(Para una mejor ambientación del lector en la historia, les aconsejo pinchar en este enlace y escuchar mientras leen)
No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. Se puso los cascos de nuevo (cascos de esos modernos, de los que te tapan un cuarto de la cara), ajustó el ecualizador, activó el dolby surround y cerró la puerta para que su escucha no se viera distorsionada por las voces que daba su madre intentando explicar a su tía Enriqueta cómo podía mandar un mensaje en el nuevo móvil prepago de tecnología china. Sí, sí, no había lugar para ninguna duda. Era lo mismo que había escuchado las anteriores veintisiete veces, pero es que hay cosas que es mejor no darlas por sentadas hasta no estar muy seguro aunque te puedan llamar cansino.
Pongámonos en antecedentes. Floren siempre fue el niño más retraído de su portal. Desde pequeño siempre lució un pelo algo más largo que lo que los designios de la moda dictaba. Lo que nadie intuía es que su señora madre quería disimular a base de greñas unas orejas pertinazmente desabrochadas. Esta particularidad en su look, nacida para tapar, se destapó como el detonante para que optara por la estética heavy, cultivara amistades vestidas de riguroso negro y fuera un clásico de las tardes noches de la Sala Canciller.
Habían pasado los años, casi veinte, pero Floren seguía anclado a sus principios y a su estética. Sus otrora compañeros de fatigas, se casaban, tenían hijos y se compraban los grandes éxitos de Bustamante como parte del proceso evolutivo, como ellos lo llamaban. Él permanecía fiel. Uno de los motivos por los que no había abandonado la senda del metal era que en su fuero interno seguía creyendo que poniendo los discos al revés, el maligno le enviaría un mensaje. Y que sólo él lo escucharía, que sería un elegido. Por ello invertía prácticamente todo el sueldo que percibía como programador freelance en adquirir (cualquiera dice lo contrario con la ley Sinde) todos los discos del género musical que le encandilaba, por ello también, su presupuesto andaba más ajustado que los pantalones elásticos que vestía desde los trece años. Su facilidad con los ordenadores le había llevado a perfeccionar un algoritmo que creó con el spectrum 48K que le trajeron en las navidades del 86 y que actualmente se alojaba en dos servidores que subían, en ocasiones alarmantemente, la temperatura de su habitación. Todas las canciones, discursos, speeches e intervenciones habidas y por haber habían pasado por ese filtro y eran reproducidos al revés, de momento sin resultado…hasta hoy.
Abrió el fichero de nuevo dispuesto a devolver el sonido a su ser. Consultó el historial de la grabación y se extrañó al ver que era el fragmento de un programa deportivo, de uno de esos que saturan de ondas nuestras noches. Se tomó un minuto para respirar hondo y apretó el botón de reproducción con dedos temblorosos:
“Saludos de nuevo, queridos oyentes, continuamos tras esta breve pausa publicitaria con la entrevista que tan amablemente nos está concediendo ésta figura tan representativa de la gerencia del Atlético de Madrid. ¿Cuáles son los planes de futuro para el club a corto plazo?”
Shshhshshshshshshsh…primero electricidad estática, después empezaba el mensaje.
Rendía visita el equipo azulejero al Calderón. El equipo de una localidad que ni metiendo a todos sus ciudadanos censados llenaría su estadio, pero en el que la labor de sus gestores hace que suela quedar clasificado por encima del nuestro, importando poco que tengamos más seguidores que población tiene toda la provincia de Castellón. Acostumbrados a sorpresas en la alineación, el respetable esbozó una sonrisa cuando se anunciaron los nombres porque parecía un equipo de inicio mínimamente lógico e incluso esperado. Aunque tal vez faltara Koke, aunque también tal vez se le deba dosificar para no cargar sus jóvenes hombros con un exceso de responsabilidad. Salía la defensa teóricamente titular. Salía Mario en el medio centro con lo que se garantizaba un mejor trato del balón. Salía Elías en una banda, puede ser que como premio por su gol en Getafe. Y entonces la afición miró al banquillo y vio a Quique. Quique cada día está más ajado, cada vez con más ojeras, más enjuto. Para seguir con el tono de la historia pudiera ser que el técnico hubiera vendido su alma al señor de las tinieblas pero que durante la negociación y con tantas palabras rimbombantes y tanta pléyade de sensaciones en las cláusulas del contrato el funcionario del averno que lleva su expediente se hubiera liado y que fuera nuestro técnico el que se desmejora mientras el retrato que tiene escondido en su desván cada vez luce más lustroso. Parece, en cambio, que el desgaste no hace mella su eterno jersey de pico una talla menos de la debida, a pesar de que por el excesivo uso debería tener rozaduras y pelotillas a la altura del pecho. ¿Será que el jersey sí ha negociado bien la venta de su alma?
La lucha contra el Villareal tenía una batalla principal, la de la posesión (¿Demoníaca? No, la del balón). Una batalla que suponíamos perdida viendo los antecedentes pero que ayer se decantó de nuestro lado. Una batalla en la que la presencia de Mario Suárez sentó como un chorro de agua bendita sobre nuestro medio del campo, tan acostumbrado a convulsiones en forma de zapatazo para que el balón vuele sin un destino claro. Tampoco la defensa estuvo mal, e incluso Filipe, que tantas dudas había dejado en sus anteriores actuaciones, se fue para arriba con fuerza y decisión, dejando claro que esa banda debe pasar a pertenecerle, ahora que Antonio López no está para demasiados exorcismos a estas alturas de su carrera. Muy bien Reyes en un gran gol y como el que mejor se asocia con los de arriba, a pesar de su desesperante tendencia a sobreactuar vomitando conducciones larguísimas y giros de cabeza de 360º cuando algún contrario se cruza en su camino. También al fin los dos de arriba, nuestros ángeles caídos en desgracia últimamente, marcaron. Y a la postre, las almas de los atléticos descansaron aliviadas por ver cómo se aleja el infierno aquel que se nos vendió a base de anuncios hace unos años y que la dinámica negativa en la que se encontraba el equipo estaba empezando a revivir. Y volvimos a casa contentos por el buen partido.
Ya cuando el estadio estaba vacío, se levanto del asiento del palco que había ocupado durante la contienda un individuo con capa larga y perilla y patillas afiladas. Apoyándose en un bastón de mango de plata con la forma de un macho cabrío se dirigió a la salida satisfecho. Aquí había mucho potencial, aquí había muchos que darían lo que fuera porque el equipo de sus amores volviera a ser el que había sido anteriormente. Aunque tuviera que ampliar la capacidad de una de las salas del piso de abajo. Sólo había que saber hacer bien la oferta. Una oferta irrechazable. Una oferta eterna. Se le escapó una carcajada que resonó en todo el estadio.

