Los dos se miraban sin saber muy bien qué narices hacían allí. Ambos recordaban un ruido muy grande, luego, vueltas y más vueltas, después, los recuerdos se perdían en la confusión del momento. Sólo podían recuperar retazos: humo, señoras en el suelo a las que la falda se les había subido a la cabeza mostrando una ropa interior que distaba bastante de ser sugerente, huérfanas dentaduras postizas sin Algasiv, olor a carburante, bocadillos de filete empanado pegados al techo, néctares de frutas tropicales derramados, etc. En fin, el infierno de Dante en versión autocar de línea volcado en la cuneta de una carretera comarcal.
Ahora se encontraban en una habitación desnuda. Sentados en dos incómodas sillas y frente a una mesa simple aunque funcional de fabricación sueca. Todas las paredes estaban forradas salvo una ocupada en su totalidad por un espejo tras el cual se oían voces envidando a grande, a chica y a pares si los llevas. De repente la puerta se abrió y apareció un tipo vestido de negro, con tirantes para sujetar los pantalones de tiro bajo y con unas bolsas debajo de los ojos que denotaban insomnio, una reciente paternidad o un reciente casamiento.
– ¿Saben ustedes por qué están aquí? –inquirió el de los tirantes con una amargura aclaratoria de que eran por insomnio.
– No lo tenemos claro –admitió el de cara chupada erigiéndose así en portavoz de la pareja–. Solo recuerdo un accidente ¿Qué ha pasado?
– ¿Qué hacían ustedes en el autocar? –siguió preguntando el inquisidor eludiendo la pregunta anterior.
– Pues íbamos a echar el día a Cuenca ya que no contamos mucho, que cuando llegan estas fechas uno se anima a salir más. Además aquí mi amigo y compañero, por su condición de expatriado, iba a aprovechar para hacerse una mejor idea de las distintas realidades que componen esta piel de toro y para olvidar la saudade que le embarga cuando llega el carnaval –contestó de nuevo el más locuaz de los dos.
– En el accidente, sin ser mortal, se han producido varias luxaciones, brechas que requieren puntos y ataques de aprensión y ansiedad. Pero, ustedes están ilesos, ¿No les extraña? ¿No les parece raro que ustedes no tengan ni un rasguño? Intenten hacer memoria, ¿Alguna vez se han lesionado aunque sea un tironcito? ¿Alguna vez se han quemado con el aceite que salta cuando se tarda demasiado tiempo en echar las croquetas congeladas a la sartén?
– Pues ahora que lo dice, no caigo. La verdad es que siempre he sido un niño muy sano a pesar de mi aspecto paliducho. Y aquí mi compañero me confesó hace unos días que nunca se ha puesto malo, ni con un vil catarro. Aunque claro, él viene de otros climas más benignos.
– ¿Y pensarán también que es una casualidad que los hayan fichado de Osasuna y de Corinthians? Les llevamos siguiendo desde hace tiempo, jóvenes. Son ustedes el resultado de un proyecto mitad experimento y mitad chiripa ideado por su actual entrenador. Él, mediante artes oscuras transmitidas de manera oral por sus antepasados romanís, quiere reunir un ejército de superjugadores fichados en el mercado de invierno, jugadores que antepongan la gestión de sensaciones apostrofadas al buen juego. Ustedes son los primeros. Pero no estábamos seguros del todo. Este accidente ha sido la prueba definitiva.
– Pero, ¿cómo han podido ustedes provocar un accidente para constatar una teoría absurda? –dijo de nuevo el extremo alicantino con un punto de sobreactuación–. Con nosotros venía gente inocente. Incluso venía con nosotros Domínguez, que como tampoco le dan bola se ha apuntado a última hora.
– Daños colaterales –dijo sin inmutarse el señor de negro–. No todo el mundo puede pertenecer al grupo de Los Protegidos. Además, Domínguez de inocente tiene muy poco. Dice el jefe que es culpable de casi todo.
Afrontaba el Atleti el partido en Getafe sin contar con los protagonistas de esta historia, los protegidos del primo de la intérprete de Sarandonga, en el equipo titular y sin el jugador que se ha convertido en daño colateral de la defensa. Será que lo hace el técnico por darle solidez al elenco, solidez de la que se dio una nueva muestra al encajar un gol nada más sentarnos delante de la tele, todavía con la espuma de la cerveza sin asentar, todavía con el precinto de garantía puesto en la lata de las aceitunas gazpachas. Un gol de esos que sonrojan y hacen que te dé por mirar a los lados para desear que nadie se haya dado cuenta. Un gol de los que nos meten sólo a nosotros.
Noticia ha sido de nuevo la no repetición de la alineación. Los descreídos pensamos que es o porque el técnico no lo tiene claro o porque quiere despistar a los mozalbetes atléticos para que no puedan recitar de carrerilla el equipo tipo, viéndose obligados a aprender la plantilla entera. Profundidad de banquillo lo llama Sánchez Flores. Y sí, parece que el banquillo es profundo, abisal incluso para algunos como Filipe, Mérida o el propio Juanfran que no salen de él. Tras el gol, pasaron los minutos en una suerte de dominio estéril. Con los mismos vicios conocidos: defensa blanda, centro de campo adoleciendo de cualquier capacidad de creación y delanteros desesperantes y desesperados a partes iguales. Mención aparte merece Reyes. A Reyes le puede el agradecimiento al técnico, al que hace responsable directo de su rehabilitación para el fútbol. Suponemos que intenta plasmar las consignas de Quique sobre el campo, pero ese exceso de polisílabos en la charla prepartido y el entendimiento del utrerano hacen que interprete las órdenes muy a su manera, con parecido final en casi todas las jugadas, acabar tumbado boca arriba, muy quieto, como acababa Curro Romero cuando algún toro malintencionado le daba una voltereta.
El partido moría de inanición futbolística cuando en una jugada aislada, Forlán volvía a dar un pase de gol. Las malas lenguas dicen que se dedica a dar las asistencias que a él no le dan como se destapaba en la enésima cortina de humo publicada esta semana, fíjense ustedes. Y allí apareció él. El hombre que vino en invierno. Ése sobre el que nadie tiene claro de qué juega. El más callado de los protagonistas de nuestra historia. Girando el cuello de manera casi antinatural para cabecear a la red. Un giro que a ustedes y a mí nos costaría un ataque de tortícolis, pero que a él no le supone nada. Él es uno de Los Protegidos.

