– Ya, ya… –dijo él sin apartar la mirada de la pantalla. Sin escuchar, como tantas veces hacía.
– ¡Escúchame por una vez! Esto es serio –dijo agarrando el mando y apagando la televisión.
– A ver… ¿Qué pasa ahora? ¿Me he vuelto a dejar la tapa del wáter levantada? –preguntó él incorporándose un poco y cambiando el mondadientes de lado de la boca con salero.
– No, no te voy a hablar sobre asuntos como tu tendencia a dejar bolas de pelo mayores que muchos mamíferos en el desagüe de la bañera. Es otra cosa. Es sobre nosotros. Esto ya no es lo mismo. Ya no es como antes. Creo que lo mejor es que me vaya.
– ¿Irte? Pero, pero, ¡si somos felices! ¿Cómo me haces esto? De ti no me lo esperaba –contraatacó haciéndose el ofendido.
– No te hagas ahora el mártir. Te lo he avisado muchas veces y no cambias. Siempre estás a tus cosas. Que si tus viajes a Miami, que si tus comidas con periodistas. Yo soy tu última prioridad, pero ya no es por ti, es por mí –dijo con tristeza.
– No me creo que esto vaya a acabar. ¿No te acuerdas de lo del año pasado?
– Sí, siempre lo recordaré. Pero después de eso volvimos a la rutina. Volviste a prometerme cosas que luego no cumpliste. Traer un organizador, por ejemplo.
– ¿Y qué harás? ¿Dónde vas a ir? ¿Por qué no te quedas y lo intentamos arreglar? –ofreció buscando una última oportunidad.
– Ya es tarde. Además he conocido a alguien. Me voy con él a Sevilla. Él me valora y es un caballero de los que ya no queda, de esos que sale a la calle con sombrero calado cuando la ocasión lo requiere.
– Pero… ¿No hay vuelta atrás? –dijo poniendo ojos de perro abandonado, lo que tal vez explicara lo de los pelos anteriormente expuesto.
– No hay vuelta atrás. Me quedaré hasta el final de temporada pero voy a ir sacando mis cosas. Adiós Enrique…
– Adiós, Quique –dijo el mandatario con el corazón quebrándose a pedazos y el peluquín temblando de la emoción.
Cosas de la primavera, mis queridos lectores. Esa que reparte amores, desamores y alergias con arbitrariedad. Esa que altera la sangre de todos y también de los atléticos. Los atléticos, esa especie cuya sangre siempre guarda un equilibrio perfecto entre los glóbulos rojos y blancos aunque se altere. Sangre que cumple a rajatabla la ley de las proporciones definidas de Proust en cuanto a la presencia de los dos tipos de glóbulos.
Todavía epatados por la filtración del anuncio de la no continuidad de nuestro técnico, se nos hizo domingo. Domingo de fútbol, además. Salieron los nuestros de casa antes de lo normal, todavía con la comida en la mesa, sin querer café, aunque fuera con hielo. Terminando de masticar en el descansillo las últimas fresas de la temporada, ya demasiado maduras. Salieron con prisa, tan precipitadamente que se dejaron algunos glóbulos en el cenicero de la mesilla donde se dejan las llaves. Algunos cogieron el coche, tal vez para vivir la intensa experiencia de aparcar cerca del Calderón. Otros cogieron el metro, pero se pasaron de parada conscientemente. No se apearon en Pirámides, no. Si alguien les preguntaba decían aquello de: “Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?” “También, yo también me bajo en Marqués de Vadillo”.
El partido más importante del domingo se jugaba a las cinco de la tarde. Cerca del Calderón, sí. Protagonizado por rojiblancos, también. Partido en el que se jugaban más de tres puntos, sin duda. Los actores principales del partido son unos aficionados como usted y como yo. Podría ser aquel. O el de más allá, ese que mira de reojo. Dos factores comunes les unen: el amor a unos colores y la preocupación por una situación que ya se alarga demasiado en el tiempo. Atléticos que miran atrás y ven que algo se ha quedado en el camino. Colchoneros que recuerdan un equipo que miraba de tú a tú a los mejores de Europa o colchoneros más jóvenes a los que se les ha contado. Algunos pretenden ensuciar sus motivos vistiéndolos con harapos de manipulación. Otros dicen que para qué, que son ganas de enredar. Que flaco favor le hacen al equipo. Que si tanto quieren a la entidad, por qué no pusieron dinero en su momento. Esos mismos silencian interesadamente que nadie puso dinero. Eso lo ha dicho una sentencia. Sin ejecutar por esos vericuetos entre los que la justicia acostumbra a agazaparse, pero sentencia al fin y al cabo que, aunque no llevada a efecto, sí debería servir para unir pareceres y barrer dudas.
Se juntaron para andar un trayecto no muy largo pero que simbólicamente recorría la enorme distancia entre el me da igual y el esto no puede seguir así. Cruzando un puente que conducirá a un futuro mejor. Hombro con hombro. Unidos, que es como mejor se lleva el camino. Pasándole el agua a una compañera cuando desfallece. Pasándole esa bebida isotónica a otro camarada que la rechaza educadamente aunque esté sudando más de la cuenta, por la aprensión que le produce ese color pitufo. Estuvieron muchos, ¿qué más dará cuantos? Seguro que cada uno de ellos llevaba en la mochila el corazón de muchos otros que no pudieron estar. Se ganó el partido. Se llevaron los tres o cinco o veinte puntos que se jugaban en el envite. Ganaron. Ganamos. Ganaremos.
Al terminar la concentración accedieron al estadio como de costumbre mientras guardaban el abono en la cartera, y notaron que llevaban en el bolsillo una cosa más. Una sensación de esas que tanto gustan a nuestro entrenador. La de la satisfacción del deber cumplido. Saludaron a sus vecinos de asiento. Se sentaron con la espalda más derecha de lo normal. Comentaron que Diego Costa parece otro. Se remangaron la camisa. Se alegraron por Filipe. Se sorprendieron con lo que había adelgazado el primo de Talavera siguiendo una dieta con nombre de portero del Steaua. Vieron a Reyes caminar por la cuerda floja de la línea de fondo tras hacer un gran surtido de fintas. Echaron cuentas de cuánto hacía que no rendía visita la Real al Calderón. Constataron que sí, que parece que Mario Suárez puede estar llamado a hacer grandes cosas en este equipo. Hicieron de tripas corazón para beber lo que quedaba de la bebida isotónica del color de la camiseta del Chelsea y así evitar un golpe de calor. Añoraron a Domínguez. No entendieron el mal gusto de algunos cánticos. Se abrazaron cuando Agüero dio otra nueva muestra del gran jugador que es. Salieron sonrientes. Se dirigieron hacia sus casas. Cenaron ligero. Maldijeron como cada lunes el sonido del despertador. Se agarraron como a un salvavidas a la máquina de café y entonces pasó por allí Sánchez.
– ¡Qué buena cara tenéis hoy los del Atleti, cómo os sientan las victorias!
– Sí Sánchez, ayer ganamos un partido muy importante.
– ¡Y jugando bien además! ¡Menudos goles!
– ¡Ah! Ese partido…Sí, sí ese también estuvo muy bien



