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martes, 7 de febrero de 2017

Elegí volver a creer

Sí, es cierto que será difícil. Podría decirse que casi imposible…

La desventaja en el resultado. La carga de partidos. La entidad del rival. Las dudas sobre el estilo. La supuesta crisis. Lo de Vitoria o lo de la primera parte en el partido de ida. La facilidad con la que últimamente nos llegan. La nostalgia por la intensidad perdida. La ausencia de Gabi, líder espiritual sobre el campo de este grupo. La abulia de Carrasco en los últimos choques. El poco crédito que le queda a Gameiro. Las lesiones de Tiago y Augusto. El peso en las piernas de Koke y Saúl. Las inacostumbradas salidas en falso de Godín. La inseguridad a la hora de lanzar los penaltis de Antoine. La falta de Oblak. El dolor por lo de Lucas. Lo esquivo que se muestra el gol de un tiempo a esta parte. La dificultad de convertir situaciones esquivas en calcetines a los que darles la vuelta.

…pero decirlo sería una muestra de desconfianza imperdonable hacia este grupo que tanto nos ha dado…


La ilusión por despedir al Calderón con un título. La fuerza para sobreponerse. La historia que narra que el Atleti nunca se rindió. Los episodios de buen juego ante el Leganés y la esperanzadora segunda parte del partido de ida. La intensidad a encontrar. El vaticinio de Gabi, seguro de no perderse la final por algo tan nimio como una acumulación de tarjetas. Aquella jugada de Carrasco contra el mismo rival en la que desarboló a la retaguardia enemiga. La solvencia sin estridencias de Moyá. El aroma de cantera de Koke y Saúl. La ratonería de Correa. El mágico compromiso de Griezmann. La tradición de manejarse bien al contragolpe. El recuerdo del cabezazo de Godín que incendió nuestras vidas. Por encima de todo, el estado de forma de Fernando. Su capacidad para quitarnos varios años de encima con solo verle saltar al campo. Sus goles frente a este rival. Su experiencia en partidos grandes. La presencia de Simeone en el banquillo.

…elijan ustedes bando. Yo ya lo hice. Elegí volver a creer…

jueves, 14 de enero de 2016

Las pérdidas olvidadas

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160113/Deportes/3666/Oblak-portero-Atletico-de-Madrid-Courtois-Moya-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Existen pérdidas de las que creemos que nunca vamos a recuperarnos, aunque todos sepamos que eso es falso. Al ser humano le encanta rebozarse con la desdicha del momento. Pensar que nada será igual; gimotear desconsoladamente por lo que no volverá; recordar un pasado grabado en el recuerdo con una paleta de colores mucho más vivos que los que tuvo en la realidad. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen algunos entre achaques y nostalgias mientras la vida les contradice a cada minuto con un nuevo amor, un viaje a un sitio por descubrir o un portero esloveno de sobriedad proverbial.

Fueron muchos los que lloraron como irreparable la pérdida de Courtois. El agujero que el belga dejó se antojaba casi imposible de rellenar a pesar de que la suya fuera la crónica de una salida anunciada. Daba un poco igual que Tibu, para los amigos, que éramos todos, nunca llegara a ser nuestro realmente. Cada verano se marchaba para luego volver con la misma sonrisa bonachona puesta. Le perdíamos solo por lo que duraba un paréntesis estival y sus regresos acabaron por convertirse en una rutina irreal destinada a ser vivida eternamente. De repente, a la vuelta de unas vacaciones ya no volvió. No retornó, además, para ponerse a las órdenes de la madrastra de Setúbal, lo que dejó una mayor sensación de desolación bajo los palos del Calderón. Fue entonces cuando la pérdida, fea y descarnada, se nos metió a todos dentro dejando un paraje yermo de esperanza, una apocalíptica visión de un futuro de cantadas y salidas a por uvas en balones colgados al área.  

La gran mayoría de nosotros no había oído hablar de Oblak cuando ya estaba a punto de aterrizar en Madrid. "Viene del Benfica". "Ha destacado en la liga portuguesa". "Es muy joven". "Se trata del desembolso más importante por un portero en la historia patria". Los titulares se llenaban de lugares comunes que invitaban a la desconfianza. Olía a negociete. A Pizzi, a Elías, a Dani o a Rubén Micael. Jugadores que vivían sin vivir en sí, y a veces incluso más lejos y de alquiler. El cierre de los flecos de la operación obligó a que se incorporara a los entrenamientos un poco más tarde. Apenas unos días, los suficientes para que Moyá, recién llegado a la causa también, le comiera la tostada y dejara enamorados – ¿cómo no enamorarse de Moyá en cualquiera de los sentidos?– a cuerpo técnico y gran parte de la afición. La primera vez que vimos al esloveno en serio fue en Atenas. El choque y su actuación nos dejaron fríos, helados incluso. Un balón resbaladizo que encontró un hueco improbable bajo la axila nos volvió a hacer sentir la pérdida. Tocarla de nuevo. Abrumarnos por su enormidad. La alargadísima sombra de Courtois volvía a crecer exponencialmente.



El siguiente capítulo de la historia se escribe en el partido de vuelta de una eliminatoria de octavos de final de Champions. Moyá, titular no solo en liga sino también en Europa desde lo de Atenas, se rompe. Hasta la fecha, las dudas sobre las actuaciones del balear, que las ha habido, no han sido suficientes para apartarlo de la titularidad. Sale Oblak al campo tras calentar frugalmente su corpachón de boxeador y la afición le abraza. Olvida en ese mismo instante la pérdida que recorría la grada libremente. El estadio alienta al esloveno sin reservas e incluso improvisa sobre la marcha un cántico en su honor con toques de rumba que haría temblar a cualquier arreglista musical. Jan responde durante el partido y, sobre todo, en la tanda de penaltis que cambiará su vida.

Desde entonces, los partidos se han llenado de exquisita colocación y de grandes paradas. No hay resquicio para que ninguna duda se cuele en la confianza que el aficionado rojiblanco tiene en su portero. Aupado en una defensa numantina, Oblak se ha convertido en el último y más fiable guardián del muro. Ya no hay balones por alto que provoquen tembleques. No existe ninguna falta cercana al área ante la que mostrar nerviosismo. El esloveno combina reflejos felinos con una sensación de aplastante seguridad cada vez que el balón osa rondar sus dominios. Los mano a mano con delanteros rivales han pasado a convertirse en sus días en la oficina. No cambia el rictus tras desbaratar cualquier acercamiento enemigo y hasta parece que su pelo, que se antojaba en retirada, ha renacido. Nada hay que temer en los próximos años –salvo tejemaneje de los del palco, siempre tan proclives a ventas a traición apoyadas en el interesado mantra de jugadores que juegan donde quieren–, hay portero para más de una década.

No somos capaces de precisar cuándo nos dimos cuenta de que habíamos olvidado a Courtois en el buen sentido. Siempre estará en nuestros corazones y le desearemos lo mejor allá donde esté, pero ya no volveremos a sentir esa pérdida enorme y negra que su marcha nos dejó. Han pasado los días, los meses y los partidos del Atleti y ya casi nadie añora tiempos pasados en la portería. La seguridad de Oblak ha impregnado nuestras vidas y nuestros recuerdos. La sensación de pérdida se ha evaporado totalmente. Uno cree que empezó a difuminarse aquella noche de Champions en la que la grada adoptó al esloveno sin papeleos. La pérdida quedó olvidada definitivamente en el punto de penalti más cercano a una de las dos porterías del Calderón. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Catálogo de caras (o señalar está muy feo)

Tenía ya el partido mala cara sin haber empezado. Tenía pinta de haber salido esa noche y no haber descansado lo suficiente. Tenía el rictus avinagrado y daba un poco igual que enfrente estuviera el Villareal, equipo que tradicionalmente trata al balón de manera obsequiosa, o un equipo en el que se juntan solteros y casados. Lo mismo es que la tarde, el día, el fin de semana e incluso el tiempo transcurrido desde que unos cuantos se citaron para matar o morir coincidiendo de casualidad con aquella mañana en la que visitaba el Calderón el Depor tenían también mala cara. Cara como de nausea. Cara de aquí hay algo que huele mal y no está uno seguro que sea lo que todo el mundo señala como causante del mal olor.

Además de las malas caras, también el señalar, como les decía en el párrafo anterior, se ha puesto muy de moda. Cualquier aficionado al fútbol se siente señalado en los últimos tiempos por opiniones en las que parece que solo por acudir a un estadio estamos ante una persona muy violenta. Si además de ello, uno lleva una bufanda del Atleti o una camiseta rojiblanca, lleve ésta o no publicidad de Azerbaijan, Land of Fire serigrafiada, hablamos entonces  de un asesino en serie que deja a Jack el Destripador o a Hannibal Lecter a la altura de Ned Flanders o Mary Poppins. A este lamentable y zafio atropello que sufre el aficionado rojiblanco de a pie en las últimas fechas, hay que sumar la torpe manera de gestionar cualquier asunto por la gerencia del club, como es costumbre por otra parte en todo lo que no sea poner el cazo. Uno ya no sabe si la culpa es de todos, de solo algunos, de los que cantan o de los que callan. Uno no sabe si se va a expulsar a los pocos violentos que se camuflan en la masa o simplemente no se les va a dejar exhibir su parafernalia. Uno no sabe si van a pagar justos por pecadores o no va a pagar absolutamente nadie, que es algo muy de este país nuestro, y lo que uno detecta es que la masa social anda un poco confundida no sabiendo dónde está el enemigo, si uno mismo es bueno o malo o si a partir de ahora habrá que ir al fútbol como se va a la ópera y si no se van a poder comer Triskis en los descansos porque hacen mucho ruido y pudiera la comisión de antiviolencia acústica tomar cartas en el asunto.

Muchos creemos que si la pareja que se sienta tan acurrucada en cada partido del Atleti o ese señor del puro que lleva tantos años manchándose los pantalones con la mugre de su asiento en el primer anfiteatro no aciertan a saberse señalados o señaladores y no tienen una opinión clara sobre si habría que vaciar un fondo del Calderón o solamente echar a los delincuentes, palco incluido, del estadio, malamente puede saber cuál es la mejor solución para el tema un señor que no aparece por el estadio desde que tenía granos en la cara y se refugiaba tras el rotundo físico del padre que le puso al mando de la nave de manera fraudulenta. Es más, uno cree, malpensado que es, que las aparentemente fulminantes medidas tomadas por el veterinario no practicante además de chapuceras e insuficientes tienen por objetivo el señalamiento, sí, de todo aquel que le recuerde ahora o en el futuro su condición de apropiador indebido. Son los violentos a los que me enfrenté, dirá desde la barrera mientras da vueltas y más vueltas a la M-30 con el pecho henchido. El problema que todos tenemos es que parece haberse trazado una raya imaginaria pero muy presente entre nosotros. Una parte culpa a la otra de que a la hora del café un indocumentado le haya tildado de asesino por ser del Atleti y la otra parte acusa a aquellos de generalizar, de meter en el mismo saco a todo un fondo. Todos tienen su parte de razón y también su pizca de culpa, miren por donde, y uno solo espera que el tiempo haga decrecer estas aguas que ahora bajan crecidas y malencaradas.



Con estos antecedentes y con la climatología como mala aliada, no es de extrañar que el partido naciera con cara de circunstancias. La cara del partido tenía de todo, eso sí, pero era una cara poco armónica, una cara rara tirando a desagradable. Para ser más exactos, la cara del partido recordó a la cara de otros partidos de otros tiempos que casi no queremos recordar aunque debe valer de excusa que el equipo tenía cara de cansado por lo sucedido entre semana en Turín. Lo intentaba el Atleti con su rostro ojeroso, falto de descanso, y fiaba su suerte el Villareal al talento de Vietto y la omnipresencia de Bruno. Pudo el Atleti ponerse por delante y no se nos hubiera quedado demasiada cara de sorpresa: algún balón parado, alguna meritoria parada de Asenjo, ese portero con más pinta de monitor de gimnasio lowcost que de ir bien por alto y algunas malas elecciones en los últimos metros. Estuvo el equipo algo menos inspirado, tal vez contagiado por el ambiente y a medida que fueron pasando los minutos fue mutando la cara de abandonado por las musas a una cara de ansiedad, de paciente que espera los resultados de una prueba en urgencias.  Se partió el partido y hubo muchos que al mirar la cara de Miranda echaron de menos la de Giménez, también los hubo que decidieron no querer ver más la cara de Cerci e incluso hubo algunos que se alegraron de que apareciera la carita dulce de Mario Suárez en escena para intentar equilibrar la cosa. Llegó el gol del conjunto visitante cuando aún se reflejaba en nuestras caras que no se había perdido del todo la esperanza, justo después de que Moyá sacara a una mano un disparo con cara de gol incontestable, y dejó al Atleti con cara de incredulidad, con cara de esto no puede estar pasándome a mí después de tantos partidos inmaculado en casa.


Tal vez no haya más análisis que realizar del partido de ayer que el de mirar las caras de los nuestros y ver todavía marcada la huella que el intensísimo partido de Turín dejó en ellas. Tal vez solo fuera un accidente, cruzarse por azar con un partido con cara de pocos amigos. Lo más seguro es que sea así pero también estamos seguros de que las vacaciones de Navidad le van a venir bien al equipo, a la grada y a los ánimos. Ya verán ustedes como cuando nos volvamos a ver tenemos todos mejor cara…

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lo simple y lo grandioso

No hay nada más desmoralizante que unas patatas bravas que no son bravas, la verdad. Sepan ustedes que el verdadero nivel de un establecimiento hostelero no lo marcan las ensaladas tibias de brotes tiernos sobre lecho de milhojas de rodaballo trufado a los tres vinagres y medio, de eso nada. El verdadero nivel de un bar, de una casa de comidas o de un colmado con aspiraciones de restaurant, lo marcan las cosas más simples y a la vez más grandiosas, como las patatas bravas.

No hay nada peor en la vida que intentar vestir a ese tétrico gato con la forma alargada de las patatas congeladas que se ahogan en una indescriptible mezcla de tabasco y tomate frito Orlando para que parezca la grácil liebre que es esa patata cocinada con esmero en dos fases, primero a fuego suave y luego a brasa viva. Esa patata de corazón esponjoso y armadura crujiente que nada a braza en la célebre salsa que deja en la boca retazos de cuando iba usted los domingos al Rastro o de cuando quedó con Julia para ir a tomar algo a la salida de la academia y los nervios se le escaparon corriendo calle Toledo arriba. Más dramático incluso que el caso de las bravas perpetradas a base de kétchup, de tomate natural pelado o de cualquier atrocidad parecida es el de aquellos lugares que pretenden reinventarlas con dudosísimo gusto. No, mire, las bravas no necesitan ser deconstruidas de ninguna de las maneras. Deconstrúyase usted esa barba tan moderna que se ha dejado para acentuar su imagen de creador, que nos ha sacado los segundos llenos de pelos, muy hipsters, eso sí, pero pelos al fin y al cabo.

Por desgracia, no se suele valorar la simpleza, craso error, pero sigan mi consejo, antes de decidirse a acercarse a comer a cualquier sitio o ahora que se acercan estas fechas de caza y captura de restaurantes con salones espaciosos para salir con los compañeros de celebración, acódense en la barra de cualquiera de esos establecimientos y pidan una de bravas para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.



Prácticamente se llenó el Calderón para recibir al Olimpiakos y si no lo hizo en mayor medida fue por esa necesidad de dejar vacía toda la grada situada debajo de la zona en la que se sitúan los aficionados visitantes en nuestro estadio. En esta ocasión fue un acierto no por seguridad si no porque cualquier que se hubiera sentado en las filas bajas no hubiera podido disfrutar del espectáculo dado que los seguidores rivales tendieron varias pancartas con tamaño de sábana bajera que llegaban casi hasta el césped para hacer sentir a los suyos como en casa. Comentó algún abonado de los de solera que lo mismo en el Corte Griego o como se llame el gran almacén más famoso de El Pireo, ya debe ser la semana fantástica y blancolor a la vez. Además de la ropa de cama con cortinas a juego, traía varios alicientes el rival bajo su heleno brazo: un hombre de la casa como Roberto, poco afortunado ayer, en la portería, varios viejos conocidos del fútbol español como Abidal y, sobre todo, un entrenador de lo más ocurrente en el banquillo.

Vaya por delante que las declaraciones previas al encuentro y el comportamiento saliendo al campo del humorista metido a entrenador rival tras el pitido final para saludar a los nuestros muestran un respeto hacia el equipo y en particular hacia el trabajo de Simeone que es de reconocer, pero vaya por detrás que este chistoso es el mismo que le hizo aquello a Pizo, el mismo que tanto se reía a pesar de ser atlético de cuna y tradición, lo que luego lleva a los que cambian a la agria acera de enfrente a besar con más fruición ese escudo con forma de despertador, el mismo que gritaba “me lo merezco” en un arrebato de humildad tras meter un gol y el mismo que siempre ha tenido mucha más leyenda que números por ser salao y bien parecido. La afición del Calderón, poco desmemoriada, recordó en varios tramos del partido su afición por las partes pudendas de rivales melenudos, lo que parece ser que al graciosísimo entrenador no le acabó de parecer jocoso, miren por dónde.

Se puso el Atleti a la faena tras el pitido inicial y lo hizo homenajeando a la grandiosidad de la simpleza. A hacer lo que sabe hacer sin ningún otro aditamento, sin más pretensiones que las altísimas que este equipo nos ha regalado, sin más alharacas que las justas y necesarias. Fue uno de esos partidos grandes por simples. Arrolladores por aplastamiento de un rival que ayudó, todo sea dicho, contagiado de la futilidad que emana de su banquillo. Fluía todo desde el primer minuto como se espera, como debe de ser. Con un Arda omnipresente encontrando esos huecos que derrumban defensas, con Raúl García de la mano del gol, su gran compañero, con un Juanfran desatado en ataque, con Gabi volviendo a ser el Gabi de siempre, con Tiago ayudando y con Mario cuando le sustituyó menos esponjoso que de costumbre, con Ansaldi ganando ventaja en el duelo con Siqueira, Con Giménez haciéndose mayor al lado de un Godín que es como un superhéroe de la Marvel pero con más poderes, con Koke para un roto y un descosido, con Moyá de oyente y con la cabeza de Mandzukic mostrando precisión de cirujano del cabeceo.


Dicen algunas crónicas que hubo poco partido y uno no está de acuerdo porque hubo mucho. Mucho por parte de los nuestros, casi incomparecencia por inferioridad en el rival. Lo grande de este Atleti que con el paso de las jornadas va cogiendo poso de equipo para recordar como lo fue el de la temporada pasada, es su grandiosa simpleza. Sus mejores momentos se dan en los partidos como el de ayer. Cuando la presión asfixia al rival, cuando tanto cuerpo a tierra como en combate aéreo demuestra su solvencia. Huyan ustedes de los que quieren vestir el gato futbolístico de demasiados toques, de adjetivos grandilocuentes que pretenden explicar carencias, de pensar que lo mejor es lo más enrevesado. Este equipo nuestro se engrandece con esa simpleza llena de matices. Este grupo cocinado con esmero por las pizarras de Simeone y Burgos en dos fases, la de la defensa solidaria en la que el primer atacante muerde como el que más y el ataque del bloque sin desdeñar el balón parado demuestra en cada choque la belleza de la simpleza, de que si se trabaja y se cree, se puede. Sigan mi consejo, antes de acercarse a ver cualquier partido de fútbol, antes de dejarse embaucar por cantos de sirena que glosan el fútbol de estos o aquellos y comparan churras con merinas repetidamente, vénganse para el Calderón y degusten un partido del Atleti para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Coincidencias

Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Parecía que iba a morir el encuentro firmando tablas y una estrella que vino de Oriente, como aquella que guio a los Magos, le dio una voltereta a un partido que pensaba ya en el restaurante al que iría a cenar tras ducharse y recoger a la novia y se llevó el Atleti de nuevo un derby, lo que empieza a ser costumbre y hasta asignatura de estudio en facultades de psicología bajo el epígrafe de teoría aplicada del Cholismo. Justo cuando salió Arda Turan al campo para apropiarse debidamente del encuentro, Doña Marcelina Desencuentros, de 78 años de edad y vecina de Asaltamontes del Arroyo, provincia de no me acuerdo dónde, se encendía un cigarrillo rubio sin boquilla, lo que provocó gran sorpresa entre sus hijos y nietos, convocados en el patio de su casa para degustar el acostumbrado arroz con langostinos de cada sábado.

Sorprendió Simeone de salida, algo que suele hacer cuando la cita es importante, y puso al mexicano confundido en sus amores sobre el tapete del estadio cuyas torres de las esquinas parecen atracciones de un parque acuático. Quedaban en el banquillo también Mario, lo que en partidos grandes reconforta un poco, no lo neguemos, y Arda, del que no se sabía si andaba todavía renqueante. Se vio también a Cerci y a Griezmann en el banco y uno pensó que si el partido se torcía pudiera haber argumentos para cambiarlo, sin duda tocado por un don profético que servidor atribuye a los gases que se acumularon tras excederse con las bebidas carbonatadas en la previa del choque. Nació el partido de manera esperable: aguantando el Atleti agazapado, prietas las filas, hurtando de nuevo al rival su alimento favorito, los espacios, y también de manera esperable se adelantaron los nuestros a balón parado. Fue Tiago quien remató esta vez también en el primer palo con la complicidad de su marcador y de un portero cuasijubilado que ya no está para ciertas lides ni para anunciar champús anticaspa.

Pecó el Atleti de conservador en los minutos que siguieron al tanto. Se aculó en demasía y ese paso atrás trajo bajo el brazo los momentos de mayor peligro para nuestra portería. Suerte de contar con Moyá, del que no solo se puede decir que le haya comido la tostada a Oblak en su pulso por la titularidad, sino que está consiguiendo la impensable hazaña de que la nostalgia por Courtois se diluya en los corazones rojiblancos. Empató el rival de manera también acostumbrada, por un penaltito evitable de Siqueira y la primera parte falleció envuelta en un dominio estéril de la escuadra diseñada para la venta de camisetas fucsias.

Comenzó el segundo tiempo siguiendo los mismos derroteros: el Atleti atrás, bien pertrechado pero desconectado de un Mandzukic que no parece casi ni croata cuando se aleja del área y de un Jiménez que rivalizaba con Arbeloa en el certamen local de malos y peores controles orientados. Amenazaban los de rojo y blanco en algún balón parado y tenía el balón el rival para no saber qué hacer con él.



Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Faltaba una media hora para que el choque certificara la cara de empate que llevaba puesta y la tablilla del cuarto árbitro se iluminó para anunciar que entraba el 10, que debutaba el turco en partido oficial y que lo haría sustituyendo a Gabi. Nada más entrar en el campo se puso a señalar y a hacer gestos ostensibles a sus compañeros para darles instrucciones: tú, Koke, ponte a hacer de Gabi; tú, Mandzukic, acércate más al área, hombre, que no muerde; tú, Tiago, sigue así, que estás hecho un coloso; tú, Jiménez, mira a ver si te vas a tomar por el mismísimo…Parecía que la salida de Arda sirviera para que cada uno supiera qué hacer, para que cada uno, excepción hecha del azteca desenamorado que fue pocos minutos más tarde sustituido por Griezmann, recordara cuál era el rol que le tocaba desempeñar. Fue salir Turan y se hizo dueño del partido y del balón, hecho que alegró sobremanera a un esférico mareado de tanta posesión sin enjundia y el balón se le agarró del brazo para jurarle amor eterno, se le cosió a la botas como si no hubiera conocido otras patadas en su vida que las que el otomano le propinó. Mientras tanto, Doña Marcelina aspiraba su pitillo con delectación e incluso hacía círculos de humo que se diluían con la brisa del anochecer.

En una ocasión previa pudo el balón corresponder al excelente trato con el que Arda le estaba obsequiando pero decidió salir rozando el poste ante la mirada consternada del portero-anuncio pero quiso el destino que fuera a la segunda cuando el turco rematara una jugada donde todos los que participaron lo hicieron de manera brillante, como si supieran que no podían agregar un control con la canilla a esa jugada, como si intuyeran que esa jugada pariría un gol que supondría una victoria en casa del amargo enemigo fucsia. Tanto Griezmann como Juanfran, tanto el amago de Raúl García como el remate de Turan resultaron medidos, perfectos. Justos y necesarios. Inapelables para un contrincante con más ambiciones textiles que futbolísticas. Dicen los que allí estuvieron, en el patio de Doña Marcelina digo, que fue rematar Arda con dirección a la red y la casi octogenaria señora se puso a toser como se tose cuando uno se echa un poco demasiado de nicotina para el bronquio, aspecto que provocó la alarma de su hija Eduvigis, que llevaba un tiempo sosteniendo que a mamá se le está marchando la cabeza.


Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Claro está que para ustedes y para mí, el suceso especialmente relevante para que el Atleti volviera a llevarse el gato al agua fue el primero. La imperial entrada de Arda Turan, tesoro bizantino de incuestionable calidad al que el equipo echa de menos como el comer cuando se ausenta. Aun así, incluso pareciendo sin discusión que la entrada del turco, y si me apuran, la de Griezmann, se muestran como los hechos diferenciales para el vuelco en el resultado del partido, uno, acostumbrado a que medios y analistas de camiseta fucsia justifiquen las victorias de nuestro equipo en base a las patadas que da, a la agresividad insana y a la villanía en general, no descarta que en esta ocasión no pudiendo agarrarse a la violencia haya alguien que señale a Doña Marcelina como causante de la derrota del emporio fucsia. Dirán que habrá sido porque la abuela fuma…

lunes, 8 de septiembre de 2014

De retornos con suspiros

¡Aaaaaaaaahhhhhhh!*

* Suspiro postvacacional que surge en preciso instante en el que se pulsa el botón de encendido del ordenador el día de la vuelta a la dura rutina….

Imaginen ustedes mi estado de ánimo. Llega uno al trabajo todavía con el recuerdo del aroma a aftersun metido en las pituitarias; con la decepción que ha sentido cuando la luz del baño de casa, que siempre es más impertinente que las luces de los baños de hoteles y apartamentos en primeras líneas de playa, le ha mostrado que el moreno tostado que uno exhibe está empezando a batirse en retirada; con la aberrante perplejidad del que ha visto por el paseo marítimo tantos atentados contra la estética y las más añejas tradiciones deportivas en forma de camiseta fuscia; con la nostalgia del que espera media hora a que quede una mesa libre en una terraza que ni fu ni fa, que el tiempo en vacaciones está para tirarlo, para regalarlo al primero que pase por al lado siempre que éste no lleve una camiseta fucsia, claro. Con todo, no crean que a uno lo que más le angustia es nada de lo expuesto en estas primera líneas. De eso nada. Lo que a uno le quita el sueño es el Atleti.

Todo lo que se diga es poco cuando del nivel de preocupación al que nos eleva el Atleti se trata. Una pena lo de este equipo, sí. Un equipo que parecía tan hecho, tan sólido como una roca. Un vigente campeón de liga nada menos que haya sido capaz de dilapidar toda su fortuna futbolística en tres o cuatro partidos como quien dice. El equipo está hecho unos zorros y no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta. Es que se han ido muchos, claro, dicen algunos embargados por el desánimo a pesar de que el delantero centro ya haya marcado un par de goles, haya dos laterales izquierdos donde antes solo había uno válido y el teórico portero suplente le arrebate por méritos propios la titularidad a un esloveno con gran cartel del que casi no conocemos ni la cara. No hagan ustedes caso de los que movidos por la falta de ambición pidan quizás algo de tiempo para ensamblar las nuevas piezas, para que se asimilen los automatismos marca de la casa. Escuchen ustedes a los que saben, los que dicen que no hay plantilla ni equipo y que hay que empezar a desconfiar del entrenador, aunque sea solo por su corte de pelo.



Muchos, con el rostro desencajado, se agarran como única esperanza a la estrategia, pero empiezan a detectar fallos en la pizarra a pesar de los dos goles trazados contra el Éibar. No hay juego ni se le espera y se augura que las competiciones serán un vagar como alma en pena si tomamos como botón de muestra los últimos minutos de los dos primeros partidos de liga. No caigan ustedes en la tentación de excusas baratas y manoseadas como esas de las cargas de trabajo o de los picos de forma que no hay más que ver a otros equipos en el campo y cómo disfruta uno con el nivel de excelencia de su juego y su atuendo, y es que, esta temporada, vestir de fucsia es tendencia.

Que no les den gato por liebre. No adoren dorados becerros que anuncian que este Atleti volverá a competir. Desoigan a los que, conscientes de lo conseguido el año pasado, no osan hablar de repetir ni mejorar resultados pero confían en que se disfrutará por el camino. El Atleti se encuentra en avanzado estado de descomposición y solamente con sucias técnicas barriobajeras, con una enconada vileza que no encuentra parangones en la historia de la insidia humana, fue capaz este equipo de ganar su primer título hace quince días como quien dice. Cierto es que lo hizo superando en juego, intensidad y méritos al rival, pero claro, es que el contrincante, adalid de la bonhomía, del señorío y de la vida fucsia, esperaba un terreno de juego y no un campo de batalla. O sea que se ganó un título, pero fue de tal manera que no debería haber valido. Si yo fuera Villar, además de ir a un logopeda, desposeería mediante bando o proclama al Atleti de la pasada Supercopa por ganarla de manera sucia y artera. Seguidamente se decretaría fiesta local para que todos los madrileños de nación o adopción pudieran asistir a un desfile glorioso en el que los próceres de nuestro deporte harían entrega al equipo fucsia del segundo título de los que constituirán un recordado sextete mientras el pueblo enfervorecido, no pararía de adquirir camisetas fucsias a docenas en tiendas oficiales y colmados regentados por ciudadanos de Shangai. ¡Qué pena da todo!

¡Aaaaaaaaahhhhhhh!*


*Suspiro irónico acompañado de una media sonrisa maliciosa del que este año volverá a vibrar con los suyos, del que se posiciona en un punto diametralmente opuesto al que ocupen aquellos que de fuscia han teñido su proverbial prepotencia…