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jueves, 23 de abril de 2015

Un lance cualquiera

Andaba el partido cerca de los postres y el Atleti, coincidiendo como en la ida con la salida de Raúl García, mostraba más disposición a mirar a otros horizontes, a pisar terrenos casi inexplorados durante la eliminatoria. Abrazados a la pasmosa seguridad de Oblak los nuestros le ponían ojitos a los penales, aquellos nuevos viejos amigos redescubiertos hace tan poco. Se alargaba el partido más de lo que agrada a los técnicos y un lance cualquiera, un lance de esos que pasan por los partidos como los extras de una película de griegos y troyanos, un lance invisible y prescindible, un lance olvidado antes de nacer, lo cambió todo. Pugnó Arda por el balón con el pie tal vez demasiado alto. Falta. Tal vez amarilla si fuera la primera, nunca cuando de la segunda hablamos. Leerán y oirán ustedes en los próximos días a exárbitros, exanalistas y exseres humanos que certificarán muy serios que sí, que reglamento en mano eso es una amarilla y probablemente no mintieran si sacáramos la acción absolutamente de contexto, pero lo hacen conocedores del paisaje que rodea a un arbitraje europeo, ese concepto-manto bajo el cual cabe casi cualquier tropelía. Es curioso con qué autoridad se esgrime el reglamento en la mano cuando conviene pero uno no recuerda si la semana pasada alguien sacó al reglamento de donde estuviera descansando para azuzarlo con mano firme contra los que soslayaron un mordisco que fue y luego se esfumó y un puñetazo en el estómago en los interiores del área. Nada fue lo mismo a partir de ahí para los de rojo y blanco: tres pasos atrás, un cambio raro y un nuevo episodio de la paradoja espacio temporal que asola a los descuentos, a veces ensanchándose y a veces, como ayer, encogiendo como una rebeca de punto cuando el Atleti se mide a ese equipo cuyo presidente cada día se parece más a Doña Rogelia.


Vaya por delante que en el cómputo global de la eliminatoria el Atleti racaneó con los merecimientos. Propuso poco. Arrendó sus fuerzas al cero a cero tanto en ida como en vuelta y a no dejar descubrirse ninguna rendija en la coraza. En los últimos partidos contra esta patulea, jugó el Atleti de igual a igual e incluso mucho mejor. Arrollando en ocasiones. No fue así ninguna de estas dos veces. Pudiendo vestir de etiqueta elegimos volver a ponernos el mono de hace un tiempo y, claro, el mono es áspero y pica en las corvas, con lo que eso molesta. En definitiva jugó poco el Atleti y jugó también menos el rival de lo que hoy dirán que jugó. Cuando los partidos brotan así solo los detalles los desnivelan y normalmente los detalles se esconden con más frecuencia tras una segunda amarilla rigurosa que tras el oropel florido de aquel al que le engrandecen por encargo la leyenda tras marcar terceros y cuartos goles de partidos resueltos contra equipos de media tabla para abajo.


Aun así, a uno le parecen impúdicamente ventajistas análisis sobre ciertos detalles del uno a uno de los nuestros. No obstante, esas opiniones vertidas con singular ligereza pueden servir de detonante para la reflexión, para que las rumiemos durante los cruciales partidos que restan para asegurar la tercera plaza: la desorientación de Griezmann, que Gabi no mejorara a un Saúl superado o que Mandzukic siguiera jugando el partido de hace una semana en su particular día de la marmota. Dicen algunos, por ejemplo, que para estos partidos siempre hay que contar con Torres. Confían en que en citas así puede hacer aparecer algún prodigio con esa varita que él guarda para las ocasiones especiales. Nunca sabremos qué hubiera podido cambiar pero lo que sí sabemos con total seguridad son tres cosas. Que Simeone sabe mucho más de fútbol que usted y que yo, que moriremos con este Atleti sea cual sea la manera en la que elija encontrar muerte y que si hoy tenemos esta cara de acelga, tras caer en cuartos de final de Champions y luchando por ser terceros en la Liga, es que algo se estará haciendo bien…

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lo simple y lo grandioso

No hay nada más desmoralizante que unas patatas bravas que no son bravas, la verdad. Sepan ustedes que el verdadero nivel de un establecimiento hostelero no lo marcan las ensaladas tibias de brotes tiernos sobre lecho de milhojas de rodaballo trufado a los tres vinagres y medio, de eso nada. El verdadero nivel de un bar, de una casa de comidas o de un colmado con aspiraciones de restaurant, lo marcan las cosas más simples y a la vez más grandiosas, como las patatas bravas.

No hay nada peor en la vida que intentar vestir a ese tétrico gato con la forma alargada de las patatas congeladas que se ahogan en una indescriptible mezcla de tabasco y tomate frito Orlando para que parezca la grácil liebre que es esa patata cocinada con esmero en dos fases, primero a fuego suave y luego a brasa viva. Esa patata de corazón esponjoso y armadura crujiente que nada a braza en la célebre salsa que deja en la boca retazos de cuando iba usted los domingos al Rastro o de cuando quedó con Julia para ir a tomar algo a la salida de la academia y los nervios se le escaparon corriendo calle Toledo arriba. Más dramático incluso que el caso de las bravas perpetradas a base de kétchup, de tomate natural pelado o de cualquier atrocidad parecida es el de aquellos lugares que pretenden reinventarlas con dudosísimo gusto. No, mire, las bravas no necesitan ser deconstruidas de ninguna de las maneras. Deconstrúyase usted esa barba tan moderna que se ha dejado para acentuar su imagen de creador, que nos ha sacado los segundos llenos de pelos, muy hipsters, eso sí, pero pelos al fin y al cabo.

Por desgracia, no se suele valorar la simpleza, craso error, pero sigan mi consejo, antes de decidirse a acercarse a comer a cualquier sitio o ahora que se acercan estas fechas de caza y captura de restaurantes con salones espaciosos para salir con los compañeros de celebración, acódense en la barra de cualquiera de esos establecimientos y pidan una de bravas para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.



Prácticamente se llenó el Calderón para recibir al Olimpiakos y si no lo hizo en mayor medida fue por esa necesidad de dejar vacía toda la grada situada debajo de la zona en la que se sitúan los aficionados visitantes en nuestro estadio. En esta ocasión fue un acierto no por seguridad si no porque cualquier que se hubiera sentado en las filas bajas no hubiera podido disfrutar del espectáculo dado que los seguidores rivales tendieron varias pancartas con tamaño de sábana bajera que llegaban casi hasta el césped para hacer sentir a los suyos como en casa. Comentó algún abonado de los de solera que lo mismo en el Corte Griego o como se llame el gran almacén más famoso de El Pireo, ya debe ser la semana fantástica y blancolor a la vez. Además de la ropa de cama con cortinas a juego, traía varios alicientes el rival bajo su heleno brazo: un hombre de la casa como Roberto, poco afortunado ayer, en la portería, varios viejos conocidos del fútbol español como Abidal y, sobre todo, un entrenador de lo más ocurrente en el banquillo.

Vaya por delante que las declaraciones previas al encuentro y el comportamiento saliendo al campo del humorista metido a entrenador rival tras el pitido final para saludar a los nuestros muestran un respeto hacia el equipo y en particular hacia el trabajo de Simeone que es de reconocer, pero vaya por detrás que este chistoso es el mismo que le hizo aquello a Pizo, el mismo que tanto se reía a pesar de ser atlético de cuna y tradición, lo que luego lleva a los que cambian a la agria acera de enfrente a besar con más fruición ese escudo con forma de despertador, el mismo que gritaba “me lo merezco” en un arrebato de humildad tras meter un gol y el mismo que siempre ha tenido mucha más leyenda que números por ser salao y bien parecido. La afición del Calderón, poco desmemoriada, recordó en varios tramos del partido su afición por las partes pudendas de rivales melenudos, lo que parece ser que al graciosísimo entrenador no le acabó de parecer jocoso, miren por dónde.

Se puso el Atleti a la faena tras el pitido inicial y lo hizo homenajeando a la grandiosidad de la simpleza. A hacer lo que sabe hacer sin ningún otro aditamento, sin más pretensiones que las altísimas que este equipo nos ha regalado, sin más alharacas que las justas y necesarias. Fue uno de esos partidos grandes por simples. Arrolladores por aplastamiento de un rival que ayudó, todo sea dicho, contagiado de la futilidad que emana de su banquillo. Fluía todo desde el primer minuto como se espera, como debe de ser. Con un Arda omnipresente encontrando esos huecos que derrumban defensas, con Raúl García de la mano del gol, su gran compañero, con un Juanfran desatado en ataque, con Gabi volviendo a ser el Gabi de siempre, con Tiago ayudando y con Mario cuando le sustituyó menos esponjoso que de costumbre, con Ansaldi ganando ventaja en el duelo con Siqueira, Con Giménez haciéndose mayor al lado de un Godín que es como un superhéroe de la Marvel pero con más poderes, con Koke para un roto y un descosido, con Moyá de oyente y con la cabeza de Mandzukic mostrando precisión de cirujano del cabeceo.


Dicen algunas crónicas que hubo poco partido y uno no está de acuerdo porque hubo mucho. Mucho por parte de los nuestros, casi incomparecencia por inferioridad en el rival. Lo grande de este Atleti que con el paso de las jornadas va cogiendo poso de equipo para recordar como lo fue el de la temporada pasada, es su grandiosa simpleza. Sus mejores momentos se dan en los partidos como el de ayer. Cuando la presión asfixia al rival, cuando tanto cuerpo a tierra como en combate aéreo demuestra su solvencia. Huyan ustedes de los que quieren vestir el gato futbolístico de demasiados toques, de adjetivos grandilocuentes que pretenden explicar carencias, de pensar que lo mejor es lo más enrevesado. Este equipo nuestro se engrandece con esa simpleza llena de matices. Este grupo cocinado con esmero por las pizarras de Simeone y Burgos en dos fases, la de la defensa solidaria en la que el primer atacante muerde como el que más y el ataque del bloque sin desdeñar el balón parado demuestra en cada choque la belleza de la simpleza, de que si se trabaja y se cree, se puede. Sigan mi consejo, antes de acercarse a ver cualquier partido de fútbol, antes de dejarse embaucar por cantos de sirena que glosan el fútbol de estos o aquellos y comparan churras con merinas repetidamente, vénganse para el Calderón y degusten un partido del Atleti para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Coincidencias

Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Parecía que iba a morir el encuentro firmando tablas y una estrella que vino de Oriente, como aquella que guio a los Magos, le dio una voltereta a un partido que pensaba ya en el restaurante al que iría a cenar tras ducharse y recoger a la novia y se llevó el Atleti de nuevo un derby, lo que empieza a ser costumbre y hasta asignatura de estudio en facultades de psicología bajo el epígrafe de teoría aplicada del Cholismo. Justo cuando salió Arda Turan al campo para apropiarse debidamente del encuentro, Doña Marcelina Desencuentros, de 78 años de edad y vecina de Asaltamontes del Arroyo, provincia de no me acuerdo dónde, se encendía un cigarrillo rubio sin boquilla, lo que provocó gran sorpresa entre sus hijos y nietos, convocados en el patio de su casa para degustar el acostumbrado arroz con langostinos de cada sábado.

Sorprendió Simeone de salida, algo que suele hacer cuando la cita es importante, y puso al mexicano confundido en sus amores sobre el tapete del estadio cuyas torres de las esquinas parecen atracciones de un parque acuático. Quedaban en el banquillo también Mario, lo que en partidos grandes reconforta un poco, no lo neguemos, y Arda, del que no se sabía si andaba todavía renqueante. Se vio también a Cerci y a Griezmann en el banco y uno pensó que si el partido se torcía pudiera haber argumentos para cambiarlo, sin duda tocado por un don profético que servidor atribuye a los gases que se acumularon tras excederse con las bebidas carbonatadas en la previa del choque. Nació el partido de manera esperable: aguantando el Atleti agazapado, prietas las filas, hurtando de nuevo al rival su alimento favorito, los espacios, y también de manera esperable se adelantaron los nuestros a balón parado. Fue Tiago quien remató esta vez también en el primer palo con la complicidad de su marcador y de un portero cuasijubilado que ya no está para ciertas lides ni para anunciar champús anticaspa.

Pecó el Atleti de conservador en los minutos que siguieron al tanto. Se aculó en demasía y ese paso atrás trajo bajo el brazo los momentos de mayor peligro para nuestra portería. Suerte de contar con Moyá, del que no solo se puede decir que le haya comido la tostada a Oblak en su pulso por la titularidad, sino que está consiguiendo la impensable hazaña de que la nostalgia por Courtois se diluya en los corazones rojiblancos. Empató el rival de manera también acostumbrada, por un penaltito evitable de Siqueira y la primera parte falleció envuelta en un dominio estéril de la escuadra diseñada para la venta de camisetas fucsias.

Comenzó el segundo tiempo siguiendo los mismos derroteros: el Atleti atrás, bien pertrechado pero desconectado de un Mandzukic que no parece casi ni croata cuando se aleja del área y de un Jiménez que rivalizaba con Arbeloa en el certamen local de malos y peores controles orientados. Amenazaban los de rojo y blanco en algún balón parado y tenía el balón el rival para no saber qué hacer con él.



Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Faltaba una media hora para que el choque certificara la cara de empate que llevaba puesta y la tablilla del cuarto árbitro se iluminó para anunciar que entraba el 10, que debutaba el turco en partido oficial y que lo haría sustituyendo a Gabi. Nada más entrar en el campo se puso a señalar y a hacer gestos ostensibles a sus compañeros para darles instrucciones: tú, Koke, ponte a hacer de Gabi; tú, Mandzukic, acércate más al área, hombre, que no muerde; tú, Tiago, sigue así, que estás hecho un coloso; tú, Jiménez, mira a ver si te vas a tomar por el mismísimo…Parecía que la salida de Arda sirviera para que cada uno supiera qué hacer, para que cada uno, excepción hecha del azteca desenamorado que fue pocos minutos más tarde sustituido por Griezmann, recordara cuál era el rol que le tocaba desempeñar. Fue salir Turan y se hizo dueño del partido y del balón, hecho que alegró sobremanera a un esférico mareado de tanta posesión sin enjundia y el balón se le agarró del brazo para jurarle amor eterno, se le cosió a la botas como si no hubiera conocido otras patadas en su vida que las que el otomano le propinó. Mientras tanto, Doña Marcelina aspiraba su pitillo con delectación e incluso hacía círculos de humo que se diluían con la brisa del anochecer.

En una ocasión previa pudo el balón corresponder al excelente trato con el que Arda le estaba obsequiando pero decidió salir rozando el poste ante la mirada consternada del portero-anuncio pero quiso el destino que fuera a la segunda cuando el turco rematara una jugada donde todos los que participaron lo hicieron de manera brillante, como si supieran que no podían agregar un control con la canilla a esa jugada, como si intuyeran que esa jugada pariría un gol que supondría una victoria en casa del amargo enemigo fucsia. Tanto Griezmann como Juanfran, tanto el amago de Raúl García como el remate de Turan resultaron medidos, perfectos. Justos y necesarios. Inapelables para un contrincante con más ambiciones textiles que futbolísticas. Dicen los que allí estuvieron, en el patio de Doña Marcelina digo, que fue rematar Arda con dirección a la red y la casi octogenaria señora se puso a toser como se tose cuando uno se echa un poco demasiado de nicotina para el bronquio, aspecto que provocó la alarma de su hija Eduvigis, que llevaba un tiempo sosteniendo que a mamá se le está marchando la cabeza.


Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Claro está que para ustedes y para mí, el suceso especialmente relevante para que el Atleti volviera a llevarse el gato al agua fue el primero. La imperial entrada de Arda Turan, tesoro bizantino de incuestionable calidad al que el equipo echa de menos como el comer cuando se ausenta. Aun así, incluso pareciendo sin discusión que la entrada del turco, y si me apuran, la de Griezmann, se muestran como los hechos diferenciales para el vuelco en el resultado del partido, uno, acostumbrado a que medios y analistas de camiseta fucsia justifiquen las victorias de nuestro equipo en base a las patadas que da, a la agresividad insana y a la villanía en general, no descarta que en esta ocasión no pudiendo agarrarse a la violencia haya alguien que señale a Doña Marcelina como causante de la derrota del emporio fucsia. Dirán que habrá sido porque la abuela fuma…

lunes, 8 de septiembre de 2014

De retornos con suspiros

¡Aaaaaaaaahhhhhhh!*

* Suspiro postvacacional que surge en preciso instante en el que se pulsa el botón de encendido del ordenador el día de la vuelta a la dura rutina….

Imaginen ustedes mi estado de ánimo. Llega uno al trabajo todavía con el recuerdo del aroma a aftersun metido en las pituitarias; con la decepción que ha sentido cuando la luz del baño de casa, que siempre es más impertinente que las luces de los baños de hoteles y apartamentos en primeras líneas de playa, le ha mostrado que el moreno tostado que uno exhibe está empezando a batirse en retirada; con la aberrante perplejidad del que ha visto por el paseo marítimo tantos atentados contra la estética y las más añejas tradiciones deportivas en forma de camiseta fuscia; con la nostalgia del que espera media hora a que quede una mesa libre en una terraza que ni fu ni fa, que el tiempo en vacaciones está para tirarlo, para regalarlo al primero que pase por al lado siempre que éste no lleve una camiseta fucsia, claro. Con todo, no crean que a uno lo que más le angustia es nada de lo expuesto en estas primera líneas. De eso nada. Lo que a uno le quita el sueño es el Atleti.

Todo lo que se diga es poco cuando del nivel de preocupación al que nos eleva el Atleti se trata. Una pena lo de este equipo, sí. Un equipo que parecía tan hecho, tan sólido como una roca. Un vigente campeón de liga nada menos que haya sido capaz de dilapidar toda su fortuna futbolística en tres o cuatro partidos como quien dice. El equipo está hecho unos zorros y no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta. Es que se han ido muchos, claro, dicen algunos embargados por el desánimo a pesar de que el delantero centro ya haya marcado un par de goles, haya dos laterales izquierdos donde antes solo había uno válido y el teórico portero suplente le arrebate por méritos propios la titularidad a un esloveno con gran cartel del que casi no conocemos ni la cara. No hagan ustedes caso de los que movidos por la falta de ambición pidan quizás algo de tiempo para ensamblar las nuevas piezas, para que se asimilen los automatismos marca de la casa. Escuchen ustedes a los que saben, los que dicen que no hay plantilla ni equipo y que hay que empezar a desconfiar del entrenador, aunque sea solo por su corte de pelo.



Muchos, con el rostro desencajado, se agarran como única esperanza a la estrategia, pero empiezan a detectar fallos en la pizarra a pesar de los dos goles trazados contra el Éibar. No hay juego ni se le espera y se augura que las competiciones serán un vagar como alma en pena si tomamos como botón de muestra los últimos minutos de los dos primeros partidos de liga. No caigan ustedes en la tentación de excusas baratas y manoseadas como esas de las cargas de trabajo o de los picos de forma que no hay más que ver a otros equipos en el campo y cómo disfruta uno con el nivel de excelencia de su juego y su atuendo, y es que, esta temporada, vestir de fucsia es tendencia.

Que no les den gato por liebre. No adoren dorados becerros que anuncian que este Atleti volverá a competir. Desoigan a los que, conscientes de lo conseguido el año pasado, no osan hablar de repetir ni mejorar resultados pero confían en que se disfrutará por el camino. El Atleti se encuentra en avanzado estado de descomposición y solamente con sucias técnicas barriobajeras, con una enconada vileza que no encuentra parangones en la historia de la insidia humana, fue capaz este equipo de ganar su primer título hace quince días como quien dice. Cierto es que lo hizo superando en juego, intensidad y méritos al rival, pero claro, es que el contrincante, adalid de la bonhomía, del señorío y de la vida fucsia, esperaba un terreno de juego y no un campo de batalla. O sea que se ganó un título, pero fue de tal manera que no debería haber valido. Si yo fuera Villar, además de ir a un logopeda, desposeería mediante bando o proclama al Atleti de la pasada Supercopa por ganarla de manera sucia y artera. Seguidamente se decretaría fiesta local para que todos los madrileños de nación o adopción pudieran asistir a un desfile glorioso en el que los próceres de nuestro deporte harían entrega al equipo fucsia del segundo título de los que constituirán un recordado sextete mientras el pueblo enfervorecido, no pararía de adquirir camisetas fucsias a docenas en tiendas oficiales y colmados regentados por ciudadanos de Shangai. ¡Qué pena da todo!

¡Aaaaaaaaahhhhhhh!*


*Suspiro irónico acompañado de una media sonrisa maliciosa del que este año volverá a vibrar con los suyos, del que se posiciona en un punto diametralmente opuesto al que ocupen aquellos que de fuscia han teñido su proverbial prepotencia…