jueves, 14 de enero de 2016

Las pérdidas olvidadas

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160113/Deportes/3666/Oblak-portero-Atletico-de-Madrid-Courtois-Moya-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Existen pérdidas de las que creemos que nunca vamos a recuperarnos, aunque todos sepamos que eso es falso. Al ser humano le encanta rebozarse con la desdicha del momento. Pensar que nada será igual; gimotear desconsoladamente por lo que no volverá; recordar un pasado grabado en el recuerdo con una paleta de colores mucho más vivos que los que tuvo en la realidad. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen algunos entre achaques y nostalgias mientras la vida les contradice a cada minuto con un nuevo amor, un viaje a un sitio por descubrir o un portero esloveno de sobriedad proverbial.

Fueron muchos los que lloraron como irreparable la pérdida de Courtois. El agujero que el belga dejó se antojaba casi imposible de rellenar a pesar de que la suya fuera la crónica de una salida anunciada. Daba un poco igual que Tibu, para los amigos, que éramos todos, nunca llegara a ser nuestro realmente. Cada verano se marchaba para luego volver con la misma sonrisa bonachona puesta. Le perdíamos solo por lo que duraba un paréntesis estival y sus regresos acabaron por convertirse en una rutina irreal destinada a ser vivida eternamente. De repente, a la vuelta de unas vacaciones ya no volvió. No retornó, además, para ponerse a las órdenes de la madrastra de Setúbal, lo que dejó una mayor sensación de desolación bajo los palos del Calderón. Fue entonces cuando la pérdida, fea y descarnada, se nos metió a todos dentro dejando un paraje yermo de esperanza, una apocalíptica visión de un futuro de cantadas y salidas a por uvas en balones colgados al área.  

La gran mayoría de nosotros no había oído hablar de Oblak cuando ya estaba a punto de aterrizar en Madrid. "Viene del Benfica". "Ha destacado en la liga portuguesa". "Es muy joven". "Se trata del desembolso más importante por un portero en la historia patria". Los titulares se llenaban de lugares comunes que invitaban a la desconfianza. Olía a negociete. A Pizzi, a Elías, a Dani o a Rubén Micael. Jugadores que vivían sin vivir en sí, y a veces incluso más lejos y de alquiler. El cierre de los flecos de la operación obligó a que se incorporara a los entrenamientos un poco más tarde. Apenas unos días, los suficientes para que Moyá, recién llegado a la causa también, le comiera la tostada y dejara enamorados – ¿cómo no enamorarse de Moyá en cualquiera de los sentidos?– a cuerpo técnico y gran parte de la afición. La primera vez que vimos al esloveno en serio fue en Atenas. El choque y su actuación nos dejaron fríos, helados incluso. Un balón resbaladizo que encontró un hueco improbable bajo la axila nos volvió a hacer sentir la pérdida. Tocarla de nuevo. Abrumarnos por su enormidad. La alargadísima sombra de Courtois volvía a crecer exponencialmente.



El siguiente capítulo de la historia se escribe en el partido de vuelta de una eliminatoria de octavos de final de Champions. Moyá, titular no solo en liga sino también en Europa desde lo de Atenas, se rompe. Hasta la fecha, las dudas sobre las actuaciones del balear, que las ha habido, no han sido suficientes para apartarlo de la titularidad. Sale Oblak al campo tras calentar frugalmente su corpachón de boxeador y la afición le abraza. Olvida en ese mismo instante la pérdida que recorría la grada libremente. El estadio alienta al esloveno sin reservas e incluso improvisa sobre la marcha un cántico en su honor con toques de rumba que haría temblar a cualquier arreglista musical. Jan responde durante el partido y, sobre todo, en la tanda de penaltis que cambiará su vida.

Desde entonces, los partidos se han llenado de exquisita colocación y de grandes paradas. No hay resquicio para que ninguna duda se cuele en la confianza que el aficionado rojiblanco tiene en su portero. Aupado en una defensa numantina, Oblak se ha convertido en el último y más fiable guardián del muro. Ya no hay balones por alto que provoquen tembleques. No existe ninguna falta cercana al área ante la que mostrar nerviosismo. El esloveno combina reflejos felinos con una sensación de aplastante seguridad cada vez que el balón osa rondar sus dominios. Los mano a mano con delanteros rivales han pasado a convertirse en sus días en la oficina. No cambia el rictus tras desbaratar cualquier acercamiento enemigo y hasta parece que su pelo, que se antojaba en retirada, ha renacido. Nada hay que temer en los próximos años –salvo tejemaneje de los del palco, siempre tan proclives a ventas a traición apoyadas en el interesado mantra de jugadores que juegan donde quieren–, hay portero para más de una década.

No somos capaces de precisar cuándo nos dimos cuenta de que habíamos olvidado a Courtois en el buen sentido. Siempre estará en nuestros corazones y le desearemos lo mejor allá donde esté, pero ya no volveremos a sentir esa pérdida enorme y negra que su marcha nos dejó. Han pasado los días, los meses y los partidos del Atleti y ya casi nadie añora tiempos pasados en la portería. La seguridad de Oblak ha impregnado nuestras vidas y nuestros recuerdos. La sensación de pérdida se ha evaporado totalmente. Uno cree que empezó a difuminarse aquella noche de Champions en la que la grada adoptó al esloveno sin papeleos. La pérdida quedó olvidada definitivamente en el punto de penalti más cercano a una de las dos porterías del Calderón. 

jueves, 7 de enero de 2016

Galgos o podencos

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160106/Deportes/3608/Atletico-de-Madrid-candidato-Liga-mercado-de-invierno-falta-de-gol-Real-Madrid-Bar%C3%A7a-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Sentados en sus irreales poltronas, los conejos no tienen tiempo ni ánimo siquiera para discutir si el Atleti es un galgo o un podenco. Andan muy atareados retozando en sus propias miserias –no conocen otras, todo sea dicho–. No contribuyen tampoco a poner nombre a la amenaza la cohorte de corifeos acostumbrados, siempre dispuestos a ordeñar hasta el esperpento la ubre seca de lo que ellos llaman información. Mientras tanto, la polvareda se ha acercado tan peligrosamente como hace un par de años, cuando se pudo de moda aquella canción del “ya caerán”. No cayó entonces y pinta tiene de que va a ser que no ahora tampoco. No se trata solamente de un deseo ni de un sobrevenido poder adivinatorio que se me haya revelado entre turrones. Se trata de un ejercicio de observación y análisis pausado que paso a argumentar en el siguiente párrafo, que éste anda ya muy lleno.  

Mirando la clasificación uno repara en dos cosas. La primera es que ésta no va a ser una liga de record de puntos salvo segunda vuelta para el recuerdo de alguno de los aspirantes. En este escenario de mayor igualdad, en el que robar al descuido puntos a los grandes ha dejado de ser una utopía, mayores son las posibilidades del equipo de Simeone. Mucho más complicado sería para los rojiblancos aguantar el envite en una competición como aquellas programadas para dirimirse a doble partido en los clásicos, dada la imposibilidad de arañar resultado alguno por parte de los otros dieciocho equipos, chuchos sin raza todos, cuando los conejos asoman por los calendarios. La segunda es que el Atleti está en lo más alto, partido menos, partido más, se sobreentiende, a pesar de los pesares.

Los pesares se llaman falta endémica de gol y, puestos a afinar mucho, ciertas fases de los partidos sazonadas con un juego que podríamos calificar de anodino. Aduce el Cholo –palabra de Dios– que la falta de gol en sí no es tan preocupante cuando se crean ocasiones. Estando de acuerdo en el diagnóstico, uno cree entrever nostalgia en la mirada del técnico. Nostalgia de aquel Falcao, ahogado ahora nadando entre billetes, que tornaba en redes cualquier balón que tocara. Nostalgia de ese Diego Costa indómito que perforaba porterías potencia pura mediante, aunque fuera trastabillado tras chocar con tres adversarios que yacían caídos a su estela. Nostalgia incluso, quién lo iba a decir, por aquel Mandzukic aguerrido y tosco, adalid del simplismo aplicado al hecho diferencial del goleador. Justo esta temporada, cuando más delanteros se arremolinan alrededor de Simeone en cada entrenamiento, cuando mayor es el abanico de posibilidades, van los goleadores y se ponen a fumar, lo mismo que la abuela.

El gol en el Atleti desde mediados de la pasada campaña tiene acento francés. Solo Griezmann ha respondido a las expectativas numéricas y solo ello hace que se le perdonen esos episodios de ausencia durante los partidos que harían las delicias de cualquier neurólogo balompédico. Seguidamente las miradas se dirigen a los dos delanteros más puros que hay en la plantilla: Jackson y Torres. La prevista batalla por la titularidad entre ellos se ha tornado en un duelo de diversas ansiedades que debieran ser ponderadas de manera diferente. El colombiano anda a la búsqueda de su sitio, tanto en el campo como de cara al gol, pero su cruzada deja en ocasiones tufo a indolencia. Fernando, mientras tanto, pelea y lucha, se embolica por el camino y trasiega peleado con un gol redondo. Nunca fue el de Fuenlabrada un delantero de cifras, pese a poder presumir de ellas, y ahora no debería centrarse en las matemáticas. El uno por el otro dejan la casa del delantero centro por barrer y eso ha hecho que el técnico haya probado con resultado desigual con Vietto haciendo de nueve impostado en varios encuentros. Ni a esa llamada acudieron los goles. Completan el bodegón Correa, Carrasco y los centrocampistas que quieran sumarse a la fiesta goleadora sabiendo que toda ayuda es buena aunque la responsabilidad de marcar no recaiga en sus hombros. La cifra goleadora se antoja algo enclenque, cierto, pero suficiente si se apoya en la proverbial capacidad defensiva, joya de la corona marca de la casa admirada allende los mares.



Puestos a señalar como pesar al juego desplegado por nuestro equipo, permítanme antes declararme en rebeldía de nuevo ante cualquier debate centrado en lo puramente estético que se pueda echar uno a la cara. El problema de juego, si es que lo hubiera, nace de una puntual falta de verticalidad o de episodios de desconexión con la delantera –otra vez el gol, traidoramente esquivo–, nunca de militar en posiciones alejadas del preciosismo tiquitaquero –los dioses nos libren de semejante lacra–. Si de pulcritud en las maneras para con el balón hablamos, es menester acordarse de Tiago. La sombra de la ausencia del portugués es alargada. Su falta ha retrasado a Gabi, cumplidor en el posicionamiento y en la brega, deficitario en la salida del cuero. Tampoco Saúl ha acabado de convencer a la hora de suplir al luso: más desorden táctico y pérdidas comprometedoras han alejado al canterano del círculo central, tal vez para definitivamente quedar unido al puesto de interior. Además, Koke, dueño y señor de la patente del último pase en los últimos tiempos, se ve obligado a un mayor despliegue físico que acusa en fase de ataque y a Óliver parece deprimirle la cercanía de la cal de la banda y estar pendiente de cerrar el carril que le toca. No todo son noticias regulares. El vacío de Tiago ha rescatado a Thomas de lo más profundo de un banquillo con perspectivas de cesión. El ghanés ha estallado en el medio campo y en nuestros corazones como una bomba de hidrógeno. Su despliegue físico, su fe y su llegada al gol nos han enamorado como a adolescentes y hemos vuelto a creer en cosas en las que se deja de creer cuando uno firma una hipoteca. Aun así, hablamos de otro interior, no –todavía– de un cinco de los de toda la vida.

El mercado de invierno, otrora zoco persa del que salíamos escaldados baratija tras baratija, nos trae como añadido dos apuestas casi seguras. Kranevitter, el cinco más cinco que Argentina ha fabricado en varios años y Augusto Fernández, otro todocampista metido a mediocentro, también de la patria del tango pero con nombre y planta de cantante de rancheras. La suma de ambos junto con la maduración y asentamiento de los mimbres que ya hay en la plantilla, debería ser suficiente para suplir, que nunca olvidar, al añorado Tiago. La competencia y la presencia de tantas alternativas juegan a nuestro favor, solamente el tiempo necesario para ensamblar las flamantes piezas y asumir los nuevos roles de cada uno pesan en nuestra contra. La polvareda ya está cerca y los conejos siguen discutiendo de sus cosas.

Sin querer parecer demasiado optimista, lo lógico es que todo vaya a mejor. Delanteros que encuentren la confianza perdida con goles, aunque sean con la espinilla y en semifallo, aunque haya dudas de si hay que atribuírselos a ellos porque antes rebotaron en el trasero de un central lleno de tatuajes y flequillo a lo Brian Ferry. Un centro del campo cómodo tanto en la brega como en el manejo del tiralíneas que sirva, además, de coartada firme desde la que despejar cualquier sospecha de cansancio por la carga de partidos. Una defensa y un portero que se ciñan al guion que llevan bordando desde el inicio del rodaje. Llega el momento de utilizar el tan cacareado fondo de armario y llega con el equipo en una posición envidiable, impensable hace tan solo un lustro.


Los conejos y sus rapsodas oficiales, incapaces de ver lo que se les viene encima, debatirán hasta el mismo momento de recibir la primera dentellada si este Atleti es una amenaza. Si los pesares a solventar por los de rojo y blanco son suficiente motivo para seguir adorando tranquilamente su propio ombligo ¿Son galgos o son podencos? Tal vez, ni cuando ya sea demasiado tarde repararan los roedores en lo que se les viene encima. Ojalá.  

martes, 5 de enero de 2016

Las navidades ya no son lo que eran

Las navidades ya no son lo que eran. No solo baso mi afirmación en la extinción total de especies como la cesta que empresas, proveedores y demás deudos regalaban a cualquiera que pasara cerca cuando la economía transitaba por la etapa del estirón. No crean que me apena el desplome de la venta de panderetas ni las leyendas que aseguran haber avistado años atrás en sus mesas a unos seres mitológicos llamados percebes. Lo que me falta de las navidades, lo que realmente echo de menos es la abulia futbolística, la falta de ansiedad balompédica.

Anteayer, como quien dice, llegábamos a estas fechas con el Atleti hecho unos zorros. Zarandeado por cualquier Albacete en Copa; borrado del mapa europeo, si es que lo había, por algún rival de nombre lo suficientemente exótico para ser funestamente recordado para los restos; sobrellevando la liga desastradamente, con la camisa por fuera del pantalón y las gafas torcidas y remendadas con esparadrapo. Soñando, ilusamente, con que te quedara para septiembre la final de la Intertoto. Trofeos Spiderman al margen, claro está.

Muchos nos sumergíamos en las fiestas con afán de olvidar, de mitigar el dolor que en nuestras carnes laceraba el esperpento recurrente. Levantaba la voz el cuñado cuando hablaba de hazañas y aspiraciones intactas de otros y nosotros guardábamos un silencio con aroma a rendición. Si acaso le echábamos la culpa a un empedrado que a veces tenía nombre de linier. Miraba uno el calendario de lejos, no fuera a parecer más cercano el momento de retomar las competiciones y volver a la montaña rusa de fraudes semanales. Las navidades eran una tregua. Cena en familia, Raphael y olvidarse del fútbol unos días. Hubiera o no percebes, que no los había, todo sea dicho.



Hoy en día disfrutamos menos de las navidades, ausencia de cestas aparte, porque su paréntesis nos aleja de este Atleti nuestro del que somos adictos. No hay polvorón ni cochinillo que nos haga quitar la vista del calendario. Pasamos las horas echando cuentas, imaginando cruces, pariendo alineaciones preñadas de todocampistas que ejercen de volantes y debatimos sobre cuál es el nueve que pondríamos de aquí a final de temporada. Atrás quedaron los años en los que los Reyes nos dejaban el carbón de alguna baratija que remendara el siete acostumbrado. Se sienta uno a la mesa y come sin masticar, como los pavos, en un vano intento de que el reloj marque las horas con más premura, de forma contraria al bolero. Se dice que desde un tiempo a esta parte, es sencillo detectar al aficionado rojiblanco por signos externos como el de acabarse las doce uvas cuando no han terminado de sonar los cuartos. Los especialistas denominan a este cuadro sintomático síndrome reactivo-colchonero a lo de Marisa Naranjo. Un dislate, vamos.  

Pasarán estos días con exasperante lentitud. Notaremos que el cuñado esta vez anda más callado que de costumbre y, si habla, lo hará bajito, con voz de acomodador de cine. Si acaso le echará la culpa a algún equipo de segunda B de sus desdichas, al Cádiz mismo, pongamos por caso. Nosotros seguiremos a lo nuestro, a contar los días que falten para volver a abrazar nuestra pasión. Abriremos los regalos con las ilusiones a raya, imperturbables ante todo lo que no sea una cita en la primavera de Milán. Antes de que nos demos cuenta, volveremos a sumergirnos en la segunda parte de esta apasionante temporada. Soñaremos más fuerte en el año que comenzará. Lo haremos partido a partido y nadie se acordará de los percebes.