jueves, 25 de febrero de 2016

La ruptura

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160224/Deportes/4413/Atletico-de-Madrid-falta-de-gol-ataque-La-Colchoner%C3%ADa.htm

No siempre se es capaz de detectar las señales que preceden a la ruptura. A todos nos gustaría ser capaces de encontrar el punto de inflexión, el detonante sobre el que pudiéramos actuar. Tal vez un crujido, frío y seco, como cantaba Rocío Jurado con el amor de cuerpo presente de tanto usarlo. Lo cierto es que estas cosas ocurren y rara vez se puede hacer algo. El gol nos ha abandonado, es evidente. Un día, al volver a casa, nos dimos cuenta de que el gol se había marchado. Había vaciado los armarios sin dejar rastro de su ropa, solo nos quedaba su olor, todavía fresco pero ya distante. Sobre la mesa, una nota que no explicaba su huida hacía crecer todos los porqués que se agolpaban en nuestra mente. Dudando si llorar o asaltar la nevera para aplacar la ansiedad, nos echamos en la cama. Parecía enorme. Muy vacía también. El gol nos ha dejado, asumámoslo.  

Tendido sobre las frías y desamparadas sabanas uno analiza si la fuga del gol comenzó hace tiempo y no supimos verlo. Mala planificación deportiva, expectativas demasiado optimistas hacia las cifras goleadoras de los delanteros más jóvenes, el affaire de Jackson, que en gloria oriental esté, menos participación de otras líneas en el asunto finalizador, los tantos que se mudaron -¡cuánto se te echa de menos, Raúl!- a orilla del Guggenheim, carencia de jugadas de estrategia frescas recién salidas del laboratorio, la sombra de Tiago, que es alargada y lo equilibraba todo…Como les decía, no es sencillo notar el crujido que hubiese anunciado la ruptura. Entre todas las razones lo mataron y el gol, lejos de pensar en morirse, decidió huir dando un portazo.



Lo cierto es que el Atleti, con sus más y sus menos, lo intenta casi todo. Explora otras vías, echa el balón al suelo tras desesperar al personal con balones largos remitidos por los centrales sin acuse de recibo. No convencen al gol esos esfuerzos, esas demostraciones de que hemos cambiado, de que queremos que vuelva a nuestro lado. Quizá el gol, dolido por nuestro comportamiento, necesite algo más para dejar de mostrarse esquivo. Una caja de bombones, una docena de rosas frescas, un fin de semana romántico en un hotelito rural de esos cuyo encanto reside en la superpoblación de arañas que conviven a pensión completa con el turista. Habría que agotar las posibilidades y analizar las causas por las que el gol decidiera coger las maletas. Les confieso que servidor las ha masticado, digerido y debatido, consigo mismo y junto a otros, y nadie es capaz de dar una explicación totalmente satisfactoria sobre lo que ocurrió un poco antes de ese supuesto crujido anunciador de que el gol iba a pedir la separación.

Sin el gol no se puede vivir. Su falta no puede ser tapada por familia, amigos, ni por diez saques de esquina mal ejecutados, ávidos de un rebote que los deposite en las redes. No intentemos reconstruir nuestras rutinas sobre otros equívocos cimientos como la posesión o las sensaciones, que diría Sánchez Flores, no hay vida después de la ausencia del gol. Antes de echarnos en brazos de la depresión más profunda, debemos ser conscientes que, también sin previo aviso, el gol puede volver cualquier día de estos. A la vuelta del trabajo notaremos que el olor a cerrado y la percepción de abandono en el que nos había sumido su marcha habrán desaparecido. El césped, nuestra casa, recuperará la alegría como por arte de magia y todo volverá a ser como antes, balones largos aparte. No notaremos ningún crujido, frío y seco, que anuncie la buena nueva de su retorno. Simplemente sucederá, estas cosas ocurren. Puestos a pedir, por muy despechado que esté, podría hacer un esfuerzo el gol y dejar de hacerse el ofendido esta semana mismo. Vamos a necesitarlo. 

martes, 23 de febrero de 2016

Inconscientes

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco: 

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/inconscientes/

Parece mentira. Andábamos tan tranquilos inmersos en la rutina y ya tenemos al equipo desmontado. Hecho unos zorros como quien dice. El Atleti se desintegra como un objeto sideral al entrar en contacto con la atmósfera mientras nosotros, que somos unos inconscientes, dedicamos la semana a cargar con nuestras diarias miserias. Menos mal que la industria del colorín en la que se ha convertido el periodismo deportivo cartesiano nos lo ha recordado. Gracias. No sé qué haríamos sin vosotros, queridos. Cada vez que el azaroso calendario decide juntar nuestro camino con el del equipo que con su avería en el fax propició una crisis profunda en la relación entre Edurne y su chico, ahí estáis, prestos a sacarnos del pozo de la ignorancia. Gracias de nuevo.

Sabíamos que ahora venían curvas. Que volvía la Champions en medio de unas jornadas de liga de horario traidor y rivales de renombre. Conocíamos de la dificultad de la empresa pero no podíamos llegar a sospechar lo maltrechos que lo afrontaríamos. Qué cabeza la nuestra. Simeone se nos marcha al Chelsea. Griezmann vive sin vivir en sí porque quiere mudarse al norte de la capital. Lo de Torres en los últimos partidos es una casualidad. La defensa ya no defiende lo que defendía, defienden los defendedores de trabalenguas y, para colmo, fuentes fidedignas aseguran que la resurrección capilar de Oblak no es tal, sino un exceso de cardado. No nieguen que el suicidio no ha pasado por sus cabezas ante este panorama ¿Sí? Normal, claro.



Visto lo visto –y lo que te rondaré morena a lo largo de la semana que viene–, no sería de extrañar que el Atleti se presentase a plantar cara en ese estadio que parece una penitenciaría sin entrenador, sin utilleros y con solo cuatro o cinco jugadores del primer equipo en disposición de saltar al campo. Por supuesto, los pocos que pudieran comparecer lo harían sin ganas, solo animados por el hecho de que en algún lance afortunado que protagonizaran les convirtiera en objeto de deseo del rival. Todo el mundo sabe que todos los futbolistas, técnicos y hasta mecánicos de lavadoras con exceso de cal, desde bien pequeños lo que ambicionan es jugar en el equipo de la camiseta descolorida. Como debe de ser.  

Tal vez no nos hayamos dado cuenta antes del avanzado estado de descomposición de nuestra escuadra por esa milonga del partido a partido o por otro camelo parecido. Nosotros siempre tan desenfocados, intentando colarnos en fiestas donde no somos bien recibidos y no teniendo visión. Será por eso que somos incapaces de detectar la campaña de acoso y derribo al que se ve sometido el constructor y ser superior a tiempo parcial que rige los destinos del club Emirates. Lo que decía antes, unos inconscientes.


En cualquier caso, llegados a este último párrafo y habiendo dejado toda la ironía y el sarcasmo de los anteriores aparcados en un paragüero de diseño, yo que ellos no estaría confiado. Por más que vaticinen apocalipsis colchoneros, por más que se llenen líneas anunciando el desguace de nuestro equipo, al césped del próximo derby saltarán once hombres vestidos con camiseta rojiblanca. Sean quien sean, yo que ellos, me andaría con cuidado. Por si acaso. El que avisa no es traidor. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Fernando y la duda

Artículo publicado en ctxt.es: http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4294/Fernando-Torres-Atletico-de-Madrid-idolo-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Dudar de Fernando Torres debería estar castigado por el código penal. Así, sin tibiezas. La duda, de manera inexplicable, siempre le ha acompañado a lo largo de su carrera. En su caso parece no importar el palmarés. Se soslayan, si hace falta, todos los títulos individuales y colectivos recolectados desde su eclosión, cuando acababa de guardar su infancia en un cajón lleno de sueños por venir. Sus cifras goleadoras se tildan de insuficientes, sus méritos se banalizan, formar parte de equipos que se recordarán se antoja casual cuando se analiza su participación. Vaya donde vaya, haga lo que haga, a su lado siempre parece emerger la duda, afeando un cuadro que a todas luces es bellísimo.

Si el aficionado al fútbol en este país tuviera que elegir dos momentos, dejando las competiciones de clubes a un lado, seguramente elegiría dos goles. Uno en Viena y otro en Johannesburgo. Los protagonistas principales de esos goles, el propio Fernando e Iniesta, son recibidos y despedidos de la mayoría de estadios patrios de manera muy distinta. Raro es el campo del que el manchego no sale ovacionado, más raro todavía es encontrar un recinto del que Torres se marche entre tímidos aplausos. Quizás el seguidor medio se muestra intimidado ante la presencia de esa duda, desdentada y contrahecha, que permanece al lado de nuestro nueve incluso cuando abandona el rectángulo de juego. Tal vez por ello, además de porque recordamos aquel pasado mucho más reciente de lo que parece en el que su presencia era el único motivo para no caer en los brazos de la desesperanza, cuando Fernando comparece en el Calderón el aire se carga de una electricidad especial. Solo con entrever su rubio cabello, sea dentro o fuera del campo, las emociones se disparan. Es nuestro y nosotros somos suyos. Sin fisuras. No hay sombra de esa duda paticorta y desfigurada que tan patente se hace lejos del Manzanares y, si la hubiera, viene de la mano de algún desmemoriado que merecería pagar su sacrilegio siendo galardonado con un pase anual ilimitado al tour de Concha Espina o tortura semejante.



La ausencia de la duda cerca de nuestro estadio tiene una explicación geográfica. La duda fue parida algún kilómetro más al norte. Castellana arriba, para ser más precisos. La duda nació de un rencor, del despecho ante la negativa de Fernando a mudarse de acera. La duda, que tuvo la suerte de estudiar en los mejores colegios –poderoso caballero es su progenitor–, fue creciendo alimentada por el resentimiento de quienes no acostumbran a recibir calabazas. Tanto pábulo se le ha dado, tanto se ha consentido a esa duda cejijunta y con orejas de soplillo que llegó a creerse merecedora del derecho de juntarse al Niño sin besar por donde pisara, que es lo que debería.


Decía León Felipe que en un mundo injusto el que clama por la justicia es tomado por loco. A estas alturas de la película, somos varios miles de locos a los que nos parecería cabal un tratamiento distinto para Fernando. Aun así, conscientes de las pocas posibilidades de la empresa, casi disfrutamos viendo a otros describir y pregonar las supuestas virtudes de esa duda indigna y corcovada. Ninguno de nosotros la ha visto nunca. Cuando miramos a Torres vemos al mejor delantero centro que el balompié de este país conoció. De eso no cabe ninguna duda.