miércoles, 9 de marzo de 2016

Ajenos al calendario

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:


Me gusta imaginar que los equipos contra los que el Atleti se mide saltan al campo sin saber el enemigo que tendrán enfrente. Fantaseo con que los entrenadores y directores deportivos de los contrarios ocultan a sus jugadores que ese fin de semana toca el equipo colchonero, no vayan a deprimirse de antemano. Ajenos al calendario, los integrantes de otras plantillas se dedican en los días previos a cosas de futbolistas: sus actos de presentación de botas carnavalescas, sus entrevistas con masaje, sus cambios de neumáticos en el deportivo. Lo normal, vamos. Los rivales del equipo rojiblanco preparan sobre la pizarra minuciosamente el partido, pero ignoran el nombre de quien ocupará la misma zona del campo que ese imán anónimo a la hora de la verdad. Sospecho que a lo largo de la semana, el afán de protección hacia los peloteros involucra a todos los estamentos. Prensa, familiares y hasta aficionados se conjuran para guardar el secreto y, si se ven obligados a tocar el tema del partido en ciernes delante de algún mediapunta, lo harán omitiendo la identidad del visitante o visitado, hablando del Atleti sin nombrarlo o haciéndolo en genérico, como si fuera un paracetamol recetado en el centro de salud.

La condición de visitante o visitado de la que les hablaba en el párrafo anterior cobra especial relevancia a la hora de mantener la farsa. Mucho más sencillo resulta cuando son los nuestros quienes viajan a otros lares. Los días transcurren más rápidamente para los incautos adversarios entre entrenamientos al trote y vermús con los compañeros. Por el contrario, la cosa se complica sustancialmente cuando el contrincante debe viajar a Madrid. En ese caso, al jugador, ya con la mosca detrás de la oreja, hay que hacerle creer que el desplazamiento tiene como objetivo visitar Getafe, Vallecas o incluso el estadio con pretensiones de parque temático de la megalomanía, plazas mucho menos estresantes, dónde va a parar.


Instantes antes de empezar los partidos, me fijo en las caras de los miembros de los conjuntos rivales y creo adivinar la desazón que produce haberse enterado en el túnel de vestuarios que la batalla se librará contra los nuestros. Soy capaz de detectar, incluso, temor en sus miradas mientras ejecutan el besamanos que precede a todo encuentro. Presiento la incomodidad que les invade al visualizar noventa minutos sin tregua, el desánimo que produce la perspectiva de lo que se les viene encima: la presión alta, la defensa inexpugnable y el ataque machacón y sostenido a los que el Atleti somete.

Finalizado el choque, escucho atentamente las declaraciones de los rivales que se acercan a algún micrófono intentando recuperar el resuello. Suelen coincidir, más allá del resultado, en su sudoroso diagnóstico: “Enfrentarse al Atleti es cosa seria”, “Este equipo lo pone muy difícil”, “Ya sabemos lo que es jugar contra ellos y la intensidad que ponen”. Conclusiones extraídas en mayor medida desde el respeto que desde otros frentes. Sinceras reflexiones a la salida del rectángulo sobre el que los de Simeone convierten los partidos en visitas al dentista para sus contrincantes. Los declarantes intentan ganar la ducha acalambrados y agradeciendo secretamente que alguien decidiera haberle ocultado fecha y hora de su cita con el conjunto rojiblanco. Hubieran dejado marchar la semana ahogados en miedos. La gente del fútbol otorga a nuestro equipo el innegable mérito que tiene. Hay otros que prefieren decir que juega mal. Una pena. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Cuentos

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/cuentos/

Érase una vez un equipo que vestía de rojo y de blanco. Había nacido en una familia presupuestariamente humilde, al menos más humilde que las familias de otros equipos con los que se codeaba desde hacía unos años. Nunca fue eso un problema para nuestro protagonista. Él, se centraba solo en el trabajo que tenía por delante sin negociar el esfuerzo, nunca miraba hacia los lados. Partido a partido, capítulo a capítulo, nuestro amigo el equipo rojiblanco había conseguido en los últimos tiempos una ristra de triunfos de los que dan para alimentar recuerdos a compartir cuando los nietos se sienten sobre nuestras rodillas. No siempre era fácil, claro. Horarios, prebendas y favoritismos jugaban en su contra las más de las veces. Aun así, en el reino seguía habiendo quien consideraba que las cotas alcanzadas no eran suficientes. Lo logrado quedaba difuminado por un presente devorador de toda memoria. Flotaba en el reino un aroma de exigencia mal entendida, de pensar que, con solo salir al monte, las laderas estarían plagadas de orégano. Una pena no saber pararse y poder disfrutar de lo obtenido.

Nuestro querido equipo no acababa de entender lo que sucedía. Tampoco eran capaces de comprender la corriente crítica hacia el protagonista de este cuento corto muchos de los habitantes del reino, rendidos admiradores de todo lo que hacía el conjunto de las rayas, seguidores de sus andanzas que no habían sufrido ataques de desmemoria colectiva. Era cierto que existían citas en las que el equipo no carburaba todo lo bien que se esperaba. Había episodios de juego estéticamente discutible, el gol le era esquivo en ciertos momentos y hasta la suerte quiso volverle la espalda en más de una ocasión. Ante todo eso, el grupo del que hablamos contraponía sus méritos en el presente curso: octavos de final en Champions, habiendo empatado, aunque sin goles, en feudo rival; segundo en liga, significativamente alejado del líder pero mirando desde arriba al club cuyo presidente termina todas las frases con la coletilla “mejor del mundo”; caído en Copa de manera prematura, eso sí, cosas que pasan cuando el contrario es mejor a doble partido. Nada menos y, sobre todo, nada más.



El clima alrededor del equipo se enrareció un tanto. Pese a seguir siendo el modélico conjunto que se vaciaba en cada envite, la ira de ciertos habitantes fue en aumento al sentirse traicionados. Nunca nuestro protagonista ni nadie de su entorno prometieron la luna. Nunca se vendieron sobre plano metas inalcanzables ni empresas de más enjundia. Los objetivos marcados fueron siempre realistas. Pelear hasta el final. Competir como si no hubiera mañana. Luego el destino y la fortuna dictarían su sentencia.

Una noche, tras la ida de un partido de Champions en el que nuestro querido equipo no fue capaz de conquistar la fortaleza de un enemigo que aceptaba el asedio con estoicidad numantina, sus detractores salieron a los caminos y a las redes sociales, antorchas y horcas en mano, a clamar justicia. Vestiduras rasgadas por la indignación quedaban a orilla del camino como testigo mudo de la irritación de la turba. La masa enfurecida se sentía engañada, totalmente estafada al comprobar que los partidos pueden ganarse por la mínima, empatarse y hasta perderse. Presa de la decepción más absoluta, el pueblo desmemoriado pedía sangre y un café cortado, que la noche refrescaba. Cerca ya de la morada del personaje central de esta historia, los cabreados lugareños empezaron a plantearse si acaso la causa de su terrible desengaño no estuviera en el admirable equipo, sino en ellos. Tras varios minutos de debate encendido, en el que alguno de los más beligerantes ciudadanos recordaba hitos del pasado reciente como las clasificaciones para la UEFA por la gatera y los campamentos de verano organizados por la Intertoto, se votó a mano y garrote alzado obteniéndose como resultado la inmediata desconvocatoria de la manifestación. Volvió cada uno a su hogar, rumiando aquellas temporadas yermas arrojadas al sumidero en el mes de octubre que, tras lo que algunos consideran tropiezos, tanto se recuerdan últimamente.

A pesar de todo, nuestro querido equipo sabe que cuando el siguiente resultado que no satisfaga a los vecinos de corta memoria se produzca, las veredas y los timelines volverán a poblarse de súbditos indignadísimos con todo. Bien harían en mudarse a otros reinos. Desgraciadamente, tendremos que seguir soportando sus enfados. La movilidad geográfica o emocional no está contemplada en el convenio colectivo de personajes de cuento por lo que habrá que acostumbrarse a convivir con la cólera de los que piensan que nuestro equipo está obligado a ganar todos los títulos y golear a todos los rivales. Eso sí que es un cuento.

…y colorín, colorado, este cuento se ha acabado, por el momento.

martes, 1 de marzo de 2016

Creer o no creer

Creer o no creer, esa es la cuestión. Costaba entender, aun sin mirar de reojo la clasificación, los muy diferentes estados de ánimo con el que los contendientes afrontaban el derby del pasado sábado. A un lado, un Atleti sumido en una depresión ficticia causada por tanto cero a cero. Al otro, un rival exultante, montado en la nube del efecto Zidane, nuevo becerro de oro nacido de la unión de un exceso de ruido mediático y de varios goles en fuera de juego. Medios, casas de apuestas y minuciosos analistas balompédicos de calva reluciente volvieron a equivocarse. Ningunearon el poder de creer.

La gran diferencia entre los dos equipos radica en la fe. En el vestuario rojiblanco no hay lugar para la disidencia. El grupo cree a pies juntillas en que Simeone podría abrir el Mar Rojo si se terciara. No extrañaría ver a los jugadores lanzándose por un acantilado con una sonrisa si el técnico lo pidiera. A orillas del Manzanares no cabe más fe que la verdadera: el Cholismo. Unos kilómetros más al norte, la fe anda agotada de tanto trasegar. Una nueva religión a abrazar surge cada cuarto de hora. La consecuencia es un conjunto en el que cada uno cree en sí mismo y a veces ni eso. Ya vendrá el flamante y efímero ídolo de las cuatro y media a sacarles del embrollo.



El partido se lo llevó el Atleti por creer en lo que hacía. Imposible plantear otros caminos hacia el triunfo que no pasen por la presión, la solidaridad, los dientes apretados. Si además Griezmann se reencuentra, la retaguardia agranda su leyenda de inexpugnable y el centro del campo y Torres se mueven como un único ente, la suerte está echada. Enfrente, la dispersa ofensiva local se diluía en guerras personales. La unidad de la plantilla fue descabellada definitivamente por Ronaldo, ese exfutbolista, proporcionando además carnaza y motivos para la matización que llenarán horas y líneas a lo largo de esta semana.


Fe ciega frente a agnosticismo individual. La fórmula para pelear los derbys que El Cholo trajo bajo el brazo sigue siendo perfectamente válida. Lejos quedan aquellos tiempos en los que los de rojo y blanco saltaban al césped vencidos de antemano, fuera cual fuera la dinámica de cada uno. Estos partidos, desde entonces, han mutado en batallas que suelen caer del lado del ejército que más cree en la posibilidad de victoria: el que viste a rayas. Tal vez Guti no anduviese tan desencaminado en el desatino que parió antes del encuentro. Probablemente ningún jugador del Atlético quisiera degradarse a ser titular en el equipo de las mocitas.