lunes, 27 de febrero de 2012

Sobre morir de pie, sobre un extintor y sobre un señor de Cáceres

Corría el mes de mayo del año 2007. La primavera anunciaba un verano caluroso, como de costumbre. Un Atleti en constante reconstrucción se enfrentaba al mismo rival al que se enfrentó ayer. Durante los días previos, supuestos adalides rojiblancos de rumor de pasillo y de agradecido canapé a los prescritos, apostaban y alentaban una derrota para fastidiar al equipo de las mocitas. Casi daba igual que nuestro equipo se estuviera jugando una plaza de UEFA, lo importante eran los diez minutos de consuelo del tonto de los que se podrían disfrutar. Las encuestas arrojaban resultados preocupantes, una gran parte de los aficionados preferían perder y rebozarse en la inferioridad antes que plantar cara como siempre se hizo. Uno miraba extrañado a los que siempre había considerado sus iguales. Extrañado y hasta algo avergonzado.

El partido fue triste, muy triste. Ridículo y vergonzoso a partes iguales. Como consecuencia del jaleado hundimiento, el mayor símbolo atlético de los últimos tiempos vio cómo sobre el vaso de su encomiable paciencia caía la gota que lo colmaba. Asumió que debía alejarse con dolor de semejante mediocridad. Él, que es uno de los buenos y de los nuestros, sintió como una puñalada cada uno de los celebrados goles. No fue la única consecuencia del desastre: un portero joven acabó señalado y hasta fue diana de chuflas y chistes, una pareja de centrales de chiste y chufla corroboraron lo que pensábamos de ellos, casi nadie se salvó del despropósito. Solamente se salvó él. Ése que ese día tomó la difícil decisión de cambiar de aires, el único que obligaba a los demás a respetar el escudo que para muchos era un adorno en el pectoral. Ése que tanto nos dio y al que, hasta hoy en día, tenemos que seguir reivindicando cuando ha demostrado todo lo demostrable. Todo por ser de los buenos y de los nuestros.

Éste que suscribe se acercó al bar de la esquina de su calle. Ése que tenía una pantalla gigante recién comprada en la que daba gusto ver el fútbol. Llegó con tiempo y se encontró el local lleno de aficionados del equipo ese que reparte señorío en las tibias rivales terminando de ver el partido de los suyos. No se fueron como otras veces tras el pitido final llevando tanta paz como dejaban. Se acercaron a la barra pero no para saldar cuentas sino para pedir otra ronda. Se iban a quedar para mostrar un apoyo interesado a los de rojo y blanco. Un apoyo que se podían haber metido allá de donde los pepinos amargan, la verdad. Debido a este ataque de fraternidad ciudadana panmadrileña, éste que les habla tuvo que buscar espacios libres al lado de un extintor. Al otro lado del mismo, un señor de Cáceres, colchonero de pro, buscaba postura para ver el partido sin forzar el cuello más de lo necesario. Los goles fueron cayendo, los seguidores del equipo en el que militaba Jose Antonio Reyes, ese hombre que celebra todos y cada uno de sus goles a base de beso en el escudo, empezaron a glosar lo tuercebotas que eran los que jugaban contra sus transmesetarios rivales y un nutrido grupo de supuestos atléticos empezaron a celebrar los goles recibidos con alegría de chupinazo en fiestas patronales para llevar la contraria. Quedaban todavía veinte o quizás treinta minutos, la cámara enfocó a Fernando Torres y se le vio decepcionado pero sobre todo harto. Miraba alrededor y no reconocía ninguno de los valores con los que había crecido. Miraba y solo veía rendición y brazos caídos. Vio y vimos un Atleti arrodillado y orgulloso de estarlo. Esa cara del Niño la tenemos clavada muchos en el alma. De repente, servidor de ustedes cruzó una mirada con ese señor de Cáceres al que el azar y una pantalla gigante habían convertido en compañero de fatigas y, tras un gesto de asentimiento, ambos dos salimos a la calle dejando atrás una orgía de gritos de los que deberían estar callados y de alabanzas a Manolete y a otros líderes de masas que promulgaron la virtud del dejarse ganar. “Un placer haber compartido sostén de extintor con usted. Le dejo, que me queda un trecho hasta llegar a Cáceres”, dijo el cercano desconocido. Nos dimos la mano y nos despedimos sin tener el detalle de compartir nuestros nombres. Éste que suscribe no ha vuelto a bajar a ese bar, a pesar de que despachaba unas meritorias migas con torreznos como tapa de domingo por la mañana. Manías que tiene uno. Si lo hiciera, pensaría que estoy traicionando a ese señor de Cáceres, porque él, como muchos otros, era de los buenos. De los nuestros.



Dos caras bien diferenciadas mostró el Atleti en el partido de ayer. La primera de ellas fue ordenada, obediente y solidaria. Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, los de Simeone jugaron a no recibir golpes. Agazapados atrás, se lanzaban a un contraataque demasiado precipitado que no dejaba más de tres pases seguidos en la mayoría de las ocasiones. Tampoco llegaba el equipo del novio de la intérprete del Waka-Waka con demasiada claridad a las inmediaciones de nuestro cedido belga, no crean, si acaso, una falta al borde del área a la que respondió bien Courtois y poco más. Los unos se aferraban a ese fútbol que de tan barroco es a veces cansino y los otros achicaban a base de patadón y búsqueda de segunda jugada. El choque se dibujaba en base al no errar en defensa de los nuestros, pero el fallo llegó y se materializó en gol por querer bascular demasiado ante el avance de la estrella rival.

Llegó el descanso y nos quedamos clavados en nuestros asientos allá donde estuviéramos. Teníamos dudas. Nadábamos en ellas sin saber si lo hacíamos a estilo de braza elegante o de perrito ansioso. Dudas de si el planteamiento era de una cobardía osada o de una valentía temerosa. Dudas de si lo visto era una vía para meter mano al equipo entrenado por el oráculo de la intelectualidad. Dudas de si habría capacidad o aptitudes para cambiar el guión. Dudas de si al bocadillo de tortilla le habíamos añadido los pimientos fritos que sobraron de la cena de ayer. Dudas de si las vejigas y las próstatas aguantarían sin ir al baño hasta el final del partido de lo clavados que estábamos a los asientos.

Empezó la segunda parte y las dudas se disiparon. Se disiparon con un gol pero sobre todo se disiparon al mirar las caras de los nuestros. Caras que reflejaban bravura y fiereza. Caras de tener claro qué camiseta llevaban y por qué tenían que entrar como entraban a disputar balones divididos. Fueron minutos que nos permitieron soñar. Soñar con llevarnos el partido y con esa paridad que antes teníamos con los de arriba de la tabla. Dos veces, dos, Adrián y Falcao pudieron plantarse mano a mano con el portero enemigo. Dos veces, dos, el asistente de línea se equivocó a favor de los intereses de uno de los dos a favor de quien se suelen equivocar. El rival estaba tocado. La afición jaleaba corners, alardes en la presión, cruces elegantes y suertes tan sutiles como esa que domina Arda como nadie, la de tirarse a ras de césped para robar el balón arrastrando su bizantina pierna derecha. Nos mirábamos unos a los otros y asentimos comprendiendo que éste Atleti ya no genera ninguna duda. Puede plantear los partidos de una u otra manera, pero nunca bajará los brazos. Nunca valorará una rendición que en otros tiempos era recibida por algunos con algarabía. Fue un Atleti valiente. Tocado con esa ingenuidad que tienen los valientes para perder la vida con una bala suelta o en una barrera sin pedir distancia. Oirán hoy a algunos disertar sobre el remar para morir a la orilla, benditos remares esos que te permiten creer en llegar a la playa del triunfo, posiblemente muerto, pero con una sonrisa trazada en el rostro. Benditos los porteros que suben a rematar corners con ambición. Benditos los calambres en los gemelos y benditos los que terminan los partidos boqueando para aprovechar la última molécula de oxígeno.

Puede que un día de estos baje al bar de la esquina de mi calle otra vez. Lo mismo no lo hago en día de partido que para eso ya lo ve uno en casa desde que comprendió que iba a ahorrar dinero y sobre todo disgustos. Lo mismo aprovecho un día cualquiera y me pido un café con leche corto de café y pido que me cambien al azúcar por sacarina. Lo mismo miro al extintor y me acuerdo de un señor de Cáceres que era de los buenos. Lo mismo me creo que nunca más veremos en nadie más la cara que vimos a Fernando Torres en aquella noche de mayo. Lo mismo volvemos a recuperar un orgullo que nos han ido arrebatando a dentelladas y por el que nosotros mismos tampoco hemos luchado como debíamos. Lo mismo es posible morir de pie, como ayer, por ejemplo.

viernes, 24 de febrero de 2012

¡Ay, los viernes!

–….¿y de verdad que no me puede llamar Timoteo? Mire que a mí, los nombres con personalidad y musicalidad aparente siempre me han parecido los más apropiados –dijo el individuo de tez morena mientras contemplaba cómo las olas rompían con fuerza contra el arrecife que protegía la isla.

– ¡Que no, hombre! ¡Que no me parece bien! La aventura que estamos viviendo exige un apelativo más conceptual, una gracia de más calado que Timoteo –rebatió de nuevo el barbudo personaje que empezaba a echar de menos la soledad de los primeros años.

– Pues dirá usted lo que quiera, pero yo tenía un primo segundo, fruto del mestizaje y la fusión íntima de una prima carnal de mi señora madre con un jesuita de Mérida que quiso convertirla a la fe con métodos cercanos y procaces, al que pusieron de nombre Timoteo, lo que no fue obstáculo ni cortapisa para que llegase a hombre lluvia de su tribu –volvió a la carga el aborigen.

– No, si me vas a estar tocando los mismísimos hasta que te lo cambie. ¡Ea!, pues venga. A partir de ahora te llamaré Viernes Timoteo.

– ¿Nombre compuesto? ¿No quedará pretencioso?

– Seguro. Seguro que cuando vayas al registro civil de la isla, el funcionario encargado te va a mirar como a una víctima del esnobismo tribal.

– De verdad, Señor Crusoe, que cuando se pone usted intenso, más le  valdría estar a uno solo que mal acompañado. Se me hace la isla muy pequeña para los dos….




¡Ay, los viernes! Esos días a los que últimamente tememos. Nada que ver con esos viernes de toda la vida en los que te escapas de la oficina en cuanto el reloj da las dos. Poco queda de esos días que son preludio de fines de semana de chándal y riñonera en un centro comercial. Ya casi no se ven jefes a los que el vaquero queda raro aferrándose a normas no escritas en el vestir para dejar el traje aparcado en la zona azul o verde de un armario de tres cuerpos. No quedan ni ganas de planear el asalto del sábado a la resistencia amatoria de ella o de él tras una semana de cansancio y rutinas. Y es que los viernes, queridos amigos, últimamente nos traen subidas de IRPFs, recortes y ajustes de cinturón o de tirantes elásticos. El pueblo llano mira de reojo las nuevas medidas aprobadas y suspira con alivio cuando no ha salido su bolita en el sorteo del recorte. “Este viernes han recortado en un 25% las ayudas para la compra de bisoñé a los calvos de larga duración”, se oye decir en los bares al mediodía mientras varios melenudos se regocijan por no ser alcanzados por la tijera de los ajustes ¡Ay, los viernes!

En cambio, la parroquia rojiblanca afronta los viernes de otra manera. Ya nos pueden bajar el sueldo, subir el agua o ponernos el gas a precio de noble, gas noble, se entiende. Nosotros andamos por la vida con despreocupación, mirando la botella casi rebosante más que medio llena y sonriendo a los vecinos de escalera, incluso al que pone el cassette de La antología de la copla demasiado alto a la hora de la siesta del viernes. Fíjense incluso que, hoy viernes, casi ni hablamos de fútbol. Lo consideramos baladí: “¿Pero ayer no jugó el Atleti?”, nos pregunta Martínez. “¡Bah!, estaba resuelto”, respondemos quitando importancia. Nos acostumbramos a lo bueno enseguida, como si fuera sencillo resolver en partidos de ida ¡Ay, los viernes!

Para representar el último acto de la resuelta eliminatoria de ayer, Simeone rotó. Rotó a los laterales, rotó algún mediocentro y rotó a Falcao, que ya empezaba a poner cara de necesitar unos días de libre disposición. Sacó una alineación algo contrahecha: dos centrales, de laterales; un lateral reconvertido, de interior y un mediapunta cargado de hombros, de delantero. En resumen una alineación de esas que, hace tres meses, hubiera obligado a intervenir a la autoridad y tal vez a los cascos azules. Ahora no, ahora las cosas han cambiado. Incluso en partidos como ayer con alineaciones de arte y ensayo, hemos dejado de ver las carencias para ver las cosas buenas. Servidor piensa que el partido de ayer era el partido de Koke. La lesión de Diego parece que le va a dotar de unos galones que parece haberse ganado pero que debe confirmar con algo más en cada partido. Koke tiene talento, da unos pases en profundidad por encima de la defensa que quitan el hipo, pero a veces se muestra algo acelerado. No ayudó ayer que no estuviera muy acompañado en la labor de creación porque ya se sabe que los jugadores como él son como los cabos de la guardia civil, funcionan mejor en pareja e incluso en batallón. Salió luego Arda y la cosa mejoró. Tenía un compañero con el que entenderse de esa manera en la que se entienden los que ven el fútbol a cámara lenta en sus cabezas. A pesar de que se le mira con cariño por ser de los nuestros, a Koke se le debe exigir más porque puede hacerlo. Esperemos que en el próximo partido lo ofrezca.  



Reaparecieron Arda y Silvio, nuestro niño burbuja. A este último no se le vio demasiado más allá de la prevención que provoca sacarle a la calle con estos fríos, no se vaya a constipar. Al primero se le vieron varios detalles de esos que él deja y una largura de pelo de líder de grupo británico de garage-rock, lo que no es poco. Juanfran estuvo raro de extremo o de interior o de lo que jugara, y, cómo son las cosas, se le echó de menos como lateral. Los centrales volvieron a estar firmes. Los laterales, cumplidores sin más, los mediocentros aseados y los rivales del Lazio al nivel de un equipo de madres ursulinas. Pero hoy nos vamos a fijar en los de delante. Primero vamos con lo bueno, con Adrián. Adrián demuestra en cada partido que es un jugador diferente. Hace cosas que los demás no llegan a imaginar pero cuando tiene que mirar a la portería siempre busca a algún compañero que finalice por él. Los hay que dicen en un alarde de maledicencia que casi mejor que no tenga tanto gol porque, en ese caso, nuestra rumbosa directiva ya le habría vendido al peor postor, cosa que no se descarta vaya a producirse aún sin tener el remate en las venas. Ahora vamos con Salvio. El que suscribe empieza a tener con Salvio la sensación de que está siendo injusto. Por más que intento buscar las virtudes que tanto glosan los comentaristas de Cuatro o Canal Plus, no las encuentro. Por más que intento comprender el por qué de la salida de Elías primero y de Diego Costa después como competidores por una plaza de expatriado, no consigo hacerlo. Si tuviera que destacar algo de su partido de ayer empezaría por un buen disparo al palo y algún que otro regatito que termina con la firma de la casa, resbalón o tropezón. Ya les digo, empiezo a plantearme seriamente si no estaré mirándole con manía de profesor de filosofía.

Partido de trámite, en definitiva. Partido que sirve para dosificar esfuerzos y minutos. Para hacer probaturas y ensayos casi generales. Que pase el siguiente, que será el Besitkas de Simao al que esperemos se reciba como merece. Está quedando resultona esta Europa League en la que ojalá podamos ilusionarnos a medida que pasan las rondas. Es bueno eso de tener los jueves ocupados en estos menesteres. Así, los viernes serán más viernes, para nosotros ¡Ay, los viernes!

lunes, 20 de febrero de 2012

Por ahí va...

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.

Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.

Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.



Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.

Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.

Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.