ha debido pasar muy mal en la vida…¡Ah!



Más allá de las aptitudes del delantero y de su capacidad a la hora de marcar goles, uno desconfía de serie de todo lo que viene servido en este tipo de bandejas, será porque las antiguas experiencias nos han dejado ese poso de descreimiento. Servidor no pretende que estas líneas sirvan para denostar o descalificar al futuro nueve de la plantilla, contra el que no tiene nada salvo su procedencia, sino al lacito con el que se nos presenta. Ese lacito que tantas veces hemos visto pegado al envoltorio de regalos infumables y de muy mal gusto. Vendrán otros iguales o mejores, ya saben…



Entonces ¿qué? Nos lo quedamos, ¿no? Y lo de Benteke, ¿no es posible? ¡Uy!, Benteke parecía bueno pero, ¿le ha visto usted los dientes? Los tiene separadísimos y eso es una garantía de lesiones futuras. Lo que nos ahorráramos ahora lo íbamos a pagar en ortodoncias e implantes en los años venideros. Mala inversión lo de Benteke, muy mala…Pues nada, visto lo visto, nos quedamos con Negredo, que por lo menos tiene una dentadura admirable. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Atascada crónica del Atleti-Depor


De nada había valido el haber salido justo después de comer. Ahí estaban de nuevo. Primera, freno, punto muerto. Atrapados. Parados en el kilómetro cincuenta y siete con doscientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles. La radio hablaba de niveles amarillos en la circulación, sin duda refiriéndose al tono de tez que se extendía entre los conductores ante tal atasco. Es lo que tienen los puentes. Si no tuvieran estos finales y aquellos principios, tal vez serían demasiado perfectos para ser de verdad. Aquilino dormía profundamente. Cosas de las digestiones subsiguientes a un plato colmado de judiones de la Granja con su correspondiente repetición, un cuarto de cochinillo ronchón y unas cucharadas de ponche segoviano, “No me lo como todo, no vaya a ser mucho”, había dicho él pretendiendo parecer comedido, manda güevos. Así, con g, que es más gráfico. Los niños empezaban a impacientarse tras la cuarta proyección de la película de Disney y lanzaban al aire las preguntas malditas: “¿Cuánto queda, mamá?, ¿Cuándo llegamos?”. Ella intentaba contestar sin dejar de concentrarse en el embotellado tráfico. Primera, freno, punto muerto. La radio repite que Tráfico recomienda el regreso escalonado ¿Cómo se escalona el regreso? ¿Quedo con el vecino y volvemos por turnos? ¿Se vuelve en orden de la fecha de nacimiento? ¿De la primera letra del apellido? ¿Del signo zodiacal? Eso estaría bien. Alivia saber que todos los conductores viven su enclaustramiento bajo la influencia del signo de Leo con ascendente Acuario. Primera, freno, punto muerto. Ya quedaba menos. Solamente cincuenta y seis kilómetros y setecientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles.

Jugaba el Atleti más o menos a la hora en la que el puente se podía dar oficialmente por finalizado. Seguramente muchos todavía no habrían vuelto, atrapados en la consabida caravana por no saber escalonarse los muy ignorantes. Jugaban los nuestros ante el Depor al final de un puente que empezó ahondando en Europa la depresión postderby. Si en vez de puente, llega a ser viaducto, algún aficionado de poca personalidad se hubiera tirado ante las lecturas vertidas sobre el estado del equipo. Si hace cuatro meses, mes arriba o mes abajo, alguien nos hubiera dicho que estaríamos vivos en Copa y en Europa y segundos en Liga, con una ventaja de cinco puntos sobre el autoproclamado mejor equipo del mundo, la galaxia y constelaciones sin vida inteligente, hubiéramos invitado a ese profético alguien a una semana en un hotelito con encanto de Torrevieja en régimen de media pensión por lo menos. Nos ha hecho subir el nivel de exigencia este Atleti de esta temporada, lo que es bueno. No nos debería hacer perder la perspectiva, lo que sería malo.

Salió el Atleti algo atascado, no sabiendo escalonarse en el trayecto hacia la portería de Aranzubía. Pretendía llegar al destino prendido de Diego Costa y sus desmarques, lo que a efectos circulatorios se traduciría en un camino lleno de tirones, choques por alcance y usos excesivos del embrague. Sin ánimo de ser poco optimista, parece claro que el equipo ha perdido frescura en la presión y se muestra más prudente a la hora de exceder la velocidad del balón, seguramente sumido en un valle físico de esos que los preparadores miden con la precisión que da el cronómetro colgado al cuello. Amagó el rival más no llegó a inquietar seriamente, dejando aromas de equipo que pasará serios problemas. Decían los agudos comentaristas de gafa de pasta que el Depor echaba de menos en la creación a Pizzi, ausente ayer como consecuencia de la cláusula “arrieritos somos”, que tan de moda sigue estando entre los cedidos. Mal le irá al equipo gallego si debe encomendarse a ese mediapunta de mirada huidiza al que tanto valora, a pesar de las crisis y las estrechuras, nuestro equipo gerente.



Metió Costa, demostrando que su cabeza sirve para algo más que para sopesar durezas de frentes contrarias, un gol casi regalado por un portero que no salió y unos centrales que no encimaron y el partido cambió. Cambió como un embotellamiento cuando se abre un carril adicional, como cuando la Benemérita deja circular por los arcenes, que es algo que siempre hace mucha ilusión al que conduce. Más que por la fluidez de los nuestros, el partido se convirtió en una autopista de incontables carriles por cómo se averió el equipo herculino, muy flojo de moral y de argumentos futbolísticos. Llegó entonces el turno de Falcao, hambriento como urbanita que se desplaza a la típica casa rural. Se atracó el tío, vamos. Le hincó el diente con la misma voracidad al primer plato a pase de Koke, a un segundo de volea pinturera tras meritoria asistencia de un recogepelotas al que deberían ascender en el cadete en el que jugara, a un tercero de penalti autogestionado, a un cuarto en el que se jugó el físico y casi el químico y a un quinto de glotón redomado. No tuvo la falsa intención de dejarlo para otro momento, de decir que si eso dejaba algún gol para alguien más necesitado y hambriento, como Adrián por ejemplo, por si eran muchos cinco goles. Queda la hartura de goles para la historia y entra el colombiano en ella en plena digestión de tanto tanto, frase muy tonta y redundante pero que a servidor hace mucha gracia utilizar en una crónica, la misma que si usara, ¿usted no nada nada?, o, es que no traje traje.

Tras el partido queda regusto a goleada con mucha más pegada que juego pero alegra la llegada de un resultado de esta holgura para ahuyentar las dudas que pudieran haber asaltado a la parroquia. Uno, al que como antes les decía, este Atleti ha devuelto la exigencia que nunca debió perder, considera el resultado una vuelta al buen camino aún con ese bajón físico que se detecta, bajón en ciertos momentos preocupante en jugadores como Juanfran, al que sus amistades en la selección no parecen sentarle del todo bien. Termina el puente de mejor manera que empezó, lo que no era difícil y afrontamos la operación retorno con el estómago lleno de goles. Ojalá los hayamos poder digerido para lo que esta semana ofrecerá, que no es poco.

“¡Uy!, me he quedado algo traspuesto”, tuvo Aquilino la desfachatez  de decir tras dos horas y media de rebuznos en los brazos de Morfeo. “¡Qué tarde!, ¿Ha terminado ya el Atleti?”, preguntó. “Seis ha metido. Seis”, respondió ella estirando la espalda. Terminaba bien el puente. Primera, freno, punto muerto. Ya quedaba menos. Solamente treinta y tres kilómetros y cuatrocientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles. 

lunes, 20 de febrero de 2012

Por ahí va...

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.

Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.

Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.



Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.

Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.

Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.  

lunes, 13 de febrero de 2012

Oportunidades perdidas

Como cada domingo, Ambrosio extendió la sábana raída que servía a la vez de escaparate y local al negocio de venta de variedades en una calle de las más aledañas a la periferia del Rastro. Como cada domingo, colocó con mimo la magra mercancía que pretendía expender guardando las distancias justas entre cada artículo, no más de tres dedos. Todas las jornadas acababan igual, recogiendo los mismos cachivaches para devolverlos al carrito de la compra que hacía las veces de almacén portátil para el stock de su ambulante empresa. Los mejores días, volvía con un elemento menos en el carro y con pocos euros en el bolsillo de su raído gabán. No era Ambrosio un vendedor devoto, ni mucho menos. Cuando algún transeúnte se encaprichaba de ese libro antiguo, él, antes de hablar de precios en los que medir el deseo de posesión del contrario, siempre interrogaba al cliente con maneras de comandante de puesto de guardia civil caminera:

– ¿Y qué uso le daría usted a este libro?

– Pues qué quiere que le diga. Lo quisiera acomodar en una estantería del living room. Con ese color de lomo tan bien conservado combinaría con la tapicería de mi butacón de brazos a las mil maravillas.

– Por favor, circule y no me haga perder más el tiempo –respondía alterado Ambrosio–. Sepa usted que este libro que para usted no es más que un complemento ornamental son las obras completas de Victor Hugo, faro y guía del romanticismo liberal. Ni por todo el oro del mundo permitiría servidor que esta edición en tapa dura y acabados en hilo de plata cayera en manos de un individuo de su pelaje. Usted sí que es un miserable y no los personajes que tan bien dibuja el autor en la obra que forma parte de esta antología del saber.

Así pasaba las mañanas dominicales Ambrosio. Increpando a todo aquel que osara acercarse a su callejero establecimiento. Tildando de frívolas a las damas y de alcornoques a los caballeros. Recorriendo árboles genealógicos de los interesados en algún ítem de su catálogo para afearles su irresponsable conducta. Por ahí no paso, no señor, decía siempre cuando algún compañero de comercio pretendía que relajara los modos en aras de cuadrar caja y llevarse una buena ración de caracoles en salsa al estómago.

Un día, el azar llevó delante del puesto de Ambrosio a una señora de perfil noble que se arrebujaba en un abrigo de pieles de calidad indiscutible. La señora, bien por snobismo o bien por estulticia, se interesó por la mercancía que ofertaba Ambrosio. La mujer supo responder a cada invectiva que le dedicó con saña nuestro protagonista saliendo airosa de cada prueba. Ese disco iba a formar parte de una colección cuidada de grandes clásicos del jazz progresivo, esa lámpara encontraría su último reposo sobre una mesilla de noche Luis XIV, aquel cuadro sería admirado por los clientes de un despacho de abogados de toga larga sito en la avenida más principal de un barrio de alcurnia. Ambrosio, por primera vez en su vida, quedó sin defensa para finiquitar la transacción de todo su género. La proximidad del cierre del trato hizo que vecinos de tenderete, modistillas que pasaban por allí y hasta carteristas de dedos largos se agolparan frente a la sábana expositora para ser testigos del histórico hito. Ya tenía la clienta un fajo de billetes que no cabía en sus cuidadas manos para dárselo a Ambrosio, ya su acompañante se disponía a agacharse para recoger los preciados artículos, ya todo parecía abocado a un final irremediable cuando Ambrosio, desoyendo una voz interior que le prometía un retiro en Torrevieja con el dinero que iba a recibir, formuló una última pregunta:

– Y usted, señora de mis entretelas, ¿con qué equipo simpatiza en lo que a cuestiones balompédicas se refiere?

– Pues mire, una no es muy de deportes de contacto y sudores, pero si tuviera que inclinarme por algún estandarte, sería sin duda por el del conjunto que pace Castellana arriba, que no en vano una fue mocita, madrileña y se tenía por risueña.

– No se hable más –cortó Ambrosio interponiéndose entre la sábana y el lacayo que pretendía recoger las culturales viandas–. Casi me la da usted con queso, señora, pero no ha nacido todavía quien engañe a Ambrosio Atalayas. Quítese de mi vista si no quiere que le espete lo que pienso de los de su condición, guarde usted su dinero, probablemente recaudado en desigual lid, y lleve usted tanta paz como deja en este establecimiento humilde pero de intachable moralidad. Mis pequeños tesoros solo pueden ser disfrutados por alguien que sienta la fe colchonera, no puede ser de otra manera.

Tras este episodio, volvió Ambrosio a sus costumbres, volvieron los clientes a salir espantados ante los epítetos que el singular tendero les dedicaba, volvieron los veranos en el pueblo en vez de en Torrevieja, volvió la sábana cada domingo a ser extendida en el pavimento y volvieron los vecinos de puesto a lamentarse por tantas oportunidades de venta, todas ellas perdidas.



Al igual que el protagonista de nuestra historia. La historia del partido del Atleti en Santander se puede resumir hablando de las oportunidades perdidas. También, al igual que Ambrosio, el equipo se dejó llevar por sus principios. Por esos principios que ha instaurado Simeone desde su llegada: la presión, la solidaridad, el compromiso, la seguridad defensiva y la eficiencia atacante. Ésta última, la eficiencia en el ataque, falló en Cantabria. Numerosas ocasiones creó el equipo en el mejor partido desde la llegada del Cholo. Todas y cada una de ellas acabaron muriendo en la madera, en el limbo o en los guantes de un portero al que los nuestros elevaron a los altares del racinguismo. No corrió en ningún momento peligro el crecimiento del minutaje que lleva el Atleti sin encajar un gol, si acaso alguna jugadita a balón parado resuelta con solvencia por el cedido belga y su defensa, esa que ha dejado de ser un fondo de inversión de riesgo para balones sueltos independientemente de quien la conforme.

Destacable el partido de Diego, que ayer salió con su mejor traje y que además de notable en movilidad y precisión, dedicó cinco minutos en los inicios de la segunda parte que merecieron el premio del gol o de ponerle su nombre a una rotonda ajardinada. No estuvieron mal tampoco Gabi en la presión, los laterales a la hora de sumarse al ataque y Arda, ése al que servidor mira con una debilidad especial, por ser algo contrahecho, talentoso y tener la pinta de ese amigo que todos tenemos que acaba cayendo antipático a madres y novias por informal y desahogado. Los delanteros no tuvieron su mejor día, bien es cierto que Adrián lo intentó proponiendo algo diferente, como siempre, pero a veces desconcierta su frialdad y esa estigmática, aunque a mi juicio exageradamente glosada, falta de gol. También es verdad que Falcao lucha, pelea y se faja como el que más, pero a un delantero de su caché se le debe pedir más finura a la hora de la definición. Entre los dos tuvieron ayer algunas de esas ocasiones que ponían a Fernando VII y no a Felipe II, como dicen algunos. A estas alturas de la película, los más y los menos ya sabrán que los delanteros son muy de rachas, como los vientos de componente sur, y hay días que están negados. Sirva este prefacio para apuntar de nuevo hacia una de las grandes mentiras de esta temporada: la mejoría de la plantilla en su globalidad. En días como estos, uno echa de menos a un Sabas, a un Negro Cabrera o a un Biagini. A alguien capaz de cambiar guiones o, simplemente, a un delantero más. Casi ya no se pide que ese delantero pueda ser o no un revulsivo. Si no fuera mucho pedir, nos conformaríamos con que hubiera uno solo más, aunque fuera bajito, calvo y pronunciara las erres con frenillo. Pero ya saben ustedes que no lo hay por mucho que la corrupta gerencia, sus satélites y los palmeros habituales del régimen hablen de completitud de plantillas y de objetivos grandilocuentes. Todos rezamos para que no se produzcan lesiones o sanciones y nos tenemos que tragar ese sapo de que Salvio o Pizzi pueden ser los revulsivos del equipo sin evitar que los más maledicentes quieran cambiar una v por una p al calificarlos.

Sin más ganas de extenderme, les voy a dejar con Ambrosio, ese atlético tan peculiar al que ya casi todos hemos cogido cariño. Más que nada para que cierre este artículo con la brillantez que a mí me faltaría.

Cuando el helador aliento del viento seguía azotando las aceras vacías sin firmar treguas y los viandantes todavía no habían tomado posesión de las calles que nacían en la Plaza de Cascorro, Serafina, vendedora ambulante que compartía espacio y sentimientos rojiblancos con Ambrosio se acercó al lugar en el que éste último ejercía su ministerio mercantil para preguntarle sobre sus impresiones sobre el partido del Atleti de la pasada tarde. Ambrosio esperó unos instantes, como hacía siempre antes de decir algo importante…

– Mira Serafina, el deporte rey y las matemáticas aplicadas están llenos de teoremas con unos condicionantes. En las lides futbolísticas, para llegar a buen puerto, mantener la portería a cero es condición necesaria pero no siempre suficiente. Dicho lo cual, si de despliegue de artes escénicas de borceguí hablamos, uno no puede dejar de mostrarse esperanzado ante el partido de nuestro equipo y pronostica que pocos se escaparán si se mantienen esas formas, aunque bien es verdad que yo hubiera sacado a Koke cuando se lesionó Tiago dadas las características del rival. 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Alguien tiene que hacerlo

Miren que no me gusta ser portador de malas noticias. Miren que me duele como al que más venir a contar que los Reyes son los padres. Miren que siento ser yo el que les diga que ese cuñado tan antipático les levantó treinta euros haciéndoles trampas en el cinquillo postcena de Nochebuena. Lo siento, de verdad. Me gustaría no ser un pájaro de mal agüero. Me gustaría hacer borrón y cuenta nueva sin mirar alrededor, sin detectar cómo la miseria se amontona en las orillas por las que discurre el cauce de nuestro equipo. Me encantaría sentir los efectos de la anestesia y gritar eso de “Ole, ole, ole…Cholo Simeone” pensando que se acabaron los problemas. Pagaría por ser capaz de mirar a los puestos Champions o de Europa League en vez de sentir en la nuca el gélido aliento de los puestos de descenso. Me seduciría la idea de dejar de leer artículos tan pesimistas. Dormiría infinitamente mejor si pensara que a partir de hoy, los jugadores saldrán a ganar en todos los campos y a correr como nunca antes han corrido. “¿De verdad era tan fácil? ¿Por qué no habrán traído al Cholo antes?”, se preguntan algunos que concluyen sin haber visto llaga donde meter el dedo.

Conste que pienso que el cambio de Manzano era absolutamente necesario y de que Simeone, a pesar de su condición de incógnita por despejar, aúna varias cualidades que le dotan de notables ventajas de antemano. Además, sabe transmitir el mensaje. Sabe decir lo que se quiere oír, conoce las teclas a tocar. Siempre lo ha sabido hacer. Igual cuando jugaba que ahora que sienta sus posaderas en sillas de oficina. Entiendo cierto grado de ilusión que trae el argentino debajo del brazo y a la que muchos necesitan agarrarse de manera desesperada en el recurrente ejercicio de supervivencia anual. Comprendo esa búsqueda de una identidad perdida, de ese orgullo que tenemos casi olvidado en algún bolsillo de un pantalón que hace tiempo no nos ponemos. Lo comprendo casi todo, en serio.



No comprendo, en cambio, la falta de memoria. No comprendo que los árboles recién plantados con el nuevo técnico impidan ver el pútrido bosque que se extiende en la periferia. No asumo nuevas ventas en invierno. No puedo compartir ese afán de reforzar a un rival, directo aunque nos pese, regalándole a un jugador que seguramente merezca salir pero no a cualquier precio y destino. No alcanzo a ver qué pasa con esa cantera que iba a ser piedra angular. No puedo dar consuelo a Koke, ni a Pulido, ni a Joel. No soy capaz de mirar a los ojos a los alevines tras su brillante victoria de ayer y asegurarles que tendrán un hueco en el equipo cuando se hagan unos hombres. No sabré explicar el por qué de que les cierre el paso en el futuro plantel un mozalbete portugués representado por un fondo de inversión. No tengo ni pajolera idea si para ir a la Peineta tendremos que sacarnos el abono transportes B1. No estoy convencido de que Fran Mérida no valga para el equipo. No sé si el contrato de Indy es sólo para las primeras partes, porque si se quedara después del descanso, habría que pagarle horas extras al precio estipulado en el convenio de mascotas de peluche. No sé qué parte de la anatomía de Falcao nos pertenece realmente ni si Pizzi se convertirá en calabaza a las doce de la noche del día 31, una vez acabe el plazo para su opción de compra. Echo en falta más voces críticas, aunque los batacazos recurrentes hayan hecho aflorar alguna que otra que hasta ahora guardaba un silencio investido de complicidad. No sabemos, sobre todo, por qué ellos siguen ahí. No salen ni por acción de la justicia, ni de hacienda, ni de la audiencia de Gran hermano. Y no hay manera de entenderlo. Bueno, ahora que lo pienso, sí. Eso es de las pocas cosas que comprendemos perfectamente. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Recuerdos de Albacete

Desde tiempos inmemoriales ha sido Albacete estación de paso camino de otros menesteres y travesías. Un paréntesis obligado por ubicación y hospitalidad que se aliña con bocadillos kilométricos y vinos de la tierra. La localidad manchega ha sido también muy socorrida a la hora de adquirir esos recuerdos vacacionales que se olvidaron en el fragor del chiringuito playero:

 – ¡Uy!....y además del de lomo con queso y el de jamón, mira a ver si encuentras unos cuchillos para mi madre, que no le llevamos nada. O unos Miguelitos, que siempre se agradecen…

Amén de por sus megalómanas ventas de carretera, tan propicias para la adquisición del recuerdo fugaz, Albacete se posicionó en el mapa futbolístico hace ya algunos años. De esa añorada época atesoramos los aficionados al fútbol recuerdos de Coco y de Conejo, de corners sacados por Catali que enganchaba Zalazar en singular volea al borde del área, de un billete a la gloria comprado por Molina y Santi, de psicólogos de borceguí y de entrenadores con gafitas de relojero precursores de la presión sobre saque de banda y el palabrerío fútil.

Si además ustedes se tildan de atléticos, esos recuerdos quedan presentes pero empequeñecidos por otro. El de un mozalbete rubiejo y pecoso que nos regaló su primer gol y una victoria cuando andábamos liados en infiernos e intervenciones judiciales. Albacete. Tierra de paso. Tierra de recuerdos. Tierra donde Fernando Torres metió su primer gol con la rojiblanca.


El Atleti volvió a Albacete con la coartada de la Copa, competición a la que, desde el inicio de temporada, se ha marcado como piedra angular del enésimo proyecto junto a la Europa League. Uno, que es muy desconfiado y lleva ya demasiados años oyendo mensajes corporativos, piensa que eso quiere decir que no esperemos demasiado de la Liga, pero ya saben, será que uno es un amargado. Los prebostes del fútbol español condenan a la Copa a un sistema cobarde de doble partido que anega calendarios y desmoraliza al modesto, pero ya sabemos que en el fútbol español, en vez de igualdad y emoción, se busca resumir las temporadas en dos o tres partidos con los mismos contendientes, con circos de tres pistas en las ruedas de prensa y con tertulianos al borde del ictus casi todas las noches.

Éste cobarde sistema copero favoreció anoche a los nuestros inmerecidamente. Y conste que digo favoreció porque esperamos reacción en la vuelta, que a lo mejor ni eso. La existencia de esa injusta segunda oportunidad aconsejó a Manzano dejar en Madrid a varios de sus más destacados peones y a no ponerse traje para el partido, considerando que era partido a ganar en chándal. Salió condescendiente el Atleti, sin querer mancharse la camiseta con contrarios de tan baja alcurnia.

–Fíjate qué pintoresco…El lateral izquierdo se llama Zurdo… ¿cómo va a sorprender desdoblando a su interior si pregona su facultad en la camiseta con semejante redundancia posicional? –murmuraban en los primeros compases del encuentro algunos de los miembros de la pléyade de mediapuntas (..con perdón) que pueblan nuestra plantilla.



Goyo, ese técnico que tan bien nada en los mares embravecidos de la valentía, dispuso solo un punta ante la entidad del adversario y tres mediapuntas (de nuevo perdonen…) por detrás. Los tres mosqueteros del último pase se desplegaban como sigue: Juanfran, jugador de banda derecha jugaba por la izquierda, Pizzi, al que hemos visto detallitos desbordando por la siniestra, en el centro y Salvio, crack de youtube e ídolo de masas en Lusitania, por la derecha. Ante tamaña declaración de intenciones, algunos, de nuevo llevados por la desconfianza, conjeturamos sobre una posible posesión de un espíritu de entrenador con gafitas y verbo fácil sufrida por el señor Manzano, porque en otro caso, no se entiende. Sacó también una defensa de canteranos, lo que gustó más a la parroquia, en donde se revelaron las dos mejores noticias de la noche: Manquillo y Pulido. Ambos cumplieron. Ambos, junto a un Domínguez ayer no muy afortunado y un Koke al que se le vieron cositas en la posición que algunos pedimos para él, dejaron claro que puestos a buscar según qué soluciones, mejor mirar al Cerro del Espino que hacia Sao Paulo o Lisboa.

Poco más les contaré del partido porque no lo merece. Encuentro perfectamente olvidable, uno de tantos que hemos sufrido en este camino hacia ninguna parte. Ningún nuevo recuerdo a añadirse a los que traíamos en la maleta. Una nueva muestra del crecimiento innegable de la sociedad, menor que la presentación de la maqueta de la Peineta, que eso sí que es crecer desmesuradamente, pero crecimiento al fin y al cabo. Un nuevo episodio en el que se escenifica que los resultados y la historia son minucias, que lo importante son los accesos y las zonas comerciales que tendrá el nuevo estadio. Y si a ustedes no les gusta, ¡ajo y agua! Que son ustedes unos amargados que solo viven de sus recuerdos. Aunque los hayan comprado en un bar de carretera. En un bar de Albacete, estación de paso…

lunes, 21 de noviembre de 2011

Comicios color sepia

El camarero se dirigió a la mesa de la esquina con paso cansino. Si no fuera por el dinero que dejaban, aunque fuera en temporada baja como ahora, a ver quién era el guapo que aguantaba a estos madrileños ¡Qué pesaditos que eran, la verdad! Se atrevían a discutir de frescuras, de tipos de pescados, de harinas para fritura…Se atrevían con todo.

– Mire, esta sepia que nos ha traído debe estar mala –dijo el cliente auspiciado por esa inocencia del que se cree la leyenda urbana sobre siempre tener la razón.

– Esta sepia está recién cogida. De esta mañana, oiga –contestó el camarero con la superioridad del que tiene la confianza y los galones para apocopar el nombre de ciertas raciones: gamba plancha, chipirón ajillo. Era ésa una señal inequívoca de dominio, bastaba oír a un padre de familia con riñonera calada pedir unas puntillas a la romana o unas cigalitas a la plancha para catalogarlo como profano en la materia. Si se dice, se dice bien: ¡puntillas y cigala plancha, cociiiiiiiiina!

– Pero, ¿y ese color? ¿Es ese el color normal de una sepia?

– Es el color sepia papeleta para el senado que impone la junta electoral central. A mí ese color también me parece un naranja pálido o un salmón desmayado, pero yo con la administración no discuto. La última vez que se me ocurrió, me aplicaron la ley de costas y mire dónde me veo obligado a plantar la terraza ahora, como quien dice en la provincia de Cuenca. Así que a comérsela, que eso es una sepia con todo su demócrata color –apostilló el filósofo de velador ejecutando una media vuelta con tirabuzón de palillo en la boca de admirable ejecución e innegable dificultad.

..........................................................................................

Para recibir al Levante, formación a los que los sondeos a pie de campo hasta la fecha otorgaban un muy meritorio grupo parlamentario propio, el estadio registró una abstención importante. Es el aficionado atlético mucho más dado a la abstención que al voto en blanco por razones obvias, y ayer se abstuvo mayoritariamente. Algunos contarán que era por el tiempo y hasta porque habrá habido muchos que fueron reclutados como vocales de mesa, pero no se crean, últimamente anda la gente con ganas de abstenerse de ir al campo. Puede que sea cierto eso de que cuando el día sale lluvioso da pereza hacerse el bocadillo para que el pan se quede correoso por la humedad a las orillas del Manzanares o que fueron numerosos los abonados agraciados con la ventura de desempeñar el papel de vocal, aunque fuera una u con diéresis de las que se pronuncia con boquita piñonera, pero uno piensa que los motivos son otros. Uno de ellos, el color que tiene el equipo. Un color indeterminado, como de sepia papeleta senatorial.

Hablando de papeletas, Manzano tenía otra importante por delante. A pesar de la victoria final, fue uno de los candidatos perdedores de la noche. Su capacidad para cambiar el rumbo del partido se vio mermada por dos cambios obligados por las lesiones y por un cambio que realizó la grada. No diremos que el escaño que ayer otorgó gran parte de la afición a Reyes no fuera merecido tal y como estaba el partido, pero nos deja un regusto a entredicho en la capacidad de gobernar del jiennense. Se le vio tenso, se le vio celebrando los goles con tono de animador de hotel todo incluido en vez de profesor de filosofía, un rol que le pega más. Se le vio también con un color de tez raro, varios grados de moreno menos al que acostumbra. Podría ser un sepia crispado.

Sigamos con los perdedores de la noche electoral, que no es plan de hacer uves con los dedos por un resultado aislado. Hablemos de Mario Suárez. El bueno de Mario está dejando pasar demasiadas oportunidades. No parece un candidato de confianza para llevar el gobierno del mediocentro. Mario deja pasar los partidos a su lado sin subirse a ellos. No destaca ni en defensa ni en ataque, sino todo lo contrario. Parece que ha llegado la hora de una moción de censura para su juego, la verdad. Perdedora también sale la fortaleza mental del equipo. Perdedora en todos y cada uno de los casos en los que se mide con las dudas en desigual plebiscito. Si el contrario plantea una campaña electoral de intercambio de golpes, por ahí se pierden los votos de la confianza en lo que se hace. Dos veces se estiró el Levante, quizás tres, dos diputados a las redes nos enviaron. Hubo algún otro más que no alcanzó los resultados esperados, pero tampoco queda caballeroso señalar en días como estos, días en los que todos ganan y se celebra la participación, aunque sea testimonial. En este grupo deberíamos meter a Salvio y su escoliosis y a Silvio y su mala salud de hierro.



Vayamos ahora con los ganadores de la noche. Candidatos que obtuvieron resultados dignos, sólo brillantes a ratos, pero los candidatos al fin y al cabo en los que mayor confianza se puede depositar. Si ellos fueran los cabezas de lista de esa papeleta color sepia, marcaríamos la x al lado de su nombre casi sin temor a equivocarnos a la hora de elegir a los que deben regir el destino del equipo: Arda, Adrian y Diego….De estos tres deben salir las medidas para salir de la crisis que acucia al equipo. Ellos deberían gobernar  la nave que recuperará la confianza de los mercados y el cariño de la prima de riesgo. Un cuarto a elegir pudiera ser Pizzi, aunque sea solo para formar un grupo mixto con mucho jamón york y poco queso destinado a segundas partes. Muy bien el turco, adornando con pausa y torería sus cada vez más altos niveles de popularidad en las encuestas. También bien Adrián, cargo electo por aclamación que nunca defrauda y alrededor de quien siempre pasan cosas, la mayoría buenas. Si acaso, habría que pedir una mayor participación en el juego del partido político. Ayer le hicieron un penalti de libro que un interventor avinagrado consideró como fingimiento, a pesar de que difícilmente se puede fingir una caída en la que aterrizas con la oreja. Ahora toca Diego. Diego lo intenta, busca el voto en mítines multitudinarios, lo busca también puerta a puerta. Intenta con clase buscar coaliciones al borde del área, llega, manda y se desespera muchas veces ante la inmovilidad de sus compañeros. Estuvo bien en ambas partes del debate, primero más adelantado, después compartiendo mediocentro con Mario, aunque en ese momento a su partenaire se le viera que no anda para complicadas legislaturas.

Finalizado el escrutinio, podemos decir que se alcanzó una mayoría en las urnas del juego. Mayoría simple, por supuesto, pero suficiente para sacar un escaño más que un rival que lleva una campaña admirable. Merecería la pena reflexionar algo más de un día en si estas mayorías tan simples serán suficientes para sacar adelante otras leyes y otros partidos de más enjundia. El recuento de votos arroja datos claros: el entrenador no está en su mejor momento de popularidad, suceso que no debe sorprender cuando se pone al frente del gobierno al cuarto o quinto de la lista de candidatos manejada en su momento. De momento salva su puesto de trabajo, una de las directrices de la nueva legislatura. Pero lo mantiene en precario, sin los apoyos necesarios. Esperaremos expectantes para ver si se le manda al paro, eso sí trayendo a otro, que habrá que crear empleo. Solo nos queda pedir que no traiga muchos recortes y que nos quite este tonalidad de piel que mostramos últimamente…como de sepia desilusionada, vamos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Gris

Servando se levantó automáticamente de la cama. El mismo sonido de despertador que llevaba sirviendo de electrónico gallo en los últimos treinta años. Tras el frugal desayuno y la ducha con agua ni muy fría ni muy caliente, paseó como cada mañana la vista por el ajado armario. Se decantó por el traje gris, bueno, por uno de ellos. La mayoría de sus trajes eran de ese color por la sencilla razón de que él pensaba que le quedaban más o menos bien. Salió de casa con tiempo suficiente y se cruzó con el vecino del sexto izquierda en el portal.

– Buenos días –saludó Servando sin alzar demasiado la voz.

Nada, otro día sin respuesta. Desde pequeño le había ocurrido. La gente pasaba al lado suyo sin reparar en él. Cuando se repartían los castigos en el colegio era una ventaja desde luego, siempre se libraba. Nunca tuvo que escribir cien veces aquellas frases rehabilitadoras ni recibió golpes de regla en los nudillos. A medida que pasaban los años, potenció su capacidad para sacar partido de su desapercibida invisibilidad. Nunca fue voluntario en nada, nunca fue primero, ni segundo ni tercero. Nunca sacó más nota de la absolutamente suficiente, a pesar de haber podido hacerlo. Siempre ahí. Ni en un extremo ni en el otro. Siempre gris.

Inició una mañana como cualquier otra. Sellando pólizas y archivando montañas de papeles irrelevantes ¿Importaba algo? Nadie leía sus informes, otrora cuidados, ahora ausentes. Nunca se le propuso ascender, pero tampoco formó parte de ninguna lista de posibles despidos. Tal vez todo proviniera del traje, tal vez él lo veía gris y realmente era un traje de camuflaje. Un traje que conseguía el mismo efecto que esos aviones de última generación que burlan radares. Pero no. El traje no era de ninguna aleación de titanio superligero. El traje simplemente combinaba a la perfección con su personalidad. Él era gris.



Las imágenes del entrenamiento previo de nuestro equipo en la víspera del partido en Udine nos mostraron un chándal distinto. Un chándal gris. Con toques vintage de última moda gafapastera, pero gris al fin y al cabo. Sin demasiadas ganas, nos sentamos ante la pequeña pantalla y nos dimos cuenta de que el equipo salía con una alineación gris. Probablemente muchos pensaron que prescindir del triple pivote era una señal de abandono del grisáceo camino. Se equivocaron. Aún así, el abandono del repetitivo esquema nos trajo una evidencia: con Assunçao en el campo no son necesarios otros dos escuderos de la bipolaridad destructivo-creativa. Simplemente, puso oficio sobre el campo, lo que no es poco desde luego. El bueno de Paulo ha pecado de invisible en muchas ocasiones, pero no en el campo. En el campo se conduce con honradez y con más o menos acierto, dependiendo del día. Deberíamos agradecerle mucho. Una parte importante de los escuálidos resultados de los últimos tiempos. Fuera del terreno, nunca dijo una palabra más alta que otra aunque se le tratara de manera ventajístamente injusta. Aunque él siempre fuera el undécimo nombre que se recitaba cuando se recordaba la alineación. Aquí acaba lo único salvable. Fíjense qué cosas. El eterno hombre gris fue lo más brillante de ayer. Otro tono de gris, un gris con reflejos marengos.

Les contaba yo antes lo de una alineación gris. Lo fue. Una alineación llena de actores de reparto de esos cuyas caras suenan pero de los que no podríamos enumerar más de dos películas en las que han trabajado. Vimos algo más a Pizzi, por poner un ejemplo, un jugador medio habilidoso y posiblemente útil como revulsivo para según qué ocasiones, no como un recurso titular a mi juicio. En cuanto a los que tienen la obligación de aportar algo más de color, notamos a Falcao de nuevo demasiado lejos del área y, a lo mejor por cosas de la iluminación artificial, parece que cuanto más lejos se mueve de la portería le cambia el tono tostado de su cara por uno más ceniciento, más gris, para que me entiendan. Resumiendo, una amplia gama de grises.

Al frente de todo, un técnico plomizo. Un hombre en el que ni los excesivos y arbitrarios cambios en los colores de las patillas de sus gafas pueden cambiar su monótona imagen. Un entrenador del que sorprenden sus estadísticas de partidos en primera porque sería el último que nos vendría a la cabeza si intentáramos hacer memoria, tal y como pasó a los irresponsables de la entidad el verano pasado. Un señor que no cae ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Una figura que no hace ruido y al que no saludan los empleados del club cuando se los encuentra camino del vestuario. No por nada, simplemente no le ven, parece mimetizado con el gris del hormigón de los cimientos.

Se nos marchó la tarde sin casi darnos cuenta. Son de esos días en los que uno mira el reloj preocupado porque el tiempo ha pasado volando y piensa que se le ha hecho muy tarde sin darse cuenta, pero no por habérselo pasado muy bien. Y, justo al final nos metieron dos goles que casi ni dolieron ¿Pudimos ganar? Seguramente ¿Lo merecimos? Pues puede que sí o a lo mejor no, vayan ustedes a saber. A lo mejor la virtud de estos partidos perfectamente olvidables se encuentra situado en el empate. En la equidistancia entre la claridad de la victoria y la negrura espesa de la derrota merecida. Y si es a cero, mejor, que todavía habrá alguien que intente hacer lecturas positivas en base a la esterilidad. Son los signos de estos tiempos nublados que vive la parroquia rojiblanca. Tiempos de excesiva duración, anodinos, funcionalmente arrinconables en el baúl de los recuerdos que no se pretende desempolvar. Mañana o tal vez pasado nos miraremos en el espejo y veremos más canas que no nos darán un tono más interesante, sino una apariencia más gris. Pasarán los años y enfilaremos el camino del nuevo estadio en tonos grises para ver qué nos echan de comer, algo descolorido, seguro. Las bufandas y camisetas habrán perdido sus vivos tonos erosionados por un tiempo que dejará en ellas una pátina de aburrimiento y de conformismo. Lo asumiremos al igual que lo asumimos en el presente. Y nos dará igual, o no mucho, quién sabe. Mientras no seamos capaces de unirnos para sacar del club a los que nos han instalado en este plomizo escalón, somos y seremos grises.


Servando colgó con mimo el traje en el armario, se ciño el batín de tonos neutros y se dirigió hacia la cocina. Puso el esmirriado filete sobre la sartén sin recordar si era de ternera o de cerdo. Pasados unos minutos lo retiró del fuego y lo miró fijamente sin ser capaz de adivinar por qué había cogido ese color tan extraño ¿Lo había puesto en la sartén demasiado pronto? Parecía cocido en vez de a la plancha. Borró el pensamiento de un plumazo mientras se dirigía al comedor para dar cuenta de su penoso pedazo gris de carne.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cronicas de la Alhambra...con sus detalles y todo...

Los libros de historia, al igual que los periódicos deportivos, son proclives al titular fácil y a omitir detalles que pudieran tener trascendencia. Un ejemplo de ello es la famosa frase de “Roma no paga a traidores”, pronunciada por algún tribuno senatorial remiso a pagar su deuda con los asesinos de Viriato. Lo que no dicen los libros de historia es que el tribuno añadió, en un alarde de empatía, “…pero id a preguntar al Manchester City, que paga cláusulas sin mirar si es a traidores o no”. Tampoco los historiadores se hacen eco de las palabras de la señora esposa de Arquímedes al ver cómo el empuje del cuerpo de éste desalojaba agua de la bañera por toda la estancia mientras gritaba ¡Eureka!: “Arquímedes, que el baño está recién fregado”. Como ven, pequeños pero importantes detalles.

Otro ejemplo de estas citas célebres en las que se difumina el contexto es la que la madre de Boabdil acuñó cuando su hijo hacía pucheros mirando con nostalgia el perfil de la Alhambra: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Lo que los libros no dicen es que Boabdil, sultán de Granada, se llamaba Boabdil Gregorio, poco queda escrito sobre su algo artificial tez olivácea ni sobre cómo gustaba de vestir elegantemente, cambiando de turbante o de patilla de gafas con profusión. No se menciona tampoco que las duras palabras de la madre que le parió fueron consecuencia de la cobarde estrategia que planteó a la hora de defender la ciudad nazarí ante el acoso del ejército cristiano. Más detalles, tal vez pequeños, pero relevantes.

Boabdil Gregorio, al que se conocía como Goyo con afán de economizar palabras en aquellos tiempos, también de recortes presupuestarios, dispuso una defensa de la ciudad basada en el trivote. Una línea de soldados delante de la retaguardia que, en anteriores batallas, fue recibida con buenos ojos ante el historial de descontrol que poblaba el curriculum en lucha de los sitiados. Pasadas ya varias jornadas desde las primeras escaramuzas, el trivote de capitanes moriscos se antoja redundante, espeso y hasta urticante a la hora de entrar en combate. No crean ustedes que el sultán Goyo fuera un iluminado por plantear las contiendas de esa manera, ni mucho menos. El doble o hasta el triple pivote de contención era una práctica adoptada a la moda de tierras florentinas y genovesas desde hace tiempo. Se trata de un recurso reservón y algo cagueta del que hacían uso con ligereza adalides de poco arrojo. Si además, como en el caso que nos ocupa, dos de ellos, los de cabello más largo y ensortijado, mostraban blandura de ánimo y abulia en la carrera, para qué queremos más.

A pesar de lo bien armadas que creía Boabdil Goyo a sus mesnadas, solo la desorganización del animoso pero bastante inofensivo ejército cristiano que sitiaba la explanada de los Cármenes no hizo que la derrota cayera sobre los hombres de Goyo en los primeros episodios de la batalla. Especial mención hacen las crónicas de la época de las dificultades que sufrió el responsable del flanco derecho, un mozárabe de Crevillente reconvertido a lateral por obra y gracia de las tácticas avanzadas del jefe musulmán y de la mala planificación a la hora de confeccionar la tropa. Por el lado izquierdo no crean que la cosa fue mejor, no. Por allí no atacó tanto el enemigo, pero en ese lado tomaba posiciones desde hace tiempo un soldado de frágil carácter, Filipe. Un artillero del que se tenían las mejores referencias cuando luchó en las guerras de tierras celtas pero, que desde su llegada a las filas de los sitiados, no acaba de mostrar esa maestría con el arcabuz que se le suponía. Les hablaba de las dos alas y sus dificultades pero no sería justo olvidarnos del centro de la retaguardia, tal vez la parte más entonada de la soldadesca mora. El dúo defensor junto al cancerbero y guardián del puente levadizo fueron tal vez de las pocas buenas noticias que acaecieron.



¿Delante? Delante la cosa no mejoró mucho. Desconectados de la guardia del triple pivote y desesperados. Desesperado el emir Diego, en quien debía recaer la labor de creación a la hora del combate, su falta de munición en forma de balón a la hora de dar el último pase hizo que acabara bajando a ayudar a los de la línea conservadora descuidando su importante tarea. Desesperado también el bereber Falcao, sin flechas con las que cargar su certera ballesta, buscaba sitios en los que ayudar a sus compañeros a pesar de su torpeza cuando no empuña un arma en sus manos. Desesperante, que no desesperada, fue la actuación en batalla del soldado de Utrera, aquel al que llamaban Reyes, probablemente porque su concurso en la contienda fue decisiva a la hora de decantarla hacia el bando de los Católicos, los Reyes, se entiende. El de Utrera, con los oídos llenos de de cantos y romances que ciertos juglares glosaban sobre su grandeza y su necesaria convocatoria para la selección de mejores soldados de Castilla y Aragón, volvió a escenificar lo que desde tiempos inmemoriales se califica como hacer la guerra por su cuenta. Pensaba el aga Reyes que su calidad en la contienda era muy superior al del resto de sus camaradas, pensaba también que cualquiera que fuera el cristiano que cruzara aceros con él, siempre saldría vencedor. Tal era su obcecación y suficiencia insuficiente que varios de sus colegas pensaron seriamente en acabar con su participación a base de alfanje que le hiciera perder la cabeza. No lo hicieron aunque lo pensaron, a lo mejor porque el aga Reyes, sin cabeza, seguramente combatiría de igual manera. 

Ya a punto de entregar la plaza, Boabdil Goyo, en un movimiento casi desesperado ordenó a la tropa ponerse a las órdenes de tres soldados venidos de Orán como refuerzo. En solo unos minutos, demostraron que uno de ellos, Paulo, podría haber llevado el peso defensivo de la contienda como había hecho en muchas otras, antes de que cayera en desgracia sin saber muy bien por qué. Otro, astur él y superviviente de las guerras con Don Pelayo, confirmó que debía siempre estar en la unidad de gala del equipo, por ser el que mejor visualizaba los espacios donde las batallas se ganan, por ser el que mejor se entendía con los de la vanguardia. Uno más, un herrero de Lusitania al que nadie había puesto una daga en las manos hasta ese momento, desequilibró y pudo desnivelar el curso de los acontecimientos de haber sido protagonista desde el principio. Detalles, en fin. Que no deben ser omitidos por relevantes.

Así lo refieren las crónicas de esos tiempos. Un ejército infiel derrotado, aunque no del todo. Todavía los hubo que justificaron la pérdida de Granada y buscaron señales positivas en el hecho de mantener porterías a cero. El ejército enfiló el camino a las Alpujarras frío, desmoralizado, sin tener claro hacia dónde les llevarían futuras batallas a lo largo de otros reinos. Boabdil Goyo arrastró durante largo tiempo fama merecida de acongojado. Los sitiados erraron sin rumbo fijo, arrastrando los pies y lamiendo heridas por las que se escapaban hemorragias de puntos de los que más tarde se acordarían. Llegarían futuras escaramuzas, algunas ganadas, otras perdidas. Todas ellas escribieron la historia del ejército que luchó en la ciudad de la Alhambra. Una historia que será revelada en futuras entregas. Una historia en la que los detalles, por pequeños que estos fueran, deberían haber sido tenidos en cuenta.