Andaba el
partido cerca de los postres y el Atleti, coincidiendo como en la ida con la
salida de Raúl García, mostraba más disposición a mirar a otros horizontes, a pisar
terrenos casi inexplorados durante la eliminatoria. Abrazados a la pasmosa
seguridad de Oblak los nuestros le ponían ojitos a los penales, aquellos nuevos
viejos amigos redescubiertos hace tan poco. Se alargaba el partido más de lo
que agrada a los técnicos y un lance cualquiera, un lance de esos que pasan por los partidos como los
extras de una película de griegos y troyanos, un lance invisible y prescindible,
un lance olvidado antes de nacer, lo cambió todo. Pugnó Arda por el balón con el
pie tal vez demasiado alto. Falta. Tal vez amarilla si fuera la primera, nunca
cuando de la segunda hablamos. Leerán y oirán ustedes en los próximos días a exárbitros,
exanalistas y exseres humanos que certificarán muy serios que sí, que
reglamento en mano eso es una amarilla y probablemente no mintieran si sacáramos
la acción absolutamente de contexto, pero lo hacen conocedores del paisaje que
rodea a un arbitraje europeo, ese concepto-manto bajo el cual cabe casi cualquier
tropelía. Es curioso con qué autoridad se esgrime el reglamento en la mano
cuando conviene pero uno no recuerda si la semana pasada alguien sacó al
reglamento de donde estuviera descansando para azuzarlo con mano firme contra los que
soslayaron un mordisco que fue y luego se esfumó y un puñetazo en el
estómago en los interiores del área. Nada fue lo mismo a partir de ahí para los
de rojo y blanco: tres pasos atrás, un cambio raro y un nuevo episodio de la
paradoja espacio temporal que asola a los descuentos, a veces ensanchándose y a
veces, como ayer, encogiendo como una rebeca de punto cuando el Atleti se mide
a ese equipo cuyo presidente cada día se parece más a Doña Rogelia.
Vaya por
delante que en el cómputo global de la eliminatoria el Atleti racaneó con los
merecimientos. Propuso poco. Arrendó sus fuerzas al cero a cero tanto en ida
como en vuelta y a no dejar descubrirse ninguna rendija en la coraza. En los últimos
partidos contra esta patulea, jugó el Atleti de igual a igual e incluso mucho
mejor. Arrollando en ocasiones. No fue así ninguna de estas dos veces. Pudiendo
vestir de etiqueta elegimos volver a ponernos el mono de hace un tiempo y,
claro, el mono es áspero y pica en las corvas, con lo que eso molesta. En
definitiva jugó poco el Atleti y jugó también menos el rival de lo que hoy dirán
que jugó. Cuando los partidos brotan así solo los detalles los desnivelan y
normalmente los detalles se esconden con más frecuencia tras una segunda amarilla
rigurosa que tras el oropel florido de aquel al que le engrandecen por encargo la leyenda
tras marcar terceros y cuartos goles de partidos resueltos contra equipos de media
tabla para abajo.
Aun así, a
uno le parecen impúdicamente ventajistas análisis sobre ciertos detalles del
uno a uno de los nuestros. No obstante, esas opiniones vertidas con singular
ligereza pueden servir de detonante para la reflexión, para que las rumiemos
durante los cruciales partidos que restan para asegurar la tercera plaza: la
desorientación de Griezmann, que Gabi no mejorara a un Saúl superado o que
Mandzukic siguiera jugando el partido de hace una semana en su particular día
de la marmota. Dicen algunos, por ejemplo, que para estos partidos siempre hay
que contar con Torres. Confían en que en citas así puede hacer aparecer algún
prodigio con esa varita que él guarda para las ocasiones especiales. Nunca
sabremos qué hubiera podido cambiar pero lo que sí sabemos con total seguridad
son tres cosas. Que Simeone sabe mucho más de fútbol que usted y que yo, que moriremos
con este Atleti sea cual sea la manera en la que elija encontrar muerte y que si hoy tenemos
esta cara de acelga, tras caer en cuartos de final de Champions y luchando por
ser terceros en la Liga, es que algo se estará haciendo bien…




