domingo, 12 de diciembre de 2010

¡Esto es un infierno!

Maldita humedad y malditos mosquitos, pensaba el teniente Flowers mientras avanzaba por el arrozal. Todavía resonaban en su cabeza las palabras del coronel Cherry antes de salir a tomar la colina:
         -¡Flowers, quiero esa colina y la quiero ya!
-Señor, es un suicidio, mi pelotón no está preparado para otra misión después de lo de Lebh Anté.
-Parece que no me he explicado bien Flowers, el general Crookednose quiere una cabeza y no va a ser la mía. O mañana toma usted la colina o le sirvo la suya en bandeja al general para la cena –espetó el coronel a escasos dos centímetros de la cara de Henry lo que le hizo reflexionar sobre las halitosis propias de las misiones bélicas.
-Señor, sí señor –respondió poco convencido el teniente.
El teniente Henry S. Flowers tenía sangre de navajo por parte de madre y se había hecho cargo del pelotón hace ya un año, sin prestar atención a los rumores que lo calificaban como la escoria de la compañía. De hecho, bajo su mando habían recibido dos condecoraciones importantes por el valor demostrado, pero eso era agua pasada, las cosas habían cambiado. Ahora detectaba desgana y sonrisitas maliciosas cuando pedía a los de la vanguardia que se adelantaran para explorar, y todo por la influencia del Rubio.
El Rubio (del que nadie quería recordar su nombre real) era el mejor tirador del pelotón, uno de esos hombres que primero disparaba y luego preguntaba. Había ido como mercenario a muchas guerras y todos sabían que hoy luchaba contigo y mañana contra ti, para él no existían los sentimientos. Su otro gran problema se llamaba Simon Tasty, un veterano a punto de licenciarse de antepasados portugueses que junto al Rubio estaba volviendo al pelotón en su contra.
Se retrasó unos metros para ver la disposición de avance de los muchachos, primero los de la vanguardia: el Rubio, Simon, el soldado Kings (buen soldado pero con poco cerebro) y el soldado de más talento, el cabo Kuntz (de quién se decía estaba casado con la hija de una leyenda de los marines, vamos como si fuera un dios). Después los de la retaguardia, Goodin, Perea, Thomas (de la zona eslava de Pittsburgh), Philip Lewis y el recluta nuevo, el  chicano Domínguez, al que el teniente Flowers gustaba mandar a limpiar letrinas sin motivo para que espabilara. 
Así le gustaba a él avanzar, con la tropa distribuida en cabeza y a la espalda. Algunos estudiosos del arte de la guerra cuyo culo olía a West Point pensaban que todo pelotón debe desplegarse con efectivos en medio, pero a él le parecía mierda de teoría burocrática. ¡Que le dieran por donde sea a quién opinaba que su pelotón se partía en cuanto empezaban las escaramuzas! Él, como mucho, accedía a llevar en medio al sanitario Paul Assumption, hombre de su confianza que corría de posición en posición para intentar ayudar a la tropa con vendas o munición cuando los combates se recrudecían.
Ocultos por la maleza, avistaron a menos de un kilómetro a los vietnamitas que defendían la colina bajo el mando del capitán Loth Inah.
-Sólo os pido este último esfuerzo muchachos –susurró Flowers -. Si salimos con vida de esta, os prometo una semana de permiso en Saigón y vales del economato para canjearlos por licor de arroz y tabaco de liar.
-El que se juega el culo aquí es usted teniente. No nos cuente historias –sentenció el rubio entre murmullos de aprobación de la tropa.
-Soldado, ¿se está usted amotinando? ¿Me están haciendo la cama? –inquirió Flowers acariciando instintivamente el seguro del fusil de asalto.
-No mi teniente, le habrá usted entendido mal. Lleva unos días muy sensible –terció Simon entre las risitas del resto -. Además sabe usted que camas en los marines no gastamos, somos más de catres o literas con colchón de muelles, lo que unido al peso del petate evidencia que al Tío Sam se la toca bastante nuestra salud lumbar.
Finalmente, la tropa se desplegó aliándose con los sonidos de la noche y la neblina que por la proximidad del río empezaba a caer. Los “charlies” parecían bien organizados, cinco amarillos en la parte de atrás de la colina vigilando las provisiones, cuatro en el medio haciendo guardia para evitar ataques hostiles y sólo una posición de ametralladora más adelantada para hacer daño cuando el enemigo osara descuidar sus líneas.
Aprovechando la hora de la cena de los vietcongs (consistente en pulpo con cachelos y empanada de zamburiñas), se desataron las hostilidades como de costumbre, con Kuntz y Kings disparando a pecho descubierto y con el Rubio y Simon viéndolas venir. Enseguida se demostró que ese no iba a ser un mal día para los chicos de Flowers, tanto por la valentía de sus dos soldados principales y la extraña solidez de la retaguardia, como por lo blando que se mostraba el pelotón norvietnamita (tal vez preocupado por recibir un balazo en plena digestión, cosa que todo el mundo reconoce como muy perjudicial para la salud).
Ya en el helicóptero de vuelta a la base, el teniente se intentaba autoconvencer de que las cosas no estaban tan mal, de que tal vez todos se licenciarían con honor y volverían a Wisconsin, a Arkansas o a Carolina del Norte a continuar con sus vidas pero entonces cruzó su mirada con la del Rubio, que estaba sentado en la parte de atrás. Y entonces lo supo, él volvería a casa en una caja marcada con su número de servicio y alguien le entregaría sus chapas de identificación a su mujer. Sintió un frío raro que le recorría la columna vertebral y notó que no sentía las piernas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Hoy no me puedo levantar


El sol de mediodía que se filtraba por la persiana del ventanal de su loft con vistas al Retiro despertó a José Julio. Todavía persistía el dolor de cabeza que le produjo mezclar tres copas de Grand Cuveé Dom Perignon con dos gintonics de Beefeater 24. Además, el incompetente del concesionario le amargó la tarde al anunciar que no tenía stock en color Sahara del nuevo Cayenne por lo que tendría que aguantar al menos dos meses más con el viejo, que ya empezaba a sufrir los achaques de cualquier coche de dos años.
Aún algo desorientado y tambaleándose se acercó a la meseta de la cocina y mordisqueó una de las tortitas de harina tamizada que le había dejado preparada Edgarda.
-Demasiada nuez moscada –dijo con repugnancia -. Luego se quejan del paro pero no hay nadie que sepa hacer blinis con un mínimo de fiabilidad. ¡Cómo está el servicio! –se quejó, mientras tomaba nota mental de llamar a la agencia para que le mandaran a otra persona.
Lo único que le alegró fue que al consultar el calendario de la nevera domótica constató que, con el de hoy, sólo le restaban 4 días de trabajo antes de las vacaciones de navidad. Tenía planeado pasar los 20 días decorando el apartamentito de Avoriaz recién comprado con el dinero de las horas extras, aunque de pasar dos días en el pueblo con sus padres, su hermana y los pesados de sus sobrinos no le libraba nadie. A sus progenitores debía un nombre con el que se sentía incómodo, a su madre por admirar a Julio Iglesias tanto como para pensar en poner a su hijo el mismo nombre que al primer varón del artista y a su padre por una dislexia no diagnosticada (o distracción, vayan ustedes a saber) que hizo cambiar el orden de su nombre a la hora de registrarlo. José Julio. Aunque realmente así sólo lo conocían en el trabajo, sus amigos de verdad le llamaban JJ (léase anglosajonamente, Yei Yei. Pero no, así no, peguen un poco más la lengua en los incisivos…así, así sí).
La verdad es que se encontraba raro, cada vez tenía peor cuerpo y se sentó en su salita de cine pensando en coger el iPhone para llamar a su terapeuta, pero al final recapacitó y marcó el número del trabajo.
-Barajas. Torre de Control 2. ¿Dígame?
-Manoli, soy José Julio, me encuentro mal, hoy no voy a ir a trabajar.
Debido a la pandemia sufrida por José Julio y sus compañeros, el Atleti se vio obligado a viajar a Valencia en autobús. Ya a la altura de Tarancón los integrantes de la expedición empezaron a notar síntomas extraños: dolor de cabeza, malestar general, mareos, etc…, a los que el Dr. Villalón no dio mayor importancia por atribuirlos al bus-lag. Más tarde, y ya sobre el estadio Ciudad de Valencia, los síntomas empeoraron drásticamente;  lo que anteriormente parecían mareos se convirtieron en episodios graves de desorientación, los dolores de cabeza desembocaron en migrañas generalizadas que impedían la capacidad de pensar con claridad. Otro de los síntomas más inquietantes fue el de la irritabilidad: varios de los pacientes mostraron la variedad “si no me la tiras al pie me enfado”, que tantas víctimas ha dejado en temporadas anteriores. También es de destacar la opresión de pecho que empezó a producirse ya desde los primeros minutos, sobrevenida ante la imposibilidad de aguantar el peso del escudo de la camiseta por parte de los sujetos sometidos a vigilancia.
Mientras tanto, el galeno jefe del equipo médico habitual, a la sazón tío segundo de Elena Furiase, estudiaba los historiales con incredulidad, las medidas tomadas no estaban dando resultado, se decía.  Pero si estaban bien, pensaba, pero si todos tenían buena cara durante la semana. Bueno, todos no, Domínguez no está bien, está bloqueado, pero él ha cumplido debidamente con su deber poniéndole en cuarentena. Los millones de familiares de los pacientes no nos explicamos qué les ha pasado y no entendemos por qué no mejoran, sufrimos al verlos empeorar por momentos y empezamos a señalar al jefe médico como el responsable de ello, a pesar de ser conscientes de que los enfermos no hacen demasiado por mejorar. Es cosa de la actitud, dicen los entendidos. Será eso, decimos sin tener ni puta idea de triglicéridos ni niveles de bilirrubina en sangre, pero empezamos a estar hartos.
Tal vez sea hora de pedir una segunda opinión, no hace falta que venga House a tratar al enfermo, pero este médico receta aspirinas cuando te duele la tripa, prescribe anticoagulantes para cerrar heridas inciso-contusas  y, en el caso de que te encuentres fuerte como un roble, te empieza a tratar sin necesitarlo (como al bloqueado, por ejemplo).
Con razón estamos en estado de alarma, ¡qué menos!

jueves, 2 de diciembre de 2010

Sobreprotección (o primera entrega de la saga ¡Qué mayores somos!)

Todavía me dura la inquietud, se lo juro. Imagínense ustedes que salen de casa como cualquier tarde para tomar el fresco y se encuentran a la niña de los del tercero izquierda vestida como el operario que arregla las fisuras del reactor nuclear de Vandellos 1. Pues pasa lo que pasa, como uno es de naturaleza pesimista y se deja llevar fácilmente por el pánico, empezó a imaginarse que los malignos lugartenientes de Kim Jong-Il habían errado los cálculos en sus últimos ensayos nucleares preventivos y, por tanto, en vez del Mar Amarillo la zona bombardeada había sido el distrito de Ciudad Lineal.

Rápidamente, encaminé mis pasos a la tienda de los chinos más cercana para comprar los artículos indispensables para estar bien alimentado según cualquier guía de supervivencia: garrafas de agua, arroz y harina. Por cierto, ¿se han parado ustedes a pensar en que no siendo suficiente con ser atacado y pasar 3 años encerrado en un bunker, la dieta de supervivencia te obliga a pasar un estreñimiento feroz?, alguien podía poner kiwis en la lista de compras para desastres nucleares, vamos digo yo. Y yendo más allá ¿qué sentido tiene comprar tanta harina? ¿Acaso será que en esas condiciones de cautiverio y ante la amenaza de la lluvia ácida te da por rebozar todo o por hacer tempura de arroz?, ¿te pide el cuerpo hacer una piñata con globos de agua y harina para el cumpleaños de la suegra mientras visualizas un futuro en el que la extinción del cerdo ibérico te hará comer hormigas y cucarachas?

En todo esto pensaba mientras volvía acelerado del colmado oriental cuando vi a la niña en el parque con su padre, y ¿saben a lo que se dedicaban? A aprender a patinar….

-¿Qué pasa vecino? Aquí me ve, con la niña que se ha empeñado en patinar como Hannah Montana –dijo a modo de saludo el progenitor, de arriba a abajo ataviado de marca Domyos (¡cuánto daño ha hecho el Decathlon a la cultura española!)
-¡Ah! Muy bien, pero ¿no cree usted que va un poquito excesivamente protegida para patinar? –apunté con delicadeza.
-Quite, quite, no sabe usted la de mozalbetes que, al aprender a patinar o montar en bici se golpean en el occipital provocando problemas neurológicos que, si no son irreversibles, pueden provocar secuelas insospechadas –explicó mientras echaba a correr detrás de su hija, batiendo en la carrera el record del barrio de los 200 metros a salida lanzada.

Los que tenemos ya una edad, los que nos hemos criado estigmatizados por la muerte de Chanquete, aprendíamos a montar en bici tirándonos por una cuesta con un 15% de desnivel y con una bicicross BH con tendencia a sufrir salidas de cadena.

-Papá, que ya sé montar en bici –anunciabas orgulloso a tu padre mientras luchabas denodadamente por no sufrir un shock hipovolémico ante la pérdida de sangre a través de codos y rodillas.
-Muy bien Emilín, sigue así hijo pero no molestes…Y ahora, ¡las cuarenta en bastos!, ¡estos no nos duran a nosotros, Serafín! –respondía tu padre conteniendo a duras penas la emoción ante el progreso de su retoño.

Y es que los padres de antes sólo se ponían chándal Adidas azul marino con ribetes blancos ante acontecimientos de más calado, como unas semifinales del campeonato de petanca de la escalera o un partido de dobles mixtos con los cuñados de Palencia, esos que no te caen muy bien, posición ésta que contrasta con la del padre moderno, preparado para el ejercicio anaeróbico en cualquier circunstancia ante la más mínima insinuación de sus polluelos, lo que provoca escenas chocantes para los nacidos en los setenta.

-Jonathan, ¿te has cansado ya de tirar el balón lejos para que papi vaya a por él? –pregunta el padre solícito
-Roberto, no presiones al niño,  a ver si además del déficit de atención que tiene por tu culpa, vas a minar su confianza y tenemos que volver a la psicóloga para que le reafirme –añade la madre, porque madre no hay más que una.

Pues bien, mientras todo esto sucedía pasó por mi lado un simpático jubilado que expresó en voz alta el pensamiento más coherente de todo el relato:

      -¡Están “apollardaos”, los niños y los padres!

Queridos amigos, sirva este rollo para intentar endulzar el sabor amargo que tendrán tras el  esperpento que ayer nos vimos obligados a sufrir en el partido más importante que nuestro equipo afrontaba en la fase de grupos de la UropaLij. Sí, esa competición que el año pasado se ganó en Hamburgo a un equipo con tanta historia detrás como el Fulham y que sirvió para barrer bajo la alfombra del triunfo todas las miserias que el personal lleva soportando desde hace (demasiado) tiempo. El caso es que perdimos con el Aris de Salónica, y algún nostálgico aficionado a la canasta que no haya visto el encuentro pensará que si hemos perdido con ellos será porque se presentaron con Gallis y Yannakis, que no, que no, que esto es fútbol (aunque no lo parezca) y el Aris rindió visita con estrellas del calibre de Javito, Koke, Michel, etc..., nombres que sugieren alineaciones de equipo que juega en campos de tierra y que, sobre el papel, poco o nada podrían inquietar a una plantilla como la nuestra llena de botas de oro, eternas promesas o internacionales en más de 50 ocasiones con sus selecciones. No creo que merezca la pena cebarse hoy por lo calientes que estamos todos, tampoco conviene personalizar ni señalar porque eso ya se ha hecho infinidad de veces, sólo sé que muchas veces siento envidia de equipos llenos de Javitos y Kokes, equipos cuyas camisetas parecen eternamente manchadas de barro, equipos con jugadores llenos de heridas en rodillas y codos como niños que aprenden a montar en bici. Equipos con entrenadores que en el descanso hacen gárgaras con limón y miel como consecuencia del maltrato al que han sometido a su garganta, equipos con directivos que…bueno, cualquier tipo de directivo que no fueran estos me valdría.
Y nosotros como aficionados, ¿qué pasa con nosotros? Pues que también tenemos culpa, por consentir y por bajar el nivel de exigencia a mínimos que ni la Bolsa española, pero esto será motivo de otra entrada más adelante.
Con estas sensaciones que ayer muchos teníamos, no es de extrañar que poco antes de terminar el partido se levantara un aficionado veterano del primer anfiteatro para gritar a quién quisiera escucharle:

       -Estamos “apollardaos”, los jugadores y los aficionados.

Fue la única vez que aplaudí durante la noche.