domingo, 8 de mayo de 2011

¡Que viene el jeque!


El empleado encargado de protocolos, fastos y convites pasó al despacho del presidente tras una espera algo larga en la antesala.

– Don Enrique, ya tenemos casi todo preparado para la comida de directivas. Hemos quitado del menú el salmorejo porque quedaría soso sin los taquitos de jamón. Además nada de ibéricos ni de canapés de sobrasada. Tampoco se servirá alcohol, ni antes ni durante la comida, y mire que me duele porque hemos recibido un gran reserva de esos que hacen revivir a un muerto. Pero nada, también retirado esta semana.

– Hombre Olmedilla, tampoco hay que ser tan escrupuloso. Haremos una cosa, me esconde usted una petaquita debajo de la silla y me voy sirviendo a demanda cuando el señor jeque no mire, ¿de acuerdo? –ordenó preocupado el mandatario–. Así que dice usted que la sobrasada proviene del cerdo, pues primera noticia Olmedilla, cada día aprendemos algo en la gerencia.

– Se hace lo que se puede Don Enrique.

– Haga, haga, ultime usted todo. El señor jeque y su séquito llegarán a las dos más o menos. Obvio decirle que con una propina de las que dejan éstos con un café le compramos nosotros a Mendes un mediapunta con llegada. Tienen el crudo por castigo, o sea que como no causemos buena impresión lo llevaremos crudo y valga la…, la…, la como se llame que para conocer palabros ya tenemos a Quique.

Olmedilla trajinó, industrió y ultimó todo lo ultimable. Desenrolló las alfombras rojas, quitó las telarañas de la caja fuerte y cerró con llave la amplia estancia de las facturas impagadas. A eso de las dos menos diez se incorporó a la fila habilitada para el besamanos que encabezaba su jefe, cuando apareció el ujier acompañando a un individuo atezado, de bigote poblado y mirada que guardaba sabiduría de antiguas civilizaciones.

– Señor Olmedilla, aquí el señor Ahmed que dice que…–anunció el ujier rascándose la oreja.

– Déjelo en nuestras manos, le estábamos esperando –se adelantó interrumpiendo el responsable de festejos visiblemente nervioso.

– ¿Será éste no? Viene solo ¿Y no tendría que llevar chilaba? –murmuró el cooperador por lo bajinis.

– Seguro que es él, Don Enrique, no se fíe de las apariencias, que esta gente anda muy globalizada. ¡Si estos han estudiado casi todos en “Cambris”! –aclaró alardeando de viajado el adlátere organizador.

– Bienvenido Don Jeque, pase, pase, cuánto gusto tenerle por aquí ­–saludó el mandamás (o menos, como ya ustedes saben) haciendo una reverencia que sirvió de detonante para el inicio de un baile perpetrado por un grupo folclórico andalusí, en muestra de buena voluntad y de hermanamiento de culturas.

– Es que yo…–intentó meter baza el invitado.

– Calle, no se esfuerce. Aunque el idioma sea un problema, la gente como usted y como yo nos entendemos sin palabras –dijo el presidente guiñando un ojo.

– Pero…

– Insisto Don Jeque, pasemos a mis aposentos. Como verá han sido ambientados como una haima en honor a su presencia. Sentémonos que debo hablarle de un negocio redondo ¡Coja un dátil si se le antoja, hombre, no sea tímido! –ofreció con excesivos ademanes–. Le cuento, tenemos un director deportivo y algún que otro jugador a los que tenemos que dar salida, y creo que a usted le interesarían para su equipo. Nosotros somos flexibles en el cobro, aunque sea en camellos.

– Mire déjelo, ya no puedo perder más el tiempo. Les agradezco sus atenciones pero se me va a escapar el autobús de la excursión. Yo solo me había perdido buscando el servicio –cortó la negociación el supuesto jeque perdiendo así gran parte de su encanto califal.

– Pero, ¿no es usted el señor Ahmed? –preguntó Olmedilla horrorizado.

– Sí, señores. Miembro fundador de la peña colchonera de Melilla. Es que hemos venido un grupo a hacer la visita guiada del estadio pero se me ha hecho tardísimo ¡Hala, hasta más ver!

– ¡Oiga, no se vaya! Que no le hemos hablado de las alianzas estratégicas…–intentaron frenarle sin éxito– ¡Don Jeque vuelva! –dijo el presidente con desesperación–. Nada que se va el jeque, aunque…, ahora que no nos oye nadie, no me negará usted, Olmedilla, que éste jeque tenía bastante pinta de moro.



Llegaba el Málaga al Calderón con el pecho henchido por los últimos resultados. También llegaba nuestro equipo de la misma manera, muy derecho y estirado tras la racha disfrutada. No les voy a volver a aburrir con eso de que ya es tarde y que esta buena postura corporal no soluciona el encorvamiento que hemos llevado toda la temporada. Parece que el doctor Flores, traumatólogo de prestigio discutible más dado a captar sensaciones que a interpretar radiografías de juego, ha tardado más tiempo del necesario en recetar el collarín corrector. Parece también que no tendría demasiadas razones para sacar pecho, pero lo saca. Lo saca él y lo sacan sus superiores, esos que deberían ir cargados de hombros por todo el daño que infringen a las cervicales de los atléticos, por obligarnos a forzar el cuello para mirar desde abajo a las zonas altas de la clasificación, a las zonas a las que, por historia, pertenecemos. Pues se ha quedado buena tarde, dijeron los aficionados al sentarse en su sitio echando de menos las botas de agua al ver que el suelo bajo sus asientos parecía un arrozal asolado por las mañaneras lluvias cuasi monzónicas.

Para la ocasión, nuestro técnico volvió a apostar por un equipo de músculo, de pecho inflado. Craso error, amigos, ayer no era un partido para el músculo trabajado, porque los de la Costa del Sol tienen más. Tienen, por ejemplo, un nueve grande, de esos que se atragantan a nuestra defensa, como pasó con Osvaldo, como pasó con Caicedo, como pasa con tantos otros. Nuestra defensa se encuentra más cómoda negociando con delanteros ratoneros y mediapuntas abrochaditos. Oiga, ¿y qué pasó en la Europa League con Javito?, seguro que preguntará alguno. Miren, lo de Javito se lo preguntan al que no se cambia de jersey, yo tampoco me lo explico.

Y es que hay días en que se tiene que hacer algo diferente, días en los que los mejores no andan inspirados del todo. En esas ocasiones, uno espera que los secundarios tomen el testigo. Allí donde no llega el jeque, debería estar su séquito. Pero de la misma forma que en nuestra historia de hoy, el séquito no se presentó. Ni un ayudante de cámara, ni algún secretario eficiente que te lleve las carpetas. Los más descreídos se plantean si los que rodean a nuestras estrellas son tan solventes como nos los quieren pintar ¿Cuántos de ellos serían titulares en los equipos que tenemos por encima? Uno piensa que la gran diferencia con los equipos mejor clasificados está en esa clase media. En su capacidad para destacar con la guitarra cuando los cantaores andan medio afónicos. En soportar sobre sus hombros la acción de la película. Y dejan dudas. Muchas.

Cuando la afición duda se empieza a acordar de los huevos, como cuando les ponen un pincho de tortilla al que sobra patata. También se acuerdan de la madre de algún mediocentro navarro o del padre de algún delantero rubio, pero les traiciona la memoria a la hora de acordarse de los verdaderos responsables. No seré yo quién justifique bajos estados de forma que duran demasiado ni expectativas no satisfechas, no. Pero si hay algo que dura demasiado es éste periodo mediocre sin la exigencia debida. Un periodo que debería invitar a la reflexión. Pero una de las de verdad, no como las del primo de Lolita, que dice que no puede pedir más a éstos jugadores después de la racha que llevaban. ¡Vaya mensaje! No les exijo más a ustedes que en la séptima plaza se está muy calentito. Y ahí, justamente ahí, sí aparece el séquito. Pero el otro. El de los del palco. El que acompaña a la guitarra y al baile. Ése séquito palmero que introduce una semana el mensaje de que la Champions es posible para hinchar pechos crédulos. La siguiente, lanza que jugar la Europa League es mucho mejor, dónde va a parar. Más tarde, hablarán sobre éxitos futuros y fichajes de relumbrón. Y no hablarán más porque la temporada se acabará y porque ya no hay Intertoto, que si no…

Y mientras, nos damos cuenta de que todo vuelve a ser un espejismo. De que nos volveremos a quedar en el camino sin dar con el oasis prometido de juego, casi todos con el pecho hundido y los hombros encorvados. Maltratados por la sed de seriedad, de exigencia, de justicia. ¡Qué pena señores, tanto séquito en la moqueta y tan poco en el césped! 

miércoles, 4 de mayo de 2011

La vida es como una pescadilla (o crónica de un flechazo tecnopop-new wave)

La sesión de tarde estaba más animada que de costumbre. Daba gusto ver que cada vez más gente redescubría los ochenta y se acercaba a éste pequeño reducto donde se veneraba a Ultravox, a la ELO o a Roxy Music. Sarita volvió de la barra con las bebidas de todos y puso sobre la mesa los combinados imposibles de vivos colores con una flexión de rodillas que dejó en el ambiente un aroma a laca y a colonia afrutada. Cada uno cogió su vaso de tubo con movimientos calculados. Ellos, intentando mantener la simetría en la amplia americana de lino con las mangas subidas. Ellas, procurando que no se movieran las hombreras sujetas con velcro a la parte interior de las blusas con estampado de paramecios, amebas u otros seres monocelulares.
– ¡Uy Sarita! Ya está otra vez tu novio en la pista haciendo el baile del robot. Mejor no mires para no llevarte el disgusto –dijo Blanca, la mejor amiga de Sara con una expresión mezcla de incredulidad y de asco.
– ¡Vosotros y vuestras ideas integristas! Pues a mí me parece que tiene su gracia. Además está muy mono con los vaqueros rosas tan cortos y esos calcetines de rombos asomando –contestó Sarita comprensiva.
– Lo que tú digas. Mira que te lo avisamos, que ése era más del segundo lustro de los ochenta, pero tú, como si nada. Los ochenta fueron muy amplios Sarita y nosotros somos más de los principios ¿Acaso te imaginas a Brian Ferry con pantalones en tonos pastel? –pontificó Blanca con el asentimiento de varios de los presentes–. Hay cosas que es mejor no mezclar. De todas formas, como todo tiene solución menos una separación de The Human League, hoy te tengo una sorpresa. Te voy a presentar a un amigo de mi hermano. Es futbolista, pero es de los nuestros y tiene mucho tiempo libre porque no cuenta mucho en su equipo. No es un cuarentón nostálgico, es de los puros. Ama los ochenta a pesar de no haberlos vivido, con decirte que no tiene ni treinta años.
– Blanca, qué pesadita te pones. Me voy a bailar para no tener que escuchar más tonterías –cortó Sarita dirigiéndose hacia la pista presidida por una bola de espejos mientras sonaba esta desenfadada canción.
Sarita se dejó ir transportada por los acordes de los sintetizadores. Se imaginaba subida en una ola de movimientos casi espasmódicos, rodeada de cuerpos sin nombre con peinados imposibles y pantalones de talle subido. Sólo la irrupción de Blanca la sacó de su ensimismamiento. Iba acompañada de un joven de pelo rebelde plagado de mechas rubias y mirada reflexiva, mirada de ver los partidos desde el banquillo o desde la grada. Lo reconoció como uno de los suyos, sin duda. Éste se apoyó en una pared sin motivo aparente, aunque más tarde pudo explicar su extraño comportamiento en base a una manía suya, una deformación profesional que pretendía evitar que le cogieran la espalda. Sarita todavía recuerda las primeras palabras que cruzaron.
– Esta es Sarita, la chica de la que te hablé. Este es Juan –soltó Blanca quitándose de en medio acto seguido para no molestar.
– Encantada –casi balbució Sarita impresionada–. Así que tú eres Juan…¿Juan qué más?
– Juan Valera –dijo él–. Encantado de conocerte Sarita.

Y es que todo vuelve amigos. La vida es como una pescadilla (de enroscar no de pincho). Vuelven los ochenta, los setenta, luego volverán los noventa y más tarde los dosmiles o como se diga, que ya habrá tiempo para ponerles nombre. Muchos evitan dar al trapero la ropa pasada de moda y la guardan esperando su vuelta a la rabiosa actualidad. Ésos mismos intentan hallar una fórmula empírica que les aclare cuánto tiempo tiene que pasar para que ese jersey tan hortera pase a ser vintage ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Treinta? Los progenitores menos previsores recurren a las sales cuando ven llegar a sus hijos con una cazadora de cuero modelo Starsky y Hutch por la que han pagado 150 euros igualita a la que ellos tiraron por demodé hace tanto que ya casi no se acordaban. ¡Qué cosas!
No se crean ustedes que nuestro equipo se libra de estos ciclos, nada de eso. Cuando llegan estas fechas y hasta el inicio de la temporada siguiente, nuestros discutibles dirigentes y sus acólitos repiten un mantra vergonzante con sabor de crecimiento social, de opciones de compra y recompra o de jugadores interesantes a precios interesados. También se les llena la boca con proyectos de ciudades deportivas o con el inicio de unas obras que dejan las de El Escorial a la altura de una reformilla veraniega. Mientras tanto, el socio repite religiosamente el acto de pagar una anualidad que solo garantiza ilusiones más o menos hasta el mes de noviembre, salvo en contadas y celebradas ocasiones. Hace tiempo que el aficionado atlético entiende casi más de acciones apropiadas que de acciones del juego. De estrategias empresariales más que de jugadas de estrategia. Pero no queremos volver a arriesgarnos, no. Queremos mirar hacia delante libres, tranquilos al saber que no se repetirán los errores de pasados recientes y presentes continuos. Dejando atrás estos tiempos de gerencia hortera y pasada de moda. Como todo ciclo pasará y, entonces, podremos esperar expectantes la vuelta de aquellos tiempos. Los que algunos vivieron y a otros fueron contados. Cuando la ilusión duraba hasta el final de la primavera y nos pillaba con un pantalón vaquero cortado del que colgaban flecos. Cuando solo sabíamos de derroches de coraje y corazón, no de derroches en comisiones. Esos tiempos deben volver para quedarse. Y, con la ayuda de todos, volverán.
– ¿Y tú te comportas de manera ochentera también en el fútbol? –preguntó Sarita subyugada.
– Bueno, sí, lo intento…mi ideal de juego es la Bélgica de los primeros ochenta. Con ese Gerets gritando para que todos salieran sincronizados para dejar al contrario en fuera de juego. La verdad es que a veces lo he llevado a cabo pero como tengo poco ascendente, no me hace caso nadie y me vuelven a coger la espalda, así que ya no lo intento –reconoció apesadumbrado Juan ante la mirada rendida de Sarita.

domingo, 1 de mayo de 2011

Una de suspense

Tomó la salida de la autopista tras ver las luces que anunciaban el motel. Era lo más prudente tras tantas horas al volante con esa maldita lluvia. Había conducido mucho, demasiado. Tanto como cuando Reyes coge el balón en su campo y quiere llegar regateando a la portería contraria, sin mirar a Ujfalusi cuando le dobla, sin reparar en que casi siempre el checo podría doblar las camisetas, las medias, los calzoncillos y varias esquinas antes de recibir el cuero. Plazas libres. Ambiente familiar. Se aventuró en la desierta recepción y tocó el timbre de llamada varias veces. Mientras miraba un mapa de la zona se materializó a su lado un individuo delgado y de mirada inquietante.

– Buenas noches, ¿tiene habitaciones libres?

– Sí, el motel está vacío. Si quiere descansar, éste es el sitio ideal. Le voy a dar una habitación exterior, tiene unas magníficas vistas a la colina. De hecho, yo vivo con mi madre en el caserón que está en la cima de la loma. Por cierto, la habitación tiene bañera, aspecto éste importante para el devenir de la historia.

– Genial, señor…

– Bates, Norman Bates. Para servirle –se adelantó mostrando una sonrisa de las que ocultan otras intenciones, una sonrisa como de consejero delegado, para que me entiendan.

Le entregó una llave de esas de motel u hostal de categoría indefinida, de llavero pesado y aparatoso. Dejó la maleta de mano sobre la colcha ajada y empezó a desvestirse para darse una ducha, no sin antes constatar el tétrico aspecto del caserón. ¿Había visto una silueta en una de las ventanas? Le había dado mala espina, mala sensación que diría Quique. Decidió no pensar más y se encaminó al baño.

– ¡AHHHHHHHHHHHH! –sonó un grito desgarrador en la noche.

– ¿Qué coño pasa? –se oyó una voz en el baño.

– ¡Ay, calle! Se me ha pegado el trasero en la cortina de la ducha, cosa muy desagradable cuando uno se encuentra en pisos compartidos, alquilados o establecimientos hoteleros de dudosa reputación. Pero… ¿qué hace usted en el baño de mi habitación vestido de mujer? ¿Y, por qué lleva un cuchillo en la mano?

– Le venía a traer las toallas y las amenities…

– ¿Amenities? –interrumpió ella tapándose con la cortina rasgada.

– Los “champules”, vamos. Permítame explicarme, lo de travestirme es porque siempre pensé que la falda no debía ser patrimonio exclusivo del género femenino como bien promulgaron Miguel Bosé o John Galliano, pero no le voy a engañar –dijo en tono de confidencia–, yo siempre me he sentido una mujer encerrada en cuerpo de hombre. Lo del cuchillo es porque me ha pillado usted partiendo pan de torrijas, que las previsiones de ocupación para la semana santa eran muy altas y el mal tiempo nos ha dejado mucho excedente de materia prima.

– No me malinterprete, oiga. Que una es muy moderna y entiende…bueno yo no, pero…, ya sabe, entiende su condición. Además esa rebeca le realza a usted la tez y le va muy bien con la peluca. Se ve que es buena, la peluca digo.

– Mucho, compro las pelucas por internet. Son ediciones limitadas y exclusivas y están teniendo un éxito apreciable entre todo tipo de descuideros, ya sean sus objetivos furgones blindados o acciones de sociedades anónimas deportivas –explicó muy ufano mientras pasaba por delante de ellos un señor orondo y calvo que por lo visto tiene costumbre de aparecer siempre por sorpresa en este tipo de historias.

– Pues una torrija si me tomaba, ¿sabe? –dijo ella agarrándose de su brazo con alivio. Se había alarmado sin motivo. Nunca se sabía dónde podía uno encontrarse con un señor que decide dejar que su madre se amojame sentada en una mecedora en vez de darle sepultura. Pero este sitio, desde luego, hacía honor al eslogan. ¡Aquí te sentías en familia!



Debemos admitir con preocupación que vivimos tiempos de psicosis. Psicosis por no poder llegar a final de mes o porque hay gente algo teatrera. Psicosis porque no queda claro a qué se dedica Unicef, si a los niños o a manipular competiciones. Psicosis generalizada, por resumir. No crean ustedes que es la única patología que últimamente ha repuntado, no, también existe una preocupante obsesión compulsiva por coleccionar maleducados. Aparecen pacientes no diagnosticados de síndrome de Tourette, hablando de putos esto y de putos lo otro. Depresiones en técnicos que no dejan de llorar. Enfermedades hasta ahora silenciosas pero latentes, que se han hecho visibles en cuanto se ha dado el caldo de cultivo adecuado.

En nuestro Atleti, la cosa no ha tomado estos tintes pandémicos, pero no por ello estamos libres de desequilibrios. Por ejemplo, el de la ansiedad que se apodera cada verano de los empleados de la intendencia del vestuario al no saber como meter tantas taquillas, de tantos rumores de fichajes que hay. Fichajes rimbombantes, fichajes de baratillo, saldos, ventas de ocasión, jugadores de kilómetro cero. Créanse ustedes el diezmo del diezmo. Los que ya tenemos algunos años, sabemos de esto.

Jugaba nuestro equipo en La Coruña, con la sensación flotando en el ambiente de que el tiempo se escapa de las manos, de que quedan muy pocas jornadas. De que estamos con la muerte en los talones por no haber hecho los deberes antes. Es que ahora estamos muy bien, dicen algunos. Si esto llega a durar cinco jornadas más, llegamos a Champions sobrados, dicen otros con frenesí. Estamos instalados en dinámicas grupales positivas, dice nuestro técnico, ese hombre que sabía demasiado. Yo confieso que algunos nos miramos y nos dan ganas de pellizcarnos fuerte, retorciendo con saña ¿Es que acaso no sabíamos que son sólo 38 jornadas? ¿Es que nos sentimos cómodos mirando por la ventana indiscreta del sexto o séptimo puesto? ¿Estar más arriba nos da vértigo?

Pues resulta que hemos vuelto a ganar, ya tenemos otra semana con olor a sueño de cuarto puesto.

– ¿Y el equipo ha jugado bien? –pregunta ese colchonero que hoy tenía la comunión de la Vane y no ha podido ver el partido.

– Hombre, bien, lo que se dice bien –contesta su vecino de escalera y de abono en el Calderón.

– Bueno, entonces, ¿es que ha jugado mal? –dice el padre de la homenajeada con cara de es que me he liado más de la cuenta.

– No, si mal tampoco ha jugado –responde el vecino que sí ha visto el pre, el post y el partido en sí, extrañado porque la comunión empezaba a las 11 de la mañana.

– ¿Ha estado equilibrado? ¿Ha sido un partido de poder a poder? –inquiere algo cansado, porque cuando viene la familia de Toledo siempre se lía la cosa.

– Yo diría que ha sido un partido…que ha acabado. Pero, sí, ha acabado bien. Es que teniendo a Agüero todo es más fácil –resume en solo una frase el vecino la idiosincrasia de muchos partidos.

Seguiremos con el suspense metido en el cuerpo al menos hasta la semana que viene. Para finalizar, permítanme felicitar a la Vane aunque sea con retraso. También a todas las madres, incluidas las que se amojaman en mecedoras. No me quiero olvidar tampoco de… ¡Uy! ¿Qué ha sido ese ruido? Oigan, les dejo que acaban de chocarse un estornino y una paloma en la cristalera del salón. Andan los pájaros medio revueltos, no sé, no sé.