Mostrando entradas con la etiqueta Rufino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rufino. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de febrero de 2011

De vaquillas y burras varias

O sexta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura popular, Noche de clásicos, La verdad está ahí fueran y Se prohibe fumar

Don Rufino miraba atentamente al tratante de ganado. No le gustaba un pelo que no se hubiera quitado las gafas de sol. Prefería mirar a los ojos a quiénes hacían negocios con él, era una costumbre. Igual que esa otra de pagar siempre al contado: “Mi dinero tiene que escuchar los tratos que cierro” decía él cuando sacaba la pinza que sujetaba el fajo de billetes. Con su fiel Serapio a su lado y con el forastero enfrente, daban cuenta de unos botellines con pausa, alargando el momento. Pasados los primeros instantes de tanteo tocando lugares comunes, se aprestaron a entrar en harina:
– Don Rufino, si de verdad quiere dar un impulso a las fiestas del pueblo para potenciar el turismo, no le queda más remedio que echar toda la carne en el asador en el encierro. ¿Y cómo se hace eso? Con los ejemplares que aquí le traigo. Reses bravas que han paseado sus triunfos por toda la geografía patria. ¿Han oído ustedes hablar de Ratón, el famoso toro asesino? Una ursulina al lado de mi cuadra. Los vendo o cedo con opción a compra con certificado de que no hay encierro en el que no garanticen una cornada, varios varetazos y revolcones a tutiplén. Vamos, que me los quitan de las manos, aunque esté feo que yo lo diga –dijo el vendedor moviendo mucho las manos, como las mueven todos los vendedores de género sospechoso–. Miren, miren, aquí les traigo las fotos para dar fe de que lo mío no es palabrería vacía, vacua e inane.
– Un poco raquíticos, ¿no? –dijo el alcalde con desconfianza.
– Hombre Don Rufino, con el límite presupuestario que me han dado de antemano, uno no puede hacer milagros. Si me dicen ustedes que están dispuestos a un desembolso digamos, superior, les puedo traer las reses que vendo en plazas de primera. Para que ustedes lo sepan, he vendido toros y alguna vaca brava en Madrid, Sevilla y hasta Londres –presumió mostrando ufano una sonrisa con varios dientes de oro.
– ¿Londres? –preguntó sorprendido el guardia civil.
– Sí señores, Londres, como se lo cuento. Había un mayoral de mi cuadra allí al que le vendí varios toros. Con decirles que el mayoral ha venido a ejercer su oficio a Madrid y me ha vuelto a pedir el mismo toro. Ricardo se llama. El toro, no el mayoral. De hecho, tengo más reses allí colocadas incluso una herrada con el siete que levanta la patita varias veces cuando va a hacer un requiebro. Da gusto verla oigan, parece un caballo andaluz. Todo esto a otros precios, claro.
– ¿Y que entren en nuestro presupuesto no tiene?
– Ahora que lo pienso podría tener algo para ustedes. Pero esto que les digo debe quedar entre nosotros. Es el modelo más económico, pero un modelo de éxito, no crean. Lo llevo haciendo varios años con un conocido mío, productor de cine él, para la feria de su pueblo. Ustedes lo que quieren es atraer gente, ¿no? –dijo sonriendo con malicia–, pues es cuestión de venderlo de otra manera. Primero que paguen y luego se les suelta lo que sea, aunque sea una vaquilla sarnosa. Lo único que hay que decir es que viene de lejos (normalmente de encierros que nadie haya tenido la oportunidad de ver) y ya está, asunto solucionado.

– ¿Pero la vaquilla embestirá aunque sea barata? –pregunto Serapio con inocencia.
– Tampoco les quiero mentir, casi ninguna embiste. A ese precio ya se sabe. Pero son todo ventajas. Al tratarse de reses de bajo coste está casi todo subvencionado. Les digo más, no son pocas las veces en las que hemos acordado pagar mil duros por una vaca y declarar que ha costado cuatro mil, que uno es muy sensible a las necesidades de sus clientes. Ya les digo, a este amigo productor esa fórmula le encanta, valga de muestra  que le acabo de vender otra cabeza de profético nombre en el mercado de reses de invierno.
– ¿Y qué tal ha salido? –inquirió Don Rufino.
– De momento la tienen en chiqueros, no ha participado casi en encierros. Pero lo que importa no es eso, lo que importa es callar a los mozos con alguna novedad, embista o no. Como se lo cuento, y no crean que es la primera vez que lo hacemos, ¡ca! Lo hicimos con varias vaquillas: Cleberia, Manicha, Costiña, etc…Para que vean ustedes la de veces que se puede hacer sin que pase nada. Además les doy facilidades de pago, me dan un pagaré aquí, una carta de intenciones allá y el ganado es suyo. Y si luego vienen mal dadas y entran ustedes en quiebra, me las llevo a otra parte y sanseacabó.
– Mire Don Jorge, me va a usted a perdonar pero esto a mi me suena a cuento. Le diría que a cuento chino, pero creo que es un cuento portugués. Porque permítame que dude eso de que usted es de Badajoz, un extremeño nunca nos propondría este apaño –intervino el alcalde.
– ¡Me ofende ushted Don Rufino! Poner en duda mi origen, habrashe vishto. ¡Como que me llamo Jorge Mendesh que no me habían tratado nunca ashí! –dijo iniciando bruscamente el primer movimiento de una despedida a la francesa sin preocuparse como hasta ese momento en disfrazar su acento del Alentejo.
– ¿Quiere que vaya a por él y le aplique dos hostias, Don Rufino? –preguntó Serapio emocionado ante la posibilidad de acción.
– Déjale Serapio, éste no vuelve más por aquí. Además, tiene pinta el gachó de codearse con seres superiores y apropiadores indebidos, que no se diga que en Fuenteturbia tratamos a palos a estos rajamantas, aunque lo merezcan ¡Pues no que me proponía engañar a mi gente! ¡Por ahí no paso, por ahí no!
– Por eso sale usted siempre reelegido Don Rufino –admitió con cariño Serapio–. Porque hace lo que cualquier buen alcalde (y quién dice alcalde, dice dirigente, presidente, consejero de SAD, etc…) haría. No tratar de vender burras o en su defecto vaquillas a los suyos.