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jueves, 14 de enero de 2016

Las pérdidas olvidadas

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160113/Deportes/3666/Oblak-portero-Atletico-de-Madrid-Courtois-Moya-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Existen pérdidas de las que creemos que nunca vamos a recuperarnos, aunque todos sepamos que eso es falso. Al ser humano le encanta rebozarse con la desdicha del momento. Pensar que nada será igual; gimotear desconsoladamente por lo que no volverá; recordar un pasado grabado en el recuerdo con una paleta de colores mucho más vivos que los que tuvo en la realidad. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen algunos entre achaques y nostalgias mientras la vida les contradice a cada minuto con un nuevo amor, un viaje a un sitio por descubrir o un portero esloveno de sobriedad proverbial.

Fueron muchos los que lloraron como irreparable la pérdida de Courtois. El agujero que el belga dejó se antojaba casi imposible de rellenar a pesar de que la suya fuera la crónica de una salida anunciada. Daba un poco igual que Tibu, para los amigos, que éramos todos, nunca llegara a ser nuestro realmente. Cada verano se marchaba para luego volver con la misma sonrisa bonachona puesta. Le perdíamos solo por lo que duraba un paréntesis estival y sus regresos acabaron por convertirse en una rutina irreal destinada a ser vivida eternamente. De repente, a la vuelta de unas vacaciones ya no volvió. No retornó, además, para ponerse a las órdenes de la madrastra de Setúbal, lo que dejó una mayor sensación de desolación bajo los palos del Calderón. Fue entonces cuando la pérdida, fea y descarnada, se nos metió a todos dentro dejando un paraje yermo de esperanza, una apocalíptica visión de un futuro de cantadas y salidas a por uvas en balones colgados al área.  

La gran mayoría de nosotros no había oído hablar de Oblak cuando ya estaba a punto de aterrizar en Madrid. "Viene del Benfica". "Ha destacado en la liga portuguesa". "Es muy joven". "Se trata del desembolso más importante por un portero en la historia patria". Los titulares se llenaban de lugares comunes que invitaban a la desconfianza. Olía a negociete. A Pizzi, a Elías, a Dani o a Rubén Micael. Jugadores que vivían sin vivir en sí, y a veces incluso más lejos y de alquiler. El cierre de los flecos de la operación obligó a que se incorporara a los entrenamientos un poco más tarde. Apenas unos días, los suficientes para que Moyá, recién llegado a la causa también, le comiera la tostada y dejara enamorados – ¿cómo no enamorarse de Moyá en cualquiera de los sentidos?– a cuerpo técnico y gran parte de la afición. La primera vez que vimos al esloveno en serio fue en Atenas. El choque y su actuación nos dejaron fríos, helados incluso. Un balón resbaladizo que encontró un hueco improbable bajo la axila nos volvió a hacer sentir la pérdida. Tocarla de nuevo. Abrumarnos por su enormidad. La alargadísima sombra de Courtois volvía a crecer exponencialmente.



El siguiente capítulo de la historia se escribe en el partido de vuelta de una eliminatoria de octavos de final de Champions. Moyá, titular no solo en liga sino también en Europa desde lo de Atenas, se rompe. Hasta la fecha, las dudas sobre las actuaciones del balear, que las ha habido, no han sido suficientes para apartarlo de la titularidad. Sale Oblak al campo tras calentar frugalmente su corpachón de boxeador y la afición le abraza. Olvida en ese mismo instante la pérdida que recorría la grada libremente. El estadio alienta al esloveno sin reservas e incluso improvisa sobre la marcha un cántico en su honor con toques de rumba que haría temblar a cualquier arreglista musical. Jan responde durante el partido y, sobre todo, en la tanda de penaltis que cambiará su vida.

Desde entonces, los partidos se han llenado de exquisita colocación y de grandes paradas. No hay resquicio para que ninguna duda se cuele en la confianza que el aficionado rojiblanco tiene en su portero. Aupado en una defensa numantina, Oblak se ha convertido en el último y más fiable guardián del muro. Ya no hay balones por alto que provoquen tembleques. No existe ninguna falta cercana al área ante la que mostrar nerviosismo. El esloveno combina reflejos felinos con una sensación de aplastante seguridad cada vez que el balón osa rondar sus dominios. Los mano a mano con delanteros rivales han pasado a convertirse en sus días en la oficina. No cambia el rictus tras desbaratar cualquier acercamiento enemigo y hasta parece que su pelo, que se antojaba en retirada, ha renacido. Nada hay que temer en los próximos años –salvo tejemaneje de los del palco, siempre tan proclives a ventas a traición apoyadas en el interesado mantra de jugadores que juegan donde quieren–, hay portero para más de una década.

No somos capaces de precisar cuándo nos dimos cuenta de que habíamos olvidado a Courtois en el buen sentido. Siempre estará en nuestros corazones y le desearemos lo mejor allá donde esté, pero ya no volveremos a sentir esa pérdida enorme y negra que su marcha nos dejó. Han pasado los días, los meses y los partidos del Atleti y ya casi nadie añora tiempos pasados en la portería. La seguridad de Oblak ha impregnado nuestras vidas y nuestros recuerdos. La sensación de pérdida se ha evaporado totalmente. Uno cree que empezó a difuminarse aquella noche de Champions en la que la grada adoptó al esloveno sin papeleos. La pérdida quedó olvidada definitivamente en el punto de penalti más cercano a una de las dos porterías del Calderón. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

Los protegidos

Los dos se miraban sin saber muy bien qué narices hacían allí. Ambos recordaban un ruido muy grande, luego, vueltas y más vueltas, después, los recuerdos se perdían en la confusión del momento. Sólo podían recuperar retazos: humo, señoras en el suelo a las que la falda se les había subido a la cabeza mostrando una ropa interior que distaba bastante de ser sugerente, huérfanas dentaduras postizas sin Algasiv, olor a carburante, bocadillos de filete empanado pegados al techo, néctares de frutas tropicales derramados, etc. En fin, el infierno de Dante en versión autocar de línea volcado en la cuneta de una carretera comarcal.
Ahora se encontraban en una habitación desnuda. Sentados en dos incómodas sillas y frente a una mesa simple aunque funcional de fabricación sueca. Todas las paredes estaban forradas salvo una ocupada en su totalidad por un espejo tras el cual se oían voces envidando a grande, a chica y a pares si los llevas. De repente la puerta se abrió y apareció un tipo vestido de negro, con tirantes para sujetar los pantalones de tiro bajo y con unas bolsas debajo de los ojos que denotaban insomnio, una reciente paternidad o un reciente casamiento.
– ¿Saben ustedes por qué están aquí? –inquirió el de los tirantes con una amargura aclaratoria de que eran por insomnio.
– No lo tenemos claro –admitió el de cara chupada erigiéndose así en portavoz de la pareja–. Solo recuerdo un accidente ¿Qué ha pasado?
– ¿Qué hacían ustedes en el autocar? –siguió preguntando el inquisidor eludiendo la pregunta anterior.
– Pues íbamos a echar el día a Cuenca ya que no contamos mucho, que cuando llegan estas fechas uno se anima a salir más. Además aquí mi amigo y compañero, por su condición de expatriado, iba a aprovechar para hacerse una mejor idea de las distintas realidades que componen esta piel de toro y para olvidar la saudade que le embarga cuando llega el carnaval –contestó de nuevo el más locuaz de los dos.
– En el accidente, sin ser mortal, se han producido varias luxaciones, brechas que requieren puntos y ataques de aprensión y ansiedad. Pero, ustedes están ilesos, ¿No les extraña? ¿No les parece raro que ustedes no tengan ni un rasguño? Intenten hacer memoria, ¿Alguna vez se han lesionado aunque sea un tironcito? ¿Alguna vez se han quemado con el aceite que salta cuando se tarda demasiado tiempo en echar las croquetas congeladas a la sartén?
– Pues ahora que lo dice, no caigo. La verdad es que siempre he sido un niño muy sano a pesar de mi aspecto paliducho. Y aquí mi compañero me confesó hace unos días que nunca se ha puesto malo, ni con un vil catarro. Aunque claro, él viene de otros climas más benignos.
– ¿Y pensarán también que es una casualidad que los hayan fichado de Osasuna y de Corinthians? Les llevamos siguiendo desde hace tiempo, jóvenes. Son ustedes el resultado de un proyecto mitad experimento y mitad chiripa ideado por su actual entrenador. Él, mediante artes oscuras transmitidas de manera oral por sus antepasados romanís, quiere reunir un ejército de superjugadores fichados en el mercado de invierno, jugadores que antepongan la gestión de sensaciones apostrofadas al buen juego. Ustedes son los primeros. Pero no estábamos seguros del todo. Este accidente ha sido la prueba definitiva.
– Pero, ¿cómo han podido ustedes provocar un accidente para constatar una teoría absurda? –dijo de nuevo el extremo alicantino con un punto de sobreactuación–. Con nosotros venía gente inocente. Incluso venía con nosotros Domínguez, que como tampoco le dan bola se ha apuntado a última hora.
– Daños colaterales –dijo sin inmutarse el señor de negro–. No todo el mundo puede pertenecer al grupo de Los Protegidos. Además, Domínguez de inocente tiene muy poco. Dice el jefe que es culpable de casi todo.

Afrontaba el Atleti el partido en Getafe sin contar con los protagonistas de esta historia, los protegidos del primo de la intérprete de Sarandonga, en el equipo titular y sin el jugador que se ha convertido en daño colateral de la defensa. Será que lo hace el técnico por darle solidez al elenco, solidez de la que se dio una nueva muestra al encajar un gol nada más sentarnos delante de la tele, todavía con la espuma de la cerveza sin asentar, todavía con el precinto de garantía puesto en la lata de las aceitunas gazpachas. Un gol de esos que sonrojan y hacen que te dé por mirar a los lados para desear que nadie se haya dado cuenta. Un gol de los que nos meten sólo a nosotros.
Noticia ha sido de nuevo la no repetición de la alineación. Los descreídos pensamos que es o porque el técnico no lo tiene claro o porque quiere despistar a los mozalbetes atléticos para que no puedan recitar de carrerilla el equipo tipo, viéndose obligados a aprender la plantilla entera. Profundidad de banquillo lo llama Sánchez Flores. Y sí, parece que el banquillo es profundo, abisal incluso para algunos como Filipe, Mérida o el propio Juanfran que no salen de él. Tras el gol, pasaron los minutos en una suerte de dominio estéril. Con los mismos vicios conocidos: defensa blanda, centro de campo adoleciendo de cualquier capacidad de creación y delanteros desesperantes y desesperados a partes iguales. Mención aparte merece Reyes. A Reyes le puede el agradecimiento al técnico, al que hace responsable directo de su rehabilitación para el fútbol. Suponemos que intenta plasmar las consignas de Quique sobre el campo, pero ese exceso de polisílabos en la charla prepartido y el entendimiento del utrerano hacen que interprete las órdenes muy a su manera, con parecido final en casi todas las jugadas, acabar tumbado boca arriba, muy quieto, como acababa Curro Romero cuando algún toro malintencionado le daba una voltereta.
El partido moría de inanición futbolística cuando en una jugada aislada, Forlán volvía a dar un pase de gol. Las malas lenguas dicen que se dedica a dar las asistencias que a él no le dan como se destapaba en la enésima cortina de humo publicada esta semana, fíjense ustedes. Y allí apareció él. El hombre que vino en invierno. Ése sobre el que nadie tiene claro de qué juega. El más callado de los protagonistas de nuestra historia. Girando el cuello de manera casi antinatural para cabecear a la red. Un giro que a ustedes y a mí nos costaría un ataque de tortícolis, pero que a él no le supone nada. Él es uno de Los Protegidos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

De vaquillas y burras varias

O sexta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura popular, Noche de clásicos, La verdad está ahí fueran y Se prohibe fumar

Don Rufino miraba atentamente al tratante de ganado. No le gustaba un pelo que no se hubiera quitado las gafas de sol. Prefería mirar a los ojos a quiénes hacían negocios con él, era una costumbre. Igual que esa otra de pagar siempre al contado: “Mi dinero tiene que escuchar los tratos que cierro” decía él cuando sacaba la pinza que sujetaba el fajo de billetes. Con su fiel Serapio a su lado y con el forastero enfrente, daban cuenta de unos botellines con pausa, alargando el momento. Pasados los primeros instantes de tanteo tocando lugares comunes, se aprestaron a entrar en harina:
– Don Rufino, si de verdad quiere dar un impulso a las fiestas del pueblo para potenciar el turismo, no le queda más remedio que echar toda la carne en el asador en el encierro. ¿Y cómo se hace eso? Con los ejemplares que aquí le traigo. Reses bravas que han paseado sus triunfos por toda la geografía patria. ¿Han oído ustedes hablar de Ratón, el famoso toro asesino? Una ursulina al lado de mi cuadra. Los vendo o cedo con opción a compra con certificado de que no hay encierro en el que no garanticen una cornada, varios varetazos y revolcones a tutiplén. Vamos, que me los quitan de las manos, aunque esté feo que yo lo diga –dijo el vendedor moviendo mucho las manos, como las mueven todos los vendedores de género sospechoso–. Miren, miren, aquí les traigo las fotos para dar fe de que lo mío no es palabrería vacía, vacua e inane.
– Un poco raquíticos, ¿no? –dijo el alcalde con desconfianza.
– Hombre Don Rufino, con el límite presupuestario que me han dado de antemano, uno no puede hacer milagros. Si me dicen ustedes que están dispuestos a un desembolso digamos, superior, les puedo traer las reses que vendo en plazas de primera. Para que ustedes lo sepan, he vendido toros y alguna vaca brava en Madrid, Sevilla y hasta Londres –presumió mostrando ufano una sonrisa con varios dientes de oro.
– ¿Londres? –preguntó sorprendido el guardia civil.
– Sí señores, Londres, como se lo cuento. Había un mayoral de mi cuadra allí al que le vendí varios toros. Con decirles que el mayoral ha venido a ejercer su oficio a Madrid y me ha vuelto a pedir el mismo toro. Ricardo se llama. El toro, no el mayoral. De hecho, tengo más reses allí colocadas incluso una herrada con el siete que levanta la patita varias veces cuando va a hacer un requiebro. Da gusto verla oigan, parece un caballo andaluz. Todo esto a otros precios, claro.
– ¿Y que entren en nuestro presupuesto no tiene?
– Ahora que lo pienso podría tener algo para ustedes. Pero esto que les digo debe quedar entre nosotros. Es el modelo más económico, pero un modelo de éxito, no crean. Lo llevo haciendo varios años con un conocido mío, productor de cine él, para la feria de su pueblo. Ustedes lo que quieren es atraer gente, ¿no? –dijo sonriendo con malicia–, pues es cuestión de venderlo de otra manera. Primero que paguen y luego se les suelta lo que sea, aunque sea una vaquilla sarnosa. Lo único que hay que decir es que viene de lejos (normalmente de encierros que nadie haya tenido la oportunidad de ver) y ya está, asunto solucionado.

– ¿Pero la vaquilla embestirá aunque sea barata? –pregunto Serapio con inocencia.
– Tampoco les quiero mentir, casi ninguna embiste. A ese precio ya se sabe. Pero son todo ventajas. Al tratarse de reses de bajo coste está casi todo subvencionado. Les digo más, no son pocas las veces en las que hemos acordado pagar mil duros por una vaca y declarar que ha costado cuatro mil, que uno es muy sensible a las necesidades de sus clientes. Ya les digo, a este amigo productor esa fórmula le encanta, valga de muestra  que le acabo de vender otra cabeza de profético nombre en el mercado de reses de invierno.
– ¿Y qué tal ha salido? –inquirió Don Rufino.
– De momento la tienen en chiqueros, no ha participado casi en encierros. Pero lo que importa no es eso, lo que importa es callar a los mozos con alguna novedad, embista o no. Como se lo cuento, y no crean que es la primera vez que lo hacemos, ¡ca! Lo hicimos con varias vaquillas: Cleberia, Manicha, Costiña, etc…Para que vean ustedes la de veces que se puede hacer sin que pase nada. Además les doy facilidades de pago, me dan un pagaré aquí, una carta de intenciones allá y el ganado es suyo. Y si luego vienen mal dadas y entran ustedes en quiebra, me las llevo a otra parte y sanseacabó.
– Mire Don Jorge, me va a usted a perdonar pero esto a mi me suena a cuento. Le diría que a cuento chino, pero creo que es un cuento portugués. Porque permítame que dude eso de que usted es de Badajoz, un extremeño nunca nos propondría este apaño –intervino el alcalde.
– ¡Me ofende ushted Don Rufino! Poner en duda mi origen, habrashe vishto. ¡Como que me llamo Jorge Mendesh que no me habían tratado nunca ashí! –dijo iniciando bruscamente el primer movimiento de una despedida a la francesa sin preocuparse como hasta ese momento en disfrazar su acento del Alentejo.
– ¿Quiere que vaya a por él y le aplique dos hostias, Don Rufino? –preguntó Serapio emocionado ante la posibilidad de acción.
– Déjale Serapio, éste no vuelve más por aquí. Además, tiene pinta el gachó de codearse con seres superiores y apropiadores indebidos, que no se diga que en Fuenteturbia tratamos a palos a estos rajamantas, aunque lo merezcan ¡Pues no que me proponía engañar a mi gente! ¡Por ahí no paso, por ahí no!
– Por eso sale usted siempre reelegido Don Rufino –admitió con cariño Serapio–. Porque hace lo que cualquier buen alcalde (y quién dice alcalde, dice dirigente, presidente, consejero de SAD, etc…) haría. No tratar de vender burras o en su defecto vaquillas a los suyos.

martes, 18 de enero de 2011

Corte y confección

Rebeca se puso de pie para ver con mejor perspectiva la túnica color añil que estaba intentando prender con alfileres, una de las últimas prendas que faltaban para completar la colección que debía mostrar al mundo en dos días. Se encontraba muy nerviosa, hasta había perdido un poco los nervios gritándole a Karen, la modelo a la que había tildado de gorda cuando confesó que había tomado un yogur de fresa no desnatado para desayunar. Ahora seguro que Karen estaba en el baño recayendo de su bulimia pero eso a ella no podía pararla, que lo hubiera pensado antes. Una profesional no podía permitirse tomar un yogur con toda la grasa, ¡qué asco! Con lo bueno que era el té negro depurativo nada más levantarte.

Ésta era su gran prueba, su última oportunidad. Desde que hace ya cinco años les abrieran un huequecito de cinco minutos en la semana de creadores jóvenes de la Pasarela Neptuno (¡que coño!), su carrera se había estancado. Y eso que esos cinco minutos parecieron vaticinar una carrera imparable. Todavía recordaba las críticas de los entendidos: “Sigan a esta pareja, Rebeca Danés y Narciso Espina, un soplo de aire fresco en la moda patria. Una colección de perfecta asimetría simétrica muy ponible, indicada para los hombres y mujeres del siglo XXI”. Y todo porque se les ocurrió sacar a los modelos con una katiuska en un pie y una chancleta de playa en el otro, cubrir los torsos con una prenda mitad jersey y mitad chaleco o crear pantalones con una pernera hasta la rodilla y otra hasta las ingles, lo que obligó a una depilación extrema de los desfilantes.

Ahora estaba sola. Narciso se marchó del taller hace ya dos años. Se mudó a Milán, para buscar un futuro más dulce decía él. También se fue por los rumores maledicentes que le acusaban de recrearse más de la cuenta al medir el tiro de sus modelos masculinos y porque afirmaba que en este país, donde se llevaba más el siena tostado, el pistacho y el berenjena, no había cabida para un diseñador al que le gustaba el nabo (el color, no sean malpensados). De vez en cuando se comunicaban vía Messenger y él le contaba que había hecho realidad su sueño, ocultando que su futuro dulce se estaba materializando repartiendo cucuruchos en una gelateria situada en una bocacalle que daba al Duomo en la que se veía forzado a trabajar con el tono pistacho, se llevara o no.
Mientras se desarrollaba el desfile, ella daba entre bambalinas las últimas puntadas a sus creaciones y espiaba por un agujero las caras del público. Desde allí, oyó las exclamaciones de horror de la prensa especializada, vio las manos que se llevaban a la cara con incredulidad los actores, los toreros y dos marquesas que se sentaban en primera fila. Todo porque su colección se basó en camisas de cuadros pequeños, en pantalones vaqueros, de algodón o de pana con un largo a ras de tacón. Porque apostó de cara a la temporada otoño-invierno por colores como el verde, el azul, el negro y el blanco. Porque incluso tuvo la osadía de crear chaquetas de punto marrón con cuello alto, tanto para él como para ella, de esas que te permiten arrebujarte cuando hace frío. Y, sobre todo, por apostar por un hombre con zapatos de cordones y calcetín gordo, que ya se sabe que el cambio climático afecta bastante a los tobillos.
Ya en la fiesta posterior, mientras los modelos retomaban su uniforme de calle y los asistentes intentaban superar el sofoco a base de Moet Chandon, se le acercó el redactor jefe de la revista Insanity Fair para susurrarle al oído que estaba acabada, que nadie querría ponerse ese tipo de ropa. Que había cavado su propia tumba. Solo su madre y su abuela colgadas de su brazo se mostraban orgullosas, solo ellas le dijeron que por fin había creado ropa que se pondría la gente normal, gente de la calle. Y que cuando la gente piensa que esa ropa le gusta será por algo. 


Vayamos al fútbol mis queridos amigos, visitaba este lunes el Calderón el Mallorca con Laudrup en el banquillo. Laudrup fue la primera opción que nuestros premiados gestores barajaron el año pasado cuando se decidió prescindir de Abel Resino, pero su negativa condujo a nuestro banquillo al actual diseñador, Enrico Sánchez F. Ya sabrán ustedes que Enrico es amigo de abrigos entallados que estilizan su figura, de jerseys de pico por el que asoman corbatas estrechas y de colores oscuros, tan oscuros que muchos piensan que está contantemente volviendo de un funeral.
Para esta ocasión la afición esperaba con expectación un cambio en su colección-alineación. Muchos de nosotros pensamos que las creaciones de Enrico no aportan nada demasiado diferente a lo que hacía Aguirre, que fue el creador de la línea que sigue el equipo desde hace tiempo, es decir trajes de tres piezas bien acabados arriba, festivos atrás y austeros en el centro del campo. Pero es que esta vez el cambio se antojaba necesario ante la ausencia por lesión del modelo que con su prestancia y empaque al desfilar suele tapar las carencias de los diseños tácticos de Enrico.
No nos engañemos, los primeros compases del desfile pusieron de manifiesto la tendencia de Enrico a experimentar con la defensa, una defensa en la que cambian los modelos constantemente y que en las dos primeras jugadas mostró que si apuestas por las transparencias se te ven las vergüenzas.
A partir de ahí la cosa empezó a asentarse. Sobre todo por la entrada en escena de los colores que más se deberían llevar en lo que resta de temporada: el Tiago lusitano y el Mérida colchonero. Todos los presentes, tanto entendidos en moda como gente de a pie, vimos que estos dos deben ser los “must” del centro del campo, ya que, a pesar de ser algo intermitentes, son los que de largo más calidad atesoran.
La sorpresa de la colección fue Elias, la penúltima novedad. No queda muy claro si estuvo desubicado o bien posicionado,  si es lento o rápido, si se convertirá en un básico o en un complemento de usar y tirar, pero no se crean que porque no participara mucho en el juego (que tampoco), sino porque la parroquia se pasó toda la noche intentándole diferenciar de Assunçao sin éxito. Cosas de las tendencias en ropa deportiva y la manía de poner números azules sobre fondo rojo para que no sepamos quién es quién.
Otro que parece que vuelve como las camisas de leñador o los pantalones pitillo de colores pastel es Forlán. Forlán suele ejercer de modelo cotizado de esos que se muerden los carrillos por dentro para no sonreír, de esos que desfilan con cara de haber sufrido una arcada y mantienen la cara de asco perpetuo, de esos que cuando están en París dicen que se desviven por Nueva York. Pero ayer el uruguayo se mostró participativo en el desfile, con mejor cara, permitiéndose incluso un guiño de ojo en forma de gol que provocó mareos en varias famosas de primera fila.
Conclusión, colección la de ayer no brillante pero sí efectiva. Necesaria para seguir optando a mostrar las creaciones en las pasarelas europeas la próxima temporada. Hasta cierto punto ilusionante por encontrar talento en el diseño de las jugadas de Fran Mérida. Aliviadora por ver que Enrico Sánchez F. puede llegar a manejar más alternativas en la confección. Y sobre todo, de esperanzadora transición ante el desfile previsto para el próximo jueves, donde hay que hacer todo lo posible para ganar a ese otro creador que acaba de llegar de Milán. Ese que tanto se queja a pesar de tener modelos con abdominales muy marcados y hoyuelos en la barbilla. Porque ese modo de llevar el taller no gusta a la gente normal, a la gente de la calle. Porque cuando a todo el mundo le cae alguien mal será por algo.