lunes, 25 de abril de 2011

Paradojas, días del niño y alguna que otra buena noticia


Los atléticos adelantaron el regreso de unas vacaciones pasadas por agua para volver al lugar común, al de siempre. A ese del que no se quieren mover para ir a otros estadios, aunque les vendan que serán de cinco estrellas. Mire, no lo necesitamos, los bares de los aledaños ya están suficientemente provistos de cinco estrellas, y de San Miguel, y de Estrella de Galicia, que para muchos es la mejor.
Acudieron con algo de antelación llevando a la niña y al niño de la mano. Los pequeños marchaban ilusionados, pero sus progenitores no demasiado. Pensaban en la paradoja del día. Día del niño, sí. Pero organizado por aquellos que no parece que vayan a dejar un Atleti reconocible para ellos, para los innumerables niños que sueñan en rojo y blanco. Los niños no son tontos, quizá algo malcriados y tal vez cabroncetes, pero tontos no, y notaban algo raro en sus padres. Les agarraban la mano con tensión. Y no porque no les gustara éste tipo de eventos, no, que muy acostumbrados están, que para eso renovaron el carnet de Parques Reunidos y hasta se conocen los nombres de pila de varios de los pingüinos de Faunia. Estaban fastidiados porque no les acababa de convencer eso de participar en celebraciones auspiciadas por los del palco. Porque creen que amar estos colores es algo más que inflar tres o cuatro castillos de plástico y pagar horas extras a un mapache de peluche acogido a reducción de jornada de cuarenta y cinco minutos. Aún así, intentaron que no se notara, dejaron a sus retoños en brazos de algún voluntario de sonrisa aliñada con corrector dental y se pusieron a un lado mirándolos disfrutar con expresión bobalicona. Ya habría tiempo de explicarles lo que pasa porque ellos son el futuro de esto y no las alianzas estratégicas con otras sociedades de países emergentes. Más adelante les contarían por qué últimamente la bufanda con los colores de siempre disfruta de una excedencia en el armario y qué representan los colores verde y oro. Ya habrá tiempo para que los niños conozcan el significado de palabras como apropiación, indebida, cooperador, comisiones. Pero no ahora. A costa de la ilusión de ellos, no. Como mucho les intentarán explicar qué es una paradoja, aún a sabiendas de que se pudieran convertir en unos niños redichos, usuarios de palabras altisonantes como lo debió ser en su infancia nuestro actual entrenador.
Rendía visita al Calderón el Levante, equipo entrenado por un colchonero declarado que nos puso la cara roja en el encuentro de la primera vuelta. Equipo admirable por la temporada que está haciendo. Equipo que intenta jugar al fútbol con lo que tiene, aspecto éste que no es baladí en estos tiempos en los que se celebra abiertamente el paso atrás que acaba de dar el fútbol español. Así son las cosas amigos, después de celebrar éxitos mundiales y europeos con un estilo reconocible y vistoso, ahora lo que pita es maltratar y despreciar el balón y los trofeos, sacando pecho por ello. Serán los signos de estos tiempos llenos de paradojas en los que no queda claro si te vas a jubilar a los 110 o si debes ir en autovía a 67 por hora. Será también que las copas deben estar aseguradas, aunque sea a terceros, que nunca se sabe cuando puedes tener un golpe con un autobús.
Presentaba muchas bajas nuestro equipo, por sanción, por lesión o tal vez por exceso de torrijas. Nueva oportunidad para amarrar la clasificación europea, a la competición pobre, a la que los equipos como el nuestro acceden por la gatera de la no consecución de objetivos. Salió el Atleti raro, como tantas otras veces en las que no sabemos si el equipo tiene sueño o le están saliendo los dientes. Algo inapetente y menos dado al aprendizaje alrededor del balón por la falta de Tiago. Entonces llegó un señor gol de Elías, ese niño del que se duda tal vez injustamente por haber llegado de la mano de quien vino. Entonces empezó la cosa a ir mejor, sobre todo por el crecimiento de Mario Suárez. Mario no ha parado de crecer desde que ha pasado de la guardería del banquillo al parvulario titular. Quizás nosotros no nos demos cuenta del todo, por eso de que le vemos todos los días, pero si ponemos su fútbol en la pared dónde le medimos constatamos que sí, que ha crecido mucho en los últimos tiempos y que cada partido que pasa supera con creces la raya anteriormente marcada con lápiz. Aunque a veces haga alguna chiquillada como cometer un penalty por arriesgar demasiado. Aunque el penalti solo fuera una consecuencia lógica de la enésima desconexión de los nuestros, siempre dado a dar un paso atrás cuando el marcador se pone a favor.
Empezó la segunda parte y daban ganas de poner la mano en la frente al equipo. Pues calentura no tiene, decían algunos. Será un virus, algo que explica lo inexplicable en estas cuestiones, decían otros muy serios. Lo que era seguro era que el equipo no quería comerse ni el puré ni el yogur, y miraba con ojos de que el puré se lo iba a comer nuestra señora tía, la del pueblo, esa que cuando ve al sobrino ametralla sus mofletes con besos de repetición. Y ahí surgió el niño prodigio, el genio precoz: Agüero. Al Kun no se le debe nunca perder de vista, lo mismo te abre el cajón de las medicinas y se toma dos ibuprofenos, que mete un gol tras varios rebotes. A partir de ahí, partido plácido. Goleada no del todo merecida. Alguna que otra buena noticia: Filipe ya come sólido por su banda, las primeras palabras de un Juanfran hiperactivo y ansioso, un Diego Costa que ya casi lee de corrido, un Raúl García cumplidor, la vuelta de Domínguez, el debut de un nuevo retoño, Noguera. Y la grada, feliz. Acordándose del entrenador para bien y del palco para mal. Contenta a pesar de que a veces castigaría al equipo sin postre, pero es lo que tienen estos rojiblancos que son la niña de nuestros ojos, hacen una gracia y les perdonamos casi todo ¡Qué paradojas!
Metidos ya en el atasco tras el partido, los niños miraban por las ventanillas la marea de colchoneros que se dispersaban hacia sus casas. La niña, siempre tan observadora, se dirigió a su madre:
– Mamá, ¿cuánta gente es del Atleti?
– Mucha, cariño, mucha
– Por eso lleváis las bufandas de ese color, ¿no? Para que el Atleti vuelva a ser grande.
Sí hija, sí, y volverá a serlo –dijo la madre mirándola por el retrovisor con orgullo y sonriendo a su marido.
Y es que los niños no son tontos, quizá algo malcriados y tal vez cabroncetes, pero tontos no.

lunes, 18 de abril de 2011

Conocimiento del medio

Permítanme hoy dirigirme a los Agónicos más jóvenes. Autorícenme ustedes a relatarles cómo eran las cosas hace un tiempo. Cómo se estudiaba antes, cuando lo hacíamos los que ahora sólo reflejamos crecimiento capilar en zonas muy localizadas como las orejas, la espalda o las fosas nasales.
Han de saber ustedes que cuando el que suscribe estudiaba, íbamos al colegio cargados con todo tipo de libros a la espalda sin que ni un miserable osteópata pusiera el grito en el cielo preocupado por nuestra salud lumbar. Tirando de libros voluminosos que no cambiaban cada año, a los que cada septiembre se les cambiaba la camisa del forro para simular lozanía pero que habían sido dejados en herencia tras haber pasado por tres primos, dos hermanos e incluso el vecino del cuarto izquierda. Libros ajados, con heridas de guerra en forma de dibujos de autoría anónima. Libros con alguna que otra hoja ilegible. Libros en los que al entrar en la página dedicada a los diagramas de Venn, podías encontrarte con el nombre de tu hermana al lado del de un tal Edu sólo separados por un corazón atravesado por una flecha seguramente perdida del libro de historia, lanzada por algún aborigen en el capítulo del descubrimiento de América. Esos hallazgos te alegraban el día, te servían para meterte en el cuarto de tu hermana sin permiso y plantear los términos de un chantaje en toda regla esgrimiendo el libro como prueba. Ella se reía de ti, te revolvía el pelo (entonces presente con rebeldía y profusión) y te decía que eso era de hace mucho, que hacía un par de años que Edu había marchado a hacer la mili de voluntario a Ceuta.
Reparen ustedes en que, las heridas infringidas a los libros podían tener como causante cualquiera de los habitantes de un estuche en el que moraban rotuladores Carioca, pinturas Alpino y bolis bic cristal, los que escribían normal. ¿Se acuerdan de los estuches? ¿Se acuerdan también de esos niños tan finos (como el bic naranja) que en vez de estuche decían plumier pronunciando con la boca afrancesada, imitando los morros de Victoria Vera? Seguro que sí, que se acuerdan de esa rivalidad entre los que apostábamos por los Carioca y los que optaban por los rotuladores Pelikan, menos sucios ellos. Seguro que se acuerdan de esos estuches de segunda generación que venían equipados de serie con artículos indispensables como la lupa y el transportador de ángulos ¿Cuántas veces han transportado un ángulo en sus vidas? Apuesto a que, como mucho, habrán transportado en parihuelas a algún conocido suyo de humor agudo, a una prima muy recta o a un compañero algo obtuso tras esguince, borrachera o la confluencia de ambos sucesos.
También deberían conocer que, amén de las de toda la vida como las Matemáticas y la Lengua, existían dos asignaturas llamadas Naturaleza y Sociedad. En ellas, aprendíamos cosas tan interesantísimas como qué son los nemátodos, cuáles son los afluentes del Guadiana por la derecha, por qué existen rocas basálticas o la diferencia entre una Castilla nueva y otra vieja, por ponerles varios ejemplos. Tengan presente además, que rizando el rizo de los planes de estudio siniestros, había años en los que las teníamos unidas en una sola materia que atendía al original nombre consensuado de Naturaleza y Sociedad. En años así, el cacao estaba servido. Llegabas a junio sin tener del todo claro si Colón era bivalvo o si en León, provincia y región a la vez, existían zonas calizas cerca de algún afluente del Duero, fuera por la derecha o por la izquierda, aspecto relevante si tenemos en cuenta que los afluentes no son como los extremos, tan obstinados en jugar a orilla cambiada. ¡Qué cosas! Ahora no existen estos problemas. Ahora los tiernos púberes estudian en pizarras electrónicas y pasean sus mochilas con ruedas por los vericuetos de la ESO. Ahora la Naturaleza de antes se llama Conocimiento del medio.

Quique ha llevado todo el año la asignatura con alfileres, la de conocimiento del medio quiero decir. Hasta hace poco el medio en el Atleti era un erial sobre el que pasaban los balones a varios metros sobre el suelo impulsados por De Gea o los centrales con destino a la cabeza de Reyes o a unos delanteros que lo perseguían con desigual ahínco. Últimamente, al pasar lista te das cuenta de que el medio se ha convertido en algo más, un lugar por el que pasa el balón con gusto por la mejora que ha experimentado el trato hacia él. Un lugar donde el balón se encuentra casi como en casa, se pone cómodo, se afloja la corbata e incluso se bebería el caldo de la lata de berberechos sorbiendo un poco. Por fin, exclamamos algunos. No era tan difícil, ¿no? Subraye usted la lección con un tercer centrocampista de toque y la cosa irá mejor, oiga. Y si además tienes la suerte de encontrarte con un pupilo de notable alto como Koke, mejor. También nos gusta que haya un nueve de los de toda la vida. Una referencia. Uno de esos como Altobelli o Vandenbergh (salvando las distancias) a los que veíamos jugar de espaldas mientras hacíamos los deberes. Un nueve que volvió a ser titular en el pueblo de Estopa ante la ausencia de Forlán, aquejado de inflamación en el periostio, lesión que nos suena rara, psicosomática tal vez.
Salió el Atleti y se encontró con un defensa que le sopló la respuesta a la primera pregunta del examen. Gol de Koke, el mejor del partido a pesar de jugar solo 40 minutos. Pudo el equipo sacar más de los primeros compases, pero éste Atleti está acostumbrado a conformarse con el cinco pelado. No busca notas más brillantes. A base de empuje el equipo de casa empató y nos fuimos a la caseta con la misma sensación que tenías al hacer un examen de matemáticas en el que no te había dado tiempo a hacer la prueba del cociente, puede que sí o puede que no. Continuó el control en la segunda parte recuperando la ventaja empatada en otro ejercicio sencillo para alguien tan listo como Agüero y, de nuevo, la falta de ambición, el no bordar las respuestas cuando se podría haber hecho. Total, un suficiente alto, casi un bien. Dejando aromas de lo que pudo haber sido y no fue, dejando para el examen global de junio la clasificación para la Europa League. Olvidando la bici prometida como recompensa por el notable de la clasificación de Champions. Dejando de lado los progresa adecuadamente y los necesita mejorar, porque sí, parece que en las últimas jornadas el equipo progresa, pero parece tarde. Éste equipo vuelve a intentar sacar el curso como en pasados años, estudiando el último día.
¿Qué hubiera pasado si se da antes con la tecla? ¿Había plantilla para sacar más nota? ¿Qué calificación le ponemos al señor Sánchez? Podemos en definitiva, preguntar por qué jugadores que ahora se destapan como válidos (Mario, Koke, Diego Costa) no han asistido a clase lo que debieran durante el curso. No hablemos ya de los dos niños revoltosos que se sientan en la última fila casi tapados por los abrigos del perchero. Ésos dos, Fran y Álvaro, acumulan faltas de asistencia sin justificar. Podemos también pedirle cuentas por no tomar la lección al equipo en muchos partidos y por experimentar con alineaciones raras, surgidas del laboratorio de química entre reacciones de hidruros y sulfatos.
Podemos concluir diciendo que Flores es un alumno rezagado, que intenta recuperar la asignatura tras varios reveses, pero lo que no podemos reprocharle es que sea un alumno díscolo. Él se limita a observar callado con su uniforme heredado algo justo de talla y sólo abre la boca para hablar de sensaciones o para soltar un circunloquio incomprensible, lo que no es desdeñable en estos tiempos en los que el más zángano de la clase se permite el lujo de hablar de la Abeja Maya o el alumno maleducado con facilidad para los idiomas, no para de justificar su mediocridad en base a supuestas manías de los profesores (siempre dejándole con un jugador menos).
¡Qué poco conocimiento! (...del medio, por supuesto)

jueves, 14 de abril de 2011

Señales del futuro

¿Se acuerdan ustedes de la conversación que vivimos en la pasada entrada de la Agonía? Sí, sí esa en la que nuestro entrenador le comunicaba al presidente que tanto está haciendo para entrar en la oscura historia atlética su intención de no continuar la próxima temporada. Pues si no la han leído, hagan ustedes scroll al final de la página y se ponen al día, oigan. Que porque uno se rezague en clase no podemos los demás estar esperando. En fin, continúo tras este apasionado arrebato de profesor de filosofía de colegio concertado. Pues bien, tras un arduo trabajo de investigación, me propongo arrojar luz sobre los hechos que desencadenaron esa decisión, una decisión que nos condena en un futuro cercano a no ver tantos suéteres ajustados ni a experimentar tan variada pléyade de sensaciones.
Quique se adentró en el oscuro pasillo que le había indicado el sirviente. El ambiente estaba cargado, flotaba un olor a cocimientos, a brebaje preparado a fuego lento en una marmita en la que nunca meterías el dedo para comprobar el punto de sal. ¡Vaya idea la suya! Pero es que no estaba seguro del todo. ¿Y si se equivocaba marchándose? ¿Y si su sitio estaba en el Atleti? Desde luego, una parte de la afición le demostraba su cariño casi diariamente. Tal vez como daño colateral ante protestas de más enjundia, pero cariño al fin y al cabo. Necesitaba una ayuda y, justo cuando más vueltas le estaba dando a la cabeza, se encontró con el anuncio en el periódico: “Manoletta: Videncia zíngara. Sanación, males de ojo, adivinación y otros trabajos más o menos ocultos. Seriedad y discreción. Descuento a grupos y a desempleados”. Decidió llamar ante la confianza que le dio ese factor común que ambos tenían por su condición de descendientes de romanís, por la sangre nómada que corría por sus venas. Todavía con aprensión empujó la puerta entornada y vio a Manoletta sentada delante de una mesa camilla sobre la que reposaba una bola de cristal esmerilado.

– Pase, pase –invitó la bruja con exagerados ademanes de los brazos, lo que provocó una sinfonía de sonidos de pulseras entrechocándose–. Usted me dirá. No…deje, no diga nada. Usted viene porque se encuentra ante una encrucijada. No sabe si sí, si no o si todo lo contrario. Viene a que los astros le den una respuesta.
– Pues sí –dijo nuestro entrenador abrumado por el talento esotérico que se estaba vertiendo a arrobas en la pequeña estancia–. Vengo a realizar una consulta de tipo laboral. No sé si seguir en mi actual trabajo.
– Lo he notado en cuanto le he visto entrar. A usted no le mueve el vil metal. A usted le mueven otras cosas. Los pequeños placeres, el contacto humano, las experiencias, las…–se paró dando un excesivo dramatismo a la pausa y entornando los ojos para simular agudeza–…sensaciones.
– ¡Eso, eso! –apuntó Sánchez Flores entusiasmado y un poco atraído por el extraño acento de la adivina –. Yo soy de esos.
Déjenme parar un momento para recuperar el resuello y ponerles en antecedentes sobre Manoletta. Manoletta se llamaba Manuela Pérez, era natural de un pueblo de la provincia de Ávila y se le manifestaron los poderes esotéricos en el mismo instante en el que su jefe del supermercado le comunicó su despido procedente por haber distraído en casi igual proporción dinero de la caja y yogures del expositor de lácteos. Cabría mencionar como única experiencia relacionada con su actual profesión, una interinidad en el servicio de correos de su pueblo, periodo en el que pudo haber comenzado su afición por lo de echar cartas. Se inclinó por anunciarse como zíngara por su tez olivácea y por un pequeño defecto en el frenillo que le impedía pronunciar bien las consonantes palatales pero que, metida en el papel de eslava, le daría un toque sofisticado. Una vez decidida su vocación ocultista y antes incluso de darse de alta como autónoma, recibió la llamada de un personaje misterioso. Un personaje que se encargó de todo lo necesario para montar el gabinete astrológico en dos días, que le avisó sobre la visita de Quique y sobre lo que tenía que decirle.
– Deme su mano. Voy a intentar vislumbrar qué le depara el futuro, señor Flores –dijo poniendo los ojos en blanco al instante–. Veo…veo, veo un futuro plagado de éxitos, veo grandes fichajes que van a venir a ponerse a sus órdenes. Veo rubias que salen del equipo. Veo cracks que permanecen. Veo porteros que no se van a Manchester. Veo una plantilla plagada de internacionales. Le veo a usted dando conferencias en las más prestigiosas universidades. Le veo convertido en una referencia en lo que a sensaciones se refiere. Veo un futuro de jerseys algo más holgados que los actuales. Veo Champions, veo Liga, veo Copa.
– Oiga, ¿y ve algo sobre Domínguez y Mérida?
– Les veo renovados y convertidos en referencia del equipo.
– ¿Renovados? Mire de nuevo, oiga, que eso no puede ser posible –dijo amohinado el técnico.
– Pues mire, yo humildemente, les veo renovados y bañados en éxito. Les veo incluso vistiendo la roja. No le digo más.
– ¿Seguro? ¿No se van?
– Hombre, la videncia no es como las matemáticas. Aquí tres y cuatro no siempre son seis –dijo Manoletta con la deformación profesional que le había costado el puesto como cajera de supermercado.
– Pues nada, ya me voy. Me ha ayudado usted mucho. Le dejo el dinero en la puerta. Gracias y encantado –dijo el sobrino de la Faraona con una leve reverencia.
Manoletta quedó sola en la habitación, invadida por ese vacío que deja contactar con el más allá aunque sea de mentira. También quedó preocupada. No le quedaba del todo claro si había cumplido con el trabajo asignado. No sabía a ciencia cierta si el misterioso personaje le pagaría lo que prometió. Lo vio en uno de sus trances. Una bisabuela suya por parte de madre se lo anunció: “Ten cuidado Manuela…Miguel Ángel es mal pagador”. ¿Y si al final de todo tenía poderes de verdad?