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martes, 7 de febrero de 2017

Elegí volver a creer

Sí, es cierto que será difícil. Podría decirse que casi imposible…

La desventaja en el resultado. La carga de partidos. La entidad del rival. Las dudas sobre el estilo. La supuesta crisis. Lo de Vitoria o lo de la primera parte en el partido de ida. La facilidad con la que últimamente nos llegan. La nostalgia por la intensidad perdida. La ausencia de Gabi, líder espiritual sobre el campo de este grupo. La abulia de Carrasco en los últimos choques. El poco crédito que le queda a Gameiro. Las lesiones de Tiago y Augusto. El peso en las piernas de Koke y Saúl. Las inacostumbradas salidas en falso de Godín. La inseguridad a la hora de lanzar los penaltis de Antoine. La falta de Oblak. El dolor por lo de Lucas. Lo esquivo que se muestra el gol de un tiempo a esta parte. La dificultad de convertir situaciones esquivas en calcetines a los que darles la vuelta.

…pero decirlo sería una muestra de desconfianza imperdonable hacia este grupo que tanto nos ha dado…


La ilusión por despedir al Calderón con un título. La fuerza para sobreponerse. La historia que narra que el Atleti nunca se rindió. Los episodios de buen juego ante el Leganés y la esperanzadora segunda parte del partido de ida. La intensidad a encontrar. El vaticinio de Gabi, seguro de no perderse la final por algo tan nimio como una acumulación de tarjetas. Aquella jugada de Carrasco contra el mismo rival en la que desarboló a la retaguardia enemiga. La solvencia sin estridencias de Moyá. El aroma de cantera de Koke y Saúl. La ratonería de Correa. El mágico compromiso de Griezmann. La tradición de manejarse bien al contragolpe. El recuerdo del cabezazo de Godín que incendió nuestras vidas. Por encima de todo, el estado de forma de Fernando. Su capacidad para quitarnos varios años de encima con solo verle saltar al campo. Sus goles frente a este rival. Su experiencia en partidos grandes. La presencia de Simeone en el banquillo.

…elijan ustedes bando. Yo ya lo hice. Elegí volver a creer…

jueves, 31 de marzo de 2016

Pronóstico reservado

Artículo publicado en CTXT:


“Pronóstico reservado”, musitó el galeno leyendo la tablilla que había descolgado de la barra a los pies de la cama del enfermo. También es mala pata, justo ahora que se nos viene la temporada encima, pensaron los más pesimistas. El paciente, vestido con un pijama rojiblanco, presentaba todos los síntomas del típico cuadro de estar en cuadro, valga la redundancia y el mal juego de palabras. Su dolencia provenía principalmente de la retaguardia. De la línea más fuerte precisamente, la que ha sido salvavidas al que agarrarse cuando el gol y la inspiración se acatarraban. Ingresó el paciente hace unos días, tras sucesivos pinchazos en los charrúas muslos de la pareja de centrales titulares. Empeoraba el panorama la anormalmente larga baja de Savic en los últimos choques. Por si todo esto fuera poco, los partidos de selecciones agravaron la crisis añadiendo dos nuevos quebraderos de cabeza: la espalda de Lucas y el tobillo de Saúl. Familiares y aficionados llegaron a temerse lo peor y preguntaban a los doctores antes de dejarse llevar por el desánimo. “Partido a partido”, recetaban los médicos antes de que algún administrador de extremaunciones apareciera en escena.

Pasaron los días con el enfermo en observación. Evolucionando más lentamente de lo que las ansias e impaciencias de sus allegados esperarían. Pese a todo, las nubes que a principio de semana parecían negrísimas apenas descargaron agua. Lo de Saúl y Lucas no era tan fiero como se pintaba y Savic recuperaba el alta coincidiendo con el fin de la operación retorno. Mientras tanto Godín, santo y seña de la defensa, capitán de la guardia de la noche que defiende el muro inexpugnable, trabajaba a destajo con la mirada puesta en el Camp Nou. El herido grave pasaba a leve en tan solo unas horas. No fue cosa de los antibióticos ni de ningún secreto revitalizante, simplemente hubo que esperar y no dejarse apresar por alarmismos ni informaciones desinformadas.



En cualquier caso, si la evolución del doliente finalmente no fuera la apropiada, convendría recordar un episodio de pánico parecido. Sucedió hace casi un par de años. Se jugaba el Atleti a dos partidos la matrícula de honor en una temporada que ya era de sobresaliente. El paciente mostraba también mal color a pocos días vista de las citas. Por entonces, las afecciones se concentraban en la vanguardia. Agoreros de aquí y allá se encomendaron a placentas de yegua y otras hechicerías. El campo del próximo rival en Champions quedó regado con las lágrimas dolientes de Diego Costa y de Arda Turan, el turco que prefirió ser animador desde el banquillo. Con un gol en contra y las filas maltrechas resurgió uno de los más grandes Atletis que se recuerdan, cabezazo de Godín mediante. Haría bien el rival y la parte más ceniza de la grada en no fiarse del diagnóstico y dejar a un lado ese pronóstico reservado. Quizás también convendría que apartaran las vendas con cuidado para tomarle la temperatura al enfermo. En momentos como los que se vienen, no hay mejor cura ante cualquier dolencia que la determinación de los de Simeone. Lo más prudente, en suma, debería ser mirar a los ojos del supuesto paciente y desconfiar. Desahuciar antes de tiempo a alguien con la mirada del color de las rayas de los colchones puede tornarse en suicidio. 

jueves, 8 de enero de 2015

El partido merecido

Torres se merecía este partido. Este mismo y no otro. Un guion diferente aunque hubiera tenido un final supuestamente más feliz, más lleno de goles de autor o de jugadas brillantes, no hubiera contestado a tantas preguntas como el partido de ayer. Aquel que se fue hace ya demasiado tiempo empujado por las mentiras y las complicidades reinantes en un Atleti que nadaba en el mar de la nada más absoluta, aquel que tuvo que convertirse en cabeza de familia de la nave a la deriva cuando aún no asomaban los primeros pelos de su barba volvió a enfundarse anoche la camiseta rojiblanca. Lo hizo ante el rival con mayúsculas, enfrentándose a aquellos a los que negó más de tres veces y decidió Simeone rodearle de compañeros que no siempre llevan prendida la etiqueta de la titularidad.

Muchos pensaron que el Cholo, maestro artesano de las contiendas que se dirimen en eliminatorias a doble partido, apostaba su suerte al cero-cero en este primer envite para fiar su destino al segundo asalto y erraron. Tras la dolorosa pérdida del Sabio de Hortaleza, no queda nadie que conozca el fútbol y sus recovecos, sus luces y sus sombras, como Simeone y muestra de ello fue lo que se vivió en el Calderón. Torres, que tal vez estuvo algo ansioso y hasta sorprendentemente reivindicativo en la protesta, pero ni mucho menos invisible, como fue el caso de un jugador eternamente postulado como ganador de balones dorados que se otorgan al máximo goleador en partidos contra rivales que luchan por evitar el descenso, recibió el mensaje alto y claro: Ganamos a estos con los suplentes.




Fernando ya lo sabía, pero ayer pudo meter la mano en la herida de este milagro. Vio, aunque ya fuera creyente. Aquellos Atletis descafeinados, llenos de Patos Sosas, Richards Núñezs y otras hierbas murieron hace tiempo por obra y gracia del señor que se sienta (poco, por los nervios) en el banquillo. Aquellos Atletis que servían de monumento al conformarse y a la mediocridad descansan en paz sin ganas de que nadie venga a desenterrarlos. Aquellos sonrojantes Atletis que intentamos olvidar sin demasiado esfuerzo, aquellos que daban lugar a que un sector celebrara los goles recibidos en contra ante la mirada incrédula de un chaval pecoso de Fuenlabrada al que le ardía el brazalete de capitán se han convertido en polvo. Ahora tenemos a este Atleti enorme y preciso. Este Atleti que reescribe su dorada historia en cada cita. Este carro acorazado que siembra las cunetas de vehículos para chatarra por haber osado a cruzarse en su camino. A este Atleti ha vuelto Torres, a un Atleti épico en el que prácticamente debuta un chaval de la cantera al que solo los calambres le hacen humano, a un Atleti lleno de hombres que se pusieron la camiseta a rayas por primera vez cuando eran niños llenos de sueños, a un Atleti que domina todas las suertes y del que los más pequeños se aprenderán no solo la alineación sino toda la plantilla de memoria.


Parecía que, al finalizar el partido, Torres estaba un poco más contento que el resto de sus compañeros y no era de extrañar. Tuvo que ser en esta primera cita de su segunda etapa cuando por fin pudo mirar desde el lado del ganador al rival. Además, reparó en lo poco, para bien, que se parece este Atleti a aquellos Atletis que él vivió, los que deambulaban como muertos vivientes y pensó en la de veces que habría merecido un partido así. Puede que también haya vislumbrado un futuro triunfal, tal vez sin esa pesada carga, en ocasiones autoimpuesta, que ha llevado encima desde que era poco más que un niño. El Niño.