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jueves, 12 de diciembre de 2013

Parece mentira

Sentado en su sillón de orejas, Amadeo seguía pensando que parecía mentira. Cierto es que lo acababa de presenciar y que los periódicos que descansaban sobre la mesa baja del salón no podían mentir. Aun así, no acababa de creerlo. Parecía mentira.

Amadeo había despertado hace un par de días de lo que los médicos llamaban una ausencia prolongada. Un paréntesis en su vida de casi dos años. Un periodo de inconsciencia que los especialistas no acababan de explicarse. Desde aquel día de antes de las navidades de 2011 en el que en medio de una comida familiar Amadeo se ausentó sin motivo. Algunos opinaban que el episodio fue provocado por una indigestión de cigalas con los ojos más saltones que un mediapunta alemán, otros, que tal vez fuera la lógica consecuencia de una sobredosis de chistes malos lanzados al aire por su cuñado el que trabajaba en el ministerio. Su mujer incluso le acusó en los primeros momentos de no saber qué hacer para dinamitar una reunión con su familia, la muy malpensada. El caso es que Amadeo había pasado los dos últimos años estando pero sin estar. Ausente hasta que a principios de semana despertó de manera súbita. Parecía mentira.

Tras la sorpresa inicial de los suyos y el reconocimiento médico para ver que todo volvía a estar en orden, su familia le puso al día de todo: la niña se ha tenido que ir a Alemania porque estaba harta de poner en práctica las dos carreras y los idiomas como cajera de un supermercado. La crisis sigue y Urdangarín está pero como si no estuviera, tal vez también ausente pero con el riñón forrado en platino. Madrid no será olímpico por mucho relaxing café con leche que le añadamos al asunto y se ha muerto Manolo Escobar lo que da bastante pena. “¿Y el Atleti?”, preguntó Amadeo con ese ansia que todos los que somos como ustedes y como yo sentimos cuando llevamos tiempo sin noticias de los nuestros. “El Atleti fenomenal”, le dijeron sonriendo. “Mañana mismo juega un partido de Champions”. “¿Champions?”, inquirió Amadeo ilusionado pero extrañado. Su último recuerdo del Atleti fue un esperpéntico partido de Copa en el que el Albacete, al que nunca podremos agradecer suficientemente haber precipitado el despido de Manzano, doblegó a los nuestros. Sospechaba nuestro protagonista de lo que sus allegados le referían y pensaba que tal vez no quisieran contarle la verdad por si fuera demasiado cruda estando todavía convaleciente. Pidió a su cuñado el del ministerio que le comprara varios diarios y allí pudo ver que el Atleti no solo estaba en Champions sino que ya era primero de grupo sobrando varios partidos. Asimismo, certificó que el equipo colideraba la tabla clasificatoria liguera y que había despachado por la vía rápida la primera eliminatoria de esta Copa del Rey tan anacrónica en su afán del doble partido. Era cierto todo lo que le habían contado. Parecía mentira.



Recibía el Atleti al Oporto en el partido que cerraba la fase de grupos de la Champions y parecía mentira. Parecía mentira la relajación con la que ustedes, yo y nuestro querido Amadeo afrontamos un partido de este calado. Si después del sorteo de los grupos alguien nos hubiera dicho que este partido iba a ser intranscendente para nosotros para bien, que no iba a ser la fecha señalada, el todo o nada, el ser o no ser continental hubiéramos pensado que nos mentía descaradamente. Si no supiéramos nada sobre los anteriores encuentros la alineación que presentó el Cholo nos hubiera parecido mentira de las rotaciones que llevaba prendidas. Si ustedes y yo no lo hubiéramos visto nos parecería mentira cómo saltan acobardados al Calderón equipos con buenas hechuras. Parece mentira que en citas así los palos y la suerte, que es lo mismo casi siempre, se pongan del lado de los nuestros como en aquella bendita noche en tierra enemiga en la que Gabi alzó al cielo un trofeo de Copa. Parece mentira que Raúl García, otrora maltratado por pizarras e impacientes halle goles de todos los colores posibles. Parece mentira que Koke se haya convertido en este Koke total. Parece mentira que Diego Costa tenga el hambre que tiene, siempre dispuesto a convertir defensas de empaque en azucarillos disueltos en su poderío. Parece mentira que la grada disfrute con todos los modelos posibles de este Atleti parido a la semejanza del Cholo y parece mentira que a éste le sienten tan bien los trajes oscuros. Parece mentira que hasta los centrales de nombre impronunciable y peinado incomprensible cumplan y arranquen ovaciones merecidas. Parece mentira que los porteros suplentes se rediman parando penas máximas tras haberla liado un poco parda. Parece mentira que un chaval de diecinueve años recién cumplidos pueda atesorar tanto talento en su menudo cuerpo. Parece mentira.

Imaginen que por cosas de la vida o del destino ustedes hubieran pasado los dos últimos años ausentes. Imaginen que despiertan súbitamente y se encuentran este Atleti que gana llevando la manija o dejando la posesión para el que la quiera. Imaginen que abren los ojos de pronto y se topan con este Atleti que empequeñece al más espigado, que desespera a cualquiera desde los cimientos de la seguridad en lo que se hace. Imaginen por un momento que vuelven de donde estuvieran y reconocen a este Atleti al que las alturas no le dan miedo. Imaginen al resto de equipos del continente cruzando los dedos espasmódicamente por no encontrarse en el camino de este Atleti que tenemos hoy. Seguro que les pasaría como al bueno de Amadeo. Seguro que les parecería mentira.


miércoles, 2 de octubre de 2013

Las muertes indecisas


- Lo que le estaba contando doctor, en mi familia somos muy de morirnos lento, de morirnos a plazos. No crea que morimos de forma agónica, nada de eso, nos morimos de manera indecisa, diferida. Por ponerle un ejemplo, mi abuelo estaba con el sudario puesto y hasta el párroco había pasado por casa para darle la extremaunción. Mi abuela Federica, que en gloria esté, era muy previsora y la había encargado un ataúd revestido de zinc con acabados en nogal, una cucada, vamos, pues bien, mi abuelo decidió que no era su hora y estuvo durante los siguientes diez años que si me muero que si no y claro, se acostaba en el ataúd por darle uso. Con decirle que se le enderezó la espalda a él, que siempre había sido algo cargado de hombros. Y luego está lo de mi tío, Quintín el del molino, le llamaban. Mi tío Quintín volvió a casa de la guerra desahuciado por un balazo en el trasero que derivó en fístula de 38 milímetros parabellum y allí estuvo postrado quince años sin saber si se moría o no hasta que llegó al pueblo una compañía de cómicos con la que venía mi tía y se levantó de la cama para fugarse con ella a Argentina. Cuando le preguntaron dijo que no había dicho que se encontraba muy bien para no disgustar a nadie y porque mi tío siempre ha sido bastante flojo, no nos engañemos…


Jugaba el Atleti en Oporto, un campo que tradicionalmente no se le ha dado bien, y sacó Simeone una alineación que daba algo de aprensión. A la obligada baja de Diego Costa por aquel jugar a tope tope con un defensa eslavo se añadía la decisión técnica de prescindir de Koke de inicio. Ahí es nada, se plantaban los nuestros sin los dos jugadores más en forma para enfrentarse al rival más fuerte del grupo y fueron muchos los aficionados que volvieron a fumar después de varios años sin catarlo o de hincharse de bollos rellenos de crema a pesar de las horas de sudores pasadas en el gimnasio haciendo spinning u otras aberraciones de similar calado.

Comenzó el partido con los nuestros agazapados y algo indecisos. Poco cariño tenía el balón a los nuestros, tal vez por el maltrato que se le dispensaba y el rival, que no iba vestido de Oporto si no de Getafe con brillos, se hizo con el partido casi sin querer. La indecisión del Atleti se veía en la defensa, en un medio del campo sobre el que el balón pasaba volando y sobre unos delanteros desconectados. Se adelantaron los locales tras jugada de estrategia defendida de aquella manera y, por lo que se estaba viendo, daba la sensación de que allí, a orillas del Duero, en esa capital coqueta pero algo decadente, moriría la racha triunfal de los nuestros. Se sacudió algo el Atleti el dominio del adversario pasado el ecuador de la primera parte y hasta pudo empatar sin merecerlo demasiado en un remate de Raúl García que se estrelló contra el larguero tras haber contado con la inestimable colaboración del portero rival, firme seguidor de la añeja tradición de porteros con pantalón largo que esconden dentro a un tenor frustrado.



Ya en la segunda parte, y tras la correspondiente Simeonina salpicada con gritos del descanso, salió otro Atleti. No un Atleti brillante, que ayer para brillos ya estaba la camiseta de los dragones, pero un Atleti diferente, un Atleti menos indeciso con respecto a dejar morir la racha victoriosa. Un Atleti que tira de oficio cuando la inspiración le da calabazas. Empató Godín resarciéndose del fallo de marcaje en el gol enemigo, de nuevo con la venia del portero con mallas de gimnasia rítmica, y se vio que no era para tanto el rival, que más allá de la historia, la plantilla actual del equipo luso es apañada y poco más. Resucitó el Atleti y se hizo con los mandos prescindiendo de los delanteros, poco afortunados ayer. Salieron Koke y Oliver y aquello era otra cosa, no una para tirar cohetes, pero otra definitivamente. Fue entonces, cuando unos y otros empezaban a asumir que el empate no era malo para nadie, cuando en una falta al borde del área Gabi miró a Simeone y éste le hizo una seña. Una seña que pudiera ser interpretada por alguien que no entrena con el equipo como que El Cholo avisaba a Gabi de que iba a envidar a grande, a chica y a pares si los lleváis. Gabi, obediente, amagó con disparar mientras Arda se descolgaba de la barrera para fusilar al portero-cantautor a bocajarro en lo que suponía el enésimo gol atribuible a la pizarra de los que este año se han marcado.

Ganó el Atleti en un campo en el que hasta la fecha no había conseguido siquiera marcar un gol. Ganó el Atleti y lo hizo con oficio, zafándose de la mortaja de juego a la que parecía abocado en el inicio del partido. Ganó el Atleti más allá de rotaciones y de ausencias, más allá de nombres que no sean el de Diego Pablo y el de Germán. Llegarán otros días en los que la racha creerá que está a punto de expirar, pero le habrá cogido gusto a estar con los nuestros y no se querrá ir con facilidad para no desairar a nadie. No bajará este Atleti los brazos para dejarse ir, para que venga la parca de las rachas y los triunfos y merme sin esfuerzo esta fe inquebrantable que muestra. Esto es fútbol y algún día pasará, está claro, pero de momento a este Atleti y a su racha les queda cuerda por delante…