domingo, 27 de febrero de 2011

Cualquier tiempo pasado

Petronila miraba por la ventana. Miraba sin mirar. Vamos, que no reparaba en que el niño del quinto se estaba fumando su primer cigarro en el parque de enfrente. Su mente estaba mucho más allá del parque. Estaba viajando hacia su vida de hace unos años, en cuando estaba con Aurelio, su novio desde casi el parvulario. Acababa de verlo pasar por la calle. Iba con una bufanda verde y oro, de esas que llevan ahora los atléticos que luchan por un Atleti mejor. También llevaba la camiseta enfundada, pero ya no era esa que ella le regaló, esa con el nueve a la espalda y el nombre de Torres. Ahora era otra, pero con la chaqueta no vio el nombre ni el número. Hacía tiempo que le había dejado. Después de quince años de novios. Le había dicho que se había cansado de lo de siempre. De la rutina. De los caracoles en Cascorro y las bravas y la jarra de sangría en la Latina los domingos a mediodía. Del paseo hacia el estadio bajando por Pontones en días primaverales como hoy. De los achuchones en el vagón del metro atestado en Pirámides. De los torpes besos en el portal. De las despedidas hasta el día siguiente.
La verdad es que no se había cansado. La verdad es que se cruzó Vicente. El comercial que se incorporó por esas fechas a su empresa. El que llevaba un traje barato pero que le quedaba impecable. El que hablaba tan bien. El que hablaba de objetivos de ventas, de objetivos de ingresos, de objetivos subjetivos y hasta de objetivos Birmania. El que la sedujo con su palabrería. El que le habló de un piso en un barrio en construcción cerca de la carretera de Burgos. El que le habló de niños rubios vestidos de manera idéntica. El que le prometió viajes a sitios exóticos. El que le habló de restaurantes con platos deconstruidos. El que había echado barriga. El que la había llevado a Andorra como destino más exótico para ganarse un dinero con tabaco de contrabando. El que esta tarde cancelaría su cita excusándose en un repentino dolor de muelas.
Pensaba Petronila en lo tonta que había sido. En que se había dejado embaucar por las palabras de Vicente. En que aún hoy cuando ella le echaba en cara sus embustes, él seguía hablando de burbujas inmobiliarias, de sinergias, de oportunidades hipotecarias, pero al final nada. Es lo que tienen las palabras. Que si no están acompañadas de hechos, cansan. Engañan. Tapan miserias. Pensaba también en cómo le gustaría volver a la rutina. A los domingos de tapas y raciones. Y sabía que estos horarios a los que somete la Liga de Fútbol en connivencia con las televisiones no permiten tomar bravas la mayoría de las veces. Ya casi no había domingos a las cinco. Pero bueno, podría haber sábados de café y pastas y domingos de bocadillo de mortadela. Le daba igual. Sólo quería volver a las antiguas costumbres.

Se encontraban en el Calderón dos equipos llamados a luchar por objetivos mayores que se encuentran en plena lucha por objetivos subjetivos. No crean, para el común de los mortales es de una tremenda objetividad decir que no tienen objetivos. Que se han dejado todos por el camino. Algunos pocos, entre los que se encuentra nuestro técnico, opinan con el entendimiento lleno de subjetividad que todavía hay objetivos, aunque sean birmanos. Que todo esto no es más que un trance para afianzar la gestión del cambio que toda sociedad anónima o sociedad apropiada indebidamente debe afrontar. Que lo importante es buscar sensaciones que refuercen a la psique para generar respuestas de carácter positivo. Entonces nos miramos unos a otros y ponemos la misma cara de poker que utilizamos cuando un consultor repeinado y con la raya del pantalón planchada según el meridiano de Greenwich nos dice que no hacemos bien nuestro trabajo porque lo pone el powerpoint. Y que todo lo que dice el powerpoint es sagrado. Y que para eso ellos son expertos en adquisiciones, fusiones y aligeramiento de cargas. Y nosotros les intentamos excusar pensando que lo que les pasa es que sufren traumas de infancia, de ese tiempo en que un padre con gafas ahumadas les obligaba a ver La Clave los viernes por la noche, mientras la mayoría veíamos a la Bombi y a Bigote Arrocet en el Un, dos, tres. Pero siguen hablando de procesos de aclimatación de gestión de la demanda. Aunque la mayoría pensemos que es palabrería. Aunque canse. Aunque engañe. Aunque tape miserias. Aunque eche barriga.
Muchos vemos los partidos pensando en tiempos pasados. Mirando sin mirar, con nostalgia de regates vistos y de juego al primer toque. De un equipo dominador. De jugadores internacionales. De volver en el vagón atestado del metro achuchados pero contentos. No como ahora que ni fu ni fa. Y el equipo también tiene nostalgia, aunque sea de tiempos no demasiado lejanos. De los tiempos en los que se partía. De los tiempos en que cada llegada del contrario era una moneda al aire. De los tiempos en que cinco atacan y cinco defienden. Y lo vuelve a hacer a ratos. Y en esos ratos por lo menos carga el partido de emociones. Y también echa de menos la sangría y la vive en partidos como ayer por la banda izquierda de nuestra defensa. Aunque hay cositas que de vez en cuando encienden algo las ilusiones: la buena pinta de Koke y su intención de asociarse y tocar rápido; la solidez de Domínguez; la garra de Ujfalusi; la pelea del Kun aún cuando no juega un partido con las dosis de genialidad acostumbradas.
Pero esas ilusiones mueren un poco por ejemplo cuando ves que en el equipo contrario hay un jugador que no es una maravilla pero que ha elegido jugar en el rival en vez de en nuestro equipo. En que tal vez nuestro director deportivo se muestra absentista a la hora de convencer a jugadores que no habitan en zonas tropicales. En que los fichajes muchas veces no se logran porque tienen el mismo problema que las piscinas comunitarias: las filtraciones. Y luego miras al palco y mueren del todo. Y miras alrededor y ves que tus iguales prefieren tomarla con un jugador antes que con los verdaderos culpables. Y tienes ganas de que vuelvan aquellos domingos. Los de los caracoles en Cascorro y las bravas con jarra de sangría en la Latina. Los del paseo hacia el estadio bajando por Pontones. Para volver contentos. Con nuestro antiguo novio. Ése que derrochaba coraje y corazón.

miércoles, 23 de febrero de 2011

De vaquillas y burras varias

O sexta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura popular, Noche de clásicos, La verdad está ahí fueran y Se prohibe fumar

Don Rufino miraba atentamente al tratante de ganado. No le gustaba un pelo que no se hubiera quitado las gafas de sol. Prefería mirar a los ojos a quiénes hacían negocios con él, era una costumbre. Igual que esa otra de pagar siempre al contado: “Mi dinero tiene que escuchar los tratos que cierro” decía él cuando sacaba la pinza que sujetaba el fajo de billetes. Con su fiel Serapio a su lado y con el forastero enfrente, daban cuenta de unos botellines con pausa, alargando el momento. Pasados los primeros instantes de tanteo tocando lugares comunes, se aprestaron a entrar en harina:
– Don Rufino, si de verdad quiere dar un impulso a las fiestas del pueblo para potenciar el turismo, no le queda más remedio que echar toda la carne en el asador en el encierro. ¿Y cómo se hace eso? Con los ejemplares que aquí le traigo. Reses bravas que han paseado sus triunfos por toda la geografía patria. ¿Han oído ustedes hablar de Ratón, el famoso toro asesino? Una ursulina al lado de mi cuadra. Los vendo o cedo con opción a compra con certificado de que no hay encierro en el que no garanticen una cornada, varios varetazos y revolcones a tutiplén. Vamos, que me los quitan de las manos, aunque esté feo que yo lo diga –dijo el vendedor moviendo mucho las manos, como las mueven todos los vendedores de género sospechoso–. Miren, miren, aquí les traigo las fotos para dar fe de que lo mío no es palabrería vacía, vacua e inane.
– Un poco raquíticos, ¿no? –dijo el alcalde con desconfianza.
– Hombre Don Rufino, con el límite presupuestario que me han dado de antemano, uno no puede hacer milagros. Si me dicen ustedes que están dispuestos a un desembolso digamos, superior, les puedo traer las reses que vendo en plazas de primera. Para que ustedes lo sepan, he vendido toros y alguna vaca brava en Madrid, Sevilla y hasta Londres –presumió mostrando ufano una sonrisa con varios dientes de oro.
– ¿Londres? –preguntó sorprendido el guardia civil.
– Sí señores, Londres, como se lo cuento. Había un mayoral de mi cuadra allí al que le vendí varios toros. Con decirles que el mayoral ha venido a ejercer su oficio a Madrid y me ha vuelto a pedir el mismo toro. Ricardo se llama. El toro, no el mayoral. De hecho, tengo más reses allí colocadas incluso una herrada con el siete que levanta la patita varias veces cuando va a hacer un requiebro. Da gusto verla oigan, parece un caballo andaluz. Todo esto a otros precios, claro.
– ¿Y que entren en nuestro presupuesto no tiene?
– Ahora que lo pienso podría tener algo para ustedes. Pero esto que les digo debe quedar entre nosotros. Es el modelo más económico, pero un modelo de éxito, no crean. Lo llevo haciendo varios años con un conocido mío, productor de cine él, para la feria de su pueblo. Ustedes lo que quieren es atraer gente, ¿no? –dijo sonriendo con malicia–, pues es cuestión de venderlo de otra manera. Primero que paguen y luego se les suelta lo que sea, aunque sea una vaquilla sarnosa. Lo único que hay que decir es que viene de lejos (normalmente de encierros que nadie haya tenido la oportunidad de ver) y ya está, asunto solucionado.

– ¿Pero la vaquilla embestirá aunque sea barata? –pregunto Serapio con inocencia.
– Tampoco les quiero mentir, casi ninguna embiste. A ese precio ya se sabe. Pero son todo ventajas. Al tratarse de reses de bajo coste está casi todo subvencionado. Les digo más, no son pocas las veces en las que hemos acordado pagar mil duros por una vaca y declarar que ha costado cuatro mil, que uno es muy sensible a las necesidades de sus clientes. Ya les digo, a este amigo productor esa fórmula le encanta, valga de muestra  que le acabo de vender otra cabeza de profético nombre en el mercado de reses de invierno.
– ¿Y qué tal ha salido? –inquirió Don Rufino.
– De momento la tienen en chiqueros, no ha participado casi en encierros. Pero lo que importa no es eso, lo que importa es callar a los mozos con alguna novedad, embista o no. Como se lo cuento, y no crean que es la primera vez que lo hacemos, ¡ca! Lo hicimos con varias vaquillas: Cleberia, Manicha, Costiña, etc…Para que vean ustedes la de veces que se puede hacer sin que pase nada. Además les doy facilidades de pago, me dan un pagaré aquí, una carta de intenciones allá y el ganado es suyo. Y si luego vienen mal dadas y entran ustedes en quiebra, me las llevo a otra parte y sanseacabó.
– Mire Don Jorge, me va a usted a perdonar pero esto a mi me suena a cuento. Le diría que a cuento chino, pero creo que es un cuento portugués. Porque permítame que dude eso de que usted es de Badajoz, un extremeño nunca nos propondría este apaño –intervino el alcalde.
– ¡Me ofende ushted Don Rufino! Poner en duda mi origen, habrashe vishto. ¡Como que me llamo Jorge Mendesh que no me habían tratado nunca ashí! –dijo iniciando bruscamente el primer movimiento de una despedida a la francesa sin preocuparse como hasta ese momento en disfrazar su acento del Alentejo.
– ¿Quiere que vaya a por él y le aplique dos hostias, Don Rufino? –preguntó Serapio emocionado ante la posibilidad de acción.
– Déjale Serapio, éste no vuelve más por aquí. Además, tiene pinta el gachó de codearse con seres superiores y apropiadores indebidos, que no se diga que en Fuenteturbia tratamos a palos a estos rajamantas, aunque lo merezcan ¡Pues no que me proponía engañar a mi gente! ¡Por ahí no paso, por ahí no!
– Por eso sale usted siempre reelegido Don Rufino –admitió con cariño Serapio–. Porque hace lo que cualquier buen alcalde (y quién dice alcalde, dice dirigente, presidente, consejero de SAD, etc…) haría. No tratar de vender burras o en su defecto vaquillas a los suyos.

domingo, 20 de febrero de 2011

El viajante

A pesar de los años que llevaba devorando kilómetros, Ismael no se había acabado de acostumbrar a conducir en noches como esa. Noches en las que las nubes deciden darse un garbeo a ras de suelo, noches en las que el coche a medida que avanza, las rompe llevándose jirones prendidos en los espejos retrovisores. Por lo menos, en cinco minutos empezaría el partido del Atleti. Eso le permitiría sobrellevar mejor las dos horas largas que todavía le quedaban hasta su destino, aunque asumía que la única emisora en la que lo daban se cogiera con demasiada estática, tal vez por la humedad y por la altura de los eucaliptos que bordeaban el camino impidiendo el paso de cualquier onda.

Pensaba Ismael en lo importante del partido de hoy, en lo que el equipo se jugaba, en que si se hubiera celebrado en el Calderón estaría calándose hasta los huesos en el mismo asiento que ocupaba desde hace treinta años, justo dónde la grada lateral se convierte en fondo norte. De repente, frenó con firmeza al ver a una chica que hacía autostop. Por muy extraño que le resultara que anduviera sola por esos parajes en una noche así, paró como le gustaría que hiciera cualquiera que viera a su hija si ésta se encontrara en apuros.
– ¡Vaya nochecita! ¿Cómo se te ocurre salir con este tiempo? –intentó dar conversación mientras se fijaba en lo demacrada que estaba la muchacha, cuya cara le era muy familiar–. ¿No eres de mucho hablar? ¡Ay, los jóvenes, siempre con vuestras cosas! –apostilló quitando hierro a que no le contestara, pensando en la de veces que había intentando él que su Isma le hablara cuando llegaba de madrugada con casi peor cara que su callada pasajera.
– ¿Pero hoy juega el Atleti? –susurró entre dientes la chica–. Hace una eternidad que no escucho un partido.
–Pues has tenido suerte, más atlético que yo no vas a encontrar a nadie y acaba de empezar el partido –dijo entusiasmado Ismael, contento de haber encontrado a una igual.
Pasaron los kilómetros y a medida que se sucedía cada oportunidad del equipo, cada parada de De Gea, cada genialidad del Kun, la chica mostraba mejor color de cara. Comentaron el gran partido de Koke, que ayer se postuló como titular indiscutible hasta el final de temporada, la voluntad de Reyes aún cuando las cosas no le acababan de salir del todo, la seguridad que daba jugar con el mejor defensa de la plantilla, Domínguez, de titular, la poca gasolina que admite el depósito de Tiago, las intermitencias más o menos sospechosas de Forlán, las opiniones encontradas que las actuaciones de Raúl García provocan en cada partido. También hablaron sobre lo bien que empezó el partido, ésta vez sin pájaras. Sobre cómo luego se igualó y cómo en uno de los momentos dónde se peor se estaba pasando, con una melé en nuestro área pequeña de esas que suelen acabar con gol en contra, apareció el mejor jugador del partido para darnos tres puntos que saben a tranquilidad, que invitan a mirar hacia arriba. Se abrazaron con el gol, sufrieron con la presión final del Zaragoza, dieron gracias al larguero en dos ocasiones, maldijeron incluso lo barato que sale pegar patadas a Agüero, tal vez porque no hay periódicos que alcen la voz para decir cuánto se le da. Se mordieron las uñas, apretaron los puños y finalmente, terminaron con una sonrisa, como todos los colchoneros.
Tan enfrascados iban reviviendo la victoria, que, ya a punto de llegar a su destino, Ismael tomó a más velocidad de la debida una curva muy cerrada. Por un instante pareció que le sería imposible hacerse con el control del coche tras derrapar pero, como por arte de magia, el coche que se dirigía derecho hacía el tronco de un árbol volvió a la carretera. Todavía con el susto en el cuerpo Ismael se giró para dirigirse a la muchacha y se percató de que ésta ya no estaba. Paró en el arcén preocupado y buscó durante diez minutos para ver si había salido despedida por la brusquedad de la maniobra, pero nada, ni rastro de ella. Retomó su marcha azorado, todavía temblando por lo ocurrido cuando empezó a ver a lo lejos las primeras luces del pueblo. Decidió no contar a nadie lo sucedido, sólo faltaba que no pudiera cerrar el negocio porque le tomaran por loco o por algo peor.
–Buenas noches –dijo dirigiéndose al dueño del único bar del pueblo con el que había quedado por teléfono antes de salir–. Soy Ismael, el viajante de fosfatos  ¿Usted es Don Casto?
–El mismo, Don Ismael, le estábamos esperando. Nos pareció extraño que prefiriera usted viajar por la noche, porque ya sabe lo que dicen de la carretera que nos une con la civilización.
–Pues me debe disculpar usted, pero no tengo ni idea –contestó con curiosidad nuestro protagonista.
–Es por una leyenda, por un accidente que hubo hace ya muchos años. Muchos dicen que una chica se aparece en la carretera cerca de la curva dónde se mató, pero eso son tonterías de pueblos, a gente como usted le parecerán cosas de paletos supersticiosos.
–No lo crea, Don Casto, no lo crea –afirmó Ismael mientras reflexionaba sobre que hay sentimientos que duran eternamente y caía en dónde había visto la cara de la chica, en la curva, sí, pero en esa curva del Calderón que transforma la grada lateral en grada de fondo norte. De eso hacía casi treinta años.