lunes, 26 de agosto de 2013

De horarios razonables y superioridades insultantes

Inauguraba el Atleti la liga en casa y lo hacía a un horario razonable e incluso adecuado. Jugaba el Atleti a la hora de la merienda y, por ello, tuvimos la fiesta en paz. Sin reproches, sin trasnoches, pudiendo volver a casa justo para cenar como Dios manda, un bolecito de gazpacho y unas tapas de lacón a la plancha con pimentón picante en lo alto. Pudiendo volver del fútbol y aprovechar lo que queda de noche para estudiar esa asignatura que espera en septiembre, esa que lleva enquistada desde antes de la gloriosa venida del Cholo a nuestras vidas y banquillos. Pudiendo volver para acostar a los niños y darles un beso en la frente. Jugaba el Atleti a las siete y el clima se mostró benévolo regalando al aficionado con una brisita que paliara el calor que llevamos sufriendo todo el verano. Jugaba el Atleti y hasta los aficionados del tendido del sol del Calderón agradecieron la hora pese a tener que ponerse unas gafas de sol con una superficie parecida a las que llevaba Pepe Gáfez. Jugaba el Atleti y la hora invitaba a tomarse un algo a la salida del partido sin el riesgo de que a uno le llamen golfo o desahogado. Jugaba el Atleti y la afición se pudo marchar a casa en metro a esas horas en las que no hay que estar llevándose la mano al trasero para palpar la cartera dos o tres veces entre estación y estación. Jugaba el Atleti y el Calderón estaba guapo y contento, y los que estaban dentro, más.

Dispuso El Cholo dos cambios de inicio con respecto a los partidos jugados hasta ahora: Tiago por Mario Suárez y Raúl García por Koke. De ambas sustituciones se desconfiaba de antemano y ambos nos demostraron con el paso de los minutos que no era para tanto, que mejor esperar a tener la herida para ponerse la tirita. En contraposición, no dispuso Simeone cambios en su vestuario, de nuevo de negro riguroso, lo que fue interpretado por algunos como un terno muy acorde al estado de ánimo que presenta el entrenador por lo que pueda pasar de aquí a que se cierre el mercado de fichajes, nada bueno. Saltaron los equipos al césped y, como se suele hacer al inicio de los partidos una vez se tiene claro quiénes salen en tu equipo, la afición se puso a estudiar por encima qué armas presentaba el rival para afrontar la contienda. Reparó el aficionado colchonero con alegría en que Saúl era titular de nuevo, lo que le servirá para crecer aunque sea en posiciones un poco más retrasadas de las que a él le gustan. El respetable también se fijó en que salía de inicio Alberto Perea, jugador que se convirtió en sensación de una pretemporada de cuyo nombre no queremos acordarnos y que ha quedado como jugador de relleno con flequillo rebelde y en que el Rayo tiene un delantero que se llama Larrivei, pero ni es rubio, ni de Boston, ni mete triples.

Casi no tuvo la afición tiempo de fijarse más en el Rayo porque el Atleti salió arrollador y el rival se difuminó como un azucarillo. Presionaban los nuestros encarnizadamente con las líneas juntas y bien arriba y Diego Costa, ese delantero con el que las madres de los centrales amenazan a sus hijos cuando éstos no se comen el puré de verduras, percutía y desarbolaba el endeble entramado defensivo vallecano. Asfixiaba el Atleti al rival y se sucedieron los goles de manera natural: el primero de Raúl García a balón parado, el segundo de Diego Costa tras pase de la muerte de Arda y el tercero de Arda tras tumbar al portero con un regate de esos con el trasero que solo él sabe hacer. Llevaba el partido apenas media hora y Paco Jémez hubiera tirado la toalla si eso ni supusiera un peligro en forma de roto a la altura del sobaco de la integridad de su ajustadísima camisa. El Rayo, convertido en chispita por el hambre de los nuestros pedía con ansia la hora pese a quedar sesenta minutos por delante.



Comenzó la segunda parte de la misma manera: superioridad insultante, hombres contra alevines, un peso pesado de la presión y el compromiso contra un delgaducho peso pluma con cama reservada en la enfermería. Pudo Arda redondear su gran partido con un gol más cuando la afición todavía se sentaba tras visitar los baños y los puestos de bocadillos a precio de oro, pero prefirió hacerlo poniendo un centro medido para que Tiago hiciera el cuarto completando así un partido brillante en el robo y el achuche del lusitano, normalmente indolente en semejantes aspectos de juego. Hubo tiempo aún para un quinto, de Raúl García otra vez y llegando, que es lo suyo y si no hubo más fue porque Dios o El Cholo, de los que se sospecha sean una única persona, no quisieron. Faltó si acaso un gol de Villa, pelín ansioso toda la tarde por no poder sumarse a la fiesta goleadora, pero participativo e involucrado a más no poder y el árbitro decretó un final que pudiera haberse producido un poco antes del descanso, miren ustedes por donde.


Abandonó la afición el recinto satisfecha. Contenta a rabiar por lo que había visto y por llegar a su barrio a tiempo de pedir una jarra de cerveza con limón en ese sitio en el que ponen de aperitivo aceitunas aliñadas traídas de Cordoba. Iba la gente camino del coche, del metro o de adonde narices fueran y apretaba el paso más de lo habitual, sin duda contagiados por este Atleti que no descansa, que avasalla desde lo físico, desde una exuberancia de forma que le otorga una superioridad inusual para estas fechas. Hubo incluso algunos seguidores que comenzaron a trotar camino de la estación de Pirámides y era el trote tan continuado que se convirtió en galope veloz azuzado por la adrenalina que Simeone ha insuflado en nuestras venas. Desgraciadamente, esa brisita aliada que ayudó a sobrellevar mejor la tarde impidió homologar varias mejores marcas de la temporada que algunos aficionados consiguieron en los doscientos metros lisos, lo que tal y como está el atletismo español se comprende. Corría el aficionado en pos de llegar a sus dominios y, mientras tanto, se imaginaba al equipo corriendo tras el final de otro partido, más concretamente se lo imaginaba dando una vuelta de honor el miércoles que viene. Paseando una Supercopa.

jueves, 22 de agosto de 2013

Las finales por fascículos

Jugaba el Atleti otra final y nos obligó a trasnochar de nuevo. Jugaba una final y uno no dejaba de preguntarse por el motivo de que estas finales se tengan que jugar a doble partido, la razón de entregar por fascículos títulos que pudieran dirimirse de una sentada. Uno no encuentra más respuesta a este dislate que la de que en el guión de este tipo de choques no se quiere dejar lugar a la sorpresa ni a los invitados inesperados, como el Atleti. Estas finales están diseñadas y concienzudamente preparadas para que las jueguen dos equipos y ninguno otro más. Así, se inicia la temporada de la manera que consideran ortodoxa gerifaltes federativos y periodistas de rodillera desgastada: con un par de partidos de los que enfrentan a los únicos contendientes que a su juicio interesan. Esos que, si por los que reparten y organizan estas cosas fuera, deberían dirimir los títulos en juego en un playoff a 37 partidos del siglo mientras los demás miran sin protestar por la migaja que se les otorga. Por eso nos regocija colarnos por méritos propios en la fiesta preparada para otros, esa fiesta que ayer noche vivió su primer episodio.

Salió el Atleti al campo con la alineación que en breve todos los niños se sabrán de carrerilla y salió el rival con camiseta de polo cítrico de dos sabores dejando en el banquillo a Marimar y a su peinado de gallina matada a escobazos. Salieron los entrenadores y de nuevo Simeone apostó por el negro riguroso mientras Martino apostaba por unos tonos que merecerían la creación de una plataforma de damnificados por la Semana Fantástica de El Corte Inglés. Salieron los dos contendientes junto al equipo arbitral y el besamanos se convirtió en una explosión de cariños sin tapujos: de casi todos sus antiguos compañeros a Villa, de Koke a sus nuevos compañeros de internacionalidad y hasta de Undiano Mallenco a Busquets, con quien estuvo detallista y atento toda la noche.

Sacó el rival de centro y el Atleti se puso a esperar. No un esperar amilanado sino un esperar activo. Consciente. Agazapado. Amenazador. Se disponían los de rojo y blanco en tres líneas prietas, con la principal variante de que Diego Costa cerraba la banda derecha, y lo hacían con la presión y la solidaridad como principales aliadas. Apretaban los nuestros no dejando jugar al contrario, llevándose cada balón dividido y salían a la contra con muy mala idea, sin duda poniendo en práctica las teorías aplicadas de Don Luis Aragonés en su cátedra de la facultad de Ciencias del Contraataque. Fruto de una de esas contras académicas, llegó el gol tras triangulación brillante entre un Koke proverbial, un Arda más entonado y un Villa que culminó la jugada rematando no se sabe muy bien si con el empeine o con la sed de revancha tras sus años de exilio pegado a la cal o a los asientos de los banquillos.



No cambió el guión tras el gol. Un rival que amasaba y cansaba al balón de tanto moverse sin sentido aparente y un Atleti enfervorecido. Heroico en la presión y en el sacrificio y más que aseado cuando el balón le pertenecía. De igual manera comenzó la segunda parte: achuchaba generoso el Atleti y pretendía controlar al desatado rival el equipo de la segunda equipación refrescante con la inclusión de Chés Fábregas y de, por fin, Marimar o como pone en su camiseta, Marimar Jr.

Seguían los nuestros a lo suyo: a pegar y retroceder. A no bajar la guardia. A querer luchar en los terrenos que le convenían cuando el árbitro perdonó amorosamente una segunda amarilla a Busquets, ese especialista de cine atrapado en el cuerpo de un mediocentro, que hubiera decantado la batalla y roto el partido definitivamente. Justo entonces, un balón colgado que no se cerró bien posiblemente porque las piernas estaban en la reserva, fue cabeceado a la red por Marimar Jr., aspecto que hoy destacarán los diarios afines al régimen como una muestra de genialidad sin precedentes de ese jugador con pinta de cobrador de atracción de feria. Poco más brindó el partido hasta el pitido final. Algún arranque racial de los suplentes a los que Simeone dio paso y algo de no perdamos en poco tiempo lo que tanto ha costado conseguir.

Dejó el partido un sabor agridulce. Raro. Por un lado, queda la sensación de orgullo ante el responder del Atleti ante este tipo de partidos y su tendencia a mostrarse respondón con el poderoso utilizando sus propias armas. Queda también cierto regusto a oportunidad perdida, a cosecha injusta. A partido de nivel altísimo que el rival empata sin merecimiento. Dentro de una semana más. El segundo capítulo de esta final fasciculada que de manera incomprensible se nos ofrece por entregas. Al fin y al cabo una final y, cuando de finales se trata, no parece prudente para los rivales fiarse del Atleti. 

lunes, 19 de agosto de 2013

De ligas que empiezan, solvencias y fuegos artificiales

Empezó la liga y lo hizo casi sin que la afición estuviera preparada para ello. Empezó antes que nunca, antes de operaciones retornos, de vueltas al cole y mucho antes de que se vayan a tomar por donde amargan los pepinos las olas de calores saharianos. Empezó y lo hizo con horario de pregón en la plaza del pueblo, empezó pronto en la fecha y muy tarde en la hora, como si fuera una tanda de penaltis en una semifinal del trofeo Carranza. Empezó y varios tuvieron que elegir entre el fútbol a deshora o ir a ver los fuegos artificiales de fin de fiestas. Tú avísame cuando vaya a explotar la palmera y ya salgo yo del bar para decir ¡oooooooh!, que es lo que toca en semejantes circunstancias, dijeron algunos intentando justificar su ausencia en la explanada en la que todos los habitantes del pueblo, aborígenes y veraneantes putativos, se arriesgan a que el palo de un cohete les saque un ojo en honor a la Virgen de la Chancla Suelta.

Empezó y uno repara en que se ha atenuado notablemente ese hormigueo que hace unos años sentía en los mondongos cuando empezaba la competición doméstica, hecho que solo puede ser achacable a la igualdad que se espera de una competición en la que los dos primeros suelen sacar un mínimo de veinte puntos de ventaja al más brillante de sus adversarios. Empezó la Liga y uno no tenía ni puñetera idea de qué fichajes había hecho el conjunto rival, ni de qué equipo tipo se iban a encontrar los nuestros enfrente, aspecto éste que debe ser atribuido a la alergia urticante que le provoca a la mayoría de los mortales cualquier contacto con la información deportiva estival y más concretamente con la referida al mercado de fichajes, tema que merece un espacio de frecuencia semanal en el canal Sci-Fi o un monográfico en Cuarto Milenio. Empezó la Liga y ya desde muchos días antes de empezar y a pesar del espartano régimen de desinformación al que somete uno mismo para no oír tanto disparate, uno está hasta los mismísimos forros escrotales de reportajes sobre cómo se van a complementar Messi y su nuevo y estrafalario compañero, al que desde este blog se llamará Marimar a partir de este momento, o de qué día se aparecerá un jugador galés sobre el que servidor de ustedes escuchó un brillante elogio por parte de un filósofo de chiringuito con riñonera en la que, sin duda confuso por la emoción del advenimiento, el susodicho llamó al zagal “Bareh Gay”, cambiando de un plumazo las consonantes iniciales de su gracia y rodeándole de un halo que solo tienen los locales del madrileño barrio de Chueca.

Empezó la Liga y a una gran parte de los que siguen el fútbol de manera atenta no les constaba que empezaba. Empezó la Liga y muchos sentían algo de pereza por su comienzo. Todo esto que le cuento, la pereza, las pocas ganas y la poca preparación ante el choque inminente se disiparon en un segundo, justo lo que tardó el aficionado colchonero en ver salir por el túnel de vestuarios a once tipos vestidos de rojo y blanco, y con pantalón azul, claro…



Salió el Atleti al Sánchez Pizjuán vestido de manera ortodoxa, el Cholo de azabache y negro y el Mono Burgos con chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello pese a los rigores estivales hispalenses. Salió el Atleti con una alineación conocida, esperada. Dispuso Simeone a los mismos que se batieron no hace mucho en lides que serán recordadas con el solo cambio de Villa por Falcao, ese delantero centro con ambiciones de prejubilado que busca un retiro en la Costa Azul. Salió el Atleti y no costó reconocerlo, algo que no era norma en tantos años como proyectos disparatados se han sucedido. Salió el Atleti y parecía mayo siendo agosto. Salió sabiendo a qué atenerse y dejándonoslo claro a nosotros también. Defensa prieta, centro del campo obediente tácticamente y presión meritoria para las alturas a las que estamos. Salieron los nuestros y se vio bien en general a la defensa y a los mediocentros, se vio más Koke que Arda y mucho más Diego Costa que Villa.

Tras unos minutos de achuche local, se hizo el Atleti con el partido con más oficio que juego, recitando una lección sabida de tanto repasada. Se encomendaban los nuestros al derroche de Koke y Gabi y, sobre todo, a la movilidad de Diego Costa y ese desquiciamiento generalizado que provoca su presencia en jugadores y aficionados de equipos de paciencia escasa y poca cultura balompédica. Empezaban y acababan nuestros ataques en él, conocedor del ascenso en el escalafón que se ha ganado a pulso. Llegó su primer tanto tras varios avisos y algún que otro susto a la salida de un corner peinado por un Miranda que empieza el año con esa pátina de solvencia con la que terminó el curso pasado. Empató el Sevilla pronto y el Atleti no se descompuso pese a que los hispalenses quisieron encanallar el partido pero no demasiado, que no son estas fechas que inviten a embozarse en una capa y esperar en callejones oscuros y mal ventilados con la calor que cae.

Comenzó la segunda parte y el partido andaba perdido en naderías hasta que entró Óliver como primer cambio en lo que pudiera interpretarse como un ascenso también para él, pasando de recurso a solución, pasando de coleccionar de minutos a atesorarlos. Salió Óliver y empezó a mostrarse, a ofrecerse como hacen los que saben de qué va esto. Se hizo el Atleti con el balón de manera natural y con más intención y fue entonces cuando Koke vislumbró un hueco para lanzar un balón profundo y dañino a Diego, cuyo partido merecía más premio que solo un gol. Acompasó el de Lagarto su carrera a la del cuero para cruzar un balón que suponía victoria y refuerzo en lo que se hace. Quedaba tiempo todavía para que debutara Baptistao y para que el Cebolla desbordara y abusara de un individualismo que nos regaló un gol tardío, un gol de los que le gustan a él, siempre en constante idilio con los tercios últimos de los encuentros.


Empezó la Liga y volvimos a ver al Atleti solvente que el Cholismo nos regala. Empezó la Liga y, a pesar de las carencias que se antojan, especialmente en la zona ancha, sigue triunfando la idea por encima de condicionantes estéticos. Empezó la Liga y la pereza que daba la fecha y el horario se acabaron esfumando pese al trasnoche canicular. Empezó la Liga y mereció la pena perderse los fuegos artificiales para volver a este Atleti cumplidor que abrazamos pese a ese vicio con forma de poca brillantez en ciertos momentos. Empezó la Liga y los nuestros siguen siendo fiables, pese a horarios, rivales, ausencias y vacíos. Empezó la Liga y continuamos agarrados con fe a lo que dictan un señor que ayer vestía de azabache y negro y a otro que llevaba la chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello a pesar de los rigores veraniegos…