jueves, 28 de abril de 2016

Magia

Antes o después, todos nos acabamos dando cuenta de que ya no creemos en la magia. A la vuelta de cualquier recodo del camino uno se detiene y sabe que ya no habrá noches de Reyes como las de la infancia. Nunca volveremos a mirar debajo de la almohada para ver si el Ratón Pérez aceptó el trato dejándonos una moneda de cinco duros. Jamás experimentaremos de nuevo el hormigueo de tantas primeras veces. La magia se nos marchó a jirones a la vez que cambiábamos de talla de pantalón o de zapatos. Ahora nos dedicamos a buscar el truco de la vida sabiendo que no existe. Aun así, hay ocasiones, como la de ayer, en las que aparcamos las miserias de la realidad y nos entregamos a la magia, que existe. A la orilla del Manzanares, para ser más exactos.

Un entrenador, once jugadores, cincuenta y cinco mil almas, cientos de miles y hasta millones de hombres y mujeres se transformaron de nuevo en niños y niñas durante dos horas. Dejaron a un lado preocupaciones, hipotecas y malabarismos para llegar a fin de mes y se sumergieron con los ojos abiertos como platos en el universo de magia que emanaba el Calderón. Notaron que todo era diferente. Nuevo. Volvieron a vivir cada sensación como la primera vez. El encantamiento empapaba corazones que latían expectantes y obligaba a animar hasta desgarrar la voz. Las palmas echaban humo. El pitido inicial no hizo sino reforzar el hechizo.

Durante los primeros minutos, incluso los jugadores y aficionados bávaros parecían aturdidos por la ilusión. No había chisteras ni pañuelos infinitos, pero comparecía un Atleti desatado. Mágico. Sin más preámbulos Saúl agarró un balón sin trampa ni cartón y lo convirtió en uno de los goles más maravillosos que se recuerdan. Rivales hipnotizados yacían en el camino del interior rojiblanco incapaces de llegar a adivinar el truco. Quizás no lo hubiera. Fue pura magia.


Siguió el equipo colchonero a lo suyo mientras el rival asistía desde la mejor localidad al espectáculo. Tras la cortina de todo balón dividido aparecían Koke, Gabi y, sobre todo, un inmenso Augusto para conquistarlo. La defensa ocultaba en un cajón cada ataque enemigo para posteriormente abrirlo y ver que dentro no quedaban migajas de peligro. Oblak, remangado, convertía la pelota en paloma prisionera entre sus guantes. Griezmann y Torres se evaporaban y volvían a hacerse carne en la vanguardia, obligando a los defensores del Bayern a andar con mil ojos. No hubo dobles fondos ni ilusiones ópticas. Fue trabajo y fútbol a partes iguales. Un derroche desplegado ante atónitas miradas llenas de inocencia.

El segundo acto del choque no fue a la zaga del primero. El número de ilusionismo se adaptó a las necesidades del ambiente. Las filas se cerraron y, ante la incredulidad del respetable, pudo constatarse que once hombres pueden levantar una muralla inexpugnable. Buscaban los germanos un resquicio que no existía para estrellarse una y otra vez en la tela que el gran prestidigitador Diego Pablo había tejido en su mente. Hubo tiempo incluso para que Torres, otra vez rejuvenecido, pudiera sellar la mitad del pasaporte a Milán en un remate que sacó del mazo de cartas que ocultaba en la manga del contraataque.


Terminado el encuentro nadie quiso moverse de su asiento. Levantarse y enfilar la salida, ponerse a hacer otras tareas, cualquier mínima perturbación podría romper el hechizo. Fuimos niñas y niños de nuevo por una noche. Creímos otra vez en los Magos de Oriente y en un superhéroe que se apellida Ñíguez. Nos pellizcamos y certificamos que fue real aunque formara parte de un sueño. No busquen el truco en el Atleti porque no lo hay. Es simplemente magia.

miércoles, 27 de abril de 2016

Etiquetas

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/etiquetas/

Si hay algo que en este país gusta más que una caña de cerveza con su correspondiente tapa es etiquetar. Colgar sambenitos y echarse a descansar, que encasillar cansa una barbaridad. Detrás de las etiquetas se esconde principalmente la envidia, el ánimo de echar basura al que se atrevió a ser diferente. Al que decidió saltarse libretos e improvisar soñando con saltar las barreras. Con la silla apoyada en el quicio de la puerta, los etiquetadores pasan revista a los que transitan por la calle Mayor vomitando amargura: la guapa que se arregla es puta; el tipo de buena planta que cuida su apariencia es un chulo o, directamente, maricón; el Atleti es violento y juega al fútbol que da pena.  

Lo triste de las etiquetas no es que haya alguien con tanto tiempo libre y vileza para repartirlas, lo realmente desolador es comprobar cómo calan en la opinión de los demás. Despachadores de horarios, colegiados y analistas de ceño fruncido niegan verse influidos por ellas, pero las llevan cosidas en el refajo de su criterio. La gran mayoría asegurará, en ocasiones sin haberse llevado más de cuatro partidos de los de rojo y blanco a la boca, que la violencia desplegada por el Atleti es obscena y que habría que tomar medidas como calificar sus encuentros con dos rombos y sacarlos a empujones del horario infantil. Como ejemplo, valga el de un segundo entrenador con poco pasado y ningún presente que la otra tarde se quejaba amargamente de los cortes en el juego que los colchoneros propiciaban. Hace un tiempo fue capaz de glosar en alejandrinos las gestas de Xabi Alonso como paladín de la falta táctica. Se contrapone violencia versus conocimiento del juego mientras la grada se pone en pie para jalear una patada a toro pasado de Isco, el hombre llamado a acabar con el hambre en el mundo. El ojo hinchado de Godín y las agresiones sin balón a Juanfran, tres veces negadas a la manera de San Pedro, se soslayan o se explican donde la letra pequeña para no incomodar a las etiquetas, que son muy particulares.


Tampoco se libra el equipo colchonero de la letra escarlata del mal juego. Los repartidores de papeles se aburren, ¡qué desdicha!, sin saber el flaco favor que se hacen a sí mismos. El Atleti da a luz partidos en los que juega bien, muy bien y hasta regular tirando a mal, y en estos últimos es cuando más ternura inspira. Es en esos, y no en otros más pintureros, cuando se valora la dificultad de la empresa. Es en esos, y no en los de abultada diferencia, donde el sudor riega la ciega convicción de sus aficionados. Con la clasificación en un pañuelo a falta de un suspiro, cabría preguntarse bajo qué oscuro sortilegio camina la Liga para que los de Simeone se codeen con la élite ¿Cómo es posible que jugando de manera tan deficiente el Atleti mire de igual a igual a esos otros dos equipos que cada vez que saltan al campo hacen estallar la primavera? ¿Tanto dan de sí los límites del reglamento –otra etiqueta interesada– para poner al mismo nivel luces y sombras? Asegurar que en la Ribera del Manzanares habita el tedio señala a los que se están jugando los títulos con los rojiblancos. Mucho tendrían que reflexionar los guardianes de la belleza y los adalides del temperamento pretendidamente señorial sobre sus propias etiquetas antes de entretenerse analizando las del de enfrente.

A modo de conclusión, tal vez lo mejor sea perpetuar el disparate. Ha llegado la hora de reducir toda la temporada a un torpe balón lanzado desde los aledaños de un banquillo. Ahí se resume todo. Ahí, y en etiquetar a cualquiera que se salga del camino marcado como puta, como maricón o, aún peor, como del Atleti.

viernes, 22 de abril de 2016

Torres para nosotros

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/torres-para-nosotros/

El murmullo se hizo clamor. El estado de forma de Fernando Torres empieza a concitar unanimidades y el pueblo pide selección. No anda el aficionado desencaminado sopesando méritos y números, más allá de colores. El gol cien resultó tímido pero sus hermanos posteriores se suceden a chorros, con total descaro. No existe actualmente punta, autóctono o importado, que supere las prestaciones del de Fuenlabrada. El nueve de España, aunque duela, presenta un expediente incomparable justo ahora que se adivina en el horizonte la Eurocopa. Torres ha vuelto, principalmente porque nunca se marchó.

Expuesto lo anterior y estando de acuerdo con el fondo de la petición ciudadana, no deseo que el Señor Marqués se acuerde de él ni de pasada ni que le incluya en ninguna lista. No hay necesidad de que Fernando vuelva a someterse al escrutinio partidista que siempre le acompañó cuando vistió la Roja. Sentado pacientemente, el Niño ha visto desfilar ante su puerta los ataúdes deportivos de todos con los que le compararon para minusvalorarle: Negredo, Soldado, Portillo, Llorente… Cuestionarle se convirtió en el pasatiempo de las concentraciones. A la controversia respondía con el gol del primer título, a las dudas interesadas contraponía botas de oro, a los cerdos alimentaba con margaritas, así funciona esta enfermiza relación.


A estas alturas de su carrera al extenso curriculum de Torres solo le quedan espacios para gestas en rojiblanco. Totalmente cubiertos lucen los huecos a nivel de combinados nacionales. El plan se antojaría una estafa de antemano: quedarse sin vacaciones y poner su cabeza en la mirilla de los francotiradores de tinta. Añadirse a una convocatoria, para más inri, que despide olores de alimento caducado  ¿Cuánto no le buscarían en la derrota cuando tanto lo hicieron en la victoria? Que lleguen de Turín o de la mediapunta los salvadores para certificar el previsible naufragio de un modelo prostituido por el noble técnico. No llamen a Fernando para asistir a la extremaunción con ánimo de señalarle.

Admito que mi deseo de que nadie en Las Rozas se acuerde de Torres guarda también un punto egoísta. Lo quiero todo para mí. Quiero, muchos queremos, seguir disfrutando en exclusiva de esas cabalgadas que nos quitan diez años de encima de un plumazo. Quiero, queremos, seguir sorprendiéndonos ante cómo se carga de electricidad el Calderón cuando él lo pisa. Quiero, queremos, verle caer y volver a levantarse más fuerte. Quiero, queremos, seguir sumando testarazos de manual y picadas copiadas de una noche vienesa. Quiero, queremos, asomarnos a su mirada y saber que volvió para lo que está por venir. Puestos a que convoquen a alguien de consenso, cojan el teléfono y llamen a Jesé, ese nini de lo balompédico. Déjennos a Torres para nosotros. A orillas del Manzanares se le valora y se sabe cómo tratarle. Quien quiera verle jugar que se pase por allí.